Part 19
En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera no debe dormir, sino velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar todos los frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del Profeta: el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se escapa á este supremo mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se pierde); el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida, por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el hombre en plena virilidad hace un llamamiento á sus fuerzas y ora toda la noche en diversos altares, con la convicción de que será grato á Dios si el sol le sorprende ocupado todavía en tales ritos.
La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh y orgullo de las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el sacro deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo religioso y el apasionamiento oriental.
Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del Pañuelo» en el Yildiz Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus súbditos musulmanes, sacrifique una doncella.
En un salón del harem imperial se alínea, bajo la mirada del Gran Eunuco y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas son esclavas de la Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los _vilayetos_ asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas del emperador, que aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su familia en los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y señoras, confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas la presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede decidirse su suerte.
Aparece el _Padichá_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con indiferencia el pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del católico que todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo santo, pero sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en ella el encanto de la novedad.
¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los Creyentes, con sus sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche, á puerta cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de iniciativas. El majestuoso _Padichá_, que tal vez lleva ocupado el pensamiento por alguna nueva reclamación de los embajadores de las potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto á esta primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el Profeta. La soberana de una noche sonríe invitadora con sus labios coloreados de carmín, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del Gran Señor flácido y desmayado, como el pañuelo simbólico.
Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana ó una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.
El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el silencio profundo del barrio señorial. También para él, musulmán fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos deben igualmente estar dedicados á la santa ceremonia. Allá lejos, en la depresión del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y Galata.
Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho las puertas cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel que me espera, lamentando mi condición de mísero _giaour_, de despreciable cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.
XXXIII
La entrada en Europa
¡Adiós, Constantinopla!
En plena noche atravieso por última vez el Gran Puente, sintiendo como caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta negra de cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla pálida la luna menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el espacio como constelaciones perdidas.
¡Adiós!
Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los que nada me une, ni el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es melancólica y penosa.
Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables del mundo prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima etapa?...
Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegará á serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.
¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la incertidumbre del porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos lugares amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga antes de poder cumplir mi deseo.
Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mármara con sus aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas pasan flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algún día hablaré de Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andalucía musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega situada á muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo _Brussa la Verde_. Y también hablaré, en una novela, del barrio de Galata en Constantinopla, «el barrio de los españoles», como lo titula la topografía popular, donde veintiocho mil judíos que se apellidan Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc., emplean en el seno de la familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de comunicación para librarse de la vigilancia de los enemigos.
--¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los míos, los viexos, baxaron de allá.
Los cuentos que entretienen á la familia en las noches de sábado, leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los niños con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV, aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo judío.
Abandono Constantinopla después de pasar por las innumerables ceremonias del pasaporte, que son aquí tan precisas para salir del país como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y después en Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de alguna loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos, ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el sol estamos en tierra húngara.
Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas puertas de la Europa europea.
Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant, que va á la cola del tren, nos juntamos los viajeros del exprés de Constantinopla, gentes de diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y una señora rubia y elegante, sentada frente á mí. Silencio absoluto ó lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y fría de los que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de mesa. El almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la ventanilla veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual sólo es inteligible para mí el título de la obra, _Carmen_.
De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra un obstáculo. Luego, la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales. Es mediodía; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo, nos sentimos ciegos, como si hubiésemos caído en plena noche.
La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí con sus platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos que se agitan con el pasmo del terror.
Pasan unos instantes brevísimos, pero la imaginación los llena vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como si fuesen años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á morir pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á incorporarme?...
Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elástica, envuelta en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos servía momentos antes. Está de espaldas, con los brazos en cruz, los ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo á pesar de mi pisotón.
Frente á mí se incorpora la señora, que parece haber envejecido en unos instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas por la emoción.
--No somos más que una porquería--dice en francés.
Tal vez fué la influencia del momento, pero juro que jamás he oído una frase tan _profunda_ y tan justa.
Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en el suelo, mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos hechos trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales, partidos en láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de espada.
Instintivamente arranco de la espalda de la señora una especie de puñal de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna que estaba detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio.
Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á lo largo de la vía, junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también, tropezando en los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, viéndose entre sus vedijas el caserío blanco de Pest en una montaña. El vapor se escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á la cabeza del tren, que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras caídas y mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de vagones de mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de las dos máquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de materiales de construcción se han roto, esparciendo á ambos lados de la vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de ladrillos.
Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son á modo de acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos que dan un escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren excitados por la emoción y gritan en magyar, en alemán, en servio, en turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber ciertamente por dónde empezar. Siguiendo el impulso de los demás, intento subir á los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota plataforma chapoteo en algo negro, que es líquido y sólido á un tiempo. Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas, anunciando la llegada de sus compañeras. ¿Para qué añadir el horror á la emoción sufrida?...
Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda pendiente.
Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer, contemplando los restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las locomotoras empieza á incendiar el puente de madera.
Por todos los caminos de la campiña llegan corriendo grupos de húngaros melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran en los vagones demolidos.
Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest han dejado salir un tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el tren de Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y después hablamos de las «cosas de España»!...
Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome la luz del sol. Son mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.
Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un rasguño, sin una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.
El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja. La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en espantoso desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren contiene dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las operaciones de salvamento.
Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope un escuadrón de caballería. Por otros se presentan compañías de infantería y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados, con el escudo de la Cruz Roja. Empiezan á descender camillas por la cuesta del desmonte.
De los fúnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando bultos inánimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. ¡Cuándo acabará esa extracción horripilante! Junto á mí pasan hombres y mujeres sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras extrañas que no puedo entender.
La caballería da una carga á la muchedumbre curiosa, para limpiar los alrededores. Los infantes austríacos entran á la bayoneta, con furiosos gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.
Las mujeres se apelotonan en torno mío, como si mi calidad de víctima las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... ¿Por qué sigo aquí? ¿De qué sirve mi presencia?
Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez más, al desvanecerse el primer aturdimiento de la emoción. Escupo sin cesar, pensando medroso en el color púrpura... No; no hay nada roto.
Empleando el idioma universal de la mirada y la seña, coloco una de las maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas, que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la marcha, al través de campos recién labrados y movedizos, hacia un camino por el que veo pasar un tranvía eléctrico.
¿Para qué permanecer aquí, donde á nadie conozco y nadie me entiende? Voy á Budapest á tomar otra vez el tren, que me inspira un pánico invencible.
Y así entro en la verdadera Europa, á pie, al través de los campos, llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace siglos, atraído por los esplendores de Occidente.
FIN
Agosto-Noviembre 1907.
INDICE
Págs.
CAMINO DE ORIENTE
I.--La peregrinación cosmopolita. 9
II.--Aguas y música. 16
III.--Las mesas verdes. 23
IV.--La ciudad del refugio. 31
V.--El lago azul. 39
VI.--Los osos de Berna. 46
VII--El lago y el Concilio. 54
VIII.--La Atenas germánica. 64
IX.--El Festival Wágner. 72
X.--El _Mozarteum_. 80
XI.--Viena la elegante. 89
XII.--El subterráneo de los emperadores. 96
XIII.--¡Hermoso Danubio azul!. 105
XIV.--La ciudad de los magyares. 114
EN ORIENTE
XV.--Los Balkanes. 123
XVI.--Los turcos. 132
XVII.--Constantinopla. 142
XVIII.--El Gran Puente. 151
XIX.--Los que pasan por el Gran Puente. 160
XX.--El Gran Visir. 170
XXI--El palacio de la Estrella. 180
XXII.--El Sélamlik. 188
XXIII.--Los perros. 200
XXIV.--Los Derviches Danzantes 210
XXV.--El heredero de _Las mil y una noches_ 229
XXVI.--Santa Sofía 249
XXVII--El Papa griego 258
XXVIII.--Turcas y eunucos 275
XXIX.--Los derviches aulladores 296
XXX.--Libertad religiosa 304
XXXI.--Restos de Bizancio 319
XXXII.--La Noche de la Fuerza 334
XXXIII.--La entrada en Europa 346
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Estas correcciones hizo el transcriptor del texto electronico:
cisnes negros de pico de escarleta=>cisnes negros de pico de escarlata
al que acuden todos los extranjeroe=>al que acuden todos los extranjeros
cabeza rodeaba de un nimbo=>cabeza rodeada de un nimbo
para que á á la salida le suelten medio franco=>para que á la salida le suelten medio franco
pasando entre resplandores como una aparición fantásticas=>pasando entre resplandores como una aparición fantástica
sus acupaciones en la catedral=>sus ocupaciones en la catedral
trina el ruiseñor, canta si mirlo=>trina el ruiseñor, canta el mirlo
clase de iufortunios=>clase de infortunios
todas lujosas, todas deshabitatas=>todas lujosas, todas deshabitadas
Podrá creerse superior ó los demás=>Podrá creerse superior á los demás
arrendatario de la tierra que cultima=>arrendatario de la tierra que cultiva
poserlos el soberano=>poseerlos el soberano
todas las mesas las pedazos de pan olvidados=>todas las mesas los pedazos de pan olvidados
Eran los patios de la Santa Mezquita, del temblo?>Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo
volvían los ojos hacia al hogar=>volvían los ojos hacia el hogar
para hacer creer en una suicidio=>para hacer creer en un suicidio
el mansjo de sus riquezas=>el manejo de sus riquezas
enclaustradas voluntamente=>enclaustradas voluntariamente
el gesto pontifical, recomendánme=>el gesto pontifical, recomendándome
institutrices ingleses y franceses=>institutrices ingleses y francesas
envuelto en su sotana uegra=>envuelto en su sotana negra
creencias de sus súdditos=>creencias de sus súditos
abrazar al suya=>abrazar la suya
láminas de bronce, qne ciertamente=>láminas de bronce, que ciertamente