Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)
Part 6
Como ves, ¡oh anciano!, me llevan a morir con mi hijo. ¿Qué te diré, habiéndote llamado no una sola, sino mil veces? Acaso tienes noticia de la cuestión que se ha promovido en este palacio, si has hablado con la hija de Menelao, autores ambos de mi muerte. Y ahora me arrastran arrancándome del ara de Tetis, que te dio a luz noble hijo, y a la que rindes venerable culto, no juzgándome con arreglo a derecho, ni esperando a los ausentes, sino prevalidos de mi aislamiento y del de mi hijo, al que quieren matar también, inocente de toda culpa. Pero te ruego, pues, ¡oh anciano!, cayendo a tus rodillas, ya que mis manos no puedan tocar tu muy amada barba,[99] que me salves por los dioses; de otro modo moriremos con vergüenza vuestra, ¡oh anciano!, y miserable daño nuestro.
PELEO
Os mando desatar sus ligaduras, si no queréis arrepentiros, y soltar sus manos.
MENELAO
Y yo, no inferior a ti, te lo prohíbo, porque mis derechos señoriales en esta son superiores a los tuyos.
PELEO
¡Cómo! ¿Acaso, y solo por venir aquí, gobiernas ya mi palacio? ¿No te basta mandar a los habitantes de Esparta?
MENELAO
Yo me apoderé de esta cautiva troyana.
PELEO
Y diéronla a mi nieto y la aceptó como parte del botín.
MENELAO
¿No es lo mío suyo y lo suyo mío?
PELEO
Para hacer el bien, no el mal, ni para matar tampoco.
MENELAO
Ten entendido que nunca la sacarás de mi poder.
PELEO
Con este cetro llenaré de sangre tu cabeza.
MENELAO
Toca, acércate a mí y sabrás quién soy.
PELEO
Y querrás que te llamen hombre, ¡oh tú, el más malvado e hijo de malvados![100] ¿Cómo te han de contar entre los hombres? Un frigio robó tu esposa, que abandonaste en un palacio no cercado y sin siervos que lo guardasen, como si en él tuvieras una mujer casta, no la peor de todas. Ni aunque quiera puede ser honesta ninguna doncella espartana, acostumbrada a salir de su casa y a tomar parte con muslos desnudos y suelta túnica en las carreras y palestras de los jóvenes; lo cual, en mi concepto, no debe tolerarse. ¿Y es después sorprendente que no eduquéis mujeres castas? Convendría preguntarlo a Helena, que procaz huyó con un joven a tierra extraña, abandonando sus lares conyugales. Y por ella capitaneaste contra Troya tan grande ejército de griegos, cuando hubiera sido mejor que la despreciaras y no movieses guerra, puesto que estabas seguro de su crimen, dejándola allí. Hasta debieras haberla recompensado y no admitirla en tu palacio. Pero no tuviste tan feliz inspiración, sino que perecieron muchas vidas preciosas, y a muchas ancianas privaste de hijos y arrebataste a muchos padres de blancos cabellos sus nobles descendientes. Yo soy uno de estos infortunados; mírote como al matador de Aquiles, como a una deidad malévola; tú solo viniste sin heridas de Troya, y trajiste tus bellas armas guardadas en ricas vainas, como allá las llevaste. Y yo mismo intenté persuadir a mi hijo que no se casase ni contrajese contigo parentesco, ni admitiese en su palacio a la hija de una mujer mala, teniendo presente que se heredan las faltas maternales. Aprended, ¡oh enamorados!, la conveniencia de casaros con hijas de buenas madres. Además, ¡cuánta no fue tu sinrazón con tu hermano, mandando matar neciamente a su hija![101] ¡Tanto temiste no poseer una mujer adúltera! Tomada Troya, para seguirte también en este terreno, no mataste a esa mujer que volvía a tu potestad, sino que al ver su pecho tiraste a un lado la espada, recibiste sus ósculos y adulaste a una perra traidora vencido por la lujuria, ¡oh tú, el más villano de los hombres! Y después vienes al palacio de mis hijos, no respetas su ausencia y matas con infamia a una pobre mujer y a un niño, cuya muerte os hará llorar a ti y a tu hija, la que mora en el palacio, aun cuando fuese tres veces bastardo. Muy a menudo las cosechas de tierras áridas son superiores a las que nacen en pingües terrenos, y muchos bastardos aventajan a los hijos legítimos. Pero llévate tu hija. Mejor es para los hombres amar a un yerno pobre y honrado que a uno criminal y rico, y tú nada vales.
EL CORO
Por causas insignificantes la lengua promueve entre los hombres grandes disputas, y por esto los prudentes no discuten con sus amigos.
MENELAO
¿Cómo dirás que los ancianos son sabios, y los que por tales tiene la Grecia? Tú, Peleo, hijo de ilustre padre y unido conmigo por los lazos de la afinidad, ¿no debieras avergonzarte de hablar así y de afrentarme por una mujer bárbara, a quien te convendría desterrar mas allá del Nilo y del Fasis, y excitarme tú mismo a hacerlo, solo recordando que es oriunda del continente de Asia, en donde yacen muchos cadáveres de griegos muertos por las lanzas, y manchada con sangre de tu hijo? Paris, que mató a Aquiles, era hermano de Héctor, y esta, esposa también de Héctor. Y, sin embargo, a ti y a ella os cobija el mismo techo y te dignas sentarte con ella a la mesa, y consientes que dé a luz hijos odiosos a tu linaje; por estas razones, ¡oh anciano!, y atendiendo a tu interés y al mío, quiero matarla, y tú me la arrancas de las manos. Pero veamos, pues, si, como creo, no es vergonzoso que hablemos ahora: si mi hija no tiene descendientes y esta sí, ¿los harás señores del territorio ftiótico, y, siendo bárbaros, mandarán a los griegos? ¿No soy, pues, prudente evitando tales iniquidades? ¿Tienes tú razón? Reflexiona también en esto: si casaras a tu hija con alguno, ¿sufrirías tales injurias en silencio? No lo creo. ¿Por una mujer extranjera insultas así a tus amigos y parientes? Igual derecho tiene el marido y la mujer, ya ultraje a esta, ya lo sea él por la deshonestidad de su cónyuge. El hombre tiene en sus manos medios de lograrlo; pero la mujer solo puede conseguirlo valiéndose de sus padres y amigos. ¿No es justo, por tanto, que yo socorra a mis parientes? Anciano, anciano eres, y cuando hablas de mi campaña más me favoreces que callando. Helena no sufrió voluntariamente tantas penas sino por decreto de los dioses, y esa guerra fue muy útil a Grecia, porque, poco perita antes en las armas y combates, salió aguerrida de esta empresa: en todo es la experiencia maestra de los mortales. Y si yo, al ver a mi esposa, me contuve y no la maté, fue por prudencia. ¡Ojalá que tú no hubieras matado a Foco![102] Tal es mi benévola réplica, no inspirada por la ira; pero si te encolerizas, tú perderás por tu locuacidad lo que ganaré por mi previsión.
EL CORO
Lo mejor será que os dejéis de vanas palabras y no incurráis ambos a un tiempo en la misma falta.
PELEO
¡Ay de mí! ¡Qué depravadas costumbres reinan en Grecia! Cuando el ejército erige trofeos de sus victorias, no se atribuyen a los soldados que pelearon, sino a su general, que se lleva toda la gloria, cuando él maneja la lanza como otros muchos, y sin aventajarles en nada logra mayor fama.[103] Y en la ciudad se sientan después orgullosos con los magistrados, y miran a la plebe con desdén, cuando nada valen, y en cambio los plebeyos suelen ser mucho más sabios si a un tiempo están dotados de voluntad y osadía. Así tú y tu hermano os habéis enorgullecido con la toma de Troya y por haber mandado a los griegos, y os llenan de arrogancia las fatigas y trabajos de los demás. Yo te probaré, después de esto, que no debes mirar al ideo Paris como a un enemigo superior a Peleo, si tú y tu hija estéril no os alejáis cuanto antes enhoramala de este palacio, puesto que mi nieto, agarrándola por los cabellos, la arrastrará por el suelo, porque es estéril y tiene envidia a la que no lo es. ¿Acaso porque ella sea infeliz sin hijos no los hemos de tener nosotros? Dejad a Andrómaca, esclavos; veremos si alguno me impide desatar sus manos. Levántate, que yo, aunque anciano trémulo, aflojaré los apretados nudos de estas ligaduras. ¡Así, oh tú, el peor de los hombres, has lastimado estas manos! ¿Creías atar algún toro o algún león? ¿Temiste que desenvainando su espada te obligase a huir? Ven, niño, a mis brazos; desata conmigo a tu madre; yo te educaré en la Ftía, y serás grande enemigo de estos. Sabed que los espartanos, sin su bélica gloria y su valor en las batallas, en ninguna otra cosa serían superiores a los demás.
EL CORO
Desenfrenados son los ancianos, y la cólera los arrastra más allá de los justos límites.
MENELAO
Te dejas llevar demasiado de la propensión a la injuria. Yo, que a la fuerza he venido a la Ftía, ni haré nada indigno de mí, ni lo sufriré tampoco. Y ahora, que no tengo tiempo para vagar, vuelvo a mi palacio, porque hay una ciudad no lejos de Esparta, que antes era amiga y ahora no; quiero castigarla al frente de mis tropas y reducirla a mi dominio.[104] Y cuando lo arregle todo a mi placer, volveré. Presente yo entonces, y también mi yerno, hablaré sin ambages, y oiré sus razones. Y si Neoptólemo castiga a Andrómaca, y después es prudente, yo lo seré también; si se enfurece, me enfureceré, y mis acciones corresponderán en todo a las suyas. No me ofenden tus palabras, porque eres a modo de sombra que habla, y no sirves más que para esto.
PELEO
Ve delante de mí, ¡oh hijo!, protegido por mi brazo, y tú también, ¡oh desventurada!, que después de tan recia tempestad, habéis encontrado seguro puerto.
ANDRÓMACA
Que los dioses, ¡oh anciano!, sean propicios a ti y a los tuyos, ya que nos has salvado a mí y a mi hijo. Pero ten cuidado, no sea que estos, ocultos en el camino solitario, me arrebaten a la fuerza viéndote viejo, y a mí débil y a mi hijo niño; no lo olvides, y evita el peligro presente, sin exponernos a ser cautivados después.
PELEO
No hables el tímido lenguaje de las mujeres. Anda. ¿Quién osará tocaros? Llorará, sin duda, el que lo haga; por la gracia de los dioses mandamos en Ftía, y disponemos de escuadrones de caballería y de muchos infantes. Todavía conservamos todas nuestras fuerzas, y no nos ha gastado la vejez, como tú piensas; me bastaría mirar a ese hombre para vencerlo, aunque sea viejo. Si el anciano es animoso, vale más que muchos jóvenes; ¿qué aprovecha al cobarde su robusto cuerpo?
EL CORO
_Estrofa._ — O que yo no nazca, o que mis padres sean buenos y me sea dado disfrutar de la opulencia de ciertas familias. No falta a los nobles consuelo en sus desdichas, y a las claras prosapias pertenece la gloria y el honor, que da la fama; nunca borra el tiempo la memoria de los grandes varones, y la virtud de los muertos brilla también perenne.
_Antístrofa._ — Más vale no ganar deshonrosa victoria que hollar a la justicia por la envidia y por la fuerza; al pronto agrada esto a los hombres, pero con el tiempo se hace molesto y redunda en desdoro de su linaje. Quiero que me alaben, que este sea el bálsamo de mi vida, y que no haya potestad alguna ilegítima ni en la familia ni en el gobierno.
_Epodo._ — ¡Oh anciano, hijo de Éaco!; creo que con los lapitas peleaste contra los centauros con lanza celebérrima, y que en la nave Argos atravesaste el inhospitalario mar de las Simplégades, ilustre empresa; y cuando en otro tiempo el hijo preclaro de Zeus[105] destruyó a la ciudad de Ilión, participaste de su gloria y volviste luego a Europa.
LA NODRIZA
¡Oh mujeres muy amadas!, como el mal nunca viene solo, otro nos amenaza en este día: Hermíone, la que manda en el palacio, abandonada de su padre y arrepentida de su atentado, cuando quiso matar a Andrómaca y a su hijo, desea morir, temiendo que su marido la castigue alejándola ignominiosamente de su lado, o dándola muerte en represalias de la que quiso dar a quien no debía. Trabajo cuesta a los servidores que la celan impedir que se ahorque, como quiere, y arrebatarle de las manos el acero; y entonces se lamenta amargamente y confiesa su falta. Yo, amigas, hago cuanto puedo para disuadirla de su propósito suicida; entrad vosotras en el palacio y evitad su muerte, porque los amigos recientes persuaden con más facilidad que los antiguos, aunque sean íntimos.
EL CORO
Oímos, en efecto, los gritos de los servidores, originados, sin duda, de la causa que anunciaste. Parece que la infortunada desea hacer público su sentimiento por las atrocidades que antes cometiera. Ahora sale del palacio, escapándose de las manos de los criados, arrastrada de suicida anhelo.
HERMÍONE
¡Ay de mí, ay de mí! Yo arrancaré mis cabellos y me desgarraré el pecho con mis uñas enemigas.
LA NODRIZA
¿Que haces, hija? ¿Afearás así tu belleza?
HERMÍONE
¡Ay, ay, ay, ay de mí! Vuela por los aires, lejos de mis cabellos, ¡oh velo sutil!
LA NODRIZA
Cubre tu pecho, hija; cúbrelo con tu manto.
HERMÍONE
¿Por qué he de cubrir mi pecho con el manto? Manifiesto y público, no oculto, ha sido mi atentado contra mi esposo.
LA NODRIZA
¿Deploras tu tentativa de sacrificar a la compañera de tu tálamo?
HERMÍONE
Gimo, sin duda, por mi osadía al cometer ese atentado, haciéndome execrable, sí, execrable a los hombres.
LA NODRIZA
Tu marido te perdonará.
HERMÍONE
¿Por qué arrancaste la espada de mi mano? Dámela, dámela, ¡oh querida!, para que con ella me mate; ¿por qué me quitas los lazos que han de acabar conmigo?
LA NODRIZA
¿Y he de consentir que mueras víctima de tu furor?
HERMÍONE
¡Oh ruina!, ¿en dónde hay fuego que me devore?; ¿desde qué escollo me precipitaré?; ¿en qué mar, en qué selva solitaria, abandonada de todos, me salvará la muerte?[106] ¿Cómo me entregaré a los dioses infernales?
LA NODRIZA
¿Por qué te afliges así? Las calamidades divinas aquejan a todos los hombres, ya en un tiempo, ya en otro.
HERMÍONE
Me has abandonado, me has abandonado, ¡oh padre!, dejándome solitaria en la orilla, sin remo para navegar. Tú me pierdes, tú me pierdes; ya no habitaré más este palacio conyugal. ¿A qué estatuas acudiré suplicante? ¿Caeré como esclava a las rodillas de mi esclava? ¡Ojalá que me alejase de la Ftía ave de cerúleas alas, o nave de pino, como la que arribó primero a las costas cianeas![107]
LA NODRIZA
¡Oh hija!, ni aprobé tus excesos contra la troyana, ni tampoco el miedo que ahora te domina y tanto te acobarda. Tu marido no te rechazará tan fácilmente, persuadido por los desatinados discursos de una mujer bárbara. No eres ninguna cautiva de Troya, sino hija de varón ilustre, y has traído rica dote, y vienes de una ciudad no poco afortunada. Ni tu padre, ¡oh hija!, te abandonará, como temes, ni consentirá que te expulsen de este palacio. Entra, pues, y no salgas de él, que te deshonrarás si te ven de esta manera, ¡oh hija!
EL CORO
Mirad cómo apresura su paso ese huésped extranjero, dirigiéndose hacia nosotras.
ORESTES
Decidme, ¡oh mujeres!, ¿es este acaso el real palacio en donde habita el hijo de Aquiles?
EL CORO
Sí; pero ¿quién eres tú, que así me interrogas?
ORESTES
El hijo de Agamenón y de Clitemnestra, y me llamo Orestes; ahora voy a consultar el oráculo de Zeus que hay en Dodona; pero ya que he llegado a la Ftía, he querido preguntar si vive mi prima, la espartana Hermíone, y si está buena; pues aunque habite lejos de aquí la amo todavía.
HERMÍONE
¡Oh, hijo de Agamenón!, puesto que apareces en medio de la tempestad, ruégote por estas rodillas, que abrazo, que te apiades de mí, no dichosa, ya que llegaste a tiempo para ser testigo de mi desventura. Con mis brazos te oprimo, no con menos fuerza que lo haría a los ramos de los suplicantes.[108]
ORESTES
¡Cómo! ¿Qué es esto? ¿Me equivoco acaso, o veo claramente a la hija de Menelao, reina de este palacio?
HERMÍONE
Ciertamente: la sola hija que la tindáride Helena tuvo de mi padre; nada debo ocultarte.
ORESTES
Ayúdame, Febo, y líbrala de sus males. ¿Qué es esto? Las desdichas que sufres, ¿son obra de los dioses o de los hombres?
HERMÍONE
En parte, de mí misma; en parte, de mi esposo; en parte, de algún dios; la muerte me rodea por todos lados.
ORESTES
No teniendo hijos, ¿qué calamidad puede afligir a una mujer, a no ser alguna que a su amor se oponga?
HERMÍONE
Esa es, en efecto, la causa de mi mal; me has comprendido; sábelo, pues.
ORESTES
¿Tu esposo ama, acaso, a otra?
HERMÍONE
A la que fue esposa de Héctor, hoy cautiva.
ORESTES
No es conveniente, sin duda, que un hombre tenga dos mujeres.
HERMÍONE
Y así es, sin embargo; y además me he vengado de ella.
ORESTES
¿Has maquinado, acaso, contra tu rival alguna asechanza de las que traman en esos casos las mujeres?
HERMÍONE
He querido matarla, y a su hijo bastardo.
ORESTES
¿Y los mataste, o lo frustró algún accidente?
HERMÍONE
El viejo Peleo, que tomó bajo su protección a los más malos.
ORESTES
¿Hubo alguno que fuese tu cómplice en este delito?
HERMÍONE
Mi padre, que vino de Esparta con ese objeto.
ORESTES
¿Y fue vencido por un anciano?
HERMÍONE
Se avergonzó, sin duda, y se fue, abandonándome.
ORESTES
Ya te he entendido: temes que tu marido castigue tu atentado.
HERMÍONE
Así es; y con razón me perderá. ¿Qué he de decir, pues? Pero te ruego, invocando a Zeus, tronco de mi linaje,[109] que de aquí me lleves a algún lugar muy remoto o al palacio de mi padre, porque temo que el de Neoptólemo, maldiciéndome como si tuviera voz, me expulse, y que la misma tierra Ftía me odia. Si antes viene mi marido, después de consultar el oráculo de Febo, me matará en castigo de mis acciones muy torpes, o serviré a la concubina a quien yo mandaba. Pero ¿cómo has obrado así?, dirá alguno. Perdiéronme mujeres malvadas llenándome de orgullo con estas palabras: «¿Sufrirás tú que una vil cautiva, esclava en tu palacio, sea la compañera de tu lecho? ¡Por la reina te juro[110] que en mi casa no vería la luz usurpando mis más caros derechos!». Y yo, oyendo estas pláticas de astutas sirenas seductoras, redomadas y locuaces, me llené de necia vanidad. ¿Por qué tomarme estos cuidados por mi marido, cuando nada me faltaba? Muchas eran mis riquezas, y mandaba en el palacio; yo hubiese dado a luz hijos legítimos, y los de ella, bastardos, casi hubiesen sido siervos de los míos. Pero nunca, nunca conviene, y no lo diré una sola vez, que los hombres casados, si son prudentes, dejen entrar en sus casas a las amigas de sus esposas, de ordinario sus maestras en maldades. Una, por ganar algo, corrompe a la casada; otra, que delinque, quiere que ella la imite, y muchas lo hacen por su natural perversidad, y de aquí los disgustos de las familias. Guardad bien de ellas las puertas de vuestras casas con cerraduras y barras, porque estas mujeres de fuera, en vez de hacer algo bueno, son causa de muchos males.
EL CORO
Demasiado te has ensañado en tu propio sexo; debe perdonársete; pero bueno es que las mujeres disimulen sus defectos.
ORESTES
Sabio fue, sin duda, el que nos enseñó a oír las razones de los mismos labios de los interesados. Cuando llegaron a mi noticia las disensiones de esta familia y tu contienda con la esposa de Héctor, estaba esperando, o que te decidieras a permanecer aquí, o que aterrada por el miedo que te infunde esa cautiva querrías alejarte de este palacio. Yo vengo aquí, no para obedecerte en lo que me ordenes, sino para llevarte lejos de la Ftía, si, como dijiste hace poco, optas por ese extremo. Porque, habiendo sido antes mía, vives con Neoptólemo por la deslealtad de tu padre, que antes de acometer a Troya te desposó conmigo, y después te prometió a tu actual esposo si la tomaba. Cuando volvió aquí el hijo de Aquiles, perdoné a tu padre y rogué a aquel que renunciase a este matrimonio, contándole mis penas y mi reciente desgracia, porque podría solo casarme con alguna de mi familia y no de otra manera, desde que desterrado de mi palacio ando vagando tristemente. Él, entonces, me insultó por la muerte de mi madre; dijo que era justa la persecución de las terribles diosas de mirada torva. Y yo, agobiado por mis desdichas domésticas, lo sentí, sí, lo sentí en el alma y sufrí con paciencia este nuevo infortunio, y sin esperanza de lograr tu mano me retiré contra mi voluntad. Ahora, pues, que la fortuna te ha vuelto la espalda, te llevaré de aquí y volverás a poder de tu padre. Mucho pueden los lazos de parentesco, y en la adversidad nada hay mejor que un amigo de la familia.
HERMÍONE
Mi padre cuidará de mis nupcias; a mí no me corresponde resolverlo. Pero llévame cuanto antes de este palacio, no sea que vuelva mi marido y prevenga mi fuga, o Peleo me persiga a caballo sabiendo que abandono el palacio de su hijo.
ORESTES
No temas a un anciano ni el daño que pueda hacer el hijo de Aquiles después de los agravios que me infirió el insolente, que esta mano ha preparado contra él mortales asechanzas, de las cuales no podrá escapar, y que no publicaré hasta que se realicen y las sepa el peñasco délfico. El matricida, si se mantienen firmes mis aliados de la tierra ftiota, le enseñará a no casarse con ninguna de mis prometidas. Con daño suyo pedía que el rey Febo fuese castigado por la muerte de su padre; no le valdrá haber mudado de parecer, que ahora paga al dios lo que debe, que por su causa y por mi acusación tendrá muerte desastrosa y se acordará de mi enemistad. El dios trueca la fortuna de los hombres, que odia y no tolera su arrogancia.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Febo!, que en Ilión ceñiste de murallas colina bien defendida,[111] y tú, Poseidón, que hiendes el marino piélago con tus cerúleos caballos, ¿por qué consentisteis primero en edificar con vuestras manos cuanto había de ser profanado por Enialio, perito en lides, y abandonasteis a la mísera Troya?
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Y para qué juntasteis muchos carros tirados de briosos caballos a las orillas del Simois e instituisteis allí luchas homicidas no premiadas con coronas? Y murieron los reyes de Ilión, y jamás lucirá el fuego ni subirá el humo del incienso de las aras de los dioses de Troya.
_Estrofa 2.ª_ — También murió el Atrida a manos de su esposa, y ella pagó con la vida su delito, asesinada por sus hijos. El decreto fatídico del dios, sí, del dios, la castigó cuando el hijo de Agamenón vino de Argos y la mató, asesino de su madre, después de visitar tu templo. ¡Oh Dios, oh Febo! ¿Cómo he de creerlo?[112]
_Antístrofa 2.ª_ — Muchas esposas troyanas, en el campamento de los griegos, gemían por la muerte de sus desdichados hijos, y dejaron sus hogares y cayeron bajo el dominio de otros esposos. No tú sola, ¡oh Hermíone!, ni solo tus amigos sufrieron tristes dolores. Grecia entera lloró esa calamidad, esa misma calamidad, y el rayo hendió otros fértiles campos después que los frigios, sembrando la infernal muerte.
PELEO
Mujeres ftiotas, contestadme a lo que os pregunto: ha llegado a mis oídos vago rumor de que la hija de Menelao, abandonando este palacio, había huido de aquí. Vengo, pues, con deseo de saber si es verdad, porque es nuestro deber cuidar de cuanto interese a los amigos y ausentes.
EL CORO
Cierto es lo que oíste, ¡oh Peleo!; yo no debo ocultar los males que me afligen; es verdad que la reina ha huido de su palacio.
PELEO
¿Y que temía? Replícame.
EL CORO
Que su marido la desterrase.
PELEO
¿Quizá por haber atentado a la vida de su hijo?
EL CORO
Sí, y por miedo a la cautiva.
PELEO
¿Huyó con su padre o con algún otro?
EL CORO
El hijo de Agamenón se la ha llevado.
PELEO
¿Con qué objeto? ¿Para casarse con ella?
EL CORO
Y maquinando la muerte del hijo de tu hijo.
PELEO
¿Por medio de asechanzas, o peleando con él frente a frente?
EL CORO
En el templo sagrado de Apolo, ayudado de los de Delfos.
PELEO
¡Ay de mí! ¡Horrible trama! ¿No habrá alguno que vaya cuanto antes al ara pítica, y cuente lo que pasa a nuestros amigos antes que el hijo de Aquiles muera a manos de sus enemigos?
EL MENSAJERO
¡Ay de mí, ay de mí! ¡Qué calamidades vengo a anunciarte, ¡oh anciano!, y a los amigos de mi señor!
PELEO
¡Ay, ay de mí! Mi ánimo, tristemente preocupado, espera saber alguna desdicha.
EL MENSAJERO
Dígote, anciano Peleo, que ya no existe el hijo de tu hijo; mortales fueron las heridas, y obra de los hombres de Delfos y del huésped de Micenas.[113]
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Qué haces, anciano? ¡No te caigas; levántate!
PELEO
Nada soy, yo muero; mi voz se apaga, mis miembros desfallecen.
EL MENSAJERO
Oye; si quieres vengar a tus amigos, reanímate para informarte de lo que ha sucedido.
PELEO