Orígenes de la novela, Tomo III
Part 36
Pyrame, clamavit, quis te mihi casus ademit? Pyrame, responde: tua te carissima Thisbe Nominat: exaudi, vultusque attolle iacentes. .......................................................... Quae postquam vestemque suam cognovit, et ense Vidit ebur vacuum; Tua te manus, inquit amorque Perdidit infelix. Est et mihi fortis in unum Hoc manus: est et amor, dabit hic in vulnera vires. Persequar extinctum: letique miserrima dicar Causa comesque tui: quique a me morte revelli Heu sola poteras, poteris nec morte revelli. Hoc tamen amborum verbis estote rogati, O multum miserique mei illiusque parentes, Ut quos certus amor, quos hora novissima iunxit, Componi tumulo non invideatis eodem.
(V. 142-157).
Los versos de Ovidio son bellísimos y tienen una concisión rara en él. A su lado hace pobre figura la prosa del imitador, pero su filiación no puede negarse[430].
Otra de las curiosidades de la _Tragedia Policiana_ es la introducción de dos hortelanos, Machorro y Polidoro, que hablan en lenguaje rústico, con extraños modismos y formas villanescas, que creemos dignas de la atención del filólogo; como también el vocabulario agrícola que ellos y su amo Theophilón usan, y que habrá de confrontarse con el de Gabriel Alfonso de Herrera y demás autores clásicos en esta materia. Reimpresa en el presente volumen la _Policiana_, que era punto menos que inaccesible, podrán hacerse sobre ella los estudios analíticos que cada uno de estos libros requiere, y que de ningún modo caben en el estrecho marco de una introducción.
Un solo año, el de 1554, vió aparecer dos nuevas _Celestinas_, una en Medina del Campo, otra en Toledo. Titúlase la primera _Comedia Florinea_, y fué su autor el _Bachiller Joan Rodriguez Florián_, según declara la portada de algunos ejemplares, y la dedicatoria de todos, aunque suprimido el _Florián_: «El Bachiller Ioan Rodriguez endereçando la comedia llamada Florinea a vn especial amigo suyo, confamiliar en el estudio, absente»[431]. Tarea predilecta de bachilleres parecía la de componer _Celestinas_, sin duda por asemejarse á Fernando de Rojas en el empleo de sus vacaciones. Pero no bastaba el grado universitario para comunicarles la virtud poética de aquel bachiller primero y único, y fué Rodríguez Florián de los que menos se acercaron al insuperable modelo. Su labor, toda de imitación y taracea, revela un talento muy adocenado y es de una prolijidad insoportable. Nada menos que cuarenta y tres actos ó escenas larguísimas tiene, y todavía promete una segunda parte, que afortunadamente no llegó á escribir ó á publicar.
Las bodas del buen Floriano esperando Para otro año de más vacacion, Adonde la historia tendrá conclusion, A Dios dando gracias, allá nos llegando.
De la primitiva _Celestina_ aprovechó menos que otros, salvo los datos capitales de la fábula y algunos rasgos en el carácter de la alcahueta Marcelia[432]. Todo lo demás procede ó de la _Comedia Thebayda_ ó de la _Segunda Celestina_ de Feliciano de Silva, aunque sin la brutalidad de la primera ni el interés novelesco de la segunda. El don Berintho, duque de Thebas, se encuentra puntualmente reproducido en el caballero Floriano, duque también y poderoso señor de vasallos, venido de lejanas tierras, que tiene á su servicio «catorce mozos de espuelas y quince escuderos, y otros tres tantos continos y otros tres tantos oficiales y una chusma de pajes»[433], personaje, como se ve, de más categoría que Calisto. Enamorado románticamente de la doncella Belisea por la fama de su hermosura y por un retrato que en secreto manda sacar de ella, cae en una extraña pasión de ánimo, busca en la soledad y en la música alivio á sus melancolías, y retraído continuamente en su aposento, cierra los oídos á las advertencias y consejos de su viejo criado Lydorio, que es el personaje predicador de la pieza, como el insoportable Menedemo de la _Thebayda_, puesto que sería demasiado favor compararle con el sabio y prudente Eubulo de la _Tragicomedia de Lisandro_. Floriano tiene á sueldo, por de contado, varios rufianes de lengua soez, manos cortas y pies de liebre, entre los cuales sobresalen dos, llamados Felisino y Fulminato, copias serviles de Galterio y Pandulfo, sin más originalidad que algunos juramentos y bravatas nuevas[434]. Manceba de Fortunato es cierta viuda depravada é hipócrita[435], la cual viene á representar en la nueva fábula un papel más semejante al de la Franquila imaginada por el anónimo de Valencia que al de Celestina, harto machucha para ser heroína de amorosos tratos y no solamente medianera en ellos[436]. Marcelia, que tal es el nombre de la equívoca tercera, con visos de primera en ocasiones, toma por su cuenta los amores de Floriano y encamina la intriga por los mismos pasos que hemos visto hasta la saciedad en este género de comedias novelescas. La romería de Nuestra Señora de Prado recuerda inmediatamente una situación análoga de la _Thebayda_. Pero el bachiller Florián procede con mucho más decoro y pulcritud. La noble Belisea, cauta y reflexiva, se defiende bien en las dos entrevistas del jardín, mostrando menos pasión que deseo de un casamiento ventajoso[437]. Su doncella Justina, pizpireta y desenvuelta, procede con menos recato en sus coloquios con el paje Polites, pero todo tiene feliz y apacible término con los matrimonios clandestinos de ama y criada, por lo cual la pieza se intitula _comedia_ y no _tragicomedia_, al revés de los libros de Rojas, Sancho Muñón y Sebastián Fernández.
El carácter mejor trazado de la obra es sin disputa el de Lucendo, padre de Belisea. Así como el Theophilón de la _Policiana_ representa la desconfianza, el punto de honra vindicativo y celoso del honor doméstico, así Lucendo, no menos honrado y respetable que él, fía ciegamente en la virtud de su hija, y el amor paternal se sobrepone en él, de un modo tierno y simpático, á todo interés, á toda sospecha, á todo recelo (escenas XXII y XXVI).
Los aciertos en la parte seria de la _Florinea_ no son raros, aunque tengan poco de originales. Como todas estas comedias de estudiantes y bachilleres, abunda en temas retóricos, desarrollados con pueril alarde, pero no llega á las horribles pedanterías de la _Thebayda_. Ya en la escena quinta encontramos «grandes pláticas» sobre la fuerza del amor y sobre los vicios y virtudes de las mujeres. En la escena XXVIII hay un largo razonamiento sobre la _amicicia_ en estilo que recuerda mucho el de Fr. Antonio de Guevara[438]. Entre Belisea, Justina y Marcelia pasan largos razonamientos «sobre los bienes y males que ay entre los casados» (escena XLII). Y á este tenor otras digresiones, que se leen sin fastidio por el buen sabor de la lengua, pero que son una sarta de lugares comunes. Algunos pasajes, como aquel en que Lydorio se queja de la triste condición de los servidores de los grandes y del mal pago que sus amos les dan (escena XXXVII), pueden tener, sin embargo, algún interés histórico[439].
Las cartas de amor que la _Florinea_ contiene son afectadas y declamatorias, como casi todas las que se hallan en nuestras novelas antiguas. Quizá el gusto de la _Cárcel de Amor_ influía en esto. El diálogo es mejor, pero comienzan á notarse síntomas de flojedad y cansancio, sobre todo en la parte cómica, que es pesada, insípida y fríamente indecorosa. Los chistes son forzados, las situaciones vulgarísimas, y el ánimo menos severo acaba por empalagarse de tanta prostitución y bajeza. Si la _Florinea_ no contuviese más que las repugnantes aventuras de Marcelia, de su hija Liberia y su sobrina Gracilia, de los dos rufianes, del despensero de Floriano, de los pajes Grisindo y Pinel y del estudiante escondido en la nasa, por ningún concepto podría disculparse su exhumación. Pero no todo es de tan depravado gusto. La fábula principal, aunque de endeble contextura, está presentada con cierto arte, y las escenas entre los dos amantes respiran cortesía y gentileza. Rasgos hay en la salida matinal de Belisea al campo que recuerdan _El Acero de Madrid_ y otras comedias análogas de Lope[440], de cuyo teatro es digna también la bizarra escena en que Floriano mata un toro á vista de su amada[441].
Hay en la _Florinea_ algunos versos líricos, bastante mejores que los de la _Thebayda_, pero del mismo género y estilo, que es el de las antiguas coplas castellanas, sin mezcla de endecasílabos. Figuran entre ellos romances, letras y motes con sus glosas, una _lamentación_ en coplas de pie quebrado á manera de las de Garci Sánchez de Badajoz (pág. 203) y una _contemplación de Floriano en absencia de su señora_ trovada en quintillas dobles con mucha soltura:
Vos, dama, soys mi esperança, Vos mi muerte, vida y gloria, Vos mi bienauenturança, Vos de mis males bonança, Vos pinzel de mi memoria. Yo sin vos soy el perdido, Yo sin vos el que más muero, Yo sin vos el mesmo olvido, Yo sin vos el mal nascido, Yo sin vos quien mal me quiero.
Vos sin mí de más valer, Vos sin mí más sublimada, Vos sin mí soys de querer. Vos sin mí soys de temer, Vos sin mí soys adorada. Yo por vos soy muy dichoso, Yo por vos quien resuscita, Yo por vos vanaglorioso, Yo por vos el más gozoso Que en casa de amor habita...
Pero la más notable de estas poesías, bajo el aspecto métrico y musical, es una danza ó _pavana_ que Floriano compone y tañe á la vihuela en celebridad de sus bodas. La estrofa, que suponemos inventada por el bachiller Rodríguez, es anterior en diez años á las tentativas de rimas provenzales y francesas de Gil Polo. Consta de cuatro versos de doce sílabas, dos de seis y uno de nueve. Véase este curioso _specimen_ de ritmo _modernista_:
Vos soys, Belisea, mi gloria cumplida, Mi bien todo entero, mi nueva esperanza; Por veros ya muero con tanta tardança, Por ver que la hora aun no es ya venida; Al tiempo maldigo, Pues vsa conmigo Con su tardança de enemigo.
Ay, quándo podré yo verme en la gloria De aquel parayso de vuestro vergel! Dichosas las plantas que vos veys en él, Mas yo más que todos en vuestra memoria, Mas ay, que hora veo Que muy poco creo Del bien que en vos halla mi desseo.
Vos sola soys gloria por vos merescida, Pues otro ninguno no ay que os merezca; Vos soys de las damas la más escogida, Dichoso el amante que por vos padezca; Mas ay, si yo fuese Quien solo os siruiesse Y solo quien por vos muriesse.
Vos soys el retracto del summo poder, Que Dios ha mostrado en las criaturas; Angélica imagen que acá en las baxuras Ensalçais a Dios en tal os hazer; Soys solo una A quien fortuna Obedece desde la cuna.
Vos soys mi prision y mi libertad; Yo vuestro captiuo, y tan venturoso, Que es tanta mi gloria, que hablarla no oso Porque es offendida vuestra majestad; Ansí yo callo El bien que hallo En ser vuestro libre vasallo.
Vos soys paradero de mis pensamientos; Vos soys el pinzel con que mi memoria Esculpe en mi alma tal contentamiento, Que en vos halle objecto de su mayor gloria, Pues con gran razon El mi coraçon Descansa en tal contemplacion.
(Pág. 307).
El autor de la _Florinea_ era valisoletano, ó por lo menos en Valladolid residía cuando compuso esta obra dramático-novelesca, cuya acción se desarrolla en aquella ciudad, con gran copia de alusiones locales: á la Puerta del Campo, á la Cal Nueva, á San Benito, San Pablo, Nuestra Señora del Prado, San Julián, la Trinidad y otras iglesias. También se habla de «la estatua de Don Pero Añiago (ó Miago), del hospitalejo de Sanct Esteuan». (Pág. 261), curiosa antigualla folklórica que sirvió de tema á una comedia de Luis Vélez de Guevara, atribuída por error á D. Francisco de Rojas. Aun en el lenguaje se nota algún modismo propio del habla familiar de aquella parte de Castilla la Vieja, como el uso transitivo del verbo _quedar_[442].
El estilo de la _Florinea_ es terso y puro, pero carece de vigor y animación, no sólo comparado con la _Celestina_ primitiva, como ya observó Ticknor, sino con la mayor parte de las secundarias. No iguala á la _Selvagia_, ni siquiera á la _Policiana_. La prosa del bachiller Florián es demasiado fácil, redundante y desaliñada. Pero la riqueza de su lenguaje familiar y el desenfado de su sintaxis la hacen digna de salir del olvido, y en tal concepto la hemos reimpreso, no como libro de amena recreación (que ciertamente no lo es), sino como pieza de estudio para gramáticos y lexicógrafos, que encontrarán en ella un caudal no despreciable de idiotismos.
Mucho más vale la _Selvagia_[443], y de seguro la hubiéramos preferido á no existir ya una reimpresión moderna, bastante correcta y fácil de adquirir[444]. El estudiante toledano que á los veinte años la compuso era escritor de raza, y ya en este ensayo juvenil y algo liviano manifiesta las excelentes dotes que habían de darle muy señalado lugar entre los prosistas del mejor tiempo de nuestra lengua. Llamábase el tal Alonso de Villegas Selvago, siendo quizá el Selvago un sobrenombre meramente poético, pues no volvió á usarle en las obras de su edad madura, y coincide además con el del protagonista de su comedia, en quien manifiestamente quiso representarse á sí propio, como á su amada en la heroína, á la cual ni siquiera cambió el nombre. Ya en la portada estampa el suyo, acompañado de la calificación de «estudiante». Seríalo probablemente en la modesta Universidad de Toledo, algo oscurecida por el radiante foco de la vecina Alcalá, aunque tuvo sus días de esplendor con preceptores tan doctos como los Cedillos y Venegas, y más adelante con los Scotos y Narbonas. En unos versos acrósticos puestos al principio del libro, según la costumbre de sus predecesores, constan la edad, la patria y otras circunstancias de nuestro autor: «Alonso de Villegas Salvago compuso la _Comedia Selvagia_ en servicio de su señora Isabel de Barrionuevo, siendo de edad de veinte años, en Toledo, su patria». Habría nacido, por consiguiente, en 1534, y al mismo resultado nos conducen otras fechas que fué consignando en sus obras posteriores, como luego veremos.
Aunque el autor de la _Selvagia_ imita muy de propósito á Fernando de Rojas[445], también paga largo tributo al «magnífico caballero Feliciano de Silva, radiante luz y maravilloso exemplar de la española policía», cuya influencia se siente ya en las disparatadas coplas preliminares:
Gozando sus gozos te muestra gozoso, Y goza los gozos que goza su parte, Adonde gozando por gozo tal arte, En gozo te goza con gozo sabroso.
Cuanto hay de malo en el estilo de la _Selvagia_ puede atribuirse al contagio de la prosa de Feliciano, cándidamente admirado por el joven escolar. Pero le sirvió de saludable antídoto la lectura reflexiva del admirable original primero, y el ejemplo más reciente de la _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_, en la cual él solo parece haber fijado la atención[446]. El rufián Escalión de la _Selvagia_ se declara hijo de Brumandilón (pág. 237) y lo parece tanto en sus hechos como en sus palabras. También se alude á la muerte de Elicia (pág. 236).
Titúlase la _Selvagia_ comedia, y no tragicomedia, lo cual tratándose de este género de obras, quiere decir tan sólo que tiene el final no trágico ni lastimero, sino matrimonial y festivo. Pero con más razón que otras pudo llamarse _comedia_, porque es más dramática que ninguna de las _Celestinas_, á excepción de la primitiva, y precisamente en serlo se cifra su mayor mérito y su relativa novedad. Alonso de Villegas imaginó una fábula propia del teatro, la dió ingenioso principio é inopinado desenlace, la exornó con agradables peripecias y en desarrollar su plan se mostró más hábil que sus contemporáneos Sepúlveda, Lope de Rueda, Timoneda y los demás autores de comedias en prosa influidas por el arte italiano. Puede decirse que adivinó mejor que ninguno de ellos lo que había de ser la futura comedia de capa y espada. La _Selvagia_, que es una de las _Celestinas_ más breves, pues consta sólo de cinco actos, divididos en corto número de escenas, hubiera podido sin gran esfuerzo reducirse al marco teatral, y su autor la creía representable, como se infiere de las últimas palabras que pronuncia el enano Risdeño: «Yo, Risdeño, hombre de bien aunque chiquillo de cuerpo, amigo de todos aquellos que mi bien desean y mi provecho procuran, pidiendo por las faltas cometidas el debido perdón, acabo de representar la comedia llamada _Selvagia_» (página 291).
El _argumento de la comedia_ dice de esta suerte:
«Un caballero llamado Flerinardo, generoso y de abundante patrimonio, vino de la Nueva España en esta ciudad, donde un dia por ella ruando, como acaso pasase por casa de un caballero anciano llamado Polibio, de una fenestra della vido una fermosa doncella, de la qual excesivamente fué enamorado. Pues como le fue dicho el tal Polibio tener una muy apuesta hija, cuyo nombre era Isabela, y la tal fenestra fuese de su aposento, creyendo ser la mesma Isabela la que visto habia, por caballero de su amor se intitulaba. Donde, dando parte a un gran amigo suyo, caballero de ilustre prosapia, llamado Selvago, de su crescida pena, sucedió que el mesmo Selvago, teniendo deseo de ver quién á su amigo tan subjeto y captivo le tenia, cumpliendo un dia su propósito y viéndola, no pudiendo su libertad someter á lo que á la verdadera amistad de Flerinardo debia, grandes culpas y mortales deseos á su causa padesce, tanto que fue puesto en grave enfermedad. Pues veniendo su gran amigo Flerinardo en presencia de su hermana Rosiana llamada, á visitarle, conoció que la tal Rosiana era la que en la fenestra de Polibio habia visto, y no Isabela, como se pensaba, porque acaso, como hubiese amistad entre las dos doncellas, aquel dia se habian juntas recreado; lo cual como á Selvago fuese dicho, con excesivo placer, porque abiertamente osaria amar á Isabela, de su tan grave enfermedad fue sano, donde poniendo en el negocio una vieja astuta, cuyo nombre era Dolosina, cumplieron enteramente sus deseos, siendo primero desposados por palabras de futuro, lo que de á poco, con licencia de sus padres, se puso por obra, pasando lo mesmo de Flerinardo con Rosiana. Pues estando el dia que las bodas se solenizaban con gran regocijo, vino un maestro de la Nueva España, que habia sido de Flerinardo, el cual declaró cómo el mesmo Flerinardo era hijo único de Polibio, padre tambien de Isabela, que de chico, con un tio suyo, en aquellas tierras se habia partido; con las quales nuevas todos muy gozosos, quedando dos hermanos con dos hermanas juntos en matrimonio, se dará fin á la comedia».
Tenemos aquí, como se ve, los principales incidentes de una comedia de amor é intriga del siglo XVII, que si por la crudeza de algún detalle no cuadraría bien á la severa musa de Calderón, pudiera figurar sin violencia en el repertorio de Tirso de Molina, donde abundan los desposorios clandestinos y los matrimonios consumados entre bastidores. Dos parejas enamoradas, confusión de una dama con otras, galantes coloquios por la ventana, historias novelescas de hijos perdidos y encontrados, intervención de personas que han estado en el Nuevo Mundo. La combinación de estos recursos con los que ofrecía la tradición celestinesca remoza un tanto el viejo y ya gastado tema. El reconocimiento ó _anagnorisis_ final procede del teatro de Plauto ó de las comedias italianas del Renacimiento.
No puede negarse, sin embargo, que la mayor parte de las escenas de la _Selvagia_ son copia diestra y bien entendida, pero copia al fin, de la tragicomedia de Calisto. En los caracteres es poco lo que se añade ó modifica, salvo la duplicación del caballero y de la dama y la aparición de dos figuras secundarias trazadas con bastante acierto, Valera, el ama de leche de Isabela, y el enano Risdeño.
El ama Valera, que se parece poco á la nodriza de Julieta, salvo en su locuacidad impertinente, es una embaucadora que explota á la enamorada doncella, sacándola muchas y ricas joyas so pretexto de un fingido conjuro. Pero su papel es muy secundario al lado de la famosa hechicera Dolosina, hija de Parmenia y nieta de Claudina, por donde esta pieza viene á enlazarse con la _Policiana_. Para dar alguna novedad á este tipo obligado, el autor, que relata su historia por boca del rufián Escalión, la hace viajar por diversas partes y regiones «hasta que teniendo su asiento en Milán, la buena vieja (Parmenia) dió fin á sus días, quedando la hija huérfana y en extraña tierra, aunque no por eso perdió la realeza de su ánimo, que con lo que al presente de hacienda tenía, dió consigo en París, abriendo su tienda y mostrando sus mercaderías á la Corte francesa. Tomando, pues, allí conocimiento con cierto nigromántico, su arte muy por entero la enseñó, saliendo en él tan famosa maestra quanto el delicado entendimiento de una mujer es bastante. No contenta mucho con tal nacion, en España pretende tornar, y visitando las principales ciudades della, aquí en su propia tierra fué tornada; donde habiendo salido muy niña y fermosa, vieja y disforme volvió. Fué, pues, desde poco aquí casada con un fanfarron llamado Hetorino, mi amigo especial, con quien agora bien contenta y gozosa vive. Tienen allí cerca el rio una casa con dos puertas y dos moradas, donde él enseña á esgrimir algunos gentiles-hombres en la una, y ella á labrar mozas en la otra, ordenándose, entre las dos casas de discípulos, no pocos (antes muchos y muy grandes) malos recaudos entre dia. Es asimesmo la vieja la más subtil y taimada alcahueta hechicera que en nuestros tiempos, ni aun creo que en los pasados, se hallará; pero no sólo con sus palabras y conjuros ablanda los muy duros corazones, mas aun con su meneo y visaje os hace venir las manos atadas á conceder en su propósito y voluntad. Muchas veces, como su marido me ha dicho, con el arte de nigromancia que aprendió, delante dellos se torna invisible, y desde algun tiempo da señas verdaderas de lo que pasa en muy diversas tierras; tiene tambien poder de convertirse en animales y aves, con que no sólo hace sus hechos, mas aun se defiende de quien su mal procura, porque, como dicen, ó _demo_ á los suyos quiere. Es fama que tiene muy gran tesoro, aunque el lugar está celado, mas por ello la insaciable hambre de la codicia nunca olvida, antes siempre, confesándose por pobre, por una moneda de plata hará, como dicen, ciribones (?). Tiene á la continua en su casa dos mozas de buen parecer para alivio de cuitados que sus aventuras buscan, que tan bien amaestradas la dueña honrada las tiene, aunque de pocos dias, que al triste que en sus manos cae, no solo con sus fingidos halagos lo que encima tiene le da, mas aun la palabra por prenda de más les dexa empeñada. Esta, pues, de quien, señores, habeis oido, es la dueña por quien me habeis preguntado, de quien con razon se podría decir que lo que en la leche mamó, en la mortaja mostrará» (pp. 115-116).