Part 10
Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza. Estaba acostumbrado á ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.
Es Voltaire.
XXI
El palacio de la Estrella
El marqués de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el más conocido de los representantes diplomáticos. Hasta los turcos modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve años de permanencia en Turquía y un carácter franco y bondadoso de gran señor, que para inspirar respeto no necesita imitar á ciertos embajadores, altivos é inabordables como reyes, han dado al marqués una gran popularidad en Constantinopla.
Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros que acuden á la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana, apenas dije á los encargados de los pasaportes que iba recomendado al embajador de España, todos, funcionarios y viajeros del país, le designaron por su nombre.
--¡Su Excelencia el marqués de Campo Sagrado!... Un gran señor muy simpático. Lo conocemos: le vemos muchas veces en su carruaje por la gran calle de Pera.
Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y fingen ignorar la existencia de _infieles_ en Constantinopla, conocen todas al representante de España, y cuando le ven, sonríen amablemente bajo sus velos.
Es un excelente embajador para un país como el nuestro, que tiene pocas relaciones con Turquía. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su acción diplomática, mantiene el prestigio de España á honrosa altura con su generosidad y su cortesía, condiciones que alcanzan profundo respeto en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.
Cuando llegué al palacio que tiene España en Buyuk-Deré, en la ribera del Bósforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar á Campo Sagrado, sonriente y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendiéndome su fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de perseguir al oso en sus montañas natales, ha pasado muchos años en las estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa á los venados turcos en compañía de los pachás más poderosos. Cuando el sultán conversa con él, se entera con interés de sus hazañas venatorias.
--Está usted en su casa--dice el marqués con graciosa amabilidad--. Esta es la casa de España.
Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un buen arroz á la valenciana.
El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por la ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de marco al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la vecina costa de Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras embarcaciones, damas turcas, que sólo dejan ver encima de la borda su cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas esclavas negras, libres de velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas con chisporroteos de oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa temperatura estival.
--Verá usted en Constantinopla muchas cosas interesantes--dice el ministro de España--. Pero créame usted á mí, que llevo en esta tierra algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik.
El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su extensión, al dirigirme á la legación de España. Me quedaba por ver el Sélamlik, cosa difícil para la gran mayoría de los extranjeros, pues se necesita para ello la recomendación de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando se trata de favorecer á un compatriota, y á pesar de encontrarse un tanto enfermo, me acompañó en persona á la ceremonia palaciega.
Todos los viernes, al mediodía, el sultán va con gran pompa á hacer su plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es el único momento en que se deja ver públicamente.
Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la explosión de una máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el «Comendador de los Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad, ha dejado de presentarse en el Sélamlik.
Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que ha sido objeto de atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos temores ni le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los armenios que escriben desde París.
El sultán vive más allá de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión amurallada, como diez ó doce veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega á vapor, caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de caza y unos cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su residencia varias veces en una misma semana. Con una instalación tan completa se comprende que el majestuoso señor no sienta ningún deseo de visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran ciudad; pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer una visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas reliquias el manto y el estandarte del Profeta.
Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas, odaliscas y parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.
No por esto hay que suponer al sultán entregado á pecaminosas diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos, quiere saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas, Abdul-Hamid repite--según dicen--, con la certidumbre de la experiencia, que el hombre sólo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para no ser un esclavo.
Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil bocas, con la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector los carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil servidores hay que añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que forma un total de diez mil personas.
El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título de Alteza. En realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea siempre cierta confianza.
Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño personaje, y amigos influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he desistido. ¿Para qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la europea, con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo. Además, sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y llamar Alteza á este grotesco y triste personaje.
No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella». El día del Sélamlik los embajadores, que son en Turquía los personajes más respetados después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita Hamidié. Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores, después de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles ó comunicarles.
Cuando por algún asunto urgente entran los representantes diplomáticos en el interior del inmenso jardín, siempre los recibe Abdul Hamid en un palacio ó kiosco distinto.
Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á las fiestas de _Las mil y una noches_. El convidado se ve en un salón con gruesos candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta las argollas de las servilletas.
Casi siempre estos banquetes son de treinta ó cuarenta cubiertos; pero hace poco se dió en palacio una comida á la oficialidad de la flota inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de oro, tan completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie le faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto.
En Turquía, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo respeto.
Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultán, al darlas, regala las insignias en brillantes. Los _maîtres_ que dirigen el servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y constelado de estrellas de diamantes. El Gran Señor condecora también á las damas turcas, hijas ó parientes de los pachás, y muchas de las encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo á visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas multicolores y estrellas y medias lunas de brillantes.
* * * * *
Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al Bósforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes pachás, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan los batallones, precedidos de una música con alegres chinescos; presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel á los coches de los diplomáticos, que llevan en el pescante al _cabás_, criado que sirve de insignia á toda la legación, con su uniforme de oficial turco, completado por el sable corvo y el revólver de funda dorada.
La Constantinopla oficial y vistosa, el ejército, los pachás, la diplomacia, los jefes árabes venidos de los lejanos _vilayetos_ asiáticos, todos marchan en la misma dirección.
Vamos al Sélamlik.
XXII
El Sélamlik
Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomático, contemplo el más asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.
En el horizonte, el mar de Mármara une su azul intenso con el azul del cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bósforo entre la ribera asiática, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea, que desaparece como abrumada bajo el caserío de Constantinopla. El oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las ondulaciones de las colinas y los ángulos entrantes y salientes de la costa.
Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mástiles con cofas de blancos navíos encallados é invisibles en la inmensa masa de la ciudad. En la azul extensión del mar, se destacan, cual dormidos insectos, los buques de guerra, negros é inmóviles, con manchas de vivos colores temblando junto á sus colas. Sus banderas de las grandes potencias que ondean en la popa de los buques _estacionarios_, ó el pabellón otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se exhibe en las vergas de varios yates imperiales que el sultán no ha visto nunca, ó de modernos navíos que envejecen sin levar sus anclas.
De la ventana del kiosco diplomático se domina el mar, las colinas y la ciudad. Desde las hondas orillas del Bósforo remóntanse, formando distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por debajo de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio á la mezquita Hamidié: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Sélamlik.
Van llegando las tropas. No existe ejército de exterior más impotente que el turco. Contra todas las precauciones que puede inspirar la afición de los orientales á lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas ofrecen un aspecto sombrío y grave. Sus uniformes obscuros sólo están animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez. Visto desde lo alto, este ejército no ofrece ninguna distinción de categorías. El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultán, que el último soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los otomanos, unifica las filas. No hay aquí la diversidad de penachos, galones y cascos de los ejércitos occidentales, que clasifica á los guerreros según el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca á los militares turcos para reconocer en los dorados de sus hombreras las diferencias de categorías.
Desfilan al son de estrepitosas bandas de bárbara marcialidad los regimientos de línea, vestidos de obscuro azul, llevando al frente á sus jefes, montados en pequeños caballos turcos, que aun parecen más diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones árabes se distinguen, en esta aglomeración de cabezas rojas, por sus turbantes verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos de blanco, á la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de preferencia, encargada de la guarda del sultán. Llegan los marinos de la escuadra, con sus oficiales á caballo: unos marinos de altas botas, que llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la colina de Orta-Keni, ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los regimientos de caballería tienen bandas de música, y se ve á los trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como enormes serpientes de metal, saltar bruscamente á impulsos de los botes de los caballos, ocultos tras un pliegue del terreno.
El aspecto imponente de estas tropas se debe á la edad de los soldados. El ejército turco es un ejército _duro_. No se ven en sus filas muchachos barbilampiños y á medio formar, como en los ejércitos de Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco á treinta años, fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase á esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira respeto por su ingenuidad aun á los más escépticos, y se comprenderá lo que es una masa de siete ú ocho mil soldados otomanos. Después de verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal dirigido en los campos de batalla, y dejándose matar, sin retroceder un paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo figure.
Al detenerse y extender sus filas á lo largo del camino, descansan sus fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmóviles, con una inmovilidad que parece de ensueño.
Nadie diría que al pie de la ventana hay formados algunos miles de hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos permanecen inmóviles, sin el más ligero relincho. Parece una inmensa exhibición de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros, el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeración de hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio, miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.
Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un silencio más profundo que el de la noche, reproduciéndose bajo la luz del sol.
En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomático hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior. Campo Sagrado, con su hidalga cortesía española, cumplimenta á las señoras; Constans, el famoso embajador de la República francesa, habla en correcto español, recordando sus años juveniles de Madrid: todo un mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados diplomáticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea á los embajadores europeos, que son en Constantinopla algo así como semidioses, con más poder que el mismo sultán, pues muchas veces amargan sus días con enérgicas reclamaciones y turban su sueño.
Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas, como involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa é inmóvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no oyen; están como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar y el fervor religioso. Esperan al _Padichá_, nombre que dan los turcos á su emperador. El título de _Sultán_ sólo lo emplean los árabes.
La conversación y la risa de los europeos tampoco conmueven á los ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y á los empleados palatinos, de negra _stambulina_, que permanecen erguidos é inmóviles en las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Levantáis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con el pecho de un coronel, inmóvil como un adorno del salón, y que no cambia de lugar ni os mira. Vais á una ventana, é inmediatamente percibís la sensación de que alguien está detrás: un señor de levita y gorro, con un rosario de ámbar en las manos, que jamás fija sus ojos en los vuestros, como si ignorase vuestra presencia.
El sultán recibe á sus huéspedes con la mayor cortesía, enviándoles orientales saludos de amistad. Estáis como en vuestra casa; los esclavos negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores doradas, llegan las humeantes tacitas de café y los vasos de oro llenos de confitura de rosas; pero no podéis dar un paso sin que unos ojos os sigan; no podéis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros; no podéis hablar sin que un señor de uniforme ó de levita venga á situarse á pocos pasos, volviéndoos la espalda, para mayor disimulo. Al asomaros á una ventana, debéis arrojar antes el cigarro. Nadie puede llevar nada en las manos. Las señoras deben abandonar sus sombrillas, aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotográfica es un crimen que se paga con la expulsión. El alto espionaje, que consume con enormes sueldos una gran parte de la renta pública, vela por la existencia del _Padichá_ con una meticulosidad ridícula.
Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de muchos pies, turba el profundo silencio exterior.
Me asomo á la ventana. Dos filas de pachás descienden la cuesta, camino de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco, y moviendo la otra al andar con una regularidad de simples soldados. Son los generales que tienen empleo palatino ó están en los ministerios. Salen del palacio y van á la mezquita, agrupándose en la puerta de ésta para recibir al señor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor fantástico; estrellas de brillantes, soles de rubíes y esmeraldas, todas las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa generosidad.
Estos pachás son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos, con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes, morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor; generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado.
El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emoción se manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de todo signo de vida.
En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidié aparece un hermoso _imán_, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende, como alas de murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plañidero y dulce, semejante á una _saeta_ andaluza, rasga el denso silencio, descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.
Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras.
Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas é hijas del _Padichá_; en otros, sus tías; en los que rompen la marcha, las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del emperador. Lo mismo pueden llegar un día al trono, que morir desterrados en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas cortadas y unas tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio.
Al través de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen, para las damas turcas y las millonarias de América.
Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las armas. Un _landeau_ sencillo, tirado por seis caballos de una belleza inexplicable, como sólo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza lentamente. Delante de él y á los lados marchan, en revuelta confusión, guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachás que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de palacio vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales y almirantes situados al paso se unen á este grupo que corre en torno del carruaje, oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por momentos.
Solo en el _landeau_, con la capota caída, se muestra el emperador, el hombre omnipotente, el _Padichá_, el Sultán, el Comendador de los Creyentes, rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de hombres.
Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los ojos hacia las ventanas y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono y su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de juventud. Este hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los de _Las mil y una noches_, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de Bagdad, la de las fantásticas riquezas, se muestra simplemente vestido de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo en su indumentaria.