Orígenes de la novela, Tomo III
Part 38
La madre que me parió Haya mal fin y quebranto, Que á hija que quiso tanto Tan mal oficio mostró. De contino el manto á cuestas, Con las haldas arrastrando, Por callejas rodeando Y otras partes deshonestas. Contino por monesterios, Por ermitas, por cantones; De noche como ladrones Cercando los cimenterios, Por sepulcros de finados. Y por lugares desiertos, Buscando huesos de muertos Y narices de ahorcados. Y á la fin muy bien pagado Al cabo de mis afanes! Por servir á estos galanes Dos veces me han emplumado; Pues agora una coroza O algun jubon sin costura. Triste de tu hermosura, Gabrina, cuando eras moza! Ora en fin yo quiero ir, Por demas es este lloro, Que esta cadena de oro Me hará a veces reir. Llevo perfumes y olores, Tocas de lienzo delgado, Seis madejas de hilado Y otras yerbas para amores. La carta quiero guardar, Porque el ir no me sea en vano, Que en tomándola en su mano Le haré a Anacreo amar. Quiero ir, que ya me espera De Lucrecia el hermosura. ¡Que buen principio y ventura Que sus padres salen fuera! Conjúrote, gran Pluton, Emperador de dañados, Rey de los atormentados Y de la infernal region; Señor del sulfúreo fuego, Capitan del rio Leteo, Molestador de Fineo Y veedor del reino ciego. De las infernales furias, Hidras, harpias volantes, De las ánimas penantes, Señor de las tristes curias; Yo, Gabrina, antes que parta, Te conjuro, pido y ruego Que con tu sulfúreo fuego Te encierres en esta carta. Y cumpliendo mi deseo, Que tanto tu nombre precia, Hagas que muera Lucrecia Por amores de Anacreo; Y siempre te serviré Con fe muy firme y constante, Y sino con luz radiante Tus cárceres heriré.
El resto de la pieza es un purísimo desatino, en que se amalgaman confusamente incidentes del drama novelesco y del pastoril. Moratín hizo de mano maestra su análisis, con aquella especial habilidad que él tenía para contar los argumentos de las comedias ridículas.
«Lucrecia, acompañada de la vieja alcahueta Gabrina, abandona la casa de sus padres y se va á la de Anacreo su amante: los padres de Lucrecia, echándola menos, van á casa de Gabrina con la justicia, y de allí á la de Anacreo; pero éste y Lucrecia han huído descolgándose por una ventana. Presos Gabrina y el criado Rosio, los llevan á la plaza: allí aparece la horca á vista del auditorio; suben al reo y le cuelgan; á Gabrina la empluman, le ponen una coroza, y sentándola en la escalera del suplicio queda abandonada á merced de los muchachos, que á porfía le tiran brevas, berenjenas y tomates, le remesan los pelos y le dan puñadas; hecho esto dice el juez:
Quiten luego á esa muger, Y entierren al ahorcado.
«En la cuarta jornada sale por un monte Lucrecia con arco y saetas y llora la mala ventura de sus amores; luego que se retira, sale por otro lado Anacreo lamentándose igualmente de la desdicha en que se ve. Salen después Albina y Arnaldo, padres de Lucrecia, vestidos de peregrinos, en busca de su hija; descansan un rato de la fatiga del camino, y al querer proseguirle los sorprenden dos ladrones llamados Tarisio y Troco; el viejo Arnaldo quiere defenderse y muere á sus manos; sobreviene al ruido Anacreo y mata á Tarisio; su compañero Troco se va huyendo; sigue el reconocimiento de Anacreo y Albina, y cuando tratan de enterrar el cadáver de Arnaldo, vienen dos salvajes, entre los cuales se ve Anacreo en mucho peligro de perder la vida; pero Lucrecia, que se aparece muy oportunamente, dispara una flecha y cae muerto uno de los salvajes. Anacreo en tanto consigue matar al segundo; la madre y el amante, sin reconocer á Lucrecia, le agradecen el socorro que les ha dado; ella al fin se descubre, y con el regocijo de los tres acaba la fábula».
Sólo por tener forma de comedia en prosa é intervenir en ella una hechicera puede contarse entre las _Celestinas_ la _Doleria del Sueño del Mundo_, que pertenece en realidad al género alegórico-fantástico, más cultivado en el siglo XVII que en el XVI, á cuyas postrimerías corresponde esta obra, tan singular por su título como por su desarrollo. Fué su autor Pedro Hurtado de la Vera, cuyo apellido indica origen extremeño, al paso que ciertas rarezas de su lenguaje puedan hacer sospechar que fuera nacido ó criado en Portugal. ¿Sería por ventura algún judío portugués cuyos ascendientes hubieran pasado de Extremadura al reino vecino? De su persona nada más podemos decir sino que en 1573 publicó traducida del italiano, una de las más tardías versiones del _Sendebar_, conocida con el nombre de _Erasto_[467]. Algo de influjo italiano se columbra también en la _Doleria_[468], que recuerda, hasta cierto punto, la _Circe_ de Juan Bautista Gelli y otros diálogos satíricos, sin ser positiva imitación de ninguno de ellos. El autor se muestra versado en todo género de literatura, especialmente en los libros de caballerías y en los poemas de Boyardo y del Ariosto[469]. Cita con frecuencia y oportunidad trozos de romances viejos[470], como antes de él lo había hecho Jorge Ferreira, á quien se parece también en lo cortado y sentencioso del estilo. En el pensamiento de su obra y en algunas de las alegorías de que se vale percíbese la acción eficaz de los moralistas y satíricos antiguos, sobre todo de Luciano, tan imitado en España durante nuestro siglo de oro[471].
La _Doleria del sueño del Mundo_ es una invención francamente alegórica. Todos los personajes tienen una doble representación real y simbólica; pero la primera es muy tenue y borrosa y queda casi enteramente anulada por la segunda, lo cual comunica extraordinaria frialdad al diálogo y reduce á mínimo valor la intriga, tan confusa y enmarañada que á duras penas se entiende en la primera lectura. Todos representan alguna virtud ó vicio, pero no siempre los actos que en la tragicomedia se les asignan van de acuerdo con lo que sus nombres griegos anuncian. Hay en esta parte notables incongruencias y falta de solidez en los caracteres, si tal nombre merecen.
El autor amonesta que se lea su _Comedia_ «como cosa moral y traslado de la vida humana. Amor es el argumento d' ella, por ser en el mundo Amor la causa de todo mal y bien. Duerme _el Mundo_ y sueña ser _Heraclio_ amor de virtud y fama, con el contrapeso de vanagloria, que es _Honorio_ su criado. _Logistico_, la Razón que manda sobre ella, la cual cae alguna vez para levantarse con más fuerça como Antheo y reconoscer la fuerça soberana. _Astasia_ es la sensualidad y hipocresia en habitos de virtud. El deleyte, _Idona_, hermosa de cara, de obras fea. _Melania_, la malicia, cuyo fruto es el trabajo, que la color d' el negro significa, y a la postre queda subjecta á _Morio_, que es la ignorancia, y con él casada. _Asosio_, la carne vagabunda, pero al spirito reduzida con el castigo y experiencia. Las Egypcianas son las tentaciones, que procuran de ajuntar los buenos a los malos. _Andronio_, la ciuil costumbre que declina de la malicia a _Aplotis_, la simplicidad. _Apio_, _Metio_, _Amercia_, _Mania_ son los vicios. _Doleria_, la casamentera d' ellos, engaño y castigo juntamente. El bosque de las sombras, la vanidad de las cosas d' esta vida. _Aglaia_, _Thalia_, _Caliope_, _Melpomene_, las sciencias y virtudes que voluntariamente se presentan a sus amadores. Los Salvages, penitencia y contino remordimiento de la conciencia. _Nemesis_, la justicia que yguala todo y manifiesta lo que hizo dissimuladamente y disfraçada con _Asosio_, tomando despues por instrumento de castigar los malos a los malos, de remunerar los buenos a los buenos. Es _Charon_ la Muerte, que despierta al Mundo y da principio de vida a unos, de muerte a otros. Si el argumento o estilo no te contenta, hagalo el desseo, que es de contentar los auisados; si no, casate con la hermana de Melania, mujer de Morio, y sereys cuñados»[472].
Estas últimas palabras de Hurtado de la Vera, que con tanta llaneza declara tonto de solemnidad al que no guste del artificio de la _Doleria_, indican lo satisfecho que hubo de quedar de este alarde de su ingenio. Pero algo había de temerario en su presunción, no justificada por las medianas dotes de su inventiva y estilo. El pensamiento de la obra era ingenioso, aunque no muy original, y, desarrollado con eficacia artística, hubiera podido ser el germen de una gran concepción fantástica. Hacer dormir al Mundo durante seis mil años y desarrollar en las visiones de un sueño el espectáculo de la vida humana, con sus ilusiones y sus desengaños, para destruir luego esta aérea fábrica al son de los remos de la barca de Carón, era empresa digna de un gran poeta, y debe contarse entre los precedentes de obras análogas, como las de Grillparzer y el Duque de Rivas. No puede negarse tampoco á Hurtado de la Vera cierto talento agudo y sutil, que de puro sutil se quiebra, en algunas de sus alegorías, como el banquete en casa de Astasia y el diálogo de las fingidas gitanas (escena 5.ª del tercer acto); la transfiguración de Asosio por las mágicas artes de Doleria en la persona de un cortesano llamado Andronio, y las equivocaciones y lances cómicos (un tanto análogos á los del _Anfitrión_ de Plauto) que esta transformación ocasiona (escenas 7.ª y 8.ª del mismo acto; 1.ª, 2.ª, 4.ª y 9.ª del acto cuarto); los engaños del bosque encantado, donde las sombras se hacen cuerpos y los cuerpos sombras, y toda persona se duplica y llega á perder la conciencia de sí misma (escenas 6.ª y 7.ª del acto quinto); la aparición de las Gracias, de las Musas y de la justiciera Némesis, que ahuyentan con serena luz clásica las visiones de aquella _noche de Walpurgis_ (escena 8.ª del quinto acto).
No era ciertamente pensador vulgar el que _interpretaba_ el mundo diciendo que «de lo bueno no hay en él más que la sombra, y de lo malo todos son cuerpos». (Pág. 383). Pero le faltó aquel extraño poder de dar vida á las abstracciones de la mente, que por tan diversos caminos mostraron, casi á un tiempo, en España el autor del _Criticón_ y en Inglaterra el autor del _Viaje del Peregrino_. En la _Doleria del sueño del Mundo_ se ve una imaginación pobre y apocada, que lucha con un argumento muy superior á sus fuerzas; que no llega, ni por asomo, á convertir en personaje real ninguno de sus fantasmas alegóricos, y se pierde con ellos en un laberinto de disfraces y embrollos pueriles. Obra, en suma, que sólo por curiosidad puede leerse y que no deja en el espíritu ninguna impresión duradera.
El estilo es tan artificioso y revesado como el argumento. Todos los interlocutores hablan por sentencias y alusiones; todos aguzan el pensamiento en forma de epigrama. No faltan rasgos felices, que el fino amador de nuestra lengua debe estimar y recoger; pero el conjunto es de gran monotonía. Hurtado de la Vera, que carecía del genio brillante y á veces hondo de Baltasar Gracián, había adivinado, y aplicaba en su parte peor, medio siglo antes que él, aquella doctrina del estilo que el jesuíta aragonés teorizó en su libro de la _Agudeza_, y llevó al último extremo en _El Héroe_, el _Oráculo Manual_ y _El Discreto_. Hay conceptos en la _Doleria_ que son verdaderos enigmas, y cuando se llega á descifrarlos rara vez compensan el trabajo que cuestan.
Pero obra curiosa lo es, sin duda, hasta por sus particularidades de lenguaje, como el empleo de ciertas formas de la conjugación, ya arcaicas y desusadas á fines del siglo XVI, á no ser que se estimen como netamente portuguesas[473]. Acaso Hurtado de la Vera saldría de la Península muy joven, lo cual puede explicar la persistencia de estas locuciones, aprendidas en la infancia, al paso que su residencia en Flandes pudo dar ocasión á un corto número de galicismos y frases exóticas que de vez en cuando salpican su texto[474]. Todo el libro revela una cultura algo pedantesca. «¿Qué mal hago yo en obseruar las letras de la entrada de la escuela de Platon, no entrando sin Geometria?... Hize prouision, en casa, de un guante lleno de artes liberales». (Pág. 331). En la escena 3.ª del segundo acto se intercala extemporáneamente una disertación sobre los nueve cielos, con todos los errores de la antigua cosmografía.
Dudo mucho que D. Pedro Calderón conociese la _Doleria_, nunca impresa en España; pero el título y el pensamiento general de la comedia alegórica de Hurtado traen á la memoria el título y la idea moral de _La vida es sueño_, si bien no hay en la ejecución ningún punto de contacto. No hemos de entrar en la cuestión, bastante compleja, de los orígenes del drama calderoniano, que muy pronto ha de ser tratada exprofeso por un erudito norteamericano; pero no podemos menos de llamar la atención sobre frases tan significativas como éstas de la _Doleria_: «¿Y a la postre no pára todo en sueño? no hablamos d'ello, o no recordamos d'ello como de sueño?». (Pág. 315).
Muy distinto género de interés nos ofrece _La Lena_ ó _El Celoso_, obra lindísima del valisoletano D. Alfonso Velázquez de Velasco y última de las que se ofrecen á la consideración del lector en el presente tomo. Impresa en 1602, tres años antes que el _Quijote_, marca el punto extremo de nuestro trabajo, no porque el siglo XVII dejara de producir otras _Celestinas_, sino porque la de Velasco pertenece enteramente al gusto del siglo anterior, dentro del cual la suponemos compuesta, aunque fuese algo tardía la impresión. Los pocos datos que tenemos del capitán _pinciano_ (como entonces solían llamarse por error geográfico los hijos de Valladolid) nos inducen á creer que era hombre de madura edad cuando dió á luz esta producción suya tan sabrosa y picante. Y debía de ser persona de consideración en la milicia, puesto que le honraron con su íntima confianza dos de los grandes soldados españoles del tiempo de Felipe II: el coronel Francisco Verdugo, hijo ilustre de Talavera de la Reina, primer sargento mayor de los tercios de Flandes y heroico gobernador de Frisia, donde resistió catorce años á los rebeldes holandeses, y el perínclito D. Bernardino de Mendoza, capitán de caballos ligeros en el ejército del Duque de Alba, imperioso embajador del Rey Católico en Inglaterra y en Francia y árbitro de París durante los tumultos de la Liga, á la cual apoyó con su brazo y su consejo[475].
Fué nuestro D. Alfonso editor, y quizá algo más, del _Commentario_ ó Memorias militares del coronel Verdugo, impresas en Nápoles (1610), si bien cinco años antes corría ya de molde una versión italiana de Jerónimo Frachetta[476]. Preceden y siguen á la edición castellana[477] varios elogios poéticos de Verdugo, que había fallecido en 1597, gobernando las armas de España en el Estado de Luxemburgo, después de haber hecho victoriosa entrada en Francia, llegando hasta las puertas de Sedán. En un prólogo muy bien escrito, como suyo, recopila D. Alfonso una parte de las hazañas de su amigo, y se queja de la envidia que oscureció sus proezas y dejó sin el debido premio tan extraordinarios servicios. Y en la dedicatoria nos da estas noticias del libro que publica: «Confieso haberme pesado de ver este _Commentario_ traducido e impreso en lengua italiana antes que en la natural que lo escribió su autor, el cual, como á su familiar servidor, me le dio de su mano en Bruselas, y asi, estimandole por de no menos sustancia, en su tanto, que cualquiera de los de Julio César, le he traido como un breviario despues acá siempre conmigo... No he querido dexar de sacarle de la tiniebla en que le he tenido, y asi lo comunico ahora a mi patria y nacion en su idioma, sin alterar cosa ninguna d' él, ni añadir las postilas o glosas que suelen notarse en semejantes obras, por saber de cierto que la intencion del coronel no fue señalarse en la pluma (aunque podia) como en las armas, antes decir sucintamente los sucesos de Frisa, sin más afectacion de la que trae la pura verdad consigo, manifestando su integridad y proceder para confusion de sus emulos»[478].
Con ser tan explícitas estas palabras, no faltó en su tiempo persona bien informada de las cosas de Verdugo que atribuyese al capitán Velasco la redacción de sus _Comentarios_. Así, el autor de la biografía anónima descubierta y publicada por D. Antonio Rodríguez Villa: «Lo sucedido en ella (la guerra de Frisia) desde el año de 1581 hasta el de 1593 o 94, anda ya escrito en tantas relaciones y en diferentes lenguas, y últimamente en libro particular que desto ha sacado a luz de poco tiempo a esta parte don Alonso Velazquez de Velasco, que lo imprimio en Napoles... Remito a quien fuere curioso o afortunado al libro referido y a los demas que, aunque cortos, dan luz de lo que pasó en los catorce años que el Coronel gobernó la dicha provincia, y quede a cargo de quien ahora hace esta relacion sacar a vista de todos, con mucha brevedad, todos los sucesos de Frisia, dando razon dellos muy particularmente y comprobandolos con papeles y ordenes de que no so puede recibir duda; porque _aunque es cierto que el dicho don Alonso Velazquez de Velasco escribio el dicho libro imitando a Julio César, fue tan solamente lo que el propio Coronel le comunicó_»[479].
Páginas hay en el _Comentario_ de Verdugo que, como otras muchas de nuestros clásicos militares del siglo XVI, recuerdan la manera de Julio César[480]; pero el Coronel era muy capaz do escribirlas, puesto que, como dice su compañero de armas D. Carlos Coloma, «tuvo este insigne caballero _elocuencia natural grandísima_, y todas las partes que para ser gran soldado y gran gobernador convenían»[481]. Fuera de estos pasajes, que fácilmente se destacan del resto, el estilo del _Comentario_, que más bien debería llamarse memorial ó alegato en causa propia, tiene poco de literario, y á veces es tan desaliñado y confuso, que por ningún concepto puede atribuirse á la elegante pluma del autor de la _Lena_. Cuando prestó á su antiguo jefe el gran servicio póstumo de divulgar su triunfante vindicación, respetó, sin duda, el manuscrito que tenía entre manos, creyendo muy bien que cualquier enmienda ó retoque alteraría el carácter personalísimo de aquellas Memorias y haría sospechosa su veracidad.
También D. Bernardino de Mendoza confió á Diego Alfonso Velázquez de Velasco un ensayo poético suyo, que Velázquez publicó juntamente con sus propios versos. Trátase de una oda _sobre la conversión del pecador_, compuesta con fervorosa unción en liras bastante fáciles, aunque poco limadas. Velasco encabezó con ella otras que él tenía escritas á imitación de los siete salmos penitenciales, y formó con todo ello un breve y elegante volumen, estampado por las famosas prensas Plantinianas, en 1593, bajo los auspicios del gran Conde de Fuentes, D. Pedro Enriquez[482]. En la dedicatoria dice Velasco: «El Señor don Bernardino de Mendoza, siendo Embajador en Francia, me envió de Paris a Napoles las _Odas_ que al principio de las mias he puesto; por haberme incitado, como todas las demas cosas de su divino ingenio, a seguirle en la imitacion de estos _Salmos_, a los cuales me incliné, por continuar la materia de conversion, y tener en particular tantos devotos de nuestra nacion que ordinariamente los dicen. Y puestos ya en la forma de más facil inteligencia que con humilde entendimiento he podido alcanzar, con poco más de mi caudal que decirlo en mi lengua; sin apartarme de la luz de algunos recibidos Interpretes, confiriendolos con personas doctas, persuadido, o cuasi forzado de los mismos, he resuelto imprimirlos.»
Las imitaciones de Velasco van tan ceñidas al sagrado texto, que casi pueden calificarse de traducciones parafrásticas, aunque desmayadas y sin brío. Tanto él como Mendoza procuran imitar á Fray Luis de León, no sólo en el metro, sino en el estilo; pero lo que es sabrosa y poética llaneza en el primero, es indigencia, falta de color y prosaísmo en las odas de los dos capitanes, que parecen haber atendido únicamente á la edificación de los devotos.
Pasar desde estos ejercicios espirituales á la composición de una comedia tan desenvuelta y libre como la _Lena_, parecería extraño en nuestros días; pero en el siglo XVI á nadie podía sorprender ni escandalizar. Nuestros grandes ingenios ofrecen á cada paso estos contrastes, siendo igualmente sinceros en las veras y en las burlas, sin rastro de los hipócritas melindres y afectada gravedad que hoy se estilan. El caso de D. Francisco de Quevedo se ha repetido con mucha frecuencia, y puede tomarse como típico y normal de la sociedad en que vivía. No sabemos cuándo escribió su comedia D. Alfonso Velázquez; pero es tan literaria y pulida, demuestra un gusto tan formado é indica tanta experiencia y conocimiento de la vida, que de ningún modo podemos creer que fuese una improvisación juvenil, sino el fruto muy maduro de los viajes, campañas, devaneos y aventuras de su autor. Impresos los _Salmos_ en 1593 y la _Lena_ en 1602, parece seguro que la obra devota antecedió á la picaresca, al revés del caso de Alonso de Villegas y de lo que parece más natural y lógico en el proceso de la vida humana.
Tuvieron ambas obras el mismo Mecenas en el insigne capitán D. Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, gobernador de Lombardía, á cuyas órdenes estaba Velázquez cuando publicó en Milán su comedia[483]. Pero algo singular debió de ocurrir, puesto que del mismo año y del mismo impresor encontramos otra edición, con el título cambiado, que aquí no es _La Lena_, sino _El Celoso_, con dedicatoria á distinta persona y con algunas variantes de palabras que en general mejoran el texto[484]. La modificación del título pudo tener por objeto alejar la infundada sospecha de que la comedia española fuese una imitación de la _Lena_ del Ariosto, con la cual nada tiene de común más que el nombre y la remota analogía de encerrarse un amante en un arca, así como en la pieza del poeta ferrarés le ocultan en una cuba ó tonel[485]. Tampoco es inverisímil que Velázquez cayese en la flaqueza de lisonjear simultáneamente á dos magnates, dedicándoles una misma obra con dos títulos, aunque el procedimiento no dejaba de ser peligroso tratándose de persona tan culta y literata como el Condestable de Castilla, bien conocido por la controversia que sostuvo con Hernando de Herrera titulándose el _Prete Jacopin_ y por otros papeles satíricos, de uno de los cuales hay reminiscencias en la _Lena_[486]. Acaso buscó su sombra nuestro autor por no haber encontrado en el conde de Fuentes el galardón que esperaba.
Sea de esto lo que fuere, y quizá el tiempo lo aclare, la _Lena_ no tiene trazas de ser fábula de pura invención, sino pintura de algún caso de la vida real, poco edificante por cierto. La misma Lena dice en el _Prólogo_, contando sus andanzas: «De lance en lance fui a dar conmigo en Napoles... y al cabo de pocos dias me resolui de tomar casa de por mí, y puse tienda abierta de cortesana... _El que estuvo alli en tiempo del buen Duque de Osuna se acordará de la Buiza, que asi me llamauan entonces_» (pág. 391).
La figura del marido celoso, en la cual se encarniza nuestro D. Alfonso con vindicativo ensañamiento, también parece tomada del natural, y él mismo lo indica hablando con el conde de Fuentes y con los lectores: «El jocoso concepto que en mi ocio he formado, _rompiendo lanzas_ en un frenético y desesperado celoso...». «Hallando en mi ociosidad empeñada la melancolia en diuersos pensamientos _de los graciosos tiros que muchas mugeres del tiempo viejo hizieron_, y en la consideracion d' el ardiente furor de aquel triste que siente el mortal veneno de una celosa desconfianza (_de cuyos rauiosos desconciertos me ha tocado gran parte_), me puse por mi pasatiempo, _como en vengança del daño recebido_, a componer esta ridiculosa comedia, en que algunos ratos he refrescado los espiritus de cierta seca tristeza mia». (Pág. 389).