Oriente

Part 8

Chapter 83,916 wordsPublic domain

Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó _Nueva Roma_, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre prevalecería como título de la enorme ciudad.

No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata, formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.

Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.

En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior, están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro.

Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son Atenas, Roma y Constantinopla.

Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y produjeron para nosotros hace tres mil años.

Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia histórica del imperio de Oriente.

Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de «las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en dos grandes partidos, y _verdes_ y _azules_ ocupaban el poder á fuerza de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo de batalla.

Á todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios, la peste y los continuos ataques de los búlgaros durante los mil años que sobrevivió el decaído Bajo Imperio.

Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla, centro del imperio de Oriente, tuvo su grandeza y sirvió noblemente á la civilización. Ella guardó las tradiciones del arte griego, la legislación romana, los monumentos literarios, toda la antigüedad; y cuando en el siglo XI surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV llegó á ser un hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia la antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas. Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente á su abrigo. La cristiandad se dió cuenta de la importancia de Constantinopla cuando después de caer ésta en poder de los turcos, los vió avanzar en unos cuantos años hasta el corazón de Europa, siendo precisa una acción común para atajarlos junto á los muros de Viena y en las aguas de Lepanto.

Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con las del período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo signo del cristianismo griego.

Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y lucrativo conquistar la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus repúblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo, los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando, expulsados al fin los cruzados, volvió á restablecerse el imperio griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que el nuevo florecimiento de Bizancio.

Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en grandeza. Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana. Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal aspecto de inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones.

Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el caserío ondula apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos ciudades, siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta esfumarse en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la extensión de agua azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones urbanas, que cubren llanuras, escalan montañas y son también Constantinopla.

La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada por una media luna que arde bajo los rayos del sol.

¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla!... Venía yo de contemplar, á cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de la Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le desean á gritos las mayores desgracias.

La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.

La enorme ciudad aparecía partida en diversos términos, como los bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera, negros y levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del atardecer; los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta aglomeración, envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las cúpulas de las mezquitas.

Un silencio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra, anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea, cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca.

De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenzó á descender de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones á lo largo del muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus cabezas alineadas.

Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste, semejante á las saetas de la Semana Santa en Andalucía.

_¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaban con melancolía religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros alineados á lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido: _¡Allah! ¡Allah!_ Y al ver esa fe de los desiertos asiáticos, este ardor fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse á bordo de los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos que repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía moderna: europea exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de Mahomed II á la conquista de Constantinopla.

XVIII

El Gran Puente

Para el que desea conocer en conjunto la variadísima población de Constantinopla, el mejor punto de observación es el Gran Puente, que va de Galata á Stambul.

Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de maderos desiguales, en los que tropieza el transeunte, está asentado sobre pontones insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos.

Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente, la maciza torre de Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro, cual una construcción de _Las mil y una noches_.

Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectáculo del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas en él.

Navíos de todos los países forman una segunda ciudad flotante á ambos lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos de guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas de los Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices conmueve con violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio tendido.

Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa é inquieta granujería de vaporcitos _moscas_ y botes automóviles, que parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el espacio.

Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos en distinta dirección.

La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno.

Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag, sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una orilla á otra; de vaporcillos _moscas_, que llevan en su popa banderas de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas; arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más que muy de tarde en tarde.

Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores suciedades.

Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el _narghilé_ y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos de frutas.

Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.

Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y si desean tomar un barco siempre llegan tarde.

Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y mira como un misterio: la hora y la moneda.

En Constantinopla hay dos horas: la hora _á la franca_, que es la de los relojes de la Europa occidental, y la hora _á la turca_, que es por la que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio y del gobierno.

La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando nuestro reloj _á la franca_ marca el mediodía, el turco dice tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después dirá que son las tres ó las cuatro.

No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la moneda trae mayores perjuicios.

En Turquía hay _buena moneda y mala moneda_, y según se recibe un pago en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay papel emitido por el gobierno otomano, llamado _kaimé_, que carece de valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio. Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.

En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y Moisés.

En Constantinopla, el que no lleva á mano _moneda menuda_, aunque guarde en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle pasar.

Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en _medjidiés_ de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España. Después se os ofrece cambiar uno de los _medjidiés_, y el cambiador os entrega _cuartos de medjidié_, que son como las pesetas turcas, y se queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta costumbre cambia de golpe una pieza de oro en _pequeña moneda_, y tiene que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas más pequeñas que botones de camisa.

La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó quince francos _extraordinarios_, según las piezas que toca durante el día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las ha tomado pierde dos ó tres francos.

La discusión con el _compatriota_ que intenta estafaros, es interesante por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que acompañan á su castellano especial.

--Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá, como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.

XIX

Los que pasan por el Gran Puente

Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que exigen el peaje: diez _paras_.

Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca, porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables dependencias.

No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota, donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.