Orígenes de la novela, Tomo III

Part 35

Chapter 353,863 wordsPublic domain

«_Cariofilo._--Aunque dezis verdad y os lo concedo, yo vine al mundo para lograr mi vida, pues tengo tan cierta la muerte, que no es pequeña pena y descuento éste; y si aora no la logro, quando la edad lo pide y permite, el tiempo se me va huyendo, y yo no querria que me dexasse a buenas noches, sin dexar fruto ni señal de la jornada con la congoxa de quién tal pensara. Si yo tuuiera vida de nouecientos años, como los antiguos, anduvierame regalando? Todo era dos dias más o menos, porque avia paño para cortar y desperdiciar; mas vida de quatro negros dias, y estos inciertos y alternados en mal y bien, y que los passe llorando, mala Pascua a quien tal hiziere, y no fuere moço quando moço para ser viejo cuando viejo.

«_Zelotipo._--Essa es vna mala conclusion. Essos esfuerços juveniles y essas quentas vanas tienen muy cierto el castigo; guárdeos Dios de pecador obstinado; las más vezes se ven desdichados fines á tales distraymientos. El hombre discreto ninguna cosa ha de temer tanto como á su gusto; nunca os precieis de culpas, porque desmerecereis el perdon; hazed siempre la cuenta de cerca, y no perdereis de vista el arrepentimiento... Mirad por vos, que quien se guardó no erró, y el Señor mandó velar a los suyos por la incertidumbre de la hora; y yo tengo sin duda que a excesos sensuales no dilata Dios la paga para el otro mundo, y assi se han visto muy grandes castigos.

«_Cariof._--No me canseis aora; mirad vos vuestra alma y no tengays cuidado de la mia; yo dare cuenta de mí quando llamen a mi puerta, y no me faltará vn texto para hazerle a vna ley que venga a mi proposito y me ponga en salvo. Y Monseñor Ouidio dize que se rie Jupiter de los amantes perjuros...

«_Zelot._--... Ninguno presuma que engaña, porque siempre él queda engañado; y por amor de mi, que nunca hagais essos juramentos, porque son segun la intencion de quien los oye. En quanto Dios, estais obligado á essa moça en todo lo que le prometistes; mirad lo que aueis hecho, no engañeis vuestra alma...

«_Cariof._--... Yo os digo que las enredo y las sé burlar; ellas tratan siempre engaños, yo nunca les digo verdad ni tengo ley con ellas; ellas interessadas, yo escaso; ellas mudables en el amor, yo desamorado; ellas libres, yo raposo; assi nos damos en los broqueles, mas yo quedo siempre en pie como gato» (pp. 100-101).

Este tipo del libertino, que lo es más por atolondramiento y ligereza que por perversidad, es uno de los mejores aciertos de la _Eufrosina_. El autor le castiga blandamente y con catástrofe que tiene más de cómica que de trágica, porque en el fondo se trata de un tonto, cuyas ridículas empresas sirven de diversión á las mozas de cántaro y á todas las _raparigas_ del Mondego. Pero si se prescinde de sus actos y se atiende sólo á su cínica profesión de inmoralidad amatoria, ningún personaje se hallará en nuestra primitiva literatura dramática y novelesca que en este punto concuerde tanto con las máximas y palabras de D. Juan.

En los amoríos de Cariofilo interviene, como era natural, una Celestina de bajo vuelo, Filtria, mucho menos chistosa que sus comadres castellanas. Pero en los de Zelotipo prescinde el autor cuerdamente de tan vil sujeto, y quien sirve de medianera es una prima del mismo enamorado, Silvia de Sosa, amiga y confidente de Eufrosina, aunque constituída en cierto género de dependencia familiar respecto de ella. La figura de Silvia tiene finos toques y recuerda algo la doncella Poncia de la _Segunda Celestina_, aunque es menos razonadora que ella. Por su intervención se efectúan los secretos desposorios de Zelotipo y Eufrosina, aprovechando una ausencia del señor de las Povoas, que tiene que resignarse al fin con los hechos consumados, á pesar de la indignación que manifiesta en los primeros momentos y de su graciosa consulta con el doctor Carrasco.

Aunque Jorge Ferreira brilla más en lo serio que en lo cómico, es de gran mérito esta escena como pintura de costumbres universitarias, y recuerda el pleito del estudiante en la _Tragicomedia de Lisandro y Roselia_. Así como Sancho de Muñón, que era teólogo, tenía entre ojos á los canonistas y se burlaba de ellos á su sabor, Jorge Ferreira, que era humanista y hombre de mundo y de corte, profesaba especial aversión á los letrados y profesores de Derecho civil, á su erudición farragosa, á su pragmatismo huero. «Si no son prudentes (dice), las letras en ellos son peores que lepra, porque _quieren medir por las leyes de Iustiniano, que ha mil y tantos años que se hizieron, las costumbres de aora, y no consideran que el tiempo lo hace todo de su color_» (pág. 143). Palabras verdaderamente notables para escritas á principios del siglo XVI por un poeta que no hacía profesión de reformador de los estudios jurídicos.

Otras dos comedias en prosa compuso Jorge Ferreira, que generalmente pasan por inferiores á la _Eufrosina_, aunque la verdad es que apenas han sido estudiadas hasta ahora. La comedia _Ulyssipo_ fué escrita en 1547 ó poco después, según las alusiones que en ella se contienen á la campaña de Mazagán, atacada en aquel año por los moros. Rápidamente, pero con acierto, caracteriza esta obra Teófilo Braga: «La _Ulyssipo_ es un cuadro de las costumbres portuguesas en el siglo XVI: locuciones familiares, más de 386 refranes que todavía andan en la tradición oral, juramentos, juegos, diversiones, todo se encuentra reproducido allí. Es un tesoro de lenguaje. La acción no tiene condiciones escénicas, por las grandes é infinitas mutaciones y la falta de rapidez de los diálogos, que están diluídos en consideraciones morales atestadas de proverbios. Actos extensos que tardarían dos días en representarse, flaca intriga bajo grandes y poco interesantes accesorios, hacen de la _Ulyssipo_ una obra secundaria. Crece su mérito, no obstante, si tenemos en cuenta que es una de aquellas comedias que se escriben solamente para ser leídas. En los saraos de palacio la leería Jorge de Vasconcellos delante de D. Juan III á su hijo y heredero el príncipe D. Juan, apasionado por el arte dramático, como lo fueron todos sus tíos y su abuelo. Mirada de esta suerte, no carece de vida la _Ulyssipo_. Los caracteres acentuadamente delineados, las situaciones bastante cómicas y la filosofía del sentido común, son cualidades que revelan un grande artista, que si hizo una comedia defectuosa fué por no haberla escrito intencionadamente para la escena».

Ni Barbosa Machado, ni Inocencio de Silva, ni ningún otro de los bibliógrafos portugueses que he visto, indican el año ni el lugar en que fué impresa por primera vez la _Ulyssipo_. Pero consta la existencia de una edición del siglo XVI, no sólo por el Indice inquisitorial de 1581, donde aparece prohibida, sino por los preliminares de la edición corregida y expurgada de 1618[420]. La principal enmienda que mandó hacer el Santo Oficio fué quitar el hábito de beata á la viuda Constanza d'Ornelhas, personaje celestinesco.

La última comedia de Jorge Ferreira, titulada _Aulegrafia_, no fué impresa en vida suya, ni siquiera dentro del siglo XVI, «por un disgusto general de este reino», según indica su yerno D. Antonio de Noronha[421]. Algunos suponen que este disgusto fué la muerte del príncipe D. Juan, pero más natural parece que se aluda al desastre de Alcazarquivir en 1578, en que pereció el único hijo varón de Jorge Ferreira, si son exactas las noticias de Barbosa. La pérdida del príncipe en 1554 no pudo influir para nada en las publicaciones de Ferreira, puesto que de 1560 y 1561 hay ediciones de la _Eufrosina_, y en 1567 dedicó á D. Sebastián el _Memorial de la Tabla Redonda_.

No existe de la _Aulegrafia_ más que la edición póstuma publicada por D. Antonio de Noronha, yerno del autor, en 1619, treinta y tres años después de su fallecimiento[422]. De las tres comedias de Ferreira es la más rara y la que más precio ha tenido siempre en el mercado bibliográfico. A pesar de eso, nadie se ha decidido á reimprimirla, ni siquiera en la forma ruin y mezquina con que lo fueron la _Eufrosina_ y la _Vlyssippo_ en el siglo XVIII. Tan ingratos y olvidadizos han sido los portugueses con un escritor de tanto ingenio y cultura, de tan rica y sabrosa locución y tan útil para la historia de las costumbres peninsulares.

La _Aulegrafia_, que consta de cinco actos como las otras dos comedias, y no de cuatro como dice Barbosa, es, según indica su título, una pintura de la vida de la corte y especialmente de los amores de palacio. En este sentido puede ofrecer curioso tema de comparación con el _Cortesano_ de Castiglione, con el de Luis Milán, con el _Arte de galantería_ de D. Francisco de Portugal y otros libros análogos. Uno de los personajes de la _Aulegrafia_, el aventurero Agrimonte, habla siempre en castellano.

Pero tanto la _Vlyssipo_ como la _Aulegrafia_, sobre todo esta última, tienen con la _Celestina_ una relación no directa y específica, sino genérica. Atendiendo á esto, y también á la circunstancia de no haber ejercido influencia alguna en nuestra literatura, dejemos intacto su estudio para los críticos del reino vecino. Hora es ya de volver á las _Celestinas_ castellanas, aunque tengamos que acelerar el paso para poner fin á este larguísimo tratado.

En 1547 salió de las prensas de Toledo la _Tragedia Policiana_[423], cuyo autor declara su nombre en cuatro estancias de arte mayor dirigidas «a los enamorados». Las iniciales de los versos, leídos de arriba abajo, dicen: «El bachiller Sebastián Fernández». Es cierto que en una segunda edición, también toledana, de 1548, descubierta por Fernando Wolf en la Biblioteca Imperial de Viena[424], hay otras estancias de «Luis Hurtado al Lector», de las cuales dedujo aquel insigne erudito que este era el verdadero autor de la _Tragedia_:

Lector desseoso de claras sentencias, Aquí debuxa la madre Claudina Debaxo de gracias sabrosa dotrina, Para guardar del mal las conciencias: Verás los auisos de mil excelencias Que a los virtuosos son claro dechado; Y si su autor se haze callado, Es por el vulgo, tan falto de ciencias. .......................................................... Y si algun error hallares mirando, Supla mi falta tu gran discrecion, Pues yerra la mano y no el coraçon, Que aqueste lo bueno va siempre buscando.

A mi ver, Luis Hurtado no habla aquí como autor, sino como mero corrector de imprenta, que era al parecer su oficio en los años juveniles. En la primera octava elogia al autor como persona distinta, y dice de él que «se haze callado», es decir, que oculta ó disimula su nombre; lo cual no puede entenderse de Hurtado, que estampa el suyo con todas sus letras al principio de los versos. Los errores ó faltas por las cuales pide perdón son sin duda las erratas tipográficas. En el mismo sentido deben entenderse las octavas acrósticas que puso en el _Palmerín de Inglaterra_ impreso en el mismo año y en la misma oficina, pues ni le pertenece la obra original, que es del portugués Francisco de Moraes, ni la traducción castellana, que reclama por suya el mercader de libros Miguel Ferrer[425]. No faltó entre sus contemporáneos quien formulara contra Luis Hurtado acusaciones de plagio. Pedro de Cáceres y Espinosa, en su biografía de Gregorio Silvestre, acusa al poeta toledano de haberse apropiado el _Hospital de Amor_ del licenciado Jiménez[426]. En todas sus obras anda mezclado lo ajeno con lo propio, y no siempre pueden discernirse bien. Dotado de más estilo que inventiva, gustaba mucho de continuar y remendar obras ajenas, como hizo con las _Cortes de la Muerte_ de Miguel de Carvajal y con la _Comedia Tibalda_, de Perálvarez de Ayllón. Pero ni siquiera esta parte de refundidor pudo tener en la _Policiana_, puesto que el texto de la segunda edición es idéntico al de la primera, que la antecedió en un año, cuando Luis Hurtado sólo contaba diez y ocho[427].

Creemos, por las razones expuestas, que el bachiller Sebastián Fernández fué único autor de la _Tragedia Policiana_, pero ninguna noticia podemos dar de su persona. El famoso libro de caballeros _D. Belianis de Grecia_, impreso precisamente en 1547, el mismo año que la _Policiana_, se dice «sacado de la lengua griega, en la cual le escribió el famoso sabio Friston, por _un hijo del virtuoso varón Toribio Fernández_»; pero siendo tan vulgar el patronímico, ninguna relación nos atrevemos á establecer entre ambas obras.

El autor de la _Tragedia Policiana_ no aspiraba ciertamente al lauro de la originalidad. Desde el título mismo declara la estrecha dependencia en que su obra se halla respecto de la tragicomedia de Rojas, mediante la introducción de un personaje episódico en aquélla, que pasa á ser capital en la obra del bachiller Sebastián Fernández: «la diabólica vieja Claudina, madre de Pármeno y maestra de Celestina». La _Policiana_ no se presenta, pues, como continuación, sino más bien como preámbulo de la _Celestina_; pero es lo cierto que la sigue al pie de la letra, con personajes idénticos, con la misma intriga y á veces con los mismos razonamientos y sentencias. Policiano y Philomena corresponden exactamente á Calisto y Melibea; Theophilon y Florinarda á Pleberio y Alisa; Solino y Silvanico á Sempronio y Pármeno; Parmenia á Areusa; Dorotea á Lucrecia, y á este tenor casi todos los restantes. Los rufianes son dos, Palermo y Pizarro, uno y otro copias de Centurio, recargadas con presencia de la _Segunda Celestina_, de Feliciano de Silva, donde también se encuentra el germen de las escenas de hortelanos, que son una de las partes más curiosas de la _Tragedia Policiana_.

Según costumbre de los autores de este género de libros, el bachiller Fernández hace grandes protestas de la pureza de sus intenciones y de su «voluntad virtuosa».

«En el processo de mi escriptura no solamente he huydo toda palabra torpe, pero avn he euitado las razones que puedan engendrar desonesta ymaginacion, porque ni mi condicion jamas se agradó de colloquios suzios ni avn mi profession de tratos dissolutos... E si algo paresciere que a los oydos del honesto e casto Lector haga offensa, crea de mí que no lo digo con ánimo desonesto, sino porque el phrasis y decor de la obra no se pervierta».

No puede negarse que el _phrasis_ y _decor_ de la obra, entendidos por el autor con aquella especie de bárbaro realismo que entonces predominaba, le han llevado muchas veces, especialmente en los coloquios de rufianes y rameras, á una licencia de expresión desapacible para oídos modernos. Pero esta licencia es relativa, y de seguro menor que la que se encuentra en ninguna de las _Celestinas_ anteriores. Las escenas de amor están tratadas con cierto recato y miramiento. Y aun en la parte lupanaria y bajamente cómica hay más grosería de palabras que deshonestidad de conceptos. La blasfemia y el sacrilegio ó desaparecen del todo ó están muy velados. Los reniegos y porvidas de Palermo y Pizarro son extravagancias inofensivas si se los compara con los de Galterio, Pandulfo y Brumandilón: «¡Por los huesos de Aphrodisia madre!», «Voto al pinar de Segovia», «Descreo del puerto de Jafa», «Reniego de las barbas de Barrabás», «Despecho del galeón del Rey de Francia», «Descreo del memorable Golías», «Juramento hago á las calendas de Grecia», «Pese á las barbas de Júpiter», «Descreo de Placida e Vitoriano», y otros no menos estrafalarios.

Fuera de algunas leves variantes que apuntaré después, la _Policiana_ es la primitiva _Celestina_ vuelta á escribir. Este servilismo de imitación la reduce á un lugar muy secundario, pero no la quita sus positivos méritos de rico lenguaje y fácil y elegante composición. Es la obra de un estudiante muy aprovechado, aunque incapaz de volar con alas propias. La contemplación de un gran modelo embarga su ánimo y no le deja libre para ningún género de invención personal. Se limita á calcar, pero no desfigura los tipos, y si la tragicomedia de Calisto se hubiese perdido, ésta sería de todas sus imitaciones la que nos diese una idea más fiel y aproximada de ella, aunque nunca pudiese sustituirla. Las obras de genio no se escriben dos veces, y su pesadumbre anonada las frágiles construcciones que quieren levantarse á su sombra y remedan en pequeño su traza exterior.

Pero aun este género de reproducción tiene su mérito cuando es inteligente y no mecánica tan sólo. El autor de la _Policiana_ comprendía lo que imitaba y se esfuerza por conseguir algo de la rica plasticidad, del franco y sabroso diálogo y aun de la intensa virtud poética del drama de Rojas. Un eco de la apasionada elocuencia y del rendimiento amoroso de Melibea resuena, aunque muy atenuado, en las palabras de Philomena: «Cauallero, ya no es razon que se dissimule y passe en secreto lo que mis apassionados desseos tan á la clara publican; porque si las tinieblas de la noche no impidieran tu vista, en mis señales públicas conoscieras mis congoxas secretas. Algunos dias han passado despues que tus cartas e amorosos mensages recibi, en que mis captivas fuerças han rescebido muy rezios golpes e yo varonilmente contra ellos he peleado. Pero al fin, si como tengo el coraçon de carne le tuuiera de un rezio diamante, no dexara de caer de mi voluntad en la tuya: tal ha seydo el combate que en mi coraçon he sentido. Finalmente, estoy rendida a tu querer, porque eres quien en mis ojos más meresces de los nascidos. Ordena, Señor mio, como nuestros apassionados desseos ayan aquel effecto que dessean, porque hasta esto ningun momento passará que para mí no sean mil años de infernal tormento. Las fuertes rexas de estas ventanas impiden el remate de nuestros sabrosos amores. La mañana paresce que comiença a embiar sus candidos resplandores por despidientes mensajeros de nuestro gozo. Toma, señor mio, la possession de mi voluntad, e della e de mí ordena de manera que mi passion se afloxe y la tuya se acabe, e si te paresciere, para la noche venidera se quede el concierto por las cercas de esta nuestra huerta, por la parte donde el rio bate en ellas[428], que es lugar más sin sospecha e donde yo estaré esperando tu venida no menos que mi desseada libertad» (Acto XX).

En las escenas del jardín, la musa lírica contribuye, como en Rojas, á idealizar el cuadro misterioso y poético de la entrevista nocturna. Es muy feliz, sobre todo, la evocación del romance viejo de _Fontefrida_, que canta el paje Silvanico, y al cual se alude en otro pasaje de la tragedia: «Veemos que entre los animales que de entendimiento carescen, este amor matrimonial está esculpido, pues las tortolicas passan su vida contentas con una sola compañia. E si aquélla muere, la que queda no beue más agua clara, ni se pone en ramo verde, ni canta ni haze señal de alegria, señalando la cuitadica quán dura cosa es perder su dulce compañia» (Acto XI).

Poco hay que advertir en cuanto á los caracteres. Claudina no merece el título de maestra, sino de humilde discípula de Celestina. Tiene un grado más de perversidad, puesto que hace infame tráfico con su propia hija Parmenia, y parece más rica, puesto que alardea de sus «sábanas randadas», de sus «manteles de Alemania», de sus «tapices de Flandes». En las artes diabólicas es fiel trasunto de su amiga. Tiene como ella un demonio familiar á quien invoca con horrendos conjuros y pavorosos sacrificios: «Ora, hijo Siluano, es menester que me traygas, para hazer vn conjuro, una gallina prieta de color de cueruo, e vn pedaço de la pierna de un puerco blanco, e tres cabellos suyos cortados martes de mañana antes que el sol salga, e la primera vez que cabe ella te veas, despues que los cabellos la ayas quitado, pondras tu pie derecho sobre su pie izquierdo, e con tu mano derecha la toca la parte del coraçon, e miranla en hito sin menear las pestañas la diras muy passo estas palabras: Con dos que te miro con cinco te escanto, la sangre te beuo y el coraçon te parto[429]. E echo esto, pierde cuydado, que luego verás marauillas» (Acto XVI).

Hay un personaje de la tragicomedia antigua que está presentado con cierta novedad en la _Policiana_. Es Theophilón, el padre de Philomena. No se duerme en la ciega confianza de Pleberio, sino que se muestra desde el principio receloso guardador de la honra de su casa, y muy sobre aviso de los peligros que puede correr la virtud de su hija: «Hija mía, lumbre de mis ojos, báculo de mi cansada vejez, más noble es preservar al hombre para que no cayga que ayudarle a levantar despues de caydo. No permita Dios, hija de mi coraçon, que en tus costumbres yo aya conoscido alguna falta que de castigo sea digna, pero no te deue dar pena si yo como padre y viejo y experto en los trabajos que el tiempo cada día descubre, te dé auiso como sepas defenderte de ellos, sin lesion del ánima _y de la fama que tus pasados cobraron_» (Acto X).

El sentimiento del honor, que es el alma de tantas creaciones de nuestros poetas dramáticos del siglo XVII, tiene en Theophilón uno de sus primeros intérpretes. Sentencia suya es que «la mácula de las illustres doncellas todo un reino deja manchado de infamia» (Acto X).

En el notable diálogo que tiene con su mujer (acto XXIII) habla como un personaje calderoniano: «El crimen de liuiandad en la mujer no se ha de castigar sino con la muerte, e qualquier castigo que éste no sea no es sino una licencia para que sea mala con la facilidad de la pena».

Los sobresaltos de su honra tienen á veces muy enérgica expresión: «Oh canas ya caducas! Oh años desdichados! Oh pobre viejo, para que veniste al mundo?... Qué haré? Si descubro lo que siento y lo quiero castigar, poco castigo es que esta ciudad se abrase. Pero si lo dissimulo por quitar los paresceres del vulgo, vendrá en términos mi honrra que se acabe con mi vida. Oh mis fieles criados, dezid me qué haga o tomad este puñal e dad con él fin a mis dias!» (Acto XXVI).

D. Gutierre Alfonso de Solís y D. Lope de Almeida se encierran en impenetrable monólogo y no dan parte de tales cuitas á sus criados, pero el fondo de su alma es idéntico, salvo la diferencia que va del padre al marido. «Qué bien tiene quien de honrra caresce? pues qué honrra tiene quien liuiana hija ha criado? pues un hombre deshonrrado como biuirá sossegado?».

Theophilón interesa en su calidad de padre vengador, pero la catástrofe es disparatadísima. El buen viejo tenía enjaulado un león, como pudiera tener un perro, y sus hortelanos le sueltan por la noche «para que espante las zorras que andan entre los árboles». Acude Policiano á la segunda cita con su amada, y el león le hace pedazos. Cuando Philomena encuentra muerto á su amante, hace una prolija lamentación sobre su cadáver y se mata con la propia espada de Policiano.

Todo este pasaje es una mala imitación de la fábula de Píramo y Tisbe, tal como se lee en el libro IV de las _Metamorphoses_ de Ovidio (v. 55-165). El bachiller Fernández, que debía de estar recién salido de las aulas con la leche de la retórica en los labios, creyó que esta historia trágica cuadraba á maravilla para final de la suya, y sin vacilar transportó á Toledo la leona de los campos de Babilonia, cuyas huellas cerca de la tumba de Nino indujeron á fatal error á los dos enamorados jóvenes prez de Oriente:

Venit ecce recenti Caede leaena boum spumantes oblita rictus, Depositura sitim vicini fontis in unda.

(V. 96-99).

La imitación es visible, sobre todo en las últimas palabras de Philomena comparadas con las de Tisbe: