Part 16
Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara! ¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...
La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los _giaoures_.
--¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!
Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas fugas.
Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con reconcentrado odio contra la tiranía masculina.
Era una parienta del sultán fugada del harem imperial.
* * * * *
En Turquía todavía existe la venta de esclavas.
Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos, enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad, que fuman su _narghilé_ exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y los cofrecitos repletos de piedras preciosas.
Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares. Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes, invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros montañeses de la Georgia.
Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención alguna de los representantes de la ley.
Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas.
Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de Constantinopla y de todos los _vilayetos_ de Turquía, sino que mantienen negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias.
Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo esclavas.
Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían según los méritos del género.
Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca, firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.
Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con inquietos remos, cuesta mucho más.
* * * * *
Los eunucos son más caros.
En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna persona rica puede pasarse sin ellos.
En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra, aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto. Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos resplandores y gesticulantes sombras.
El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso, avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.
Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó con uno solo.
Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.
Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los precios.
En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para estos infelices negros, lúgubres mamarrachos, enormes como colosos, de rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al chasquido de una caña que se rompe.
Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la angélica voz de los cantores del Papa.
Pero algo quedaba en ellos, después de la monda, que constituía un motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer, ociosa y triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece los más refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar, las malditas pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la prole del señor, pero faltando á la fidelidad descaradamente en el sagrado del hogar.
Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada perdonan, echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso, en la que no queda el más leve rastro de frutos humanos.
La espeluznante operación la realizan los crueles fabricantes en negros de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado semanas y meses, entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma.
El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta amputación.
Por esto los que quedan son personajes poseídos de su importancia, influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo mismo que una tiple que se considera indispensable y precisa.
XXIX
Los derviches aulladores
En la orilla asiática de Constantinopla, entre el barrio puramente turco de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el cementerio que lleva el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos funerarios y sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat, donde todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa los derviches aulladores.
Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa. Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de madera, y desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán, y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una panoplia de armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas, cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de clavos.
Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con las piernas cruzadas, el _imán_, el gran sacerdote de los derviches aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de los que se tienen por descendientes del Profeta.
Este _imán_ es un árabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder de hacer milagros, por ser el hombre más hermoso de Constantinopla. No he visto tipo más perfecto de la belleza semita. De regular estatura, parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su cuerpo enjuto y ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los tejidos indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante, entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La nariz, aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de color de tabaco en sus córneas, que hace resaltar el fuego de las luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arábigos, un pirata del mar de arena, un caballero andante de las soledades asiáticas, majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y vive en la civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos.
Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita contemplan con admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la piel de cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la cofradía más fanática de Constantinopla, es un hombre _enterado_, sin ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado inteligente para creer en tales cosas. Un día, hablando de él con Constans, el embajador de Francia, éste rompió á reir, con la irreverencia de un viejo republicano:
--Le conozco mucho. Un _blagueur_. Lo que ustedes llaman un guasón. Un hombre inteligente que se amolda á las circunstancias.
Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los suyos, no teniendo fe en los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin creer en ellas.
Frente á él están los derviches, formados en fila, llevando sobre la cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de fieltro, semejante á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.
Todos ellos repiten á coro una especie de letanía monótona, y balancean su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta sobre los hombros, doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivén continuo, acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la escuela, acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si fuesen á romperse.
«¡_La Ilah il Allah_!», cantan los derviches con un furor creciente, extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el gran sacerdote los contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de sus acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el curso de la oración.
Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino, los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y á otro, con monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño. Los derviches empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se corta con gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á los espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos en que parece que van á saltar las barandillas para morder á los occidentales curiosos, agrupados detrás de ellas.
De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la caída de un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos, que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este negro, que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡_Allah hou_!... Y en la crispación de su rostro lustroso, en su mirada completamente blanca, hay algo de éxtasis, como si contemplase á su Dios asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en cuyas aberturas aguardan las huríes de redondas formas y húmedos ojos á los guerreros fieles del Profeta.
Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas, ocultando los ojos en el pañuelo, sintiendo que ellas también van á desplomarse á impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.
Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de otro mundo.
Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar aliento en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si durmiesen, son sacados á brazos.
Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante el _imán_, esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios más apartados de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la mezquita de los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta, venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con el soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben desde el sultán hasta el último _hamal_ de los muelles del Cuerno de Oro.
Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El hermoso _imán_ se yergue despojándose de las babuchas, y apoyado en uno de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones de las criaturas. Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así parece imposible que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de los pequeños!...
Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujándose, como criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las cuales el viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior. Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo _imán_... con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él, implorando la huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados y marineros.
Cerca de mí está sentado un joven turco, elegantemente vestido á la europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán inglés á rayas. El fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. ¡Cómo reirá este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!...
El _imán_, ocupado en marchar sobre los riñones de los fieles, lanza rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se adivina cierta agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en una pieza aparte.
Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á hacer su oración ante el Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo. Es el joven turco vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se arrodilla compungido, brillantes de fe los audaces ojos.
El _imán_ escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta confesión de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus riñones con la calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir de consuelo.
XXX
Libertad religiosa
En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en Constantinopla.
Los que confunden á todos los mahometanos en un concepto común, y creen que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco, se extrañarán de esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En Constantinopla viven todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano, todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran _imán_ y retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de adeptos que cada religión cuenta en sus Estados.
Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos.
Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre á un pachá católico, por ser ésta la religión de los pobladores de dicha provincia; si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al archipiélago, designa á un pachá griego; y así hace en los demás _vilayetos_ de su vasto imperio.
Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á sus imanes no se les ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian al _renegado_, y miran con inquietud al hombre que cambia de religión, aunque sea para abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder político, la dominación conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan á su autoridad y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.
Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.
--Están equivocados--dice el viejo turco con superioridad bondadosa--. No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros.
Los turcos sólo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al persa, musulmán que es para ellos un conjunto de todas las herejías y abominaciones: lo que el protestante para un católico rancio.
Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chiíta, que creen en el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio irreductible al buen turco.
--¡Esos perros!--exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado, cubierto con gorro de astracán--. Los _giaoures_ (los cristianos) no son culpables de sus errores. Siguen la religión que les enseñaron sus padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de ella!...
Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre popularísimas en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes potencias y el llamado «equilibrio de las naciones», hace tiempo que el ejército del _Padichá_ habría entrado vencedor en los palacios de Teherán.