Oriente

Part 15

Chapter 153,852 wordsPublic domain

Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez que asistió al teatro el austero sacerdote.

--¿Vive aún _monsieur_ Echegaray?--pregunta Su Santidad con gran interés por mediación del secretario.

--Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa.

Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores, con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda del magno suceso durante toda su vida.

El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos.

--Su Santidad pregunta qué opina usted sobre esto--dice el secretario.

--Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas tienen por protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á expresarse como el Aquiles homérico.

El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar en sus ojos que piensa todo lo contrario.

La conversación languidece y yo me preparo á marcharme. Llevo más de media hora con Su Santidad é indudablemente muchos fieles de importancia aguardan en la antesala.

El Pontífice de Constantinopla es un Papa _constitucional_. Ni es infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe. Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo, compuesto de eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo.

Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II emprende una larga arenga dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra _democraticón_. El Patriarca parece poner un gran interés en lo que dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla gravemente.

--Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes son muy respetados, si la religión tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democráticos como en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores.

Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al buen Patriarca?... Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de decirle la verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa ignorancia de este sacerdote, que ya no volverá á acordarse de España y jamás podrá influir en nuestra suerte?...

--Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos democráticos ni nada de esas pestes modernas que como él dice hacen la infelicidad de los pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son veneradísimos; todos los españoles somos católicos...

Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy bien.»

--Su Santidad--añade el diplomático al poco rato--dice que se alegra muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un inmenso consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen camino.

Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.

--¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...

No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas contrae las ondas de nieve de su barba.

Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.

Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se llamen á engaño habrá ganancia para todos.

* * * * *

Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest. Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso.

Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al Patriarca.

Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical, recomendándome de nuevo en sus oraciones.

Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.

En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no salir de él sin la correspondiente bendición.

XXVIII

Turcas y eunucos

Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las mismas preguntas:

--¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos?

¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios, frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras; gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é inabordable como las mujeres.

Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz, apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con las pasiones de sus súbditas.

El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus pachás.

Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera, contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...

Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.

Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distraído en medio de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos cautelosamente, para saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará en el mismo día al marido ó al padre.

La policía y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en completa libertad para todo... para todo, menos para lo que ella desearía.

Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espías, y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito. Todas las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este servicio, representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército, marina, administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de los sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por repetir al ministro de Policía cuanto ven y cuanto oyen.

Además, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable _effendi_ que pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero, ya que le ve faltar tan abiertamente á las costumbres del país.

La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y el fanatismo nacional de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre que el que tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso, que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en carruaje se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas en libertad.

La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al dominó de pesado damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. Así se la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas, elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de los calzones interiores.

Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachás y los turcos ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valiéndose de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluían á la mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante á una _salida de teatro_, llevan trajes de París recargados de adornos y en extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_, velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce á sus ojos, agrandados por una aureola negra de _kool_. Ocupando grandes carrozas con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, á los que la perturbación del sexo hace luchar con las señoras en chismes, odios é histéricas rabietas, van á las tiendas ó visitan á las amigas de otro harem, situado á tres ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo.

Algunas veces un harem se traslada á la orilla de Asia para ver á las compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura tres ó cuatro días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de muñecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas parecen cárceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de celosía, tras las cuales espía á todas horas la curiosidad maligna, la sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.

Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis años, saben pintarse las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de rojo, y en esto invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas saben fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan gruesas flores de oro sobre telas de seda.

Hablar, con una charla interminable de pájaro loco, embriagándose en sus propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de cráneo y expedita de lengua, multiplique su número para encontrar alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento.

Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem. Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre tienen varias esposas.

Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem.

Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre la frente con entera comodidad.

En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos, que poco más ó menos dicen así:

Nada iguala la astucia de la dama.

El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde de patriotismo!...

Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.

Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán en el Sélamlik.

Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á pesar de que viven bajo el mismo techo.

La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan. Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que viven junto á él.

El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen. Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil, siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una saña de hermanos, cada uno de distinta madre.

Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías.

* * * * *

La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.

Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación, desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los valses melancólicos de Chopín ó el último _couplet_ de moda en París, y cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan acuarelas con palomos, flores ó barquitos.

Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una muchacha de París ó Londres!...

--Sabemos francés, sabemos inglés--dicen á la vieja confidente--. Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad... para hablar con los hombres.

Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz, abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran calle de Pera.

Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca admira á la duquesa rubia y _espiritual_, que en cada capítulo luce un traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va cautelosa al estudio ó á la _garçonniére_ de su nuevo ídolo, cubierta con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos _velo de adulterio_); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y lacrimosos.