Part 17
Pero á pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en Constantinopla de una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma--cuaresma asiática, sanguinaria y salvaje--, los fieles se reunen públicamente para entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se atraviesan las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos, con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que castiga á los enemigos con tales errores y locuras.
En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus derechos cuando intentan salir á la vía pública.
En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la calle de las religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses, el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra inglesa. El paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal túmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y alumbrados por tenues lámparas; más allá un patio con claustros y una cruz en medio, á la sombra de árboles seculares: y al mismo tiempo que suena la campana del templo católico, se escapa por ciertas ventanas el coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jesús libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido monótono de flautas y tamboriles que acompaña el baile de los derviches.
El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene á la puerta de los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristán ó el empleado que está á la entrada, penetra en ellos con una gravedad respetuosa. No se quita el fez, porque esto sería en él señal de menosprecio, y cubierto, asiste á las ceremonias de un culto que no es el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de la curiosidad que despierta entre los fieles.
Hay que oir hablar á un turco de sus visitas á los templos extraños, para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. Allí no está Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Alláh, poderoso señor cuyo poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.
No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la conciencia del turco, convirtiéndole. Si él no se preocupa de catequizar á los infieles, considerándolo tarea inútil, es porque los juzga con arreglo á su fe, inconmovible y á prueba de seducciones. Si á un turco llegan á convencerle de lo irracional de sus creencias, vivirá en completo escepticismo, será ateo, pero jamás se le ocurrirá reemplazar con una nueva religión las doctrinas muertas. La apostasía tiene para él una importancia más que religiosa: es renegar de la raza, de los padres y del nacimiento; una descalificación por toda la vida; una abyección incompatible con el honor.
Jamás mezcla el turco la religión del enemigo en los odios que le impulsan contra éste. Le combate y le extermina porque cree que desea apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque es valeroso y arrogante como él y no pueden subsistir juntos; pero nunca porque adore á un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al judío, porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, á pesar de lo cual los hijos de Israel gozan aquí de una ciudadanía que les negaron en el resto del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de Constantinopla, porque éste, más malicioso y activo, le arrebataba la hacienda y además soñaba con trastornar la sedentaria vida turca arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le exterminó por rivalidad económica y por librarse de las angustias del terrorismo; no porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la religión cismática es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque tras sus melosas cortesías oculta el deseo de una sublevación general en los países de la antigua Grecia. Pero á pesar de todos estos odios, más ó menos justificados, jamás el populacho de Constantinopla, en sus terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que allí, como en todos los lugares donde se reverencie á Dios, vive Alláh con distinto nombre.
Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, únicamente se permite cierta ironía despectiva ante la fe de los judíos y cristianos. Su pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje línea recta, sin desorientarse entre esas concesiones que enmarañan y retuercen nuestros razonamientos de civilizados.
Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y Medina, y las dos ciudades venerables son suyas. Jamás un lugar donde puso sus pies el Profeta caerá en poder de los _giaoures_: antes morirán todos los creyentes. Europa se burla de la pobre Turquía, la explota, la escarnece, pero Turquía guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados hablan á todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus leyes, todo está moldeado en el nombre y conforme al espíritu de un judío que hace muchos siglos vivió en Jerusalén... ¡Y Jerusalén, Belén y todos los lugares por donde paseó el hombre-dios, señor ahora de los pueblos más poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los creyentes, del soberano de Constantinopla! ¿Para qué los grandes barcos que escupen fuego y muerte, los enormes ejércitos, las máquinas de mágico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judíos, si la tumba del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros continúa bajo el dominio del sucesor del Profeta?... El buen turco, pensando esto, sonríe, y cree firmemente en la grandeza de su religión y de su raza, ya que conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos más fuertes de la tierra.
Su tolerancia, producto del carácter más que de la imposición de las leyes, es una manifestación de la bondad orgullosa con que el turco protege siempre al que considera débil. Nada le importa que las religiones extrañas se establezcan junto á las mezquitas y que salgan en sus ritos á las calles de Constantinopla. Las considera con la benévola sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de niños; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de una libertad que no tienen en ninguna parte.
Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he asistido al desfile de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litúrgicos, acompañados de una calma repentina en los ruídos de la calle. Me asomo. Los carruajes de alquiler se han detenido junto á la acera: los turcos á caballo tiran de las riendas á sus cabalgaduras y se alínean á lo largo de la calle: los _hamal_, encorvados bajo sus cargas, y los simples transeuntes se agolpan junto á las paredes, formando dos masas de gorros rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos católicos. Detrás vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos ó disputándose el honor de llevar en hombros el féretro, un sinnúmero de súbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son católicos, otros no lo son, pero todos acompañan con fraternal piedad al amigo muerto, y se unen á los sacerdotes y los símbolos de la que fué su religión. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos graves. Algunos se llevan una mano á la frente, acogiéndola con el solemne saludo oriental.
Tras el entierro católico, pasa una boda griega, con su charanga al frente, y el pope barbudo sentado junto á los novios; y el cortejo fúnebre de un niño de la misma religión, en el que marchan los parientes con sacos de bombones para obsequiar á los amigos cuando termine el sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, sólo producen en la vía pública un movimiento de curiosidad, acompañado de cortés benevolencia.
La fiesta semanal de cada religión se observa con entera libertad. Los turcos, señores del país, son los que menos ocupan la atención de los otros: los que menos molestan á sus conciudadanos. El viernes (que es su domingo) pasaría inadvertido, á no ser por el movimiento de tropas y funcionarios que acompañan al _Padichá_ en la fiesta del Sélamlik. El sábado, fiesta de los judíos, se cierran las principales tiendas de Constantinopla, más de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las campañas de los numerosos templos católicos de Galata y Pera, suena el armónium en las capillas evangélicas, ciérranse bancos y tiendas, y las gentes, endomingadas, van á misa ó á los oficios, lo mismo que en Europa, ante la mirada benévola del turco, que supeditado al poderoso occidental, se ve obligado á observar un nuevo día de fiesta.
De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla de Jesuhá como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de historia y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo, que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque al final cada uno tomó distinta dirección.
En Constantinopla es popular la anécdota de un soldado turco, que entró en un templo católico durante la Semana Santa.
El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo más salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de las armas pesa únicamente sobre los otomanos musulmanes, y como á Turquía le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de reclutas extraídos de las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras provincias. Son mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y ojos inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en contemplaciones, mantienen á estos soldados semibárbaros en una subordinación automática. Sólo así, bajo las amenazas del castigo, pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo interior dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las calles de Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad feroz, excitados por la privación en el seno de una sociedad que mantiene recluídas á las hembras, y hacía sufrir á los hombres odiosos ultrajes, más que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de rebeldía, aun se permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza oriental y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso de todas las señoras vestidas á la europea.
Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un regimiento. Cuando los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan á su gente quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes.
Este salvaje, disciplinado y uniformado á la alemana, es de una credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes. Deslumbrado por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro, surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padichá_ el monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no quiere darse el trabajo de funcionar.
Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el traje sombrío de los fieles.
Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.
--¿Quién es ese?--preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en rico lecho, cerca del altar mayor.
--Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo de Mohamed, el hijo de María.
El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza.
--¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco--dijo al fin, con la concisión del idioma turco.
Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en las heridas sangrientas.
--¿Lo han matado?--preguntó.
--Sí; lo han matado.
--¿Quiénes?...
--Los judíos.
El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia. ¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata! ¿Quiénes otros podían ser?...
--¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?
El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso aumentar aun más su estupefacción.
--Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios. Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.
Quedó en silencio el soldado.
--¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...
El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de asombro del crédulo mocetón.
--¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!
Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.
Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte como un turco», dice el proverbio.
Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.
En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho eso?»
El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que repite una lección:
--Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá... Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á alcanzarlo!...
Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados de tanta simplicidad, el soldado añadió con la fe del buen creyente:
--Yo lo sé... Yo lo he visto.
XXXI
Restos de Bizancio
La _At Meidan_, ó «Plaza de los Caballos», es el antiguo Hipódromo de Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud reformase la vida turca á principios del siglo XIX, aquí venían los _itchoglans_ ó pajes del Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó el enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado á Turquía hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los jenízaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los postres cerráronse todas las bocacalles con regimientos fieles y numerosas baterías. Los cañones vomitaron metralla sobre la plaza, y en unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que habían hecho temible en Europa el nombre de Turquía.
La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica por uno de sus extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía.
_At-Meidan_ es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeños puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó pasando las cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de rostro ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en el espacio, como si contemplasen la gloria de Alláh.
Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado opuesto está la mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por el terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y sutiles, con remates de oro.
En el centro de la plaza, siguiendo una línea que marca la divisoria de las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie tres monumentos interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna Serpentina y la Pirámide Murada.
El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan jardines en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el primero á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso Egipto. Este Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han sufrido desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las lluvias y el aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida pública de Bizancio hace mil seiscientos años reviven en este monumento. En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrúpanse las lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la pesada mole.
Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada, triste ruina que hace sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando que era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce, que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á la pirámide de su envoltura, dejándola en su desnudez actual.
De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos; reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros, y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo, está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.
Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos, frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para embellecer su nueva ciudad del Bósforo.
Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.
Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia, que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este acto--según cuenta la tradición turca--, una invasión de serpientes vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.
Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir el extenso recinto de sus murallas.