Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)
Part 7
¡Oh destino, cómo me has cercado, llenándome de amargura en mi extrema vejez! ¿Cómo ha muerto el hijo único de mi único hijo? Dilo, que deseo oírlo, aunque sea intolerable.
EL MENSAJERO
Después que llegamos a la tierra preclara de Febo, saciamos primero nuestra curiosidad visitando cuanto era digno de verse, mientras el sol giró tres veces en su órbita brillante. Y esto bastó para infundir sospechas, y el pueblo, que adora a Apolo, se juntaba en conciliábulos y corrillos. El hijo de Agamenón, recorriendo toda la ciudad, deslizaba en todos los oídos frases hostiles: «Mirad a este —decía— que visita las cavernas del dios llenas de riquezas, tesoros de los hombres; por segunda vez viene aquí con igual propósito que lo trajo la vez primera, por robar el templo de Apolo». Circularon, pues, por la ciudad rumores malvados, y los magistrados cuidaban del tesoro, se congregaban en las curias, y privadamente pusieron centinelas en el templo de Febo, rodeado de columnas. Pero nosotros, llevando ovejas criadas en el frondoso Parnaso, y sin saber nada, lo veneramos, y nos acercamos a las aras con los que nos hospedaban, y con los adivinos píticos. Y alguno habló así: «¡Oh joven! ¿Qué pediremos al dios para ti? ¿Qué motivo te ha traído?». Él respondió: «Queremos expiar nuestro anterior pecado, cuando yo mismo exigí de él en otro tiempo que expiase la muerte de mi padre». Entonces hizo su efecto la infame calumnia de Orestes, de que mi señor mentía, y de que había venido con siniestro propósito. Entró en el templo para invocar a Febo ante el oráculo, y comenzó a examinar las víctimas mientras el fuego las consumía. Muchos hombres, con armas, coronados de laurel, estaban enfrente, y entre ellos el hijo de Clitemnestra, autor de esta trama. Él, a la vista de todos, suplicaba al dios que le fuese propicio, cuando los armados de cortantes espadas acometieron a traición al desprevenido hijo de Aquiles. Retrocedió, haciéndoles frente, porque sus heridas no eran mortales, desenvainando la espada arrebatada del pórtico con otras armas suspendidas de los clavos, y se detuvo junto al ara, guerrero de terrible aspecto, gritando así e interrogando con sus voces a los hijos de Delfos: «¿Por qué queréis matarme, cuando solo he venido aconsejado de mi piedad? ¿Por qué causa muero?». Ninguno, aunque eran muchos, replicó una palabra, sino le contestaron tirándole piedras. Agobiado de innumerables dardos se defendía con su armas, y esquivaba los golpes, presentando a todos el escudo que embrazaba. Pero de nada le servía; toda clase de armas arrojadizas, saetas, jabalinas, dardos sueltos, flechas mortales, volaban hacia él y caían a sus pies. Hubieras de ver entonces los maravillosos saltos que daba tu hijo para evitarlos; pero cercado y sin refugio, y no dejándole respirar, abandonó el hogar del ara, que recibía las víctimas, y dando un salto troyano[114] los acometió de repente; ellos, como palomas que ven al gavilán, emprendieron la fuga. Muchos cayeron juntos, ya heridos, ya atropellados en los angostos tramos de las puertas. Clamor nefando resonó en el templo sagrado y peñascoso; pero como bajo sereno cielo[115] mi señor se detuvo, resplandeciendo sus brillantes armas, hasta que del centro del templo se oyó una voz espantosa y terrible, y la multitud volvió otra vez a la pelea. Entonces cayó el hijo de Aquiles, herido su costado por la aguda espada de un hombre de Delfos, que perdió la vida con otros muchos. Después de caer en tierra, ¿quién no le acometió con espadas y lanzas?, ¿quién no lanzó piedras?, ¿quién no le aplastó con ellas? Y crueles heridas destrozaron su hermoso cuerpo. Su cadáver, que yacía junto al altar, fue arrastrado fuera del templo, rico en víctimas. Nosotros, apoderándonos de él lo más pronto que nos fue posible, te lo traemos para que lo llores, ¡oh anciano!, y para que le des honrosa sepultura. El rey que profetiza, el defensor de la justicia entre los hombres, castigó así al hijo de Aquiles, y como un mortal malvado guardó su rencor por antiguos ultrajes. ¿Cómo, pues, ha de ser sabio?[116]
EL CORO
He aquí al rey, que desde Delfos lo traen a su palacio. ¡Oh desventurado que sufriste tales oprobios!, ¡oh desventurado!, y tú también, anciano; tú recibes en su palacio al hijo de Aquiles, no como quisieras: fatal desdicha te hiere; su calamidad es también la tuya.
PELEO
_Estrofa._ — ¡Ay de mí! ¡Qué infortunio contemplo! ¡Cómo lo recibo en mi propio palacio! ¡Ay de mí, ay de mí, ah, ah! ¡Oh ciudad tesálica, morimos, perecemos, desapareció ya mi linaje; ya no me sobrevivirán mis hijos en mi palacio patrimonial! ¡Qué desdichado me hacen estos males! ¿En qué ser amado se recrearán mis ojos? ¡Oh labios y mejillas tan queridos! ¡Ojalá que el destino te hubiese arrancado la vida junto a Ilión, a las orillas del Simois!
EL CORO
Y muerto entonces, ¡oh anciano!, lo fuera con más honra, no como ahora, y más feliz hubieras tú sido.
PELEO
_Antístrofa._ — ¡Oh nupcias, oh nupcias, causa de perdición, causa de perdición para esta familia y para mi ciudad! ¡Ah, ah, ah, ah! ¡Oh hijo, ojalá que el linaje de tu esposa, infausto para mí, para mis hijos y para mi palacio, no te hubiese acarreado la muerte a que te destinaba Hermíone, ¡oh hijo!, sino que ella pereciese, herida por el rayo, por haber cometido el sangriento crimen! ¡Ojalá que nunca acusases a Febo de lanzar contra tu padre mortíferas saetas, tú mortal y él dios!
EL CORO
¡Ay, ay! Mis lamentos acompañarán los fúnebres cantos que voy a entonar a los manes de mi señor, muerto.
PELEO
¡Ay, ay de mí! ¡Yo también lloro, anciano mísero y desventurado!
EL CORO
¡Destino del dios, calamidad obra de un dios!
PELEO
¡Oh tú, que dejas desierto tu palacio, abandonando a un anciano sin hijos!
EL CORO
Tú, viejo Peleo, debías morir, sí; debías morir antes que tus hijos.
PELEO
¿No arrancaré mis cabellos, no golpearé mi cabeza con mis manos al llorarlo? ¡Oh ciudad!, Febo me arrebató dos hijos.
EL CORO
¡Oh infeliz anciano, que contemplas y sufres estos males, qué triste será tu existencia!
PELEO
Sin hijos, solitario, sin ver el fin de mis desdichas, pasaré trabajos hasta la muerte.
EL CORO
De nada te sirvió que los dioses te hicieran feliz en tus nupcias.
PELEO
Todo se desvaneció en los aires, humo fue tan vana pompa.
EL CORO
Solitario discurrirás en tu desierto palacio.
PELEO
Ni ciudad quiero tampoco, ni ciudad; que este cetro vegete en la tierra; y tú, hija de Nereo, que vives retirada en las cavernas, me verás postrado sin vida ni movimiento.
EL CORO
¡Hola, hola!, ¿qué sucede?; ¿tiembla el suelo?; ¿qué numen se presenta? Ved, mirad, doncellas; algún dios, atravesando el blanco éter, penetra en los campos de la Ftía, fecunda en caballos.
TETIS
Dejando el palacio de Nereo vengo yo, Tetis, acordándome de los nupciales lazos que antes nos unieron, ¡oh Peleo! Ruégote primero que no te dejes abatir por tus males, puesto que yo misma, que nunca debí llorar a mis hijos, perdí a Aquiles, de pies ligeros, príncipe de la Grecia e hijo tuyo. Pero te diré el motivo que aquí me trae, para que le conozcas. Sepulta al difunto hijo de Aquiles junto al ara de Apolo Pítico: eterno oprobio será de Delfos y monumento que recuerde el sangriento atentado de Orestes. La cautiva Andrómaca debe, ¡oh anciano!, habitar en la Molosia, unida a Héleno en legítimas nupcias, y con ella ese niño, el único que queda de la estirpe de Éaco;[117] de él descenderán los felices reyes de la Molosia, porque no ha de perecer tu linaje y el mío y el de Troya, que de ella cuidan también los dioses, aunque la perdiera el odio de Palas. Y para que sepas lo que vale tu himeneo conmigo, que nací diosa e hija de un dios, te libertaré de los humanos y te haré inmortal e incorruptible. Y en adelante, ya dios, vivirás conmigo, también diosa, en el palacio de Nereo; y desde él, saliendo del mar con los pies secos, verás a Aquiles, hijo tuyo y mío muy amado, que mora en los palacios de la isla de Leuca, en el estrecho Euxino. Ve, pues, a la divina ciudad de Delfos, y acompaña a este muerto; y cuando lo cubra la tierra, vuelve a la lejana caverna de la antigua roca de Sepia,[118] y detente allí y espérame, que yo iré a buscarte desde el mar acompañada de un coro de cincuenta nereidas. Así lo ha dispuesto el destino, así agrada a Zeus. No llores más a los muertos; todos los hombres están sujetos a este decreto inevitable de los dioses.
PELEO
¡Oh esposa noble y veneranda, hija de Nereo, salve!; digna de ti y de tus hijos es tu conducta. Calmaré mi dolor, que tú, diosa, lo mandas, y sepultado este, iré a las cavernas del Pelión, en donde mis manos palparán tu hermosísimo cuerpo. ¿No conviene, pues, elegir noble esposa, de honrada familia, y no es esto lo más sensato, y no anhelar funestos himeneos, aun cuando la desposada aporte riquísima dote? Jamás los que así obran temerán el castigo del cielo.
EL CORO
Vario es el destino de los hombres; inesperadas son muchas veces las órdenes de los dioses, y las que se aguardan no llegan, y en ocasiones desenlazan lo que parecía inextricable. Así ha acontecido ahora.
LAS SUPLICANTES
ARGUMENTO
Adrasto, rey de Argos, rechazado por Creonte, tirano de Tebas, en su demanda de sepultar los cadáveres de los cinco jefes que la atacaron, porque Polinices, hijo de Edipo, había sido inhumado por su hermana Antígona, y a Anfiarao se lo tragó la tierra, acude para lograr su objeto a Teseo, rey de Atenas, que al principio se niega a complacerlo y hasta lo trata con escasa cortesía y miramiento. Pero las madres ancianas de los insepultos son más afortunadas con Etra, madre de Teseo, a la sazón en Eleusis para celebrar la fiesta de Deméter. Imploran su piedad como suplicantes, consiguen que acceda a sus ruegos, recaba de su hijo lo que no pudo conseguir Adrasto, y los difuntos son al fin recuperados por la fuerza de las armas y traídos a Atenas. Evadne, esposa de Capaneo, se precipita en la pira de su marido, y Atenea aconseja a Teseo que conserve a su disposición para lo sucesivo testimonio fehaciente del favor dispensado entonces a Argos.
Para nosotros no ofrece esta tragedia grande interés en ningún concepto, aunque debió inspirarlo extraordinario a los atenienses, para quienes lo escribió el poeta. Celebrar las glorias de una ciudad, y más siendo tan pura y tan generosa como esta, siempre agrada a sus habitantes, averiguado como está ya hasta la saciedad que el amor propio del linaje humano es también la flaqueza mayor, la más constante y la más asequible a los encantos de la adulación. Atenas se constituía además en defensora de la religión helénica, que hasta entre enemigos exigía el respeto a los muertos contrarios, creencia que servía de base a esa costumbre tradicional observada en la guerra, y característica en general en los atenienses, el pueblo más compasivo y tolerante en tales materias. Recuérdese su conducta con sus rivales los lacedemonios cuando la guerra de Mesenia, rasgo de magnanimidad inmarcesible, rarísimo en la Historia. Socorrieron a sus mortales enemigos y los salvaron de su ruina contra sus propios intereses. Y si, como parece probable, se escribió y se representó esta tragedia durante la guerra del Peloponeso, cuando los argivos se aliaron con los lacedemonios e invadieron el territorio ático, su oportunidad y su interés hubieron de aumentar sobremanera. Ateniense era el héroe, Teseo, y atenienses los soldados que combatieron a sus órdenes.
El asunto no podía, pues, ser más trágico; sus personajes pertenecían al ciclo mitológico heroico, explotado para este linaje de composiciones, y la traza y disposición de la obra, en su conjunto y en sus detalles, sin prólogo en esta, con la intervención de Palas al fin y el suicidio de Evadne cuando menos se esperaba, la distinguen como obra de Eurípides, sin dar lugar a dudas de ningún género. Lo cual no obsta, sin embargo, para hacernos sonreír, por lo menos el diálogo y la disputa del heraldo tebano y de Teseo, que toca en lo cómico, o sus respectivas disertaciones acerca de las ventajas e inconvenientes de la monarquía y de la república, propias de escuela o de academia, o las alabanzas de Adrasto a los muertos, más aplicables a pacíficos ciudadanos de Atenas del tiempo de Eurípides que a los feroces guerreros que sucumbieron peleando ante las murallas de Tebas, ni cuadra tampoco con nuestro gusto y nuestras ideas modernas la aparición de Evadne en lo alto del peñasco, al terminarse la tragedia, aunque también es posible que en el auditorio hiciera por lo mismo singular y grato efecto.
Ateniéndonos a la indicación del autor griego que la encabeza, su representación se hizo bajo el arconte Antifón el año III de la olimpiada 90, o el 418 antes de nuestra era.
PERSONAJES
ETRA, _madre de Teseo y esposa de Egeo._ CORO DE ANCIANAS, _madres de los siete héroes sitiadores de Tebas._ TESEO, _hijo de Egeo._ ADRASTO, _rey de Argos._ UN PREGONERO O HERALDO. UN MENSAJERO. EVADNE, _esposa de Capaneo e hija de Ifis._ IFIS, _padre de Evadne._ NIÑOS, _hijos de los siete jefes._ ATENEA.
La acción pasa en Eleusis, aldea inmediata a Atenas.
Se ve en el teatro el templo de Deméter y de Perséfone, y delante de él a Adrasto, cubierta la cabeza y acompañado de siete niños, hijos de los siete jefes que sitiaron a Tebas. Cerca del ara yace Etra rodeada de las siete madres de los jefes, de rodillas y llevando los distintivos de las suplicantes. Detrás de ellas hay siete esclavas.
ETRA[119]
¡Oh Deméter!,[120] divina protectora de esta tierra de Eleusis, y sacerdotes que habitáis en los templos de la diosa; que yo, Etra, sea feliz y mi hijo Teseo, y la ciudad de Atenas y la tierra de Piteo,[121] en donde me educó mi padre en opulento palacio y me dio por esposo a Egeo, el hijo de Pandión,[122] obedeciendo los oráculos de Apolo. Tal es mi súplica, compadecida de estas ancianas, que han abandonado sus hogares de Argos, víctimas de grave calamidad, y ciñen sus rodillas con el ramo de oliva de las suplicantes. Huérfanas han quedado de siete nobles hijos, muertos junto a las puertas de Cadmo, cuando fueron a las órdenes de Adrasto,[123] rey de los argivos, a restituir a su yerno Polinices su parte de la herencia de Edipo. Las madres de estos héroes, que perecieron en la guerra, quieren sepultar sus cadáveres, y los poderosos lo prohíben y no acceden a sus ruegos, menospreciando las leyes divinas. Adrasto, su compañero de infortunio, implora también mi protección, llenos sus ojos de lágrimas, y yace aquí lamentándose de esa guerra y expedición muy desdichada que lo sacó de su palacio; exhórtame a que suplique a mi hijo para que recupere los cadáveres, y ya por la persuasión, ya por la fuerza de su lanza, que autorice su sepultura; tal es la única gracia que pide a mi hijo y a la ciudad de Atenas. Sacrifico ahora por mi patria, antes de ararse la tierra, y con ese objeto he venido desde mi palacio a este templo, en donde apareció primero lozana la fructífera espiga. Ceñida, pues, con este lazo de sagradas hojas que no ciñe,[124] hállome junto a los santos hogares de las dos diosas Perséfone y Deméter, compadecida, en verdad, de estas madres de blancos cabellos, huérfanas de sus hijos por respeto a los venerables ramos, cubiertos de lana.[125] Un heraldo ha ido de mi parte a la ciudad para llamar a Teseo y librar a esta región de su incómoda presencia, o dejarme en libertad después de probar a los dioses de algún modo mis piadosas intenciones. Conviene que en tales casos las mujeres prudentes se valgan siempre de los hombres.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Ruégote, anciana, con mis viejos labios, y cayendo a tus pies, que rescates a mis hijos de entre los muertos, que si no servirán de pasto sus cuerpos a las fieras de los montes, sin fuerza sus miembros por obra de la muerte.
_Antístrofa 1.ª_ — Mira mis párpados llenos de lágrimas de mis ojos, que mueven a lástima, y el estrago que en mi rostro y en mis blancos cabellos han hecho mis arrugadas manos; ¿cómo, pues, demostraré mi pena, cuando ni he expuesto en mi casa a mis hijos difuntos, ni veo los túmulos de tierra de sus sepulcros?
_Estrofa 2.ª_ — Tú también, ¡oh mujer venerable!, diste a luz un hijo hace tiempo, y llenaste a tu esposo de alegría; ponte, ponte, pues, en mi lugar, y considera cuánto es mi dolor y mi desventura por la pérdida de los hijos a quienes di la vida; persuade al tuyo, a quien suplicamos que vaya al Ismeno y que ponga en mis manos desdichadas los cuerpos insepultos de los jóvenes que han perecido.
_Antístrofa 2.ª_ — No como mandan los ritos, sino impelida por la necesidad, me he prosternado en tu presencia, viniendo a suplicarte ante las aras de los dioses que reciben el fuego; justo es nuestro ruego, y tú, en cierto modo, ya que eres afortunada, puedes inclinar a tu hijo a que remedie mi desventura. Sufriendo males lamentables, yo, infeliz suplicante, te pido que pongas a mi hijo en mis manos para abrazar sus tristes restos.
_Estrofa 3.ª_ — Nueva lucha, nuevo llanto sucede al mío; ya resuenan las manos de mis esclavas. Id, oh vosotras las que respondéis a mis lamentos; id, compañeras de dolor a componer el coro que Hades ama; llenad de sangre vuestras mejillas; desgarrad vuestro cuerpo con vuestras blancas uñas: los honores que se tributan a los muertos glorifican a los vivos.
_Antístrofa 3.ª_ — Siento en llorar placer insaciable y molesto; como gota que cae de elevado y húmedo peñasco es mi perenne llanto; a raudales brotan las lágrimas de los ojos de las mujeres cuando la muerte se apodera de sus hijos. ¡Ay, ay de mí! ¡Ojalá que muerta no sintiese tales dolores!
TESEO
¿Qué sollozos he oído y qué golpes de pechos y lamentaciones fúnebres, que parecen salir de estos templos? El miedo me deja en suspenso, temiendo que a mi madre, a quien busco, ausente del palacio hace tiempo, haya sucedido alguna desgracia. ¿Qué es esto?; todo me anuncia extraños sucesos. Veo a mi anciana madre sentada junto al ara, y acompáñanla mujeres extranjeras que dan inequívocas señales de dolor: de sus ojos venerables derraman lágrimas que mueven a lástima, sus cabezas están rasuradas y su traje no es el de las sagradas fiestas. ¿Quiénes son estas mujeres, madre?; a ti te toca decirlo; a mí, oírlo; de seguro será alguna novedad.
ETRA
Hijo, estas mujeres son las madres de los siete capitanes que murieron junto a las puertas cadmeas; con los ramos de las suplicantes me cercan y me custodian como ves, ¡oh hijo!
TESEO
¿Y quién es ese que gime tan miserablemente a las puertas del templo?
ETRA
Adrasto, según dicen, rey de los argivos.
TESEO
Y los niños que le rodean, ¿son acaso sus hijos?
ETRA
No, que son hijos de los muertos.
TESEO
¿Por qué nos imploran con sus manos suplicantes?
ETRA
Lo sé; pero a ellos toca decírtelo, ¡oh hijo!
TESEO
A ti me dirijo, que estás envuelto en tu manto: habla, descubre tu cabeza y deja de llorar; nada podrás conseguir si no te explicas antes.
ADRASTO
¡Oh Teseo!, rey del Ática, ilustre por tus victorias, suplicante vengo en tu busca y en la de tu ciudad.
TESEO
¿En demanda de qué? ¿Cuál es tu cuita?
ADRASTO
Conoces mi funesta expedición.
TESEO
Sin duda no atravesaste invisible la Grecia.
ADRASTO
Allí perdí a los próceres argivos.
TESEO
Tales son los efectos de una guerra desdichada.
ADRASTO
Fui a pedir esos muertos a la ciudad.
TESEO
¿Confiabas en los heraldos de Hermes para sepultarlos?
ADRASTO
Pero sus matadores no me lo conceden.
TESEO
¿Y qué dicen, siendo justa tu petición?
ADRASTO
¿Qué ha de ser? Como les favoreció la fortuna, no saben contenerse.
TESEO
¿Has venido acaso a consultarme, o con qué objeto?
ADRASTO
Solo ansío, ¡oh Teseo!, que rescates a los hijos de los argivos.
TESEO
¿Qué hizo vuestra Argos? ¿Fue vana su jactancia?
ADRASTO
Frustrado nuestro empeño, recurrimos a ti.
TESEO
¿Tú en particular, o en representación de los ciudadanos?
ADRASTO
Todas las danaides[126] te ruegan suplicantes que entierres a los muertos.
TESEO
¿Por qué llevaste a Tebas siete carros?
ADRASTO
Cumpliendo este deber en beneficio de mis dos yernos.
TESEO
¿Con qué ciudadanos de Argos casaste a tus hijas?
ADRASTO
Mi familia no ha contraído alianza con ninguno de ellos.
TESEO
¿Pero diste a extranjeros esas doncellas argivas?
ADRASTO
A Tideo y a Polinices, oriundo de Tebas.
TESEO
¿Qué motivo te indujo a emparentar con ellos?
ADRASTO
Los oscuros enigmas de Febo.[127]
TESEO
Pero ¿qué dijo Apolo aludiendo al casamiento de tus hijas?
ADRASTO
Que las casase con el jabalí y el león.
TESEO
¿Y cómo entendiste los oráculos del dios?
ADRASTO
Al venir de noche a mi palacio desterrados...
TESEO
¿Quién y quién?, di: hablaste de dos a un tiempo.
ADRASTO
Tideo y Polinices, que se pelearon entre sí.
TESEO
¿Y les diste tus hijas, como si fuesen fieras?
ADRASTO
Semejante fue su combate al de dos fieras.
TESEO
¿Cómo vinieron, dejando su patria?
ADRASTO
Tideo vino de la suya por haber dado muerte a uno de sus parientes.[128]
TESEO
¿Y cómo vino el hijo de Edipo, abandonando a Tebas?
ADRASTO
A causa de las maldiciones de su padre, para no matar a su hermano.
TESEO
Prudente fue, en verdad, el destierro voluntario de que hablas.
ADRASTO
Pero los que permanecieron en su patria obraron injustamente en su ausencia.
TESEO
¿Acaso su hermano le usurpó su patrimonio?
ADRASTO
Salí para castigarlo, y así me arruiné.
TESEO
¿Consultaste a los adivinos y examinaste las llamas de las víctimas?
ADRASTO
¡Ay de mí, adivinaste mi mayor pecado!
TESEO
Según parece, no fuiste a la guerra contando con la protección de los dioses.
ADRASTO
Lo que es peor, fui a ella contra la voluntad de Anfiarao.[129]
TESEO
¿Y cómo hiciste tan poco aprecio de la protección de los dioses?
ADRASTO
Aturdiome el tumulto que promovieron los jóvenes.
TESEO
Hiciste lo que te aconsejaba la audacia, no la prudencia, causa de la perdición de muchos generales.
ADRASTO
Pero, ¡oh tú, rey de Atenas, el más fuerte de los griegos: aunque me sonroje, caeré en tierra abrazando con mis manos tus rodillas! Y aunque me acuerde de mis blancos cabellos y de que fui rey feliz en otro tiempo, véome obligado a ceder a la desgracia: ruégote, pues, que me entregues esos muertos; compadécete de mis males y de estas madres de hijos ya difuntos, también ancianas, huérfanas de canos cabellos. Tuvieron valor para venir aquí y andar a pie el camino, moviendo a lástima sus trémulos pasos; triste embajada, no para tomar parte en las ceremonias de Deméter, sino para sepultar muertos, cuando debieran haberlo sido por las manos de ellos, y mucho menos celebrar en su honra prematuros funerales. Prudente es que el rico se acuerde de los pobres y el pobre de los ricos, para que el amor al lucro lo estimule en vez de abandonarse, y que los afortunados se apiaden de las miserias, y que el poeta[130] escriba alegre; a no ser así, a los demás no deleitará, y sí su alma afligida; lo contrario no sería natural. Acaso dirás: «¿Por qué no acudes al país de Pélope y echas esta carga sobre los atenienses?». Yo puedo explicártelo mejor que nadie: Esparta es cruel y cauta; las demás ciudades pequeñas y débiles. Así, solo tu Atenas puede ampararme, que suele compadecerse de las desdichas ajenas, y tú la gobiernas, joven y vigoroso. Por falta de tales gobernantes perecieron muchos estados.
EL CORO
Y yo, Teseo, uno a los suyos mis ruegos, y te suplico que te compadezcas de mis calamidades.
TESEO