Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)
Part 8
Ya traté de esto con otros, que me hablaron como tú lo haces ahora. Alguno ha dicho que los males humanos son más numerosos que los bienes. Yo, sin embargo, creo lo contrario, y que los bienes aventajan en número a los males, porque, a no ser así, no existiríamos. Alabo, pues, al dios, sea el que fuere, que nos hizo de distinta condición que la confusa y grosera de los brutos, dándonos primero la razón; después, la palabra para expresar nuestras ideas y comunicárnoslas mutuamente, y los granos por alimento, y el húmedo rocío, que baja del cielo para regar los frutos, de suerte que lo que nace de la tierra vuelve a ella y la fertiliza; y además, abrigo contra el invierno y sombra para evitar el ardor del sol, y medios de navegar para que el comercio nos suministre todo aquello con que cuenta cada país. Lo desconocido y lo que no comprendemos con claridad, examinando las llamas y las entrañas de las víctimas, lo descubren los adivinos o lo conjeturan de los augurios. ¿No somos, pues, ingratos, cuando los dioses nos han dado tales medios de vivir y no nos bastan? Pero nuestra ambición aspira a superarlos en poder, y llevados de nuestra soberbia, pretendemos ser más sabios que ellos. Tu ligereza me inclina a pensar que eres de este número, puesto que diste tus hijas a extranjeros, como si fuesen dioses, obligado por el oráculo de Febo, y empañaste el lustre de tu distinguida familia enlazándola con otras de mala fama. El hombre prudente no debe mezclar a los inocentes con los culpables, sino ganar amigos opulentos. Los dioses confunden a todos a veces, y con sus calamidades suelen perder a un tiempo al culpable con el que no lo es tanto y con el que no pecó en nada. Llevaste a tu empresa a todos los argivos, aunque los adivinos te decían a gritos los oráculos, y tú los despreciaste, sin hacer caso de los dioses, y te dejaste arrastrar de tu violencia, y perdiste a tu ciudad, seducido por jóvenes, los cuales, como solo ansían honores, apetecen la guerra, y sin razón la fomentan, y pervierten a sus conciudadanos, uno, para ser general; otro, para satisfacer su ambición y mandar, y algunos, para adquirir riquezas, sin acordarse del daño que puede recibir el pueblo. Tres son los partidos de las ciudades: el primero, de los ricos inútiles, que siempre quieren más; el segundo, de los pobres, que carecen del sustento, vehementes en sus deseos, muy dados a la envidia, siempre prontos a herir a los ricos con sus malignos aguijones y engañados por sus malvados jefes; y el tercero, el de aquellos que están a igual distancia de ambos, que conserva los estados y defiende las leyes que la ciudad ha establecido. En vista de tales razones, ¿te debo yo auxiliar? ¿Cómo podré defenderme? Vete, pues, y sufre las consecuencias de tu mal consejo, no sea que tu mala fortuna nos contagie.
EL CORO
Erró Adrasto, pero merece el perdón; arrastráronlo sus fogosos yernos.
ADRASTO
Nunca te elegí para juez de mis males, sino que recurrimos a ti, ¡oh rey!, para que los remediaras; ni aun admitiendo que yo no obrara bien, tú no me has de reprender y castigar, sino solo socorrerme. Si no quieres hacerlo, no me queda otro recurso que obedecerte; ¿qué he de hacer, pues? Vamos, ancianas, marchaos dejando aquí la verde hoja de los ramos, ceñida de lana, y poned por testigos a los dioses, a la Tierra, a Deméter, diosa flamígera,[131] y a la luz del Sol de que han sido inútiles las súplicas que les hicimos.
EL CORO[132]
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el cual era hijo de Pélope, y nosotros, que somos de la tierra pelopea, tenemos la misma sangre en nuestras venas. ¿Qué haces? ¿Renegarás de tu origen y expulsarás de este territorio a ancianos, desoyendo sus justos ruegos? De ninguna manera: la fiera busca un refugio en los peñascos; el esclavo, en las aras de los dioses; y la ciudad, bamboleada por las tempestades, recurre suplicante a otra ciudad; en las cosas humanas nada hay perpetuamente feliz.
Vete, ¡oh desventurada!, del suelo sagrado de Perséfone; vete, y suplica por las rodillas que abraces con tus manos que traiga los cadáveres de mis hijos muertos, ¡oh desdichada de mí!, a quienes perdí en la flor de sus años bajo las murallas cadmeas.
¡Ay de mí! Coged mis trémulas manos, levantadme, llevadme, enderezad a esta desventurada. Suplícote por tu barba, ¡oh tú, muy querido!, ¡oh tú, el más ilustre de los griegos!, prosternándome a tus rodillas y delante de tu mano, ¡ay de mí, mísera!, que por mis hijos te apiades de mis súplicas, ya que como fugitiva doy flébil, flébil lamento, y te ruego con todas mis veras, ¡oh hijo!, que no dejes insepultos en la tierra de Cadmo, para servir a las fieras de juguete, a los que son de tu misma edad.
Mira las lágrimas que cubren mis párpados y cómo caigo a tus rodillas, para que sepultes a mis hijos.
TESEO
Madre, ¿por qué lloras, cubriendo tus ojos con el sutil manto? ¿Acaso te compadeces de las lamentables querellas de estas mujeres? A mí también me han conmovido. Levanta tu blanca cabeza, no derrames lágrimas, sentada ante los sagrados hogares de Deméter.
ETRA
¡Ay, ay de mí!
TESEO
Tú no debes gemir por estos males.
ETRA
¡Oh mujeres desdichadas!
TESEO
Tú no eres una de ellas.
ETRA
¿Diré algo, ¡oh hijo!, que pueda redundar en tu honor y en el de la ciudad?
TESEO
Habla, que las mujeres suelen dar muchas veces sabios consejos.
ETRA
Pero las palabras que callo me hacen vacilar.
TESEO
Vergonzoso es que calles lo que conviene a tus amigos.
ETRA
Ciertamente, no callaré si después me he de arrepentir de mi silencio y calificarlo de vergonzoso; si, por temor de que sean inútiles las bellas frases de las mujeres, reservara mi honesto consejo. Ordénote, ¡oh hijo!, primeramente, que obedezcas a los dioses y que no los ofendas despreciándolos, pues podría suceder que no los veneraras ahora, aunque en lo demás fueras sabio. Nada diría de seguro mi audacia si no hubiese de favorecer a los que sufren injustamente; pero será glorioso para ti, ¡oh hijo!, y no vacilaré en aconsejártelo, que con tu poder obligues a esos hombres desalmados, que se oponen a dar a los muertos la debida sepultura y a que se les tributen los últimos honores, a llenar este deber indispensable, y a que por fuerza los refrenes en castigo del desdén que muestran en la observancia de los ritos de toda la Grecia. La guarda cuidadosa de las leyes es el sostén de los estados. Dirá alguno quizás que pudiendo ganar para tu ciudad una corona de gloria, no la logras por cobardía, y que si has luchado con un feroz jabalí, sufriendo ese trabajo poco famoso, cuando debías mostrar tu esfuerzo contra cascos y lanzas en batalla, obrabas como un villano. De ningún modo lo harás, que yo te di a luz, ¡oh hijo! ¿Acaso no ves cómo tu patria, de cuya imprudencia se burlan, mira con torvos ojos a los que de ella se mofan? Con los peligros prospera. Las ciudades ociosas que pasan en la oscuridad su existencia, oscuras también quedan cuando temen más de lo justo. ¿No socorrerás, ¡oh hijo!, a muertos y mujeres desdichadas, que necesitan ayuda? Yo nada recelo contra ti cuando vas a defender la justicia; y al ver al afortunado pueblo de Cadmo, que no vacila en probar otra vez su suerte, debes tener confianza, que Dios suele trastornarlo todo.
EL CORO
¡Oh tú, la muy querida, bien has hablado en nuestro favor, y doble es por esto mi alegría!
TESEO
Las palabras que pronuncié, ¡oh madre!, contra este son razonables, y ya conoces mi opinión acerca de sus proyectos insensatos; pero yo convengo también en lo que me adviertes, y que no es conforme a mis hábitos huir del peligro. Después de ejecutar muchas honrosas hazañas hasta ahora entre todos los griegos, he acostumbrado siempre castigar a los malvados. ¿Qué dirán mis enemigos cuando tú, que me engendraste y que temes por mi vida, eres la primera en encomendarme este trabajo? Iré, pues, a cumplirlo, y rescataré los cadáveres, y con mis palabras los persuadiré a que me los entreguen; si no, se decidirá la cuestión por la fuerza de las armas, si no se oponen los dioses. Deseo que así lo decrete toda la ciudad, y lo hará queriendo yo; pero si dejo al pueblo el derecho de deliberar, me será más propicio; yo le he cedido la soberanía, haciendo libre a esta ciudad y facultándola para emitir sus sufragios. Adrasto me acompañará para probar con su presencia la verdad de mis palabras, y con él me presentaré ante la multitud, y convocada la juventud ateniense, vendré aquí, y ya preparados a la guerra, enviaré mensajeros a Creonte pidiéndole los muertos. Pero quitad a mi madre, ¡oh ancianas!, las sagradas coronas,[133] para que la lleve al palacio de Egeo de su amada mano; que el hijo que no sirve a sus padres es infeliz. Solo de esta manera recibirá a su vez de los suyos lo que haya dado a sus padres.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Argos, abundante en caballos, mi patrio suelo; ya has oído, ya has oído estas palabras del rey, testimonio de su piedad, que serán apreciadas en su justo valor en la Argólida y en la gran región de los pelasgos![134]
_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que poniendo término a mis males, y aun algo más, me traiga los sangrientos trofeos que llenarán de gozo a mi corazón maternal, y que contraiga conmigo alianza la tierra de Ínaco,[135] agradecida a su auxilio!
_Estrofa 2.ª_ — Tan piadoso servicio honra a las ciudades y engendra perpetua gratitud. Pero, al fin, ¿qué decretará la ciudad en mi favor? ¿Será mi aliada y obtendremos el derecho de sepultar a nuestros hijos?
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Socorre a una madre, socórrela, ciudad de Palas, que no sean holladas las leyes de los hombres! Tú rindes culto a la justicia, tú castigas a los injustos y ayudas a todos los afligidos cuando sufren sin razón.
TESEO (_hablando con un heraldo_).
Publicar los edictos es siempre tu obligación, y así me sirves y a la ciudad también. Encamínate ahora más allá del Asopo y de las aguas del Ismeno, y habla así al venerable tirano de los cadmeos: «Teseo te pide amistosamente los cadáveres que han de sepultarse; habita un país vecino y lo reputa justo, y desea granjearse el afecto de todos los hijos de Erecteo». Y si lo conceden, vuelve; si no, añade que esperen en breve mi escuadrón de jóvenes armados de escudo. Ya el ejército se apresta al combate, y lo revisto cerca del pozo sagrado de Calícoro.[136] Y con placer y buena voluntad se encarga la ciudad de dar cima a este trabajo, conocido mi deseo. ¡Hola! ¿Quién interrumpe mis palabras? Un heraldo tebano, según parece, aunque no estoy de ello muy seguro. Espera a ver si te libra de tu pena y con su llegada previene mis proyectos.
EL HERALDO
¿Quién es el tirano de esta región? ¿A quién he de anunciar la embajada de Creonte, que impera en la tierra de Cadmo, muerto Etéocles por su hermano Polinices junto a las siete puertas?
TESEO
Errado vas desde el principio de tu discurso, ¡oh extranjero!, buscando aquí a un tirano; libre es esta ciudad, y no la rige uno solo; el pueblo gobierna por medio de sus magistrados anuales, y no da el mando a los ricos: el pobre disfruta de iguales derechos.
EL HERALDO
Ventaja nos das en esto como en el juego de dados, pues en la ciudad que me manda, uno solo gobierna, no la muchedumbre, ni hay quien la llene de orgullo con vanos discursos, atentos solo a su interés personal, mientras otros la distraen indebidamente, y quien era grato ha poco y gozaba de mucho favor después la ofenda, y empleando nuevas calumnias para paliar sus anteriores faltas, evite su castigo. ¿Cómo, de otra manera, no apreciando bien el pueblo la razón, podrá gobernar la ciudad? La calma vale más que la precipitación. Pero el pobre rústico, aunque no sea ignorante, ocupado en su trabajo, no podrá atender al bien público. Y sin duda perjudicará a los de más valía que un malvado consiga las primeras dignidades, embaucando al pueblo con sus discursos, cuando antes no era nada.
TESEO
Ingenioso es este heraldo, y hace gala de su elocuencia cuando la ocasión se presenta. Pero ya que concluiste tu arenga, oye: tú has iniciado esta cuestión; nada hay más dañoso para un estado que un tirano. En primer lugar, no hay leyes comunes; uno solo manda; en sus manos está la balanza de la justicia, y ya no es igual a los demás. Pero con legislación escrita, el pobre y el rico tienen iguales derechos, y es lícito a los indigentes echar en cara sus faltas a los más poderosos cuando no es buena su fama, y el inferior vence al superior teniendo razón. He aquí la libertad: «¿Quién quiere proponer públicamente lo que haya pensado en utilidad de la república?». Y el que mira por su bien adquiere gloria, y el que no, se calla. ¿Qué será más provechoso a la ciudad? Y seguramente en donde el pueblo es soberano se deleita con los ciudadanos esforzados que aparecen; pero el tirano es su mayor enemigo, y mata a los que lo aventajan en prudencia por el miedo que lo infunde su propia tiranía. ¿Cómo puede estar segura una ciudad si alguno, como a espiga en el prado de primavera, arranca los ciudadanos osados y siega a los jóvenes? ¿De qué sirve adquirir riquezas y dar a los hijos el sustento para que sea más opulenta la vida del tirano? ¿A qué educar con cuidado a las hijas vírgenes, grato deleite para el tirano y lágrimas para sus padres si él las quiere? Que yo no viva más si mis hijas se han de casar a la fuerza. Y así contesto a cuanto has dicho. ¿Qué has venido a pedir aquí? A llorar hubieses venido, ya que tanto hablas de más, si tu sagrado carácter no te salvase; porque el mensajero, dicho lo que se le encargare, debe volverse cuanto antes. Advierte a Creonte que en adelante no envíe a Atenas heraldos tan charlatanes como tú.[137]
EL CORO
¡Ay, ay! Cuando la fortuna favorece a los malvados, ¡cuán insolentes los hace, como si hubiesen de ser siempre felices!
EL HERALDO
Hablaré ya: de nuestra cuestión puedes creer lo que has dicho, y yo lo contrario. Yo y todo el pueblo tebano te prohibimos que des asilo a Adrasto en este país, y si está aquí, que lo expulses antes que el dios oculte su cabellera, sin hacer caso del religioso respeto que puedan merecer estos suplicantes, ni te traigas los muertos por fuerza, puesto que nada te interesa de lo que sucede en Argos. Y si me obedecieres, gobernarás tu ciudad sin contratiempo; pero si no, tendremos guerra contigo y tus aliados. Reflexiona, pues, y sin enfurecerte al oír mis palabras, como gobernante que eres de una ciudad libre, no me respondas con soberbia, y no habrá necesidad de apelar a la violencia. La excesiva confianza es el mayor enemigo del hombre, y ha llevado la desolación a muchas ciudades, llenando de orgullo los ánimos. Cuando se ha de decidir la guerra por los sufragios, nadie piensa en su muerte, sino en la de los demás; pero si la tuviesen delante de los ojos al dar su voto, jamás la Grecia furiosa padecería tales desdichas. Y, sin embargo, todos los hombres conocemos lo mejor y distinguimos los bienes de los males, y preferimos la paz a la guerra; porque la primera es muy agradable a las Musas y enemiga de las lágrimas, y goza con abundante y alegre descendencia, y disfruta de las riquezas. Y sin hacer caso de estos beneficios por nuestra maldad, emprendemos la lucha, y al que puede menos lo reducimos a la servidumbre de otro hombre, y hacemos a una ciudad esclava de otra. Tú quieres servir a enemigos y a muertos, sepultándolos y cuidando de ellos cuando su sinrazón los perdió. En tu concepto, pues, no cayó justamente de las escalas derechas el cuerpo de Capaneo,[138] abrasado por el rayo al arrimarlas a las puertas, jurando que arrasaría la ciudad, ya le fuesen propicios los dioses, ya adversos; ni el abismo se tragó justamente al augur,[139] sepultándolo en sus simas con su carro de cuatro caballos, ni los demás capitanes yacen justamente junto a las puertas, aplastados por los peñascos las junturas de sus huesos. O te jactas de saber más que Zeus, o confiesas que los dioses pierden a los malos. Conviene que los sabios amen primero a sus hijos, y después a sus parientes y a la patria, a la cual se debe favorecer, no dañar. Peligroso es un capitán temerario, y el que gobierna la nave es sabio si permanece tranquilo cuando la ocasión lo pide, y tanto más cuanto la prudencia es también la verdadera fortaleza.
EL CORO
Bastaba que Zeus fuese el vengador de la injusticia; vosotros no debíais ser insolentes.
ADRASTO
¡Oh, tú, malvado como ninguno!
TESEO
Calla, Adrasto; refrena tu lengua, no hables antes que yo; este heraldo no viene a buscarte a ti, sino a mí; luego yo debo replicarle. Y primero responderé a lo que primero dijiste. No reconozco a Creonte como a mi señor, ni sé que su poder alcance a obligar a Atenas a hacer lo que desea. ¡Bien andaría la república si él nos mandase! Yo no soy, no, quien declara la guerra, puesto que no fui con ellos a la tierra de Cadmo; pero sí creo justo sepultar los cadáveres de los que en ella murieron, sin ofender por eso a la ciudad, ni trabar con los hombres mortales combates solo por guardar una ley común a toda la Grecia. ¿Cuál de estos propósitos no es justo? Si sufristeis males de los argivos, muertos están; con gloria vuestra y con deshonra suya castigasteis a vuestros enemigos y os vengasteis plenamente. Dejad, pues, que la tierra cubra a los muertos; que vuelva a cada parte lo que vivió, el espíritu al éter, el cuerpo a nuestra madre común; no lo poseemos en propiedad sino mientras en él reside la vida, y la tierra que lo alimentó debe después recuperarlo. ¿Crees acaso que Argos recibirá daño si no dejas sepultarlos? De ninguna manera: toda la Grecia se encargará de obligaros a ello, como siempre que se defrauda a los muertos en lo que se les debe, y se les retiene insepultos; si vuestra ley se aprueba, infundirá cobardía en los fuertes. ¿Has venido aquí a hacerme atroces amenazas, y teméis a los muertos si los cubre la tierra? ¿Qué receláis acaso, que los sepultados arruinen a Tebas? ¿Que enterrados engendren hijos de quienes os venga el castigo? Inútil alarde has hecho de tu lengua, mostrando vano o infundado temor. No os olvidéis, ¡oh necios!, de la suerte miserable de los hombres; una lucha es nuestra vida: de los mortales, los unos son ahora afortunados, otros lo serán después, otros lo han sido antes. Inconstante es la fortuna: hónrala el desdichado para que se le muestre propicia, y el feliz la ensalza cuanto puede, temeroso de que su aura le abandone. Conocido esto, debemos resignarnos si no es grave su injuria, y sufrirla si no perjudica al estado. ¿Cómo, pues, lo lograremos? Concedednos que sepultemos a los muertos, que solo la piedad nos guía, o pronto os arrepentiréis. Decidido estoy a ir allá y sepultarlos a la fuerza. Jamás dirán los griegos que caen en desuso antiguas leyes de los dioses, hoy vigentes para mí y para la ciudad de Pandión.
EL CORO
Confía en tu piedad; rinde culto al astro de la Justicia, y evitarás la reprobación de muchos hombres.
EL HERALDO
¿Quieres que resuma en pocas palabras mi réplica?
TESEO
Hazlo, si gustas; nada tienes de taciturno.
EL HERALDO
Jamás sacarás de nuestros campos a los hijos de los argivos.
TESEO
Y a tu vez, óyeme ahora, si te place.
EL HERALDO
Te oiré; conviene que alternemos.
TESEO
Sepultaré los cadáveres, y antes me los llevaré de la tierra asopia.
EL HERALDO
Has de probar primero la suerte de las armas.
TESEO
Otros muchos trabajos he sufrido ya.
EL HERALDO
¿Te engendró acaso tu padre para resistir a todos?
TESEO
A los malos, sí; a los buenos no los castigamos.
EL HERALDO
Tú y tu ciudad acostumbráis a arriesgaros a menudo sin necesidad.
TESEO
Pero así y todo es también muy feliz.
EL HERALDO
Ven, pues, para que la lanza tebana te cautive junto a la ciudad.
TESEO
¿Y habrá algún guerrero esforzado, hijo del dragón?
EL HERALDO
Lo sabrás con tu daño; eres todavía demasiado fogoso.
TESEO
No podrán encolerizarme tus palabras soberbias. Pero aléjate de aquí, mensajero de vanas frases; nada conseguimos hablando. Conviene que se encaminen a la tierra cadmea todos los armígeros infantes, los que manejan los carros y los sendos caballos enjaezados que destilan espuma de su boca. Yo mismo me presentaré ante las siete puertas de Cadmo, llevando en mi mano el afilado acero, y seré también heraldo. Mándote, ¡oh Adrasto!, que no salgas de aquí para que no me contagie tu mala fortuna, que con la mía capitanearé esforzadas huestes que me llenarán de gloria. Solo me falta que me ayuden todos los dioses defensores de la justicia. Solo así ganaré la victoria, que el valor de nada sirve a los hombres si algún dios no los favorece.
EL SEMICORO A
¡Oh madres desventuradas de infelices capitanes! ¿Cómo el pálido miedo penetra en mis entrañas?
EL SEMICORO B
¿Qué nueva voz pronuncias?
EL SEMICORO A
¿En dónde se junta el pueblo de Palas?
EL SEMICORO B
¿Has dicho que lo decidirán las armas, o negociaciones pacíficas?
EL SEMICORO A
Mejor sería lo último; pero si las matanzas de Ares, si los combates, si los golpes y heridas de quienes pelean se repiten otra vez, ¡oh desventurada!, ¿qué dirán de mí, señalándome como causa de todo?
EL SEMICORO B
¡Y si alguna vuelta de la fortuna derriba al que se ha ilustrado con gloriosas hazañas! Esta confianza me sostiene.
EL SEMICORO A
Tú dices que los dioses son justos.
EL SEMICORO B
¿Quiénes sino estos deciden de la suerte de los hombres?
EL SEMICORO A
De distinta manera afectan sus decretos a los mortales.
EL SEMICORO B
Mátate tu antiguo miedo: la venganza evoca a la venganza; la sangre, a la sangre también; los dioses consuelan a los hombres en sus males, puesto que en sus manos está el éxito de todo.
EL SEMICORO A
¿Cómo llegaremos a los campos de bellas torres, dejando las aguas de la diosa de Calícoro?
EL SEMICORO B
¡Ojalá que algún dios me diese alas para llegar a la ciudad situada entre dos ríos! Conocerías, sí, conocerías, sin duda, la fortuna que aguarda a tus amigos.
EL SEMICORO A
Desconocida es todavía la suerte reservada al valeroso príncipe de esta tierra.
EL SEMICORO B
Invoquemos otra vez a los dioses que invocamos, que en estos pongo mi principal esperanza para librarme de mis temores.
EL SEMICORO A
¡Oh Zeus, esposo de nuestra antigua madre, de la tierna hija de Ínaco! Protege a los atenienses. Favoréceme.
EL SEMICORO B
Dame, dame los que fueron tu gloria, los que destinaste a habitar en la ciudad y padecen grave injuria para que yo los lleve a la pira.
EL MENSAJERO
Vengo, ¡oh mujeres!, a anunciaros alegres nuevas, habiéndome salvado (hiciéronme prisionero en la batalla, junto al río Dirceo, en donde pelearon los escuadrones de los siete capitanes muertos), y a contaros la victoria ganada por Teseo. No te molestaré con largo discurso: yo era esclavo de Capaneo, a quien Zeus abrasó con ardiente rayo.
EL CORO
¡Oh tú, el muy querido, grata me es tu vuelta y lo que refieres de Teseo! Si está en salvo el ejército de los atenienses, me regocijará cuanto digas.
EL MENSAJERO
En salvo, y todo se ha hecho como Adrasto debió hacerlo con los argivos que llevó del Ínaco contra la ciudad de los cadmeos.
EL CORO
¿Cómo el hijo de Teseo y sus compañeros de armas erigieron los trofeos a Zeus? Dilo, que ya que lo presenciaste, alegrarás, refiriéndolo, a los que no lo vieron.
EL MENSAJERO