Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)

Part 9

Chapter 94,117 wordsPublic domain

Brillante rayo del sol, presagio favorable, alumbraba a la tierra; yo lo observaba todo junto a la puerta Electra desde una torre elevada que dominaba a la llanura. Vi las tres filas de los tres cuerpos de ejército, y la multitud de guerreros de pesadas armas que se extendía por las alturas próximas al Ismeno, como se había dicho, y al mismo rey, al ínclito hijo de Egeo, y a los habitantes de la antigua Cecropia,[140] que lo acompañaban en el ala derecha; en la izquierda los paralios[141] armados de lanza, junto a la misma fuente de Ares, y el escuadrón de caballería a los flancos del ejército, distribuido en partes iguales, y los carros más allá del sepulcro sagrado de Anfión. El pueblo de Cadmo se extendía delante de las murallas, y a su retaguardia yacían los cadáveres, causa de la batalla, y la caballería tebana enfrente de la ateniense, y los carros enfrente de los carros de cuatro corceles. Entonces el heraldo de Teseo habló así: «Callad, pueblos; callad, tropas tebanas, y oíd: venimos a pedir los cadáveres para sepultarlos, como manda una ley que se observa en toda la Grecia, y sin ánimo de derramar sangre». Y Creonte nada respondió, permaneciendo armado en silencio; pero los que guiaban los carros de cuatro caballos comenzaron después la pelea, y en su primer ímpetu rompieron las filas de los carros enemigos, mientras desde estos peleaban los soldados esgrimiendo el acero, y dando lugar a que retrocedieran los caballos para combatir otra vez con los armados de lanzas. Viendo Forbas, capitán de la caballería ateniense, la confusión que habían producido los carros, el ataque de la caballería cadmea tomó parte en el combate con sus tropas, que alternativamente vencían y eran vencidas. Yo, que lo he visto con estos ojos, y no oído de otros (en el mismo lugar en donde peleaban los carros, y los soldados que en ellos iban), y los infinitos horrores que se sucedían, no sé por dónde empezar, si por el polvo tan espeso que llegaba al cielo, o por los que eran arrastrados en todos sentidos, envueltos en las riendas, mientras la sangre corría, ya cayendo los unos, ya precipitados con violencia los otros de cabeza cuando los carros se rompían, y expirando entre sus destrozados restos. Al observar Creonte que la caballería ateniense venía, se adelantó embrazando el clípeo antes que se desanimaran sus soldados. Ni Teseo anduvo tampoco ocioso, saliéndole al encuentro con sus brillantes soldados; trabaron, pues, la batalla, y los enemigos mataban mezclados con sus adversarios, y morían a sus manos, y se animaban con grandes clamores. «Herid, resistid a los hijos de Erecteo con vuestra fuerte lanza». El ejército de los descendientes del dragón peleaba con valor, y cejaba nuestra ala izquierda; pero al mismo tiempo vencía la derecha a la contraria, y era igual la batalla. Teseo, mientras tanto, ganaba nuevos lauros, y no solo estuvo en donde los suyos derrotaron a sus enemigos, sino que acudió al socorro del ala que cedía. Dio un grito espantoso, que repitieron los ecos: «¡Oh hijos!, si no resistís con vuestros pechos a la enhiesta lanza de estos espartos,[142] perece la ciudad de Palas». Y así inspiró nuevo aliento a los hijos de Cránao.[143] Y empuñó la clava formidable de Epidauro,[144] y la esgrimió a una y otra parte; separaba los cuellos de los troncos y aplastaba las cabezas cubiertas de cascos, derrotándolos al fin. Yo grité también entonces, salté de gozo y aplaudí mientras se dirigían hacia las puertas. En la ciudad se oían clamores y alaridos de jóvenes y ancianos, y el terror llenaba los templos. Teseo, que hubiera podido entrar en ella, contuvo a su gente, asegurando que no venía a asaltarla, sino solo a pedir los cadáveres. Así debe ser el capitán que vaya al frente de las tropas: valiente en el peligro y poco amigo de dejarse llevar de la insolencia del populacho, porque este, intentando subir las últimas gradas de la escala, cuando la fortuna le favorece, suele perder la felicidad, de que en otro caso disfrutaría.

EL CORO

Yo, ahora, que veo este día inesperado, creo en los dioses, y siento menos mis desdichas al recordar el castigo que han sufrido.

ADRASTO

¡Oh Zeus! ¿Por qué se llaman sabios los míseros mortales? De tu voluntad dependemos, y cumplirla es nuestro destino. Estrechos nos encontrábamos en Argos, y éramos muchos jóvenes y de robusto brazo; y cuando Etéocles quiso transigir, no aceptamos, y después perecimos. Él, afortunado entonces, como el pobre que se ve rico de repente, se llenó de orgullo para que no quedase impune el necio pueblo de Cadmo, y perdió la batalla. ¡Oh vanos mortales, que, como el que tiende el arco más de lo justo, sufrís con razón tristes males y no hacéis caso de los que os aman, sino solo de la fortuna, y vosotras, ciudades, que pudiendo evitar pacíficamente vuestra ruina resolvéis vuestras cuestiones derramando ríos de sangre! Pero ¿a qué viene esto? Quiero saber ahora cómo te has salvado; después preguntaré lo restante.

EL MENSAJERO

Cuando el tumulto que ocasionó la batalla alborotó a la ciudad, me escapé por la puerta por donde entraba el ejército.

ADRASTO

¿Recuperasteis acaso los cadáveres causa del combate?

EL MENSAJERO

Sí; los de los capitanes de las siete ínclitas cohortes.

ADRASTO

¿Qué dices? ¿Y los demás muertos?

EL MENSAJERO

Han sido enterrados en los valles del Citerón.

ADRASTO

¿Del lado allá o del lado acá? ¿Quién los enterró?

EL MENSAJERO

Teseo, junto al umbroso peñasco de Eleuterís.[145]

ADRASTO

¿Y en dónde ha dejado los muertos no enterrados?

EL MENSAJERO

Cerca; que cerca está cuanto se hace con actividad.

ADRASTO

Sin duda indignos esclavos los han sacado de entre los muertos.

EL MENSAJERO

Ningún esclavo tomó parte en este trabajo.

ADRASTO

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...[146]

EL MENSAJERO

Así habrías hablado si hubieras sido testigo de los cuidados que Teseo prodigó a los muertos.

ADRASTO

¿Él mismo lavó los cadáveres de esos desventurados llenos de sangre?

EL MENSAJERO

Y preparó los lechos mortuorios y cubrió sus cuerpos.

ADRASTO

Importante era este deber y no exento de humillación.

EL MENSAJERO

¿Qué humillación cabe en los males humanos comunes a todos?

ADRASTO

¡Ay de mí! ¡Cuánto mejor hubiese querido morir con ellos!

EL MENSAJERO

En vano lloras y haces derramar lágrimas a estas desventuradas.

ADRASTO

Ellas son, al contrario, las que me enseñan a hacerlo. Pero vamos, levantaré mis manos, saliendo al encuentro de los muertos, y cantaré a sus manes triste canción invocando a mis amigos, privado de los cuales vegeto en triste soledad; daño irreparable para los mortales es perder la vida, que recobrar lo demás es posible.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Nuevas alegres en parte, en parte tristes; los honores de la victoria duplican la fama de la ciudad y de sus capitanes; amargo será para mi ver a mis hijos muertos, y sin embargo, grato espectáculo alcanzar este día venturoso, aunque sufra al mismo tiempo el mayor de los dolores.

_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que el viejo padre de los días[147] me hubiese conservado perpetuamente libre de los conyugales lazos! ¿Qué necesidad tenía yo de hijos? Si no me hubiese casado, nunca podría esperar tan horrible calamidad; ahora soy víctima de manifiesta desdicha sin mis hijos muy amados. Pero he aquí sus cuerpos sin vida. ¡Cuánta es mi desventura! ¡Ojalá que con ellos muera, bajando a la común morada de Hades!

ADRASTO

_Estrofa 2.ª_ — Gemid, ¡oh madres!, por los muertos que han de ir debajo de la tierra; responded a mis lamentos.

EL CORO

¡Oh hijos! ¡Oh amargo nombre de madre, yo te hablo, y muerto no me oyes!

ADRASTO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

¡Ay de mis males!

ADRASTO

¡Ah, ah!

EL CORO

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

ADRASTO

¡Ay de mí! ¡Cuánto hemos sufrido!

EL CORO

Las más espantosas calamidades.

ADRASTO

¡Oh ciudad argiva! ¿No te apiadas de mi destino?

EL CORO

¡Mírame también huérfana de mis hijos!

ADRASTO

Acercad los cuerpos llenos de sangre de estos desventurados, que ni merecían la muerte ni han perecido a manos de dignos adversarios en medio del combate.

EL CORO

Dádmelos, que yo los estreche y en mis brazos los sustente.

ADRASTO

Ya los tienes, ya los tienes en tus brazos.

EL CORO

¡Carga bastante pesada es la de mis dolores!

ADRASTO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Pero hablas con madres.

ADRASTO

Vosotras me oís.

EL CORO

Gimes por nuestros males comunes.

ADRASTO

¡Ojalá que las tropas tebanas me hubiesen dado muerte entre el polvo!

EL CORO

¡Ojalá que nunca hubiese dormido al lado de mi esposo!

ADRASTO

¡Contemplad este piélago de desdichas, madres desventuradas que habéis perdido vuestros hijos!

EL CORO

¡Con las uñas nos hemos lacerado, y sobre nuestras cabezas hemos derramado las cenizas!

ADRASTO

¡Ay, ay de mí, ay de mí! ¡Que a mí solo me trague la tierra, que la tempestad me despedace, que el rayo de Zeus me hiera!

EL CORO

Asististe a tristes nupcias,[148] y funesto fue el oráculo de Apolo; el genio maléfico de Edipo, abandonando su palacio, ha venido a hacerte la guerra sembrando lágrimas.

TESEO

Deseaba interrogaros cuando os lamentabais delante del ejército; pero dejémoslo ahora, aunque os interese, y preguntemos a Adrasto. Dime, ¿por qué estos mortales se hacen ilustres por su fortaleza? Responde tú, más sabio que estos jóvenes y hombre de experiencia. He admirado sus hazañas, superiores a toda expresión, en virtud de las cuales esperaban apoderarse de la ciudad. Nada diré para no excitar la risa,[149] ni para averiguar con cuál ha peleado cada uno en el campo de batalla, ni la lanza enemiga que los ha herido. Vanas son las palabras de los que escuchan y del que cuenta, si después de asistir a la pelea y de contemplar espeso bosque de lanzas se quiere referir quién ha sido valiente. Ni yo lo preguntaría, ni daría crédito a los que se atreviesen a narrarlo, porque estando enfrente del enemigo apenas se puede ver lo que más nos interesa.[150]

ADRASTO

Óyeme, pues; no contraríes mi voluntad permitiéndome alabar a amigos de quienes solo diré lo que sea justo y verdadero. ¿No ves a aquel a quien atravesó el instantáneo dardo de Zeus? Ese es Capaneo, que disfrutaba de opulentas riquezas, aunque sin insolencia ni más orgullo que un pobre, y huía de los que se jactan de sentarse a mesa abundante y desprecian la frugalidad; en su concepto, la virtud no era la glotonería, sino contentarse con el sustento necesario. Amigo leal de sus amigos, presentes y ausentes (cuyo linaje de hombres no es, en verdad, numeroso), de costumbres sencillas, afable lenguaje y fiel a sus promesas, ya las hiciese a siervos, ya a ciudadanos. El segundo es Etéocles,[151] también bondadoso como pocos, joven, con escasa fortuna, y, sin embargo, obtuvo en Argos muchos honores. A menudo le ofrecieron oro sus amigos, y no lo aceptó para no esclavizarse por dinero. Odiaba a los malos, no a la república, porque no debe culparse a esta si no tiene buena fama porque no es bueno quien la gobierna. El tercero fue Hipomedonte, que no se consagró desde niño a los placeres de las Musas ni a vivir muellemente; habitaba en el campo, y agradábanlo los ejercicios corporales y las empresas arriesgadas, la caza, los caballos, tirar el arco, y deseaba servir a su patria con su esfuerzo. El otro el niño Partenopeo, hijo de la cazadora Atalanta, de bellísima forma, nacido en la Arcadia, aun cuando después vino a las orillas del Ínaco y se educó como extranjero en Argos; a nadie molestaba ni excitó la envidia de los ciudadanos, ni le gustaban las disputas, defecto intolerable así en el ciudadano como en el extranjero; formaba humildemente en las filas como si fuese argivo, defendía su territorio cuando era menester; si la ciudad prosperaba era grande su alegría, y grande su tristeza si recibía daño; y aunque tuvo muchas amantes y no pocas que se enamoraron de él, nunca faltó en nada. En pocas palabras haré la mayor alabanza de Tideo: no era claro en su lenguaje, sino esforzado sofista en las armas y muy perito en bélicas estratagemas. Inferior en prudencia a su hermano Meleagro, alcanzó igual renombre en el arte de la guerra y mucha pericia militar: ánimo ávido de gloria, ingenio fecundo en obras, no así en el decir. No te admires, pues, ¡oh Teseo!, recordando mis palabras, que osaran arrostrar la muerte delante de las torres. La buena educación es madre del pundonor, y el hombre que acostumbra a bien obrar se sonroja de aparecer malo. La fortaleza puede enseñarse si desde niño se aprende a decir y a oír lo que no se conoce, y lo que se ha aprendido se conserva hasta la vejez. Así, educad bien a vuestros hijos.

EL CORO

¡Oh hijo!, te crié desventurado, y te llevé en mis entrañas, y sufrí por ti los dolores del parto; y ahora se lleva Hades el fruto de mis míseros cuidados; yo, desdichada, no tendré en mi vejez hijo que me sustente.

TESEO

Al noble hijo de Oicleo,[152] arrebatado en vida por los dioses a los ocultos senos de la tierra con su cuadriga, lo han colmado de claras alabanzas; y si alabamos al hijo de Edipo, a Polinices, no mentiremos; me dio hospitalidad antes de dejar la ciudad de Cadmo, y dejome pasar a Argos en destierro voluntario. Pero ¿sabes lo que desearía hacer de estos?

ADRASTO

No lo sé; pero obedeceré tus órdenes.

TESEO

A Capaneo, herido por el rayo de Zeus...

ADRASTO

¿Quieres quemarlo aparte como cadáver sagrado?

TESEO

Seguramente, y a todos los demás en una misma pira.

ADRASTO

¿Y en dónde edificarás en su honor un monumento separado de los otros?

TESEO

Cerca de este palacio se levantará su sepulcro.

ADRASTO

De esto cuidarán los siervos.

TESEO

Y nosotros de los demás; vayan delante los que llevan los cadáveres.

ADRASTO

Id cerca de vuestros hijos, madres desdichadas.

TESEO

De ningún modo, ¡oh Adrasto!, debe hacerse lo que dices.

ADRASTO

¿Por qué no ha de ser conveniente que las madres toquen a sus hijos?

TESEO

Morirán si los ven desfigurados; horrible espectáculo ofrecen los cadáveres a poco de expirar. ¿A qué, pues, os ruego, queréis aumentar su dolor?

ADRASTO

Ya me convences. Es menester que os quedéis aquí; tiene razón Teseo. Después que los hayamos puesto en la pira, acompañaréis sus restos. ¡Oh, míseros mortales!, ¿a qué aprestáis las lanzas para ruina vuestra? Deteneos; descansad de vuestros trabajos, y tranquilos conservad vuestras ciudades en compañía de otros también pacíficos. Breve es la vida, y debemos pasarla lo más agradablemente que se pueda, no con penas.

EL CORO

_Estrofa._ — Ya no feliz con mis hijos, ya no dichosa con mi prole, ni puedo participar de la ventura de las madres argivas, ni nos saludará Artemisa, que asiste a las que sufren los dolores del parto, huérfanas de los nuestros. Miserable es mi vida; como a vaga nube, impéleme airado viento.

_Antístrofa._ — Nosotras, siete madres desdichadas, dimos a luz siete hijos, los más ilustres de los argivos, y ahora, sin ellos, envejezco víctima de tristísima suerte, y ni me cuentan entre los muertos ni entre los vivos, sufriendo en la orfandad una acerba fortuna.

_Epodo._ — Lágrimas solo quedan para mí, desventurada: yacen en mi casa, como recuerdos de mi hijo, lúgubres cabellos cortados, tristes coronas y las libaciones que se hacen a los muertos; cantos que no agradan a Apolo, de dorada cabellera, y al rayar el día lloraré mi infortunio, y mis lágrimas humedecerán el manto que cubre mi pecho. Pero ya veo el último lecho de Capaneo y el sagrado túmulo, y fuera de los atrios las ofrendas que Teseo consagra a los muertos, y a Evadne, que se acerca, ínclita esposa del que pereció herido por el rayo, e hija del rey Ifis. Pero ¿por qué se detiene en ese peñasco elevado que domina a este palacio después de andar esta senda?

EVADNE

¿Qué luz, qué resplandor derramó el sol con su carro cual la luna por el cielo, precedida en las tinieblas de ligeras ninfas que llevaban antorchas, cuando en mis suntuosas nupcias la ciudad argiva cantó mi epitalamio deseándome la dicha, y a mi esposo, el guerrero Capaneo? Desolada, vengo de mi palacio buscando las llamas y su sepulcro, para acabar en el palacio de Hades mi trabajosa vida y mis eternos dolores. Dulcísima es la muerte, y perecer con los que amamos si Dios lo decreta.

EL CORO

Tú ves esta pira, tesoro de Zeus,[153] cerca de la cual estás, en donde yace tu marido herido por el rayo.

EVADNE

Ya veo el término de mi carrera; en él estoy ahora; la fortuna dirige mis pasos. Me precipitaré desde aquí para probar mi honesta fama saltando en el fuego desde esta roca; y confundiendo en la ardiente llama mi amado cuerpo con el de mi esposo, mis miembros yacerán junto a los suyos, y descenderé al tálamo de Perséfone; fiel te seré también bajo la tierra, ya que has muerto. Adiós, luz; adiós, bodas. ¡Ojalá que mis hijos contraigan en Argos legítimo himeneo, y que casto compañero acompañe en su lecho a mi noble hija!

EL CORO

Mira a tu padre, el anciano Ifis, que se acerca a saber tristes nuevas; dolor sentirá al escucharlas; y más le valiera no oírlas.

IFIS[154]

¡Oh desventurada, y yo también, mísero anciano! Vengo llorando dos desgracias de mi familia: la muerte de mi hijo Etéocles por la lanza tebana, que volverá a su patria sin vida, y la desaparición de mi hija, la esposa de Capaneo, que salió precipitadamente de su palacio, anhelando morir con su esposo, Guardábala antes en él; pero aprovechose de un leve descuido, hijo de los malos presentes, y pudo escaparse. Presumí que estuviera aquí: decídmelo vosotras si lo sabéis.

EVADNE

¿Por qué interrogas a estas? Mírame en este peñasco, como un ave, ¡oh padre!, sobre la pira de Capaneo, pronta a levantar mi triste vuelo.

IFIS

¿Qué viento te trajo? ¿Qué senda? ¿Por qué después que huiste del palacio te viniste aquí?

EVADNE

Ira sentirás si conoces mi propósito; pero no quiero que lo oigas, ¡oh padre!

IFIS

¿Por qué, pues, no es justo que tu padre lo sepa?

EVADNE

Serías juez mío no imparcial.

IFIS

¿Por qué te has vestido de esta manera?

EVADNE

Algo nuevo indican estas galas, ¡oh padre!

IFIS

No es tu aspecto de quien llora a su marido.

EVADNE

Preparada estoy a osar inaudita empresa.

IFIS

¿Y por qué te has puesto tan cerca del sepulcro y de la pira?

EVADNE

He venido aquí a ganar preclara palma.

IFIS

¿Qué palma ganarás? Deseo saberlo.

EVADNE

Seré superior a todas las mujeres que el sol alumbra.

IFIS

¿En las labores de Atenea o en prudencia?

EVADNE

En fortaleza; muerta yaceré al lado de mi marido.

IFIS

¿Qué dices? ¿Qué das a entender con tan necio enigma?

EVADNE

Me precipitaré en esa pira de Capaneo.

IFIS

¡Oh hija!, no profieras tales palabras delante del vulgo.

EVADNE

Justamente deseo que lo sepan todos los argivos.

IFIS

Pero yo no lo consentiré.

EVADNE

Lo mismo da, no pudiendo impedirlo. Ya me precipito, aunque no te sea grato; pero lo será para mí y para el esposo que se ha de quemar conmigo.[155]

EL CORO

Atroz hazaña, ¡oh mujer!, has ejecutado.

IFIS

Yo, desventurado, muero, ¡oh mujeres argivas!

EL CORO

¡Ay, ay! Horrible, ¡oh desdichado!, es tu suplicio; has presenciado un acto inaudito de osadía.

IFIS

No encontraréis otro más infortunado que yo.

EL CORO

¡Oh infeliz! Hasta cierto punto, ¡oh anciano!, tú y tu mísera ciudad habéis participado de la muerte de Edipo.

IFIS

¡Ay de mí! ¿Por qué no es lícito a los hombres ser dos veces jóvenes y otras tantas viejos? Si en nuestro palacio hay algo que no nos parezca bien, podemos corregirlo, no así en la vida. Si fuésemos dos veces jóvenes y ancianos y faltásemos, dotados de dos vidas podríamos enmendarnos. Al ver yo a otros con hijos también los deseaba, y atormentábame ese deseo; pero si hubiera experimentado lo que es su pérdida para un padre, jamás sufriera el infortunio que ahora me aqueja por haber contraído himeneo y dado vida a un fortísimo joven, que me han arrancado después. Pero así es. ¿Qué debo hacer en mi desventura? ¿Iré a mi palacio? ¿Veré allí la espantosa soledad que en él reina, desesperación de mi vida? ¿Me encaminaré a la morada de Capaneo? Mucho gozaba antes en ella cuando mi hija vivía, pero ya no existe: ella besaba siempre mis mejillas, y con sus manos sustentaba mi cabeza. Nada es más sabroso para un padre anciano que una hija, pues aunque sean más nobles los varones son menos cariñosos. ¿No me llevaréis cuanto antes a mi palacio, y me sepultaréis en las tinieblas, para que el hambre acabe al fin con mi viejo cuerpo? ¿De qué me servirá tocar las cenizas de mi hija? ¡Oh vejez incontrastable, cómo te aborrezco! Odio a cuantos quieren alargar la vida y previenen la muerte con determinados alimentos, con abrigos y artes mágicas, cuando lo que convenía, ya que de nada sirven, es que dejaran de existir y cedieran su puesto a los más jóvenes.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¡Ved cómo traen los restos de nuestros hijos, consumidos por el fuego! Tomadlos, esclavas de ancianas débiles (que las lágrimas que por ellos hemos derramado nos han dejado exánimes) que han vivido largo tiempo y se desvanecen agobiadas por las desdichas. ¿Qué desventura hay mayor para el hombre que contemplar las cenizas de sus hijos?

UN NIÑO

_Estrofa 1.ª_ — Traigo, traigo de la pira, ¡oh mísera madre!, los restos de mi padre, peso no leve por los dolores que causa, y reducido cuanto me es caro a breve espacio.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¿A qué traes lágrimas a la madre amada de estos muertos, y un puñado de cenizas, en vez de los cuerpos de aquellos que en otro tiempo fueron ilustres en Micenas?

EL NIÑO

_Antístrofa 1.ª_ — ¡Oh dolor, oh dolor! Desventurado huérfano de mi mísero padre, viviré en desierto palacio, no en los brazos del que me engendró.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¿Qué se hizo mi dolor al dar a luz mis hijos? ¿Qué mis desvelos y mi educación maternal, y los insomnios que sufrí por ellos y mis tiernos besos?

ADRASTO

_Estrofa 2.ª_ — Desaparecieron, ya no existen para ti, ¡oh madre!, ya no viven tus hijos; volverán al éter reducidos a cenizas por el fuego, y después de visitar veloces el palacio de Hades.

EL NIÑO

Padre, ¿oyes tú también los gemidos de tus hijos? ¿No vengaré algún día tu muerte con las armas?

EL CORO

¡Ojalá, hijo, que así sea!

EL NIÑO

_Antístrofa 2.ª_ — Alguna vez, con ayuda de los dioses, vengaré a mi padre; aún no duerme en el olvido esta desgracia.

EL CORO

¡Ah, ah! ¡Bastante he llorado mi desdicha; bastantes dolores sufro!

EL NIÑO

¿No me verán las corrientes del Asopo capitaneando huestes argivas armadas de bronce para vengar la muerte de mi difunto padre?

EL NIÑO

_Estrofa 3.ª_ — Paréceme, ¡oh padre!, que todavía te miran mis ojos...

EL CORO

... dando un dulce beso en tus mejillas.

EL NIÑO

Que te oigo hablar.

EL CORO

Y que sus palabras se han desvanecido en el aire.

EL NIÑO

Para dos dejó llantos y también para una madre.

EL CORO

_Antístrofa 3.ª_ — Y nunca te abandonará la amarga memoria de tu padre. Tan grave es el peso que me agobia, que me ha perdido. Vamos, en el pecho guardaré las cenizas.

EL NIÑO

Me lamento al oír esta tristísima palabra; llegome al corazón.

EL CORO

¡Desapareciste, ¡oh hijo!; no te veré ya más, imagen querida de una madre que te amaba!

TESEO

¡Oh Adrasto y mujeres argivas! ¿Veis a estos niños, que en sus manos llevan los restos de sus esforzadísimos padres, rescatados por mí? A mí y a la ciudad los debéis. Conservadlos, acordándoos de este favor que de mí habéis recibido. Lo mismo digo a estos niños: honrad a Atenas, y que los hijos de vuestros hijos no lo olviden nunca. Testigo es Zeus y los dioses del cielo del beneficio que os hago al ausentaros.

ADRASTO

Conocemos bien, ¡oh Teseo!, todo lo que has hecho en pro del territorio argivo cuando más necesitaba de bienhechores, y nuestro agradecimiento será eterno; porque si tu servicio ha sido señalado, nuestra gratitud debe ser lo mismo.

TESEO

¿En qué otra cosa puedo mostraros mi afecto?

ADRASTO

Libre estás: digno eres de tu ciudad y ella de ti.

TESEO

Así sea; que la dicha también te acompañe.

ATENEA