Orígenes de la novela, Tomo III
Part 29
La _Seraphina_ (que no ha de confundirse con las piezas del mismo título, pero de muy diverso asunto, compuestas por Torres Naharro y Alonso de la Vega) es ferozmente obscena, pero mucho más ingeniosa que la _Hipólita_ y la _Thebayda_. Ni siquiera puede considerarse como imitación de la _Celestina_, con la cual no tiene más parentesco que el de su prosa, que sería excelente si no la deslustrasen tantas afectaciones y pedanterías en la parte seria, tantas citas impertinentes de filósofos y Santos Padres, Aristóteles, Platón, Séneca, San Jerónimo, San Bernardo... puestas indistintamente en boca de todas personas, y que contrastan de un modo grotesco con los lances y situaciones de la comedia. Moratín incluyó su título en el catálogo que acompaña á sus _Orígenes del teatro_, fundándose en las palabras con que termina: «Quedad y holgaos entre esta gente de palacio, é regocijaos bien, que yo, Pinardo, acabo de _representar_ la comedia _Seraphina_ llamada». Pero basta leer la comedia para convencerse de que se trata de una pura fórmula y que el autor no pudo pensar seriamente en que tal monstruosidad se representase.
Su tema, que lo ha sido de innumerables cuentos verdes, desde las colecciones orientales hasta la novela afrentosamente célebre del convencional Louvet de Couvray, es el mismo que en la antigüedad sugirió la fábula de Aquiles y Deidamia y en los tiempos modernos un episodio del canto 6.º del _Don Juan_ de lord Byron: las aventuras amorosas de un hombre disfrazado de mujer[326]. La _Comoedia Alda_ de los tiempos medios, que ya hemos tenido ocasión de mencionar, nos ofrece una variante semidramática del mismo argumento, y no es inverisímil que el autor le tomase de fuente italiana, aunque eran pocos los _novellieri_ impresos (Boccaccio, Sabadino degli Arienti, Massuccio y pocos más)[327].
El enredo de la _Seraphina_ apenas puede exponerse en términos honestos. Un caballero portugués, Evandro, se enamora en Castilla de una dama principal llamada Serafina, mujer de Filipo, «el qual era de natura frío». Y como el mucho recogimiento de la dama y la guarda cuidadosa de su suegra hacían muy difícil toda conversación con ella, un paje llamado Pinardo, disfrazado en hábito de mujer, se ofrece á penetrar en casa de Filipo; logra la mayor intimidad y favor con la vieja Artemia, dueña de malas costumbres, y con la desenvuelta Violante, doncella de Serafina, y persuade á ésta á condescender con la voluntad de Evandro, interviniendo en tan abominable tercería todos los personajes de la pieza, y muy señaladamente la perversa Artemia, que arrastrada por su senil lascivia se presta sin reparo á la deshonra de su hijo.
Si por un momento pudiera vencerse el disgusto y repugnancia que tales escenas infunden, si realmente pertenecieran á la literatura obras como ésta, en que el autor convierte el noble arte de la palabra en instrumento de vil sugestión, la _Seraphina_ sería una de las rarísimas producciones de su género que pudiera salvarse del desprecio que todas ellas merecen. Pero el innegable talento de escritor que muestra quien la compuso agrava el crimen social que cometió y el daño que todavía puede causar su lectura, porque la _Seraphina_ está, no sólo perfectamente escrita, salvo en aquellos pasajes en que los interlocutores declaman ó profieren sentencias, sino conducida con más arte y habilidad que la mayor parte de nuestras comedias primitivas. Y aun siendo tan inmoral y lúbrica como es, nunca apela su autor al grosero recurso de estampar los _verba erotica_, como hicieron Francisco Delicado y los poetas tabernarios del _Cancionero de Burlas_.
Una riqueza grande de proverbios y de idiotismos familiares; una locución constantemente pura, aunque no muy aliñada; un sabroso y natural gracejo, que se manifiesta en mil expresiones rápidas y felices, son prendas que nadie puede negar á la _Seraphina_, y que duele ver tan torpemente empleadas. Algunos versos contiene sobremanera inferiores á la prosa, todos de la antigua escuela trovadoresca y llenos de tiquismiquis amatorios:
El qual siente lo que siento, Y siente qu'el mi sentir Ya no siente, Y siente qu'el sentimiento Del sentido y consentir Bien consiente...
(Pág. 316).
El poeta estaba tan satisfecho de esta ridícula jerigonza, que no se cansa de admirarse á sí mismo por boca de sus personajes: «Oh alto y maravilloso fabricador de las cosas criadas, y qué gran manera de metrificar: por cierto los[328] _Sonetos del Serafino Toscano_ no se igualaron, con harta parte, en la sentencia ni en la gentileza; menos se pueden equiparar los metros del galano Petrarca».
Engañado vivía el anónimo de Valencia en cuanto á los quilates de su ingenio, que nada tenía de lírico. Su verdadera fuerza estaba en la observación realista, en la pintura de costumbres, aunque fuesen malas y abominables. Cuando quiere levantar el tono y «trastornar con circunloquios las filosóficas cartas», no dice más que desatinos y se pierde en un galimatías ampuloso. Todos los defectos de impertinente erudición que la _Celestina_ tiene están subidos de punto en esta comedia, donde Evandro se pone muy de propósito á relatar á sus criados la historia del ateniense Foción (_cena_ 2.ª). Pero cuando la vena abundante y fácil del estilo va empujada por la corriente del diálogo ó se explaya en largas enumeraciones, que son como alarde y muestra de un pintoresco vocabulario, muchas de las excelentes cualidades de la prosa de Fernando de Rojas reaparecen en su imitador. Véase un corto pasaje, que algo interesa á la historia del arte culinario en la España de Carlos V, y es de los pocos que pueden citarse sin reparo. Trátase de los regalos que hacía el vejestorio de Artemia («estantigua y fantasma de la noche») á sus interesados galanes: «Pues los presentes que envía por año ¿quién los podría contar? Las cargas de ansarones enteros, de pollos, de anadones, de lechones, de capones, de palominos, de gallinas, las cestas de huevos frescos, la docena de las perdices, el par de los carneros, la media docena de los cabritos, la ternera entera, las ubres de puerca en adobo, las piernas de venado en cecina, los jamones de dos y de tres años, las cargas de vino tinto, blanco, aloque, clareas, _vin grec_, otros qu'ella hace hacer adobados en casa con mil aromatizados olores. Pues las frutas que les envía, á cada uno en su estado, ya es cosa de locura: codoñate, calabazate, citronate, costras de poncil, nueces moscadas, limones en conserva, pastas de confaciones de cien mil maneras, priscos, peras, membrillos de diversas maneras confacionados y cocidos en el azúcar, y á las vueltas muchas frutas de sarten de mil cuentos de maneras, trayendo las mujeres de en cabo la ciudad diestras en aquellos menesteres»[329].
Muy inferior á la _Seraphina_, aunque parece del mismo autor[330], es la _Comedia llamada Thebayda_, libro de prolija y fastidiosa lectura, que en la reimpresión moderna ocupa la friolera de 544 páginas de letra bastante menuda. Muy tentados de la risa debían de ser nuestros progenitores cuando no les encocoraban tales libros, por muy licenciosos que fuesen. La acción, aunque diluída en largos razonamientos y alargada con episodios parásitos, se reduce en el fondo á muy poca cosa. Véase el argumento que el mismo autor antepuso á su fábula:
«Don Berintho, caballero mancebo y dotado de toda disciplina, así militar como literaria, fué hijo del duque de Thebas, y conmovido de exercitar la fuerza de sus varoniles miembros y la fortaleza de su ánimo y la prudencia de que estaba asaz instruto, así de su natural como adquisita mediante la doctrina de preceptores, vino en las Españas con propósito de servir al rey que al presente la monarquía del mundo gobierna, después de haber andado peregrinando por otros reinos de diversas naciones; y en el reino de Castilla fué tocado y encendido más de lo que á su grandeza de ánimo convenía del amor de una doncella, huérfana de padres, llamada Cantaflua, dotada de extremada hermosura y de incomparable honestidad y virtud, muy rica de posesiones, nacida de ilustre generacion y acompañada de muchos parientes y nobles. La cual, asimismo presa en el amor de Berintho, sufrió grandes trabajos, competida de las fuerzas de su honestidad, á cuya causa el proceso de sus amores se prorrogó más de tres años. Y al fin, sin consejo de sus parientes, intercediendo Franquila, mujer de un mercader y persona discreta, concedió en la voluntad de Berintho, otorgándole su amor, y se desposaron secretamente, estando Cantaflua en una ermita teniendo novenas. Lo cual sabido por los parientes se aprobó, y así todas las cosas de su historia y lo á ella concerniente tuvieron prósperos y alegres fines, como de la escritura parece.»
Este plan se desarrolla en quince interminables escenas. Las ridículas lamentaciones de Berintho, interpoladas con medianos versos que los demás interlocutores ponen en las nubes[331]; el desenfrenado apetito de Cantaflua, que se manifiesta en los términos más indecorosos y grotescos; las proezas eróticas del pajecillo Aminthas con Franquila, la esposa del mercader, con la muchacha Sergia, con Claudia, la doncella de Cantaflua, y con cuanta mujer encuentra en su camino; los fieros, baladronadas, embelecos y fingidas pendencias del rufián Galterio y de su amigote «el padre de la mancebía», son los principales ingredientes de esta bárbara composición. Como libro obsceno no es sinónimo de libro ameno, la _Thebayda_, que es en alto grado lo primero, poco ó nada tiene de lo segundo. A no ser por el interés filológico que realmente ofrece, sería imposible acabar la lectura de su pesadísimo texto. La procacidad de las palabras corre parejas con la inverecundia de las acciones, y el desatino llega á veces hasta la blasfemia y el sacrilegio. Las vinosas y desvergonzadas lenguas de los rufianes profanan á cada paso las advocaciones más santas, jurando por «Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza», por «la Verónica de Jaen», por «los Corporales de Daroca», por «las reliquias de San Juan de Letrán», por «la Vera Cruz de Caravaca», por «el cuerpo de San Ildefonso que está en Zamora», por «el Crucifijo de Burgos», por «la Casa Santa de Jerusalén», etc., ejemplo que luego siguieron Feliciano de Silva y otros, no por verdadera impiedad, según creo, sino por una absurda mezcolanza de lo más profano con lo que sólo debe inspirar acatamiento y reverencia. Cuando Galterio sugiere á Berintho la idea de valerse de Franquila como tercera en sus amores, exclama asombrado el protagonista de la obra: «Este consejo no ha procedido de Galterio, pero sin duda de la inmensa Trinidad fué guiado, y espíritu de profecía inspiró en él, y alumbrado de la Divina Justicia, con la primera flecha que dió en el blanco». (Pág. 54). «Que el Señor que guió en Belen los tres Reyes de Oriente te guíe» dice Claudia á Aminthas después de una noche de amores (pág. 464). A este tenor hay otros pasajes increíbles, que me guardaré muy bien de indicar, porque causarían más escándalo que provecho.
La deshonestidad y la pedantería son las notas características de la _Thebayda_, sin que se pueda decir cuál predomina. En la primera no hay que insistir, pues tanto á esta comedia como á la _Seraphina_ (y aún más á la _Thebayda_, por ser cinco ó seis veces más larga) les cuadra lo que desgarradamente escribió Gallardo en una de sus notas bibliográficas: «Es toda ella un continuo _fornicio_ á ciencia y paciencia del público espectador». El autor creyó componerlo todo con un matrimonio final, que, lejos de destruir, agranda, dejándolos impunes, el mal ejemplo de tantas situaciones y discursos indecentes. ¡Qué lejos estamos de la lección grave y pesimista que en el fondo entraña la _Celestina_, donde la ley moral, violada un momento, se restablece vengadora por el conflicto trágico!
El éxito de la _Thebayda_, que en las escenas bajamente cómicas tiene fuerza y naturalidad, es ridículamente enfático en la parte que quiere ser oratoria y sentimental. A cada paso se tropieza con párrafos de este jaez, puestos sin distinción en boca de todo género de personas:
«_Galterio._--¿No miras que la corona del hijo de Latona ya no resplandece, y también en la octava esfera, en el sublunar mundo está dividiendo la luz de las tinieblas, y Vulturno con el aliento de la húmeda noche anda corrusco?...». (Pág. 50).
«_Aminthas._--Ya el arrebatado Boreas con el poco temor por el ocaso de los atentos(?) del basis procedentes, y con las fuerzas nuevamente en él infusas, á causa de la lumbre del primer planeta está predominante, anda despojando los árboles de sus frondas, y á los dulces campos de la apostura de sus hermosos cabellos». (Pág. 451).
«_Claudia._--No pienses, mi verdadero amigo Aminthas, que descanso hallándome falta de ti, que eres mi verdadero bien; ni pienses... que los rayos piramidales procedentes del lucido Febo resplandecen más en el sublunar mundo, ni pienses que la hermosa cara de Apolo es tan grata á toda potencia vejetativa, cuanto más agradable a mí la vista de tu graciosa persona; ni la festividad de las mieses es tan delectable al ministro de la agricultura; ni la sombra del frondoso árbol en el estío es más conveniente al que viene cansado; ni fuente ni arroyo del agua que va saltando es más apacible al que quiere matar la sed, que á mí es dulce tu conversa y los razonamientos de tan gentiles y graciosas sentencias, que de la elegancia de tu lengua y claro y maravilloso entendimiento proceden...». (Pág. 408).
Berintho y Cantaflua se enamoran en párrafos astrológicos y metafísicos, de dos ó tres páginas de andadura, que darían envidia á cualquiera de los más gárrulos oradores modernos:
«_Ber._--¡Oh mi señora! ¡Oh mi verdadera felicidad! Ni la luciente cara de Apolo resplandece tanto en el hemisferio, cuando con los rutilantes y encendidos rayos fuga la congregacion de los globos (¿lóbregos?) vapores; ni el rostro de la fermosa Diana se muestra más claro en el signo de Libra ó Acuario, cuando su vista y clarífico rostro resplandece en mi entendimiento, enseñándole las verdaderas líneas de tu tan inmensa excelencia y de tu tan incomparable poderío, con el cual, acompañándole la beldad sin comparacion que tanto florece en tu persona, pusieron en prision mi cautiva libertad, dándole leyes de perpétua servidumbre, de la cual, más áspera que la causada por la culpa del postrimero rey de los israelitas, fuera imposible tener esperanza de libertad, si no fuera con el mando de la misma primera causa, de donde procedió la privacion de los sentidos corporales juntamente con el del libre albedrío; pero este tan primario y supremo poder, acompañado de su demasiada clemencia, usaron de tanta benevolencia, de tanta mesura, de tanta piedad, que certificadas las potencias de la razon, ya tan privadas de las sus obras, y certificado el ya tan apasionado entendimiento del remedio que de la su alta bondad les venía, en un instante, en un improviso se verificaron y unieron de tal manera, que la mucha y grande esperanza y tan entera noticia y notoria _certeriorizacion_ que venían á _obtemperar_ y á gozar en especulacion de su clarífica vista, dieron ocasion que cobraran de nuevo aliento, para que las partes y potencias de menor dignidad, ejerciendo el fin de su composicion, trujesen en su presencia á este tu verdadero súbdito, tu fiel servidor, tu tan aherrojado cautivo; pero gran mudanza, gran novedad se les representa, en haber tan de súbito perdido la vista, con la tan demasiada lumbre que sienten proceder de los clarores de tu seráfica y alta mesura» (pp. 354 y 355).
Además de este detestable gusto, entre retórico y escolástico, que hace al incógnito comediógrafo un precursor de las peores extravagancias del siglo XVII, como el Aretino lo es de muchos de los vicios del _secentismo_ italiano, hay que notar en la _Thebayda_ un gran número de latinismos inútiles, de los cuales ya hemos visto algunos; á los cuales pueden añadirse _permisa_ por «permitida», _vaco_ por «vacío», _blandicias_ por «halagos ó caricias», _proditor_ por «traidor», _demulcir_ por «ablandar», _solercia_ por «discreción ó prudencia», _currículo_ por «curso de estudios» y otros que es inútil citar. De mitología é historia no se hable. Todos los personajes han leído á Quinto Curcio y á Valerio Máximo y saben al dedillo las _Genealogías de los Dioses_ de Boccaccio. Menedemo dice á su señor que oirá el cuento de sus amores «con más atención que el Tarquino Prisco los tres libros de la prudente sibila». (Pág. 29). Franquila, que es una Celestina de corto vuelo, dice á su rufián: «Siéntate, Galterio, y tu venida sea con tanta prosperidad y tan en buen hora como fué la de Furio Camilo á los romanos, cuando, elegido dictador, alzado su destierro, vino á remediar el Capitolio». (Pág. 71).
Nada tenía de ingenio lego el que compuso la _Thebayda_; más bien pecaba de erudición farraginosa é impertinente. No sólo abusa de las citas de autores clásicos, especialmente de Séneca, Cicerón, Virgilio, Ovidio, Persio y Juvenal, sino que se complace todavía más en las de los Santos Padres y doctores de la Iglesia, cuya doctrina aplica al redropelo, formando extraño contraste con la profunda inmoralidad de la obra. Hay verdaderas disertaciones teológicas sobre el sumo bien, sobre las excelencias de la virtud y el corto número de los elegidos, sobre el pecado original, sobre el sacramento de la penitencia. Menedemo, criado grave y sentencioso de Berintho, cierra la última escena con un largo y edificante sermón, en que recopila toda la historia sagrada desde la creación del mundo hasta la venida del Antecristo y el Juicio Final. Y adviértase que en todo esto hay propiedad de lenguaje y suma ortodoxia en los conceptos. Sólo á la pluma de algún estudiante de Teología puede atribuirse tan híbrido y escandaloso maridaje de lo más profano con lo más sagrado.
Los personajes de la _Thebayda_, sin ser verdaderos caracteres literarios, viven con cierta vida brutal y fisiológica. El mejor trazado es, sin duda, el rufián Galterio, que conserva todos los rasgos esenciales del admirable Centurio de la _Celestina_, pero abultados monstruosamente hasta la caricatura, y añade otros nuevos, muy curiosos para la historia de las costumbres. En la _Thebayda_ se aprende la intimidad en que este género de facinerosos vivía con los ministros de justicia, alguaciles y porquerones, que entraban á la parte en sus robos, denuncias y estafas[332]; la especie de barato que cobraban en los _hostales_ y tablajerías; la protección vergonzosa que les daban los grandes señores, asalariándolos como _bravos_ de profesión ó como activos corredores de sus vicios. El repugnante tipo del «padre de la mancebía», el _rey Arlot_ de los tiempos medios[333], viene á dar los últimos toques á este horrible cuadro.
La _Thebayda_, como todos los libros de su género, es un rico depósito de lenguaje popular, y abunda en proverbios é idiotismos, especialmente cuando habla Galterio. Allí se repite el célebre refrán «topado ha Sancho con su rocín». (Pág. 247), que ya había recogido el marqués de Santillana en esta forma: «fallado ha Sancho el su rocín»[334]. Reminiscencia probablemente de algún cuento y gérmen de una creación inmortal.
Las tres comedias que acabamos de analizar fueron no sólo impresas sino compuestas en Valencia, de cuyo lenguaje conservan algún rastro en ciertas palabras, tales como _gañivetes_ por cuchillos, _tastar_ la fruta nueva por catarla ó probarla, _codoñate_ por carne de membrillo ó mermelada, _citronate_ por cidra confitada, _rondallas_ por cuentos, _hostal_ en el sentido de mancebía, y en algunas alusiones locales, v. gr. «ir al tálamo virgen «como el _portal de Cuarte_»[335]. Pero no puede admitirse sin otra prueba que el autor fuese valenciano, porque no había en Valencia á principios del siglo XVI ningún escritor indígena que dominase la lengua castellana hasta el punto de poder escribir la prosa abundante y lozanísima de la _Seraphina_ y la _Thebayda_. Aunque el influjo del castellano hubiese ido penetrando en los géneros poéticos desde fines del siglo XV, en la prosa, que es un instrumento mucho más difícil de manejar, apenas se mostraba todavía. Los más insignes escritores valencianos del tiempo de Carlos V escribieron en latín; algunos continuaron escribiendo en catalán. Hasta fines de aquella centuria no hubo en Valencia prosistas castellanos dignos de competir con los de la España central y Andalucía, aunque hubiese ya muchos excelentes poetas líricos y dramáticos. Algunos cronistas, como Viciana y Beuter, se habían traducido á sí mismos, pero lo hicieron con suma tosquedad y rudeza. Un vocabulario tan rico, una sintaxis tan gallarda y libre como la de la _Thebayda_ presuponen un autor que había mamado con la leche la pureza de la lengua castellana.
Avanzando más, puede tenerse por seguro que el tal autor era andaluz. Á cada paso habla de cosas propias de aquella región. En la _Seraphina_ (pág. 379) se menciona «el lienzo sevillano y el lino de Guadalcanal, que cuesta á moneda de oro la vara». En tierra andaluza había hecho su aprendizaje el Galterio de la _Thebayda_: «Yo he sido prioste de juego de esgrima, y en San Lúcar de Barrameda serví un hostal por el mismo señor de la casa, y en Carmona tuve casa de trato, y en algunas partes, como ya te es notorio, he sido _padre_». (Pág. 64). Una de estas partes había sido Lucena (pág. 48): «Seyendo mancebo y hijo de vecino en Ecija, me afrentó la justicia» (pág. 81). _Afrentar_ está tomado aquí en el sentido de azotar. «Estábamos en Cabra, en la posada de Pedro Agujetero». (Pág. 92). El mismo Galterio hace el panegírico de su invencible espada en estos términos: «De treinta años á esta parte no se ha hecho desafío en toda la Andalucía donde ella no se haya hallado, porque de Córdoba, de Cádiz, de Jerez, de Málaga y de otras muchas y diversas partes, donde suceden algunos desafíos entre los amigos, luego me envían por ella, y con ésta fué con la que mataron al tablajero de Sant Lúcar, y con ésta cortaron entrambos los muslos á Navarrico, el soldado del duque, y con ésta Rabanal hizo las grandes cosas en Toledo, y al tiempo que Solisico mató el vizcaíno en Alcázar de Consuegra, no fué otra cosa la causa salvo tener esta espada». (Págs. 132-133). El Potro de Córdoba había sido teatro de sus proezas: «Por cierto fué gran osadía la mía, que estando en el Potro, Francisco Guantero hizo muestra que iba á hacer mano contra mí, y no se hubo acabado de desenvolver, cuando ya le tenía con su mismo puñal cortada la mano derecha clavada encima del bodegón de Gaytanejo; pero ni por eso perdí la tierra ni dejé de pasearme». (Pág. 176). El vino que los protagonistas beben no es el de Murviedro, tan grato á Celestina, y que debía de ser el que principalmente se consumiese en Valencia, sino de la vega de Martos, de Luque ó de Lucena (págs. 326-27). La «tabernilla del Alcázar, el Caño quebrado» y otros sitios que en el libro se mencionan, pertenecen á la topografía de Córdoba, según el decir de los expertos en ella; pero no creemos que eso sea suficiente motivo para tener á su autor por cordobés. Lo mismo podría suponérsele hijo del reino de Jaén ó de los Puertos, puesto que de todas partes tiene recuerdos picarescos: «¿No me has oído decir de cuándo fuí al desafío, que maté á Francisco Cordonero en Arjona?... Pues ese fué mi padrino, y el tiempo que en Moguer nos quisimos embarcar, cuando doce por doce tuvimos la cuestion, de cuatro que quedamos vivos ese es el uno, y el otro el ventero de la Guarda Cabrilla y el otro el que agora es Padre en Estepa». (Págs. 424-425). Pudieran añadirse otros pasajes, pero no hacen falta para comprobar lo que salta á la vista de cualquier lector un poco atento.