Oriente

Part 11

Chapter 113,794 wordsPublic domain

Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la tropa.

Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de mazurca alegre; los gritos del _imán_ llegan de lo alto durante las breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.

El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de espaldas al emperador.

Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta. El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de almirante, se sienta al lado de él.

El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia, se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de muchos miles de hombres.

Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al _Padichá_!»

No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones del turco vienen de adentro, de lo más hondo.

En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones.

Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como es, y así vivirá ó morirá.

El buen musulmán jamás discute á su soberano. El _Padichá_ es algo más que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo. Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más religioso y resignado de los hombres.

Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:--¡Alláh lo ha querido!

XXIII

Los perros

Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginación la gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á ciertas lecturas, lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la metrópoli turca.

Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles, obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa, sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la ternura que siente el turco por todos los animales.

¿Quién no ha oído hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace pocos años eran la única policía urbana de la gran ciudad; el cuerpo de limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente obstruídas por carroñas de animales y montones de estiércol. Ahora, la influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, ó sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo por la limpieza de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía pública el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del festín, y á la mañana siguiente, los barrenderos «quitan la mesa», llevándose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla.

Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos á expensas de la República, como una institución nacional.

Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del pueblo otomano en el suelo de Europa.

Vinieron, según la tradición, desde el fondo del Asia, siguiendo al ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los perros se aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros, acostumbrados á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueño fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos. Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de gloria en la gran hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de siglos, desde el centro de Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideración popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.

Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles de Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos, lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo, pero de buen lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel, lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las patas traseras para acariciaros, y sin embargo, á nadie inspiran miedo. Peléanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de esto, basta que un niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara vez atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los transeuntes, casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques.

¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla? Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000. Otros los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El vecindario turco se indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles camaradas de los conquistadores de Constantinopla!...

Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza de San Marcos las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los palomos venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las fauces glotonamente abiertas.

Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados, tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre, queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en conmoción á la calle entera.

El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos, lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y horas sus heridas.

Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan. De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas. Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.

Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de sano aspecto.

Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos los perros serían carniceros.»

No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta de la tienda y hace tropezar á los parroquianos.

En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie. Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito.

Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches; la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.

Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna, Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa perfumada de un jardín lleno de ruiseñores.

¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal, regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes crueles é inexorables de esta república de los perros!...

Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto, asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese, como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía á Constantinopla.

Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.

¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub, que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad inferior... ¡Quién sabe!

XXIV

Los Derviches Danzantes

El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub, está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear, bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las llamadas Aguas Dulces de Europa.

De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros sudorosos, una esclava negra.

Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí. Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales, pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración.

Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las mujeres turcas.

Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.

Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en Constantinopla. Los viernes dan otra _representación_ en pleno barrio de Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos. Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto por ejecutante.

En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro público que los devotos, y asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes. Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita perdida entre risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub, barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante siglos, donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas callejuelas, pues las viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen con entusiasmo religioso á los pies del cristiano y le siguen con un barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que sólo se adivina la palabra _perro_ seguida de misteriosas maldiciones.

En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro europeo que yo. Me siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeñosa que adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja próximo á desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes; largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeñecerse, abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo á la cofradía: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro saliente que un ligero reborde circular. Algo así como una maceta de flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos los _darboukas_, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros y rojos.

Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde, apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden á la fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos en la mano y el fez erguido sobre la frente.

Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el pavimento de madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su hora los sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa invisible.

Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las modulaciones de la voz.

La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, monótona, soñolienta, de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas, prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas canciones de Andalucía.

Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla, parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros, empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación.