Part 9
Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo, con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano y para todo extranjero dependiente del gobierno.
El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla, saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás del galope.
Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales. Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta, y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones, que revelan su origen; el clero innumerable, de _imanes_, _soffas_ y derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde, recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á cada cuenta la monótona alabanza á Alláh.
La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento, para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos callejones.
Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni apartarse.
En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres, abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público tiene que huir de sus fatales encontronazos.
Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada _stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo _kaiser_. Son señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos, hermanos ó sobrinos del sultán.
Con aire de superioridad, se abren paso á codazos unos negros elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_ de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza. Tienen las piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro chato é insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir é irrita al mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y á los que mira la gente con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial ó de los haremes de los grandes pachás, que, habituados á su existencia entre beldades misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se dejan ver en las calles de Constantinopla.
Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una finísima nube de gasa, que realza engañosamente sus facciones pintadas. Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas de Pera, son turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen novelas _psicológicas_ con cubierta amarilla traídas de París y conocen todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio, que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia brutal, continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que digan é inventen poetas y novelistas.
Las turcas más modestas, esposas de musulmanes pegados á la tradición que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo, van á pie, vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda adamascada, negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de máscara, que en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras diáfana y atrayente, como una invención de la coquetería.
La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra siempre alguna cara de criadota española ó de monja fresca, con triple barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.
La moral y la decencia son frágiles invenciones humanas, que cambian con la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas, para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la terrible policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes, con medias á rayas, multicolores y chillonas, que, según dicen los comerciantes de aquí, proceden de Cataluña.
Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco á la multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor tranquilidad, sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán bajará la vista para no verlas, como el que evita una acción vergonzosa, y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del europeo, unas, las más hermosas, sonríen con cierta turbación, y otras crispan su cara, indignadas, encabritándose su fealdad bajo el acicate religioso.
De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran Puente, el más simpático y cortés es el turco. Yo no entiendo su lengua, pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el extranjero que, privado del habla, observa con mayor atención. Además, los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesía y mesura de este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de flores ó graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección.
La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos infelices, es bien poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres son muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el Gran Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son turcos, sino griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no se contenta con darle unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este pueblo generoso, que tiene la noble manía de la protección, todos los pobres están _colocados_; todos cuentan con una casa á la que se adhieren como si fuese suya.
De los actos exteriores del otomano, el que más admiro, como suprema expresión de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar. Cogemos el sombrero, lo levantamos con más ó menos rudeza, sonreímos, y ya está todo hecho. El turco es un verdadero artista de la cortesía. Su gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de él, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor descortesía y algo así como una blasfemia religiosa. Quitarse el cubrecabezas para saludar significaría lo mismo que si un europeo se despojase de un zapato para dar la bienvenida á una señora. Esta necesidad de mantener el fez recto é inmóvil sobre la cabeza, como si estuviese metido á tornillo, ha confiado á la mano y á los ojos todo el saludo.
¡La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse!... La mano, que parece hablar, desciende á la rodilla, y de allí se remonta al corazón, pasando luego á la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegría del encuentro, con un arte y una gracia que ningún europeo puede imitar.
De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos á los bolsillos, gentes corteses que infunden pavor.
Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aquí se ocultan y se pierden los más temibles aventureros. Turquía es un pan blando, en el que vienen á hincar el diente los lobos más temibles del mundo.
Esos turcos de aspecto inquietante, que sólo son turcos por el fez que llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos, y el europeo es lo peor de Turquía.
XX
El Gran Visir
Mi amigo Mizzi es un abogado inglés notabilísimo, que desde hace treinta y cinco años vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor facilidad doce idiomas, y en un mismo día perora ante el tribunal consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda en griego ó en ruso y acaba su jornada en el consulado español expresándose en castellano.
Desde Constantinopla ha ido á defender pleitos á Siberia. Otra vez fué á Bagdad y á Bassora, países de leyenda, para intervenir como abogado en una herencia de príncipes árabes, que se disputaban sacos de diamantes, de rubíes y esmeraldas. Sólo en Oriente pueden encontrarse estos litigios de cuento fantástico.
Mizzi es inglés porque nació en Malta; pero su madre era española, y él siente un gran afecto por España. Es consejero legista de casi todas las embajadas y consulados; condecoraciones y títulos llueven sobre él de las más importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que más aprecia es su nombramiento de vicecónsul de España. _The Levant Herald_, el diario más grande de Constantinopla, es propiedad suya, y en él trabaja diariamente, dando al público una información del mundo entero. Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es asistir á un desfile de popularidad. Saludo á un turco en su lengua, conversación con un griego, diálogo con un francés ó un italiano, sombrerazos, apretones de manos, frases cariñosas; un curso completo de idiomas.
Una mañana me lleva Mizzi á saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de la juventud.
¡El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace recordar las lecturas de la niñez, los mágicos cuentos de _Las mil y una noches_; presenta ante la imaginación un imponente personaje de luenga barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte de esclavos, ejecutores, escribas y fanáticos santones.
El Gran Visir de Turquía, que es más que nuestros jefes de Gobierno (algo así como el vicesultán), resulta uno de los personajes más importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, España, puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayoría en las Cámaras, todo está asegurado. Ningún peligro exterior amenaza al país, y la vida interior se desarrolla plácida y entretenida al través de chismes y comadreos, á los que se da el nombre de política, entendiéndose todos al final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia á unos y á otros.
Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital por un viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños y energías al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.
Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade á su despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la mañana, pues este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran madrugador.
Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña, varios escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que no es superflua en este país, donde han sido frecuentes los atentados contra el sultán y sus ministros.
El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores, que van de un lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos detalles que recuerdan á Turquía.
Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros visitantes que aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental, inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y erguido y la negra levita militarmente abrochada; _imanes_ jóvenes, de luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran Visir viene á advertirnos que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes que á los demás visitantes. Estos aguardarán con su paciencia turca, que ignora el valor del tiempo y del número.
Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turquía, fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas: el Gran Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.
Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que parece un almacén de muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías, lámparas, cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos extranjeros al primer ministro turco, y que éste amontona en el salón destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de Europa, con su abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á recibir á los europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca.
Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres hombres están de pie, con levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro hombre, también de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al poderoso personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran Visir.
Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografía del Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de colores. Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto á una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar asiento el poderoso personaje.
Nada hay en él que recuerde _Las mil y una noches_. Ni su aspecto ni su habitación revelan el poder inmenso de que está investido. Parece un señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca del pantalón deja ver en el interior de éste una alta bota á la turca, unico detalle que desentona en su aspecto europeo.
Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en francés, con acento claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural, á la que acompañan los más nobles ademanes.
Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde hace nueve años, período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa, es un hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus maneras de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono, por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales.
Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á blanquear. Tendrá poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de combate, con les aletas anchas y palpitantes.
Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonríe y muestra interés por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si me es grata la estancia en ella.
Mientras él habla, yo le contemplo y evoco rápidamente su historia. Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido cerca de Italia y de Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué brillantísima. El futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus profundos estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á Constantinopla, entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez los primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político llamó la atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir.
Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitación, admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al gran personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su cráneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo recordar su nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?...
La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión más grave, la temblona majestad del _imán_ que declama su plegaria, y dice así:
--De todos los pueblos con los que vive Turquía en excelentes relaciones de amistad, España es uno de los que amamos más sinceramente. Ningún mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cariño guiaron nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos que los une con sincera amistad.
Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía; pero de pronto cerró enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero entusiasmo:
--¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué fuerza para levantarse cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su enérgica voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles, revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de tantas caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y desarrolla sus riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme voluntad de vivir!...
Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos miraron en torno de él con cierta tristeza.
En el fondo de la habitación seguían en fila y de pie los tres subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.
El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza á hacerme preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un lejano país.
--¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora?
--Eso dicen, Alteza.
--Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos. Pero creo que á los españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más pelear por tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro ejército?
Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que el ejército lo dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como para recordar un nombre.
--Y Weyler, ¿qué hace ahora?
--Es un general como los otros.
--Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un hombre.
Y Ferid-Pachá sonrie y vuelve á cerrar el puño con expresión de energía.
Me hace otras preguntas sobre España, y yo, mientras las contesto, sigo mirando el busto. ¿Pero de quién será?...
--¿Conocéis á _monsieur_ Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha recomendado el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de Turquía.
Y Ferid-Pachá, con una expresión triste, me cuenta en breves palabras el asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea: grandes empresas de Occidente que vienen á establecerse en Turquía con el pretexto de civilizarla, y luego de enriquecerse engañando la sencillez otomana, todavía se fingen perjudicadas y exigen enormes indemnizaciones al gobierno.
Su Alteza sigue haciéndome preguntas sobre mi país, y yo continúo mirando el busto con excitada curiosidad.
--¿Y vuestro rey?--pregunta sonriendo el Gran Visir.
No sé qué contestar á esta breve interrogación, y el personaje añade con dulce sonrisa:
--¡Qué actividad! ¡Qué exuberancia de vida! ¡Oh, la juventud!... Vuestro rey nos inspira grandes simpatías. Viaja, se entrega á los _sport_, le gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien.
Luego añade con expresión sentenciosa:
--Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del poder.