Part 25
Pedro, hijo del conde de Provenza, acababa de ser armado caballero, y deseando dar muestras de su valor y gentileza, se encamina á la corte de Nápoles, llevado por la fama de la bella Infanta Magalona, cuya mano iban á disputarse en unas justas los príncipes más ilustres y bizarros de Europa. Al partir le entrega su madre tres anillos. Como es de suponer, el novel caballero sale vencedor de todos sus rivales en el torneo; pero, á consecuencia de un juramento que había hecho, oculta constantemente su nombre y su linaje, con lo cual es claro que el rey no le concede la mano de su hija, pero le admite en su corte, donde muy pronto conquista el amor de Magalona, siendo medianera de su trato lícito y honesto la nodriza de la Princesa. El Caballero de las Llaves (que así se hacía llamar Pierres) da á su amada en prenda los anillos de su madre y la declara su verdadero nombre. Conciertan y emprenden los dos amantes la fuga, y al caer el sol llegan á un valle cercado de ásperas montañas. Magalona, rendida por la fatiga del camino, se duerme en el regazo de Pierres. Baja un gavilán y arrebata de encima de una piedra el cendal rojo que contenía los tres anillos. Pierres se lanza en persecución del gavilán, que vuela de roca en roca, hasta salir del valle y llegar á la orilla del mar, de donde pasa á una isla desierta que distaba próximamente doscientos pasos. Pierres no desiste de seguir al ave de rapiña, y viendo amarrada una barca á la ribera, entra en ella, empuña el timón y se dirige hacia la isla. De pronto se desencadena un viento furioso que arrastra la embarcación á alta mar, donde es asaltada por una nave de corsarios sarracenos, que llevan cautivo á Pierres á la corte del Soldán de Alejandría, y allí permanece tres años.
Entre tanto, Magalona, abandonada en el bosque y próxima á la desesperación, había sido recogida por una peregrina, que cambió con ella de vestidos y la puso en camino de Roma. Aquí comienza la parte devota de la leyenda, que fué quizá la causa principal de que el piadoso canónigo Bernardo de Treviez la consignase por escrito. Magalona, después de muchas oraciones, penitencias y austeridades, y de recorrer varias tierras en hábito humilde, recogiendo limosnas, funda un hospital de peregrinos cerca del Puerto de Aguas Muertas, y cobra gran fama de santidad en todo el Mediodía de Francia, mereciendo especial protección del Conde y la Condesa de Provenza, que lloran muerto á su hijo Pierres desde el día en que unos pescadores hallaron en el vientre de un monstruoso cetáceo el tafetán con los tres anillos. Fácil es adivinar el desenlace de esta historia. Pierres, libre del cautiverio, llega un día al hospital de Magalona; los dos amantes se reconocen, y la novela termina con sus bodas, que se celebran en Marsella, con gran regocijo de sus padres.
Á pesar de la pía intención con que parece haberse escrito esta novela, no falta en ella algún cuadro de graciosa sensualidad, digno de la pluma de Boccaccio, ni es maravilla, por lo tanto, que nuestro rígido moralista Luis Vives la incluyese en el severo anatema que lanza contra las fábulas deshonestas, en el cap. V., lib. I, de su tratado _De institutione christianae feminae_, haciendo muy curiosa enumeración de las que eran más leídas y celebradas en su tiempo[244].
El episodio del pájaro que arrebata los anillos se encuentra también en un poema francés del siglo XIII _L'Escoufle_ (el milano), y debe de ser de procedencia oriental, puesto que se halla también en un cuento de _Las Mil y una noches_ (historia del príncipe Camaralzamán y la princesa Badura).
Al mismo grupo de novelas erótico-caballerescas en que figuran _Flores y Blanca Flor_ y _Pierres y Magalona_ puede reducirse la _Historia de Paris y Viana_, libro de origen provenzal, traducido al francés en 1487 y del francés al castellano[245]. Hay una traducción catalana, al parecer independiente de ésta, y fragmentos de una redacción aljamiada[246]. Como todos los demás libros de su género hubo de tener primitivamente forma poética. Ya á principios del siglo XV era conocida en Castilla, según lo acreditan unos versos de Micer Francisco Imperial compuestos en 1405, con ocasión del nacimiento de D. Juan II:
Todos los amores que ovieron Archiles Paris et Troilos de los sus señores, Tristan, Lançerote, de las muy gentiles Sus enamoradas é muy de valores; El é su muger ayan mayores Que _los de Paris_ é _los de Vyana_ E de Amadis é los de Oryana, E que los de Blancaflor é Flores.
Se ha querido ver en esta novelita una alegoría histórica, la anexión del Delfinado á Francia, cumplida al mediar el siglo _XIV_; pero aunque los nombres de los personajes induzcan á sospecharlo, el argumento se reduce á una sencillísima fábula de amor constante y perseguido, amenizada con los habituales recuerdos de las Cruzadas y el obligado cautiverio en Palestina.
No hay duda en cuanto al origen de la _Historia de la linda Melosina, mujer de Remondin, la qual fundó á Lezinan y otras muchas villas y castillos por extraña manera: la qual ovo ocho hijos: los quales dellos fueron reyes y otros grandes señores por sus grandes proezas_, libro impreso en Tolosa en 1489; porque los mismos impresores Juan Paris y Esteban Clebat alemanes, declaran que «con gran diligencia le hizieron pasar de francés en castellano», y en efecto es traducción del libro de Juan de Arras, impreso en Ginebra en 1478. Hay textos del siglo XIV, en prosa y en verso, sobre el mismo asunto. Es un cuento de hadas localizado en Francia, pero que tiene grandes analogías con los del ciclo bretón y acaso procede de tradiciones célticas consignadas en algún _lai_.
No hemos tenido ocasión de leer el rarísimo libro _Del Rey Canamor y del infante Turian su fijo_[247]; pero á juzgar por el largo romance juglaresco que sobre motivos de esta novela compuso Fernando de Villarreal[248], relatando el rapto de la infanta Floreta por el príncipe Turián, le creemos del mismo género y procedencia que los anteriores, sin ningún carácter español. Á mayor abundamiento tenemos el testimonio de Luis Vives, que cita entre los libros más leídos en Bélgica el de _Leonella et Canamorus_; Leonela es el nombre de la reina, mujer de Canamor y madre de Turián.
Casi todos los libros que vamos citando convienen en ser novelas de amor, contrariado al principio y triunfante al fin, más que de caballerías y esfuerzo bélico, y seguramente eran destinados al solaz y pasatiempo de la sociedad más culta y aristocrática, especialmente de las mujeres. Compuestos al principio en el ligero metro narrativo de nueve sílabas y reducidos luego á cortos libros en prosa, hasta por su tamaño contrastaban con los cantares de gesta y con las grandes compilaciones historiales, formadas, en buena parte, de materiales poéticos. Pero al lado de estas frívolas y galantes narraciones, donde las aventuras de mar y tierra, las escenas de esclavitud y de naufragio, y á veces (como en _Partinuplés_ y en _Melusina_) los encantamientos y las transformaciones mágicas, sólo servían para hacer resaltar la invencible pasión de los amantes, hubo otras de tendencia moral y religiosa, consagradas á enaltecer el heroísmo de la virtud ó la eficacia del arrepentimiento. Dos obras muy importantes de este género forman todavía parte de nuestra biblioteca de cordel. Una es el _Oliveros de Castilla_ y _Artús de Algarve_, cuya más antigua edición conocida (Burgos, 1499) acaba de ser espléndidamente reproducida por el bibliófilo norteamericano Mr. Archer Huntington[249]. Es traducción del texto francés impreso en Ginebra, 1492, y reproduce hasta los cuarenta grabados que le exornan[250]. En el preámbulo se declara lisa y llanamente la historia de este libro, que sin razón alguna ha estado pasando por español entre los bibliófilos nacionales y forasteros: «Entre las quales ystorias fue fallada una en las corónicas del reyno de Inglaterra que se dize la ystoria de Oliveros de Castilla e de Artus d'Algarbe su leal compañero y amigo... E fue la dicha ystoria por excelencia levada en el reyno de Francia e venida en poder del generoso e famoso cavallero don Johan de Ceroy, señor de Chunay: el qual deseoso, del bien comun, la mando volver en comun vulgar francés... y la trasladó el honrrado varon Felipe Camus, licenciado _in utroque_. Y como viniesse á noticia de algunos castellanos discretos é desseosos de oyr las grandes cavallerías de los dos cavalleros y hermanos en armas pescudaron y trabajaron con mucha diligencia por ella, á cuyo ruego y por el general provecho _fue trasladada de francés en romance castellano_ y empremida con mucha diligencia y puesto en cada capítulo su ystoria, porque fuesse más fructuosa y aplacible á los lectores y oydores». Felipe Camus es, pues, el autor ó traductor francés, y no el castellano, como creyó Nicolás Antonio y han repetido otros muchos.
En _Oliveros de Castilla y Artús de Algarbe_ hay combinación de dos temas poéticos diversos: uno es el de _Amis y Amile_ (_Amicus et Amelius_), dos perfectos amigos y compañeros de armas, cuya mutua y heroica adhesión se acrisola con las más extraordinarias pruebas, llegando el uno á degollar á sus hijos para curar de la lepra al otro lavándole con la sangre de ellos, encontrándolos luego milagrosamente resucitados. Un cantar de gesta del siglo XIII, que fué refundido y amplificado en el XIV y en el XV; una leyenda latina en prosa y otra en versos hexámetros; un _milagro_ ó pieza dramática, y otras varias formas más ó menos antiguas acreditan el vasto desarrollo de esta fábula[251]. Con ella entrelazó el autor del _Oliveros_ otra igualmente popular y antiquísima, la del _Muerto agradecido_, fundada en la antigua costumbre jurídica de la privación de sepultura á los deudores[252]. El muerto, cuyo cadáver había rescatado Oliveros de manos de sus acreedores, se le aparece en las situaciones más críticas y le saca triunfante de todos los peligros y de las más temerarias empresas. Nuestra literatura vulgar se apoderó de este argumento en los romances de _La Princesa cautiva_, y sobre él construyeron Lope de Vega sus dos comedias de _Don Juan de Castro ó hacer bien á los muertos_ y Calderón la suya _El mejor amigo el muerto_[253].
Del libro francés, popular todavía, _La vie du terrible Robert le diable_, publicado en 1496, procede _La espantosa y admirable vida de Roberto el diablo, assi al principio llamado: hijo del duque de Normandia: el qual despues por su sancta vida fue llamado hombre de Dios_, impresa en Burgos, 1509[254], cuento fantástico y devoto en que la inagotable misericordia divina regenera á un monstruoso pecador, engendrado por arte diabólica en castigo del temerario y sacrílego ruego de su madre. La terrible penitencia que un ermitaño le impone, obligándole á permanecer mudo, á pasar por loco y á no probar alimento alguno sin arrancarle antes de la boca de un perro, es el episodio más original y famoso de esta leyenda, que no sólo penetró en nuestro teatro, sino que en el siglo XVII recibió nueva forma novelesca en _El Conde Matisio_, de D. Juan de Zabaleta.
En la enumeración que precede no hemos seguido orden cronológico, porque es imposible establecerle entre obras cuya fecha precisa se ignora. Creemos, sin embargo, que la mayor parte de los libros extranjeros de caballerías fueron traducidos durante el siglo XV. Algunos hay, sin embargo, de fecha positivamente anterior, que hemos reservado para este lugar por su mayor analogía con los del ciclo bretón.
Las más antiguas ficciones de este género que pueden leerse en castellano son sin duda las que contiene la _Gran Conquista de Ultramar_, vasta compilación histórica relativa á las Cruzadas, que ya hemos tenido ocasión de mencionar tratando del ciclo carolingio. No sabemos á punto fijo si el compilador tuvo á la vista algunos poemas franceses ó si (como parece más verosímil) los encontró ya incorporados en una crónica en prosa, aunque ninguna de las que se conocen hasta ahora en francés corresponde exactamente con la nuestra. En torno de la primera Cruzada se había formado un ciclo épico, dividido en cinco ramas: la _Canción de Antioquía_, la de _Jerusalén_, los _Cautivos_, _Helías_ y la _Infancia de Godofredo de Bullón_. Algunos de estos poemas eran esencialmente históricos; otros, por el contrario, habían nacido de libre invención de los juglares ó eran antiguas fábulas mitológicas transformadas en leyendas heráldicas. Tal acontece con la del _Caballero del Cisne_ (supuesto antepasado de Godofredo), á quien se dedican en la _Gran Conquista_ más de cien capítulos[255], que impresos aparte formarían un libro de caballerías, no de los más breves y seguramente de los más poéticos y entretenidos. En cuentos populares se encuentran esparcidos muchos de los rasgos de esta bellísima historia. La infanta Isomberta, embarcándose á la ventura en un batel que encuentra amarrado á un árbol, y dejándose ir por el mar sin velas ni remos, aporta á una ribera por donde andaba de caza el conde Eustacio. «Los canes de la caza, que andaban delante del conde, aventaron la doncella é fueron yendo hacia do ella estaba, é desque la vieron fueron contra ella, ladrando muy de recio. La infanta, con el gran miedo que hobo de los canes, metióse en una encina hueca que falló allí cerca; é los canes que la vieron cómo se metia ahí, llegaron á la encina é comenzaron á ladrar en derredor della. E el conde, cuando vió los canes latir é ladrar tan de apriesa é tan afincadamente, creyó que algún venado tenían retraído en algún lugar, é fuese para allí do los oia; é cuando llegó, oyó las voces que la infanta daba dentro en el tronco de la encina, con el gran miedo que había de los canes que la morderian de mala gana é la comerian...». Esta situación recuerda mucho el principio del célebre romance de la _Infantina_. El encuentro del caballero y la bella infanta para en matrimonio, como era de suponer; pero el odio de una madrastra (tema común de _folk-lore_, que inspiró los romances de _Doña Arbola_) viene muy pronto á emponzoñar su ventura. Da á luz Isomberta, en ausencia de su esposo que había partido para la guerra, siete niños de un parto[256], á quienes un ángel va colocando sendos collares de oro en los cuellos conforme nacen. Pero la maligna suegra hace creer á Eustacio, con un falso mensaje, que su mujer ha parido siete podencos adornados con collares de oropel ó alquimia. Y no satisfecha con este embuste, manda matar secretamente á la infanta y á los siete recién nacidos. El fiel caballero Bandoval, que tenía en custodia á Isomberta, no puede resolverse á tal atrocidad y deja abandonados á los niños en un monte, donde son criados por una cierva y amparados por un ermitaño. Aun en aquel escondido asilo los descubre el odio vigilante de su madrastra, que llega á apoderarse de seis de ellos y ordena á dos escuderos, Dransot y Frongit, que los maten. Pero al tiempo de quitarles los collares se convierten en hermosísimos cisnes y desaparecen volando. La vieja condesa irritada manda á un platero hacer una copa con todos los collares para evitar que pueda deshacerse el encanto. Pero el platero, asombrado con la cantidad de oro que logra fundiendo uno de los collares, éste solo emplea en la copa, reservando los otros cinco para sí. Entretanto, los niños transformados en cisnes habían llegado á un lago _muy grande é muy fondo_, cerca de la ermita donde vivía el único hermano suyo que conservaba forma humana. Tanto él como el ermitaño se quedan asombrados del extraño cariño que les manifiestan las hermosas aves nunca vistas en aquel estanque, y se deleitan y solazan con ellas amorosamente.
Á la sazón había vuelto de la guerra el conde Eustacio, y su mujer, acusada de adulterio, esperaba afrentoso suplicio en la fortaleza de Portemisa si no presentaba algún campeón que combatiese en su defensa. Sólo faltaban dos días para terminar el plazo, cuando la Providencia intervino milagrosamente en socorro de la inocencia calumniada y perseguida. Un ángel reveló en sueños al ermitaño el peligro de Isomberta y le intimó que fuese su hijo á libertarla. Así lo ejecuta el mozo, entrando al día siguiente en el palenque y venciendo y cortando la cabeza al caballero retador. Este episodio es un lugar común de todas las novelas caballerescas de decadencia, y sin ir más lejos ya le hemos encontrado en la _Reina Sevilla_. Más interesante es lo que se refiere al desencanto de los príncipes, que, como es de suponer, se realiza mediante los cinco collares que había reservado el artífice, pero quedando siempre encantado en forma de cisne el sexto, que se convierte desde entonces en guía y protector de su hermano.
¡Qué melancólica y dulce poesía tiene todo esto en el trozo de la crónica novelesca que vamos siguiendo!
«É este cisne, desque vió su madre, fuéle besar las manos con su pico, é comenzó á ferir de las alas é facer gran alegría é subirle en el regazo, é nunca todo el dia se quería partir della; é era tan bien acostumbrado, que nunca comia sino cuando ella, é nunca se quitaba de los hombres, é todo el dia queria estar con ellos, é no le menguaba otra cosa para ser hombre sinon la palabra é el cuerpo, que no habia de hombre, ca bien tenia entendimiento. É aquel mozo que lidió por su madre hobo esta gracia de nuestro Señor Dios sobre todas las otras gracias que él le ficiera: que fuese vencedor de todos los pleitos é de todos los rieptos que se ficiesen contra dueña que fuese forzada de lo suyo ó reptada como no debia; é aquel su hermano que quedó hecho cisne, que fuese guiador de le levar á aquellos lugares do tales rieptos ó tales fuerzas se facian á las dueñas, en cualquier tierra que acaesciese; é por eso hobo nombre el Caballero del Cisne, é asi le llamaban por todas las tierras do iba á lidiar, é no le dician otro nombre sino el Caballero del Cisne... E cuando este cisne lo levaba iban en un batel pequeño, é levábanlo en esta guisa: tomaban aquel batel é levábanlo á la mar, que era muy cerca de aquella tierra do habia el condado su padre, é desque era en la mar ataban al batel una cadena de plata muy bien fecha, é demás desto ponian al cisne un collar de oropel al cuello, ó tomaba el caballero su escudo é su fierro de lanza é su espada, é un cuerno de marfil á su cuello, é desta guisa le levaba el cisne por la costera de la mar, fasta que llegaba á cualquier de aquellos rios que corriese por aquellas tierras do él hobiese á lidiar».
El resto de la historia narra largamente las proezas del Caballero del Cisne, especialmente el desafío que tuvo en Maguncia con el duque de Sajonia Rainer, sosteniendo el reto de la duquesa de Bullón y de Lorena (asunto que Pedro del Corral transportó á Toledo en su fabulosa _Crónica de Don Rodrigo_), y el matrimonio que contrajo con Beatriz, hija de esta duquesa, «con tal condición que nunca le preguntase cómo había nombre ni de cuál tierra era». El interés romántico mengua mucho en esta última parte de la novela, que es algo cansada y prolija; pero se reanima con la indiscreta curiosidad de la condesa, que cual otra Psiquis quiere averiguar el nombre de su incógnito esposo y se ve castigada de igual manera, y lo que es peor, sin esperanza de redención, pues aun el hechizado cuerno de marfil que su esposo le había entregado como prenda de cariño al abandonarla, «en que había tres cercos de oro con muchas piedras preciosas é de gran virtud», tuvo el desconsuelo de vérsele arrebatar por el cisne, en pena de no haberle guardado tan limpiamente como debiera del contacto de manos profanas, «poniéndolo con los otros que estaban allí para cuando fuesen sus hombres á caza». Enciéndese á deshora un gran fuego en su palacio: los burgueses y la gente de la villa corren en tumulto á apagarle, y «cuando ellos estaban así mirando, vieron venir un cisne muy grande á maravilla volando por el aire, tan albo como una nieve. E cuando llegó al lugar del fuego voló tres veces derredor, é dió una muy gran voz, é cogió las alas, é dejóse meter por medio de la puerta del palacio, por do salía la llama mayor, é entró así, que sola una péñola no se le quemó, ni le embargó el fuego, ni le fizo ningún pesar en cosa; é tomó el cuerno de marfil con el pico por los colgaderos, e salió con él por medio de la puerta muy desembargadamente é sin ningún peligro, é comenzóse á alzar é ir volando así con él hasta que le perdieron de vista». También de este pasaje hubo de acordarse Pedro del Corral para contar la destrucción de la Casa encantada de Toledo y la aparición del ave fatídica entre sus cenizas. No puede dudarse que la _Gran Conquista_ dejó huella en nuestros libros indígenas de caballerías: Gayangos ha señalado frases idénticas en la historia del Caballero del Cisne y en el _Amadís de Gaula_, y Puymaigre sospechó que el episodio de Amadís y Briolanja pudo tener su tipo en el _gran ofrecimiento_ que de su persona hizo al joven Gudufre de Bullón la doncella cuyas tierras había rescatado de la tiranía de Guión de Montefalcone: «Cuando la doncella vio que por Gudufre de Bullón había la tierra cobrado, cayó á los pies é pidióle merced que della é de cuanto había feciese á su voluntad; é él respondió que gelo grádescía mucho, mas que aquella lid no tomara él por amor de mujer ni por cobdicia de haber nin de tierra, salvo tan solamente por Dios é por el derecho que él creía firmemente que ella tenía. Mas pues que ella había cobrado su tierra no demandaba él más, é con aquello era él pagado». (Lib. I, cap. CLI).
No es el poema del Caballero del Cisne el único del ciclo de las Cruzadas que entró en el vasto cuadro de la _Crónica de Ultramar_. Al mismo género pertenecen la historia de _Corbalán_ (Kerbogan, sultán de Mossul) y de su madre la profetisa _Halabra_; la de _Baldovin_ y la _sierpe_; la del conde Harpin de Bourges y su combate con unos ladrones, etc. Pero ninguna está contada tan extensamente ni con tanta independencia del asunto principal de la _Gran Conquista_ como la del _Caballero del Cisne_, á la cual tampoco iguala ninguna en valor legendario ni en atractivo estético. Aunque localizada por los troveros en el ducado de Cleves, la tradición mitológica en que se funda es mucho más antigua, y se la encuentra en otras partes: en una saga islandesa se supone que el Caballero del Cisne era hijo de Julio César. En Alemania hizo su triunfante aparición en 1200 con el nombre de _Lohengrin_, y ha sido renovado con inmensa gloria por el genio ardiente y profundo de Ricardo Wagner.
Siguen en antigüedad á las novelas contenidas en la _Gran Conquista de Ultramar_ las que halló Amador de los Ríos en un códice de la Biblioteca del Escorial, ya citado al hablar del _Noble Cuento del emperador Carlos Maynes_. Los restantes son (prescindiendo de cuatro vidas de santos) la _Estoria del rey Guillerme de Inglaterra_, el _Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia su fija et del buen caballero Esmere_, el _Fermoso cuento de una sancta emperatriz que ovo en Roma et de su castidat_ y la _Estoria del cavallero Plácidas, que fué después cristiano é ovo nombre Eustacio_.