Orígenes de la novela, Tomo III
Part 37
El tipo, como se ve, está gallardamente trazado, mezclando reminiscencias del _Asno de oro_ con otras de la _Celestina_. Pero en el desarrollo de la intriga para nada se aprovecha la idea de las transmutaciones mágicas. El conjuro es tan pedantesco y tan remoto de las auténticas supersticiones populares, como todos los que hemos visto en obras anteriores, exceptuando la _Lozana_, que en este punto, como en todos, tiene la exactitud material de la fotografía. La _Dolosina_ de Alonso de Villegas se atiene á la farmacopea tradicional en las de su oficio, desde la maga Erichto de Lucano: «el olio infernal, las candelas del cerco, el ídolo de arambre juntamente con la bujeta del ungüento serpentino, la lengua del ahorcado, los ojos del lobo cerval, la espina del pez rémora, los testículos del animal castor, el pedazo de carne momia, y las taleguillas de las hierbas del monte Olimpo que truxiste el dia de Mayo». (Pág. 151). ¡Buen aparato para una bruja toledana del siglo XVI! Fernando de Rojas había pecado en esto, y sus discípulos se creyeron obligados á seguirle al pie de la letra, aunque padeciese la verisimilitud material y moral que casi siempre observan en la pintura de costumbres.
El enano Risdeño es creación bastante donosa, que parece sugerida por análogos personajes del _Amadís de Gaula_ y otros libros de caballerías, aunque á veces no tengan más carácter cómico que el que nace de la pequeñez de su estatura en contraposición con los gigantes, endriagos y vestiglos que en tales narraciones pululan. La figura poética y aérea de Risdeño; su jovialidad fresca y viva; su infantil afectación de valor[447], más positivo, sin embargo, que el del rufián Escalión; la sutileza de ingenio con que hace la apología de los de su talla y enumera metódicamente sus excelencias[448], prestan cierto encanto humorístico á las escenas donde interviene, que son las mejores de la obra.
D. Bartolomé Gallardo, demasiado severo en esta ocasión, tacha de afectada y relamida la prosa de la _Selvagia_, y Ticknor dice que el diálogo abunda en ridículas pedanterías. Esto último es innegable, y se explica bien por los pocos años del autor, por su condición de estudiante ávido de ostentar su corta ciencia y por el ejemplo de las _Celestinas_ anteriores, todas más ó menos contaminadas de pedantismo. Desde la primera _cena_ encontramos citadas la _Ulixea_, la _Eneida_ y los _Metamorfoseos_, y además á Platón, á Valerio Máximo, al Petrarca y á Boccaccio. Pero el autor predilecto es Ovidio, de cuyos _Remedia Amoris_ se presenta un extracto[449], añadiendo un remedio más, tomado de la _Silva_ de Pero Mexia. El rufián Escalión jura «por la metafísica de Aristóteles» (pág. 31) y se jacta de haber dado muerte á dos contrarios suyos «con dos heridas terribles, que Héctor, ni aun su hijo Astianax, el que Ulixes despeñó de una torre, no las hicieran». (Pág. 50). Apéase Selvago en el zaguán de la casa de su amigo Flerinardo, y éste exclama: «Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato al afligido pueblo». (Pág. 56). La doncella Isabela discurre sobre los cuatro elementos y sobre la creación del _soma_ ó cuerpo humano (pág. 66).
En esto no cabe excusa, pero puede haberla en cuanto á la prosa, que si es enfática y amanerada en los trozos de aparato, como razonamientos y cartas, es viva, natural y sabrosa en la mayor parte del diálogo, sobre todo en boca de los personajes secundarios. Es cierto que hay páginas enteras donde un hipérbaton violento y risible, acompañado de estúpidos juegos de palabras y metáforas incoherentes, enmaraña la sintaxis de Alonso de Villegas y le hace en sus declamaciones digno émulo de Feliciano de Silva. ¿Quién esperaría nada bueno de un libro que comienza así?:
«Resuenen ya mis enormes y rabiosas querellas, rompiendo el velo del sufrimiento con que hasta hoy han sido detenidas. Penetren los encumbrados cielos mis fuertes y congojosos clamores, forzando su fuerza sin ella por haber sido forzada con acaescimiento tan desastrado y fuerte. Maticen los delicados aires mis muchas y dolorosas lágrimas, de miserables y profundos suspiros esmaltadas. Descúbranse los furibundos alaridos, quebrantando los claustros y encerramientos que tanto tiempo han tenido; esparzan con su ligero ímpetu las delicadas exhalaciones de que el no domable corazón solie ser cercado... Dolor, angustia y pena procuren de hoy más mi compañía; quieran con querer lo que mi contraria ventura no queriendo quiso. Apercíbase mi pequeña fortaleza para tan horrenda batalla como comenzar quiere; descubra sus insignias y estandartes de clemencia, poniéndose los soldados de servicios en alarde de rompimiento. Resuenen los roncos atambores con querellosos zumbidos; los tiros mensajeros penetren con fuertes dislates los túrbidos vientos y municiones de majestad contraria; los ligeros dardos y tajantes espadas con desvíos consuman los míseros combatientes; inquira el fuerte caudillo del ingenio nuevas y exquisitas maneras de combates, para que pueda venir en algún próspero suceso su fluctuoso partido» (pp. 1 á 3).
La primera carta de amor de Selvago á Isabela consta sólo de dos cláusulas: la primera tiene treinta líneas. «Así como los pequeños hijos de la caudalosa real ave, puestos á los radiantes rayos del lúcido Febo, para que verdaderamente sean tenidos por legítimos y propios hijos de la tal madre, con grande admiración ocupan la vista en aquella prefulgente luminaria, sin tener parte para de allí ser apartados por el crecido amor mezclado de grande admiración, que tan fijo en ella pusieron, de la mesma manera, excelente señora, mi flaco y débil entendimiento puesto delante tu claro y lúcido aspecto, para que su sér claramente demostrase que parte de humano en sí tenía, de temeroso y crecido temor ocupado, los líquidos y delicados aires con profundos alaridos esmalta, sin que las continuas suasiones de su madre, la Razón, de tal espectáculo apartarlo puedan, no dexo de sentir, como humano, seráfica dea, la cruda y muy temerosa contienda que dentro de mí siento encrudelecerse, despues que mis ojos fueron con tu divina vista clarificados, etc., etc.».
Si toda la _Selvagia_ estuviese escrita en semejante estilo, sería por cierto una rapsodia abominable, aunque curiosa para demostrar que las peores aberraciones del culteranismo tenían antecedentes en la literatura del siglo anterior. Afortunadamente, no todo es de este gusto. A renglón seguido de la lectura de la carta entra en escena el ama Valera, hablando en el puro y castizo romance de Toledo:
«Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas, fresca como las flores de Mayo. Hija Isabela, en Dios y en mi conciencia, que de cada dia más te vas tornando una emperatriz en fermosura. Santa Pascua fué en domingo si no me pareces una Verónica y retrato de San Miguel, el ángel que está en mi perrochia en unas andas de oro». (Pág. 75).
¡Con qué suave maña sonsaca á la enamorada Isabela lo que necesita para el supuesto conjuro!: «Lo primero son necesarias dos palomas de color de ñeve para sacarles la hiel, que es cosa en esto muy aprobada; ansimesmo un cabrito tierno y de buen tamaño; dos gallinas prietas cresticoloradas; dos quesos de Mallorca ó de los de Pinto; dos docenas de huevos de ánsar con algunas madrecillas; dos cangiloncillos de hasta cuatro ó seis azumbres de lo de San Martin ó Monviedre, y ansí finalmente, dos monedillas de oro bermejo; que si tú desto me provees, verás maravillas». (Pág. 87).
Los personajes nobles, como Polibio y Senesta, padres de Isabela, y la madre y la hermana de Selvago, expresan sus afectos con la grave dignidad propia de la antigua familia castellana:
«_Funebra._--Hijo mío, descanso de mi atribulada vejez, ¿qué sentis? ¿qué mal es el vuestro, que mi ánima, despues de lo saber, ningun descanso ha tenido? Por vuestra vida, mi amor, que me lo digais, que si vos en el cuerpo lo sentís, yo en el ánima lo padezco, por causa de ser vos en quien mi vida, despues de la muerte de vuestro padre, está pendiente...
«_Ros._--Señor hermano, si por ser yo la persona que más en esta vida con razon os ama, la causa de vuestra poca salud me descubriésedes, no sería pequeña la merced que de vos recebiría, porque no sólo tendríades en mí quien en igual grado que vos vuestro mal sintiese, mas en ello hasta la muerte trabajaría, buscando la medicina en vuestra pena más conveniente». (Pág. 103).
Tal es el estilo habitual de la _Selvagia_, y por él debe juzgársela. Todo lo demás son _arias de bravura_ que se repiten mecánicamente. A tales altibajos hay que acostumbrarse en nuestros libros antiguos, y quien no vea el anverso y el reverso de la medalla no llegará á estimarlos rectamente. Alonso de Villegas, sazonado y picante en las burlas, discreto y á veces afectuoso y tierno en las veras, muestra una madurez de juicio muy superior á su corta edad, pero no podía tener formado su gusto. Lo que hay de bueno en la _Selvagia_ honra su ingenio; lo demás es culpa del artificio retórico estudiado en pésimas fuentes.
Los versos que intercala en su comedia son pocos y malos. En esto tiene razón Gallardo. Sólo merece indulto de la condenación general un romance alegórico-amatorio á estilo de trovadores, con algunas reminiscencias de los viejos y populares:
A los montes de Parnaso A caza va mi cuidado, Vestido de ropas verdes Que la esperanza le ha dado, De canes, que son servicios, Viene todo rodeado; Los monteros pensamientos Vienen cerca de su lado; En una cueva metida, Lugar solo y apartado, Descubierto han una cierva; Tras ella todos han dado; Las cornetas de gemidos Fuertemente han resonado; El cuidado y un montero Los primeros han llegado; La cierva, sin tener miedo, Muy contenta se ha mostrado; Los perros se parten della Que tocalla no han osado, Porque con sola su vista Los ha muy mal espantado. Ellos estando en aquesto, Un caballero ha llegado, Armado de ricas armas, Con señales de morado; En la mano trae blandiendo Un dardo bien afilado, Que, como al cuidado vido, Con soberbia le ha hablado: «Por tu muy gran osadía De mí serás maltratado». Diciendo estas palabras El venablo le ha tirado, Por medio del corazon De parte á parte ha pasado; No contando con aquesto, A la cueva le ha llevado, Echale fuertes prisiones Do le dexa encarcelado.
(Pág. 139).
Desde 1554, fecha de la _Selvagia_, hasta 1578 hay una gran laguna en las noticias biográficas de Alonso de Villegas. Es probable que los amores del joven estudiante con «su señora Isabel de Barrionuevo» no tuviesen tan dichoso fin como él en su poética fantasía imaginaba, adelantándose á los acontecimientos en el desenlace de su comedia. Lo cierto es que veintidós años después le encontramos convertido en respetable eclesiástico y capellán de los mozárabes de Toledo. Acaso para borrar recuerdos profanos prescindía del apellido _Selvago_, si es que en realidad le tuvo, y añadía á su nombre el calificativo de _licenciado_, probablemente en Sagrada Teología. Su persona había experimentado la misma transformación que su siglo, pasando desde la bulliciosa y franca alegría de los tiempos del Emperador á la austera disciplina del reinado de Felipe II. Un nuevo período se abría á su actividad literaria, y durante el resto de su vida, que fué bastante larga, ejercitó sin cesar su fácil y castiza pluma en argumentos religiosos y propios de la gravedad de su estado. Por este camino llegó á ser uno de los escritores más populares, especialmente en materia hagiográfica. Los cinco abultados volúmenes de su _Flos Sanctorum_, compilados de las obras de Lipomano y Surio, con muchas adiciones de santos españoles, vinieron muy oportunamente á sustituir á las viejas y rudas traducciones de la _Legenda Aurea_. Y aunque nuestro Villegas, como casi todos los que trataron de vidas de Santos antes de la grande obra de los Bolandistas, adolece de nimia credulidad y falta de crítica, es tan fervorosa la piedad con que escribe, tan patente su celo por el provecho de las almas y tan notoria su buena fe, que se le pueden perdonar sus defectos, casi inevitables, en gracia de la pureza y sencillez de su estilo, que parece reflejo de la ingenuidad de su corazón. El crédito persistente de sus libros, muchas veces reimpresos y traducidos al italiano y á otras lenguas, no cesó del todo aun después de la aparición del _Flos Sanctorum_ del P. Rivadeneyra, escritor toledano como Villegas, pero muy superior á él en corrección y gusto. Ambas obras compartieron durante el siglo XVII el favor de las gentes inclinadas á la piedad, y fué gran lástima que en el XVIII, en que todas las cosas, hasta la devoción, se afrancesaron en España, fuesen arrinconadas tan elegantes páginas, usurpando su puesto el _Año Cristiano_ del P. Croisset, que llegó á ser lectura predilecta de las familias. En la prolija tarea de traducirle invirtió el P. Isla mucho tiempo y trabajo, que hubieran estado mejor empleados en composiciones originales, y aunque la versión resultó menos galicana que otras, el mérito del texto no compensaba ni con mucho el sacrificio que voluntariamente se impuso uno de los últimos ingenios que con entera propiedad merecieron el nombre de españoles. En vano quiso hacer la competencia á la obra del jesuita extranjero el erudito valenciano D. Joaquín Lorenzo Villanueva con su _Año Cristiano Español_, digno de aprecio por su crítica en general sana y aun por el estilo, que es bastante limado, pero seco y pobre. Las sospechas de jansenismo que pesaban sobre el canónigo Villanueva perjudicaron, bien injustamente, á la difusión de su obra, y resultó casi estéril su tentativa hagiográfica, que apenas ha tenido continuadores.
Pero de la saludable reacción en favor de las lecturas castizas dan testimonio las varias reimpresiones totales ó parciales del _Flos Sanctorum_ del P. Rivadeneyra hechas durante la centuria pasada. Alonso de Villegas no ha tenido tanta fortuna. Sus infolios son de difícil adquisición y rara vez se encuentran juntos.
Apareció el primero en 1580, y en él, como en varios de los siguientes, hizo constar el autor la fecha en que los iba terminando. «En el qual puse postrera mano Domingo seys dias de Enero, en que la Iglesia Católica celebra fiesta de los Reyes, del año del nascimiento de Christo de mil y quinientos y setenta y siete: teniendo la silla de Sant Pedro Gregorio decimotercio, y reynando en España el catholico Rey don Phelippe, segundo deste nombre»[450].
De la _segunda parte_, que comienza con la Vida de la Virgen, no conozco edición anterior á la de 1588, que se presenta ya adicionada y corregida. Villegas se titula en la portada, además de capellán de mozárabes, beneficiado de San Marcos[451].
Del mismo año es la _tercera parte_, que contiene las vidas de «santos extravagantes» (es decir, que están fuera del rezo común) ó de personas virtuosas no canonizadas. Villegas, que ningún tropiezo había tenido con el Santo Oficio cuando imprimió la _Selvagia_, le encontró mucho más riguroso con sus historias de Santos. La _adición_ relativa á los varones ilustres en virtud se mandó quitar del libro, conforme á las sabias prescripciones de la Iglesia, que prohiben calificar de beatos por mera creencia pía á los que ella no ha declarado tales[452].
También en las dos primeras partes se mandaron borrar «algunas cosas apócrifas é inciertas», según se advierte en la edición toledana de 1591, obligando al autor á hacer una especie de refundición de su obra, en la cual salió muy mejorada. Puso la última mano á este trabajo á treinta días de mayo de 1595[453].
En el intervalo se había publicado en Madrid, 1589, la _cuarta parte_, que contiene discursos y sermones sobre los Evangelios de todas las Dominicas del año, ferias de Cuaresma y Santos principales[454].
Cuéntase como _quinta parte_ del _Flos Sanctorum_, aunque en rigor no lo sea, el _Fructus Sanctorum_, del cual sólo conocemos la edición de Cuenca, 1594[455]. Es, sin disputa, la más rara de todas las obras de Alonso de Villegas, y la más útil para el estudio de las leyendas y tradiciones piadosas. Contiene una selva numerosa de ejemplos morales, á la manera del _Prado Espiritual_ de Santoro y otras colecciones análogas para uso de los predicadores y edificación de los fieles.
El tomo sexto de las obras de nuestro autor es la _Vitoria y Triunfo de Iesu Christo_, terminado en 1.º de marzo de 1600, «siendo de edad de sesenta y seis años», é impreso en Madrid en 1603[456].
En varios tiempos publicó otros escritos más breves, todos de análoga materia. En 1592 dedicó á la villa de Madrid una _Vida de San Isidro labrador_[457], que viene á ser la misma incluida en el _Flos Sanctorum_. En 1595 publicó en Toledo la _Vida de San Tirso_, acompañada de una carta al corregidor D. Alonso de Cárcamo sobre ciertas antiguallas descubiertas en la imperial ciudad, á las cuales presta ciega fe, lo mismo que á la supuesta carta del rey Silo, cayendo incautamente, como tantos otros, en las redes del gran falsario Román de la Higuera[458]. En 1600 tradujo un libro ascético de D. Florencio Harleman, monje cartujo de Lovaina; pero este trabajo, que dedicó á doña María de Zúñiga, monja en San Clemente de Toledo, permanece manuscrito[459]. Entre los «_sermones predicados en la beatificación de la B. M. Teresa de Jesús Virgen..._» (Madrid, 1615) hay uno que Alonso de Villegas pronunció en la catedral de Toledo. Es la última noticia que tenemos de su persona.
D. Nicolás Antonio le atribuye equivocadamente dos libros más: el tratado de los _Favores que hace á sus devotos la Virgen nuestra Señora_ (Valencia, 1635) y _Soliloquios Divinos_ (Madrid, 1637). Uno y otro pertenecen al ilustre ascético jesuita Bernardino de Villegas, natural de Oropesa.
En un cuadro del toledano Blas de Prado, existente en nuestro gran Museo Nacional, que representa á la Virgen con el niño Jesús y varios santos, está representado Alonso de Villegas[460], cuya efigie nos han conservado, por otra parte, varias ediciones del _Flos Sanctorum_.
Es tradición consignada por D. Tomás Tamayo de Vargas en su _Junta de libros_[461], y repetida por D. Nicolás Antonio[462], que Alonso de Villegas, arrepentido de haber compuesto la _Selvagia_, hizo los mayores esfuerzos para recogerla y destruirla. Nada de particular tiene que un eclesiástico tan grave, entregado á ejercicios de piedad y á la composición de obras espirituales, mirase con ceño aquella producción algo liviana de su primera juventud. Pero no hemos de extremar las cosas hasta el punto de creer que se _horrorizase_ de ella, como dice el erudito librero D. Pedro Salvá, movido en parte por sus prejuicios anticlericales, y todavía más por el deseo de acrecentar el valor de su mercancía, exagerando la rareza de la _Selvagia_[463]. El caso no merece tantas alharacas.
La _Selvagia_ es una de las _Celestinas_ menos desenvueltas en su lenguaje y menos escandalosas en sus lances. Y aun siendo rarísima, no es de las más raras, puesto que hemos visto de ella cinco ejemplares[464] sin salir de España. De todos modos, á los escrúpulos quizá nimios de Alonso de Villegas se debió que quedase inédito, y probablemente se perdiera, un libro suyo de _cuentos varios_, que serían apreciables de fijo, dadas las condiciones narrativas que el autor mostró en bien diversa materia.
No debe confundirse con la _Selvagia_ otra obra de parecido título, impresa treinta años después, y que también pertenece á la galería celestinesca, la _Comedia Salvaje_ de Joaquín Romero de Cepeda, vecino de Badajoz, inserta en el rarísimo tomo de sus _Obras_ (Sevilla, 1582)[465]. Fué Romero de Cepeda mediano poeta, más feliz en los metros cortos que en los de importación italiana; imitador á veces hábil de Castillejo y Gregorio Silvestre, pero no un ingenio de relevante personalidad ni mucho menos. Así lo testifican su poema _El infelice robo de Helena_, su colección de romances sobre _La antigua, memorable y sangrienta destruyción de Troya_ (Toledo, 1583), su _Conserva Espiritual_ (Medina del Campo, 1588), su traducción de las _Fábulas de Esopo_ y otros (Sevilla, 1590) y un libro de caballerías, que fué de los últimos de su género, no descrito aún por los bibliógrafos.
La comedia _Salvaje_ (no _Selvaje_, como han escrito algunos) no pertenece al género novelesco, sino al dramático. Es perfectamente representable, y puede darse por seguro que fué representada. Consta de cuatro jornadas muy breves, escritas en redondillas dobles, y se asemeja del todo en su sencilla traza y artificio á las imitaciones de Torres Naharro que hicieron Jaime de Huete, Agustín Ortiz y otros, más bien que á las fábulas complicadas y aparatosas de Juan de la Cueva, que debían de estar en su mayor auge cuando Joaquín Romero de Cepeda ofreció al público sevillano las suyas.
La relación muy estrecha en que la _Salvaje_ está respecto de la _Celestina_ puede colegirse por su mismo título, que es casi un plagio, cometido también por Luis de Miranda: «_Comedia Salvaje, en la qual, por muy delicado estilo y artificio, se descubre lo que de las alcahuetas a las honestas doncellas se les sigue, en el proceso de lo qual se fallarán muchos procesos y sentencias_».
Todavía es más explícito el _argumento_: «Anacreo[466], caballero mancebo de mediano estado, enamórase de Lucrecia, hija de Arnaldo y Albina, única heredera de sus padres, muy rica y hermosa, la qual por medio de Gabrina, famosa alcahueta, viene a condescender a los ruegos de Anacreo; descúbrese el hecho, prenden a Gabrina, ahorcan a Rosio, criado de Anacreo. Huye Lucrecia; van sus padres en su busca; a Arnaldo matan salteadores, y a ellos Anacreo, que va en busca de Lucrecia. Roban a Albina dos salvajes, defiéndela Anacreo, sale Lucrecia al ruido en hábito de pastora, mata los salvajes, dase a conocer, perdónalos Albina, despósanse Anacreo y Lucrecia».
Dos partes hay que distinguir en esta composición. La primera, que comprende las dos primeras jornadas y parte de la tercera, es una imitación ó más bien una _versificación_ de la _Celestina_, tan servil que puede ponerse al lado de las traducciones literales de Urrea y Sedeño. Pero los versos son fáciles y no desnudos de elegancia, como ya advirtió Moratín. Júzguese por este soliloquio de Gabrina, cuando va á casa de Lucrecia (jornada segunda):