Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 17
He aquí las puras ondas del Nilo,[308] que en vez de rocío del cielo se difunde por las sierras de Egipto al derretirse la blanca nieve, y riega sus campos. Proteo,[309] cuando vivía, reinaba aquí, y habitaba en la isla de Faro,[310] casado con Psámate, virgen marina, después que abandonó ella el lecho de Éaco.[311] Tuvo dos hijos en este palacio, un varón llamado Teoclímeno, porque pasó su vida adorando a los dioses, e Ido, noble doncella, delicias de su madre en sus tiernos años, llamada Teónoe en edad núbil por su conocimiento de las cosas divinas, así presentes como futuras, don de su abuelo Nereo.[312] Esparta es nuestra patria, no innoble, en verdad, y Tindáreo nuestro padre. Según dice la fama, Zeus, transformándose en alado cisne, voló al seno de mi madre Leda y fue su esposo clandestino, fingiendo huir de un águila que lo perseguía, si la tradición no miente. Me llamo Helena, y publicaré los males que he sufrido. Tres diosas, Hera, Afrodita y la virgen hija de Zeus,[313] fueron al monte Ida[314] en busca de Alejandro,[315] a conquistar la palma de la belleza, haciéndolo su juez. Afrodita venció, prometiéndole mi mano y la posesión de mi hermosura, si tal puede llamarse la causa de mi desdicha. Y el ideo Paris, dejando sus rebaños, fue a Esparta para lograrla. Pero Hera llevó a mal no haber vencido a las otras diosas, y anuló mi matrimonio con Alejandro, y no consintió que me poseyera el hijo del rey Príamo, dándole en mi lugar una viva imagen mía formada de aire, y creyó falsamente disfrutarme, engañado por la diosa. Juntáronse a estos males ciertos proyectos de Zeus, que movió guerra entre los griegos y los infelices frigios, para aliviar a la madre Tierra de tan inmensa multitud de hombres y dar imperecedera gloria al más esforzado de los aqueos.[316] En poder de los frigios (yo no, sino mi vano nombre), fui para sus enemigos galardón de la victoria, pero Hermes me llevó volando por los aires, y ocultándome en una nube (no se olvidó de mí Zeus), me trajo a este palacio de Proteo, por creerlo el más casto de los hombres, y con la mira de conservarme inmaculada para mi esposo Menelao. Y aquí estoy, y él, desdichado, al frente de su ejército, me busca como si me hubiesen robado en los alcázares de Troya. Muchos guerreros sucumbieron por mi causa a las orillas del Escamandro,[317] y yo, a pesar de mis incomparables sufrimientos, soy para ellos una mujer execrable, causa única de grave guerra en la Grecia, por haber faltado a mi marido. ¿Por qué vivo, pues, aún? El dios Hermes me dijo que algún día habitaría con mi esposo en la ínclita tierra de Esparta, cuando supiese que yo no había estado en Troya, ni profanado mi lecho. Mientras vio Proteo la luz del sol, estuve libre de nuevos pretendientes: pero desde que se sepultó en las tinieblas de la tierra, me persigue su hijo, ansioso de casarse conmigo. Y yo, fiel a mi primer esposo, vengo a prosternarme suplicante en este monumento de Proteo, para pedirle que conservo puro mi tálamo y no sea deshonrado mi cuerpo, ya que mi nombre es infame en toda la Grecia.
TEUCRO[318] (_que llega del campo_).
¿Quién es el señor de este palacio fortificado? Digno es de Pluto,[319] según parece, por sus vastas y regias murallas y por sus elevadas almenas. ¿Qué es esto? ¡Cielos! ¿Qué veo? Es la mujer más odiosa, cuya funesta hermosura fue causa de mi perdición y de la de todos los griegos. Maldígante los dioses, porque pareces otra Helena. Si este no fuese un país extranjero, te daría muerte mi alada flecha, en castigo de tu semejanza con la hija de Zeus.
HELENA
¿Por qué me rechazas, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, y por ajenas maldades me aborreces?
TEUCRO
Me equivoqué. Me dejé llevar de la ira más de lo que debía, porque toda la Grecia odia a la hija de Zeus. Perdona mis palabras, mujer.
HELENA
¿Quién eres? ¿De dónde vienes a esta región?
TEUCRO
Soy, ¡oh mujer!, uno de los desdichados griegos.
HELENA
No es maravilla entonces que detestes a Helena. Pero ¿quién eres? ¿De dónde? ¿Cómo te llamaré?
TEUCRO
Teucro es nuestro nombre, Telamón mi padre y Salamina la patria que me crió.
HELENA
¿Y por que has venido a estos campos que riega el Nilo?
TEUCRO
Desterrado.
HELENA
Grande debe de ser tu pena. ¿Quién te desterró?
TEUCRO
Mi padre Telamón. ¿A quién podría yo amar más?
HELENA
¿Y por qué causa? Sin duda por alguna desgracia.
TEUCRO
La muerte de mi hermano junto a Troya me perdió.
HELENA
¿Cómo? ¿Tú lo mataste con tu espada?
TEUCRO
Él se atravesó con la suya.
HELENA
¿Loco? ¿Quién puede hacer esto sino un loco?
TEUCRO
¿Has oído hablar de Aquiles, el hijo de Peleo?
HELENA
Pretendiente a la mano de Helena, según he sabido.
TEUCRO
Pues bien; a su muerte se suscitó grave contienda entre sus compañeros por la posesión de sus armas.
HELENA
¿Y qué tiene esto que ver con la muerte de Áyax?
TEUCRO
Se suicidó por habérselas llevado otro.[320]
HELENA
¿Y tú sufres ahora las consecuencias de esa desdicha?
TEUCRO
Por no haber muerto con él.
HELENA
¿Fuiste, pues, ¡oh extranjero!, a la ínclita Troya?
TEUCRO
Y después de tomarla me condenó la suerte a perecer.
HELENA
¿El fuego no la ha consumido y arrasado?
TEUCRO
Hasta el extremo de no quedar ni señal de sus murallas.
HELENA
¡Oh mísera Helena, por tu causa murieron los frigios!
TEUCRO
Y los griegos también: sucedieron muchas desgracias.
HELENA
¿Cuánto hace que fue derribada esa ciudad?
TEUCRO
Cerca de siete revoluciones anuales de las que dan las cosechas.
HELENA
¿Y cuánto estuvisteis junto a Troya?
TEUCRO
Muchas lunas, hasta completar el número de diez años.
HELENA
¿Y recobrasteis a la mujer espartana?
TEUCRO
Menelao se la llevó, arrastrándola por los cabellos.
HELENA
¿Viste tú a esa desdichada, o cuentas lo que te han dicho?
TEUCRO
Como te estoy mirando ahora, con estos mismos ojos.
HELENA
Quizá fuera alguna vana imagen con que os engañaron los dioses.
TEUCRO
Habla de otra cosa; déjala en paz.
HELENA
¿Tan seguro estás de lo que dices?
TEUCRO
La vieron mis ojos y la contempló mi alma.
HELENA
¿Y Menelao está ahora en su patria con su esposa?
TEUCRO
No seguramente en Argos, ni en las márgenes del Eurotas.
HELENA
¡Ay, ay de mí! Un mal has anunciado a quien debe sentirlo.
TEUCRO
Se dice que ambos han perecido.
HELENA
¿No navegaban juntos todos los griegos?
TEUCRO
Sí; pero los dispersó una tempestad.
HELENA
¿En qué parte del mar salado?
TEUCRO
Al atravesar el Egeo.
HELENA
¿Y nadie ha sabido después adónde ha arribado Menelao?
TEUCRO
Nadie; pero se dice en Grecia que ha muerto.
HELENA
¡Cierta es mi perdición! ¿Vive todavía la hija de Testio?[321]
TEUCRO
¿Hablas de Leda? Ya falleció.
HELENA
¿La ha precipitado en la tumba la deshonra de Helena?[322]
TEUCRO
Dicen que ciñó con un lazo su noble cuello.
HELENA
Y los hijos de Tindáreo,[323] ¿viven o no?
TEUCRO
Han muerto, y no han muerto; corren dos distintos rumores.
HELENA
¿Cuál es el más grato? ¡Ay desventurada de mí, ay de mis males!
TEUCRO
Dicen que son dioses convertidos en astros.
HELENA
Agrádame lo que has dicho; ¿y cuál es el otro rumor que corre?
TEUCRO
Que han muerto a manos de su hermana. Pero bastante he hablado; no quiero llorar dos veces. Y ya que he venido a este palacio en busca de la profetisa Teónoe, ayúdame para que pueda oír los oráculos y dirigir después mi nave hacia la marina Chipre, en donde el adivino Apolo ordena que me establezca y ponga a la ciudad que funde el nombre de Salamina,[324] en recuerdo de mi patria.
HELENA
Navega, ¡oh extranjero!, y sabrás lo que deseas; pero huye de esta tierra antes que sepa tu llegada el hijo de Proteo, su soberano; ausente está ahora persiguiendo a las fieras con sus perros; mata a todos los griegos que cautiva, y no me preguntes la causa que le mueve a ello, que no te lo diré, ¿pues de qué te serviría saberlo?
TEUCRO
Bien has dicho, mujer. Que los dioses recompensen el bien que me haces. Aunque tu forma sea parecida a la de Helena, no solo no es tu alma como la suya, sino muy desemejante. Mala muerte tenga, que no vuelva a las orillas del Eurotas, y que tú, ¡oh mujer!, seas siempre feliz. (_Retírase_).
HELENA
Principio ahora a deplorar mi infortunio y mis grandes dolores. ¿Cuáles serán mis lamentaciones? ¿Cuál mi lúgubre canto? ¿Golpearé mi pecho, gemiré o lloraré?
_Estrofa 1.ª_ — Vírgenes sirenas,[325] hijas de la Tierra, alígeras doncellas, ¡ojalá que vengáis a acompañar mis sollozos con la flauta líbica o la siringa,[326] y las tristes lágrimas que me hacen derramar mis desdichas!; que vuestros dolores, que otros lúgubres cantos concuerden con los míos, y que vuestra musa, lamentándose como la mía, envíe a Perséfone funestas, funestas quejas, ofrenda regada de lágrimas, himnos en honor de los muertos, que penetrarán en su tenebroso palacio.
EL CORO (_que aparece en el teatro_).
_Antístrofa 1.ª_ — Fui casualmente a la orilla del mar cerúleo a secar en delgadas cañas o sobre el entretejido césped purpúreos vestidos a los dorados rayos del sol, cuando oí flébil sonido de flauta melodiosa, mezclado de sollozos y lamentos, como de alguna náyade[327] que llorase a su fugitivo amante, resonando en las cavernosas grutas el eco de su llanto, enamorada de Pan.
HELENA
_Epodo._ — ¡Oh dolor!, ¡oh dolor!, doncellas griegas apresadas por bárbaro bajel; un navegante griego ha llegado, sí, ha llegado para aumentar mis lágrimas, anunciándome la ruina y el incendio de Ilión por sus enemigos, y todo por mi causa, por mi causa, por mi nombre desdichado, origen de muchas muertes. Leda pereció en fatal nudo, víctima del dolor de mi deshonra; mi esposo ha sucumbido, después de andar errante por los mares, y Cástor y Pólux, los dos gemelos, gloria de su patria, han desaparecido, sí, han desaparecido, dejando solitarios los campos que hollaron sus caballos y las orillas del Eurotas, llenas de delgadas cañas, gimnasio de sus ejercicios juveniles.
EL CORO
¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Fortuna deplorable, funesto destino, oh mujer! Mísera es tu suerte, mísera sin duda desde que Zeus, hendiendo brillante los aires con sus alas de cisne, blancas como la nieve, te engendró en tu madre. ¿Qué mal no te aflige? ¿Qué dolor no has sufrido? Murió Leda, y los dos gemelos, hijos queridos de Zeus, no son felices; no huellas tu suelo patrio, y en las ciudades de la Grecia corre un rumor, ¡oh mujer veneranda!, que te acusa de haber celebrado bárbaro himeneo; tu esposo ha perecido en las ondas del mar, y nunca serás dichosa en tu patria, ni en el templo de Atenea Calcieco.[328]
HELENA
¡Ay, ay de mí! ¿Qué frigio, qué griego cortó el pino que ha llenado de lágrimas a Troya, y construyó el bajel funesto en que navegó el hijo de Príamo a mis lares con bárbaros remeros, solicitando mi mano y mi hermosura infortunada? Dolosa Afrodita, causa de la muerte de muchos griegos y de los hijos de Príamo, ¡oh mísera, cuán grande es mi desdicha! Hera, la del dorado solio, esposa veneranda de Zeus, envió al ligero hijo de Maya, cuando yo recogía en mi seno frescas hojas de rosa para ofrecerlas a Atenea Calcieco, y, arrebatándome por los aires, me trajo a este país infortunado, convirtiéndome en manzana de discordia entre los griegos y los hijos de Príamo. Injusta es la Fama, que mancha mi nombre en las orillas del Simois.
EL CORO
Sé que te aquejan graves dolores; pero es preciso sufrir con resignación las calamidades de esta vida.
HELENA
Mujeres queridas, ¿qué fatal destino me persigue? ¿Diome a luz mi madre para que los mortales me miraran como a un prodigio? Porque ninguna mujer, ni griega ni bárbara, puso un blanco huevo, como cuentan de Leda, al darme la vida de su unión con Zeus. Portentosa es mi existencia y mi grave desdicha, ya por el odio de Hera, ya por mi belleza. ¡Ojalá que desapareciese borrada, cual pintada estatua,[329] y los griegos olvidarían mi deshonra, y no me infamaría su memoria, como ahora! Grave es, aunque tolerable, una sola desdicha enviada por los dioses, no así la multitud de calamidades que me agobian. Porque, en primer lugar, sin haber sido deshonrada, me infaman como si lo fuera, y este mal es mucho mayor fundándose en un falso supuesto, como sucede cuando se atribuyen vicios al que no los tiene. Después me arrancaron los dioses de mi patria, y me trajeron a esta tierra bárbara, y sin amigos soy esclava, cuando nací de padres libres, pues entre los bárbaros todos lo son, excepto uno. El áncora, que sola me sostenía en medio de mis males, la esperanza de que vendría algún día mi marido y me libraría de ellos, ha desaparecido ya, puesto que ha muerto, y no podrá socorrerme. Murió también mi madre, y me imputan esta desdicha sin razón, es verdad, como lo es también que de sus resultas me mancilla la mala fama. Mi hija, honra de su linaje y de mi palacio, vegeta virgen, no al lado de un esposo, y Cástor y Pólux, que se dicen hijos de Zeus, no existen tampoco. Y como en todo me persigue la desgracia, mi perdición proviene de causas externas, no de mis hechos. Todavía resta que me encierren en una prisión si vuelvo a mi patria, creyéndome la Helena que estuvo en Troya, y en cuya persecución fue Menelao. Si él viviese nos reconoceríamos mutuamente en virtud de ocultas señales[330] que nosotros solos sabemos. Pero ya no es posible, porque no existe. ¿A qué, pues, vivir? ¿Qué suerte me aguarda? ¿Elegiré otro esposo para atraerme nuevos males, y será un bárbaro mi perpetuo compañero, y me sentaré con él en opulenta mesa? Pero cuando un hombre aborrecido habita con nosotras, es odiosa la vida. Más vale morir, ¿pero cómo hacerlo sin deshonrarme? Vergonzoso hasta para un esclavo es suspenderse de un lazo en los aires; derramar la propia sangre es mejor y más noble, y en poco tiempo dejamos de existir. ¡Tan profundo es el abismo de males en que me veo sumergida! Si la hermosura es para otras mujeres fuente deleitosa, para mí lo es de perdición.
EL CORO
No creas, Helena, que el extranjero que ha llegado ha dicho en todo la verdad.
HELENA
Pero aseguró bien a las claras que había muerto mi esposo.
EL CORO
Muchas veces se afirma lo que no es.
HELENA
Con ningún otro se confunde el lenguaje de la verdad, y tal fue el suyo.
EL CORO
Siempre te inclinas más a creer lo malo que lo bueno.
HELENA
El miedo me domina, y todo lo temo.
EL CORO
¿Cómo te tratan en este palacio?
HELENA
Todos son amigos, excepto el que pretende casarse conmigo.
EL CORO
¿Sabes lo que has de hacer? Dejar el sepulcro de Proteo...
HELENA
¿Qué vas a decir? ¿Qué consejo quieres darme?
EL CORO
Y entra en el palacio, y a la que todo lo sabe, a Teónoe, hija virgen de la marina nereida, pregunta si vive todavía tu marido o si no ve ya la luz; y cuando estés bien informada, y según sea lo que te dijere, abandónate al llanto o a la alegría. Porque antes de saberlo, ¿no son inoportunos tus lamentos? Sigue, pues, mi consejo: deja el sepulcro y busca a esa doncella, que todo te lo dirá. Teniendo en este palacio quien pueda declararte la verdad, ¿a qué buscarla tan lejos? Yo quiero entrar también contigo y oír los oráculos de la virgen; nosotras las mujeres debemos ayudarnos mutuamente.
HELENA
Sigo vuestros consejos, ¡oh amigas!; id, id al palacio, y oiréis en él mis cuitas.
EL CORO
Mandas a quien te obedece de buen grado.
HELENA
¡Oh infausto día! ¿Qué nuevas deplorables, qué nuevas deplorables oiré yo, desventurada?
EL CORO
No excites el llanto, ¡oh amada!, de siniestro agüero.
HELENA
¿Qué habrá sufrido mi desdichado esposo? ¿Verá acaso la luz, y la cuadriga del sol y el curso de los astros..., o en el infierno subterráneo yacerá entre los muertos?
EL CORO
No desesperes, sea cual fuere lo por venir.
HELENA
Yo te invoco, yo te suplico, ¡oh Eurotas de verdes cañas!, que me declares si es cierta la fama que hasta mí ha llegado de la muerte de mi esposo. ¿A qué tan necias dudas? Lazo mortífero oprimirá mi cerviz o letal cuchilla me dará muerte, y la sangre correrá de mi cuello, y empuñando yo misma el hierro lo hundiré en mis carnes, y me sacrificaré en honor de tres diosas y del hijo de Príamo, que en otro tiempo cantaba al son de la flauta, guardando los rebaños de bueyes.
EL CORO
Que no te aflijan esos males, y la dicha sea tu inseparable compañera.
HELENA
¡Ah mísera Troya, iniquidades te arruinan, y sufriste duras pruebas! Merced al don que me hizo Afrodita se ha derramado mucha sangre, y muchas lágrimas, y unos dolores siguieron a otros, y el llanto al llanto, y las madres perdieron sus hijos, y las vírgenes hermanas de los muertos cortaron su cabellera para depositarla en las orillas del frigio Escamandro. Voz resonante dio la Grecia, y oyéronse tristes clamores, y golpeó la cabeza con sus manos, y lastimosas heridas llenaron de sangre tiernas mejillas. ¡Oh virgen Calisto,[331] feliz en otro tiempo en la Arcadia, que en innoble forma subiste al lecho de Zeus! ¡Cuán preferible fue tu suerte a la de mi madre! Transformada en fiera de miembros robustos, trocaste tu hermoso rostro en cabeza feroz de leona, y se mitigaron tus penas, como la beldad expulsada en otro tiempo de sus coros por Artemisa, cierva de dorados cuernos, titánide, hija de Mérope.[332] Yo he derruido, sí, he derruido a la troyana Pérgamo, y ocasionado la muerte de muchos griegos. (_Vase con el Coro_).
MENELAO (_miserablemente vestido_).
¡Oh Pélope!, que en los pasados días venciste en tu cuadriga a Enómao, cerca de Pisa;[333] ojalá que cuando te sirvieron hecho pedazos en la cena de los dioses, hubieses perecido entre ellos antes de haber engendrado a mi padre Atreo, que de su unión con Aérope nos procreó a Agamenón y a mí, Menelao, ínclito par de reyes. Glorioso es, sin duda, y lo digo sin jactancia, que yo llevase a Troya un ejército a fuerza de remos, rey a quien obedecía voluntariamente, no por la violencia, la brillante juventud griega. Y unos ya no se cuentan entre los vivos, mientras otros, que con no poca alegría suya evitaron los peligros del mar, llevan a su patria los nombres de los que perecieron. Mas yo, desventurado, navego errante por las marinas ondas del salado piélago desde que arruiné las torres de Ilión, y, deseando volver a mi país, muéstranseme adversos los dioses. He recorrido todos los desiertos e inhospitalarias costas de la Libia, y cuando me acerco a mis hogares, el viento me rechaza y nunca llena mis velas aura favorable. Y ahora, mísero náufrago, después de perder a mis amigos me ha arrojado aquí el mar, y mi nave se ha estrellado en los peñascos pereciendo muchos de mis compañeros. Solo queda la quilla y parte de su armazón, en la que con dificultad y contra mis esperanzas me he salvado con Helena, que traigo de Troya. Pero ignoro el nombre de esta región y el de los pueblos que la habitan. Avergonzábame de presentarme así a la multitud, temiendo que viesen mis vestidos manchados, a pesar de mis esfuerzos en ocultar mi humillante miseria. Cuando un hombre cae desde la cúspide de la fortuna en el abismo de la desdicha, como no está acostumbrado a ella, su suerte es más amarga que la del que ya la conocía. La pobreza me atormenta; ni tengo qué comer, ni vestidos para cubrir mi cuerpo, como es fácil de ver contemplando los tristes restos del naufragio en que me envuelvo.[334] El mar me llevó mis peplos, mis vestiduras espléndidas y todas mis galas; y vengo aquí dejando oculta en una cueva a mi esposa, causa de todos mis males, confiada a la custodia de mis amigos que han sobrevivido. Solo, pues, doy vueltas y me afano en llevar lo más necesario, dudando si lo lograré, a mis compañeros que me esperan. Al ver este palacio cercado de almenas y sus puertas suntuosas, propiedad, sin duda, de algún hombre opulento, me he llegado a él con la esperanza de recibir algo de tan magnífica morada, para auxiliar a mis amigos. De seguro que quien apenas tenga para vivir no podrá socorrerme aunque quiera. (_Llamando a la puerta_). ¡Hola! ¿Qué portero acudirá aquí del palacio, que cuente a sus dueños mis males?
UNA VIEJA (_entreabriéndola_).
¿Quién hay a la puerta? ¿No te alejarás de este recinto sin molestar a sus dueños en el atrio? Morirás si eres griego, que a ellos no se da hospitalidad.
MENELAO
¡Oh anciana!, bien me parece cuanto has dicho. No te molestaré más, y quiero obedecerte, pero déjame hablar.
LA VIEJA (_rechazándolo_).
Vete; mi obligación es, ¡oh extranjero!, impedir que ningún griego se acerque a este palacio.
MENELAO
¡Ah!, no me amenaces con el puño ni me rechaces tan despiadadamente.
LA VIEJA
No haces ningún caso de mis palabras; la culpa es solo tuya.
MENELAO
Ve a decirlo a tus amos.
LA VIEJA
Bien segura estoy de que si lo saben sufrirás daño.
MENELAO
Soy un náufrago, un extranjero, contra quienes no es justo emplear la violencia.
LA VIEJA
Llama a otra puerta y abandona esta.
MENELAO
No, que he de entrar; déjame.
LA VIEJA
Eres un importuno, y lo peor para ti es que te echarán pronto a viva fuerza.
MENELAO (_aparte_).
¡Ay, ay de mí! ¿Dó yace mi valeroso ejército?
LA VIEJA
En otra parte te respetarán acaso, no aquí.
MENELAO (_aparte_).
¡Oh calamidad, cómo me insultas!
LA VIEJA
¿Por qué humedecen las lágrimas tus párpados? ¿Por qué te lamentas?
MENELAO
¡Oh pasada dicha mía!
LA VIEJA
¿Por qué no vas a llorar a tus amigos?
MENELAO (_reanimándose_).
¿Qué país es este? ¿Cúyo este regio palacio?
LA VIEJA
Proteo lo habita, y este país es el Egipto.
MENELAO
¿El Egipto? Desdichado de mí, ¿adónde he venido?
LA VIEJA
¿Qué dices contra las aguas del Nilo?
MENELAO
No es contra el Nilo; solo me quejo de mi desgracia.
LA VIEJA
Muchos son los desdichados, no tú solo.
MENELAO
¿Y está en el palacio el rey, o como tú quieras llamarle?
LA VIEJA
Este es su sepulcro; su hijo es el soberano de este país.
MENELAO
Pero ¿en dónde está? ¿Dentro o fuera del palacio?
LA VIEJA
No está en él ahora; pero es el más implacable enemigo de los griegos.
MENELAO
¿Por qué razón? ¿Por qué he de ser yo víctima de su odio?
LA VIEJA
Helena, la hija de Zeus, habita también aquí.
MENELAO
¿Qué dices? ¿Qué palabra has pronunciado? Repítela.
LA VIEJA
La hija de Tindáreo, que vivía antes en Esparta.
MENELAO
¿De dónde la han traído? ¿Quién entenderá esto?
LA VIEJA
Vino de la Laconia.
MENELAO
¿Cuándo? (_Aparte_). ¿Habrán arrebatado de la cueva a mi esposa?
LA VIEJA
Antes que los griegos fuesen a Troya, ¡oh extranjero! Pero aléjate de aquí, porque reina en el palacio cierta plaga, causa de no poco desorden.[335] A mal tiempo llegaste, porque si mi dueño te cautiva, en vez de hospitalarios dones, recibirás la muerte. Yo amo a los griegos, y no juzgues de mí por mis ásperas palabras, hijas del miedo que a mi señor tengo. (_Retírase y cierra la puerta_).
MENELAO