Orígenes de la novela, Tomo I

Part 67

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[612] Sobre las sucesivas falsificaciones de la historia de Ávila discurrió D. Vicente de la Fuente en su opúsculo _Las Hervencias de Avila_ (1867), reimpreso en parte en el tomo I (pp. 236-279) de sus _Estudios críticos sobre la Historia y el Derecho de Aragón_.

[613] _Los nueve libros de las Hauidas de Hieronymo Arbolanche, Poeta Tudelano. Dirigidos a la Illustre Señora Doña Adriana de Egues y de Biamonte. En Çaragoça, en casa de Iuan Millan. Vēdense en casa de Miguel de Suelues Infançon._ 8.º.

Es libro de la mayor rareza, del cual sólo he manejado dos ejemplares.

Gayangos, en las notas al Ticknor castellano (III, 536-539), y Gallardo y Salvá, en sus respectivas bibliografías, presentan algunas muestras bien escogidas de la versificación de Arbolanche.

[614] Citado la primera vez por Fr. Antonio Brandāo en su _Monarchia Lusitana_, 3.ª parte, 1652, libro X, cap. XLV: «Hum romance tenho que trata da batalla do Salado, composto por Alfonso Giraldes, autor daquelle tempo, em o principio do qual, entre outras guerras antigas que se apontāo, se faz mençāo desta que o Abbade Joāo teve com os mouros e com seu capitāo Almanzor, etc.». (Jorge Cardoso, _Agiologio Lusitano_, 1652, t. I, pág. 328).

[615] Poseo un manuscrito de este Compendio, en tres volúmenes, letra del siglo XVI. La leyenda del abad Juan se encuentra en el segundo, págs. 400-408. El Sr. Menéndez Pidal cita, además de éste, tres manuscritos de la Biblioteca Nacional y uno de la Escurialense, advirtiendo que el P--1 de la Biblioteca Nacional, letra de la segunda mitad del siglo XV, corresponde á una primera redacción de Almela.

[616] Gayangos, en su _Catálogo de Libros de Caballerías_, cita un fragmento que poseía D. Mariano Aguiló, con el siguiente encabezamiento: «Comiença el libro de Juan Abad, señor de Montemayor: en el qual se escrive todo lo que le acontecio con don Garcia su criado». Estaba impreso al parecer en el primer tercio del siglo XVI.

--_Historia de el abbad dō Juan._ Al fin: «_Fue impresso el presente Libro en casa de Francisco Fernandez de Cordova, impresor. Año de mil y quinientos y sesenta y dos_». Es edición sin duda de Valladolid, donde Francisco Fernández de Córdoba tuvo famosa imprenta. El único ejemplar conocido de este cuaderno fue comunicado por su dueño, D. Aníbal Fernández Thomas, á la señora doña Carolina Michaëlis de Vasconcellos, que hizo sacar copia de él para el Sr. Menéndez Pidal.

Cítase otra edición de Sevilla, 1584. Una de las últimas fué sin duda la que se describe en el _Ensayo_ de Gallardo (núm. 807):

«_Comiença la historia del Abad Juan, señor de Montemayor, compuesta por Juan de Flores_». Colofón: «_Impresso en Cordoba en las callejas del alhondiga por Diego de Valverde y Leiva, Acisclo Cortés de Ribera, año 1693_». (4.º, sin foliar).

El encabezamiento debe de estar tomado de alguna edición antigua. Juan de Flores es, como sabemos, autor ó refundidor de varias novelas cortas publicadas á principios del siglo XVI (alguna acaso á fines del XV), tales como _Grisel y Mirabella_, _Grimalte y Gradissa_, etc.

[617] _Gessellschaft für romanische literatur, Band 2. La leyenda del Abad D. Juan de Montemayor, publicada por Ramón Menéndez Pidal. Dresden, 1893._

[618] El pueblo de la Mancha llamado _La Torre de Juan Abad_, tan conocido por el señorío que en él tuvo Quevedo, ¿deberá su nombre á esta leyenda? Según las relaciones topográficas del tiempo de Felipe II, utilizadas por D. Aureliano Fernández-Guerra (_Obras de Quevedo_, ed. Rivadeneyra, tomo II, pág. 657). todavía en el siglo XVI persistían allí «los vestigios de una torre con sus dos cavas y foso, cuyo fundador, dueño ó alcaide, el buen _Johan Abbad_, defendiéndola contra muchedumbre de enemigos, hubo de dar nombre á la villa».

[619] Publicado é ilustrado por D. Marcos Jiménez de la Espada (Madrid, 1877).

[620] Esta versión ha sido modernamente impresa conforme á la copia que sacó el benemérito erudito H. Knust del Códice de la Biblioteca Nacional.

_El Libro de Marco Polo. Aus dem Vermächtnis des Dr. Hermann Knust nach der Madrider Handschrift herausgegeben von Dr. Stuebe._ Leipzig, 1902.

[621] _Libro del famoso Marco Polo, Veneciano, de las cosas maravillosas que vido en las partes orientales; conviene saber en las Indias, Armenia, Arabia, Persia y Tartaria; e del poderio del Gran Can y otros Reyes. Con otro Tratado de Micer Pogio Florentino e trata de las mismas islas y tierras._ Logroño, por Miguel de Eguía, 1529.

Hay otra edición de Salamanca con el título de _Cosmografia introductoria en el libro de Marco Paulo Veneto, de las cosas maravillosas de las partes orientales y tratado de Micer Pogio, Florentino_ (Sevilla, por Juan Varela, de Salamanca, 1518).

[622] Barcia, en sus adiciones á León Pinelo, cita dos ediciones de 1515 y 1540, entrambas de Valencia. Pero no he visto más que la de 1521, que es la misma que tuvo Salvá:

_Libro d' las marauillas del mūdo y d'l viaje de la Tierra Sancta de jerl'm y de todas las prouincias y cibdades de las Indias y d' todos los ōbres mostruos [=q] ay por el mūdo Cō muchas otras admirables cosas._

Colofón... _Fue ympremida la presente obra en la metropolitana Ciudad de Ualencia. Por arte e yndustria de Jorje Costilla. Acabose en el Año de las discordias de Mill y Quinientos y XXj. A quinze de Julio_.

Fol. let. gótica á dos columnas.

[623] Estas comparaciones fueron ya hechas por E. Montégut en un ameno é ingenioso estudio sobre el Viaje de Mandeville (Vid. _Heures de lecture d'un critique_, París, 1891), pp. 233-337.

[624] En las _Settanta Novelle Porretane_, del boloñés Sabadino degli Arienti, se halla una que tiene por héroe á un «hijo del rey de Portugal», que seguramente es el infante D. Pedro por la alusión que se hace á sus viajes:

«_El filiol del Re di Portogallo fingendo andare per voto in Ierosolima ne va in Anglia; et mena via la figliola del Re sua amante: ambe doi in diuersi lochi rapiti sono in Servitu posti: in la quale dimorati vn tempo in Portogallo inopinatamēte se trouano: done cō grāde festa et leticia se mariteno_»...

Fol. XIX de la edición de Venecia, 1510.

[625] _Europa Portuguesa_, 2.ª edición, Lisboa, 1679, t. II, p. 325.

[626] La edición castellana de 1547 (Salamanca, por Juan de Junta, «a veinte e cinco dias de enero») existe en la Biblioteca Nacional de París. En la de Madrid, otra edición gótica, de Burgos, por Felipe de Junta, 1563, procedente de la librería de D. Pascual Gayangos.

De las dos relaciones de cordel que actualmente se expenden en castellano y portugués ha hecho una curiosa reproducción comparativa D. Cesáreo Fernández Duro (_Viajes del infante D. Pedro de Portugal en el siglo XV_... Madrid, 1903).

[627] Lisboa, Imprenta Nacional, 1891; pp. 83-135 y 369-378.

Siento no conocer el trabajo del Sr. Sousa Viterbo _O infante D. Pedro o das sete partidas_, Lisboa, 1902.

[628] Véase el precioso estudio ya citado: _Una obra inedita do Condestavel D. Pedro de Portugal_ (en el _Homenaje á Menéndez y Pelayo_, t. I, pp. 637-732).

[629] La versión del aragonés Martín Martínez de Ampiés fué bellamente estampada en Zaragoza por el alemán Paulo Hurus, en 1498, con muchas curiosas estampas en madera, que representan ya animales exóticos, ya trajes de diversas naciones peregrinas (griegos, surianos ó sirios, abisinios, etc.) y muestras de los alfabetos árabe, caldeo, armenio, etc., todo lo cual acrecienta el valor bibliográfico de este rarísimo libro. El traductor pone de su cosecha al principio un breve _Tratado de Roma_, ó sea compendiosa descripción é historia de esta ciudad, y suele añadir algunas notas muy curiosas, especialmente la que se refiere á los gitanos, que él llama _bohemianos_ ó _egipcianos_.

De los viajes españoles á Jerusalén del marqués de Tarifa y de Juan del Encina es inútil decir nada, por ser tan conocidos.

VIII

NOVELA PASTORIL.--SUS ORÍGENES.--INFLUENCIA DE LA «ARCADIA» DE SANNAZARO.--EPISODIOS BUCÓLICOS EN LAS OBRAS DE FELICIANO DE SILVA.--«MENINA É MOÇA» DE BERNARDIM RIBEIRO.--«DIANA» DE JORGE DE MONTEMAYOR.--CONTINUACIONES DE ALONSO PÉREZ Y GIL POLO.--«EL PASTOR DE FÍLIDA» DE LUIS GÁLVEZ MONSALVO.--OTRAS NOVELAS PASTORILES ANTERIORES Á LA «GALATEA».

Además de los libros de caballerías y los que pudiéramos llamar sentimentales tuvo el arte idealista en la literatura española del siglo XVI otra manifestación muy interesante, tanto por el número de libros á que dió origen como por el valor poético de algunos de ellos y por el aplauso y fama que alcanzaron en toda Europa. Á la falsa idealización de la vida guerrera se contrapuso otra no menos falsa de la vida de los campos, y una y otra se repartieron los dominios de la imaginación, especialmente el de la novela, sin dejar por eso de hacer continuas incursiones en la poesía épica y en el teatro y de modificar profundamente las formas de la poesía lírica. El bucolismo de la novela no es un hecho aislado, sino una manifestación peculiar, y sin duda alguna la más completa, de un fenómeno literario general, que no se derivó de un capricho de la moda, sino de la intención artística y deliberada de reproducir un cierto tipo de belleza antigua vista y admirada en los poetas griegos y latinos. Ninguna razón histórica justificaba la aparición del género bucólico: era un puro _dilettantismo_ estético, que no por serlo dejó de producir inmortales bellezas en Sannazaro, en Garcilaso, en Spenser, en el Tasso. Poco se adelanta con decir que es convencional el paisaje, que son falsos los afectos atribuidos á la gente rústica y falsa de todo punto la pintura de sus costumbres; que la extraña mezcla de mitología clásica y de supersticiones modernas produce un efecto híbrido y discordante. De todo se cuidaron estos poetas menos de la fidelidad de la representación. El pellico del pastor fué para ellos un disfraz, y lo que hay de vivo y eterno en estas obras del Renacimiento es la gentil adaptación de la forma antigua á un modo de sentir juvenil y sincero, á una pasión enteramente moderna, sean cuales fueren los velos arcaicos con que se disfraza. Agotadas ya hasta la monotonía las formas del lirismo petrarquista, hubo de encontrarse cierta agradable novedad en estos temas que, dentro de un cuadro más ó menos dramático, y haciendo intervenir el mundo exterior, bajo sus más apacibles y risueños aspectos, en la obra del ingenio, abrían margen á discretas confidencias, que hubieran podido ser imprudentes en la forma directa; se prestaban á ser amenizados con brillantes descripciones, con novelescos episodios, con hábiles injertos de las mejores plantas de la antigüedad, y al mismo tiempo que reflejaban, candorosamente depurados, los afectos del poeta, satisfacían la perenne aspiración de la mente humana á un mundo de paz y de inocencia ó le hacían pensar en las delicias de la edad de oro y de la florida juventud del mundo. La égloga y el idilio, el drama pastoril á la manera del _Aminta_ y del _Pastor Fido_, la novela que tiene por teatro las selvas y bosques de Arcadia, pueden empalagar á nuestro gusto desdeñoso y ávido de realidad humana, aunque sea vulgar, pero es cierto que embelesaron á generaciones cultísimas, que sentían profundamente el arte, y envolvieron los espíritus en una atmósfera serena y luminosa, mientras el estrépito de las armas resonaba por todos los ámbitos de Europa. Los más grandes poetas, Shakespeare, Milton, Lope, Cervantes, pagaron tributo á la pastoral en una forma ó en otra.

Un género tan refinado, tan culto, tan artificial, en ninguna parte ha podido ser contemporáneo de la infancia de las sociedades. Cantos de boyeros, de labradores, de cazadores, de pescadores, deben de haber existido desde los tiempos más remotos; pero estas primitivas efusiones líricas nada tienen que ver con la contemplación retrospectiva y en gran parte quimérica que de la vida campestre y de las costumbres patriarcales gusta de hacer el hombre civilizado, cuando comienza á sentir el tedio de los goces y ventajas de la civilización. Por eso la poesía bucólica no aparece como un género distinto antes de la escuela docta y sabia de Alejandría, nacida á la sombra de un Museo y criada bajo la protección de los Tolomeos como exquisita planta de invernadero. Los elementos que esta poesía se asimiló, ya épicos, ya didácticos, ya líricos, ya dramáticos, se hallan esparcidos en toda la literatura griega anterior[630] pero de un modo episódico, subordinados á una más amplia concepción, á un más sincero sentimiento poético, á una representación total de la vida humana majestuosamente idealizada, no reducida al estrecho marco de cuadritos de género y de paisaje, que rara vez pasan de la categoría de lindos para alcanzar á la de bellos. Todas las labores humanas, siendo primordial entre ellas la de la tierra, habían sido entalladas en el escudo de Aquiles y en el de Hércules. La acción de la _Odisea_ se mueve en un ambiente rústico: labrador es el viejo Laertes y porquerizo el fiel Eumeo; no hay en toda la literatura idilio más delicioso que el episodio de la princesa Nausicas. Las instrucciones agrícolas y meteorológicas de Hesiodo envuelven un sentimiento de la naturaleza mucho más familiar y profundo que los idilios de Teócrito. El drama satírico, del cual todavía tenemos una muestra en el _Ciclope_ de Eurípides, era campesino y montaraz hasta por la índole de los personajes y del coro. La comedia aristofánica (en _La Paz_, por ejemplo) mezcla á veces con la sátira política la plácida descripción de la holgura y bienestar de los labriegos del Ática. Uno de los medios de que Eurípides se valió para remozar la tragedia decadente fué el empleo de personajes y escenas de la vida común y de la humanidad no heroica. Siguieron sus huellas los poetas de la comedia nueva, que, á juzgar por los fragmentos que de ellos quedan, encontraron en la simplicidad maliciosa de los rústicos, en su frugalidad y economía, en el contraste entre la vida de la ciudad y la del campo, una mina de interesantes situaciones y de discretas sentencias. En Sicilia misma, patria de Teócrito, y sin remontarse al fabuloso Dafnis, á quien atribuían los antiguos la invención del canto pastoril, halló aquel delicioso poeta muchos de los materiales de su obra en los poemas de Stesicoro, en las comedias de Epicarmo, en los _mimos_ de Sofrón.

Pero la idea de convertir en tema principal lo que había sido hasta entonces accesorio, de hacer pequeños cuadros (_idilios_) de la vida rústica, de transformar el _bucoliasmo_ ó canto rudo de los boyeros en un poema artístico, fué invención original del poeta siracusano trasladado á Alejandría, de cuyo nombre son inseparables los de sus discípulos Mosco y Bión. El cuerpo de los idilios de estos tres autores (en el cual entran algunas composiciones de dudosa atribución, que pueden pertenecer á otros poetas) es todo lo que la literatura griega nos ofrece en materia de poesía bucólica, y no ha sido superado ni igualado siquiera en ninguna otra lengua. Teócrito conserva, aun en medio de lo artificial del género, un grado de ingenua sencillez á que ninguno de sus imitadores ha llegado; tiene más viva penetración de la naturaleza y altera menos la fisonomía de los que viven en contacto con ella. La atmósfera tibia y regalada de Sicilia; la perspectiva de su volcánico suelo, y del mar que la arrulla; el áureo beso que la luz imprime en los mármoles de sus templos; los recuerdos familiares del Etna sagrado, de la corriente del Anapo y de la fugitiva Aretusa; la tradición de amores, coloquios y desafíos pastoriles, que él recogió, viva aún, en el canto y música popular, comunican á sus idilios una fuerza poética á que no alcanza ninguna otra producción de este género. Quien no conozca el desarrollo anterior de la literatura griega, y no se fije mucho en el sabio y elegante artificio de la dicción, puede creer á veces que lee á un poeta primitivo, y lo es sin duda comparado con Virgilio, para no hablar de los modernos.

Hay en la colección de los bucólicos griegos muchas piezas que no responden al concepto vulgar del género, tal como suele definirse en las poéticas, aunque estén conformes con la etimología de la voz _idilio_, que indica sólo un poema pequeño: fragmentos épicos, como el _Rapto de Hilas_, los _Dioscuros_, la _Infancia de Hércules_, la _Opulencia de Augias_ (en Teócrito), _Megara_ y aun el _Rapto de Europa_ (en Mosco); composiciones puramente líricas, como _Las Gracias_, el _Elogio de Tolomeo_, el _Epitalamio de Helena_, el bellísimo envío de _La Rueca_ (en Teócrito), el _Epitafio de Adonis_, de Bión, ó el de Bión por Mosco; cuadros dramáticos, como _Las Siracusanas en la fiesta de Adonis_; una extraordinaria riqueza poética, que representa á veces reliquias de géneros perdidos. Pero lo mismo para los antiguos que para los modernos, Teócrito es ante todo el inventor, el padre de todas las maneras de égloga, no solamente la de pastores de bueyes y cabras, sino la de segadores, la de pescadores, la de caminantes, la de semidioses rústicos y apenas emancipados de la naturaleza animal como el _Cíclope_, la de hechiceras de aldea como la trágica y apasionada _Pharmaceutria_. El poeta mismo interviene en este drama rural tan ingenioso y vario, y en «la reina de las églogas», en las _Thalysias_, es su propio viaje á la isla de Quios el que relata, es su juventud la que recuerda, no en el modo alegórico y un tanto frío de Virgilio, sino con una vena de poesía familiar y graciosa que nos enternece y hace sonreír á un tiempo cuando nos relata el mito infantil del cabrero Comatas, encerrado en un cofre y mantenido por las abejas, mensajeras de las Musas, y nos arrebata con toda la pujanza de la inspiración naturalista en el cuadro de la entrada del otoño y de las fiestas de Ceres, pintado de tan cálida y opulenta manera.

Después de Teócrito, el idilio, que ya comienza á perder mucho de su carácter pastoril en sus discípulos Bión de Smirna y Mosco de Siracusa, penetra en la prosa por industria de los sofistas autores de narraciones amatorias. La pastoral de Longo, única que nos queda, es en gran parte un mosaico de frases de los bucólicos alejandrinos, y á la misma escuela pueden referirse las _Cartas de aldeanos_ y _de pescadores_ de Alcifrón y Eliano.

Discípulo é imitador declarado de Teócrito en la mayor parte de sus églogas fué Virgilio, que traduce libre y poéticamente muchos de sus versos, pero quedando siempre inferior cuando repite los mismos temas; compárese, por ejemplo, la égloga VIII con la _Pharmaceutria_ ó la égloga V con el idilio de la muerte de Dafnis. Hay poco de pastoril en las bucólicas de Virgilio: la I y la IX aluden á sucesos de su propia vida, á la pérdida y recuperación de su hacienda, y á las guerras civiles; la IV, ó sea el _genethliacon_ del hijo de Polión, asciende á las más arduas cumbres de la poesía lírica, y ha sido estimada desde los primeros siglos cristianos como una especie de vaticinio; el canto de Sileno en la égloga VI es una mezcla de teogonía y de física epicúrea; en la égloga X, que canta los amores de Galo, domina un sentimiento tempestuoso y casi romántico. Todo lo demás es labor de imitación brillantísima, pero en la cual falta muchas veces la unidad orgánica, y se conocen demasiado los retazos de la púrpura ajena. El Virgilio de las _Geórgicas_ y de la _Eneida_ es sin duda mayor poeta que Teócrito, pero en el _carmen bucolicum_ todas las ventajas están de parte del autor griego, que en su línea es original y perfecto, no sólo en los detalles, como Virgilio, sino en el total de la composición, en la vida poética derramada sin esfuerzo por todas sus partes, en la visión directa y luminosa de la naturaleza, en el interés dramático y humano de sus personajes. El _molle atque facetum_, la blandura y la amenidad, el suave halago y la gracia melódica que Virgilio imprime en las sílabas de cada verso, el dulce y reposado sentimiento de que á veces están impregnadas sus palabras, son sin duda bellezas de alto precio y que se graban para siempre en la memoria de todos los que tuvieron la fortuna de habituar el oído á tan gratos sones desde la infancia; pero el canto de las musas sicilianas (_Sicelides Musæ_) es mucho más juvenil, fresco y lozano, más rico de color y al mismo tiempo más puro de líneas. Virgilio tenía en tanto grado como cualquier otro poeta de la antigüedad el sentimiento de la naturaleza y de la vida del campo, pero le tenía no al modo griego, sino al modo romano, de que las _Geórgicas_ nos ofrecen el más cumplido dechado. No era el poeta de las muelles canciones pastoriles, sino de la ruda y áspera labor de los agricultores del antiguo Lacio.

La égloga virgiliana tuvo dos elegantes imitadores en época muy tardía y decadente, á fines del siglo III de nuestra Era. Estos bucólicos menores son el siciliano Tito Calpurnio y el cartaginés Nemesiano, poetas ingeniosos, aunque poco originales, pues cuando no calcan á Virgilio remedan á Teócrito. Merecen, sin embargo, ser leídos, no sólo por la florida amenidad de su estilo y por el buen gusto que conservan, ya muy raro en su tiempo, sino porque los imitaron en gran manera todos los bucólicos italianos y españoles del siglo XVI, comenzando por Sannazaro y acabando por Valbuena y Barahona de Soto, y porque todavía en el XIX lograron (más felices en esto que otros poetas mayores) un admirable traductor castellano en el docto humanista D. Juan Gualberto González.

«Desde éstos hasta la edad de Petrarca y Boccaccio no hubo poetas bucólicos», dice Herrera en su comentario á Garcilaso[631]. No los hubo, en verdad, á la manera clásica, pero tuvo la Edad Media su riquísima poesía villanesca en las _pastorelas_ y _vaqueras_ de los trovadores provenzales y de sus imitadores del Norte de Francia, que dieron á estos cuadros un carácter más realista. Cuando este género penetró en España y se combinó con un fondo popular preexistente, produjo, en la primitiva poesía galaico-portuguesa la riquísima eflorescencia de las _cantigas de amigo_ y de _ledino_, que son la joya de los cancioneros medioevales, la única parte de ellos que conserva vitalidad. Á pesar de todos los esfuerzos que la erudición de nuestros vecinos franceses ha hecho para no ver en estas canciones más que una imitación de su propia lírica[632], apenas puede dudarse de la existencia de una poesía gallega popular que sirvió de modelo á la artística y la prestó sus formas y sus temas, aunque una y otra cosa se modificasen mucho por el contacto con una poesía extranjera[633]. Hay un acento de espontaneidad, que no engaña, en muchas de estas composiciones. El ideal que reflejan es el que corresponde á un pueblo de pequeños agricultores, dispersos en caseríos y que tienen por principal centro de reunión santuarios y romerías. El mismo Jeanroy confiesa que este motivo es ajeno á la poesía francesa[634]. Tema el más frecuente de tales composiciones, puestas, por lo común, en boca de mujeres, y trasunto, sin duda, más ó menos acicalado, de las que realmente entonaban las _raparigas_ del Miño al volver de la fuente, son las quejas de la niña á quien su madre veda el ir á la romería, donde la espera _seu amigo_. Otras veces la doncella enamorada se duele de ingratitud y olvido, y aun llega á manifestar candorosamente al mismo santo de la romería sus propósitos de venganza contra el desleal amador, ó bien se enoja con el santo porque no la libra de su cuita á pesar de las candelas que había quemado en su altar. Hay ciertamente mucha distancia de arte entre estos rudos acentos y las quejas de Safo á Afrodita, ó las imprecaciones de la _Pharmaceutria_ de Teócrito; pero el fondo humano de la pasión ardiente y devoradora es el mismo, y hasta las supersticiones se asemejan cuanto es posible dentro de un orden moral tan distinto.

Todo parece darnos la certidumbre de que nos hallamos en presencia de verdaderas letras vulgares, que los trovadores y los juglares explotaban como un fondo lírico anterior á todos ellos, acomodándolas á diversos sones.