Orígenes de la novela, Tomo III
Part 9
Pero la evidencia interna se saca no sólo de la comparación de algunos pasajes de la _Celestina_ con otros de Juan Ruiz, en que están manifiestamente inspirados, sino del estudio de la fábula misma y de los cambios que en ella introdujo el Arcipreste, alongándose mucho trecho de la _comedia de Pánfilo_ y preparando el advenimiento de la _comedia de Calisto_.
Aunque la _Vetula_, como todas las demás elegías dramáticas, no tiene en los manuscritos división de actos ni de escenas, tanto el antiguo comentador Juan Prot como el moderno editor Baudouin reconocen en ella cinco actos breves. La forma es enteramente dialogada, sin mezcla de relato alguno, y podría ser representable si no lo estorbasen su insulsez y la escena lúbrica del final. El Arcipreste de Hita tuvo que acomodarla á la índole autobiográfica de su libro, y puso en relato parte de la historia, dándose al principio como protagonista de ella, aunque luego confiesa lisa y llanamente su origen literario:
Sy vyllania he dicho aya de vos _perdon_, Que lo feo de estoria dis _Panfilo e Nason_.
(Copla 891).
Entyende byen mi estoria de la fija _del endrino_, Díxela por te dar enxiemplo, non porque _a mi avino_.
(Copla 909).
Comienza el acto primero con un monólogo del protagonista Pánfilo, cuyo nombre parece tomado de Terencio en la _Andria_ ó en la _Hecyra_. El Arcipreste ha embebido este soliloquio en el diálogo del amante con Venus, que corresponde á la escena segunda del texto latino:
So ferido e llagado, de un dardo so perdido, En el coraçon lo trayo _ençerrado e escondido_.
(Copla 388).
_Vulneror el clausum porto sub pectore telum, Crescit et assidue plaga dolorque mihi._
Toda la escena está fielmente traducida, pero largamente amplificada.
Señora doña Venus, muger de don Amor, Noble dueña, omíllome yo vuestro servidor; De todas cosas sodes vos e el Amor señor, Todos vos obedescen commo a su façedor. Reyes, duques e condes e toda criatura Vos temen e vos serven commo a vuestra fechura.
(Coplas 385-6).
_Unica spes vite notre, Venus inclita, salve, Que facis imperio cuncta subire tuo, Quam timet alta Ducum servitque potentia Regum._
(V. 25-27)[104].
Todos los tipos salen de la fría, y sosa abstracción ética en que el anónimo autor de la comedia latina los había dejado. En vez de la sombra de Pánfilo, que sólo acierta á decir de su amada Galatea:
_Est michi vicina (vellem non esse) puella..._ .......................................................... _Fertur vicinis formosior omnibus illa, Aut me fallit amor, omnibus haud superest._ .......................................................... _Dicitur (et fateor) me nobilioribus orta_
(V. 33-39-40-47).
tenemos aquí las españolizadas figuras de D. Melón de la Huerta, «mancebillo guisado que en nuestro barrio mora», y de doña Endrina, la viuda de Calatayud, de quien se hace este lindo retrato:
De talle muy apuesto, de gestos amorosa, Donegil, muy loçana, plasentera e fermosa, Cortés e mesurada, falaguera, donosa, Graciosa e risuenna, amor de toda cosa... Fija de algo en todo e de alto linaje.
(Coplas 381-383).
El ser la heroína viuda y no doncella es nota peculiar de la imitación del Arcipreste, que no pasa á Rojas. Pudiera sospecharse que la concordancia que en esto guardan el _Pamphilus_ y la _Celestina_ arguye parentesco directo entre estas dos piezas. Pero no es necesario admitirlo, porque el proceso de la seducción es más natural, y también más dramático, tratándose de una virgen que de una mujer en quien ha de suponerse alguna experiencia de la vida. Para el efecto artístico tal combinación es la preferible, y creo que á Rojas se le hubiera ocurrido aun sin tener presentes el _Pamphilus_ ni la _Poliscena_. Nadie se imagina á D. Juan conquistando viudas.
De los consejos de doña Venus no hay que hablar: proceden del _Pamphilus_ gallardamente traducido. También está allí, aunque sólo en germen, el primer coloquio de los dos amantes:
_Quam formosa, Deus! nudis venit illa capillis!_ ..........................................................
(V. 133).
Pero aquí es donde más se palpa la enorme superioridad del imitador. La escena del primer encuentro de doña Endrina con D. Melón en los soportales de la plaza está escrita con tal cortesanía, discreción y gentileza, que los primeros versos han hecho recordar á algún crítico nada menos que el incomparable soneto de Dante, _Tanto gentile e tanto onesta pare_:
¡Ay Dios! E quán fermosa vyene doña Endrina por la plaça! ¡Qué talle, qué donayre, qué alto cuello de garça! ¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buen andança! Con saetas de amor fyere quando los sus ojos alça. Pero tal lugar no era para fablar en amores: A mí luego me venieron muchos miedos e temblores, Los mis pies e las mis manos non eran de sí sennores. Perdi seso, perdi fuerça, mudaron se mis colores. Unas palabras tenia pensadas por le desir, El miedo de las compañas me facian ál departir, Apenas me conoscia nin sabia por do yr, Con mi voluntat mis dichos non se podian seguir. .......................................................... Paso a paso doña Endrina so el portal es entrada, Bien loçana e orgullosa, bien mansa e sosegada; Los ojos baxó por tierra en el poyo asentada, Yo torné en la mi fabla que tenia comenzada. .......................................................... En el mundo non es cosa que yo ame a par de vos; Tiempo es ya pasado de los años más de dos Que por vuestro amor me pena: _amo vos más que a Dios_...
(Coplas 653, 54, 55, 661).
Tenemos aquí el equivalente de la primera escena de la tragicomedia de Melibea, sin que falte siquiera la sacrílega expresión de «amo vos más que á Dios», que recuerda otras no menos impías de Calisto: «Por cierto los gloriosos santos que se deleytan en la vision divina no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo». «Si Dios me diesse en el cielo la silla sobre sus santos, no lo ternia por tanta felicidad». Hipérboles amorosas no menos desaforadas que éstas se encuentran en los trovadores cortesanos del siglo XV, en D. Álvaro de Luna, en Álvarez Gato, pero no hay rastro de ellas en el _Pamphilus_, que dice con mucha moderación:
_Gratior in mundo te michi nulla manet, Et te dilexi, jam ter praeteriit annus_...
(V. 180-87).
En el primer acto de la _Celestina_, Melibea rechaza con ásperas palabras á Calisto. En el diálogo del Arcipreste, doña Endrina comienza por mostrarse esquiva y zahareña:
Ella dixo: «vuestros dichos non los prescio dos piñones». Bien assi engañan muchos a otras muchas Endrinas; El ome tan engañoso asi engaña a sus vesinas; Non cuydedes que so loca por oyr vuestras parlillas, Buscat a quien engañedes con vuestras falsas espinas.
(Coplas 664-668).
Lo cual equivale á estos versos del _Pamphilus_:
_Sic multi multas multo tentamine fallunt, Et multas fallit ingeniosus amor. Infatuare tuo sermone vel arte putasti Quam falli vestro non decet ingenio! Quere tuis alias infestis moribus aptas, Quas tua falsa fides et dolus infatuent._
(V. 178-192).
Pero luego se ablanda, y llega á otorgar grandes concesiones, que Melibea no hace antes del acto XII, porque no lo toleraba el progreso lento y sabio de la obra de Rojas:
Esto yo non vos otorgo salvo la fabla de mano, Mi madre verná de misa, quiero me yr de aqui temprano, No sospeche contra mí que ando con seso vano; Tiempo verná en que podremos fablar nos, vos e yo este verano.
(Copla 686).
Por eso Pánfilo y D. Melón de la Huerta pueden exclamar mucho antes que Calisto:
Desque yo fué naçido nunca vy mejor dia, Solaz tan plazentero e tan grande alegria, Quiso me Dios bien guiar y la ventura mia.
(Copla 687).
En el segundo acto del _Pamphilus_ aparece el _Deus ex machina_ de la tramoya, una vieja (_anus_), de la cual sólo sabemos que es sutil, ingeniosa y hábil medianera para los tratos amorosos:
_Hic prope degit anus subtilis et ingeniosa, Artibus et Veneris apta ministra satis._
(V. 281-282).
Ni el ingenio ni la habilidad resaltan en las palabras de la tal _anus_ ó _vetula_. Es un espantajo que no hace más que proferir lugares comunes. La _Trotaconventos_, cuyo verdadero nombre es Urraca[105], es una creación propia del Arcipreste, y ella y no la _Dipsas_ de los _Amores_ de Ovidio, ni mucho menos la vieja de _Pánfilo_, debe ser tenida por abuela de la Madre Celestina, con toda su innumerable descendencia de Elicias, Claudinas, Dolosinas, Lenas y Eufrosinas. El Arcipreste se recrea en esta hija de su fantasía; no sólo la hace intervenir en el episodio de D. Melón, sino que la asocia después á sus propias aventuras, la sigue hasta su muerte, _fase su planto_, la promete el Paraíso y escribe su epitafio:
¡Ay mi _trota conventos_, mi leal verdadera! Muchos te seguían biva, muerta yases señera. ¿A do te me han levado? non es cosa certera; Nunca torna con nuevas quien anda esta carrera. .......................................................... A Dios merced le pido que te dé la su gloria, Que más leal trotera nunca fué en memoria; Faserte he un epitafio escripto con estoria. .......................................................... Daré por ty lymosna e faré oracion, Faré cantar misas e daré oblacion; La mi trota conventos, ¡Dios te dé rredençion! El que salvó el mundo, él te dé salvaçion. .......................................................... Dueñas, ¡non me rrebtedes nin me digades moçuelo! Que si a vos syrviera vos avriades della duelo, Llorariedes por ella, por su sotil ansuelo Que quantas siguia todas yvan por el suelo. Alta muger nin baxa, encerrada nin escondida, Non se le detenia do fasia debatida; Non sé omen nin duenna que tal oviese perdida Que non formase tristesa e pesar syn medida. Ffícele un epitafio pequeño con dolor, La tristesa me fiso ser rrudo trobador, Todos lo que lo oyeren, por Dios nuestro Señor, La oracion fagades por la vieja de amor.
(Coplas 1569, 1571, 1572, 1573, 1574, 1575).
Con esta libre é irreverente socarronería, que no se detiene ante la profanación, fueron celebradas las exequias poéticas de la primera Celestina en el extraño libro del genial humorista castellano de los siglos medios.
Las artes y maestrías de Trotaconventos son las mismas que las de Celestina: como ella gusta de entreverar en su conversación proloquios, sentencias y refranes, y no sólo ésto, sino _enxienplos_ y fábulas; como ella se introduce en las casas á título de buhonera y corredora de joyas, y con el mismo arte diabólico que ella va tendiendo sus lazos á la vanidad femenil:
Si parienta non tienes atal, toma viejas, Que andan las iglesias e saben las callejas, Grandes cuentas al cuello, saben muchas consejas, Con lagrimas de Moysen escantan las orejas. Son grandes maestras aquestas panjotas, Andan por todo el mundo, por plaças e cotas. A Dios alçan las cuentas, querellando sus coytas; ¡Ay! quánto mal saben estas viejas arlotas. Toma de unas viejas que se fasen _erveras_, Andan de casa en casa e llamanse parteras, _Con polvos e afeites, e con alcoholeras_, Echan la moça en ojo e çiegan bien de veras.
(Coplas 438 á 441).
Á una de estas viejas buscó el Arcipreste, que aquí distingue claramente su persona de la de Pánfilo:
Fallé una vieja qual avia menester, Artera e maestra e de mucho saber; Doña Venus por Panfilo no pudo más faser De quanto fiso aquesta por me faser plaser.
Era vieja buhona destas que venden joyas; Estas _echan el laço_, estas cavan las foyas; Non ay tales maestras commo estas viejas troyas... .......................................................... Como lo han uso estas tales buhonas, _Andar de casa en casa vendiendo muchas donas_, Non sse rreguardan dellas, estan con las personas, Fasen con el mucho viento andar las atahonas.
(Coplas 698 á 700).
También Celestina andaba de casa en casa so pretexto de vender baratijas: «Aquí llevo un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros aparejos que conmigo siempre traygo, para tener causa de entrar donde mucho no só conoscida... assí como gorgueras, garvines, franjas, rodeos, tenazuelas, _alcohol_, _albayalde e soliman_, agujas e alfileres, que tal ay, que tal quiere? porque donde me tomara la voz, me halle apercebida para les _echar cebo_, o requerir de la primer vista» (acto III).
La _anus_ del comediógrafo elegíaco no se vale de ningún género de encantamientos. Celestina, sí, y también Urraca, y es una de las notas características que nunca pierde este tipo en la literatura española:
Dixo: «yo yre a su casa de esta vuestra vesina, _E le fare tal escanto_ e le dare tal atalvina Porque esta vuestra llaga sane por mi melesina; Desid me quien es la dueña.--Yo le dixe: «doña Endrina». ..........................................................
(Copla 709).
Ssi me dieredes ayuda de que passe algun poquillo, A esta dueña e a otras moçetas de cuello alvillo, Yo fare _con mi escanto_ que se vengan paso a pasillo; En aqueste mi harnero las traere al sarçillo.
(Copla 718).
Començo su _escanto_ la vieja coytral...
(Copla 756).
La sortija que puso á doña Endrina debía de tener virtud mágica. Y á mayor abundancia leemos en otro lugar:
Ssy la _ensychó_ o sy le dio atyncar[106], O sy le dio raynela[107] o sy le dyo mohalinar[108]. O sy le dyo ponçoña o algud (¿algund?) adamar, Mucho ayna la supo de su seso sacar.
(Copla 941).
La escena capital de la seducción de Melibea en el aucto cuarto de la _Tragicomedia_ es un portento de lógica dramática y de progresión hábil. No podía esperarse tanto del Arcipreste, que escribía en la infancia del arte; pero baste para su gloria haber trazado el primer rasguño de ella, con las inevitables diferencias que nacen del dato de la viudez de doña Endrina:
La buhona con farnero va tanniendo cascabeles, Meneando de sus joyas, sortijas e alfileres; Desia por falsalejos: «comprad aquestos manteles»; Vydola doña Endrina, dixo: «entrad, non reçeledes». Entró la vieja en casa, dixole: «señora fija, Para esa mano bendicha quered esta sortija»... .......................................................... Ffija, siempre estades en casa ençerrada, Sola envejeçedes, quered alguna vegada Salyr, andar en la plaça con vuestra beldat loada, Entre aquestas paredes non vos prestará nada. En aquesta villa mora muy fermosa mançebia, Mançebillos apostados e de mucha loçania, En todas buenas costumbres creçen de cada dia, .......................................................... Muy bien me rresçiben todos con aquesta pobledat, El mejor et el más noble de lynaje e de beldat Es don Melon de la Verta, mançebillo de verdat, A todos los otros sobra en fermosura e bondat... .......................................................... Creed me, fija señora, que quantos vos demandaron, A par deste mançebillo ningunos non llegaron; El dia que vos nasçistes fadas alvas vos fadaron, Que para ese buen donayre atal cosa vos guardaron. Dixo doña Endrina: «Callad ese predicar, Que ya este parlero me coydó engañar; Muchas otras vegadas me vyno a retentar, Mas de mí él nin vos non vos podredes alabar»...
(Coplas 724-27, 730-740)
Cuando esto se lee acuden involuntariamente á la memoria aquellas graves y sosegadas razones de Celestina: «Donzella graciosa é de alto linaje, tu suave habla e alegre gesto, junto con el aparejo de liberalidad que muestras con esta pobre vieja, me dan osadia a te lo dezir. Yo dexo un enfermo a la muerte, que con sola palabra de tu noble boca salida, que lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanará, segun la mucha devocion tiene en tu gentileza... Bien ternás, señora, noticia en esta cibdad de un cavallero mancebo gentil hombre, de clara sangre, que llaman Calisto.
«_Melib._--Ya, ya, buena vieja, no me digas más, no passes adelante. ¿Este es el doliente por quien has hecho tantas promessas en tu demanda?».
La psicología del amor, ruda y toscamente esbozada en el _Pamphilus_[109], tiene en el Archipreste toques tan delicados que no serían indignos de la experta mano del bachiller Fernando de Rojas:
«Amigo--dis la vieja,--en la dueña lo veo, Que vos quiere e vos ama e tiene de vos desseo; Cuando de vos le fablo e a ella oteo, Todo se le demuda el color e el desseo. «Yo a las de vegadas mucho cansado callo, Ella me dis que fable e non quiere dexallo; Fago que non me acuerdo, ella va començallo, Oye me dulçemente, muchas señales fallo. «En el mi cuello echa los sus blaços entramos, Ansy una grand pieça en uno nos estamos, Siempre dél vos desimos, en ál nunca fablamos, Quando alguno vyene otra raçon mudamos. «Los labrios de la boca tyenbranle un poquillo, El color se le muda bermejo e amarillo, El coraçon le falta ansy a menudillo, Aprieta me mis dedos en sus manos quedillo. «Cada que vuestro nonbre yo le estó desiendo Oteame e sospira e está comediendo, Avyva más el ojo e está toda bulliendo, Paresçe que con vusco non se estaria dormiendo. «En otras cosas muchas entyendo esta trama, Ella non me lo niega, antes dis que vos ama; Sy por vos non menguare, abaxar se ha la rrama, E verna doña Endrina sy la vieja la llama.»
(Coplas 801-812).
La intervención del _Pamphilus_ en la historia de los orígenes de la _Celestina_ es muy secundaria, pero la del Archipreste es de primer orden, quizá la más profunda de todas, y por eso nos hemos detenido en ella todo lo que exige su importancia[110].
Las _comedias elegíacas_, que otros llaman _épicas_ por la monstruosa mezcla de la narración y del diálogo, pertenecen todavía al seudoclasicismo de la Edad Media, en que se había perdido la verdadera noción del drama latino y de su métrica. Ya cuando se escribió el curioso diálogo anónimo entre Terencio y un empresario de teatros (_Terentius et delusor_), que Magnin atribuyó al siglo VII, aunque el códice en que se ha conservado es del siglo XII, no se sabía á punto fijo si las comedias antiguas estaban en prosa ó en verso:
_An sit prosaicum nescio an metricum_[111].
La combinación esencialmente antidramática del hexámetro y pentámetro bastaría para probar que tales obras fueron escritas sin ninguna intención escénica; pero á mayor abundamiento tenemos un texto positivo y terminante de Juan de Salisbury, el espíritu más culto de la primera Edad Media, un precursor del Renacimiento, el cual confirma la absoluta desaparición de todo género de actores trágicos y cómicos en fecha ya remota del tiempo en que él escribía su _Policraticus_, dedicado en 1159 al santo arzobispo de Cantorbery Tomás Becket[112].
El verdadero renacimiento del arte dramático de Plauto y Terencio se verificó en Italia, á fines del siglo XIV y durante todo el transcurso del XV, en una serie de piezas latinas que se designan con el título genérico de _comedias humanísticas_, importante y rara manifestación que apenas había sido estudiada en conjunto, hasta que Creizenach, en su excelente _Historia del drama moderno_, escribió sobre ella algunas páginas doctas y juiciosas como suyas[113]. Pero estas indicaciones, que para un libro general son suficientes, distan mucho de agotar la riqueza del tema, y así lo ha estimado el ilustre profesor de Roma, Ireneo Sanesi, que actualmente tiene en prensa una historia de la comedia en Italia, á la cual auguramos un éxito tan venturoso como lo merecen la ciencia, conciencia y fina crítica de su autor, que ha tenido la rara generosidad de comunicarnos las primicias de su trabajo, en prensa todavía. El capítulo segundo de esta obra, consagrado á las comedias humanísticas, es una magistral monografía que, dándome á conocer con suma precisión algunos textos inaccesibles en España y completando mis indagaciones sobre otros, me ha puesto en camino de rastrear algunas semejanzas dignas de notarse entre este género literario y nuestra _Celestina_. Ya en 1900 hice una ligera indicación, que no he visto recogida por nadie, acerca de la comedia _Poliscene_[114]. Y me consta que mi buen amigo el eruditísimo Arturo Farinelli ha trabajado también sobre este punto, que ilustrará sin duda con su especial competencia, como ha ilustrado tantos otros de literatura comparativa.
El iniciador del teatro humanístico, como de casi todas las formas literarias del Renacimiento, fué el Petrarca, que siempre se deleitó en la lectura de Terencio («Terentius noster»), y que seguramente le leía con otros ojos que los de Rosvita. En su edad madura revisó y anotó el elegantísimo texto del siervo africano. En su primera mocedad había compuesto una comedia llamada _Philologia_, y según Boccaccio otra, el _Philostratus_, si es que ambas no eran una misma con diverso título, lo cual no parece probable. Hoy no existe ninguna de ellas, acaso porque su autor mismo las destruyó como ensayos demasiado imperfectos. Del _Philostratus_, por lo menos, consta que era imitación de Terencio.
La más antigua comedia humanística que ha llegado á nuestros tiempos, y la única que pertenece al siglo XIV, es el _Paulus_ de Pedro Pablo Vergerio, natural de Capodistria, á quien no debe confundirse con otro de su mismo nombre y apellido que figura entre los protestantes italianos del siglo XVI. El Vergerio _senior_ es importante como historiador, humanista y pedagogo. Su libro _De ingenuis moribus_ se leía todavía en las escuelas en tiempo de Paulo Jovio. Una rarísima edición barcelonesa de 1481 prueba que también había penetrado en España[115]. No sería maravilla que fuesen conocidos también otros escritos suyos, pero me parece inverisímil que entre ellos se contase su comedia juvenil, que hasta estos últimos años ha dormido inédita en la Biblioteca Ambrosiana de Milán y en la del Vaticano[116]. Y, sin embargo, esta obra presenta algún punto común con la _Celestina_, empezando por las promesas de moralidad que el título encierra. Vergerio pone á su obra el rótulo de _Paulus comoedia ad iuvenum mores coercendos_, y se propone, entre otras cosas, mostrar cómo los malos siervos y las mujeres perdidas estragan los más pingües patrimonios: «ad diluendas opes». El autor de la _Celestina_ nos dice desde la portada que su libro contiene «avisos muy necesarios para mancebos, mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes e alcahuetas». Los medios empleados son de tan dudosa eficacia moral en una comedia como en otra.
El protagonista de la comedia, Paulo, es un estudiante haragán y desaplicado, á quien su siervo _Herotes_ arrastra por el camino del vicio. Á esta perversa influencia se contrapone la de otro siervo, bueno y leal, _Stichus_, que advierte lealmente á su señor de los peligros que corre y procura apartarle de la vida disipada que lleva en compañía de otros estudiantes tan corrompidos como él y de rufianes y meretrices. La intriga se reduce á una odiosa tercería, en que la inmunda vieja Nicolosa cede por dinero á Paulo su propia hija, Ursula, que Herotes se encarga de hacer pasar por virgen después de haberla desflorado.