Orígenes de la novela, Tomo III
Part 39
Este pasaje es importante para mostrar la verdadera filiación de _El Celoso_, que, siendo una de las más perfectas imitaciones de la prosa dramática de la _Celestina_, es al mismo tiempo una de las más originales ó independientes en su traza, argumento, caracteres y estilo. No hay que tomar al pie de la letra lo que el autor dice: «consideren que hablo en el papel como al primero que encuentro en la calle». Esto era lo que había hecho Francisco Delicado, pero un ingenio tan culto y fino como el de Velasco no podía satisfacerse con tan vulgar procedimiento. Fué realista, pues, de la grande escuela española, como lo había sido el autor de la _Celestina_, como iba á serlo Cervantes, de quien parece, no inmediato predecesor, sino imitador y discípulo á veces: tan grande es la fuerza de la semejanza.
Pero con ser la _Lena_ tan castiza en el fondo, tiene mucho de comedia italiana en su técnica. Aunque escrita para la lectura y no para la representación, está concebida en forma de comedia y no de novela: es un poema esencialmente _activo_, en que conocemos á los personajes, no sólo por sus palabras, sino por sus hechos. Hasta cuatro intrigas se cruzan en él, ingeniosamente combinadas, sin daño de la claridad ni perjuicio del desenlace. En el artificio dramático, en la solidez de la construcción, en el vigor de los caracteres, vence con mucho á todas las comedias, bastante informes, que habían compuesto Timoneda, Lope de Rueda, Sepúlveda, Alonso de la Vega; y en las gracias del diálogo no cede á ninguna, con la ventaja de ser su humorismo de calidad más honda. Es pieza larga, pero no de tales dimensiones que la hagan irrepresentable, pues apenas llega á la tercera parte de la _Celestina_ primitiva y no excede á la de varias fábulas que positivamente fueron representadas en Italia. En suma, la _Lena_ es la mejor comedia en prosa que autor español compuso á fines del siglo XVI.
Pero ¿será enteramente original? Hasta ahora no he encontrado motivo para dudarlo. Pertenece á una escuela conocida: los medios y recursos que emplea recuerdan de un modo genérico los procedimientos del teatro italiano, y quizá más las astucias y estratagemas de amor que tanto repiten los _novellieri_ ó cuentistas. El mismo Velasco nos llama la atención sobre esto: «No puede dexar de ser ésta de las más solenes burlas _que se hallan escritas en el Bocacio_». (Pág. 418). Pero entre las historias de maridos burlados, que abundan en el _Decameron_, ninguna concuerda exactamente con el principal enredo de la _Lena_, es decir, el entenderse los amantes por medio del canto ó recitación de ciertos versos, ardid que vemos repetido con alguna frecuencia en nuestros dramaturgos del siglo XVII, especialmente en Tirso, Calderón y Moreto. Del lance del arca ya hemos indicado que trae á la memoria otro del Ariosto, y algo semejante hay en la _Calandra_ del cardenal Bibbienna; pero se trata de un tópico vulgarísimo, que lo es también de varias novelas italianas y españolas, como la del _médico de Cádiz_ que insertó en su _Teatro Popular_ D. Francisco de Lugo y Dávila[487]. El tipo del dómine Inocencio, si bien tratado con deliciosa novedad, pertenece á la familia de los _pedantes_ de la comedia italiana (recuérdese, por ejemplo, _Il Candelajo_ de Giordano Bruno). Otras semejanzas podrá reconocer, sin duda, la erudición de algún especialista, como el doctísimo Stiefel. Natural parece que un hombre tan leído como D. Alfonso Velázquez, que no hacía alarde de originalidad, puesto que adoptó por divisa aquella sentencia de Terencio: _Nullum est iam dictum, quod dictum non sit prius_; que se complace en citas textuales de los autores clásicos, especialmente de Propercio y Ovidio[488]; que repite fábulas y cuentos de origen conocido[489], aprovechara en la rica mies del arte toscano lo que le pareciese útil, con el mismo desenfado que tenía en explotar á sus propios contemporáneos españoles, hasta el punto de haber prosificado parte de una escena y un coro de la _Nise lastimosa_ de Fr. Jerónimo Bermúdez, traducción libre, como es sabido, de la _Castro_, tragedia portuguesa de Antonio Ferreira[490]. Por tan extraños y tortuosos senderos camina á veces la imitación literaria, y tan raras sorpresas suele proporcionar la comparación de libros de materia y estilo muy diversos. Pero estas imitaciones ocasionales, aunque fuesen más, poco importarían en el conjunto de una obra escrita con tanto ingenio y tanta bizarría como la _Lena_.
Lo que en ella parece más italiano es el espíritu. No pudo menos Velasco de contagiarse del ambiente que por tantos años había respirado en Milán y en Nápoles. Si la _Lena_ no fuese obra de puro pasatiempo y burla, comedia _ridiculosa_, como su autor la llama, habría que calificarla de inmoral en alto grado, puesto que en ella queda triunfante el adulterio y vilipendiado y escarnecido el honor conyugal. Ninguno de los autores de _Celestinas_ se había atrevido á tanto, salvo el anónimo de la _Seraphina_, que escribía en época de desenfrenada licencia. Su comedia es monstruosa en las situaciones y en el lenguaje, y de ningún modo puede compararse su grosera lubricidad con el arte refinado y la intensa malicia de la _Lena_, donde es mucho más lo que se sobrentiende que lo que realmente se expresa: obra, en suma, más bien picante que lasciva, pero de un cinismo cómico, que convierte en materia de risa las más aflictivas flaquezas y desventuras matrimoniales. Hasta los nombres de los interlocutores corresponden, casi todos, á la _maldita y descomulgada región de Cornualla_ (pág. 422). Uno se llama Aries, otro Morueco, el de más allá Cornelio, el protagonista Cervino, una dama doña Violante de Cabrera, un paje Bezerrica, un barbero Ramiro Cornato. Y en el curso de la pieza se habla del médico doctor Cornejo; del licenciado Cervera, letrado; del licenciado Bicornis, juez; del trompeta Juan Cornier, y del auditor Monseñor Cornaro, á quien piensa acudir el Sr. Aries en el pleito de divorcio de su impotente yerno. La astuta y redomada Lena da las señas de su casa al simple de Inocencio diciéndole que vive «pared en medio de un oficial de tinteros, peines, calzadores, mangos, lanternas, peonzas y macetas de sellos». (Pág. 404). Ni Quevedo apuró tanto la letra en esta materia. La _lira de Medellin_, pulsada por la diestra mano de Velasco, _sonaba siempre á cuerno_, como en su tiempo la del festivo Iglesias.
Claro es que no faltan en el libro protestas de moral, aunque ligeras y poco sentidas. El autor quiere que su comedia sirva «no sólo de entretenimiento, sino tambien de util consejo y exemplo, para excusar la terrible pasion de los celos, que consume en su propio fuego al insensato a quien toca». (Pág. 398). Y ciertamente que alguna moralidad puede sacarse de ella, aunque no sea muy sublime, sino practica y mundana, mostrando en acción el viejo aforismo «no puede ser guardar una mujer», tema que desde Lope y Moreto hasta Molière, Beaumarchais y Moratín ha sido fuente inextinguible de donaires cómicos, no siempre bien avenidos con la autoridad familiar y el sosiego doméstico. Los celos, por detestables y ridículos que sean, nacen de un sentimiento extraviado de amor ó de honor, y suelen ser menos peligrosos en sus consecuencias sociales que la indiferencia ó laxitud contraria. Pero ya hemos visto que nuestro don Alfonso no escribía para moralizar en ningún sentido, sino para burlarse á sus anchas de un celoso con quien tenía particulares motivos de resentimiento: «Ahora acabo d'entender ser los celos de las más violentas y bestiales passiones que pueden tocar a un hombre, porque si una vez se assientan en la cabeça d'el que se consume y seca intentando vna tan escura verificacion, le haze cometer tan ridiculossos desatinos. Bien dixo aquel qu'el celoso es loco de arte mayor, pues como tal, tiene miedo hasta de su mesma sombra, y de cosas nunca vistas, oydas ni pensadas; mirandolas como en espejo de alinde, que se las representa muy mayores de lo que son». (Pág. 434).
Toda la comedia es irónica en grado superlativo; pero donde el autor remacha el clavo es en el pregón del faraute Cornelio con que el último acto termina: «De parte del señor Ceruino, guarda mayor de los montes, se hace saber a todo el insigne auditorio que los que no se fiaren de sus consortes estarán tan seguros como de no caer las ojas d' el arbol en fin de otoño. Porque los celos son contra el natural ingenio de las mugeres: cosolete de araña para los arcabuzazos; la curiosidad en todas partes viciosa, y en esta más perniciosa. Y assi (movido de piedad y celo fraterno) amonesta que ninguno (de qualquiera calidad que sea) los tenga, dentro ni fuera de casa, so pena de que no le podrá faltar mala ventura. Antes, que todo el mundo se arme de la quieta y mansa paciencia. Porque la esperiencia le ha hecho tocar con la mano que todas las sutilezas y vigilancia de los espantados Lépidos (que no quieren dexar hacer su curso a la Natura) son açadones con que los cuitados sacan de los centros de sus sospechas las inuisibles cornetas de la Fama. Y aduierte que se burlan mas d' el que se fatiga en poner remedio que d' el pacífico que lo dissimula o ignora, y qu' es menester gran ingenio para evitar tan inutil y enojosso conocimiento. Por lo qual aconseja (sobre su conciencia) que cada vno renueue en su casa la costumbre de los prudentissimos Romanos (a quien deue imitar), que quando bolvian a las suyas lo embiaban delante a auissar a sus mugeres para no cogerlas de sobresalto, descuidadas y mal compuestas». (Pág. 435).
Claro que no ha de tomarse al pie de la letra tan desvergonzada exhortación á la mansedumbre conyugal, sino entenderse del revés y como legítima sátira; pero el tono escéptico y maleante de Velasco es un síntoma de ligereza moral, que no encontramos, por ejemplo, en la primera _Celestina_, cuyo fondo es grave y amargo.
Todo es, por el contrario, vivo, jovial y risueño en la _Lena_, aunque no sea fruto primaveral sino muy tardío del Renacimiento italiano. Un buen humor constante; una profunda socarronería, que se divierte en la invención de lances grotescos y de personajes estrafalarios; un chiste no verbal ni epidérmico, sino nacido de los caracteres y de las costumbres; una frescura excesiva y desahogada, pero que no llega á los límites de lo torpe, prestan singular encanto á este ameno librillo. El diálogo, aunque muy recargado de picantes especias y frases de doble sentido, es tan pintoresco como dramático, lleno de brío y fuerza cómica y de ocurrencias felices. La locución es purísima y correcta, á pesar de haber residido el autor tantos años en extranjeras tierras. Entre los excelentes prosistas que dió Valladolid en nuestro siglo de oro ninguno aventaja á D. Alfonso Velázquez en la propiedad de las palabras y en la elegancia de la construcción. El doctor Suárez de Figueroa, comparado con él, parece redicho y almidonado, á pesar de sus admirables dotes. Velasco tiene la espontaneidad de los grandes escritores, sin que le falte el aliño de las letras humanas, que comunica al estilo cierta distinción aristocrática. El inconfundible matiz de su ironía, si por una parte nos hace pensar en Italia, por otra nos recuerda el gracejo fuerte y sabroso de León y Castilla la Vieja; modalidad muy digna de tenerse en cuenta en el rico museo del humorismo peninsular, aunque sea distinta de la gracia andaluza.
Españoles son ó parecen todos los personajes. La acción pasa en Valladolid, y no faltan toques de color local muy oportunamente dados. Se habla de los abogados de la Chancillería. Inocencio va á decir sus devociones al _Cementerio de la Magdalena_ (pág. 399). Lena lava _por su devoción_ paños del _hospital de Esgueva_ (pág. 403). El barbero Ramiro anda por _la acera de San Francisco_, buscando nuevas que contar á sus clientes (pág. 404). Vigamón compara la dureza y estrechez de su cama con la del _guardián del Abroxo_ (pág. 412). Marcia y Casandra fingen ir á vísperas _en las Huelgas_ (pág. 419). También se mencionan la romería de Nuestra Señora de Prado y la de Cerveros, la renta de Toro y la de Boezillo (pág. 421), la plazuela de San Llorente, la casa de Orates y el paseo del Espolón. Cervino, «acompañado de diez ó doce escapados de la horca», asalta á los hijos de doña Violante «en aquel passo estrecho que va de la Boheriza al Rio, entre las casas del duque de Bexar y la Rondilla». (Pág. 427). Hay alusiones nominales, como en el teatro aristofánico, á personas conocidas de aquella ciudad: «¿Era por ventura vuestro pariente Corcuera, Maestresala del Conde de la Gomera, que vino á ser Tesorero del de Oñate y murió Contador del Marqués de Falces?». (Pág. 400).
Todas las _Celestinas_ abundan en datos de _folk-lore_, y no hace la _Lena_ excepción en este punto. Algunos son por extremo peregrinos. Allí encontramos á los de la tierra de Babia, «que siegan el trigo con escaleras»[491] (pág. 394); á «los soldados de Trencha, que eran treinta y seis a arrancar un nabo». (Pág. 415), y á los habitantes de «la gran ciudad de Cestiérnega, fundada al pie d' el alto monte de San Cristoual, media leguecita de aqui (Valladolid), que no tiene alcalde, alguazil, porqueron, escriuano, medico, boticario, cura ni sacristan (falta para biuir en paz y con salud mil años), abundantissima de quixones y turmas de tierras, que son bonissimas para los avogados y mejores para los novios». (Pág. 429). Frisa en lo rabelesiano esta última fábula, y bien pudiera ser invención de nuestro desenfadado autor.
Aunque tenga la _Lena_ tanto detalle español y aun regional; aunque la Valladolid alegre, pródiga y viciosa que nos presenta sea la misma que nos dan á conocer los poetas, novelistas, viajeros y autores de relaciones que la describieron durante el breve período en que llegó á ser transitoria corte de la monarquía española[492], la _Lena_ es comedia de interés humano y sus caracteres tienen algo de universal. Quizá el mayor mérito del autor estriba en eso. Gracias á él desaparecieron los tipos parásitos y convencionales, que habían llegado á ser el _caput mortuum_ de las _Celestinas_ secundarias: el insoportable rufián baladrón y perdonavidas, y las palomas torcaces de la casa llana. Desembarazado el teatro de tales figuras, sólo quedaba del cuadro antiguo Celestina, es decir, la Lena, tratada con la posible novedad, sin el intento temerario de competir con el inaccesible modelo, sin el plagio inocente que tantos cometieron queriendo arrancar á Hércules su clava. Todo el maleficio sobrenatural que envuelve la creación de Rojas ha desaparecido. La _corredora_ Lena Corcuera de Cienfuegos no es más que una vieja hipócrita y taimada, que á costa de la simplicidad del bachiller Inocencio, y sin tener que zurcir voluntades ajenas, puesto que cuenta desde el principio con la complicidad de Marcia y de su hijastra, conduce á su fin dos intrigas escandalosas, y acaba por contraer grotesco matrimonio con el barbero Ramiro: última bufonada de la obra. No hay seducción de ningún género, ni podía haberla, porque las dos damas rinden desde el primer momento la fortaleza de su honor, y sólo se trata de burlar la vigilancia del celoso. «Ya murió Calisto, y nuestra Melibea se da tanta priessa a sacarnos de pena, que la mercancia vendra a salir poco más que de balde», dice Cornelio (pág. 411), marcando con esto sólo la diferencia entre ambas obras.
Pero aun siendo tan subalterno el papel de la Lena, que aquí no ejerce ninguna sugestión psicológica, son tantos los donaires que el autor pone en sus labios, especialmente cuando habla con el Bachiller, y tanta la viveza y gracia de sus réplicas, que bien mereció dar su nombre á esta comedia, con más justicia que el Celoso, cuya semblanza, trazada por la mano del rencor, tiene mucho de caricatura. Cervino es una especie de bestia, sin ningún rastro de sentimientos generosos, y aunque las necias precauciones de que se vale recuerdan algo las del _Celoso Extremeño_[493], no hay en la licenciosa farsa del poeta _pinciano_ nada que remotamente pueda compararse con la honda y severa tristeza que infunden las últimas páginas de la historia de Felipe de Carrizales. Este ejemplo bastaría para probar cuánto va del genio al ingenio, por muy despierto y hábil que éste sea. Las sales de la _Lena_ son de las que no sólo en la mesa de Plauto sino en la de Miguel de Cervantes pudieran servirse. Si el portentoso novelador tuvo conocimiento, como es muy probable, de una obra que en Valladolid debía de ser muy leída cuando él residió allí, pudo aprovecharla ciertamente para el estilo, porque aquella prosa está muy vecina á la suya, pero nada hallaría que aprender de lo que es más humano y profundo en su arte.
Todos los caracteres secundarios de la _Lena_ están presentados con mucho garbo y viveza. El viejo enamorado Aries, la honesta dueña doña Violante, que con toda su severidad esconde bajo las tocas y el monjil una juventud todavía fresca y la codicia de nuevos amores; los dos hermanos Damasio y Macías, enamoradizos, pendencieros y díscolos, como hijos de viuda rica, criados con toda libertad y regalo; el barbero Ramiro, charlatán entremetido, con sus puntas y collares de alcahuete; su hija Policena, tipo de precoz y salaz desenvoltura, que recuerda un poco ciertas heroínas de los _Entremeses_ de Cervantes... todos son lo que deben ser en el conjunto de la fábula, y todos hablan en el estilo más adecuado á sus respectivas condiciones.
Pero entre tantos personajes felices, ninguno llega al bachiller Inocencio, que es la gran creación cómica de Velasco y uno de los más graciosos pedantes que en el teatro ó en la novela pueden encontrarse. Lo de menos es la copia de latines que ensarta y la disparatada aplicación que les da. Lo fundamental es su carácter bonachón y simple, que no ve mal en nada, que se resiste á la evidencia más palmaria, que cree á pies juntillas cuanto embuste le dicen, y colabora cándidamente en la deshonra de la casa de Cervino, que tal vigilante había buscado para su mujer. Chistosísima es, bajo este aspecto, la escena en que se descubre el engaño del arca por una infantil travesura del paje Bezerrica:
«_Inocencio._--¿Qué maldad puede cometer un hombre encerrado en un arca? tuviessemos assi todos los malos y podriamos dormir a sueño suelto, sin temor de ladrones.
Quanto más que son cosas de mozos, y auran querido hazer alguna burla al barbero y a su hija...
«_Cervino._--¡Mirá a quién he yo encomendado mi honra!
«_Inocencio._--No está mal guardada quando el que la podría quitar viene debaxo de llaue.
«_Cervino._--Quitaosme de delante, insensato, no me hagais...
«_Inocencio._--Mire V. md. que se deue tener respeto a un hombre graduado como yo, porque d' este palo nascen los Oydores y Presidentes que mandan el mundo. Si, que yo no soy zahori para ver lo que está en las arcas cerradas; por qué no lo adevinó V. md. quando la hizo descargar en casa? _Auctor horum malorum praeter te nemo fuit_» (pp. 424-425).
Las cándidas distracciones del Bachiller Inocencio sugieren á Ticknor el recuerdo de aquel incomparable dómine Sámsom que pinta Walter-Scott en su novela _Guy Mannering ó El Astrólogo_; pero la semejanza es aparente y exterior, porque Inocencio es tonto de capirote, aunque simpático por su misma bobería, y el dómine Sámsom, rico de otra bondad más alta, sólo hace reir por lo torpe y desmañado.
Tal es esta comedia magistral, aunque frívola y liviana, que, si no fué la última de las _Celestinas_, por haberse publicado todavía durante el siglo XVII algunas muy notables, señala el término de la primera serie y anuncia la transformación del género, libertándole de la servidumbre de los lugares comunes en que había caído, restituyéndole el nervio dramático y trayendo nuevos elementos á la pintura de costumbres. Por esta senda caminaron otros ingenios, especialmente Salas Barbadillo en _La Sabia Flora_ y en _El Sagaz Estacio_, obras en que me parece evidente el influjo de la _Lena_ juntamente con el de la comedia italiana. Pero de esto se hablará en otro lugar.
Por ahora aquí termina el estudio analítico y minucioso que nos hemos impuesto de una de las más singulares manifestaciones de nuestro arte dramático y novelesco, pues á los dos se extiende su influjo y sirve de puente entre los dos géneros. La especial índole de estos libros exige todo género de precauciones en su exposición, pero creo haberla realizado con decoro literario y sin hipocresía, persuadido como estoy de que la ciencia purifica todo lo que toca y tiene derecho á invocar todo género de testimonios, interpretándolos con desinterés absoluto. Consecuencias muy importantes, no sólo de historia literaria, sino de historia social, se deducen de estos libros, que son además un tesoro de lengua castellana; y no me arrepiento, por tanto, de la tarea nada leve que este volumen me ha costado, ni juzgo que desdiga de mis años y de la severidad de los estudios que profeso.
Á continuación de este prólogo van reimpresas cinco obras del género _celestinesco_: la _Tragedia Policiana_, la _Comedia Florinea_, la _Eufrosina_, la _Doleria del Sueño del Mundo_ y la _Lena_. Las dos primeras son de la más extraordinaria rareza; la _Doleria_ lo es mucho menos, pero sólo podía leerse en las ediciones primitivas. La _Eufrosina_ castellana escasea bastante, aun en la reimpresión del siglo XVIII. De la _Lena_ hay edición relativamente moderna, pero poco satisfactoria, y el valor literario de la obra es tal, que por ningún concepto puede faltar en una Biblioteca do Autores Españoles.
No he reproducido la _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_ y la _Comedia Selvagia_ (aunque lo merecían) por estar ya incluídas en la colección de _Libros Raros y Curiosos_, donde figura también la _Segunda Celestina_ de Feliciano de Silva. En la misma colección se hallan la _Thebayda_, la _Seraphina_ y la _Lozana_, que bajo ningún pretexto hubieran debido exhumarse.
Con esta colección y la nuestra queda casi completa la serie de las _Celestinas_, pues apenas falta otra que la de Gaspar Gómez de Toledo, tan absurda y mal escrita que nadie ha de pensar en sacarla del olvido.
En todos los textos seguimos fielmente las ediciones originales (salvo la puntuación) y conservamos la antigua ortografía, no sólo por razones filológicas, sino por la conveniencia de cercar con una especie de vallado ó seto espinoso estas producciones, alejando de ellas al profano vulgo. Las obras que este tomo encierra son ciertamente de las menos libres y más morigeradas de su clase: lo son hasta en cotejo con la tragicomedia primitiva; pero así y todo no deben correr indistintamente en todas manos. El precio relativamente elevado de esta colección, el aspecto arcaico del texto, el aparato crítico y bibliográfico que le acompaña, bastarán, según creemos, para conjurar todo peligro.
Una deuda de gratitud me resta cumplir con mi sabio y cariñoso amigo el eminente literato D. Francisco Rodríguez Marín, que con su bondad acostumbrada y su pasmoso conocimiento de la lengua del siglo XVI me ha ayudado en la corrección de pruebas de estas comedias, cuya recta lección ofrece no pocas dificultades. Aun con tal auxilio no me lisonjeo de haberlas vencido todas, pero seguramente habré disminuído el número de las erratas, y las que queden sólo á mi descuido deben achacarse.
En el cuarto y último tomo de estos _Orígenes de la novela_ trataré especialmente del género picaresco, y también de otras formas novelísticas ó análogas á la novela, como los coloquios y diálogos satíricos[494].
NOTAS:
[276] _Cancionero de las obras de D. Pedro Manuel de Urrea._