Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)

Part 19

Chapter 194,011 wordsPublic domain

No me es posible caer a tus rodillas, ni humedecer con lágrimas mis párpados; disminuiría muy mucho la gloria que gané en Troya, si mostrase timidez, aunque, según dicen, es de nobles corazones llorar en la adversidad. Pero nunca lo haré, decoroso y todo como es, en desdoro de mi fortaleza. Pero si te place libertar a un extranjero que con derecho quiere recuperar a su esposa, devuélvemela y sálvame además; si así no piensas, por grande que sea mi desdicha presente, igual a las pasadas, tú parecerás siempre mujer injusta. Diré, pues, a este monumento lo que es digno de mí, lo que creo justo y lo que tocará tu corazón, recurriendo a tu padre: «¡Oh anciano!, que habitas en este sepulcro de dura piedra, dame mi esposa, que yo te la pido, la que te entregó Zeus en depósito, para que me la guardases. Sé que, muerto, no me la devolverás jamás; pero tu hija no sufrirá que se invoque vanamente a su padre, que yace bajo la tierra, y que se aje su fama, en vida tan gloriosa; en su mano está el hacerlo. ¡Oh infernal Hades!, también imploro tu auxilio, ya que por causa de Helena recibiste a tantos en tu reino que murieron al filo de mi espada, y fueron tu recompensa: o restitúyelos la vida, u obliga a Teónoe a devolverme mi esposa, si su poder no ha de superar al de su piadoso padre». Si me arrebatáis a Helena, os expondré las razones que ha callado ella. Un juramento me obliga, ¡oh virgen!, a pelear primero con tu hermano, y él o yo hemos de morir; nada hay más sencillo. Y si no nos encontramos uno frente a otro, y el hambre nos sitia, mientras yacemos suplicantes en este túmulo, he resuelto matar a esta y hundir después mi espada de dos filos en mis entrañas, para que corra dentro la sangre y ambos muramos sobre sus pulimentadas piedras, que serán testimonio de perpetuo dolor para ti y de la deshonra de tu padre. Ni tu hermano ni otro alguno se casará nunca con ella, que yo me la llevaré, ya que no a mi patria, al menos a los infiernos. Pero ¿por qué digo esto? Si femenil molicie me hiciera derramar lágrimas, sería más digno de lástima que haciendo alarde de mi entereza. Mata, pues, si lo deseas, que no será sin gloria mía; o, más bien, sigue mi consejo, para que seas justa, y yo recibiré a mi esposa.[357]

EL CORO

En tu mano está, ¡oh doncella!, decidir esta contienda. Falla, pues, y contenta a todos.

TEÓNOE

Amo la piedad por natural inclinación, no por la fuerza, y no me olvido de mí misma, y no mancharé la gloria de mi padre ni obtendré el favor de mi hermano llenándome de ignominia. Por naturaleza tributo a la justicia el más respetuoso culto, y ya que heredé de Nereo don inestimable,[358] intentaré salvar a Menelao. Hera desea favorecerte, y yo seguiré su dictamen; séame propicia Ciprina, aunque nunca me ha servido, pues quiero permanecer siempre virgen. Respecto a la invocación que hiciste a este sepulcro de mi padre, pienso como tú; obraré injustamente si no te la devuelvo, que él, si viviera, te la entregaría para que la poseyeses, porque en el infierno y en el cielo hay una justicia que venga las maldades de todos los hombres. El alma de los que mueren, propiamente no vive si no siente su inmortalidad cuando camina en alas del sempiterno Éter.[359] Para acabar en pocas palabras, accederé a tu súplica, guardando silencio, y no ayudaré a mi hermano en su necio empeño. Aunque no lo parezca, es un verdadero beneficio borrar su impiedad y traerlo al buen sendero. Buscad, pues, vosotros el medio de resolver estas dificultades; yo me retiro, y os prometo callarme. Pero comenzad vuestra obra suplicando a los dioses, y especialmente a Afrodita, que os deje volver a vuestra patria, y rogad a Hera que persista en su propósito de salvaros. A ti, ¡oh mi difunto padre!, jamás llamarán impío habiendo sido piadoso. (_Entra en el palacio_).

EL CORO

Nunca fue el injusto afortunado; solo en la justicia hay esperanza de salud.

HELENA

Nos salvamos en cuanto depende de esta virgen. Menester es ahora que veamos el medio de librarnos de estos males.

MENELAO

Oye, pues, tú que has estado largo tiempo en este palacio y has vivido con los servidores del rey.

HELENA

¿Por qué lo dices? Me infundes alguna esperanza que podrás hacer algo en nuestro provecho.

MENELAO

¿Podrías persuadir a alguno de los que tienen cuadrigas que nos diese una?

HELENA

Sí. Pero ¿cómo hemos de huir no conociendo estos campos y tierras bárbaras?

MENELAO

¿Dices que es imposible? ¿Y si ocultándome en el palacio mato al rey con esta cuchilla de dos filos?

HELENA

No lo sufriría su hermana, ni se callaría tampoco, sabiendo que intentabas matarlo.

MENELAO

Ni aun nave tenemos en donde huir, en el mar está la única que poseíamos.

HELENA

Óyeme, si es que la mujer puede hablar con prudencia.[360] ¿Quieres fingirte muerto?

MENELAO

De mal agüero es eso; pero si hemos de ganar algo, preparado estoy a morir de esa manera, no en realidad.

HELENA

Y yo golpearé mis mejillas delante de ese rey impío, y cortaré mis cabellos y me lamentaré amargamente.

MENELAO

¿Y de que nos servirá? Algo callas.

HELENA

Pediré licencia al tirano para ocultarte en un cenotafio, como si hubieses muerto en la mar.

MENELAO

Supongamos que la concede. ¿Cómo nos escaparemos sin nave, si depositas mi cuerpo en un cenotafio?

HELENA

Le rogaré que me conceda una, en la cual llevaremos tus fúnebres galas para lanzarlas a las olas del mar.

MENELAO

¡Qué bien me parece! El único inconveniente que se me ocurre, es que si manda que me sepultes en tierra es inútil tu invención.

HELENA

Pero diremos que en Grecia no es costumbre sepultar en la tierra a los que perecieron en la mar.

MENELAO

También apruebo esto. ¿Y yo navegaré contigo, y en la misma nave irán mis fúnebres galas para arrojarlas a la mar?

HELENA

Es necesario que subas en ella[361] cuanto antes con tus compañeros de navegación que se libraron del naufragio.

MENELAO

Y cuando me embarque, echada el áncora, cada griego, armado de su espada, podrá atacar a nuestros enemigos.

HELENA

A ti te toca esto: que los vientos nos sean después favorables para llenar nuestras velas y dirigir nuestro rumbo.

MENELAO

Basta ya; los dioses pondrán término a mis sufrimientos. Pero ¿cómo dirás que supiste mi muerte?

HELENA

Diré que de ti la supe; tú fingirás que eres el único que se ha salvado cuando navegabas con el hijo de Atreo, y que lo viste morir.

MENELAO

Y al contemplar estos harapos que cubren mi cuerpo, restos del naufragio, quedará más convencido.

HELENA

A propósito vinieron; lástima ha sido que se perdieran tus vestidos; pero acaso este mal redundará en beneficio nuestro.

MENELAO

¿He de entrar contigo en el palacio, o permaneceremos en este sepulcro?

HELENA

Quédate aquí, porque si emplea contra ti la fuerza, este sepulcro y tu espada podrán defenderte. Yo entraré en el palacio, y cortaré antes mis cabellos, y en vez de vestidos blancos me los pondré negros, y con mis manos llenaré de sangre mis mejillas. Grande es el peligro, y resultará una de dos cosas: o moriré si descubren nuestro artificio, o volveré a mi patria, salvándote. ¡Oh Hera veneranda! que yaces en el lecho de Zeus, protege a dos desdichados que te lo ruegan tendiendo sus brazos al cielo, en donde habitas entre sus espléndidos astros. Y tú, Afrodita, que obtuviste la palma de la belleza al precio de mis nupcias, no me pierdas. Bastante daño me has hecho ya, dando a los bárbaros mi nombre, no mi cuerpo. Si quieres que muera, que sea en mi patria. ¿Nunca te compadecerás de los míseros mortales, olvidándote de amores, artificios y engaños, manantial de sangre que brota del seno de las familias, seducidas por tus dulces atractivos? Si te moderases serías la diosa más amada de los hombres. Nada más diré. (_Vase_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Ruiseñor de triste canto, rey de las aves cantoras, que revuelas gozoso en las umbrías arboledas habitadas por las musas; ven a acompañar mis lamentaciones y modula tus trinos con tu garganta, recordando los trabajos de la mísera Helena y las desdichas deplorables de los hijos de Troya, vencidos por las lanzas griegas, cuando guiado por Afrodita vino Paris, tu infausto esposo, ¡oh Helena!, turbando la mar con bárbaros remeros, y llevándose de Lacedemonia la compañera de Menelao, tan funesta a los hijos de Príamo.

_Antístrofa 1.ª_ — Muchos aqueos sufrieron dolorosa muerte, ya atravesados por la lanza, ya heridos por las piedras, obligando a cortar sus cabellos a sus esposas, que desde entonces yacen viudas en solitario hogar. A muchos perdió también el marino que usa un solo remo y alumbra con luz ardiente la isla de Eubea,[362] encendiendo luminar engañoso, y arrastrándolos a las rocas Cafereas o a las costas del mar Egeo. Funestos fueron los montes sin hospitalarios puertos, cuando el soplo de las tempestades llevó a Menelao lejos de su patria, acompañado de bellísimo portento, vestido a la bárbara usanza, causa de contienda entre los griegos, sagrada imagen que formó Hera de la niebla.

_Estrofa 2.ª_ — ¿Qué hombre de los que investigan la razón de todo podrá afirmar que hay dioses o que no los hay, viéndolos girar en todos sentidos por los accidentes más imprevistos?[363] Tú, ¡oh Helena!, hija de Zeus que transformado en ave te engendró en el seno de Leda, infame has sido en la Grecia, que te llama deshonesta, traidora, pérfida e impía, y al fin no sé lo que creerán los hombres. Pero la palabra de los dioses ha sido para mí verdadera.

_Antístrofa 2.ª_ — Insensatos sois cuantos ansiáis bélica gloria, dirimiendo neciamente las míseras contiendas humanas con la punta de la guerrera lanza. Si ha de resolverlas lucha sangrienta, nunca huirá la discordia de las ciudades. También invadió los lechos nupciales de la tierra de Príamo, cuando por medios pacíficos hubiesen podido arreglar sus encontradas pretensiones acerca de tu posesión, ¡oh Helena! En el Orco yacen ahora los troyanos, y la llama arrasó, cual rayo de Zeus, las murallas, y unas desdichas siguen a otras, y nunca cesan las calamidades que afligen a los míseros troyanos. (_Mientras canta el Coro, Menelao se esconde detrás del sepulcro de Proteo. Así permanece oculto a la vista de Teoclímeno, que llega del campo acompañado de monteros y perros_).

TEOCLÍMENO

Salve, sepulcro de mi padre: a la puerta de mi palacio te sepulté, ¡oh Proteo!, atento solo a mi salvación, y siempre tu hijo Teoclímeno, cuando sale o entra en él, te saluda respetuosamente, ¡oh padre mío! Vosotros, servidores, llevad a la regia estancia los perros y las redes de las fieras.[364] Muchas veces me he arrepentido de no castigar a los malvados con la muerte. Y ahora poco supe que cierto griego había arribado públicamente a esta costa y engañado a los espías, ya él también lo sea, ya trate de robar a Helena; pero morirá si cae en mis manos. ¡Hola! Ya, según parece, ha realizado su propósito, porque, abandonando el sepulcro, la hija de Tindáreo ha huido en alguna nave de este país. Eh, servidores, abrid las puertas, desatad los caballos y sacad los carros, para que en cuanto pueda no me engañen, arrebatándome la esposa que deseo. (_Sale Helena del palacio vestida de luto, cortados los cabellos y derramando lágrimas_). Pero no os mováis, que en el palacio está la que vamos a perseguir, y no ha huido. ¡Hola! ¿Por qué te vistes de negro, no de blanco, y has cortado con el hierro los cabellos de tu bella cabeza y lloras, regando tus mejillas lágrimas abundantes? ¿Te hacen gemir nocturnos sueños o la fama te ha traído triste nueva, llenándote de aflicción?

HELENA

¡Oh señor!,[365] que ya te debo llamar así, muerta soy. Completa es mi ruina, todo se acabó ya para mí.

TEOCLÍMENO

¿Qué calamidad te aqueja? ¿Qué ha ocurrido?

HELENA

Menelao, ¡ay de mí!, ¿cómo lo diré?, ha muerto.

TEOCLÍMENO

No creas que me alegra esa noticia, aunque por otra parte me haga feliz. ¿Cómo lo has sabido? ¿Te lo dijo acaso Teónoe?

HELENA

Ella me lo dijo, y además quien presenció su muerte.

TEOCLÍMENO

¿Ha llegado acaso alguno que lo anuncie con toda certeza?

HELENA

Sí, y ojalá que se presente como yo deseo.

TEOCLÍMENO

¿Quién es? ¿En dónde está? Quiero saberlo con seguridad.

HELENA

El que se sienta trémulo cerca de este monumento. (_Aparece entonces Menelao_).

TEOCLÍMENO

¡Oh Apolo!, y qué traza tan miserable es la tuya.

HELENA

¡Ay de mí! Paréceme que veo a mi marido.[366]

TEOCLÍMENO

¿Cuál es la patria de este hombre y de dónde viene?

HELENA

Es griego, y uno de los aqueos que navegaban con mi esposo.

TEOCLÍMENO

¿Y dice cómo pereció Menelao?

HELENA

Del modo más deplorable, en las húmedas ondas del mar.

TEOCLÍMENO

¿En qué paraje bárbaro navegaba?

HELENA

La tempestad le arrojó contra los escollos inaccesibles de la Libia.

TEOCLÍMENO

Y estando en la misma nave de Menelao, ¿cómo no pereció también?

HELENA

A veces los malos son más afortunados que los buenos.

TEOCLÍMENO

Y el recién venido, ¿en dónde dejó los restos de la nave?

HELENA

En donde valiera más que hubiese muerto, en vez de Menelao.

TEOCLÍMENO

Murió, pues. ¿Qué buque ha traído a ese mensajero?

HELENA

Según dice, lo recogió uno que sobrevino en el momento del naufragio.

TEOCLÍMENO

¿Y qué se hizo de la calamidad que en tu lugar estuvo en Troya?

HELENA

¿Aludes a mi vaporosa imagen? Se desvaneció en el aire.

TEOCLÍMENO

¡Oh Príamo y míseros troyanos, cuán vanamente perecisteis!

HELENA

Víctima soy también de las desdichas de los troyanos.

TEOCLÍMENO

¿Dejó insepulto a tu marido, o lo enterró?

HELENA

Dejolo insepulto. ¡Ay de mi desventura, ay de mis males![367]

TEOCLÍMENO

¿Y por eso cortaste los rizos de tu blonda cabellera?

HELENA

Ámolo siempre, aunque yazga en los infiernos.

TEOCLÍMENO

¿Y es verdad que deploras esta desdicha?

HELENA

¿Es fácil acaso ocultarla a tu hermana?[368]

TEOCLÍMENO

De ninguna manera. Y después de esto, ¿continuarás habitando en este sepulcro?[369]

HELENA

¿Por qué me mortificas con preguntas y ni aun a los muertos respetas?

TEOCLÍMENO

Fiel eres, sin duda, a tu esposo, negándote siempre a acceder a mis deseos.

HELENA

Pero ya no; dueño eres de mi mano.

TEOCLÍMENO

Tarde has consentido, y sin embargo lo apruebo.

HELENA

¿Sabes lo que has de hacer? Olvidémonos de lo pasado.

TEOCLÍMENO

¿Bajo qué condición? Un favor se paga con otro.

HELENA

Hagamos las paces; roconcíliate conmigo.

TEOCLÍMENO

Desaparezca, pues, mi indignación contra ti, y que el viento la lleve.

HELENA (_arrojándose a sus pies_).

Por estas rodillas te ruego, ya que me amas...

TEOCLÍMENO

¿Qué deseas, suplicándome así?

HELENA

Que me dejes sepultar a mi difunto esposo.

TEOCLÍMENO

¿Cómo, pues? ¿Se sepulta a los ausentes? ¿Enterrarás acaso una sombra?

HELENA

Es costumbre entre los griegos, si alguno muere en la mar...

TEOCLÍMENO

¿Qué se hace? Astutos son los Pelópidas en tales ocasiones.

HELENA

Sepultar el vacío tejido de un peplo.[370]

TEOCLÍMENO

Celebra sus funerales; levántale un túmulo en el campo, en donde quisieres.

HELENA

No sepultamos así a los navegantes que murieron.

TEOCLÍMENO

¿Cómo, pues? Ignoro los ritos funerarios de los griegos.

HELENA

Lanzamos al mar cuanto se consagra al muerto.

TEOCLÍMENO

¿Qué quieres, pues, que te conceda en su favor?

HELENA

No lo sé. (_Mirando a Menelao_). Nuevo es para mí todo, habiendo sido antes feliz.

TEOCLÍMENO

¡Oh extranjero!, grata nueva has anunciado.

MENELAO

No para mí, al menos, ni tampoco para el difunto.

TEOCLÍMENO

¿Cómo sepultáis a los muertos que perecieron en la mar?

MENELAO

Con arreglo a la fortuna de cada uno.

TEOCLÍMENO

No repares en gastos y di lo que quieras, que lo conseguirás, si algo vale mi amor a Helena.

MENELAO

Primeramente se les ofrecen libaciones de sangre.

TEOCLÍMENO

¿Sangre de qué? Dilo, que se te facilitará cuanto quieras.

MENELAO

Manda tú lo que mejor te parezca; bastará lo que dieres.

TEOCLÍMENO

Entre los bárbaros se acostumbra inmolar un caballo o un toro.[371]

MENELAO

Pero no nos hagas algún presente que sea de poco valor.

TEOCLÍMENO

En mis numerosos rebaños no escasean nobles víctimas.

MENELAO

Y se lleva un lecho preparado, por supuesto sin el cadáver.

TEOCLÍMENO

Se cumplirán tus deseos. ¿Y qué otra cosa falta con arreglo a vuestros ritos?

MENELAO

Bronceadas armas, porque era aficionado a ellas.

TEOCLÍMENO

Dignas del hijo de Pélope serán las que te demos.

MENELAO

Y además cuantas bellas flores produzca la tierra.

TEOCLÍMENO

¿Y para qué? ¿De qué manera arrojáis a la mar todo esto?

MENELAO

Necesitamos una nave con sus remeros.

TEOCLÍMENO

¿Y a qué distancia se ha de alejar de la tierra?

MENELAO

Apenas se han de ver desde la orilla las ondas que la cerquen.

TEOCLÍMENO

¿Con qué objeto? ¿Quién instituyó entre los griegos esta costumbre?

MENELAO

Para que las ofrendas no sean rechazadas por las olas contra la costa.

TEOCLÍMENO

Pondré a vuestra disposición ligera nave fenicia.

MENELAO

Basta esto, y lo agradecerá Menelao.

TEOCLÍMENO

¿Y puedes hacerlo sin el concurso de Helena?

MENELAO

Al contrario, ha de presidir la madre, la esposa o los hijos.

TEOCLÍMENO

¿Ella, pues, según dices, ha de celebrar las exequias de su marido?

MENELAO

Piadosa obligación es para los justos no defraudar las legítimas esperanzas de los muertos.

TEOCLÍMENO

Así sea. Interésame que sea piadosa la compañera de mi lecho. Iré, pues, al palacio y enviaré las fúnebres galas; y cuando te vayas, no será con las manos vacías, si en algo estimo el favor que Helena me dispensa. Por haberme traído tan fausta nueva, recibirás, en vez de tus sórdidos harapos, un nuevo traje y abundantes provisiones, para que puedas volver a tu patria, ya que tu estado es tan miserable. Tú, ¡oh desventurada!, no te atormentes deplorando una desgracia irreparable. Se ha cumplido el destino de Menelao, y muerto ya, no puede resucitar.

MENELAO (_a Helena_).

Deber tuyo es, ¡oh joven!, amar a tu esposo mientras exista, y cuando muera no acordarte de él; paréceme lo mejor que puedes hacer ahora. Si llego con felicidad a la Grecia, lavaré tu antigua mancha, si, como espero, te comportas cual debes con tu marido.

HELENA

No lo dudes; no podrá quejarse, como tú mismo has de ver. Pero entra, ¡oh desventurado!, lávate y deja esos harapos. No tardaré en probarte mi bondad. Con más afición harás a mi querido Menelao sus exequias, si de nosotros consigues lo que mereces. (_Vanse los tres_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_[372] — La rústica madre de los dioses recorrió en otro tiempo con pies ligeros los agrestes bosques, y atravesó las corrientes de los ríos, y las ondas del mar que resuena gravemente buscando a su perdida hija, que no debemos nombrar,[373] mientras las báquicas campanillas se agitaban con ruido, y al carro de la diosa, tirado por fieras, acompañaban ágiles doncellas, en busca de la que fue arrebatada de los coros virginales, y Artemisa, armada de sus saetas, y Palas, de semblante adusto, empuñando la lanza. Pero Zeus, mirándolas desde el cielo...

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otra cosa decretaba.

_Antístrofa 1.ª_ — Cuando después de vagar incesante descansó de sus trabajos la afligida madre y supo el pérfido rapto de su hija, tan difícil de hallar, recorrió las nevadas rocas de las ninfas del Ida, y se arrojó llorosa sobre los peñascos cubiertos de nieve; y como el arado no surcaba los campos, nada producían para los mortales, y el hambre azotaba a los pueblos; no brotaba lozana y abundante hierba, alegre pasto de los ganados; faltó el alimento a las ciudades, cesaron los sacrificios a los dioses, las ardientes libaciones no regaban las aras y de las húmedas fuentes no manaban límpidas aguas; anunciaba todo el dolor que sentía por la pérdida de su hija.

_Estrofa 2.ª_ — Cuando los dioses y el linaje humano llegaron a carecer de su ordinario sustento, Zeus, para aplacar la ira funesta de la triste madre, dijo: «Andad, Gracias venerandas, id a desvanecer con vuestro canto la aflicción de Deméter, airada por el rapto de su hija, y vosotras, Musas, cantad himnos en vuestro coro». Afrodita, la más bella de los bienaventurados, tocó primero la resonante trompeta, y tomó el tambor, cubierto de piel, y sonrió la diosa, y cogió en sus manos la flauta de sonido grave, deleitándose con sus modulaciones.

_Antístrofa 2.ª_ — (_A Helena_). Y te olvidaste, orgullosa, de celebrar en tu aposento tan santa fiesta, e incurriste en la cólera de la divina madre, ¡oh hija!, no sacrificando a los dioses. Mucho pueden, en verdad, las pieles de los manchados cervatillos, y las sagradas férulas, y las fuentes ceñidas de hiedra, y las ondulaciones que en el aire imprimen las campanillas dispuestas en círculo, y la cabellera desordenada de las bacantes, y las fiestas nocturnas de la diosa ...

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Pero solo te envanecías con tu hermosura.

HELENA (_que sale del palacio con Menelao, ya armado_).

Todo va bien en el palacio, ¡oh amigas! La hija de Proteo, que favorece nuestro engaño, interrogada por su hermano acerca de la muerte de mi marido, que estaba presente, no lo ha descubierto; al contrario, dijo que había muerto y que ya no veía la luz. Muy importante es para mi esposo tan oportuno beneficio; lleva las armas, que debe lanzar al mar, y embrazando el escudo con siniestra mano, y empuñando con la diestra la lanza, se prepara a celebrar conmigo tan gratos funerales. No esquivará así la pelea, y triunfará de innumerables bárbaros cuando entremos en la nave, armada de numerosos remos. Ya dejó los vestidos de náufrago y se puso otros, y yo misma le ayudé a lavarse en agua de río, después de tanto tiempo. Pero debo callar, porque sale del palacio quien se lisonjea de celebrar conmigo en breve su himeneo; ruégote (_Al Coro_) que me pruebes tu afecto, y que cierres tus labios, si es posible, para que todos nos salvemos.

TEOCLÍMENO

Adelantaos en buen orden, servidores, a celebrar las marinas exequias, como ha dispuesto el extranjero. Tú, Helena, obedéceme, si no te desagrada mi consejo; quédate aquí; lo mismo honrarás a tu marido presente que ausente. Temo que tu aflicción y tristes recuerdos te trastornen lo bastante para que te precipites también a las olas del mar; aunque no asistas a esa ceremonia, lo llorarás, sin embargo, cuanto quieras.

HELENA

¡Oh ínclito esposo mío!, necesario es que yo honre al primero que visitó mi lecho nupcial tan grande es mi amor a él, que quisiera morir también. Pero ¿de qué servirá? Déjame, pues, que vaya y que celebre sus exequias. Que los dioses te concedan lo que deseo, y a este extranjero que ahora nos ayuda.[374] Y en el palacio seré para ti tan buena esposa como anhelas, por los beneficios que a Menelao y a mí dispensas. Parece que la fortuna protege estos funerales; pero manda que nos entreguen la nave en que hemos de llevarlo todo, para que el favor sea completo.

TEOCLÍMENO (_a uno de sus servidores_).

Ve tú y dales una nave sidónica de cincuenta remos, con los necesarios remeros.

HELENA

¿Pero no manejará el timón el que ha dispuesto los funerales?

TEOCLÍMENO

Sin duda, y lo obedecerán mis marineros.

HELENA

Repite, pues, tus órdenes con toda claridad.

TEOCLÍMENO

Lo mandaré dos y hasta tres veces, si quieres.

HELENA

Que seas feliz y que el mejor éxito corone mis proyectos.

TEOCLÍMENO

No llores demasiado, que marchitarás tu belleza.

HELENA

Hoy sabrás hasta dónde llega mi gratitud.

TEOCLÍMENO

Vano trabajo nos tomamos por los muertos.

HELENA

Aquí y allí hay algunos a quienes aludo.

TEOCLÍMENO

En mí tendrás un esposo en nada inferior a Menelao.

HELENA

Exento estás de culpa; solo falta que me proteja la fortuna.

TEOCLÍMENO

De ti dependo, si me amas.

HELENA

Hace ya tiempo que aprendí a estimar a los amigos.

TEOCLÍMENO

¿Quieres, acaso, que yo te acompañe y gobierne la nave?

HELENA

No, rey, que no has de servir a tus esclavos.

TEOCLÍMENO