Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)
Part 10
Oye, Teseo, las palabras de Atenea, para que sepas lo que has de hacer en provecho de Atenas. No des estos restos mortales a los niños que han de llevarlos al campo argivo, ni los dejes ir tan fácilmente sin exigirles que presten juramento, en justa reciprocidad de tus servicios y de los de tu ciudad: conviene que jure Adrasto por toda la tierra de las danaides que, como rey, tiene autoridad. Ha de obligarse a impedir que los argivos pisen nunca el territorio ateniense con ejército enemigo, y que si vienen otros, los rechazará con las armas, y si violando su solemne promesa acomete a esta ciudad, ruega a los dioses que perezca. Yo te señalaré el lugar en donde has de sacrificar las víctimas. En tu palacio tienes un trípode de pies de bronce que te dio en otro tiempo Heracles para el ara pítica, derribadas las murallas de Ilión y presuroso de dar cima a otro trabajo suyo. En él cortarás los cuellos de tres ovejas e inscribirás el juramento en su cavidad, y lo darás después a guardar al dios que cuida de Delfos, como monumento de tu alianza y testimonio irrecusable para la Grecia. La afilada cuchilla con que abrirás las víctimas y las matarás, será escondida por ti en la tierra, junto a las piras de los siete muertos; que bastará mostrarla para inspirarles miedo si alguna vez vinieren contra esta ciudad, y les deparará vuelta funesta. Hecho esto, saca de aquí las cenizas, y que junto a la misma encrucijada istmia sea en adelante un bosque consagrado a Apolo el lugar en donde sus cuerpos han sido purificados por el fuego. Esto para ti; a los hijos de los argivos anuncio que conquistarán la ciudad que besa el Ismeno, y vengarán a sus padres. Tú, Egialeo,[156] joven capitán, mandarás en lugar del tuyo, y el hijo de Tideo, que vendrá de la Etolia, a quien el suyo llamó Diomedes. Que la barba cubra cuanto antes vuestras mejillas para que al frente del ejército bien armado de los danaides vengáis contra las siete torres de los cadmeos; cuando seáis hombres, las acometeréis con terrible ímpetu como leoncillos que las han de conquistar. No sucederá de otra manera: vosotros, con el nombre de epígonos, daréis en toda la Grecia a la posteridad abundante materia para la poesía: a tales tropas mandaréis, y Dios os será propicio.
TESEO
Atenea, mi señora, obedeceré tus órdenes (que tú me diriges para que no yerre) y me obligaré a ello con juramento: llévame tú tan solo por el camino derecho, porque si tú eres propicia a la ciudad, siempre viviremos seguros.
EL CORO
Vamos, Adrasto, prestemos ese juramento a este héroe y a Atenas: bien merece lo que han sufrido antes que nosotros que les demos esta prueba de gratitud.
LAS BACANTES
ARGUMENTO
La institución del culto de Dioniso, expuesta dramáticamente, es el asunto de esta tragedia y el fin del poeta que la compuso. Acudió para lograrlo a las tradiciones mitológicas existentes, numerosas y difundidas entre los gentiles, como lo demuestra la relación detallada que de la vida y hechos de este dios nos ha conservado Diodoro, historiador harto prolijo sin duda en este linaje de narraciones. Penteo, rey de Tebas, y la familia de Cadmo, fundador de esta ciudad, unos en más y otros en menos, son las víctimas de las iras del nuevo numen, por haberse opuesto a la admisión y establecimiento del culto del hijo, no adorado antes, de Zeus y de Sémele. Penteo, juguete miserable de Dioniso, que lo humilla y se burla de él sin piedad, perece al fin desgarrado por las bacantes, y entre ellas por su propia madre y sus tías, y los demás individuos de la familia cadmea son condenados unos a perpetuo destierro de Tebas, y otros, como Cadmo y su esposa Harmonía, hija de Ares, a ser metamorfoseados en dragones y a un destierro de siglos entre los bárbaros. Harmonía es rescatada de su pena por Ares.
De su autenticidad, como obra de Eurípides, responden unánimes autoridades críticas competentes, no solo por los datos y noticias que han llegado hasta nosotros, sino también, y quizás más principalmente, por atestiguarlo así la misma obra en su plan, peripecias y personajes, por el espíritu que la anima y por otros innumerables rasgos y signos elocuentes de la factura peculiar de este poeta. En cuanto a su mérito literario, reina gran disparidad de opiniones, no faltando algunos, como La Harpe, nada justos ni benévolos con ella. Ocasión y lugar es este oportuno para advertir que la manera de leer y estudiar fuera del teatro las obras dramáticas influye poderosamente en los juicios que después se emiten. Tal es el origen más frecuente de los errores, engaños y desengaños de los autores de estas obras, y de la contradicción, tantas veces repetida, de los juicios que acerca de ellas forman sus censores o jueces, que solo las leen, y el público, que no las lee, sino que asiste a su representación. Para fallar con acierto sería necesario verlas en el teatro: pero como esto no es posible, y mucho menos tratándose de tragedias griegas, es muy útil siempre leerlas representándolas imaginariamente el lector, nunca como se lee otro escrito cualquiera.
No nos sorprende, por tanto, que la impresión sentida por quien lee LAS BACANTES, como indicamos, no le haya sido favorable. Ni el objeto que se propone Eurípides, ni su plan o la invención de los medios elegidos para realizarlo, ni sus personajes divinos ni humanos, ni sus caracteres, ni sus pasiones, ni su principio, medio, ni fin nos satisfacen. Pero cuando se leen como apuntamos y reconstituimos el teatro griego, nos identificamos con su religión, y en cuanto se puede nos transformamos en atenienses de los tiempos en que se escribió y representó esta tragedia; truécase esta en un drama trágico, soberbio, de espectáculo, de los más notables, vivos y característicos del mundo helénico. Su fábula está admirablemente concebida, trabada y desenvuelta; sus personajes, sus caracteres, sus pasiones y actos son como debieran ser, y en su conjunto y representación escénica hubo de distinguirse en muchos conceptos por su novedad, por su aparato escénico y por la admiración y la curiosidad y el interés que debió excitar en los espectadores.
Menester es que nos despojemos de nuestra idea cristiana y filosófica de Dios, como ser justo y bueno, y atribuyamos a esta palabra la significación que tenía en la casi totalidad de los espectadores, ni siquiera la que le daban Anaxágoras, Sócrates y los filósofos griegos con el mismo Eurípides. Dioniso era para ellos un ser humano en sus ideas, sentimientos y pasiones, aunque inmortal y de poder superior. Debía pensar, sentir y obrar como lo hace. Los bienes aportados por la invención del vino y su uso entre los mortales merecían de sobra ser recordados, ensalzados y recompensados con fiestas y signos exteriores sensibles, análogos en su apariencia exterior a los efectos más ordinarios y salientes del nuevo licor inventado, y establecidos además por su inventor. ¿Qué importancia podía tener el sacrificio de algunas víctimas, como Penteo y la familia de Cadmo, si se comparaba con la suma inmensa de placeres y alegrías que había el nuevo dios de dispensar al linaje humano? Al contrario, la pena que sufren sirve a los demás de escarmiento, y afirma y perpetúa su futura expansión por el mundo. Además, nada hay tan trágico ni tan humillante para la soberbia y el orgullo humanos; mala hierba tenaz, que asoma sin cesar en los sembrados todos de los hombres, como la flaqueza y la impotencia de los mortales más poderosos en pugna con los justos decretos, con los caprichos y hasta con las injusticias de los dioses. Esa caridad y conmiseración a que nos mueven sus desdichas y la razón de su oposición al nuevo culto, y su conducta, que aprobamos y justificamos, apenas si la sentía el público, y desde luego no la apreciaba como nosotros, sino como ceguera y obstinación imperdonable. Todo lo cual no quiere decir que no estemos nosotros, como cristianos, en terreno firme, y ellos, como paganos, en terreno falso.
Por lo demás, Eurípides nos sale aquí al encuentro de cuerpo entero. Empieza Dioniso descerrajándonos el consabido prólogo, y termina el drama apareciéndose en toda su gloria y resolviendo con su intercesión el conflicto suscitado. La deidad que figura aquí o interviene, como es uso suyo y costumbre, se conduce de tal modo que resulta inferior y más injusta que un mortal mediano. Sémele es la esposa de Zeus y la madre gloriosa de Dioniso; pero se ha pensado y dicho por alguno que pudo _muy bien deslizarse con algún simple mortal, y aconsejada por su padre, y por salvar su honra, atribuir la hazaña al rey del Olimpo_. El Universo está sujeto a las leyes divinas, y por consiguiente, el legislador es lógicamente un dios, _sea el que fuere_. Dioniso, numen egoísta, como la mayoría de los hombres de aquel tiempo y de los posteriores, es _pro dominatione_ capaz de todo, y se cuida poco de proporcionar a las mujeres en sus orgías y bacanales ocasión propicia para abandonarse a Afrodita, por la sencilla y espeluznante razón de que la luz del día no las evita tampoco, o lo que viene a ser lo mismo, que él añadirá a los excesos diurnos, inevitables, los nuevos nocturnos que serán la consecuencia del nuevo culto. Y esta saeta va contra lo divino y lo femenino humano. Ni se olvida de lisonjear al rey de Macedonia, que lo protege, y en general al pueblo helénico extremando el valor de sus creencias populares, superior al de los sabios pensadores. Y, sin embargo, en esta obra como en casi todas las suyas, se encuentra también una situación o escena eminentemente trágica, como la de Ágave al recobrar la razón y darse cuenta del horror de su desdicha, y su buen gusto y su aticismo se revela en la manera de presentarla, sobria, interesante y conmovedora, sin esbozarla tan solo, porque su efecto dramático sería escaso, ni apurándola y alargándola con exceso, porque debilitaría y anularía la impresión que ha de nacer en los espectadores, como suele suceder comúnmente.
En cuanto o la fecha probable de su representación, y teniendo en cuenta la noticia del escoliasta de Aristófanes al verso 67 de _Las Ranas_, a la estancia de Eurípides en Macedonia, en la corte del rey Arquelao, en los últimos años de su vida, a lo escrito por Diodoro en el capítulo XVI de su libro VIII de los juegos públicos instituidos por ese rey en Díon, en honor del dios del vino, y hasta la métrica usada en LAS BACANTES, parece lo más sensato fijar su representación en el año 3 de la olimpiada 93, lo más pronto en seguida de su muerte, o el 405 antes de Jesucristo, o con mayor seguridad poco después, sabiéndose que se puso en escena después de su muerte por su hijo del mismo nombre, juntamente con _Alcmeón_ o _Ifigenia en Áulide_, las otras dos partes de la trilogía.
PERSONAJES
DIONISO. CORO DE BACANTES. TIRESIAS, _adivino._ CADMO, _fundador de Tebas._ PENTEO, _rey de Tebas, hijo de Ágave._ UN CRIADO. UN MENSAJERO. OTRO MENSAJERO. ÁGAVE, _hija de Cadmo, madre de Penteo._
La acción pasa en Tebas.
Se ve en el teatro el palacio de Penteo, y a un lado ruinas, de las cuales sale humo de tiempo en tiempo. Cércalas una empalizada, y entretejida en ella una vid frondosa.
DIONISO
A esta tierra tebana he venido yo, Dioniso, hijo de Zeus, a quien Sémele, hija de Cadmo,[157] dio a luz en otro tiempo, ayudándola en su parto el rayo del cielo; de dios hecho hombre, hállome ahora junto a la fuente de Dirce y las aguas del Ismeno.[158] Y veo inmediato a este palacio el sepulcro de mi madre, herida por el rayo, y las ruinas de su regia morada, cuyo humo anuncia la llama viva del divino fuego y el odio perpetuo de Hera. Pero alabo a Cadmo, que ha hecho inaccesible este lugar sagrado, convirtiéndolo en santuario de su hija, y yo le doy sombra por todas partes con los frondosos racimos de la vid. Y dejando los campos de los lidios,[159] ricos en oro, las abrigadas llanuras de los frigios[160] y los persas,[161] las ciudades de los bactrianos,[162] y después de recorrer el país de los medos,[163] de áspero cielo, la Arabia feliz y toda el Asia que yace junto al mar salado en donde se ven ciudades populosas y bien defendidas por torres, habitadas a un tiempo por griegos y bárbaros, me he acercado primero a esta ciudad griega, después de establecer allí mi culto y mis fiestas, para que los hombres me adoren. Tebas es la primera ciudad griega que ha acudido a mi llamamiento, dando alaridos, cubiertos sus habitantes con una piel de ciervo y llevando en sus manos el tirso,[164] dardo adornado de hiedra, porque las hermanas de mi madre, por su interés particular, negaban que yo, Dioniso, fuese hijo de Zeus, y afirmaban que Sémele me había concebido de algún mortal, atribuyendo a Zeus la falta a instigación de Cadmo, y que por eso repetían que el rey de los dioses le había dado muerte, alegando falsamente que la amase. Así es que yo, inspirándoles mis furores, las he obligado a abandonar su residencia, y delirantes habitan en el monte, adornadas con mis sagradas insignias; a todas las mujeres de los cadmeos, ya adultas, víctimas de mis furores, he arrebatado de sus casas, y mezcladas con las hijas de Cadmo, se hallan a la intemperie en las alturas bajo los verdes abetos. Conviene que esta ciudad, aunque no quiera,[165] reconozca que ignora mis misterios, que defiendo a mi madre Sémele, y que, como dios, me he aparecido a los mortales después de engendrarme Zeus. Cadmo hizo heredero de su dignidad y de su imperio a Penteo, hijo de su hija, que rechaza mi culto y me niega las libaciones, y no se acuerda de mí en sus preces. Yo le probaré, pues, y a todos los tebanos, que soy dios. A otra región, fundado aquí mi culto, pasaré después, en donde haré lo mismo. Y si la ciudad de los tebanos, enfurecida, quiere obligar a las bacantes a abandonar el monte, daré la batalla al frente de las ménades.[166] Con este objeto he trocado en humana mi divina naturaleza, revistiendo la forma mortal. Así, ¡oh mujeres!, mis amigas, que dejasteis el Tmolo,[167] baluarte de la Lidia, y desde las naciones bárbaras habéis sido mis compañeras y auxiliares en tan larga peregrinación, levantad los tímpanos usados entre los frigios, invención mía y de la madre Rea,[168] y encaminándoos al regio palacio de Penteo, tocad a vista y presencia de la ciudad de Cadmo. Yo danzaré también en los coros de las bacantes, dirigiéndome ahora a las alturas del Citerón,[169] en donde se hallan.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Desde el Asia, abandonando el sagrado Tmolo, sufro por Bromio[170] grato trabajo y dulce fatiga, alabando al dios Dioniso.
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Quién está en el camino? ¿Quién está en el camino? ¿Quién en su casa? ¡Apártese de aquí!, y que todos, con labios piadosos, guarden silencio, porque como esta solemnidad exige, cantaré las glorias de Dioniso.
_Estrofa 2.ª_ — Feliz el bienaventurado que conociendo los divinos misterios purifica su alma, y les consagra su existencia errante en los montes, en expiación sagrada; y celebrando, según los ritos, las orgías de la madre Cibeles, agita el tirso, y adora a Dioniso, coronado de hiedra. Andad, bacantes; andad, bacantes, que desde los montes frigios acompañáis a Dioniso Bromio, a Dioniso Bromio, dios, hijo de dios, a las ricas ciudades de la Grecia.
_Antístrofa 2.ª_ — Cuando en otro tiempo lo llevaba Sémele en sus entrañas, al sentir los dolores del parto cayó un rayo de Zeus, y la madre lo lanzó de su vientre, dejando también la vida, herida por el fuego sagrado. Zeus Cronida lo recogió del tálamo de su madre, y guardándolo en su muslo lo encerró en él con broches de oro, ocultándolo de la vista de Hera, y dio a luz al dios cornígero[171] cuando lo acabaron las Parcas, y lo coronó con guirnaldas de dragones, y de aquí que las ménades, armadas de tirsos, entrelazaron con ellos su cabellera.
_Estrofa 3.ª_ — ¡Oh Tebas!, en donde se crio Sémele, corónate de hiedra; florece, florece, con la verde férula[172] de bellos racimos, y adórnate, según los ritos de Dioniso, con hojas de encina o de abeto y con vestidos manchados de pieles de ciervas, mezclándolos con blanca lana; muestra tu piedad cogiendo las férulas lujuriosas, que luego toda la tierra celebrará con danzas a Bromio, que lleva sus tropas al monte, al monte, en donde se halla femenil muchedumbre furiosa por obra de Dioniso, y olvidada de sus lanzaderas y sus telas.
_Antístrofa 3.ª_ — ¡Oh templo de los curetes[173] y santuarios divinos de Creta!, en donde Zeus celebra su natalicio, y en donde los coribantes, llevando en las cavernas su casco de triplicado cuero, inventaron en honor mío este círculo, cubierto de estirada piel, y mezclaron sus clamores báquicos con el dulce sonido de las flautas frigias, y lo entregaron a la madre Rea, formando coro con los alaridos de las bacantes; y los sátiros furiosos lo obtuvieron de la madre diosa y lo llevaron a los coros de las trietérides, con los cuales se deleita Dioniso.
_Epodo._ — Y se alegra cuando en los montes, dejando los ágiles coros, se recuesta en tierra, llevando el vestido sagrado del cervatillo, o persigue a los ciervos y goza en agrestes festines, recorriendo las cumbres de la Lidia y de la Frigia, y Bromio es el primero que cantó _Evohé_.[174] Mana leche la tierra, mana vino, mana néctar de abejas, y parece perfumado el aire con el incienso sirio. El mismo Dioniso, con el rostro alumbrado por la negra antorcha de la férula, precipita su carrera, alienta a los coros errantes, y excitándolos con sus clamores, esparce al aire sus bellísimos cabellos. Al mismo tiempo, y con grandes alaridos, dice así: «Andad, bacantes; andad bacantes, delicias del Tmolo,[175] que arrastra el oro, cantad a Dioniso, celebrad al dios con los tambores sonoros, gritando _Evohé_ con gritos y clamores frigios, cuando la flauta de dulce sonido toca las sagradas danzas que celebran corriendo en el monte, en el monte». Gozosa la bacante, como el potrillo que pace la hierba con su madre, mueve en las danzas su pie ligero.
TIRESIAS[176]
¿Quién llamará a la puerta de esta casa a Cadmo, hijo de Agénor, que, dejando a Sidón, edificó la ciudad de Tebas? Que vaya alguno a anunciarle que Tiresias lo busca. Él sabe el motivo que me trae y el pacto que yo, anciano, he celebrado con quien lo es más, para que empuñe los tirsos y lleve las pieles de ciervo y corone su cabeza con hojas de hiedra.
CADMO
¡Oh, tú, muy querido, que al oírte conocí tu voz desde allá dentro, voz sabia de sabio varón! Preparado vengo con este distintivo del dios. Conviene que yo tribute grandes honores a Dioniso en cuanto pueda, ya que nació de mi hija y como dios ha aparecido a los hombres. ¿Adónde llevamos los coros? ¿En dónde nos detenemos y agitamos nuestros blancos cabellos? Tú, anciano Tiresias, guía a otro anciano, que eres sabio. No me cansaré de noche ni de día de herir con el tirso la tierra, que placentero me olvido de mis años.
TIRESIAS
Lo mismo sentimos ambos: yo me remozo y asistiré a los coros.
CADMO
¿Iremos, pues, al monte en el carro?
TIRESIAS
No se honrará al dios como se debe.
CADMO
Yo, anciano, te llevaré a ti, también anciano, como si fueras un niño.
TIRESIAS
El mismo dios nos llevará allá sin trabajo.
CADMO
¿Y de todos los ciudadanos solo nosotros formaremos coros en honor de Dioniso?
TIRESIAS
Nosotros solos somos sensatos; los demás deliran.
CADMO
Mucho tardaremos; coge tú mi mano.
TIRESIAS
Hela aquí, enlázala, y júntala con la tuya.
CADMO
No soy yo, simple mortal, quien desprecia a los dioses.
TIRESIAS
Tratándose de ellos, dejémonos de sutilezas. Respetamos las tradiciones de nuestros padres, sean cuales fueren, y no habrá razón que las destruya, aunque sean parto del más agudo ingenio. Quizá dirá alguno que no sienta bien a mis años danzar coronado de hiedra. El dios no ha establecido si ha de ser joven o viejo el que guíe los coros; solo quiere que todos le tributen comunes honores, y no fija que sean tantos o cuantos los que han de adorarle.
CADMO
Ya que tú, ¡oh Tiresias!, no ves esta luz, yo seré para ti el adivino que ha de explicarte lo que suceda. Penteo, hijo de Equión,[177] a quien di el cetro de Tebas, se acerca precipitadamente a este palacio. ¡Qué sorprendido parece! ¿Qué dirá de nuevo?
PENTEO
Ausente estaba, y supe que en esta ciudad habían ocurrido extraños males; que nuestras mujeres habían abandonado sus casas por engañosas bacanales, y andan errantes en los umbrosos montes adorando con sus danzas a Dioniso, nuevo dios, o a un impostor cualquiera; que en sus conciliábulos circulan copas llenas, y que, huyendo unas de otras, se dejan abrazar de los hombres, pretextando, es verdad, que son ménades que celebran sagradas fiestas, pero, en rigor, honrando a Afrodita más que a Dioniso. En la cárcel guardan mis servidores a cuantas he atrapado, atadas las manos; también vendrán las que faltan cuando las prendan en el monte; esto es, Ino, Ágave, que me concibió de Equión, y Autónoe,[178] la madre de Acteón, y les pondré férreas cadenas, y las apartaré de esta bacanal malvada. Dicen, no obstante, que ha llegado de la Lidia cierto farsante extranjero, cierto encantador de blondos rizos y perfumado cabello, de negros y agraciados ojos, que no las deja de día ni de noche, con achaque de celebrar con las doncellas sagradas bacanales. Si le llego a cautivar, cesarán de una vez sus gesticulaciones acompañadas del tirso, separándole la cabeza del cuerpo. Él dice que es el dios Dioniso; él, que en otro tiempo estuvo encerrado en el muslo de Zeus, y que el rayo lo abrasó con su madre, dando a entender falsamente que se había casado con el rey de los dioses. ¿No merece muerte infame la petulante conducta de ese extranjero, quienquiera que sea? Pero he aquí otro milagro: mirad al adivino Tiresias con pieles de cervatillo manchadas, y al padre de mi madre, ridícula pareja, que como bacantes agitan la férula. Me avergüenzo, padre, viéndote chochear tan viejo. ¿No tirarás la hiedra? ¿No soltarás el tirso, padre de mi madre? ¿Tú lo has seducido, Tiresias? ¿Quieres, acaso, difundiendo entre los hombres el culto de ese nuevo dios, observar el vuelo de las aves y enriquecerte examinando el fuego? Si no fuese por tu cana vejez, atado te había de ver en medio de las bacantes, ya que favoreces este culto dañoso. Cuando en los banquetes prueban las mujeres el zumo de la uva, se acabó ya el orden en las orgías.
EL CORO
¿No respetas a la piedad venerable, ¡oh extranjero!, ni a Cadmo, el que sembró los hijos de la Tierra?[179] ¿Cómo siendo tú hijo de Equión deshonras así tu linaje?
TIRESIAS