Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)

Part 5

Chapter 54,172 wordsPublic domain

¡Oh señora!, que no temo darte este nombre, habiéndolo pronunciado tantas veces en tu palacio, cuando residíamos en Troya, y te amaba, y a tu marido, entonces vivo; ahora te hablo para anunciarte nuevas que te interesan, con miedo, es verdad, por si lo saben mis señores, pero compadecida de ti: Menelao y su hija maquinan atroces crueldades, que debes precaver.

ANDRÓMACA

¡Oh consierva muy amada!, pues consierva eres de una reina, feliz en otro tiempo, ahora infortunada: ¿qué hacen, qué lazos nuevos me tienden, queriendo matarme sin compasión por mis desdichas?

LA ESCLAVA

Tratan, ¡oh mujer sin ventura!, de matar a tu hijo, al que alejaste de tu palacio.

ANDRÓMACA

¡Ay de mí! ¿Ha sabido ella que está oculto mi hijo? ¿Cómo? ¡Oh desventurada de mí, que voy a perecer!

LA ESCLAVA

No lo sé; pero he averiguado que Menelao ha salido a buscarlo.

ANDRÓMACA

¡Cierta es mi muerte! ¡Oh hijo!, estos dos buitres te arrebatarán y te sacrificarán inhumanamente. ¡Y el que se llama tu padre, todavía en Delfos!

LA ESCLAVA

Creo que si él estuviera aquí no sería tanta tu desventura; pero ahora careces de amigos.

ANDRÓMACA

¿Ni se sabe nada de Peleo, cuya próxima venida se anunciaba?

LA ESCLAVA

Es más viejo de lo necesario para servirte su presencia.

ANDRÓMACA

Y lo he llamado, y no una sola ver.

LA ESCLAVA

¿Piensas acaso que se cuida nadie de tus mensajes?

ANDRÓMACA

¿Cómo pensarlo?[83] ¿Quieres ser tú mi mensajera?

LA ESCLAVA

¿Y qué diré si falto mucho tiempo del palacio?

ANDRÓMACA

Ya encontrarás razones; eres mujer.[84]

LA ESCLAVA

Es peligroso, porque Hermíone nos vigila sin descanso.

ANDRÓMACA

¿Lo ves? Abandonas a tus amigos en la desgracia.

LA ESCLAVA

Nunca podrás reconvenirme por esa falta. Iré, pues, aunque me exponga, que ni aun envidiable es la vida de una esclava.

ANDRÓMACA

Ve, y yo, como siempre, dirigiré al cielo mis gemidos, mis lamentos y mis lágrimas, que es ingénito en las mujeres deleitarse con sus desdichas y tenerlas siempre en los labios. No por un solo motivo, sino por muchos debo gemir: por mi ciudad patria, por la muerte de Héctor, por la cruel fortuna, que me agobia condenándome a indigna servidumbre. Ningún mortal puede llamarse feliz hasta su día postrimero y su descenso en los infiernos. Paris, en la alta Ilión, al casarse con Helena y hacerla compañera de su tálamo, no llevó a él a una recién desposada, sino a alguna Furia. Por su causa, ¡oh Troya!, a hierro y fuego te devastó el ligero Ares, que de Grecia vino en una nave, y a Héctor, al marido de esta desventurada, lo arrastró alrededor de las murallas, rigiendo su carro el hijo de la marina Tetis; yo misma fui arrancada del tálamo a la orilla del mar, y sujeta a triste esclavitud. Muchas lágrimas corrieron por mi rostro cuando abandoné la ciudad y el tálamo, y a mi marido cubierto de polvo. ¡Ay de mí, desventurada! ¿Por qué había de ver yo más la luz, esclava de Hermíone? Afligida por ella, suplicante, recurro a la estatua de la diosa, y la abrazo, y me consumo llorando como la fuente que se desliza por la peña gota a gota.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh mujer!, que por tanto tiempo resides en el templo y en el suelo consagrado a Tetis, y no lo abandonas; aunque yo sea ftiota y tú asiática, vengo, sin embargo, en tu ayuda, y a ofrecerte algún remedio a tus males, que os han convertido a ti y a Hermíone en rivales odiosas, sin duda porque compartes con ella el lecho del hijo de Aquiles.

_Antístrofa 1.ª_ — Piensa en tu suerte, reflexiona en el infortunio que te agobia. Tú, joven troyana, luchas con tus señores, oriundos de Lacedemonia. Deja el palacio de la diosa del mar, en donde sacrificamos nuestras ovejas. ¿De qué te sirve macerar tu cuerpo, desfigurado por las penas, y ser víctima de las violencias de tus dueños? La fuerza te someterá. ¿A qué sufrir trabajos, no pudiendo?

_Estrofa 2.ª_ — Vete, pues; abandona la espléndida mansión de la diosa nereida, y no olvides que eres esclava en extranjera tierra, en peregrina ciudad, en donde no vea ningún amigo, ¡oh infelicísima, oh esposa digna de lástima!

_Antístrofa 2.ª_ — Porque tú, mujer troyana, viniste a este palacio y excitaste mi compasión; pero no me atrevo a moverme por miedo a mis dueños, y sufro con pena tu desdicha, temerosa de que la nieta de Zeus advierta mi benevolencia.

HERMÍONE

Ni las joyas de oro que ciñen mi cabeza y son su encanto, ni este vestido y el lujoso manto que cubre mi cuerpo me acompañaron como primicias nupciales, dones de la casa de Aquiles o Peleo, cuando aquí vine, sino que mi padre, Menelao, me los trajo de la región espartana, con rica dote para hablar con libertad; con estas palabras os respondo.[85] Pero tú, cautiva y esclava, quieres poseer este palacio expulsándome de él; mi esposo me odia por tus filtros, y por tu causa mis entrañas no conciben, que es sagaz en tales artes el ingenio de las mujeres de Asia. Y yo pondré freno a tu maldad y no te servirá esta mansión de la nereida, ni el ara ni el templo, y habrás de morir. Si algún dios o algún hombre quiere salvarte, es menester que en vez de tu anterior orgullo, hijo de tu dicha, te inspire la humildad y te haga caer a mis rodillas, y barrer mi casa, y derramar con tu mano el agua del Aqueloo[86] de los vasos de oro, y conocer el país en que vives; no tienes aquí a Héctor, ni a Príamo, ni riquezas, sino solo una ciudad griega. A tal extremo ha llegado tu locura, ¡oh desventurada!, que te atreves a dormir con el hijo del que mató a tu esposo y a dar descendientes a su asesino. Tales son los bárbaros: el padre se casa con la hija, el hijo con la madre y la hermana con el hermano; mátase a los que más se ama, y nada de esto prohíben sus leyes. No introduzcas esas costumbres entre nosotros, que no es decoroso que un hombre solo tenga las riendas de dos mujeres, sino un solo amor conyugal, y que, contento con él, pueda vivir tranquilo en su hogar.

EL CORO

Envidiosa es la mujer, y aborrece más que nada a las compañeras de su lecho nupcial.

ANDRÓMACA

¡Ay, ay de mí! Fatal, sin duda, es para los mortales la juventud, y cuando son jóvenes, sentir injustas pasiones. Yo temo que me trates como a esclava y me impidas hablar, cuando tantas razones me asisten; y que si venzo reciba también daño. Los arrogantes oyen difícilmente sólidos argumentos de sus inferiores; sin embargo, nunca podré decidirme a faltarme a mí misma. Di, ¡oh jovencilla!, ¿qué motivos justos alegas para oponerte a los deseos legítimos de tu esposo? ¿Será la ciudad Lacedemonia inferior a la de los frigios, y más envidiable mi fortuna? ¿Me odias porque me ves libre, o porque te inquieta mi robustez y juventud,[87] mis grandes riquezas y numerosos amigos, y mi ambición de poseer el palacio que tú sola poseerías? ¿Quizá porque tengo hijos esclavos, para colmo de mis desdichas? ¿Acaso porque será preciso sufrir con resignación que mis hijos sean reyes de la Ftía, si tú no los tienes? Y en verdad que me aman los griegos porque también estimaban a Héctor, y soy mujer oscura, no reina de los frigios. No te aborrece tu esposo por mis filtros, sino porque careces de prendas amables. Tal es el verdadero filtro: no la hermosura, ¡oh mujer!, sino las virtudes deleitan a los maridos. Pero tú, si algo te ofende, hablas con arrogancia de la ciudad Lacedemonia, menosprecias a Esciros,[88] y entre pobres haces ostentación de tus riquezas; y Menelao es, en tu concepto, superior a Aquiles. Por esto seguramente te odia tu marido. Conviene que la mujer, aunque se case con un esposo malo, trate de agradarle y no de disputar con él, llena de orgullo. Si te hubieses casado con un rey de la nevada Tracia, en donde un solo lecho sirve a un hombre y a muchas mujeres, ¿las matarías acaso? Esa mancha hubiera recaído en todo tu sexo, y lo deshonrarías haciéndolo aparecer como aquejado de insaciable lujuria; vergonzoso sería, sin duda; y aunque esta enfermedad nos ataca con más fuerza que a los hombres, nos refrenamos por propio decoro. ¡Oh cariñoso Héctor! Por ti amaba yo a las que te inclinaba la astuta Afrodita, y muchas veces, para agradarte, di mi pecho a tus hijos bastardos.[89] Y al hacerlo así, mi virtud aumentaba la estimación que me profesaba mi esposo; pero tú, por miedo, no consientes que una leve gota de celestial rocío toque siquiera al tuyo. Cuida de no superar a tu madre, ¡oh mujer!, en tu amor a los hombres,[90] porque los hijos de sano corazón no deben imitar las costumbres de sus madres cuando son malas.

EL CORO

¡Oh señora!, si puedes hacerlo, transige siquiera con ella.

HERMÍONE

¿Por qué hablas con arrogancia y te atreves a disputar conmigo? ¡Como si tú sola fueras casta y yo no!

ANDRÓMACA

Si a tus palabras nos atenemos, nada tienen de castas.

HERMÍONE

Que nunca piense yo como tú, ¡oh mujer!

ANDRÓMACA

Eres jovencita y hablas de lo que debiera ruborizarte.

HERMÍONE

Tú no hablas así, en verdad, pero me ofendes cuanto puedes.

ANDRÓMACA

¿No sufrirás, pues, los dolores que da Afrodita?

HERMÍONE

¿Y por qué? ¿No miran sus goces todas las mujeres como el bien supremo?

ANDRÓMACA

Sí, cuando lo hacen con decoro; si no, no son honestas.

HERMÍONE

No gobernamos a nuestros súbditos con las leyes de los bárbaros.

ANDRÓMACA

Lo que es vergonzoso entre ellos es aquí infame.

HERMÍONE

Astuta, astuta eres; pero has de morir.

ANDRÓMACA

¿Ves la estatua de Tetis que te contempla?

HERMÍONE

Y que seguramente aborrece a tu patria por la muerte de Aquiles.

ANDRÓMACA

Tu madre, Helena, lo perdió; no yo.

HERMÍONE

¿Todavía me has de causar más disgustos?

ANDRÓMACA

Callo, pues, y refreno mi lengua.

HERMÍONE

Di, pues, la razón que aquí me trae.

ANDRÓMACA

Digo tan solo que tú no sabes lo que te conviene.

HERMÍONE

¿Dejarás este templo de la diosa del mar?

ANDRÓMACA

Sí, si no muero; pero si no, nunca.

HERMÍONE

Así se ha decretado, y no esperaré a que venga mi esposo.

ANDRÓMACA

Y hasta que no llegue no me pondré en tus manos.

HERMÍONE

Y el fuego te ahuyentará sin cuidarme de ti.

ANDRÓMACA

Enciéndelo, pues; los dioses lo tendrán presente.

HERMÍONE

Y llenaré tu cuerpo de graves y dolorosas heridas.

ANDRÓMACA

Hiéreme; mancha con sangre el ara de la diosa, que ella te castigará.

HERMÍONE

¡Oh tú, bárbara bestia, dura y obstinada, sufrirás la muerte! Yo te obligaré a que desalojes pronto este lugar, y para lograrlo emplearé cierto cebo. Pero más vale callar, que no tardará en saberse. Persiste en tu propósito, que aun rodeándote por todas partes plomo derretido,[91] te haré huir antes que venga el hijo de Aquiles, en quien confías.

ANDRÓMACA

Y en él sigo confiando: maravilla es que algún dios hallase remedios contra las ponzoñosas serpientes y ninguno contra las mujeres, peores que la víbora y el fuego, y calamidad verdadera para los hombres.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Causa de grandes desdichas fue sin duda la llegada a los montes ideos del hijo de Zeus y de Maya,[92] guiando el hermoso carro de las tres diosas, para oír el funesto fallo acerca de su belleza, encaminándose a los establos del boyero en busca del joven y solitario pastor y de los lares desiertos de su cabaña.

_Antístrofa 1.ª_ — Cuando las tres llegaron a las umbrosas selvas de los montes, lavaron sus refulgentes cuerpos en las aguas de las fuentes y buscaron al hijo de Príamo. Dirigiéronle a porfía palabras lisonjeras; y Afrodita venció con sus frases insinuantes, gratas al oído, causa de la deplorable ruina de la ciudad de los frigios y de los alcázares de la infortunada Troya.

_Estrofa 2.ª_ — Ojalá que alejase tal desdicha de su cabeza[93] la que dio a luz en otro tiempo al malhadado Paris, antes de enviarlo al Ida, cuando Casandra[94] clamó junto al laurel sagrado que era preciso matarlo, porque sería causa de grande estrago para la ciudad de Príamo. ¿A quién no incitó a ello? ¿A qué anciano del pueblo no rogó que matase al niño?

_Antístrofa 2.ª_ — El yugo de la servidumbre no pesaría sobre Troya, y tú, mujer, hubieses disfrutado de tu real palacio, y los griegos no habrían sufrido nuevos trabajos, vagando los jóvenes diez años alrededor de Troya, víctimas de bélicas fatigas, y ni los lechos nupciales hubiesen quedado desiertos, ni los ancianos sin hijos.

MENELAO

En mi poder está ya tu hijo, escondido por ti en otra casa, sin que Hermíone lo supiese. Pensabas que te salvaría la imagen de Tetis, y a tu hijo el estar oculto; pero sabes menos que Menelao, ¡oh mujer! Y si no abandonas este lugar, morirá por ti. Decídete, pues, si quieres, a sacrificarte por él, o al contrario, único medio de expiar las ofensas que nos has hecho a mí y a mi hija.

ANDRÓMACA

¡Oh fama, fama!, a miles de mortales que nada eran concediste gloriosa vida. Felices juzgo a los que disfrutan de renombre merecido; pero los falsamente famosos no los tengo por ilustres, puesto que su reputación de sabios solo de la casualidad depende. Tú, hombre tan cobarde, ¿tú mandaste en otro tiempo griegos escogidos y arrebataste a Príamo su ciudad de Troya? ¿Te han bastado las palabras de tu hija, todavía niña, para hacer alarde de tu orgullo y descender hasta el extremo de luchar con una pobre esclava? No eres digno adversario de Troya, ni Troya de ti. En apariencia brillan tales hombres, pero por dentro son semejantes a los demás, sin otra diferencia que las de sus riquezas, de mucho precio en verdad. Dejémonos de hablar, ¡oh Menelao!; tu hija es causa de mi ruina y de mi muerte; ya no podrá evitar la pena de su delito, y para el pueblo también tú serás reo, porque tu complicidad te acusa. Pero si yo conservo la vida, ¿mataréis acaso a mi hijo? ¿Cómo lo llevará su padre con paciencia? Troya no lo llama cobarde; ha ido adonde debe; y su conducta no es indigna de Peleo ni de su padre Aquiles; expulsará a tu hija del palacio, y tú, después de darla a otro en matrimonio, ¿qué le dirás?, ¿que su castidad la ha obligado a huir de un mal esposo? Pero esto será falso. ¿Y quien se casará con ella? ¿Le alcanzará viuda la vejez cana, sin marido que la acompañe? ¡Oh varón infortunado!, ¿no te compadeces de los infinitos males que me persiguen?; ¿cuántos amantes indignos quisieras que deshonrasen a tu hija antes que sufrir lo que te digo? Por pequeñas causas no se deben cometer grandes maldades; y si nosotras las mujeres somos una calamidad funesta, los hombres no deben asemejársenos. Si yo, pues, doy a tu hija veneno para que aborte, como dice, a ciencia cierta, no involuntariamente, ni prosternándome ante el ara con ese objeto, me someteré, sin que nadie me obligue, al juicio a que me sujete tu yerno, puesto que tiene derecho para condenarme, dejándolo sin hijos. Tal es mi ruego; pero me infundes no poco temor, recordando que por cuestiones mujeriles perdiste a la desventurada ciudad de los frigios.

EL CORO

Demasiado has dicho; has hablado con los hombres más de lo justo, y tu modestia, dejándose llevar del fuego de la pasión, ha agotado sus dardos.

MENELAO

Todo esto, ¡oh mujer!, es poco importante y no digno de mi cetro, como dices, ni tampoco de la Grecia. Pero has de saber que cualquiera estima en más lo que le interese que tomar a Troya; y como para mí es muy grave que mi hija pierda su esposo, la ayudo, teniendo en cuenta que todo lo demás que pueda sufrir una mujer vale menos que perder a su marido, porque entonces pierde la vida. Natural es que Neoptólemo mande a mis siervos, y los que me tocan de cerca y yo mismo, a los suyos. Los verdaderamente amigos no tienen nada propio: son comunes sus bienes. Si, por esperar a los ausentes, no proveo lo mejor, soy descuidado, no cauto. Anda, pues, y retírate de este templo de la diosa, porque si tú mueres, este niño no morirá; pero si lo rehúsas, lo mataré; es necesario que uno de los dos deje de existir.

ANDRÓMACA

¡Ay de mí! Amarga es mi suerte y la mortal opción que me propones, y ya elija mísera, ya no, siempre seré una desdichada. ¡Oh tú, que tramas grandes maldades por causas pequeñas!, oye: ¿con qué objeto me matas?, ¿por qué causa?, ¿qué ciudad he vendido?, ¿a cuál de tus hijos he dado muerte?, ¿qué población he incendiado? Por fuerza comparto el lecho de mi señor, y, sin embargo, intentas sacrificarme, no al autor de todo; pero ¿por qué, prescindiendo del origen de tu ofensa, diriges tus ímpetus contra sus consecuencias, que es lo último? ¡Cuánta es mi desventura por estos males! ¡Oh mísera patria mía, qué trato sufro tan indigno! ¿Qué necesidad había de añadir esta doble carga a la antigua? Pero ¿a qué me lamento de este mal del momento, y no me acuerdo de otros? Yo presencié la muerte de Héctor, destrozado por el carro, y el deplorable incendio de Ilión, y subí esclava a las naves de los argivos, arrastrada por los cabellos; y después que vine a la Ftía me casé con los asesinos de Héctor. ¿Qué dulzuras tiene para mí la vida?; ¿qué debo considerar, mi presente o mi pasada desventura? Un solo hijo me quedaba, querido como las niñas de mis ojos, y solo porque les place tratan de matarlo. No morirá, de seguro, por salvar yo mi vida infeliz; él es mi esperanza, y no perecerá; que para mí sería una deshonra no sacrificarme por mi hijo. Voy, pues, a abandonar el ara; ya me entrego a las manos que me han de degollar, que me han de matar, que me han de atar, que me han de ahorcar. ¡Oh hijo mío!, yo, tu madre, iré al Orco por salvarte; pero si escapas de la muerte, acuérdate de ella y de su desdicha y sufrimientos; y cuando veas a tu padre, bésalo, llora y abrázalo y cuéntale mis tormentos. Para todos los hombres, los hijos son tan amados como el vivir; quienquiera que me critique sin saber lo que son, sufrirá menos; pero su felicidad no es envidiable.

EL CORO

Compadézcote al oírte; dignas de lástima son las desdichas de todos los mortales, aunque sean extranjeros. ¡Oh Menelao!, tú y tu hija debíais reconciliaros con ella y librarla de sus males.

MENELAO

Sujetadla, esclavas, que oirá palabras amargas. Yo te amenacé con la muerte de tu hijo para que abandonaras el ara de la diosa, y así te engañé para que cayeras en mis manos, y después matarte. Y esto, por lo que a ti atañe; por lo que hace a este niño, mi hija decidirá si ha de morir o no. Pero anda al palacio, para que aprendas, ya que eres esclava, a no insultar jamás a los que son libres.

ANDRÓMACA

¡Ay de mí! Con fraude obraste: me has engañado.

MENELAO

Publícalo a todos; no lo negamos.

ANDRÓMACA

¿Así pensáis vosotros, los que habitáis las orillas del Eurotas?[95]

MENELAO

Y los que moran en Troya, cuando ofendidos se vengan.

ANDRÓMACA

¿Crees que los dioses no son dioses, y no castigan a los culpables?

MENELAO

Si lo hacen, lo sufriremos; pero te mataré.

ANDRÓMACA

¿Y también a este hijo mío, arrancado de debajo de mis alas?[96]

MENELAO

No, seguramente; lo entregaré a mi hija para que lo mate si quiere.

ANDRÓMACA

¡Ay de mí! ¿Cómo no te he de llorar, ¡oh hijo!?

MENELAO

Ya ves la lisonjera esperanza que debes alimentar acerca de su muerte.

ANDRÓMACA

¡Oh habitantes de Esparta!, mortales muy enemigos de todos los hombres, conciliábulo engañoso, los primeros en mentir, forjadores de dolosos males, de torcidos pensamientos y llenos de falsía: sin razón florecéis en la Grecia. ¿Qué delito no se comete entre vosotros? ¿No se repiten con frecuencia los asesinatos? ¿No sois ávidos de torpes ganancias? ¿No habéis probado siempre que decís una cosa y sentís otra? ¡Que los dioses me oigan y perezcáis! No es para mí mal tan grave el morir como tú piensas. Perdiéronme otras desdichas, perdiome la ruina y el incendio de la mísera ciudad de los frigios, y mi ilustre marido, que con su lanza te obligó a probar tu cobardía y a ser soldado de mar, no de tierra.[97] Ahora me matas, convertido en esforzado guerrero contra una pobre mujer. Mátame, pues, que seguramente mi lengua no te adulará, ni a tu hija tampoco; si eres grande en Esparta, yo lo soy en Troya, y si mi presente fortuna es adversa, no te jactes de la tuya, que de un momento a otro puedes sufrir la mía.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Nunca alabaré a los mortales que tienen dos lechos nupciales, ni que engendran hijos de diversas madres, causa de disensión en las familias y de tristes calamidades. Que mi marido, cuando me case, se contente con un solo tálamo, y que con ninguna otra lo comparta.

_Antístrofa 1.ª_ — Ni en las ciudades son más útiles dos gobernantes que uno solo, y en realidad son dos verdaderas cargas y cuna de sedición entre los ciudadanos; hasta las Musas siembran la discordia entre dos que compongan himnos a un tiempo.

_Estrofa 2.ª_ — Y cuando los ligeros vientos se llevan a los marineros, dos que rijan el timón y gran multitud de sabios valen menos que una inteligencia inferior que mande sola, y es más útil en casas y ciudades cuando se quiere gobernar con fruto.

_Antístrofa 2.ª_ — Pruébalo la lacedemonia, hija del capitán Menelao; furor ardiente la arrastra contra la rival de su tálamo, y trama la muerte de esa infeliz troyana y de su hijo, dominada por la envidia. Impío, injusto, odioso es el asesinato. Acaso algún día sienta laudable arrepentimiento. Pero veo juntos delante del palacio a los dos desdichados que aguardan la muerte. ¡Mísera mujer, y tú, niño desventurado, víctima del himeneo de tu madre, sin participar de su cuerpo, sin haber cometido crimen alguno contra los reyes!

ANDRÓMACA

Ved cómo me llevan debajo de la tierra, y las ligaduras que llenan de sangre mis manos.

MOLOSO

Madre, madre, bajo tus alas desciendo también al infierno.

ANDRÓMACA

¡Mísera víctima! ¡Oh príncipes de la Ftía!

MOLOSO

¡Oh padre, ven a socorrer a los que te aman!

ANDRÓMACA

Tú, hijo querido, yacerás junto a los pechos de tu madre, muerto bajo la tierra, con ella, también muerta.

MOLOSO

¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué haré? Desventurado soy sin duda, y tú también, ¡oh madre!

MENELAO

Andad a los infiernos, que vinisteis de torres enemigas. Los dos habéis de morir por dos causas inevitables: mi interés te mata, y a este niño mi hija Hermíone. Es gran imprudencia dejar hijos enemigos de los que lo han sido nuestros, pudiendo matarlos, y no librar de ese peligro a las familias.

ANDRÓMACA

¡Oh esposo, esposo, hijo de Príamo, ojalá que mi mano fuese tan robusta como la tuya y empuñara tu salvadora lanza!

MOLOSO

¡Infeliz de mí! ¿A quién invocaré para evitar la muerte?

ANDRÓMACA

Arrástrate, y besa las rodillas de tu señor, ¡oh hijo!

MOLOSO

¡Oh señor, oh señor,[98] perdóname la vida!

ANDRÓMACA

Riegan las lágrimas mis mejillas; de mis ojos caen poco a poco, como gota opaca de empinado risco.

MOLOSO

¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué remedio podré hallar a mis males?

MENELAO

¿Por qué imploras mi perdón y me suplicas, cuando soy solo ola o marino peñasco? Yo solo ayudo a los míos, y nunca podré reconciliarme contigo, puesto que ya en edad adulta tomé a Troya y cautivé a tu madre; para que goces de su compañía descenderás a la morada del infernal Hades.

EL CORO

Veo cerca a Peleo, que dirige hacia aquí de prisa sus trémulos pasos.

PELEO

A vosotros pregunto, y a este maestro de asesinos: ¿Qué sucede? ¿Cómo reina tal desorden en este palacio? ¿Por qué causa? ¿Por qué hacéis esto, condenando al suplicio sin juzgar antes? Detente, Menelao; no te precipites sin oír a las partes. (_Al servidor que le acompaña_). Precédeme tú, apresúrate; según me parece, esto no admite dilación; que aquí, y no en otra parte, quisiera recobrar mi fuerza juvenil. Y primero, en verdad, con viento favorable, como bajel de hinchadas velas, enderezaría hacia este mi rumbo. Di: ¿con qué derecho, atadas tus manos, se llevan estos a ti y a tu hijo? Como la oveja que defiende a su cordero, mueres tú en nuestra ausencia y en la de tu señor.

ANDRÓMACA