Part 24
En Italia habían encontrado los relatos del ciclo carolingio segunda patria, supliendo la falta de una epopeya indígena. Cantados primero en francés y luego en una jerga franco-itálica, antes de serlo definitivamente en italiano, pasaron como materia ruda é informe á manos de los grandes poetas del Renacimiento, Pulci, Boyardo, Ariosto, que les dieron un nuevo género de inmortalidad, tratándolos con espíritu libre é irónico. La España del siglo XVI adoptó por suyos todos estos libros. El _Morgante maggiore_ estaba ya traducido en 1533 y su continuación en 1535[219]. Del _Orlando enamorado_, además de la traducción en prosa ya citada, pusieron en verso algunos cantos Francisco Garrido de Villena y Hernando de Acuña. El _Orlando furioso_ tuvo tres traductores, á cual más infelices, Hernando de Alcocer, el capitán Jerónimo de Urrea y Diego Vázquez de Contreras, sin contar á Gonzalo de Oliva, cuyo trabajo, muy superior al parecer, quedó inédito[220]. Otros poemas italianos de menos nombre ejercitaron también la paciencia de algunos intérpretes: así, _El nacimiento y primeras empresas del conde Orlando_, de Ludovico Dolce, castellanizado por el regidor de Valladolid Henríquez de Calatayud en 1594. Varios ingenios españoles intentaron proseguir la _materia de Francia_, tal como la habían entendido y tratado los poetas ferrareses. En tal empresa fracasaron el valenciano Nicolás de Espinosa, que quiso continuar al Ariosto en una _Segunda parte de Orlando_ (1558); el aragonés D. Martín de Bolea y Castro, que escribió una continuación del poema de Boyardo con el título de _Orlando determinado_ (1578); Francisco Garrido de Villena, autor de _El verdadero suceso de la famosa batalla de Roncesvalles, con la muerte de los doce Pares de Francia_ (1583), y Agustín Alonso, que compuso otro _Roncesvalles_ con las _Hazañas de Bernardo del Carpio_ (1585). Pero luego cayó el asunto en mejores manos, y fueron verdaderos poetas los que celebraron las _Lágrimas_ y la _Hermosura_ de Angélica, y el inspirado obispo de Puerto Rico que hizo resonar de nuevo el canto de guerra de Roncesvalles, dando fantástica inmortalidad al héroe de nuestras antiguas gestas en un poema que es el mejor de su género en castellano y quizá la mejor imitación del Ariosto en cualquier lugar y tiempo. Libros de caballerías son todos estos, pero la circunstancia de estar escritos en verso y contener muchos materiales de origen clásico, propios de la poesía culta del siglo XVI y ajenos á la épica de la Edad Media, los excluye de nuestro análisis, bastando notar que en algunos de ellos reaparece y domina la versión española del tema carolingio tomada de las crónicas ó de los romances, pero se la trata de un modo novelesco y arbitrario, aunque á veces muy ingenioso, atendiendo sólo á recrear la imaginación y el oído con fáciles versos y peregrinas invenciones, de las que Horacio llamaba _speciosa miracula_. Todo esto no pasó de la poesía erudita; el pueblo se contentó con leer el _Fierabrás_, y ni siquiera parece haber conocido el libro popular italiano _I Reali di Francia_, que sólo muy tardíamente explotó Lope de Vega para una comedia, _La Mocedad de Roldán_, y el navarro Antonio de Eslava para algunas de sus _Noches de invierno_, no impresas hasta 1609, fuera, por consiguiente, del período que ahora estudiamos. En la literatura portuguesa no tuvo representación alguna este ciclo, como no se tenga por tal una traducción muy moderna del _Carlomagno_ castellano seguida de dos extravagantes continuaciones. El gusto de aquel pueblo, inclinado con preferencia á las ficciones de la Tabla Redonda, puede explicar este vacío; pero es muy singular que se note también en la literatura catalana, contra lo que pudiera esperarse de las antiguas relaciones de la Marca Hispánica con el Imperio carolingio y de la parte que tomaron los francos en la reconquista del Principado. Verdad es que en aquella privilegiada porción de España no parece haberse despertado el genio épico durante la Edad Media, dominando solas la poesía lírica, la literatura didáctica y la historia.
Antes de pasar al ciclo bretón, que comparte con el carolingio los vastos dominios de la literatura caballeresca de los tiempos medios, diremos dos palabras acerca de otras novelas no pertenecientes á dichos ciclos, algunas de las cuales pueden considerarse como de transición entre el uno y el otro. No incluiremos entre ellas las pocas que tratan asuntos de la antigüedad clásica, porque es patente su carácter erudito y su derivación literaria de obras compuestas en la decadencia greco-romana. Tal sucede con la historia fabulosa de Alejandro, que ya en el siglo II de nuestra era circulaba en Alejandría á nombre del falso Calístenes, y que antes de la mitad del siglo IV había sido traducida al latín por Julio Valerio, de cuya obra se hizo en tiempo de Carlomagno un _Epítome_ que sirvió de base á los poemas franceses del siglo XII (Alberico de Besanzón, imitado en alemán por el clérigo Lamprecht, Simón, Lamberto Li Tort y sus continuadores)[221]. En España (prescindiendo de las versiones aljamiadas, cuyo origen es persa), este ciclo está representado exclusivamente por un poema de _clerecía_ del siglo XIII, que, si hemos de atenernos al testimonio de un códice recientemente hallado, hay que contar entre las obras de Gonzalo de Berceo. Su erudito autor, fuese quien fuese, conoció y explotó en gran manera dos de los poemas franceses, pero tomó por fuente principal de su obra y tradujo casi íntegramente un poema latino de fines del siglo XII, la _Alexandreis_ de Gualtero de Châtillon, que representa con mucha más pureza la tradición clásica, puesto, que es por lo común una paráfrasis de Quinto Curcio. El poeta castellano parece haber consultado además el _Liber de praeliis_ (nueva traducción del pseudo-Calístenes hecha por el arcipreste León en el siglo X), y acaso la epístola fabulosa de Alejandro á Aristóteles sobre las maravillas de la India[222]. Resultó, por consiguiente, el _Alejandro_ castellano una producción de carácter mixto, en que se combinan los elementos medioevales con los clásicos, y que tiene además carácter enciclopédico por el gran número de digresiones geográficas, astronómicas y morales que contiene.
Uno de los episodios más extensos del _Alejandro_ es el pasaje relativo á la guerra de Troya (estancias 299-716), que aquí por primera vez aparece en nuestra literatura y que luego tuvo numerosas versiones en prosa. Bajo el título común de _Crónica Troyana_ se han confundido obras diversas, que importa deslindar aunque sea rápidamente. Cuando en los tiempos de la decadencia greco-latina comenzó á perderse el culto y hasta el sentido de la poesía homérica, pulularon miserables rapsodias de sofistas que pretendían suplir lagunas de la narración, corregir errores, añadir circunstancias ignoradas por el padre de la poesía. Entonces se forjaron los dos insípidos libros que llevan los nombres de Dares frigio y Dictys cretense[223], supuestos héroes de la guerra de Troya y testigos de su ruina, aunque en opuestos campos. Todo mueve á creer que estas crónicas fabulosas se escribieron primeramente en griego, pero no las tenemos más que en latín. La de Dares se dice encontrada y traducida por Cornelio Nepote y dedicada por él á Salustio; embrollo y ficción pura, que se desmiente por lo bárbaro del estilo, indigno de la era de Augusto. En la obra de Dictys, que está mejor escrita, comienza la novela desde el prefacio. Un temblor de tierra dejó patente, en tiempo de Nerón, el sepulcro del guerrero cretense cerca de Gnoso; en él pareció una caja de plomo, que contenía, escritas en caracteres fenicios, sus memorias sobre el sitio de Troya; un tal Eupraxidas las tradujo al griego, y las puso en latín Lucio Septimio. Pero la crítica más benévola no concede á esta falsificación mayor antigüedad que la del siglo IV. El libro atribuido á Dares es un epítome sumamente descarnado, en que apenas ofrece interés otra cosa que el episodio de los amores de Polixena y muerte de Aquiles. En general, se aparta menos que Dictys de la tradición homérica; el falso griego demuestra más talento de invención que el falso troyano. Personajes secundarios de la antigua epopeya, como Palamedes, Troilo, tienen aquí una leyenda muy desarrollada.
Olvidado Homero en la Edad Media ó sustituído á lo sumo con el epítome del pseudo-Píndaro tebano, los poetas en lengua vulgar y aun los _clérigos_ que cultivaban exclusivamente la latina se lanzaron ávidamente sobre las novelas de Dictys y Dares, que afectaban gran puntualidad histórica, y en la cándida ignorancia de aquellos tiempos pasaban por libros auténticos y mucho más fidedignos que la _Iliada_, á cuyo autor se tachaba de mentiroso y mal informado[224]. Un poeta de Turena, Benito de Sainte-More, compuso por los años de 1160 y dedicó á la reina de Inglaterra Leonor de Aquitania un _Roman de Troie_[225] en más de treinta mil versos pareados de nueve sílabas (para los franceses de ocho), forma que desde principios del siglo XVI había sustituído al antiguo metro épico en las narraciones que se destinaban, no al canto, sino á la lectura. Amplificó prodigiosamente y con fácil estilo las dos narraciones fabulosas que tenía á la vista; añadió como introducción la historia de los Argonautas; aduló la vanidad nacional con el supuesto parentesco entre los Francos y los Troyanos; transportó al mundo feudal los héroes pelasgos y aquivos; modificó á su guisa los caracteres y las costumbres con muy gracioso anacronismo, y tuvo el mérito de inventar, entre otros episodios, uno de amor que tuvo grande éxito, el de Troilo y Briseida, que inspiró sucesivamente á Boccaccio en su poema _Filostrato_, á Chaucer en el suyo _Troilus and Cressida_ y á Shakespeare en su tragedia del mismo nombre.
El poema de Benito de Sainte-More fué traducido al alemán y á otros idiomas y compendiado en prosa francesa; pero todavía más que en su lengua primitiva corrió por Europa en la refundición latina que hizo Guido delle Colonne, juez de Messina, con el título de _Historia Troiana_ (comenzada en 1272, terminada en 1287), callando maliciosamente su verdadero original, refiriéndose sólo á Dictys y Dares y dando al libro una pedantesca apariencia histórica que contribuyó á su crédito entre los letrados[226].
Todas las variantes, así italianas como españolas, que se conocen de la _Crónica Troyana_ se fundan ó en la _Historia de Guido de Columna_ ó en el poema de Benito de Sainte-More. Nuestros antiguos eruditos, y el mismo Amador de los Ríos, que dió abundantes noticias de los códices de este ciclo, confundieron ambos grupos ó familias, que comenzó á distinguir el docto profesor Adolfo Mussafia en una Memoria publicada en 1871[227]. Para deslindarlas completamente sería precisa la comparación de todos los textos que hoy se conocen: tarea que no hemos podido realizar aún, y que, por otra parte, sería impropia de este lugar. Daremos noticia sólo de las principales versiones, prescindiendo de la del poema de Alejandro que está tomada á medias de Guido de Columna y de la _Iliada_ del pseudo Píndaro tebano.
Del enorme _Roman de Troie_, de Benoît de Sainte-More, tenemos dos traducciones castellanas hechas del francés y otra gallega hecha del castellano. Su respectiva filiación, así como el tiempo en que se tradujeron y las personas para quien los códices se escribieron, constan en las suscripciones finales de una y otra. «Este libro mandó faser (dice la castellana) el muy alto e muy noble e muy escelent rey don Alfonso, fijo del muy noble rey don Fernando e de la Reyna doña Costanza. E fue acabado de escribir e de estoriar en el tiempo que el muy noble rey don Pedro su fijo regnó all cual mantenga Dios al su servicio por muchos tiempos et bonos. Et los sobredichos donde él viene sean heredados en el regno de Dios. Amen. Fecho el libro postremero dia de diziembre. Era de mill et trecientos et ochenta et ocho años. Nicolas Gonçales, escriban de los sus libros, lo escribi por su mandado».
El códice gallego más completo de los dos que se han conservado[228] traduce la suscripción del _escribán_ castellano y añade: «Este liuro foy acabado VIII dias andados do mes de Janeyro, era de mill é quatroçentos et onze años». El que escribió en parte y dirigió en lo demás la copia de este códice fué, según consta en otra suscripción, el clérigo Fernán Martis (¿Martínez?), capellán de Fernán Pérez de Andrade. Es inestimable el valor lingüístico de esta versión (que parece hasta ahora el monumento más antiguo de la prosa literaria gallega); pero ha de tenerse en cuenta que es traducción de traducción, y que abunda por tanto en formas castellanas y francesas. Publicada ya con estricto rigor paleográfico, gracias á los desvelos de D. Andrés Martínez Salazar[229], ofrece abundante y novísima materia al estudio de los filólogos.
Del Canciller Pero López de Ayala dijo Fernán Pérez de Guzmán en sus _Generaciones y semblanzas_ que «por causa dél son conocidos algunos libros que antes no lo eran», contando entre ellos la _Historia de Troya_. No parece que esto pueda entenderse del poema de Benoît de Sainte-More (_Beneyto de Santa María_ que dijo el intérprete castellano), puesto que ya estaba traducido en 1350 (era 1388), cuando el futuro Canciller no pasaba de los diez y siete años, sino que debe referirse á la crónica latina de Guido de Columna, lo cual también está más de acuerdo con el género de estudios y aficiones propios de Ayala; pero siendo varias las versiones manuscritas de este libro, no parece fácil determinar en cuál de ellas pudo intervenir el Canciller, ni realmente dice su biógrafo que él hiciese la traducción, sino que dió á conocer el libro en Castilla. Pero, de todos modos, no fué obstáculo para que el _Roman de Troie_ volviese á ser traducido por autor anónimo de fines del siglo XIV, que intercaló algunos trozos en verso (á la manera de los lays que se leen en el _Tristán_ y en otras novelas bretonas), dejando con esto marca indeleble del origen poético del libro[230]. Proceden, por el contrario, de la _Crónica_ de Guido de Columna la traducción catalana del protonotario Jaime Conesa, terminada en 18 de junio de 1367[231], y la castellana de Pedro de Chinchilla, emprendida á instancias del primer conde de Benavente, D. Alonso Pimentel, en 1443[232]. La _Crónica Troyana_, varias veces impresa en el siglo XVIn el nombre de Pedro Núñez Delgado[233], toma á Guido por principal fuente en lo que toca á la leyenda troyana, pero añade otras fábulas mitológicas sacadas de diversos autores[234]. Es probable que utilizase una compilación ya existente análoga al _Recueil des histoires de Troye_, de Raoul Lefèvre.
Aun hay otras pruebas de la extraordinaria difusión del ciclo troyano en España. El conde D. Pedro recuerda en su _Nobiliario_ las «grandes _fazemdas e grandes cavallarias_» que hubo en Troya «assy como falla na sa estorea». El cronista de D. Pedro Niño, Gutierre Díaz de Gámez, tomó de un libro que llama _de la Conquista de Troya_ un largo episodio sobre Bruto, supuesto progenitor de los ingleses, y la reina de Armenia, Dorotea, que no está en ninguna de las versiones conocidas y difiere mucho del relato de Godofre de Monmouth, al cual se conforma la crónica impresa. Últimos ecos de esta vivaz leyenda fueron, en pleno siglo XVI, el poema de las _Guerras de Troya_, de Ginés Pérez de Hita[235], y los dos de Joaquín Romero de Cepeda, _El infelice robo de_ _Elena, reyna de Esparta, por Paris Infante Troyano[236], y La antigua memorable y sangrienta destruicion de Troya... á imitacion de Dares, troyano, y Dictys, cretense griego[237]._ Los romances semipopulares y relativamente viejos de la reina Elena, de la reina de las Amazonas y de la muerte que dió Pirro á la muy linda Policena, son reminiscencias de la _Crónica Troyana_, en la cual también se inspiró bizarramente la musa lírica para el _Planto de la reina Pantasilea_, bella composición atribuida, no sé si con fundamento, al Marqués de Santillana.
Por medio de la escuela erudita del _mester de clerecía_ había penetrado en el siglo XIII la novela bizantina de _Apolonio de Tiro_, cuyo original griego se ha perdido, pero que tuvo en su forma latina extraordinaria boga, sobre todo después que fué incorporada en el _Gesta Romanorum_. Menos afortunada entre nosotros que en Inglaterra, donde, después de la _Confesio amantis_ de Gower, suscitó el drama _Pericles príncipe de Tiro_, atribuido á Shakespeare, quedó enterrada en el viejo poema en versos alejandrinos, que no carece de expresión y gracia narrativa, y sólo á fines del siglo XVI reapareció en el _Patrañuelo_, de Juan de Timoneda.
La fábula de Psiquis (cambiando el sexo del protagonista), no tomada, según creemos, de Apuleyo, sino del fondo primitivo y misterioso de los cuentos populares, donde permanece viva aún, sirve de principal argumento á la linda novela francesa del siglo XII _Partinopeus de Blois_. Traducida al castellano, probablemente en el siglo XV, y del castellano al catalán, ha sido muchas veces impresa como libro de cordel en ambas lenguas, y es uno de los mejores relatos de su género, de los más racionalmente compuestos y de los más ingeniosos en los detalles, aunque por acaso no de los más honestos[238]. En todo el cuento se advierte un color clásico muy marcado, y siendo la escena en Constantinopla, puede presumirse que la narración oral fuese recogida allí por algún cruzado. El poemita francés pertenece al siglo XII.
Otro tanto puede decirse de la interesante historia de _Flores y Blancaflor_, sencilla y tierna novela de dos niños, hijo el uno de un rey sarraceno é hija la otra de una esclava cristiana. El amor que nace en ellos desde la infancia, las peripecias que los separan, sus largas peregrinaciones, el encerramiento de Blancaflor en la torre del emir de Babilonia, donde consigue penetrar el enamorado Flores escondido en una cesta de rosas; el peligro en que se ven los dos amantes de perecer juntos en la hoguera (patética situación análoga á la de Olindo y Sofronia en el episodio del Tasso), forman un conjunto sobremanera agradable, que recuerda, sin exagerarlos, los procedimientos de la novela bizantina de viajes y aventuras; pero con una delicadeza moral que en ella no suele encontrarse, salva la excepción de Heliodoro. Dos poemas franceses del siglo XII, publicados el uno por Bekker y el otro por du Méril, desarrollan con notables variantes este argumento, del cual es también bellísima imitación la novelita (_chantefable_) de _Aucassin y Nicolette_, escrita parte en prosa, parte en versos trocaicos asonantados. En todas las literaturas tuvo grandísimo éxito esta ficción[239]; prestó á Boccaccio argumento para su primer libro en prosa italiana _Il Filocolo_, y entre nosotros era ya conocida á fines del siglo XIII, puesto que la _Gran Conquista de Ultramar_ no sólo la menciona, sino que la presenta ya enlazada con el ciclo carolingio. «Flores libró al rey de Babylonia de mano de sus enemigos quando le dio á Blancaflor por mujer... Estos fueron los mucho enamorados que ya oistes hablar... Según su ystoria lo cuenta». Estas referencias, como tomadas de un libro francés de origen, no prueban que la novela estuviese ya traducida; pero al ver que en la _Gran Conquista_ Flores y Blancaflor (fabulosos abuelos de Carlomagno) son calificados de reyes de _Almería_, hay que reconocer que había comenzado á españolizarse la leyenda. También la conocía el Arcipreste de Hita:
_Ca nunca fue tan leal Blancaflor á Flores_,
dice en la _cantiga de los clérigos de Talavera_. Para Micer Francisco Imperial y otros poetas del _Cancionero de Baena_, Flores y Blancaflor son prototipo de leales amadores, como otras parejas célebres, _Paris y Viana_, _Tristán é Iseo_, _Oriana y Amadís_. La traducción, varias veces impresa en el siglo XVI, y de la cual es vil extracto el libro de cordel que todavía se expende, debió de hacerse en el siglo XV, como casi todas las de su género, y los nombres son casi los mismos que en el _Filocolo_ de Boccaccio, con el cual tiene también otras semejanzas, que du Méril explica por una fuente común y no por imitación de la novela italiana. Pero no se limita á ella la popularidad de este sabroso cuento en nuestra literatura, pues aunque falta este tema en las antiguas colecciones de romances abundan los nombres de Blancaflor y el conde Flores en la tradición oral de la Península, como lo prueban las muchas versiones recogidas en Portugal, Asturias, Montaña de Santander, Cataluña, Andalucía, en la isla de Madera, en las Azores y hasta en el Brasil. Es cierto que estos romances, designados por los coleccionistas con los varios nombres de _Reina y cautiva_, _Las dos hermanas_, etc., conservan sólo una vaga impresión de la leyenda primitiva. Pero sin duda suponen otros más antiguos, en que la fidelidad al tema novelesco sería mayor.
De origen oriental parecen otros dos libros populares que la literatura francesa comunicó á la nuestra, y que todavía siguen reproduciéndose en miserables compendios, al paso que las ediciones góticas se cuentan entre las joyas más preciadas de la bibliografía. Una de ellas es la _Historia del muy valiente y esforzado caballero Clamades, hijo del rey de Castilla, y de la linda Claramonda, hija del rey de Toscana_, cuyo original francés en prosa, indicado recientemente por el Sr. Foulché-Delbosc[240], es _Le livre de Clamades, filz du roy despaigne et de la belle Clermonde_... impreso en Lyon por los años de 1480, el cual, como todos los de su especie, procede de un antiguo poema que aquí es _Li Roumans de Cleomades_, del famoso trovero Adenet le Roi. Gastón Paris considera posible que la fuente inmediata de Adenet haya podido ser española. Se trata, en efecto, de un cuento árabe, que lo mismo pudo entrar por España que por Oriente. Nuestro vulgo le designa con el nombre de _historia del caballo de madera_, fijándose en el episodio más saliente, que tiene su paradigma en _el caballo mágico_ de las _Mil y una noches_, y fué parodiado por Cervantes en el episodio de Clavileño. Otro poema francés, el _Méliacin_, de Gerardo de Amiens, trata el mismo argumento.
Más moderna es la famosa novela caballeresca de _Pierres de Provenza y la linda Magalona_, compuesta en provenzal ó en latín por el canónigo Bernardo de Treviez, y tan celebrada en tiempo del Petrarca, que se dice que este gran poeta y humanista empleó algunas horas de su juventud, cuando en Montpellier estudiaba Derecho, en corregirla y limar su estilo[241]. El texto francés actualmente conocido es del siglo XV; ha sido impreso innumerables veces[242] y de él proceden las versiones italiana, alemana, flamenca, danesa, polaca, castellana y catalana, y hasta una griega en versos _políticos_[243]. _Pierres y Magalona_ continúa siendo libro _de cordel_ en Francia y en España, pero ya muy refundido y modernizado en el estilo, como lo está también el _rifacimento_ galante que hizo el conde de Tressan para la _Bibliothèque Universelle des Romans_ (1779).
Esta novelita es, sin duda, de las mejores de su género; las aventuras, aunque inverosímiles, no son excesivamente complicadas; los dos personajes principales interesan por su ternura y constancia, y la narración tiene en los textos viejos una gracia y frescura que contrasta con la insipidez habitual de los libros de pasatiempo del siglo XV y con las ridículas afectaciones de sus refundidores modernos. Expondremos en dos palabras su argumento para amenizar algo la aridez de esta enumeración: