Orígenes de la novela, Tomo III

Part 30

Chapter 303,798 wordsPublic domain

El mejor de los prosistas castellanos que por aquellos años escribía en Valencia es el bachiller Juan de Molina, aunque no nos haya dejado más que traducciones, tan notables algunas como la de los _Triumphos de Apiano_, encabezada con una narración de la guerra de las Germanías (1522); la _Crónica de Aragón_ de Marineo Sículo (1523) y la muy excelente de las _Epístolas de San Jerónimo_, cuya primera edición es de 1520, dedicada á doña María Enriquez de Borja, duquesa de Gandía, un año antes de que su marido recibiese la dedicatoria de las tres empecatadas comedias. Pero Juan de Molina no era andaluz, sino manchego, de Ciudad Real, según dice Nicolás Antonio; y además el género de literatura en que principalmente se ejercitó, interpretando, además de las obras citadas, el _Homiliario_ de Alcuino, el _Confesonario_ de Gerson, el _Gamaliel_ catalán atribuído á San Pedro Pascual y otros textos análogos, parecen excluir la sospecha de que manchase nunca su pluma en composiciones tales como la _Thebayda_ y la _Seraphina_, que sería temerario atribuir por livianas conjeturas á un hombre honrado.

En su tiempo y aun algo después no debieron de escandalizar tanto como ahora. No sólo fueron reimpresas en 1546, sino que Juan de Timoneda, en el prólogo de sus _Comedias_, que son de 1559, citaba sin ambajes la _Thebayda_, poniéndola al nivel de la _Celestina_, como obra de «muy apacible estilo cómico, propio para pintar los vicios y las virtudes». La Inquisición, que tratándose de este género de libros solía padecer extraños olvidos, no la prohibió nunca, á pesar del dictamen de Zurita, que opinaba lo contrario[336].

Pero aún cabía descender más en pendiente tan resbaladiza y escandalosa. La corrupción española, agravada y complicada con la italiana, produjo un singular documento que lleva la siniestra y trágica fecha del saco de Roma. Uno de los fugitivos de aquella catástrofe, refugiado en Venecia, hizo estampar allí en 1528 un libro, con todas las trazas de clandestino, cuyo rótulo, á la letra, dice así: «_Retrato de la loçana Andaluza: en lengua española muy clarissima. Compuesto en Roma. El qual Retrato demuestra lo que en Roma passaua y contiene munchas_ (sic) _mas cosas que la Celestina_». Un solo ejemplar de la Biblioteca Imperial de Viena nos ha conservado esta obra[337], y Fernando Wolf dió la primera noticia de él en 1845[338].

La _Lozana_ estaba escrita desde 1524[339], según al folio tercero se declara: «Comiença la historia o Retrato sacado del Jure cevil natural, de la Señora Lozana: compuesto el año mill y quinientos y veinte e quatro; a treynta dias del mes de junio; en Roma, alma cibdad, y como auia de ser partido en capítulos va por mamotretos, porque en semejante obra mejor conviene». _Mamotreto_ quiere decir, según el autor, «libro que contiene diversas razones ó copilaciones ayuntadas», y el número de estos mamotretos llega á sesenta y seis.

Aunque por todo el libro dejó sembradas bastantes noticias de su persona, en ninguna parte declara su nombre, para lo cual no le faltaban buenas razones: «Si me decís por qué en todo este Retrato no puse mi nombre, digo que mi oficio me hizo noble siendo de los mínimos de mis conterráneos, y por esto callé mi nombre, por no vituperar el oficio escribiendo vanidades con menos culpa que otros que compusieron y no vieron como yo; por tanto ruego al prudente lector, juntamente con quien este retrato viere, no me culpe, máxime que sin venir á Roma verá lo que el vicio della causa; ansimismo por este Retrato sabrán muchas cosas que deseaban ver y oir, estándose cada uno en su patria, que cierto es una grande felicidad no estimada» (página 334).

Pero algunos años después no tuvo reparo en descifrar el enigma en la introducción que puso al _tercer_ libro del _Primaleón_, corregido por él para la edición de Venecia de 1534: «Como lo fuí yo quando compuse la _Loçana_ en el comun hablar de la polida Andalucía». Al fin del volumen se expresa que los tres libros de _Primaleón_ «fueron corregidos y emendados de las letras que trastrocadas eran por el vicario del valle de Cabezuela _Francisco Delicado_, natural de la Peña de Martos».

A D. Pascual de Gayangos se debe este descubrimiento, con el cual se aclaran y fijan todas las noticias sueltas que hay en la _Lozana_ y en otras publicaciones de Delicado, aunque no sea hacedero trazar de él una completa biografía.

No había nacido en la villa de Martos, aunque la consideraba como su patria por las razones que alega en el mamotreto 47.

«_Loz._--Señor Silvano, ¿qué quiere decir que el Auctor de mi retrato no se llama Cordovés, pues su padre lo fué y él nació en la diócesis?»

«_Silv._--Porque su castísima madre y su cuna fué en Martos, y como dicen, no donde naces, sino con quien paces». (Pág. 239).

Cordobesa hizo á su heroína: «La señora Lozana fué natural compatriota de Séneca» (pág. 5). Y del mercado de aquella ciudad se acuerda ella misma con cierta melancolía, repitiendo el viejo cantar de los Comendadores:

«En Córdoba se hace los jueves, si bien me recuerdo:

Jueves era, jueves, Dia de mercado, Convidó Hernando Los Comendadores.

¡Oh, si me muriera cuando esta endecha oí». (Pág. 72).

De la Peña de Martos, que nunca perteneció á la diócesis de Córdoba, sino á la de Jaén, hace una curiosísima disertación, consignando algunas leyendas locales: «Los atautes de plomo y marmóreos escritos de letras gódicas é de egipciacas»; «la fuente con cinco pilares á la puerta de la villa, edificada por arte mágica en tanto espacio cuanto cantó un gallo»; la fuente, todavía más salutífera, de Santa Marta, donde «la noche de San Juan sale la cabelluda, que quiere decir que allí muchas veces apareció la Madalena, y más arriba está la peña de la Sierpe, donde se ha visto Santa Marta defensora, la cual allí miraculosamente mató un ferocísimo serpiente, el cual devoraba los habitantes de la cibdad de Marte, y ésta fué la principal causa de su despoblación» (pág. 237).

Todo este capítulo, perdido entre los horrores de la _Lozana_, hace el efecto de un idilio que sosiega apaciblemente el ánimo, y algo dice en pro de su autor. No debía de ser enteramente malo y corrompido el hombre que en medio de su vida loca y desenfrenada sentía la nostalgia del «alamillo que está delante de la iglesia de Martos», y á quien el espectáculo de la perversión de Roma y Venecia traía á la memoria por contraste la honestidad y devoción de las mujeres de su tierra. «Y si en aquel lugar, de poco acá, reina alguna envidia ó malicia, es por causa de tantos forasteros que corren allí por dos cosas: la una porque abundan los _torculares_ (lagares) y los copiosos graneros, juntamente con todos los otros géneros de vituallas, porque tiene cuarenta millas de términos, que no le falta, salvo tener el mar á torno; la segunda, que en todo el mundo no hay tanta caridad, hospitalidad y amor proximal cuanto en aquel lugar, y cáusalo la caritativa huéspeda de Christo (Santa Marta)». Indudablemente algún jugo de alma conservaba el que escribió estas cosas: válganle en atenuación de tantas otras.

En el prólogo de su edición del _Amadís_ se precia de haber sido discípulo de Antonio de Nebrija, á quien también menciona en la _Lozana_: «Eso que está escrito, no creo que lo leyese ningún poeta, sino vos, que sabéis lo que está en las honduras, y _Lebrixa_ lo que en las alturas, excepto lo que estaba escrito en la fuerte peña de Martos, y no alcanzó á saber el nombre de la cibdad, sacrificando el dios Marte, y de allí le quedó el nombre Martos á Marte fortísimo». (Pág. 264).

Pero no creo que se aprovechase mucho de la doctrina de tan excelente maestro, ni que llegase á ser nunca un verdadero humanista. Su arqueología es popular y del gusto de la Edad Media[340]; su estilo, el de la conversación, no el de los libros: rara vez cita autores clásicos. Quizá su relativa incultura le libró de pedanterías y afectaciones, que en su tiempo eran frecuentes, pero en cambio rebajó su ideal artístico hasta un punto que apenas pertenece á la literatura.

Durante el pontificado de Julio II[341], probablemente siendo ya clérigo, pasó como tantos otros á Roma en busca de algún beneficio, y allí debió de obtener ese vicariato del valle de Cabezuela, que según la relajada disciplina de aquel tiempo sería nominal y no le privaría de la residencia «_in curia_». De sus ocupaciones en Roma, del género de sociedad que frecuentaba y de los achaques que su vida pecadora le produjo, hay largos y nada edificantes detalles en la _Lozana_, donde el autor interviene á cada momento como grande amigo y confidente de la heroína. El vicio tenía entonces su castigo inmediato y terrible en aquella nueva peste que apareció con horrendo estrago á fines del siglo XV, cebándose en los ejércitos franceses y españoles que lidiaban en el reino de Nápoles. Sobre esta dolencia hay en la _Lozana_ algunos detalles que pueden interesar á la historia médica[342]. Su autor adoleció, como tantos otros, de las _pestíferas bubas_ (ni eran para otra cosa los pasos en que andaba), y para entretener ó consolar la _pasión melancólica_ que su enfermedad le produjo, compuso un tratado _de consolatione infirmorum_, que al parecer fué impreso, pero del cual sólo conocemos el título[343]. Y habiendo logrado cierto alivio con el cocimiento del _guayaco_ ó palo santo de las Indias, que, introducido en España en 1508 y en Italia en 1517, había suplantado en la terapéutica al mercurio, desacreditado por el brutal empirismo con que se administró en los primeros momentos, determinó convertir en beneficio de sus prójimos y juntamente de su bolsa aquella preparación farmacéutica, y compuso un cierto electuario, que vendía como un específico, aunque la Lozana no tenía mucha fe en su eficacia. «Di que sanarás el mal francés, y te judicarán por loco del todo, que esta es la mejor locura que uno puede decir, salvo que el legno es salutífero» (página 280).

El rarísimo opúsculo, escrito en italiano, en que Delicado expuso su plan curativo, reservándose el secreto de su composición, se ocultó á la diligencia de Nicolás Antonio, pero no á la del erudito médico de Montpellier Astruc, famoso especialista en esta materia, ni á los historiadores de nuestra Medicina, Morejón y Chinchilla[344], que parecen haber tomado de él sus noticias. Uno y otro llaman al autor Francisco _Delgado_, y así le denomina también el privilegio que le concedió Clemente VII para la impresión de su libro en 4 de diciembre de 1526. Acaso fuese éste su verdadero apellido, ligeramente alterado por él para acomodarle á los oídos italianos; pero es lo cierto que en todas sus publicaciones usó constantemente el de Delicado.

Graves y tremendos sucesos impidieron que el tratadillo sobre _il mal franceso_ fuese publicado por entonces. No se imprimió hasta 1529, en Venecia, un año después de la _Lozana_, sin duda para que el segundo libro sirviese como de preservativo ó antídoto del primero[345]. La entrada del ejército imperial en Roma, con todas las atrocidades que acompañaron á su estancia de diez meses, le pareció providencial castigo de anteriores abominaciones, y repitió, como Alfonso de Valdés y tantos otros, el _vae tibi civitas meretrix_. «¿Quién jamás pudo pensar, oh Roma, oh Babilonia, que tanta confusión pusiesen en ti estos tramontanos occidentales y de Aquilon, castigadores de tu error?... ¿Pensólo nadie jamás tan alto y secreto juicio como nos vino este año á los _habitatores_ que ofendíamos á su majestad?... ¡Oh cuánta pena mereció tu libertad, y el no templarte, Roma, moderando tu ingratitud á tantos beneficios recibidos, pues eres cabeza de santidad y llave del cielo, y colegio de doctrina, y cámara de sacerdotes y patria común!... ¡Oh vosotros que vernés tras los castigados, mirá este retrato de Roma, y nadie ó ninguno sea causa que se haga otro!...» (páginas 337-338).

Las últimas páginas que sirven de apéndice á la _Lozana_ están escritas bajo la impresión de aquella catástrofe y tienen un vigor que recuerda á veces el _Diálogo_ de _Lactancio_: «Sucedió en Roma que entraron y nos castigaron y atormentaron y saquearon catorce mill teutónicos bárbaros, siete mill españoles sin armas, sin zapatos, con hambre y sed, italianos mill y quinientos, napolitanos _reamistas_ dos mill, todos estos infantes; hombres darmas seiscientos, estandartes de jinetes treinta y cinco, y más los gastadores, que casi lo fueron todos, que si del todo no es destruida Roma, es por el devoto femenino sexo, y por las limosnas y el refugio que á los peregrinos se hacía: agora á todo se ha puesto entredicho, porque entraron lunes á dias seis de mayo de mill e quinientos e veinte e siete, que fué el escuro dia y la tenebrosa noche para quien se halló dentro, de cualquier nacion ó condicion que fuesen, por el poco respecto que á ninguno tuvieron, máxime á los perlados, sacerdotes, religiosos... Profanaron sin duda cuanto pudiera profanar el gran Sofí si se hallara presente...». (Págs. 344-45). «¡Oh gran juicio de Dios! venir un tanto ejército _sub nube_ y sin temor de las maldiciones sacerdotales, porque Dios les hacía lumbre la noche y sombra el día para castigar los _habitatores_ romanos, y por probar sus siervos, los cuales somos muncho contentísimos de su castigo, corrigiendo nuestro malo y vicioso vivir, que si el Señor no nos amara no nos castigara por nuestro bien; ¡mas guay por quien viene el escándalo!» (pág. 346).

Con esta inesperada lección acaba un libro de tan frívolas apariencias y vergonzoso contenido. Las ideas que en estos párrafos se apuntan no eran peculiares del grupo llamado _erasmista_, aunque lograsen bajo la pluma del elegante secretario de Carlos V su expresión más atrevida. Otros españoles de no sospechosa ortodoxia abundaban en el mismo sentir. «Es la cosa más misteriosa que jamás se vió... (decía el abad de Nájera, comisario del ejército del duque de Borbón). Es sentencia de Dios: plega á él que no se _desdeñe_ (italianismo por _indigne_) contra los que lo hacen». En otra relación anónima y dirigida también al Emperador leemos: «Esta cosa podemos bien creer que no es venida por acaecimiento, sino por divino juicio, que muchas señales ha habido... En Roma se usaban todos los géneros de pecados muy descubiertamente, y hales tomado Dios la cuenta toda junta»[346].

Delicado salió de Roma con el ejército español á diez días de febrero de 1528, «por no esperar las crueldades vindicativas de los naturales», y desde entonces parece haber fijado su domicilio en Venecia. Los _mamotretos_ que había llevado consigo fueron su tabla de salvación en aquel naufragio. Entonces publicó la _Lozana_ y el tratado del _leño de la India_. «Esta necesidad me compelió á dar este retrato á un estampador por remediar mi no tener ni poder, el cual retrato me valió más que otros cartapacios que yo tenía por mis legítimas obras, y éste, que no era legítimo, por ser cosas _ridiculosas_, me valió á tiempo, que de otra manera no lo publicara hasta despues de mis dias, y hasta que otrie que más supiera lo enmendara». (Pág. 347).

En Venecia vivió dedicado principalmente á la corrección de libros españoles, que entonces tenían muchos aficionados en Italia. Son conocidas y gozan de grande estimación bibliográfica sus ediciones del _Amadís de Gaula_ (1533) y del _Primaleón y Polendos_ (1534). Hizo también dos de la _Celestina_ en 1531 y 1534, y creo por varios indicios que se le puede atribuir también una rarísima de la _Cárcel de Amor_[347]. Acaso con el tiempo se descubran otras.

Previas estas noticias, muy incompletas sin duda, pero que nos permiten columbrar la extraña psicología de Francisco Delicado, digamos algo de la _Lozana Andaluza_, sin entrar, por supuesto, en su análisis, que no es tarea para ningún crítico decente. La _Lozana_, en la mayor parte de sus capítulos, es un libro inmundo y feo, aunque menos peligroso que otros, por lo mismo que el vicio se presenta allí sin disfraz que le haga parecer amable. Es un caso fulminante de naturalismo fotográfico, con todas las consecuencias inherentes á este modo de representación elemental y grosero, en que la realidad se exhibe sin ningún género de selección artística y hasta sin plan de composición ni enlace orgánico. Con saber que llegan á ciento veinticinco los personajes de esta fábula, si tal nombre merece, puede formarse idea del barullo y confusión que en ella reina. No es comedia, ni novela tampoco, sino un retablo ó más bien un cinematógrafo de figurillas obscenas, que pasan haciendo muecas y cabriolas, en diálogos incoherentes. En rigor puede decirse que la _Lozana_ no está escrita, sino hablada, y esto es lo que da tan singular color á su estilo y constituye su verdadera originalidad.

Aunque muy admirador de la _Celestina_, que cita desde la portada y vuelve á mencionar en otras partes[348], Delicado no pertenece á la escuela de Fernando de Rojas, ni era capaz de comprender siquiera el arte tan profundo y humano de la tragicomedia de Calisto y Melibea. Sólo podía asimilarse los elementos picarescos de aquella creación, y ni aun esto hizo, porque las costumbres que describe son más italianas que españolas, y él mismo era un español italianizado. El tipo de la protagonista Aldonza carece de la grandeza y de la perversidad transcendental del de Celestina. Una sola seducción y tercería de ésta significa más que todas las acciones indignas y vituperables que comete la Lozana y todos los disparates que pronuncia su cínica lengua. La «parienta del Ropero, conterránea de Séneca, Lucano, Marcial y Averroes» (página 184), no pasa de ser una moza desenvuelta y atolondrada, de mala vida y buen humor, de natural despejo y fácil labia, que trabaja por cuenta propia y ajena en aventuras escandalosas, pero que se guarda mucho de corromper la virtud de las doncellas ni de inquietar con mensajes y tercerías á las mujeres honradas. Su conciencia moral está atrofiada por la vileza de su oficio, pero su índole nativa no parece tan abominable como sus costumbres.

Se ha supuesto que Delicado pudo tener otros modelos, ya en la literatura clásica, ya en la italiana de su tiempo, para la forma de coloquios desligados que dió á su obra. Los _diálogos meretricios_ (ἑταιρικοι διαλογοι) de Luciano ofrecen una serie de escenas que, salvo dos ó tres verdaderamente monstruosas, tienen una gracia ática digna del elegantísimo sofista de Samosata. Pero dudamos mucho que hubiesen llegado á noticia del autor de la _Lozana_. Francisco Delicado, lo mismo que Pedro Aretino, con quien algunos le han comparado, pertenece al Renacimiento, no por su cultura, sino por sus vicios. El Aretino escasamente sabía latín, cosa que apenas se concibe en un literato italiano del siglo XVI. Y aunque de nuestro Delicado, que se preciaba de discípulo del Nebrisense, no pueda decirse otro tanto, su libro no indica familiaridad alguna con las letras clásicas, salvo con el _Asno de Oro_ de Apuleyo, que parece haber manejado mucho, ya en el original, ya en la elegante versión del arcediano de Sevilla, Diego López de Cortegana[349].

Otros han supuesto que la _Lozana_ era una imitación de los _Ragionamenti_ del Aretino, á los cuales se parece, en efecto, de una manera extraordinaria[350]. Pero hay una razón cronológica que impide admitir esta imitación. La _Lozana_ estaba escrita desde 1524 y fué impresa en 1528. Todas las obras del Aretino análogas á la novela española son posteriores á esa fecha. El _Ragionamento della Nanna e della Antonia_ es de 1533; el _Dialogo della Nanna e della Pippa sua figliola_ es de 1536; el _Ragionamento del Zoppino fatto frate... dove contiensi la vita e genealogia di tutte le cortegiane di Roma_, que algunos han señalado como modelo de la _Lozana_[351], no se publicó hasta 1539. Si imitación hubo, sería, pues, del Aretino y no á la inversa, y así lo han conjeturado algunos críticos italianos tan competentes como Arturo Graf[352]. Pero no creo en semejante imitación, que por otra parte ningún honor haría á nuestra literatura. El Aretino no necesitaba recibir lecciones de nadie en semejante materia, y menos del autor oscurísimo de la _Lozana_, á quien nadie cita ni en Italia ni en España durante aquella centuria[353]. Las semejanzas que entre los dos autores existen nacen de la materia misma y de los procedimientos de vulgar realismo que uno y otro emplean.

En rigor, la _Lozana_ no tiene antecedentes literarios. Nació de la vida y no de los libros: fué un producto mórbido de la corrupción romana. Su valor es nulo, pero su importancia como documento histórico es grande, con ser tantos los que existen sobre la prostitución en el siglo del Renacimiento. Extraño y singular mundo aquel en que nos hace penetrar la _Lozana_. No es el de aquellas cortesanas cultas y literatas como Tulia de Aragón y Verónica Franco, en quienes renació hasta cierto punto el tipo de las _heteras_ griegas[354], sino el mundo abigarrado y confuso, en gran parte de importación extranjera, que llenaba los prostíbulos de Roma y que ya en 1490 alcanzaba, según el _Diario_ de Esteban Infessura, la formidable cifra de 6.800 mujeres, «exceptis illis quae in concubinatu sunt et illis quae non sunt publice sed secreto»[355]; cifra inferior, sin embargo, á la de Venecia, donde al comenzar el siglo eran, según Marino Sanudo, 11.654 en una población de 300.000 habitantes[356]. Toda casta de gentes y naciones se mezclaba en este ejército del pecado, y el autor de la _Lozana_ hace una curiosa enumeración geográfica de ellas[357], aparte de otras clasificaciones y distinciones en que no hay para qué entrar. Á veces nombra á meretrices opulentas y pomposas, como la célebre Imperia la aviñonesa[358] y _madona Clarina, la favorida_; pero principalmente habla de sus paisanas, que parece haber tratado más de cerca y de cuyas andanzas estaba mejor informado: «la de los Ríos, que fué aquí en Roma peor que Celestina y manaba en oro». (Pág. 160); «la Xerezana, la Garza Montesina, la galan portuguesa, que mandaba en la mar y la tierra, y señoreó á Nápoles, tiempo del gran Capitán, y tuvo dineros más que no quiso, y verla allí asentada demandando limosna á los que pasan!». (Pág. 248).

Todos estos nombres tienen traza de ser históricos: acaso lo es también la heroína Aldonza; á lo menos su carácter tiene grandísimo parecido con aquella Isabel de Luna de quien en las ingeniosas y desenvueltas novelas del obispo dominico Bandello queda tanta memoria[359]. Así como la _Lozana_ había peregrinado no solamente por España, Francia é Italia, sino por todas las escalas de Levante, haciendo estancia con su amigo Diomedes «en Alexandría, en Damasco, en Damieta, en Barut, en parte de la Siria, en Chipre, en el Cairo, en Constantinopoli, en Corinto, en Tesalia, en Boxia, en Candía» (pág. 15), también Isabel de Luna había corrido medio mundo, había estado en Túnez y la Goleta, había seguido la corte del Emperador en Alemania y Flandes, y pasaba en Roma por la más astuta é ingeniosa mujer que podía encontrarse, la de más entretenida conversación y dichos agudos, prontísima en las réplicas mordaces y en tomar desquite de quien la ofendía. Pero tanto Isabel de Luna como otras cortesanas españolas de que la literatura italiana guarda memoria, la Beatriz, que cuando tuvo que cortarse la hermosa cabellera fué consolada en elegantes versos latinos por el Molza, su amante y su víctima; otra Beatricica, de quien habla el Aretino; la Ortega predilecta de abogados y procuradores, parecen haber _florecido_ en años posteriores á la composición de la _Lozana_.