Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)

Part 18

Chapter 184,074 wordsPublic domain

¿Qué diré? ¿Cómo expresaré mi sorpresa? Nuevas penas vienen a aumentar las antiguas si al traer conmigo de Troya a mi esposa y dejarla segura en la cueva, habita otra de su mismo nombre en este palacio. Dijo que era hija de Zeus. ¿Habrá en las orillas del Nilo algún mortal que se llame también Zeus? Porque en el cielo no hay más que uno. ¿Hay otra Esparta en donde las bellas ondas del Eurotas reflejan las verdes cañas de sus orillas? ¡Solo se celebró a un Tindáreo! ¿Habrá también alguna tierra que se llame Lacedemonia, y otra Troya? Yo no sé qué decir. Muchos, según es de presumir, tienen en una misma región iguales nombres, y lo propio sucede a las ciudades y a las mujeres, y no por eso debemos admirarnos.[336] Ni tampoco huiré del peligro que me indicó la esclava; no hay mortal alguno tan bárbaro que, al oír mi nombre, no aplaque mi hambre. Todos conocen el incendio de Troya, y el nombre de Menelao, su autor, no es ignorado tampoco en país alguno. Esperaré al dueño de este palacio, como me lo aconsejan dos prudentes razones: si es, en efecto, cruel, me ocultaré e iré en busca de los destrozados restos de mi nave; y si pareciese bondadoso, le pediré el auxilio que reclama mi desgracia. El único mal que me quedaba por sufrir es que, siendo rey, pida a otros reyes el sustento, pero no hay otro remedio. Sentencia es de los sabios, no mía, que nada hay tan poderoso como la necesidad. (_Apártase a un lado al ver al Coro_).

EL CORO

Según he oído a la fatídica doncella que profetiza en la regia morada, Menelao aún no ha bajado al negro Erebo, ni lo cubre la tierra, sino que todavía lucha con las olas, sin poder arribar a su patria, y vive errante separado de sus amigos, y ha recorrido muchas regiones desde su salida de Troya al compás de los remos.

HELENA

Vedme aquí; segunda vez vengo a este sepulcro, después de oír las gratas profecías de Teónoe, tan sabia en todo. Dice que mi marido ve la luz del sol, y disfruta de ella, y que después de navegar por mil mares, siempre errante, ha de llegar a Egipto, libre al fin de tantos males. Verdad es que no dijo si en caso de venir saldría de él en salvo. Yo no quise preguntárselo claramente, entregada al deleite que me causó tan dulce nueva. Y decía que no estaba lejos, habiendo naufragado con pocos amigos. ¿Cuándo te veré? ¡Cuánto he deseado tu llegada! ¡Hola! (_Preséntase Menelao_). ¿Quién es este? ¿Quizá algún satélite del hijo de Proteo, impío instrumento de sus insidiosas miras? ¿Me alejaré veloz de este sepulcro, como bacante o ligera yegua? Feroz es en verdad el aspecto de este que viene a robarme.

MENELAO (_cortándole el paso_).

Tranquilízate, ¡oh tú que corres con tanta presteza hacia este sepulcro a ofrecer ardientes libaciones!, ¿por qué huyes? ¡Cuánta es, al verte, mi admiración y mi sorpresa!

HELENA

Que nos amenazan con violencia, ¡oh mujeres!; este hombre nos ahuyenta del sepulcro, y quiere apoderarse de mí para entregarme al tirano, cuyo himeneo detesto.

MENELAO

No somos salteadores, ni satélites de malvados.

HELENA (_apartándose_).

Miserables son los vestidos que te cubren.

MENELAO

Detén tu pie ligero, y nada temas.

HELENA (_ya junto al sepulcro_).

Me detengo, pues ya llegué.

MENELAO (_mirándola frente a frente_).

¿Quién eres? ¿A quién te semejas, ¡oh mujer!?

HELENA

¿Y tú? Ambos preguntamos lo mismo.

MENELAO

Nunca he visto una mujer más parecida.

HELENA

¡Oh dioses!, pues obra vuestra es encontrar a los que amamos.

MENELAO

¿Eres griega o egipcia?

HELENA

Griega; pero también deseo saber cuál es tu linaje.

MENELAO

Eres, ¡oh mujer!, lo más semejante a Helena que he visto.

HELENA

Y tú eres para mí viva imagen de Menelao; no sé qué decir.

MENELAO

Muy pronto has reconocido al hombre más desventurado.

HELENA (_corriendo hacia él_).

¡Oh tú, qué tarde llegas a los brazos de tu esposa!

MENELAO

¿De cuál? No toques mis vestidos.

HELENA

La que te dio Tindáreo, mi padre.

MENELAO

¡Oh Hécate lucífera, qué gratos fantasmas nos ofreces!

HELENA

No soy nocturna visión de Perséfone, como piensas.

MENELAO

Positivamente sé que no tengo dos mujeres.

HELENA

¿Pues de cuál otra eres señor?

MENELAO

De la que está oculta en la cueva y traje de Troya.

HELENA

Yo sola soy tu esposa.

MENELAO

¿Pero estoy en mi juicio, o me engañan mis ojos?

HELENA

Al mirarme, ¿no te parece verla?

MENELAO

En el cuerpo eres semejante a ella; pero mi razón, bien serena, lo niega.

HELENA

Reflexiona. ¿Qué necesitas para convencerte? ¿Quién mejor que tú puede saberlo?

MENELAO

Eres igual a ella; no lo negaré.

HELENA

¿Quién podrá probártelo como tus ojos?

MENELAO

Mi tormento es que tengo otra.

HELENA

Yo no fui a Troya, sino mi imagen.

MENELAO

¿Pero quién puede crear cuerpos vivos?

HELENA

El Éter, que te dio una esposa obra de los dioses.

MENELAO

¿Pero qué dios la formó? Inaudito es lo que dices.

HELENA

La artificiosa Hera, para que no me poseyese Paris.

MENELAO

¿Y cómo habías de habitar a un tiempo aquí y en Troya?

HELENA

Mi nombre puede estar en muchas partes, no mi cuerpo.

MENELAO

Déjame en paz, que bastantes desdichas me afligen.

HELENA

¿Me abandonarás, llevándote esa vana imagen?

MENELAO (_haciendo ademán de irse_).

Adiós, pues, porque eres semejante a Helena.[337]

HELENA

¡Ay de mí! ¿Encuentro a mi marido para perderlo?

MENELAO

Los grandes males que allí sufrimos me hacen más fuerza que tus razones. (_Aléjase_).

HELENA

¡Ay de mí! ¿Quién más desventurada? Los que más amo, me abandonan; nunca volveré ya a la Grecia ni a mi patria.

EL MENSAJERO (_que se acerca a Menelao desde la extremidad de la orquesta_).

¡Oh Menelao!, buscándote vengo por orden de tus compañeros, y con trabajo te hallo después de andar vagando por esta tierra bárbara.

MENELAO

¿Qué sucede? ¿Acaso os han robado los bárbaros?

EL MENSAJERO

¡Sorprendente maravilla!; lo que vengo a decirte es superior a toda expresión.

MENELAO

Habla, que tu traza me anuncia alguna novedad importante.

EL MENSAJERO

Has de saber que tus innumerables trabajos han sido infructuosos.

MENELAO

Deploras antiguos males; pero ¿qué me anuncias de nuevo?

EL MENSAJERO

Tu esposa se ha desvanecido en los aires, desapareciendo de la vista de los hombres, y se ocultó en el cielo, abandonando la sagrada cueva en donde la guardábamos. Solo pronunció estas palabras: «¡Oh míseros frigios y griegos, que por mi causa y por engaño de Hera[338] habéis muerto a las orillas del Escamandro, creyendo falsamente que Paris poseyese a Helena! Yo, después de estar allí el tiempo que me convino, cumplido el fatal decreto, vuelvo al aire que me formó; infame, sin razón, es el nombre de la mísera hija de Tindáreo, libre de toda culpa». (_Acércase Helena mientras habla, y al verla dice así_): Salve, ¡oh hija de Leda!; ¿estabas aquí? Yo hablaba de ti como si te hubieses refugiado en los astros, ignorando que fuese tu cuerpo aéreo fantasma. No te reconvendré, pues, de nuevo por los infructuosos trabajos que Menelao y sus aliados en la guerra sufrieron junto a Ilión.

MENELAO

Vamos, así es; tus palabras convienen con las de esta, y por lo visto son verdaderas. ¡Oh día deseado, que te vuelve otra vez a mis brazos!

HELENA

¡Oh Menelao, el más querido de los hombres!; larga ha sido nuestra separación, pero al fin llegó la hora deseada. Alegre, ¡oh amigos!, recobro a mi esposo, y lo abrazo con cariño, después que el sol ha contemplado por tanto tiempo nuestro duelo.

MENELAO

Y yo a ti; teniendo tanto que decirte, no sé por dónde empezar.

HELENA

Grande es mi gozo, y parece que mis cabellos saltan de placer, y al mismo tiempo lloro; con mis brazos ciño tu cuerpo, para disfrutar de este deleite, ¡oh esposo!

MENELAO

¡Oh momento deseado! Ya no me quejo de la fortuna; ya poseo a mi esposa, la hija de Zeus y de Leda; feliz, sí, feliz en otro tiempo, cuando te acompañaron llevando antorchas los jóvenes de blancos caballos, los hermanos gemelos; pero los dioses me abandonaron, arrebatándote de mi palacio.

HELENA

Más feliz es mi suerte ahora que antes; por obra del cielo en bien se ha convertido tu naufragio infortunado, ¡oh esposo!, y, aunque tarde, volvemos a juntarnos; ¡ojalá que esta dicha sea duradera!

MENELAO

Lo será, sin duda; tus deseos son los míos, como ha sido igual nuestra desventara.

HELENA

Amigas, amigas, no deploremos nuestros antiguos males, que ya cesó mi duelo. Ya poseo, ya poseo a mi esposo, a quien esperaba, sí, a quien esperaba, a su vuelta de Troya, al cabo de muchos años.

MENELAO

Ya me ves, y yo a ti, que he sufrido trabajos inolvidables, hasta que al fin descubrí con pena los artificios de la diosa. Mis lágrimas de alegría me consuelan más que me afligen.

HELENA

¿Qué diré? ¿Qué mortal podría esperarlo nunca? Contra lo que pensaba, te oprimo ahora contra mi pecho.

MENELAO

Y yo a ti, cuando creía que habías ido a la ciudad idea y atravesado las míseras murallas de Ilión. Por los dioses, ¿cómo saliste de mi palacio?

HELENA

¡Ay, ay de mí! ¡Exordio acerbo deseas oír! ¡Ay, ay de mí! ¡Acerba narración quieres escuchar![339]

MENELAO

Habla, que los beneficios de los dioses deben publicarse.

HELENA

Contrístame, en verdad, cuanto voy a decirte.

MENELAO

Pero dilo, sin embargo; es grato recordar los trabajos que hemos pasado.

HELENA

No subí al tálamo[340] de ningún joven bárbaro llevada por remo volador o en alas del deleite de ilícitos goces.

MENELAO

¿Qué dios, qué hado te alejó de tu patria?

HELENA

El hijo, el hijo de Zeus, ¡oh esposo!, me trajo al Nilo.[341]

MENELAO

Maravíllame lo que dices. ¿Quién lo envió? ¡Oh palabras inauditas!

HELENA

Lloro, y las lágrimas humedecen mis párpados; la esposa de Zeus me perdió.

MENELAO

¿Hera? ¿Qué males quería causarte?

HELENA

¡Ay de mis penas, ay de las fuentes en donde se lavaron las bellas diosas antes del juicio!

MENELAO

¿Mas por qué Hera lo convirtió en daño tuyo?

HELENA

Para arrancarme del poder de Afrodita...

MENELAO

¿Cómo, di?

HELENA

Que había prometido entregarme a Paris.

MENELAO

¡Oh desventurada!

HELENA

¡Desventurada, desventurada! Por eso me trajo a Egipto.

MENELAO

Y, según aseguras, en tu lugar dejó una imagen tuya.

HELENA

¡Ay de las calamidades, ay de las calamidades de mi familia! ¡Ay de mí, madre mía!

MENELAO

¿Qué dices?

HELENA

Mi madre no existe; por causa mía, deshonrada por mi vergonzoso himeneo, se ahorcó en funesto lazo.

MENELAO

¡Ay de mí! ¿Vive acaso mi hija Hermíone?

HELENA

Sin esposo, sin hijos, ¡oh marido mío!, llora avergonzada mi fatal enlace.

MENELAO

¡Oh Paris, que no dejaste piedra sobre piedra de mi palacio! He aquí la causa de tu ruina y de la de muchos millares de griegos, armados de bronce.

HELENA

Un dios me separó de mi ciudad y de ti, sin apiadarse de mi pena, consagrándome al infierno, por abandonar mis lares y mi lecho en demanda de torpe himeneo, cuando verdaderamente nada de esto hice.

EL CORO

Si en adelante os es propicia la fortuna, podrá mitigar vuestros pasados males.

EL MENSAJERO

Déjame, ¡oh Menelao!, gozar también de este placer, aunque no entienda lo que sucede.

MENELAO

Toma también parte en nuestro diálogo, ¡oh anciano![342]

EL MENSAJERO

¿No fue causa esta de los trabajos que sufriste en Troya?

MENELAO

No, que los dioses nos engañaban con una imagen funesta, formada de nubes.

EL MENSAJERO

¿Qué dices? ¿Sufrimos vanamente tantas penalidades por una nube?

MENELAO

Obra de Hera, efecto de la discordia de las tres diosas.

EL MENSAJERO

Pero esta, mujer verdadera, ¿es acaso tu esposa?

MENELAO

Sí; no lo dudes.

EL MENSAJERO

¡Oh hija, qué inconstante es cierta deidad, y cómo se burla de nuestros cálculos! Cambia fácilmente, y se inclina a un lado o a otro; hace a este desgraciado, y el otro, libre en un principio de infortunios, perece después de muerte desastrosa; caprichosa es siempre para distribuir sus dones. Graves penas habéis sufrido: tú a causa de los deshonrosos rumores que acerca de ti corrieron; él arrastrado por sus bélicas inclinaciones. Y cuando más se afanaba no adelantó nada, y ahora la más feliz casualidad le ofrece gratísimo presente. No llenaste de oprobio a tu anciano padre y a los hijos de Zeus, ni hiciste lo que dijeron. Ahora recuerdo tus bodas, y las antorchas que yo llevaba junto a tu carro de cuatro caballos, cuando en compañía de tu esposo dejabas tu palacio paterno. Malo es, sin duda, el que no se interesa por la suerte de sus amos, y ni se alegra cuando son dichosos, ni llora en sus adversidades. Yo, aunque nací esclavo, cuéntome, no obstante, entre los siervos nobles, y aunque no puedo llamarme libre, lo soy por mis pensamientos. Más vale esto que en un solo hombre se junten dos males: un corazón dañado y la esclavitud que lo sujeta a sus semejantes.

MENELAO

Anciano, que soportaste conmigo en la guerra innumerables trabajos, ahora, partícipe de mi felicidad, ve y anuncia a mis compañeros lo sucedido, y cuéntales mi próspera fortuna, y diles que permanezcan en la costa y aguarden el resultado de la lucha que, según creo, me espera; quizá nos llevemos de aquí a Helena si me ayudan, y aprovechando la ocasión, dejaremos incólumes este país bárbaro.

EL MENSAJERO

Así se hará, ¡oh rey! Ahora comprendo cuán perjudiciales son los adivinos y cuán falsas sus profecías. No nos revelan lo futuro ni las llamas ni el canto de las aves; pura necedad de los mortales es la creencia en tales auspicios. Nada dijo Calcas,[343] nada anunció al ejército, como lo hubiera hecho si supiera que sus amigos morían por una nube, ni tampoco Heleno,[344] y Troya fue saqueada inútilmente. Dirás acaso que Dios no lo permitió. Pero entonces, ¿a qué consultar a los adivinos? Al sacrificar a los dioses, pidámosles lo que nos convenga, y dejémonos de oráculos, que son artificios y vanas invenciones, y nadie sin trabajar se ha enriquecido, examinando solo las llamas. La prudencia y la sensatez son los mejores adivinos.[345]

EL CORO

Lo mismo que este anciano pienso yo de los adivinos; los dioses nos sean propicios, y tendremos a nuestro favor la mejor de las profecías.

HELENA

Sea, pues, enhorabuena, que hasta aquí todo va bien. Pero nada se pierde en saber cómo has venido en salvo desde Troya, y es natural que deseemos conocer las desdichas de nuestros amigos.

MENELAO

Con una sola pregunta, y de una sola vez, quieres que te conteste a tantas cosas. ¿A qué te he de contar las calamidades que sufrí en el mar Egeo[346] y hablarte de hogueras de Nauplio,[347] en la Eubea, de Creta[348] y de las ciudades de la Libia que he cruzado, y de las grutas de Perseo?[349] Mis palabras no te satisfarían; al referirte mis trabajos los recordaría con pesar, y ahora, después de pasados, siento natural fatiga, y sin fruto alguno me afligirían dos motivos de tristeza.

HELENA

Preferible es tu respuesta a mi pregunta. Dime tan solo, dejando lo demás, cuánto tiempo has andado errante por los mares.

MENELAO

Además de los diez años que estuve en Troya, han pasado después otros siete.

HELENA

¡Ay dioses! Largo tiempo es, ¡oh desventurado! Y allí te salvaste, y ahora vienes a morir.

MENELAO

¿Qué es eso? ¿Qué dices? ¡Tú me has perdido, mujer!

HELENA

Te dará muerte el dueño de este palacio.

MENELAO

¿Pues qué delito he cometido para merecerla?

HELENA

Has venido a contrariar sus deseos y a impedir mi enlace.

MENELAO

¿Pues quién desea contraerlo con mi mujer?

HELENA

Y afligirme con nueva afrenta.

MENELAO

¿Algún particular poderoso, o el soberano de este país?

HELENA

El hijo de Proteo, que aquí reina.

MENELAO

Vamos, ya comprendo el enigma de aquella esclava.[350]

HELENA

¿A qué puerta bárbara te acercaste?

MENELAO

A esta, y de ella me rechazaron como a un pordiosero.

HELENA

¿Pedías acaso que socorriesen tu necesidad? ¡Oh desventurada de mí!

MENELAO

Así era, en efecto; pero sin llevar ese nombre de mendigo.

HELENA

¿Luego, según parece, sabes cuanto ocurre acerca de mi himeneo?

MENELAO

Lo sé; pero ignoro si has procurado evitarlo.

HELENA

No dudes que mi tálamo te aguarda intacto.

MENELAO

¿Cómo lo probarás? Grato es lo que dices, siendo cierto.

HELENA

¿Ves mi asilo, cerca de este sepulcro?

MENELAO

Veo, desventurada, este lecho en tierra; pero ¿qué tiene de común contigo?

HELENA

Aquí venía yo suplicante a pedir que el cielo me librase de esas nupcias.

MENELAO

¿Sin haber ara en él?[351] ¿Es esa la costumbre de los bárbaros?

HELENA

Este sepulcro nos protege, como si fuese un templo de los dioses.

MENELAO

¿Y no podré llevarte a mi patria?

HELENA

En vez de un lecho, te espera homicida cuchilla.

MENELAO

Soy, pues, el mortal más desdichado.

HELENA

No te desanimes, sino huye de esta tierra.

MENELAO

¿Abandonándote? Por ti derribé a Troya.

HELENA

Más te conviene huir que perder la vida por ser mi esposo.

MENELAO

Como cobarde me aconsejas lo que es indigno del destructor de Ilión.

HELENA

No puedes matar al rey, como quizá deseas.

MENELAO

¿Es acaso su cuerpo invulnerable al hierro?

HELENA

Lo sabrás. Acometer imposibles no es de hombre prudente.

MENELAO

¿Entregaré callado mis manos a las esposas que han de sujetarlas?

HELENA

Ahora no sabes qué hacer. Es preciso inventar algún artificio.

MENELAO

Es más glorioso morir después de ejecutar alguna hazaña, que sin hacer nada.

HELENA

Una sola esperanza hay de salvarnos.

MENELAO

¿Recurriendo al soborno, a la audacia, o a la persuasión?

HELENA

Si el rey ignora que has venido...

MENELAO

¿Quién me ha de descubrir? Seguramente no sabrá quién soy.

HELENA

Allá dentro le auxilia alguna semejante a los dioses.

MENELAO

¿Algún oráculo?

HELENA

No, una hermana; llámanla Teónoe.

MENELAO

Fatídico es el nombre;[352] pero dime, ¿qué he de hacer?

HELENA

Todo lo sabe, y revelará a su hermano tu llegada.

MENELAO

Moriremos, porque no es posible ocultarme.

HELENA

A no ser que a fuerza de súplicas logremos persuadirla...

MENELAO

¿Qué? ¿Qué esperanza me dejas entrever?

HELENA

Que nada anuncie a su hermano de lo ocurrido.

MENELAO

Y si la persuadiéramos, ¿podríamos dejar este país?

HELENA

Fácilmente, si ella nos ayuda, pues ocultárselo es imposible.

MENELAO

A ti te toca esto, porque las mujeres se avienen bien unas con otras.

HELENA

No dejaré, sin duda, de abrazar sus rodillas.

MENELAO

¿Y si no aprueba nuestro proyecto?

HELENA

Tú morirás, y yo, desdichada, me casaré con él a la fuerza.

MENELAO

Tú me vendes; esa violencia es un pretexto.

HELENA

Lo juro por tu cabeza: el más santo juramento.

MENELAO

¿Qué dices? ¿Que morirás tú y no contraerás nuevas nupcias?

HELENA

A ambos nos matará la misma cuchilla, y después yaceré a tu lado.

MENELAO

Toca entonces mi diestra.

HELENA

Tócola, pues, y te juro que, muerto, dejaré también la luz.

MENELAO

Y yo, sin ti, acabaré mi vida.

HELENA

¿Y cómo moriremos gloriosa muerte?

MENELAO

Después de inmolarte en este sepulcro, me suicidaré. Mas primeramente acometeremos por tu posesión peligrosa lucha. Acérquese quienquiera, no ajaré la gloria ganada en Troya, ni volveré a la Grecia para servir de mofa, ya que Tetis perdió por mi causa su hijo Aquiles, y presencié la muerte de Áyax Telamonio, y vi sin hijo al que engendró Neleo.[353] Después de esto, ¿no osaré morir por mi esposa? Sí, sin duda, porque si son sabios los dioses, cubrirán de leve tierra el sepulcro del varón esforzado que muera a manos de sus enemigos, pues en el duro suelo echan sobre los cobardes pesada carga.

EL CORO

¡Oh dioses, que alguna vez sea afortunado el linaje Tantáleo, y se vea libre de males!

HELENA

¡Desventurada de mí! ¡Funesta es mi suerte, oh Menelao! Todo se acabó para nosotros. Del palacio sale la fatídica Teónoe. La puerta suena, las barras crujen; huye. Pero ¿a qué huir? Ya esté ausente, ya presente, sabe que has llegado. ¡Oh infeliz de mí, cuán cierta es mi muerte! Lejos ya de Troya y de los bárbaros, por segunda vez te amenazan bárbaras espadas.

TEÓNOE (_que sale del palacio, precedida de dos esclavas con antorchas_).

Precédeme tú, llevando la brillante luz de las antorchas, y purifica con azufre el aire, como manda la religión, para que aspiremos las auras puras del cielo.[354] Que la llama lustral alumbre el sendero, por si alguno lo ha hollado, profanándolo con su pie impío, y sacude la antorcha ardiente antes que yo pase; y observando el rito que me han enseñado los dioses, llevad otra vez el fuego al hogar doméstico. (_Volviéndose hacia Helena_). ¿Qué hay, Helena? ¿Qué dices de mis vaticinios? Vino al fin tu esposo Menelao: este es, sin sus naves y sin tu imagen. (_A Menelao_). ¡Oh desventurado!, de cuántos trabajos te libra tu venida, y no sabes si volverás a tu patria o si te quedarás aquí; causa de discordia eres entre los dioses, y hoy mismo, en presencia de Zeus, celebrarán consejo para decidir de tu suerte. Hera, hasta ahora tu enemiga, te ama ya, y quiere que vuelvas a Esparta con Helena, para que sepa la Grecia que fueron falsas las nupcias de Alejandro, don de Afrodita. Esta diosa se opone a vuestro regreso, temiendo duras reconvenciones, no se crea que ganó la palma de la belleza por la promesa que hizo a Paris de casarlo con Helena.[355] En mi mano está la postrera resolución de este asunto, ya perdiéndote, como Afrodita desea, si digo a mi hermano que estás aquí, ya salvándote la vida, si me inclino al parecer de Hera y lo oculto a mi hermano, que me ordenó participarle tu venida. ¿Quién irá a anunciarle a Teoclímeno que está aquí Menelao, para librarme de responsabilidad?

HELENA

¡Oh virgen!, suplicante caigo a tus rodillas, y en tan humilde postura permaneceré impetrando tu gracia en nuestro favor, puesto que apenas encuentro a mi esposo cuando lo veo en peligro de muerte; no reveles a Teoclímeno su llegada a mis brazos, que tanto le aman; sálvalo, que te lo pido suplicante; por tu hermano no faltes a tu piedad, conciliándote su amor mala e injustamente. Dios odia la violencia, y nos manda que conservemos cuanto nos pertenezca, prohibiéndote el empleo de la fuerza. De todos los hombres es la tierra y el cielo, y conviene que los poderosos no se apropien lo ajeno, ni tampoco lo arrebaten. Hermes, por orden divina, pero con harta desdicha mía, me confió a tu padre, encargándole que me guardase para este esposo que ha venido ahora, ávido de recobrarme. ¿Cómo podrá lograrlo si muere? ¿Cómo me entregará viva al que no existe? Piensa, pues, en lo que debes al divino numen y a la religiosa memoria de tu padre, y si Hermes y él han de devolver o no ajeno depósito. Yo, en verdad, creo que sí. No ha de ser preferido tu hermano inicuo a tu honrado padre. Porque siendo tú profetisa, y creyendo en los dioses, te olvidas de la gloriosa justicia de tu padre por congraciarte con tu injusto hermano. Te deshonrarás si conociendo todas las cosas divinas, y cuánto es y no es, ignoras lo que es justo. Líbrame, pues, de los malos que me afligen, compadeciéndote de mi desdicha; no hay mortal que no aborrezca a Helena, a la que en Grecia fue infiel a su marido y habitó después en el opulento palacio de los frigios. Si vuelvo a mi patria y otra vez entro en Esparta y saben que han sido víctimas de los artificios de las diosas,[356] y que yo no falté a mis amigos, me devolverán mi honesta fama, casaré a mi hija, virgen ahora, y tranquila y dichosa gozaré de mis riquezas. Si Menelao hubiese muerto y el fuego de la pira lo consumiera, ausente y separada de él siempre lo lloraría; pero ¿me lo arrebatarán ahora, vivo y en salvo? Que no sea así, ¡oh virgen!, yo te lo ruego; de todo corazón te suplico que me concedas esta gracia, y que imites al piadoso Proteo: es en los hijos la mayor gloria, si nacieron de padres buenos, imitar las costumbres de los autores de sus días.

EL CORO

Digna eres tú de lástima, y a compasión mueven tus palabras; pero deseo oír a Menelao defendiendo su vida.

MENELAO