Part 29
Arrastrado el grave Llaguno por su odio á las ficciones caballerescas (muy natural en un golilla del tiempo de Carlos III), arrancó de cuajo nada menos que ocho enormes capítulos del _Victorial_ (desde el XVIII al XXV), donde, con ocasión de explicar «cómo son los ingleses diversos é contrarios de todas las otras naciones de christianos», cuenta, refiriéndose á una _Crónica de los Reyes de Inglaterra_, que seguramente no es la _Historia Britonum_ de Monmouth, y de una _Conquista de Troya_, que tampoco es la _Crónica Troyana_, puesto que se aparta en muchos puntos de una y otra, la fabulosa historia de Bruto, hijo de Silvio y nieto de Eneas, supuesto progenitor de los reyes de Inglaterra, é intercala personajes y episodios enteramente nuevos, á lo menos para nuestra escasa erudición, relatando «cómo Néstor, fijo del rey Menelao, se alzó con el reino de Grecia contra su padre»; cómo hizo la guerra Bruto á Dorotea, tetrarca de Armenia, hija de Menelao; las cartas y mensajes que entre ellos mediaron; los razonamientos del _obispo_ Pantheo, del conde Pirro y de Porfirio, que habla _en roz de la república_, aconsejando á la reina el casamiento con Bruto para evitar mayores daños: y cómo, después de hechas las bodas, «Bruto armó gran hueste de navíos é ayuntó muchas gentes de armas, é se fue por la mar, buscando ventura, quedando Dorotea muy cuitada y triste»; cómo aportó Bruto á Galicia, cuyo señor era del linaje de los troyanos, y le llevó consigo á la conquista de Inglaterra, habitada entonces por furibundos jayanes, que no tenían armas de hierro, sino de cuero ó de cuerno; la lucha personal en que el agigantado caballero gallego, enteramente desnudo y sin más armas que sus puños, triunfó del rey de Inglaterra y decidió del éxito de la contienda en favor de Bruto. Mientras estas cosas sucedían en las islas Británicas, la reina Dorotea, que «por la vida limpia que vivía fue tenida por deesa en aquel tiempo y fue una de las sebilas que fablaron ante de la venida de Jesu Christo», había triunfado en campal batalla de su hermano Menelao, y armando una gran flota con naves de Tarso y de Constantinopla, se había hecho á la mar en demanda de su marido, había vencido en el estrecho de Gibraltar á una escuadra africana, valiéndose de su arte _matemática_ y _nigromántica_, y finalmente, llegaba á reunirse con su esposo, que la recibió con gran triunfo. Quede para más desocupado y sagaz investigador el deslindar y poner en su punto los elementos españoles que al parecer contiene esta leyenda, en cuyos pormenores curiosísimos no puedo detenerme ahora[286].
En pocos, pero bellísimos romances, más artísticos que populares y más líricos que narrativos, dejó su huella el ciclo de la Tabla Redonda. Sólo tres admitió Wolf en la _Primavera_ y escasamente puede añadirse algún otro. Uno de estos romances, el primero de Lanzarote «Tres hijuelos había el rey» era ya calificado de antiguo, en tiempo de los Reyes Católicos, por el Maestro Antonio de Nebrija; los otros dos son del mismo estilo y deben de ser del mismo tiempo (principios del siglo XV ó fines del XIV á lo sumo); pero aunque tienen algo de peregrino y exótico en su factura, y domina en ellos un melancólico y vago lirismo, no hay razón para suponerlos derivados directamente de ningún _lay_ bretón ó francés. Lo natural es que hayan salido de los libros de caballerías en prosa. El que comienza «Ferido está don Tristan--de una muy mala lanzada» se conforma con la versión del Tristán castellano en prosa, y omite, como él, el episodio de la vela negra. El final de este romance, perdiendo con el tiempo su carácter legendario, ha persistido en la tradición popular hasta nuestros días. Los romances de _Doña Ausenda_, tan divulgados en Asturias y Portugal, atribuyen á cierta planta la misma virtud generadora que el antiguo poeta asignaba á la azucena que creció regada con las lágrimas de Tristán ó Iseo:
Júntanse boca con boca--cuanto una misa rezada; Llora el uno, llora el otro--la cama bañan en agua; Allí nace vn arboledo--que azucena se llamaba, Cualquier mujer que la come--luego se siente preñada.
El segundo romance de Lanzarote «Nunca fuera caballero--de damas tan bien servido», célebre por la cita de Cervantes, parece una imitación libre y general de las aventuras de este ciclo; pero el que comienza _Tres hijuelos había el rey_, cuyo origen no pudo descubrir Milá en los poemas que en su tiempo se conocían, tiene el mismo argumento que el poema neerlandés (flamenco ú holandés) de _Lanzarote y el ciervo del pie blanco_, que procede, sin duda alguna, de un texto francés perdido, y sólo en francés pudo ser accesible á nuestro juglar[287].
Al primer tercio del siglo XIV pertenece, en la opinión de buenos jueces, un fragmento del _Tristán_ castellano en prosa contenido en un códice de la Biblioteca Vaticana, del cual ha publicado un facsímile Ernesto Monaci. Y la misma antigüedad alcanza otro pequeño fragmento que acaba de hallar en las guardas de un manuscrito de nuestra Biblioteca Nacional el Sr. D. Adolfo Bonilla, que ha de publicarle muy pronto.
En los inventarios de las bibliotecas del siglo XV es corriente la mención de estos libros, bastando citar uno solo, porque es acaso donde menos se esperaría encontrarla. La Reina Católica poseía, entre los libros de su uso que estaban en el alcázar de Segovia, á cargo de Rodrigo de Tordesillas, en 1503, los tres volúmenes siguientes:
Núm. 142. «Otro libro de pliego entero de mano escripto en romance, que se dice de _Merlin_, con coberturas de papel de cuero blancas, é habla de _Jusepe ab Arimathia_.
Núm. 143. Otro libro de pliego entero de mano en romance, que es la _tercera parte de la demanda del Santo Greal_; las cubiertas de cuero blanco.
Núm. 144. Otro libro de pliego entero de mano en papel de romance, que es la _historia de Lanzarote_, con unas coberturas de cuero blanco»[288].
La imprenta madrugó mucho para difundir este género de libros. Ya en 1498 había salido de las prensas de Burgos _El Baladro del sabio Merlín con sus profecías_[289], según resulta de las investigaciones de Gastón París (que no son definitivas, sin embargo, puesto que sólo conoció de este libro algunos extractos y la tabla de los capítulos). El _Baladro_ contiene no sólo el _Merlín_ de Roberto de Boron y parte de la continuación de autor anónimo, sino que los dos últimos capítulos parecen ser traducción del episodio capital del _Conte du Brait_, de Elías, cuyo original francés se ha perdido[290].
Hay otro _Baladro_ distinto de éste, á lo menos en parte, y adicionado con una serie de profecías, el cual se imprimió varias veces juntamente con la _Demanda del Santo Grial_[291].
Y hubo finalmente un _Tristán de Leonís_, ya impreso en Valladolid en 1501[292], que seguramente es traducción de una de las últimas novelas francesas en prosa. Al señor Bonilla, que muy pronto nos dará reimpresos estos rarísimos libros, toca apurar las semejanzas y diferencias que ofrecen con sus prototipos, y lo hará sin duda como de su mucha erudición y recto juicio se espera.
Á pesar del gran interés novelesco y sentimental de estas peregrinas historias, fueron muy pronto arrolladas por la furiosa avenida de los libros indígenas de caballerías que aparecieron después del _Amadís de Gaula_. Ninguno de los del ciclo arturiano parece haber sido reimpreso después de la mitad del siglo XVI. Ninguno de ellos estaba en la librería de D. Quijote, el cual, sin embargo, hizo donosa conmemoración de este ciclo en el capítulo XIII de la _Primera Parte_: «¿No han vuestras mercedes leído los anales é historias de Inglaterra donde se tratan las famosas hazañas del Rey Arturo, que comúnmente en nuestro romance castellano llamamos el Rey Artús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este Rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo, y que andando los tiempos ha de volver á reinar y á cobrar su reino y cetro, á cuya causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen Rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los Caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron sin faltar un punto los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance y tan decantado en nuestra España de:
Nunca fuera caballero De damas tan bien servido, Como fuera Lanzarote Cuando de Bretaña vino; con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos».
Un solo libro de esta familia caballeresca citó nominalmente Cervantes, y es también el único que muy abreviado forma todavía parte de la biblioteca de cordel. Es la _Crónica de los nobles caballeros Tablante de Ricamonte y Jofre, hijo de D. Asson, é de las grandes aventuras y hechos de armas que uvo yendo á libertar al conde don Milian, que estaba presso, la cual fué sacada de las crónicas é grandes hazañas de los caballeros de la Tabla Redonda_[293]. «¡Bien haya mil veces el autor de _Tablante de Ricamonte_ (exclamó Cervantes)... y con qué puntualidad lo describe todo!» (Parte 1.ª, capítulo XVI). Pero el elogio debe de ser tan irónico como el que allí mismo hace del autor que escribió _Los hechos del Conde Tomillas_ (el _Enrique Fi de Oliva_), pues el _Tablante_ es muy corto y muy seco en la narración, á pesar de las aventuras que en él se acumulan, y cuyo verdadero héroe es Jofre, hijo del conde D. Asón. Él es quien vence á un enano, hijo del Diablo; él quien allana la torre encantada de Montesinos; él quien mata al Malato, poniendo en libertad á una doncella y trescientos niños que tenía encarcelados para degollarlos; él quien obliga á todos los caballeros andantes que va venciendo á ir á la corte de Camelot á prestar homenaje á la reina Ginebra; él, finalmente, quien triunfa en singular batalla del feroz Tablante, y pone en libertad al conde D. Milián, á quien aquél se complacía en azotar públicamente dos veces al día para afrentar á su rey Artús y á la reina Ginebra.
El original remoto de esta novela es un poema provenzal del siglo XIII, _Jaufre e Brunesentz_, publicado por Raynouard[294]. Brunesentz (_Brunessen_ en el texto castellano) es el nombre de la sobrina del conde D. Milián, con quien se casa Jofre después de su victoria. _Taulat de Rugimon_ es el nombre que Tablante tiene en este poema, dedicado á un rey de Aragón, que no puede ser D. Pedro II, como creyó Fauriel[295], sino D. Jaime el Conquistador, como han probado Bartsch y Gastón París[296]. Pero el libro de caballerías español no procede inmediatamente de este poema, sino de una redacción en prosa francesa, atribuida, según era costumbre en esta clase de libros, al _honrado varón Felipe Camus_, cuyo nombre debía de ser muy popular en España, puesto que tantas novelas se le adjudicaron además del _Oliveros de Castilla_ (que realmente tradujo) y hasta se puso su nombre en una edición del _Tristán de Leonís_.
Independientes de la Tabla Redonda, pero enlazadas con otro género de leyendas bretonas, aparecen las fabulosas narraciones relativas al Purgatorio de San Patricio, que tienen en nuestra literatura tan varia y rica representación, comenzando por el apócrifo viaje del caballero Ramón de Perellós en 1398, cuyo original catalán se ha perdido, pero del cual restan una traducción provenzal del siglo XV, recientemente impresa[297], y una latina del XVII. El autor de esta relación, fuese Perellós ú otro que tomó su nombre, no hizo más que apropiarse el viaje al otro mundo que se suponía hecho en 1153 por el caballero irlandés Owenn (el _Ludovico Enio_ de Calderón). La _Visio Tungdali_, otra forma más conocida de dicha leyenda, fué puesta dos veces en catalán, llamando _Tutglat_ al protagonista[298]; otras dos veces se tradujo al portugués con el nombre de _Tungulu_[299], y en castellano fué impresa con el rótulo de _Historia del virtuoso caballero don Tungano, y de las grandes cosas y espantosas que vido en el infierno y en el purgatorio y el parayso_[300]. Pero ni de estos libros ni de la nueva forma que dió á la leyenda el doctor Juan Pérez de Montalbán en su _Vida y purgatorio de San Patricio_ (1627), fuente única de la comedia de Lope de Vega _El mayor prodigio_, y de la famosa de Calderón _El Purgatorio de San Patricio_, nos incumbe tratar aquí, porque este género de temas no pertenecen en rigor á la historia de la novela, sino á la de las leyendas hagiográficas, campo vastísimo que reclama para sí solo la labor de muchos investigadores. Por igual motivo prescindo de las leyendas, también de origen céltico, relativas á los viajes de San Brandán, de las cuales queda un reflejo en nuestra _Vida de San Amaro_[301], y de los mitos geográficos que con ellas se enlazan, y que no estaban olvidados por cierto en la grande época de las navegaciones y los descubrimientos de portugueses y castellanos.
V
APARICIÓN DE LOS LIBROS DE CABALLERÍAS INDÍGENAS.--«EL CABALLERO CIFAR».--ORÍGENES DEL «AMADÍS DE GAULA».--LIBROS CATALANES DE CABALLERÍAS: «CURIAL Y GÜELFA», «TIRANTE EL BLANCO».--CONTINUACIONES DEL «AMADÍS DE GAULA».--CICLO DE LOS PALMERINES.--NOVELAS CABALLERESCAS SUELTAS.--LIBROS DE CABALLERÍAS Á LO DIVINO.--LIBROS DE CABALLERÍAS EN VERSO.--DECADENCIA Y RUINA DEL GÉNERO Á FINES DEL SIGLO XVI.
Aunque la opinión común, expresada ya por Cervantes en el donoso escrutinio de la librería de D. Quijote, da por supuesto que fué el _Amadís de Gaula_ el primer libro de caballerías que se escribió en España[302], afirmación que puede ser verdadera si se refiere á los orígenes remotos de la célebre novela, hay que considerar que la época de la composición del _Amadís_ es muy incierta y que hasta ahora el más antiguo libro de caballerías con fecha conocida es _El Caballero Cifar_, que pertenece sin disputa á la primera mitad del siglo XIV. En un largo prólogo que falta en la edición sevillana de 1512[303], pero que se halla en los dos códices de París y Madrid, únicos que se conocen de obra tan rara[304], comienza el autor hablando del jubileo de 1300 y de la ida á Roma del arcediano Ferrand Martínez, que trasladó á Toledo el cuerpo del cardenal D. Gonzalo García Gudiel, fallecido en 4 de julio de 1299, Por tratarse del primer cardenal que recibía sepultura en España, y por las dificultades que hubo que vencer en Roma para lograr la entrega del cadáver, se dió mucha importancia á este, suceso, y el autor refiere muy prolijamente cómo salieron á recibirle en Burgos el rey D. Fernando IV y su madre Doña María, y en Toledo el arzobispo D. Gonzalo Díaz Palomeque, sobrino del difunto; Entre otros personajes que va citando como asistentes á la traslación figura uno, el obispo de Calahorra D. Fernando González, que murió antes de 1305. Con esto tenemos la fecha aproximada del fúnebre viaje, y también la de _El Caballero Cifar_, cuyo autor, que bien pudiera ser el mismo Ferrand Martínez, arcediano de Madrid en la iglesia de Toledo, tuvo el raro capricho de anteponer esta relación á la historia de aquel caballero, la cual suponía trasladada de caldeo en latín y de latín en romance. El impresor de Sevilla suprimió el prólogo, sin duda por considerarle impertinente al propósito de la fábula; pero recalca mucho la antigüedad de la obra, que con efecto se manifiesta en el lenguaje, contemporáneo del de D. Juan Manuel, aunque mucho más rudo y pobre de artificio: «Puesto que el _stilo della sea antigo_, empero no en menos deue ser tenida: que avnque tengan el gusto dulce con el estilo de los modernos, no de vna cosa sola gozan los que leen los libros é historias...
«Por donde las tales obras son traydas en vilipendio de los grosseros. Assi que si de _estilo moderno_ esta obra carece, aprouechar se han della de las cosas hazañosas e aguadas que en ella hallarán, y de buenos enxemplos: e supla la buena criança de los discretos... las faltas della e _rancioso estilo_, considerando que la intención suple la falta de la obra».
El título verdadero, y completo de tan peregrino libro es: _Historia del Cavallero de Dios que avia por nombre Cifar, el qual por sus virtuosas obras et hazañosas cosas fue rey de Mentón_. Pero no sólo se cuentan sus hechos, sino también los de sus hijos Garfín y Roboán, el segundo de los cuales «vino á ser emperador de Tigrida». El título de _Caballero de Dios_ parece que anuncia un libro de caballerías _á lo divino_, género que abundó tanto en la literatura del siglo XVI, pero no lo es enteramente el _Cifar_, aunque encierra «muchas e catholicas doctrinas e buenos enxemplos, assi para cavalleros como para las otras personas de cualquier estado». Contiene además elementos de procedencia hagiográfica y el hecho mismo de hacer á Cifar natural de la India revela la influencia del _Barlaam y Josafat_, que veremos confirmada luego en las parábolas. Pero en conjunto el _Cifar_ no es libro de caballerías espirituales, sino mundanas, si bien recargado en extremo de máximas, sentencias y documentos morales y políticos, que le dan una marcada tendencia pedagógica y le afilian hasta cierto punto en el género que Amador de los Ríos llamaba _didáctico-simbólico_.
La composición, de esta novela es extrañísima, y son tantos y tan heterogéneos los materiales que en ella entraron, no fundidos, sino yuxtapuestos, que puede considerarse como un _spécimen_ de todos los géneros de ficción y aun de literatura doctrinal que hasta entonces se habían ensayado en Europa. Tiene, por tanto, capital importancia el estudio de sus fuentes, como acaba de mostrarlo en una excelente y erudita memoria el joven profesor norteamericano Carlos Felipe Wagner[305].
Para orientarse en el enmarañado laberinto del _Cifar_, hay que distinguir tres cosas; la acción principal de la novela, la parte didáctica y _paremiológica_ y los cuentos, apólogos y anécdotas que por todo el libro van interpolados.
La fábula principal, que es muy desordenada é incoherente, reproduce, aunque con notables variantes, una de las leyendas piadosas más populares en la Edad Media, la de San Eustaquio ó Plácido, narración de origen griego, que, popularizada en Occidente por el _Speculum Historiale_ de Vicente de Beauvais, por la _Legenda Aurea_ y por el _Gesta Romanorum_, fué vertida desde el siglo XIII en todas las lenguas principales de Europa. Ya hemos tenido ocasión de mencionar la traducción castellana publicada por Knust, que probablemente es anterior á _El Caballero Cifar_[306].
La historia de Plácido, aunque escrita con intento piadoso, pertenece al género de las novelas de aventuras y reconocimientos, cuyo más antiguo tipo cristiano son las _Clementinas_. Fácil era, por consiguiente, secularizarla cambiando los nombres de los personajes y algunas peripecias de la fábula, y esto fué lo que hizo el autor del _Cifar_, convirtiendo al Santo en caballero andante, pero sin borrar las huellas de la obra primitiva, que está recordada expresamente en el capítulo 42. Cuando el caballero Cifar se ve separado de su mujer y de sus hijos hace una fervorosa oración, rogando á Dios que torne á reunirle con su familia, así como había reunido «á Eustachion é Teospita, su muger, e sus fijos Agapito é Teospito». Expondremos rápidamente la marcha de los acontecimientos: