Oriente

Part 18

Chapter 183,829 wordsPublic domain

Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas, pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua Bizancio!...

El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho kilómetros en la parte más ancha de la península triangular.

Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio. Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas, crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.

La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales, en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y ondulante. _¡Chap!... ¡chap!_ susurran las olas del Mármara, con lento compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos. Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.

¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.

Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto goza como dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un cuerpo, y la necrópolis se extiende hasta perderse de vista, confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea del horizonte. Parece que un ejército incalculable, superior á toda imaginación, millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la ciudad antes de asaltar sus muros.

¡Los cementerios turcos!... En el corazón de Constantinopla, en el mismo barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el transeunte se sienta impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en Turquía el aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que sobreviven recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se les ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y olvida la tumba, no imitando á las gentes cristianas, extraños espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que rinden á la materia en descomposición y al pelado esqueleto un culto casi igual al que los egipcios tributaban á sus momias.

Este olvido de los cuerpos da á los cementerios turcos el majestuoso encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen espantados por la falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca, donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que tumbas y tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados. El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del cadáver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores están pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plácida resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco. Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á repararlos, y todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte.

Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos matorrales, que se pierde de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más remoto del horizonte, el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarán el cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las espaldas para no acordarse más del lugar donde dejaron los restos del muerto querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.

La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas, sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra jamás en un paisaje europeo.

Este vacío fúnebre hace que la visita á las grandes murallas sea la única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan familias de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá, unos cíclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina, pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de Paleólogos y Comennos, pululan los más inquietantes ejemplares de la mendicidad oriental; gentes roídas por la miseria y desfiguradas por las más atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos, rojizas, piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas, comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de sus pechos.

De hora en hora se ve en las murallas el túnel de una gran puerta. En otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llamó la _Puerta Dorada_. Aun quedan en el muro vestigios de águilas imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco, ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las más extrañas nacionalidades.

Tristes restos que nada guardan de su pasado, son también las famosas _Siete Torres_, el _Heptapyrgión_ de los emperadores griegos. Cuando llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la Bastilla para los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los sultanes á los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus naciones. Aquí permanecieron años y años los enviados de Venecia y Génova. Los jenízaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía, encerraban aquí á los sultanes destronados, ó los degollaban en el gran patio. Siete sultanes murieron en las _Siete Torres_, y es incontable el número de grandes visires y pachás cuyas cabezas se pudrieron enganchadas á las escarpias de las almenas. En uno de los patios del antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas limitada por ruinas, está el llamado _Pozo de la sangre_, donde se sumían los cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la _Plaza de las cabezas_, y los cráneos iban apilándose en él, después de las ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la altura de las almenas.

Nos alejamos de las _Siete Torres_ siguiendo el monótono camino, á lo largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno. Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés, el último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que cayó de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta desaparecer bajo un montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el Conquistador, que pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al barrio del Cuerno de Oro.

Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje. Aparecen en la desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los griegos. Es una cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan muchos peces rojos.

El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa fuente; el famoso «milagro de los peces».

En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados. Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta dándole la terrible noticia.

--¡Bah!--repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser tomada--. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la sartén.

Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues sólo estaban fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua de la cisterna, donde nadan aún.

El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su fe: pero indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.

Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, á guisa de bendición, y... tiende la mano.

He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí que es indiscutible.

Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.

XXXII

La Noche de la Fuerza

Va á comenzar el Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, la extraña Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y así que cierra la noche, una orgía sin término.

Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad al _Padichá_ y á las tradiciones ilumina los palacios, los puentes, todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.

En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos, donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido resplandor de las lámparas transparentando por los ventanales de mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el suelo.

Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su vida nocturna de siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos, sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos. Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha pasado el día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza como bestia famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este devorar feroz, va acompañado de risas, aullidos, danzas y peleas. El turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos líquidos fermentados acaban por dar á su borrachera una alegría bestial y peligrosa.

Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el populacho turco, arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, símbolo del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos.

¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un gran talento artístico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El farolillo de aceite ó la linterna con bujía, le bastan para realizar las más asombrosas combinaciones de su imaginación oriental. El día que el foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas eléctricas aparezcan en Constantinopla, ésta habrá perdido una de sus mayores originalidades; el encanto de sus fantásticas iluminaciones. No tienen el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño, un esplendor vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de _Las mil y una noches_.

Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera. Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas, lunas, estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del ensueño, para disolverse apenas despertemos.

La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bósforo, trazando un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata que rebullen en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.

Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bósforo á la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadán: la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo una autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande sobre el agua como en tierra.

¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y silencioso! Al seguir el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero casi desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la embarcación con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta de ondinas en las profundas entrañas del Bósforo. Después la barca vuelve á sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles, adivinándose por los violentos vaivenes que imprimen á la ligera embarcación y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo desconocido con cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas, agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados como una pluma por el sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan músicas y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas rumorosas de la brisa nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la luna, pálida y anémica al contrastar con las guirnaldas de oro de los edificios.

De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo con sus estrellas y sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas vidrieras, que parecen de un panteón.

La embarcación salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bósforo que rugen en los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre las aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector eléctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro á corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos rojizos y más tenues formando doble línea en sus flancos negros, donde están los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre arremolínase en este callejón marítimo, formando unas cuantas olas, seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las orillas, para morir en ruidoso asalto.

El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por el Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas obscuras, á cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable. Todas las semanas se traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y orillas cortadas como á pico. De día, gentes que caen en los desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche caiques que zozobran. Y estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los periódicos apenas si le dedican dos líneas... ¡Atrás!

Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada para no abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán, de los grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y chimeneas.

Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas en ruta, haremes enteros, pasean entre el gentío, en esta noche de libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus mercancías. La banda de música de un crucero toca bajo las ventanas de Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila como en las fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos de la música amada, de la música popular, _La Mascota_, y sobre todo _La Gran Vía_, de la cual el «coro de los marineritos» es insustituíble para el populacho de Constantinopla.

Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el movimiento en las orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados. Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes que conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los principales personajes de Turquía.

Soledad completa. Todos los edificios están iluminados, las calles envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces, hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y de la momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se amontona el estiércol.

Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fúnebre. Se marcha como en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la ciudad de luces, la han abandonado para siempre.

Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa, aislándose del mundo. Es la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche de la Fuerza!

El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su pueblo. Predicó la guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibió manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental; elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que sus pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas, decretó en nombre de Alláh la Noche de la Fuerza.