Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)
Part 11
Cuando el sabio encuentra ocasión oportuna, no es difícil que hable bien. Voluble es tu lengua como de hombre sagaz, pero insensatas tus palabras. El atrevido, como sea poderoso y elocuente, perjudica más que aprovecha si le falta el juicio. Este dios nuevo, de quien tú te burlas, ha de ser tan grande en la Grecia, que yo no puedo expresarlo. Dos dioses, ¡oh joven!, son los principales entre los hombres: Deméter (la Tierra es, llámala como quieras), que les da alimentos secos, y en segundo lugar, y distinto de ella, el hijo de Sémele, que inventó el llamado licor de la uva y quiere divulgarlo entre los mortales, librándolos de dolores en sus infinitas miserias cuando de él se hartan, y entregándolos al sueño, olvido de los males cotidianos. Ningún otro filtro es tan poderoso para desterrar sus cuidados. Con este mismo dios se hacen libaciones a los demás, para que, intercediendo él, seamos dichosos. ¿Te ríes de que Zeus lo haya guardado en su muslo? Te lo explicaré de la mejor manera. Después que lo libró del fuego fulmíneo y llevó al Olimpo al recién nacido, quiso Hera expulsarlo del cielo; pero Zeus se valió de cierta astucia, digna de un dios. Cortando parte del aire que rodea a la tierra, lo transformó en Dioniso y lo dio en rehenes a Hera para evitar disputas, y después dijeron los hombres que acabó de formarse criado en el muslo de Zeus, alterando la palabra por el motivo indicado, y fingieron esa fábula. Es dios adivino, porque el mismo desorden y la locura que produce ayudan a profetizar. Cuando se apodera de nosotros nos obliga a predecir lo futuro, haciéndonos perder la razón. También se asemeja a Ares, que aterra a los ejércitos armados puestos en orden de batalla, antes de acometer con la lanza; también este furor es obra de Dioniso. Algún día le veréis en las rocas de Delfos danzando con antorchas en su peñasco de dos puntas, y vibrando y sacudiendo el báquico ramo. No dudes que será grande en la Grecia. Obedéceme, pues, Penteo; no creas que el mandar vale algo entre los hombres, ni, si lo crees (vana es tu opinión), te tengas por sabio; acoge al dios en tus dominios, y ofrécele libaciones, y celebra bacanales, y corona tu cabeza. Dioniso no incita a las mujeres a ser deshonestas, al contrario, según la naturaleza de cada uno, enseña siempre en todo la continencia. Considera que, aun en las bacanales, la que es casta no se pervierte. ¿Ves? Tú gozas cuando vienen muchos a tus pnertas y ensalza la ciudad el nombre de Penteo, y él, a mi parecer, gozará también cuando le tributan honores. Así, yo y Cadmo, a pesar de tus burlas, nos coronaremos de hiedra y danzaremos, ancianos los dos y de cabellos blancos, y por mi parte no resistiré al dios arrastrado por tus consejos. Deliras de la manera más desdichada y no hay remedio que pueda sanarte, y si no empleas los indicados, cierta es tu ruina.
EL CORO
¡Oh anciano, tus palabras no deshonran a Febo, y eres prudente adorando a Bromio, dios grande!
CADMO
Buenos, ¡oh hijo!, son los consejos de Tiresias; imítanos y no desprecies las nuevas leyes. Tu entendimiento se ha extraviado y tu razón es sinrazón. Aun cuando no sea dios, como dices, afírmalo, sin embargo, y miente en honra suya, y se creerá que Sémele le dio a luz, y no padecerá nuestro linaje. ¿No recuerdas la mísera muerte de Acteón? Devoráronlo en las selvas rabiosos perros que crio, por sostener que era mejor cazador que Artemisa. Para que no te suceda esto, ven y coronaré de hiedra tu cabeza; alaba con nosotros al dios.
PENTEO
No me toques siquiera; vete a celebrar tus bacanales y no me hagas partícipe de tu necedad. Castigaré a este maestro tuyo en tales delirios. Que alguno, sin perder tiempo, se encamine a la casa de Tiresias, en donde examina los auspicios, y fuerce las puertas y las derribe, y lo revuelva todo, y entregue las coronas a los vientos y a las borrascas, que así será grande su tormento. Recorred vosotros toda la ciudad en busca de ese afeminado extranjero que intenta pervertir aún más a las mujeres y desunir los matrimonios; y si os apoderáis de él, traedlo aquí atado, y que muera a pedradas, ya que ha promovido en Tebas acerbas bacanales.
TIRESIAS
¡Oh desventurado! ¡Cómo ignoras las consecuencias de tus órdenes! Ya estás furioso, cuando hace poco eras solo insensato. Vámonos nosotros, Cadmo, y roguemos al dios por él, a pesar de su crueldad, y por Tebas, y que nos libre de mal. Pero sígueme con tu báculo de hiedra, para que me sostengas como puedas y yo a ti. Es vergonzoso que caigan en tierra dos ancianos; pero, en fin, suceda lo que quiera. Es preciso servir a Dioniso, hijo de Zeus. ¡Ojalá que Penteo, ¡oh Cadmo!, no lleve el luto a tu palacio!; y no mires esto como una profecía, sino como el efecto natural de lo que intenta; su necedad le hace decir sandeces.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh santidad, diosa venerable! ¡Oh santidad, que recorres el orbe con tus alas de oro! ¿Oyes las palabras de Penteo? ¿Oyes sus impías injurias contra Bromio, hijo de Sémele, entre los inmortales el primero, cuando las alegres coronas adornan los banquetes? Suyo es guiar en las fiestas a los coros, infundir la alegría al son de las flautas y disminuir los cuidados cuando el licor de la uva circula en la mesa de los dioses, o cuando la copa invita al sueño a los mortales en los festines en que abunda la floreciente hiedra.
_Antístrofa 1.ª_ — Fin infortunado tienen la lengua desenfrenada y la demencia que desprecia las leyes; al contrario, la vida práctica y la moderación permanecen inalterables y conservan las familias, pues aunque los dioses habiten lejos el éter, no descuidan las cosas humanas. La sabiduría demasiado sutil no es sabiduría, ni el ambicionar lo que no está al alcance del hombre. Breve es la vida, y el que acomete grandes empresas no goza de los bienes presentes. Inclinaciones son estas, en mi juicio, de insensatos y necios.
_Estrofa 2.ª_ — Que yo vaya a Chipre,[180] isla de Afrodita, en donde moran los amores que difunden dulce deleite entre los mortales,[181] hacia donde las cien bocas del Nilo, río bárbaro, fecundan la tierra sin las lluvias del cielo; que vaya a la bellísima morada de las Piérides,[182] colina sagrada del Olimpo. Llévame allá, Bromio; Bromio, dios que las bacantes adoran: allí están las gracias, allí el amor, allí es lícito celebrar báquicas orgías.
_Antístrofa 2.ª_ — Este dios, hijo de Zeus, goza con los alegres banquetes y ama la Paz, madre de las riquezas, diosa que alimenta a los jóvenes y distribuye por igual entre el rico y el pobre los placeres del vino, que destierran la tristeza; aborrece a quien no se cuida de sus bienes, y nos da grata vida de día y de noche. Lejos de ti el sutil ingenio y los pensamientos de los muy sabios; lo que el humilde vulgo sigue y aprueba será también mi divisa.
UN CRIADO
Aquí nos tienes, Penteo, con la presa que anhelabas, que tus órdenes no han sido vanas. Dulce fue con nosotros esta fiera, y no huyó, entregándose a nosotros sin repugnancia, y risueña nos mandó que la trajésemos aquí atada, y se estuvo quieta, facilitando nuestro trabajo. Yo le dije con respeto: «¡Oh extranjero, no te llevo por mi voluntad, sino por mandato de Penteo, que me envió!». Pero las bacantes que habías encerrado, apoderándote a la fuerza de ellas y maniatándolas en la cárcel pública, se han escapado y danzan en los bosques lejanos invocando al dios Bromio. Sus grillos se abrieron por sí mismos, y las prisiones las dejaron atravesar sus puertas sin intervenir la mano del hombre. Muchos milagros acompañan en Tebas a este varón. A ti te toca cuidar de lo demás.
PENTEO
Desata las manos de este prisionero, que, ya en mis redes, no es tan ligero que pueda escapárseme. Y seguramente, ¡oh peregrino!, no es deforme tu cuerpo para seducir a las mujeres, motivo que te trajo a Tebas; larga es tu cabellera, no para la lucha, y oculta parte de tus mejillas excitando al deleite, y blanco y bello tu color, hijo de la sombra, no de los rayos del sol, que fascina por su belleza. Dime primero cuál es tu linaje.
DIONISO
No seré jactancioso; fácil es decirlo. Acaso hayas oído hablar del florido Tmolo.
PENTEO
Sí, el que rodea por todas partes a la ciudad de Sardes.
DIONISO
De allí soy, y la Lidia es mi patria.
PENTEO
¿De dónde importas este culto en la Grecia?
DIONISO
Dioniso nos inició, hijo de Zeus.
PENTEO
¿Y hay allí, en efecto, algún Zeus que engendra nuevos dioses?
DIONISO
No; es el mismo que se casó aquí con Sémele.
PENTEO
¿Quizá de noche en sueños, o se te apareció despierto excitándote a celebrar su culto?
DIONISO
Yo lo vi y él me veía, y me inició en sus misterios.
PENTEO
¿Pero qué significan esas orgías?
DIONISO
Está prohibido que lo sepan los hombres no iniciados en los misterios de Dioniso.
PENTEO
¿Y para qué sirven?
DIONISO
Tú no puedes oírlo, pero importa conocerlos.
PENTEO
Sagazmente lo encubres, cuando quiero saberlo.
DIONISO
Los misterios del dios no son para los impíos.
PENTEO
Si dices que viste al dios claramente, ¿cómo era?
DIONISO
Como quiso; yo nada le mandaba.
PENTEO
Esquivas deliberadamente mi pregunta para no replicar nada.
DIONISO
El que habla a un necio, aunque sea prudente parecerá también necio.
PENTEO
¿Fuiste tú el primero que vino aquí adorando ese nuevo dios?
DIONISO
Todos los bárbaros con danzas celebran tales orgías.
PENTEO
En prudencia son muy inferiores a los griegos.
DIONISO
En esto, al menos, son superiores, no obstante la diversidad de sus costumbres.
PENTEO
Y su culto, ¿se celebra de noche o de día?
DIONISO
Generalmente de noche: hay en las tinieblas yo no sé qué de santo.
PENTEO
Peligroso es para las mujeres y expuesto a graves males.
DIONISO
Quienquiera encontrará torpezas a la luz del día.
PENTEO
Castigo merecen tus perjudiciales sofismas.
DIONISO
Y tu estolidez y tu impiedad.
PENTEO
¡Osado es este sectario de Dioniso, y, a la verdad, no imperito en el decir!
DIONISO
Dime... la pena que me aguarda: ¿qué castigo piensas darme?
PENTEO
En primer lugar, cortaré tus delicados rizos.
DIONISO
Son sagrados: los dejo crecer en honor del dios.
PENTEO
Dame ahora el tirso que llevas en la mano.
DIONISO
Quítamelo tú; el mismo Dioniso me lo dio.
PENTEO
Y seguras cadenas te guardarán.
DIONISO
Me libertará cuando yo quiera el mismo dios.
PENTEO
Cuando puedas invocarlo en medio de las bacantes.
DIONISO
Y ahora, junto a mí, ve lo que sufro.
PENTEO
¿En dónde está? Yo no lo veo.
DIONISO
Conmigo; tú no lo ves porque eres impío.
PENTEO
A él, servidores: se burla de mí y de Tebas.
DIONISO
Yo, en mi sano juicio, mando a insensatos que no me aten.
PENTEO
Y yo, que mando más que tú, ordeno que te sujeten.
DIONISO
Ni conoces tu destino, ni lo que haces, ni quien eres.
PENTEO
Soy Penteo, hijo de Ágave, y Equión es mi padre.
DIONISO
Bien indica tu nombre la desgracia que te aguarda.[183]
PENTEO
Vete; atadlo junto al pesebre, y que lo rodeen oscuras tinieblas. Baila allí: en cuanto a las que te acompañan, cómplices de tus crímenes, o las venderemos o acabaremos con su alboroto y sus tambores, y serán mis esclavas y tejerán mis telas.
DIONISO
Voime: lo que no está decretado, no debe sufrirse; pero no dudes que Dioniso, a quien niegas, te castigará por tus ultrajes, porque ofendiéndome, lo llevas también a la prisión.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ..., hija del Aqueloo, venerable y noble virgen Dirce, que en otro tiempo recibiste en tus ondas al hijo de Zeus, cuando su padre lo libró del fuego inmortal y encerrándole en su muslo exclamó: «Andad, Ditirambo,[184] sufre un nuevo y varonil útero: con este nombre te mostraré, ¡oh Dioniso!, y así te llamará Tebas». Y tú, ¡oh bienaventurada Dirce!, ¿tú me rechazas, cuando te traigo coronada muchedumbre? ¿Por qué me desprecias?¿Por qué huyes? En verdad te digo que en adelante, sí, por los racimos de la vid, delicias de Dioniso, que en adelante cuidarás de Bromio.
_Antístrofa 1.ª_ — Mira, mira cuán cruel es el linaje de Penteo, hijo de la Tierra, que nació del dragón, hijo de Equión, parto de la Tierra, monstruo cruel, no hombre mortal, sino como sanguinario gigante enemigo de los dioses, que en un momento ató mis manos, siendo sacerdotisa de Dioniso, y en el palacio guarda en cárcel tenebrosa a mi compañero en los coros. ¿Lo ves tú, ¡oh Dioniso!, hijo de Zeus, ves a tu sacerdote en peligro? Ven, ¡oh rey!, atravesando el Olimpo, agita tu tirso florido de color de oro, y refrena la osadía de este hombre impío.
_Epodo._ — ¿En dónde, pues, ¡oh Dioniso!, presides con tu tirso en los coros? ¿En Nisa,[185] madre de fieras, o en la cima del Coricio?[186] ¿Quizá en las cavernas frondosas del Olimpo, en donde Orfeo tocaba la cítara en otro tiempo, arrastrando con su canto a los árboles y a las fieras de los montes? ¡Oh Pieria, tierra desventurada! Evios te adora, y vendrá con sus coros y sus bacantes, y, pasando solamente las corrientes del Axio,[187] guiará a las ménades danzando y atravesará el Lidias, que derrama la dicha y riega con sus aguas, según he oído, esa fértil región de muchos y buenos caballos.
DIONISO
¡Alerta, bacantes; alerta bacantes! ¡Oíd, oíd mi voz!
EL CORO
¿De quién es esta voz?, ¿de quién? ¿Desde dónde me llama Dioniso?
DIONISO
Venid, venid, que por segunda vez os llamo, yo, hijo de Sémele y de Zeus.
EL CORO
¡Vítor, vítor; dueño mío, dueño mío! Ven a nosotras, que juntas te aguardamos, ¡oh Bromio, oh Bromio! ¡Temblor sagrado de la tierra! ¡Ah, ah! ¡No tardará el palacio de Penteo en convertirse en ruinas! En él está Dioniso. ¡Adoradlo! Nosotros te adoramos, ¡oh Dioniso! Ved cómo saltan las piedras que se apoyan en las columnas.[188] Bromio da triunfales clamores bajo su techo.
DIONISO
Enciende la tea, ardiente como el rayo. Incendia, incendia el palacio de Penteo.
UN SEMICORO
¡Ah, ah! ¿No ves el fuego, ni el sagrado sepulcro de Sémele, y la llama que en otro tiempo se desprendió del rayo de Zeus, hiriéndole?
EL OTRO SEMICORO
Prosternaos en tierra, prosternad vuestros trémulos cuerpos, ménades: el rey, hijo de Zeus, se acerca, arruinando este palacio.
DIONISO
Mujeres bárbaras, ¿tanto es vuestro pavor que habéis caído en tierra? Según parece, sentisteis a Dioniso que sacude el palacio de Penteo. Pero levantaos y recobrad ánimo, no tembléis.
EL CORO
¡Oh astro el más resplandeciente de las báquicas fiestas, cuánto ha sido mi placer al verte, antes solitaria!
DIONISO
¿Os desesperasteis acaso cuando me llevaban, creyendo que habían de encerrarme en la negra cárcel de Penteo?
EL CORO
¿Cómo no? ¿Quién me defendería si eras víctima de alguna desdicha? ¿Pero cómo te has salvado, luchando con ese impío?
DIONISO
Yo mismo, sin ajeno auxilio, me salvé fácilmente.
EL CORO
¿Y no puso esposas en tus manos?
DIONISO
También me burlé de él, porque creyendo sujetarme, ni me tocó ni me prendió, y fue vana su esperanza. Encontrando un toro en la cuadra adonde nos llevó para encerrarnos, lo enlazó por las rodillas y los pies, respirando cólera, sudando y mordiéndose los labios, y yo, tranquilo, comtemplaba su faena sentado. Entonces vino Dioniso, e hizo temblar el edificio, y encendió el fuego del sepulcro de su madre, y así que Penteo lo vio, creyendo que ardía su palacio, corrió a uno y otro lado pidiendo agua a sus servidores, y todos le ayudaron en este inútil trabajo. Receloso de que yo me escapara, se precipita en el palacio, desenvainando su negra espada. Después Bromio, según me pareció, salvo error, evocó un fantasma en el palacio, al cual acometió Penteo, dando sendas cuchilladas al brillante éter, como si tratara de degollarme. Dioniso le suscitó además nuevos males: hizo que el regio alcázar cayera en tierra, lo redujo a polvo mientras examinaba mis dolorosas ligaduras; y soltando fatigado la espada, descansaba sin aliento. Siendo mortal, osó pelear contra un dios. Yo salí tranquilo del palacio y he venido a buscaros sin cuidarme de Penteo. Pero, según creo, se oyen pasos solitarios, y no tardará en llegar al vestíbulo. ¿Qué dirá después de todo esto? Lo sufriré sin indisponerme, aunque lo exalte furiosa ira, ya que es propio del sabio ser afable y tolerante.
PENTEO
¡Extraño es lo que me pasa! Se me escapó el extranjero cargado hace poco de cadenas, ¡Hola, hola! Aquel es. ¿Qué es esto? ¿Cómo desde el vestíbulo contemplas mi palacio, libre de tu prisión?
DIONISO
Detente y reprime tu cólera.
PENTEO
¿Cómo sacudiendo tus cadenas te has escapado?
DIONISO
¿No te he dicho, o no lo has oído, que alguno me libertaría?
PENTEO
¿Quién? Siempre dices cosas nuevas.
DIONISO
El que crea la vid, provechosa a los hombres.
PENTEO
A Dioniso atribuyes, pues, tan rico presente.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
PENTEO
Que se cierren todas las torres vecinas.[189]
DIONISO
¿Y para qué? ¿No atraviesan los dioses las murallas?
PENTEO
Sabio, sabio eres, excepto en lo que más te interesa.
DIONISO
Sabio soy, sin duda, en lo que es más necesario. Pero entérate primero de lo que quiere decirte ese mensajero que viene del monte a anunciarte alguna novedad, que nosotros nos estaremos quietos y no huiremos.
EL MENSAJERO
¡Oh Penteo, rey de esta tierra de Tebas! Vengo del Citerón, en donde siempre hay blanca nieve, de resplandeciente brillo.
PENTEO
¿Y qué vienes a anunciarme?
EL MENSAJERO
Habiendo visto a las furiosas bacantes que de aquí, agitadas del divino estro, huyeron con sus blancos pies, he venido deseando anunciarte, ¡oh rey!, y también a la ciudad, los milagros portentosos y superiores a todo encarecimiento que hacen. Pero desearía saber si puedo hablarte libremente, o si he de hacerlo con las consideraciones debidas. Temo, ¡oh rey!, tus ímpetus y tu cólera, y tus hábitos tiránicos.
PENTEO
Habla: por mi parte estás libre de toda pena, que cuando hay razón nunca me enfurezco. Cuanto más grave sea lo que tienes que decirme de las bacantes, tanto mayor será el castigo de este que ha enseñado a las mujeres tan malas artes.
EL MENSAJERO
Al llevar los rebaños de bueyes a la cumbre del monte, cuando el sol, calentando a la tierra, le enviaba sus rayos, vi tres coros de mujeres, presididos el uno por Autónoe, el otro por tu madre Ágave y por Ino el tercero. Todas dormían descuidadas, descansando unas en hojas de abeto, otras en hojas de encina, apoyando humildemente sus cabezas en el suelo, y en distintas actitudes, no, como tú dices, ebrias por las libaciones y por el sonido de las flautas para entregarse a Afrodita en las solitarias selvas. Tu madre, que yacía en medio de las bacantes, las despertó al oír el mugido de los cornígeros bueyes. Ellas, entonces, sacudiendo el profundo sueño que cerraba sus ojos, se levantaron con maravillosa modestia, tanto las más jóvenes como las de más edad y las vírgenes no casadas. Primero desataron sus cabellos y cubrieron sus hombros, y se pusieron las pieles de ciervo, sin lazo alguno, ciñéndolas después con serpientes que les besaban las mejillas. Otras tenían en sus brazos cabritillos o fieros lobeznos, y les daban blanca leche, sin duda recién paridas que habían abandonado sus hijos, según era de presumir de sus hinchados pechos, y se pusieron coronas de hiedra y de encina y de florida férula. Una de ellas tomó su tirso e hirió una piedra, de la cual brotó clara corriente; otra dejó caer la férula y el dios hizo salir una fuente de vino, y las que apetecían leche entreabrían la tierra con los dedos de sus pies y la tenían abundante, y de los tirsos de hiedra corría dulce miel, de tal suerte que si la hubieses visto, con tus ardientes votos habrías llamado al dios que ahora rechazas. Todos los boyeros y pastores de ovejas resolvimos juntarnos para hablar y discutir lo que conviniese en vista de tantos milagros, y uno que se explica bien, y que va con frecuencia a la ciudad, dijo a los demás: «¿Queréis, vosotros los que habitáis las sagradas cimas de estos montes, que cautivemos a Ágave, madre de Penteo, que se halla entre las bacantes, que esto agradará al rey?». Parecionos prudente su consejo, y nos pusimos en acecho, ocultándonos entre las hojas de los árboles. Ellas, a la hora acostumbrada, aprestaban ya sus tirsos para celebrar las bacanales invocando a un tiempo a Yaco,[190] hijo de Zeus, y a Bromio, y el monte entero comenzó a bailar entonces, arrastrando en su curso a fieras y a cuanto contenía. Casualmente danzaba Ágave no lejos de mí y di un salto para apresarla, saliendo del arbusto que me ocultaba. Pero ella exclamó: «¡Oh perros míos ágiles, que estos hombres nos cautivan; seguidme, seguidme, armados de tirsos!». Nosotros huimos al oírla y evitamos así que nos despedazaran las bacantes, y ellas entonces acometieron inermes a los novillos que pastaban. Te hubieras maravillado de ver a una que tenía en sus manos una vaquilla de hinchada ubre, partida por medio y mugiendo todavía, mientras las otras desgarraban a las restantes, y hubieras contemplado sus costillas o sus pezuñas hendidas diseminadas aquí y allí, y los pedazos de sus carnes palpitantes, que en los abetos manaban sangre. Los toros feroces, que furiosos embestían antes con sus cuernos, yacían tendidos en tierra por mano de innumerables doncellas, y las pieles que los cubrían, hechas pedazos en un abrir y cerrar de ojos. Después, cual bandada de aves que levantan por los aires su vuelo, se extendieron por la ancha llanura que a orillas del Asopo da a Tebas abundantes cosechas, y atacando como enemigos a Hisias y Eritras,[191] a la falda del Citerón, todo lo destruyen y saquean: arrebatan a los niños de sus casas, y cuanto cargan en sus hombros sin ataduras, ya fuese de bronce, ya de hierro, ni se mueve ni se cae en el oscuro suelo: luego radiaban sus cabellos y, sin embargo, no los abrasaba. Los atacados, furiosos, tomaron las armas al verse despojados por las bacantes. Admirable era aquel espectáculo, ¡oh rey! El dardo de acerada punta no las hería, y ellas, lanzando los tirsos, destrozaban a sus enemigos, y siendo mujeres, ponían en fuga a los hombres, no sin ayuda de algún dios. Otra vez volvieron a las mismas fuentes que hizo brotar el dios, de donde habían salido, y se lavaron la sangre, y las serpientes con su lengua limpiaban las gotas que de las mejillas corrían por su cuerpo. Adora, pues, a este dios, ¡oh soberano de Tebas!, quienquiera que sea, porque en las demás ciudades es muy venerado, y dicen de él, según he oído, que da a los mortales la vid, que destierra los cuidados. Si el vino desaparece, se acabó Afrodita y escasos serán los goces de los hombres.
EL CORO
Temo hablar al rey con demasiada libertad; pero lo haré, sin embargo: Dioniso no es inferior a ningún dios.
PENTEO
Ved cómo se acerca ya a nosotros hasta tocarnos, semejante al fuego, la vituperable osadía de las bacantes, deshonra de la Grecia. No hay, pues, que vacilar; ve a la puerta Electra y manda que se preparen todos los armados de escudos, los que montan ligeros caballos, cuantos vibran las peltas y tienden los nervios de los arcos, para hacer la guerra a las bacantes. Cansado estoy ya de sufrir las locuras de estas mujeres.
DIONISO
No haces caso alguno de lo que te digo, ¡oh Penteo!; pero aunque me maltrates te aconsejaré que no hagas la guerra al dios, sino al contrario, que te sosiegues. Bromio no sufrirá que lances a las bacantes de los montes evios.
PENTEO
Déjate de corregirme, que si tuviste la fortuna de escaparte cargado de cadenas, aprovéchate de ella, pues de otro modo te expones todavía a sufrir el condigno castigo.
DIONISO
Yo, simple mortal, preferiría rendirle culto a rechazarle obstinado, siendo un dios.
PENTEO
Haré sacrificios en su honor matando a muchas mujeres, como merecen, en la cima del Citerón.
DIONISO
Todos huiréis; es vergonzoso que os pongan en fuga los tirsos de Dioniso, armados vosotros con sendos escudos de bronce.
PENTEO
Intratable es el extranjero con quien nos las habernos, y no callará, ya sufra, ya obre.
DIONISO
¡Oh amigo!, todavía puede arreglarse todo.
PENTEO
¿Cómo? ¿Me haré esclavo de mis esclavos?
DIONISO
Yo traeré aquí a las mujeres, desarmadas.