Orígenes de la novela, Tomo I

Part 64

Chapter 644,146 wordsPublic domain

Pero tales andanzas, aunque para el siglo XV fuesen notables, no podían satisfacer en el XVI á los que estaban familiarizados con las navegaciones y descubrimientos más portentosos. Así es que la tradición de los viajes del Infante fué ampliándose desmesuradamente, y no sólo se dijo de él que había visitado la Casa Santa de Jerusalén, lo cual acaso tuvo propósito de hacer, pero seguramente no hizo, sino que había estado en la corte del Gran Turco y del Soldán de Babilonia; especies que patrocinó, como patrocinaba todo género de patrañas, el docto y estrafalario Manuel de Faria y Sousa en su _Europa Portuguesa_: «_Corrio todas las provincias del mundo que entonces eran descubiertas_, no tratando con Circs, Polifemos y monstruos de bien soñadas fabulas, mas con principes y Cortes y gentes de varias policias»[625].

La desaforada hipérbole de Faria y Sousa no era más que un eco de cierta ficción popular debida á un autor castellano seguramente anterior á la mitad del siglo XVI, que lleva por título _Libro del infante don Pedro de Portugal, el qual anduvo las cuatro partidas del mundo_, y se dice compuesto por «Gomes de Sant Esteban, uno de los doze que anduvieron con el dicho infante a la vez», sin duda en remembranza de los doce apóstoles. Este tratadillo, cuya primera edición conocida es de Salamanca, 1547, fué reimpreso muchas veces, ya en tipo gótico, ya en letra redonda, y hoy mismo se reimprime y se vende por las esquinas, muy adulterado y modernizado en el estilo, como todos los libros de la llamada gráficamente _literatura de cordel_. En Portugal existe en la misma forma, pero es traducido del castellano, y no se cita edición anterior á 1644[626].

El gran artista histórico que la península produjo en el siglo XIX, mi inolvidable amigo Oliveira Martins, en aquel libro, el más excelente de los suyos, que tituló _Os filhos de D. Joaõ I_[627], quiso dar cierto valor documental á esta relación de viajes, rechazando la parte, evidentemente fabulosa, que se refiere al Preste Juan, pero admitiendo la peregrinación á Tierra Santa y las jornadas del príncipe por Turquía, Egipto y Arabia. Mediante hábiles correcciones y supresiones, que dejan el texto como nuevo, y suponiendo interpolado todo lo que estorba, llegó á reconstruir un itinerario que fascina y deslumbra por la hábil agrupación de los datos y la brillantez de las descripciones. Pero toda esta fábrica, por primorosa que sea bajo el aspecto estético, no resiste al análisis. Es una restauración quimérica, sin más apoyo que el frágil y deleznable de un libro apócrifo, cuya insensatez es palpable, á menos que le supongamos monstruosamente corrompido en los nombres, en las distancias, en todo; y en este caso, ¿dónde encontrar el texto genuino que repare tales faltas?

Si el admirable narrador portugués extremó en este punto los derechos de la fantasía, hasta un punto incompatible con la severidad histórica, al alto y penetrante espíritu crítico de Carolina Michaëlis[628] estaba reservado poner las cosas en su punto y enterrar definitivamente la leyenda de los viajes orientales de D. Pedro, que es no sólo apócrifa sino incompatible con la cronología de su vida y con las declaraciones de sus contemporáneos. El _auto_ atribuido á Gómez de San Esteban es una novela geográfica del mismo género que _Simbad el marino_, y muy análoga al _Libro de las maravillas del mundo_ de Juan de Mandeville, del cual en cierto modo puede estimarse como un epítome. Hasta la frase disparatada de las _cuatro partidas del mundo_ (convertidas luego en _siete_) se tomó de una de las ediciones del Mandeville castellano, en que también son _siete_ las partidas, por grotesca confusión con las del Código de Alfonso el Sabio. Quien haya leído á Mandeville nada encontrará de original en nuestro libro de cordel, salvo ser mucho más confuso y disparatado el itinerario. El infante D. Pedro, recibida la bendición paterna, sale de su villa de Barcellos con doce compañeros y veinte mil doblas de oro; pasa por Valladolid, donde le obsequia D. Juan II con cien mil escudos y un intérprete llamado García Ramírez; se embarca en Venecia para la isla de Chipre; de Chipre salta á Damasco, _capital del Gran Turco_; visita las ruinas de Troya, y de allí se encamina á Grecia por un desierto asperísimo. Nada más fácil que pasar desde Grecia á Noruega, donde los días son de seis horas, peregrinación que realizan en ocho días D. Pedro y sus compañeros montados en dromedarios. Pero encuentran aquella tierra muy fría, y determinan ir á Babilonia (nombre que en la Edad Media se daba al Cairo) y hacer una visita de cortesía al hijo del Soldán de Egipto, anunciándole su propósito de visitar las tierras del Preste Juan. En el camino tropiezan con el país de los centauros, gente soez, indómita y sin religión. Continúan sus jornadas por la Arabia Feliz y Palestina; descríbese minuciosamente la Tierra Santa, repitiendo las mismas tradiciones que se hallan en Mandeville y en Bernardo de Breidembrach, deán de Maguncia, cuyo viaje corría traducido al castellano desde 1483[629]. En las sierras de Armenia alcanzan á distinguir, aunque de lejos, el arca de Noé, que tenía los costados llenos de plantas marinas y de musgo. Finalmente, llegan al Cairo, y se encuentran con la agradable sorpresa de que el Soldán era medio paisano suyo, un renegado extremeño de Villanueva de la Serena, á quien habían cautivado en su infancia los moros granadinos. Disfrutan algún tiempo de su franca hospitalidad, y cargados de joyas y piedras preciosas continúan su caminata por regiones tan peregrinas, que ni aun los nombres es posible identificar muchas veces. En Nínive (la versión portuguesa dice en _Samasa_, y parece reminiscencia de Samarcanda) visitan la corte del gran Tamerlán, cuyo aparato y suntuosidad se relatan con rasgos que parecen tomados de Ruy González de Clavijo, aunque su viaje no estaba impreso todavía cuando salió á pública luz el librejo del infante D. Pedro. En las cercanías del Mar Muerto contemplan la estatua de sal de la mujer de Lot, que cuando crece la luna se hincha más de un palmo y se disminuye cuando mengua. Permanecen dos meses en el convento de franciscanos del monte Sinaí, donde veneran el cuerpo de santa Catalina y la fuente que Moisés hizo brotar de la piedra hiriéndola con su vara.

En la Meca penetran por gracia especial en la Caaba, donde ven el zancarrón de Mahoma suspendido entre ocho imanes.

Aquí empieza la parte puramente fantástica del viaje, que está calcada, todavía más que lo restante, en la obra de Mandeville: los pigmeos, el reino de las Amazonas, los gigantes antropófagos, los idiotas con ladrido de perros, que se comen á sus padres cuando llegan á la vejez; los cíclopes ó _gomeos_ que viven en un valle hondísimo, de donde no saldrán hasta la venida del Antecristo; los centauros, diestros saeteros; otras gentes muy pacíficas que tienen el pie redondo y de él se valen para cultivar la tierra, los dragones de siete cabezas y otros varios monstruos espantables de generación humana ó bestial. Muchos de ellos eran vasallos del Preste Juan, príncipe cristiano y piadoso, conforme al rito de santo Tomás, apóstol de las Indias. Si el _libro_ del _infante D. Pedro_, en vez de ser un miserable extracto de una compilación fabulosa de la Edad Media, hubiese sido una emanación genuina del alma peninsular del siglo XVI, ¡qué partido hubiera podido sacarse de este gran mito geográfico que inspiró tan prodigiosas aventuras, y del admirable y auténtico viaje de Alfonso de Paiva y Pero da Covilham en demanda de aquel príncipe fantástico, buscado en la India primero y en Etiopía después! Pero el ignorante falsario se limitó á repetir de mala manera lo que desde el siglo XIV estaba en la imaginación popular. Su viaje termina á las puertas del Paraíso Terrenal, pero incluye, á modo de apéndice, una carta del Preste Juan al rey de Castilla, D. Juan II, dándole razón de los ritos y ceremonias de su país y de la variedad de gentes que le pueblan.

La novela geográfica, que de tan pobre modo comenzaba con esta rapsodia callejera, tuvo en el siglo XVII cultivadores mucho más brillantes, entre los cuales merece preeminente lugar el _clérigo agradecido_ Diego Ordóñez de Ceballos, cuyo _Viaje del Mundo_, impreso en 1614, traspasa ya el límite cronológico de nuestra actual investigación.

NOTAS:

[525] La fecha de la _Crónica_ puede determinarse con exactitud cabal, puesto que el último de los reyes que menciona es D. Enrique III, que subió al trono en 1390 y murió en 1407; además, en la _Crónica_ se habla, como de persona viva, del almirante D. Diego Hurtado de Mendoza, que falleció en julio de 1404.

[526] D. Aureliano Fernández, que hizo un detallado estudio de la _Crónica de Don Rodrigo_ en el precioso libro que lleva por título _Caída y ruina del imperio visigótico español_ (Madrid, 1883), tuvo presentes tres antiguos manuscritos de El Escorial, que ofrecen grandes variantes respecto del impreso. Dos de ellos contienen sólo la _Parte segunda_. Otro, voluminosísimo, que abraza las dos partes, aunque no completa la segunda, lleva al fin de la primera una nota en que se especifica que J. de Hugo la acabó de trasladar á 17 de junio de 1485.

El de la Biblioteca Nacional (F. 89) lleva este epígrafe: «Este libro es la ystoria del rrey don Rodrigo con la genealogia de los rreyes godos et de su comienço, de dónde vinieron et assy mesmo desde el comienço de la primera poblacion d'Espanna, segunt lo cuenta el arzobispo don Rrodrigo desde la edificacion de la torre de Babilonia fasta dar en la Cronica del rrey don Rodrigo. Et aqui se cuentan en el principio parte de los trabajos de Ercoles et de como veno en Espanna».

La edición que tengo y sigo es la de Sevilla, 1527. Anteriores á ésta hay las de 1511 y 1522, también sevillanas; y posteriores las de Valladolid, 1527; Toledo, 1549; Alcalá de Henares, 1587; Sevilla, del mismo año, y seguramente otras, porque fué uno de los libros más leídos de su género. No me detengo en esta bibliografía porque ya la incluyeron Gayangos y Salvá en la de los libros de caballerías.

En un tratado moral de autor anónimo, llamado _Confectio Catoniana_ (ms. 9.208 de la Biblioteca Nacional), hermoso códice en vitela, de letra del siglo XV, dedicado al conde de Haro, D. Pedro Fernández de Velasco, se lee este curiosísimo pasaje contra los libros de caballerías, y especialmente contra la _Crónica de Don Rodrigo_, cuya composición debía de ser muy reciente:

«_Quid igitur expedit illa ut ystoriabilia legere quæ nedum non fuerint, sed forsan nec esse potuerunt. Sicuti sunt Tristani ac Lanceloti, Amadisiive ingentia volumina quæ absque aliqua edificationis spe animos legentiuns oblectant, illiusque torneamenti narratio quæ apud Toletum Roderici Regis temporibus factum fuisse deponitur quam audivi nudius tercius compositam esse. Hujuscemodi enim scripturæ, etsi nocivæ nimium non siut, infructuosæ tamen et nullæ utilitatis esse videntur_».

La descripción del torneo de Toledo, á que aquí se alude, es uno de los episodios más largos de la _Crónica de Don Rodrigo_.

[527] _Tratado de los romances viejos_ (tomo XI de la _Antología de Poetas Líricos Castellanos_, Madrid, 1890), pp. 133-175.

[528] Saavedra (D. Eduardo), _Estudio sobre la invasión de los árabes en España_... (Madrid, 1892).

Menéndez Pidal (D. J.), _Leyendas del último rey godo_. (Estudio que comenzó á publicarse en la _Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos_ en diciembre de 1901, y no ha terminado aún)

Codera (D. Francisco), _Estudios Críticos de Historia Árabe Española_, Zaragoza, 1903 (págs. 45-96, «El llamado conde D. Julián»).

[529] _Memoria sobre la autenticidad de la Crónica denominada del moro Rasis_ (en el tomo VIII de _Memorias de la Real Academia de la Historia_, 1850).

[530] _Catálogo de la Real Biblioteca. Manuscritos. Crónicas generales de España_, descritas por Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1898. Hállase impreso el texto de Rasis desde la página 26 á la 49.

[531] «E él sin ninguna detenencia fue a las puertas de la casa e fizo las quebrantar, mas esto fue por muy gran afan, e tantas eran las llaves e los canados que era maravilla. E despues que fue abierto, entró el dentro... e fallaron un palacio en quadra tanto de una parte como de la otra, tan maravilloso que non ha ombre que lo puediese dezir: que la una parte del palacio era tan blanca como es hoy la nieve, que non puede mas ser; e la otra parte del palacio era tan verde como es el limon o como de una cosa que de su natura fuese muy verde; e de la otra parte era tan bermejo como una sangre. E todo el palacio era tan claro como un cristal, nin viera en el mundo cosa tan clara, e semejaba que en cada una de aquellas partes del palacio non avia mas de sendas puertas, e de quantos entraron que lo vieron non ovo ay atal que sopiese dezir que piedra con piedra hi avia juntada, nin que lo podiese partir, e todos tovieron aquel palacio por el más maravilloso que nunca vieron... E en el palacio non avia madero nin clavo nenguno... e avia hi finestras por do entraba toda la lumbre, por do podian veer quanto hy avia; e despues cataron como el palacio era fecho, e tovieron mientes, e nunca pudieron veer nin asmar sino lo mejor que vieron: ester un esteo (_poste_ ó _pilar_) non muy grueso, e era todo rredondo e era tan alto como un ombre; e avia hy en él una puerta muy sotilmente fecha e asaz pequeña, e encima della letras gruesas que dezian en esta guisa: «quando Ercoles fizo esta casa andava la era de Adam en quatro mill e seis años». E despues que la puerta abrieron, fallaron dentro letras abiertas que dezian: «esta casa una de las maravillas de Ercoles». E despues que estas letras leyeron, vieron en el esteo una casa fecha en que estaba una arca de plata, e esta era muy bien fecha e labrada de oro e de plata e con piedras preciosas e tenia un canado de aljofar tan noble que maravilla es, e avia en él letras griegas que dezian: «ó rrey en tu tiempo esta arca fuere abierta, non puede ser que no verá maravillas antes que muera». E ese Yercoles, señor de Grecia, supo alguna cosa de lo que avia de venir».

[532] Fué inventor de esta etimología el falsario Miguel de Luna, en la supuesta Crónica de Abentarique. «Esta dama Florinda, así llamada por propio nombre, nombraron los árabes la Cava, es decir, la mala mujer». Existe, en efecto, la palabra _cahba_ en el sentido de manceba ó prostituta, pero sólo cuadraría á la liviana heroína del _Anseis de Cartago_, de ningún modo á la desdichada hija de Julián, tal como aparece en las leyendas musulmanas.

[533] «Avia en Cepta un _conde_ que era señor de los puertos de allen mar e de aquen mar e avia nombre don Juliano, e avia una fija muy fermosa e muy buena donzella e que avia muy gran sabor de seer muy buena muger; e tanto que esto supo el rey Rrodrigo, mando dezir al conde don Juliano que le mandase traer su fija a Toledo, quel non queria que la donzella de que tanto bien dezian estuviese sino con su muger, e que de alli le daria mejor casamiento que otro ombre en el mundo. E quando al conde le vino este mandado fue muy ledo e pagado, e mandó luego llevar su fija, e mandole dezir quél que le agradescia, mucho quanto bien e quanta merçed hazia a él e a su hija».

En boca del mismo D. Julián, enumerando sus servicios, se ponen estas palabras: «e mis amigos e mis parientes muchos que avia en España, dellos por lo mio, e dellos por lo de mi mujer, que es pariente dellos».

Uno de sus consejeros y clientes le dice, para apartarle de sus proyectos de venganza: «_el rey Don Rodrigo es tu señor e as le hecho homenaje, como quier que dél no tengas tierra_».

[534] Esta carta comienza así:

«Al honrrado, sesudo e presciado e temido señor padre, conde don Julliano e señor de Cebta, yo la Taba vuestra desonrrada fija, me enbio encomendar»...

En esta carta está calcada la de Pedro del Corral, que luego fué parafraseada y amplificada de mil modos.

El detalle de haber comenzado á perder la Cava su hermosura inmediatamente después de la deshonra es también común á los dos autores.

[535] «Et ¿que vos contaremos del Rey de cómo venia para la batalla, y de las vestiduras que trahia, y que eran las noblezas que traia, y non creo que ha home que las pudiese contar; ca él iba vestido de una arfolla que en esse tiempo dezian purpura que entonces trayan los Reyes por costumbre, et segun asinamiento de los que la vieron, que bien valia mil marcos de oro, y las piedras y los adobos en esto non ha home que lo pudiese decir qué tales eran, ca él venia en un carro de oro que tiraban dos mulas; éstas eran las más fermosas y las mejores que nunca ome vio, et el carro era tan noblemente fecho que non havia en él fuste ni fierro, mas non era otra cosa si non oro y plata y piedras preciosas, et era tan sotilmente labrado que maravilla era, y encima del carro habia un paño de oro tendido, y este paño non ha home en el mundo que le pudiese poner precio, et dentro, so este paño estaba una silla tan rica que nunca ome vio otra tal que le semejase; et aquella silla era tan noble y tan alta que el menor home que havia en la puerta la podia bien veer; et ¿qué vos podia home dezir que desde que Hispan, el primero poblador que vino a España, fasta en aquel tiempo que el rey don Rodrigo vino a aquella batalla, nunca fallamos de rey ninguno nin de otro home, que saliese tan bien guisado nin con tanta gente como éste salio contra Tarife?»

[536] Estas lamentaciones, en Rasis, se ponen, no después de la catástrofe del lago de la Janda, sino después de la muerte de D. Sancho, sobrino del rey.

[537] Otros códices dicen _de la Sigonera_ (_Sangonera_, en el _Poema de Fernán González_). Es la batalla que Saavedra llama de Segoyuela, cerca de Tamames, en tierra de Salamanca. Andando el tiempo esta batalla se confundió con la del río Barbate, erróneamente llamada de Guadalete.

[538] Véase qué valiente es la descripción en la _Crónica de Don Rodrigo_:

«Y desta guisa salieron fuera de la casa... et non eran bien acabadas de cerrar (las puertas) quando vieron un aguila caer de suso del ayre que parescia que descendia del cielo, e traya un tizon de fuego ardiendo, e pusolo de suso de la casa e comenzo de alear con las alas, y el tizon con el aire quel aguila fazia con sus alas comenzo de arder, y la casa se encendio de tal manera como si fuera hecha de resina, asi vivas llamas y tan altas que esto era gran maravilla, e tanto quemó que en toda ella no quedó señal de piedra, y toda fue fecha cenizas. E a poca de hora llegaron unas avecillas negras, e anduvieron por suso de la ceniza: e tantas eran que davan tan grande viento de su vuelo, que se levantó toda la ceniza y esparziose por España toda quanta el su señorio era, et muy muchas gentes sobre quien cayó los tornava tales como si los untasen con sangre... y este fue el primero signo de la destruycion de España».

[539] «A la qual dezian la Caba, e era fija del Conde e de su mujer doña Frandina, que era hermana del Arzobispo don Opas (Orpas en Corral) e fija del rey Vitiza» (_Crónica del rey Don Pedro_, año segundo, cap. XVIII). Sigo el texto de Llaguno.

[540] Un pasaje de Ausias March, citado muy á cuento por D. Manuel Milá, alude á esta escena de la _Crónica_ y prueba su rápida difusión fuera de Castilla:

Per lo garró--que lo rey veu de Cava Se mostra Amor--que tot quant voll acaba.

[541] Los autores de romances encontraron más pulcro y galante que fuese D. Rodrigo el que «sacase los aradores» á la Cava, y no al contrario:

Ella hincada de rodillas,--él la estaba enamorando: Sacándole está aradores--de su odorífera mano... ..................................................... Sacándole está aradores--en sus haldas reclinado...

[542]

Ayer era Rey de España--y hoy no lo soy de una villa, Ayer villas y castillos,--hoy ninguno poseía, Ayer tenía criados,--hoy ninguno me servía, Hoy no tengo una almena--que pueda decir que es mía.

[543] Es el germen más remoto de la tradición que, pasando por el poema de Southey, llega hasta _El Puñal del Godo_. El falso conde don Julián saca su propia espada y se la entrega al Rey para que por su mano tome venganza de su traición. «E el falso conde, como llegó a él, fizo su reverencia, y el Rey como lo vido fue muy espantado, ca lo conocio bien: empero estuvo quedo. Y el falso conde se llegó a él; e provole de le besar la mano, y el Rey no se la quiso dar, ni se levantó de su oratorio, y el falso conde, las rodillas fincadas en el suelo ante el Rey, dixole: «Señor, como yo sea aquel que te haya errado de aquella manera que hombre traydor a su señor erró... e como nuestro Señor Dios es poderoso ovo piedad de la mi ánima e no quiso que yo me perdiesse, ni que España fuesse destruyda: ni tú, Señor, abaxado de la tu grand honra y estado ni del tu gran señorio que en España tienes, hame mostrado por revelacion cómo estavas aqui en esta hermita faziendo tan gran penitencia de tus pecados. Porque te digo que fagas justicia de mí, e tomes de mí venganza a tu voluntad como de aquel que te lo merece, ca yo te conozco que eres mi Señor»... E sacó entonces el conde don Julian su espada e davala al Rey, e dixole: «Señor, toma esta mi espada, e con tu mano misma faz de mí justicia, e toma de mí la tu venganza qual quisieres: ca yo la sufrire con mucha paciencia pues que te erré». Y el Rey fue muy turbado de la su vista, e assimismo de las sus palabras... Y el falso conde don Julian le dixo: «Señor, ¿no tornas sobre la sancta fe de Jesu-Christo, que del todo se va a perder? levantate y defiendela: que muy gran poder te traygo, y servirás a Dios e cobrarás la honra que tenias perdida: levantate e anda acá, e da duelo de la mezquina de España que se va a perder, e adolecete de tantas gentes como perescen por mengua de no tener señor que las defienda». Y el conde don Julian le dezia todas estas palabras por lo engañar: el diablo que avia tomado la su forma era, que no el conde. Mas el Rey no se pudo detener que le non dixesse: «Conde, id vos y defender la tierra con essa gente que tenedes, assi como lo fuistes a perder por la vuestra tan grandissima traycion que a Dios et a mí fezistes. E assi como traxistes los moros enemigos de Dios e de su sancta fe, e los metistes por España, assi los lanzad fuera della y la defended: que yo no vos mataré ni vos ayudaré a ello, y dexadme a mí ca yo no soy para el mundo; que aqui quiero facer penitencia de mis pecados: e no me movades más con estas razones». Y el falso del conde don Julian se levantó y se fue a la gran compaña que avia traydo; e traxolos todos antel Rey. Y el Rey como vido aquella gran compaña de cavalleros vido entrellos algunos que él bien pensava que eran muertos en la batalla. E dixeronle todos a muy altas vozes: «Señor, ¿a quien nos mandas que tomemos por Rey nuestro señor e por señor que nos ampare y nos defienda, pues que tú no quieres defender la tierra ni yrte con nosotros?... Cata, señor, que no es servicio de Dios que dexes perecer tanta christiandad como de cada dia se pierde por tú estar aqui solo y apartado como estás»... Y el Rey cuando oyo estas palabras, fue movido a piedad, e vinieronle las lagrimas a los ojos, que las non podia tener: y estava de tal manera tornado, que el seso se le avia fallecido, et callava, et non respondia cosa ninguna que le dixessen. E todas estas compañas que lo veyan quexavanse muy mucho, e da van muy grandes vozes, e fazian muy grandes ruydos e clamores... Y el Rey en todo esto no fazia sino llorar, e nunca les fabló cosa ninguna». (Cap. CCL de la segunda parte).

[544] No para aquí el epistolario de la Cava, que se convirtió en un tema retórico:

Cartas escribe la Cava, La Cava las escribía

es principio de un romance antiguo. Miguel de Luna hilvanó otra carta; otra distinta de todas las anteriores trae Saavedra Fajardo en su _Corona Gótica_, y finalmente, hay una en verso del coronel D. José Cadalso, en el estilo de las _Heroidas_ de Ovidio.