Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 16
Necesitamos la soledad para practicar otros ritos.
TOANTE
Haz lo que quieras; no tengo empeño en saber esos misterios.
IFIGENIA
Deseo purificar la estatua de la diosa.
TOANTE
Si la han profanado los matricidas...
IFIGENIA
De otro modo, nunca la hubiese removido de su asiento.
TOANTE
Laudable es tu piedad y diligencia; con razón te admiran todos.
IFIGENIA
¿Mandarás hacer lo que nos falta?
TOANTE
Sepámoslo, pues.
IFIGENIA
Añadirás nuevas cadenas a las que llevan.
TOANTE
¿Y adónde podrían huir?
IFIGENIA
No hay que fiarse de los griegos.
TOANTE
Servidores, traed más cadenas.
IFIGENIA
Y también a los extranjeros.
TOANTE
Así se hará.
IFIGENIA
Que un velo cubra sus cabezas.
TOANTE
¿De los rayos del sol?
IFIGENIA
Que me acompañe también alguno de tus satélites.
TOANTE
Estos te escoltarán.
IFIGENIA
Y manda a la ciudad un extranjero que diga...
TOANTE
¿Qué?
IFIGENIA
Que nadie salga de su casa.
TOANTE
¿Para no mancharse si tropiezan con los sacrílegos?
IFIGENIA
Sería descuido abominable.
TOANTE (_a uno de sus guardias_).
Ve tú y publícalo así de mi parte.
IFIGENIA
Que ninguno se acerque a verlos.
TOANTE
Bien miras por la ciudad.
IFIGENIA
Y no hay tampoco gran necesidad de la ayuda de los amigos.
TOANTE
¿Lo dices por mí?
IFIGENIA
Tú, mientras tanto, ante el templo de la diosa...
TOANTE
¿Qué he de hacer?
IFIGENIA
Purifica el templo con el fuego.
TOANTE
¿Para cuando vuelvas?
IFIGENIA
Y al salir los extranjeros...
TOANTE
¿Y qué haré entonces?
IFIGENIA
Tapar tus ojos con el manto.
TOANTE
¿Para no contaminarme?
IFIGENIA
Y si te parece que tardo mucho...
TOANTE
¿A qué regla he de atenerme?
IFIGENIA
No te sorprendas.
TOANTE
Cumple, pues, tus piadosos deberes con la diosa.
IFIGENIA
¡Ojalá que esta expiación produzca el efecto que deseo!
TOANTE
Lo mismo pido.
IFIGENIA
Ya veo a los extranjeros, que salen del templo, y las suntuosas galas de la diosa, y los tiernos corderillos que lavarán con su sangre el sacrilegio, y el fulgor de las lámparas, y todo lo necesario para purificar a los criminales y a la divina imagen. Ordeno a los ciudadanos que no presencien esta expiación, y que si algún guardián del templo desea conservar puras sus manos para el servicio de los dioses, que quien ha de contraer matrimonio, o las mujeres que hayan de parir, huyan y se alejen para no contaminarse. ¡Oh reina virgen, hija de Zeus y de Leto!, si llego a borrar el crimen sangriento de estos extranjeros y a sacrificar como conviene, habitarás un templo sin mancilla, y nosotros seremos felices; ya entiendes lo demás, aunque no lo exprese, ¡oh diosa!, y también los demás dioses, que todos lo saben.
EL CORO
_Estrofa._ — Bello fue el hijo que dio a luz Leto en los risueños valles de Delos, Apolo de cabellos de oro, hábil en tocar la cítara, y la que se deleita y hace gala de su destreza en tirar el arco, a los cuales, desde los bosques inmediatos a la mar, desde la célebre isla de abundantes aguas en que nacieron, llevó su madre a la cima del Parnaso, en donde Dioniso se entrega a sus orgías, y el dragón de manchado lomo y de cabeza roja, cubierto de escamas de bronce, bajo opaco y frondoso laurel, monstruo horrible, hijo de la Tierra, guardaba el oráculo subterráneo, sucumbió a tus flechas, ¡oh Febo!, cuando todavía eras niño, cuando saltabas en los brazos de la madre querida y diste principio a tus divinos oráculos; y te sientas en dorado trípode, en trono que no engaña, profetizando a los mortales desde el misterioso vestíbulo, cerca de la fuente Castalia,[305] en donde está el centro de la Tierra.
_Antístrofa._ Pero después que Apolo, usurpando las atribuciones de Temis, se reservó el derecho de dar sus oráculos divinos, la Tierra, madre de aquella diosa, creó fantasmas nocturnos que en sueños decían a muchos mortales lo pasado, lo presente y lo futuro en los tenebrosos y subterráneos aposentos en donde estas deidades moran; y privó a Febo de su don profético por vengar la afrenta de su hija. El rey entonces, dirigiéndose al Olimpo con pie ligero, agitó su mano infantil desde el solio de Zeus para libertar al templo pítico del furor de la Tierra y sus respuestas nocturnas. Riose Zeus porque su hijo vino a él sin vacilar, ansioso de alcanzar pomposo culto, y accedió a sus ruegos besando su cabellera. Cesaron los nocturnos sueños, y libertó a los hombres de los oráculos hijos de la noche, y devolvió a Febo sus honores, y a los mortales confianza en las respuestas, que da en solio preclaro y célebre por la multitud que lo visita.
EL MENSAJERO
Vosotros los encargados de la guarda de este edificio y de sus altares, ¿adónde fue Toante, nuestro rey? Llamadle; que salga del templo abriendo sus seguras puertas.
EL CORO
¿Qué hay, pues, si puedo preguntarlo sin tu licencia?
EL MENSAJERO
Huyeron los dos jóvenes, por consejo de la hija de Agamenón, y se llevaron la estatua veneranda en la nave griega.
EL CORO
Increíble es lo que dices; ya sale del templo el rey de esta tierra, a quien buscas.
EL MENSAJERO
¿Adónde va? Él debe saber lo que sucede.
EL CORO
Nosotras lo ignoramos; anda, pues, y persíguelo hasta que lo alcances y le cuentes tu mensaje.
EL MENSAJERO
Observad la perfidia de las mujeres; vosotras sois cómplices de esta maldad.
EL CORO
¿Deliras? ¿Qué tenemos que ver nosotras con la huida de los extranjeros? ¿No irás cuanto antes a buscar al rey?
EL MENSAJERO
No antes de cerciorarme claramente de si está o no en el templo el príncipe de este país. ¡Hola!, abrid las puertas vosotros los de dentro, y decid al rey que aquí fuera le buscan para anunciarle nuevos e innumerables males.
TOANTE
¿Quién vocifera así, junto a la mansión de la diosa, llamando a la puerta y alborotándola dentro?
EL MENSAJERO
Engañábanme estas mujeres y me alejaban de ti como si hubieses salido, y, sin embargo, estabas en el templo.
TOANTE
¿Qué esperaban? ¿Con qué objeto lo hacían?
EL MENSAJERO
Después diré de ellas lo que merecen; pero ya que estoy en tu presencia, oye: la doncella Ifigenia, que presidía en los sacrificios, huye con los extranjeros, llevándose consigo la estatua veneranda de la diosa. Fingida era la expiación que proyectaba.
TOANTE
¿Qué dices? ¿Qué móviles le han inspirado?
EL MENSAJERO
Salvar a Orestes; te maravillarás sin duda.
TOANTE
¿Cuál, el hijo de la Tindáride?
EL MENSAJERO
El destinado por la diosa a perecer en sus aras.
TOANTE
¡Oh portento! ¿Cómo calificaré tan grave atentado?
EL MENSAJERO
Que tu imaginación no se extravíe; óyeme, y pensándolo bien todo, después que te lo explique, busca el mejor medio de perseguir a los extranjeros.
TOANTE
Habla; oportuna es tu advertencia; los fugitivos no dirigen su rumbo a ningún puerto inmediato, y los alcanzará mi lanza.
EL MENSAJERO
Después que llegamos a la orilla del mar, adonde había arribado ocultamente la nave de Orestes, la hija de Agamenón nos indicó (recordarás que nos enviaste con ella para llevar las cadenas de los extranjeros) que nos alejásemos de allí, pretextando que no tardaría en encender el fuego del misterioso sacrificio y en hacer la purificación, ya muy urgente. Iba detrás, y llevaba en sus manos las cadenas de los dos extranjeros. Esto nos infundía ciertas sospechas; pero tus servidores parecían satisfechos, ¡oh rey! Al fin, para engañarnos mejor, fingiendo hacer algo importante, aulló y cantó versos bárbaros, empleando artes mágicas, como si lavase la mancha del asesinato. Después que estuvimos sentados mucho tiempo, recelamos que los extranjeros podían haberse soltado, y matarla y huir. Temiendo ver, no obstante, lo que no debíamos, permanecimos en silencio en nuestro puesto; pero, por último, todos fuimos de parecer que debíamos ir a buscarlos, aunque no nos fuese permitido. Entonces vimos el casco de una nave griega, bien provista de remos, que movía ya sus velas, y cincuenta marineros que los manejaban en los bancos, y que los jóvenes, libres de sus cadenas, se acercaban a la popa. Unos sujetaban la proa con perchas; otros suspendían el áncora; otros arrimaban las escalas precipitadamente, y llevaban cuerdas en las manos, que tiraron al mar, al alcance de los extranjeros. Sin temor al peligro, así que conocimos el engaño, nos apoderamos de la fugitiva y de las cuerdas, e intentamos arrancar el timón de la nave de bella popa, en donde estaba sentado el piloto. Díjímosle entonces: «¿A qué robáis de aquí la estatua y su sacerdotisa? ¿Cuál es tu padre? ¿Quién eres tú, que así la arrebatas?». Él respondió: «Sabe que soy Orestes, hijo de Agamenón, hermano de Ifigenia, y que me llevo a mi hermana, que he encontrado, arrancada de mi palacio». Reteníamos, sin embargo, a la extranjera, y queríamos obligarla a la fuerza a que nos siguiese y traerla a tu presencia. Ni ellos tenían espadas ni tampoco nosotros; pero había manos, y nos sacudíamos con estrépito, y ambos jóvenes a un tiempo nos golpeaban con sus pies los costados y el vientre, tanto, que nos desalentaban y nos llenaban de fatiga. Cubiertos de señales degradantes huimos a un lugar de difícil acceso, lastimados unos en la cabeza, otros en los ojos, y deteniéndonos en las pendientes peleábamos con más cautela, y les tirábamos piedras. Alejábannos, sin embargo, los flecheros, lanzándonos saetas desde la popa. Entonces una ola poderosa arrastró a la nave a la ribera; y cuando temían los marineros que se fuese a pique, Orestes cargó con su hermana en el hombro izquierdo, y entrando en el mar y trepando por las escalas, la depositó en la nave, provista de buenos bancos de remos, juntamente con la estatua de la hija de Zeus, venida del cielo. Desde el medio de la nave se oyó una voz que dijo: «¡Oh remeros griegos!, empuñad los remos y llenad de espuma las ondas; ya poseemos lo que nos trajo al Ponto Euxino y nos obligo a penetrar en las Simplégades». Ellos, con alegre murmullo, azotaron la mar. Adelantaba la nave, ya en el puerto, y al entrar en la boca era juguete de soberbias olas. Levantándose de repente un viento fuerte la hizo retroceder, mientras los remeros resistían al empuje luchando con las ondas; al fin el reflujo la arrastró segunda vez contra la tierra. Derecha entonces la hija de Agamenón, oró así: «¡Oh hija de Leto!, sálvame, que tierna joven me sacrificaron a ti; llévame a la Grecia desde esta tierra bárbara, y perdona mi rapto. Tú, diosa, que amas a tu hermano, debes recordar que yo amaré también a mis parientes». Los marineros aclamaron a la doncella y entonaron un himno, y con sus brazos, desnudos desde el hombro, movieron a compás los remos. El bajel se acercaba más y más al escollo, y uno saltó a la mar, y otro recogió los torcidos cables, suspendidos del buque. Y entonces vine corriendo a buscarte, ¡oh rey!, para anunciarte todo lo ocurrido. Acude, pues, llevando cadenas y lazos, que si el mar no se sosiega, no hay esperanza de salvación para los extranjeros. El rey del mar, el venerando Poseidón, es amigo de Ilión y enemigo de los Pelópidas. Y ahora, según parece, pondrá en tus manos y en las de la ciudad al hijo de Agamenón, y recobrarás también a su hermana, ingrata con la diosa y olvidadiza del milagro que la libró en Áulide de la muerte.
EL CORO
¡Oh mísera Ifigenia!, morirás con tu hermano, cayendo otra vez en poder de tus dueños.
TOANTE
¡Ea, habitantes de esta tierra bárbara!, ¿no ponéis los frenos a los caballos, y corréis a la ribera, y os apoderáis de la nave griega que el mar ha echado en ella, y con ayuda de Artemisa cautiváis cuanto antes a esos impíos? Que otros arrastren a la mar ligeros bajeles para que, apresándolos por mar, o por tierra con mis tropas de a caballo, los precipitemos de áspera roca o los empalemos. Os castigaré cuando vuelva y descanse, ¡oh mujeres!, porque sabíais todo esto; ahora, atentos a lo que más nos importa, batallaremos hasta lograrlo.
ATENEA
¿Adónde, adónde llevas esta tropa perseguidora, ¡oh rey Toante!? Oye a Atenea que te habla. No ataques a los fugitivos, ni animes a tus soldados a la pelea. Orestes ha venido obedeciendo los fatales oráculos de Apolo, huyendo del furor de las Furias, para llevar a Argos a su hermana, y a mi país la sagrada estatua. Tal es el único medio de aliviar los males presentes. A ti dirijo estas palabras: en cuanto a Orestes, a quien resolviste matar, aprovechándote de la borrasca que ha sobrevenido, has de saber que ya Poseidón, por favorecerme, ha devuelto al mar su calma, y que la nave se desliza por sus ondas tranquilas. Tú, Orestes, entérate de mis órdenes (pues oyes mi voz, aunque no estés aquí), navega con tu hermana y con la estatua que has recibido. Y cuando llegues a Atenas, fundada por los dioses, no olvides que hay cierto lugar sagrado en los últimos confines del Ática, próximo a la costa Caristia,[306] que mi pueblo llama Hales; allí, edificando un templo, deposita la estatua, que se llamará Táurica, en memoria de esta tierra y de los trabajos que has sufrido vagando errante por la Grecia, atormentado por las Erinias. Bajo la advocación de la diosa Táurica adorarán después los hombres a Artemisa. Que sea ley en el pueblo, al solemnizar el aniversario de tu salvación, acercar la cuchilla a la cerviz de alguno, y que derramen alguna sangre; así tributaréis a la diosa religioso homenaje y no carecerá de los honores debidos. Tú, Ifigenia, serás su sacerdotisa en su templo, en las sagradas rocas brauronias, y allí te sepultarán cuando mueras, y te ofrecerán después mantos tejidos con bello estambre las mujeres que perezcan en el parto. Mándote que te lleves también a estas griegas, recompensando su buena voluntad, ¡oh Orestes!; acuérdate que antes te salvé cuando votos iguales te absolvieron y condenaron en el Areópago, como será también salvado todo el que se encontrare en tu caso. Llévate, pues, a tu hermana de este campo, ¡oh hijo de Agamenón!, y tú, Toante, no te enfurezcas.
TOANTE
Reina Atenea, cualquiera que oye las órdenes del cielo y no las obedece, delira. No me encolerizo, pues, contra Orestes ni contra su hermana por haber robado la estatua de la diosa. ¿Quién se atreverá a pelear con tan poderosa deidad? Vayan a tu país con la estatua de Artemisa, y deposítenla en él como desean. Dejaré ir también a estas mujeres a la afortunada Grecia, como me mandas, y daré contraorden al ejército que pensaba capitanear contra los extranjeros, y no se moverán los remos de las naves, si tal es tu buen placer, ¡oh diosa!
ATENEA
Alabo tu docilidad, que el destino es superior a ti y a todos los dioses. Soplad, auras, y llevad en la nave a Atenas al hijo de Agamenón; yo también los acompañaré, guardando la veneranda estatua de mi hermana.
EL CORO
Andad, que os salva hado propicio. Haremos lo que nos ordenas, ¡oh Palas Atenea!, respetable entre los inmortales y los mortales. Grata e inesperada nueva escucharon ha poco mis oídos.[307] ¡Oh victoria muy veneranda!, asísteme mientras viva, y nunca dejes de coronarme.
HELENA
ARGUMENTO
Hera, irritada contra Paris, raptor de Helena, la arrebata de sus manos y deja un su lugar un fantasma que pasa por Helena nada menos que diecisiete años, diez con los troyanos y siete en compañía de su esposo Menelao, después de tomada Troya. Menelao, errante por los mares, arriba al fin con su cónyuge aérea a la isla de Faro, en Egipto, en donde la Helena real había sido confiada por los dioses a Proteo, su rey, para que la guardase. Pero a la muerte de este, su hijo Teoclímeno, enamorado de la pupila de su padre, y no pareciendo a reclamarla Menelao, quiere obligarla a la fuerza a ser su esposa, por cuya razón la perseguida se refugia en el asilo del sepulcro de Proteo. Menelao, con su fantasma, después de su naufragio, la encuentra entonces, desapareciendo la aérea, y se reconocen, y combinan los medios de escaparse de la isla y del poder de Teoclímeno. Y logran cumplidamente su propósito, engañando al enamorado rey con la ayuda de su misma hermana, la profetisa Teónoe, que, sabedora de la venida de Menelao, la oculta a su hermano por respeto a la piedad y justicia de su padre.
En el sentido de llamarse tragedia esta HELENA de Eurípides como representación dramática, destinada a las fiestas de Dioniso, nada tendríamos que decir contra esa palabra; pero en la significación moderna, como obra poética que ofrece y desenvuelve un asunto o fábula triste, es evidentemente impropia, porque su acción no tiene nada trágico, y podría denominarse sin reparo una comedia seria o de enredo. Cierto es que el fondo y los personajes están tomados de los tiempos heroicos, y que los dioses son los verdaderos causantes de todas sus peripecias, pero no lo es menos que la intervención divina de estos tiende a la consecución de un fin ajeno o contrario al de ese linaje de ficciones, deprimiéndolos y realzando a los hombres, y siempre sin acordarse del destino, superior a unos y otros. Todas las desdichas inseparables de la guerra de Troya, inmensas por su calidad, número y extensión para griegos y troyanos, son el resultado inmediato de los celos y de la vanidad de tres diosas principales, que sacrifican a sus rencillas y envidias miserables tantos millares de vidas humanas. En esto insiste el autor, y esto es lo que pone de relieve, no disminuir la excesiva población, ni aun llenar de gloria a Aquiles, como indica.
Apartándose de _La Ilíada_ y de la tradición vulgar, y sin otro fin que dar cualquier base a su creación, apela al extraño recurso de suponer que la Helena robada por Paris era solo una sombra o vano fantasma formado por Hera para anular la obra de Afrodita, agradecida esta al triunfo conseguido por ella contra sus dos rivales en el juicio de Paris. Y si Eurípides no se muestra respetuoso en lo más mínimo con las creencias populares, sino que, al contrario, las desprecia y rechaza, no se piense por esto que aspira en cambio a ganar el título de original, porque la innovación no es tampoco suya, sino de un poeta griego de Himera, en Sicilia, llamado Estesícoro, que murió unos quinientos setenta años antes de Jesucristo, o unos ciento cincuenta antes que Eurípides. Este poeta lírico épico, que escribió dos poemas famosos, _La Orestiada_ y _La Destrucción de Troya_, célebre también como fabulista y autor de himnos en alabanza de los dioses, y de odas en loor de los héroes, fue el inventor primero de esta nueva intriga de Hera. En los caracteres de los dos personajes principales de su tragedia, de Menelao y de Helena, tampoco fue consecuente consigo mismo, porque en _Andrómaca_, por ejemplo, el hermano de Agamenón, en sus acciones y palabras, es lo más abyecto, bajo, cobarde y miserable que puede imaginarse, y su digna esposa Helena, la mujer liviana, ligera y caprichosa por excelencia. El viejo Peleo dispara contra ambos una filípica tremenda, y el ínclito Atrida deja abandonada a su hija Hermíone en mortal peligro. Pero en esta tragedia Menelao es un verdadero héroe, y modelo de castas y fieles esposas Helena.
Acaso en ninguna otra de sus tragedias incurra como en esta en el defecto, que Aristóteles le achaca en su _Poética_, de prescindir de la verosimilitud en el trazado y desarrollo de sus poemas dramáticos. La casualidad, o el arbitrio interesado del autor, lo arregla todo a su conveniencia. Helena ha sido confiada a la guarda de Proteo, rey de Egipto, y allí se conserva incólume hasta que Menelao se pierde en los mares navegando, y naufraga en la costa de Faros, en donde está ella. Teónoe, la profetisa hermana de Teoclímeno, prefiere ayudar a Menelao y a Helena a escaparse, callando la verdad de la llegada de Menelao, que conoce, por amor a la justicia y por respeto a la buena reputación de su padre, porque de lo contrario se venía abajo todo el edificio levantado por Eurípides. Todo el enredo que maquinan los esposos fugitivos es tan burdo que, a no ser Teoclímeno el más torpe y confiado de los enamorados, cuando lo más ordinario es lo opuesto, no lo hubieran engañado ni un solo momento. Y cuando se dispone a perseguirlos se presentan los Dioscuros, y se resuelve satisfactoriamente el conflicto sin más consecuencias. Aquí encontramos también el consabido prólogo, que pronuncia Helena, altares de dioses y suplicantes, harapos y hambre en Menelao, un reconocimiento mutuo de los dos cónyuges separados, no muy expresivo ni rápido, repetidas alusiones a la facilidad y propensión de las mujeres a fraguar mentiras y enredos, fanfarronadas de _miles gloriosus_ en el vencedor de Troya, y hasta doblez y malicia inoportuna en la hija de Zeus y de Leda. Sin embargo, no falta en esta tragedia de Eurípides alguno de esos rasgos dramáticos de fina malicia que lo distinguen, como, por ejemplo, la prisa en bañarse y lavarse juntos los dos esposos antes de emprender su huida.
Léese, no obstante, con gusto toda ella, y nos ofrece situaciones eminentemente dramáticas, no trágicas, sino cómicas, como la de Teoclímeno, aun teniendo en cuenta que su exceso de pasión y su misma ansia de poseer cuanto antes a su amada lo cieguen de una manera tan inexplicable. Los versos citados por Aristófanes de esta tragedia en una de las escenas de _La fiesta de Ceres_, parodiándola, no escasos por cierto, no se hallan en la que nosotros conocemos. ¡Cuánto habrá de esto en lo que se ha conservado de esa riquísima y variada literatura helénica!
De una indicación del mismo Aristófanes en la comedia citada, se conjetura que hubo de escribirse antes del año 413 de nuestra era.
PERSONAJES
HELENA, _hija de Tindáreo, hermana de los Dioscuros y esposa de Menelao._ TEUCRO, _de Salamina, hermano de Áyax._ CORO DE CAUTIVAS GRIEGAS. MENELAO, _esposo de Helena y hermano de Agamenón._ UNA VIEJA, _portera._ UN MENSAJERO. TEÓNOE, _hermana de Teoclímeno, rey de Egipto, santa profetisa._ TEOCLÍMENO, _hijo de Proteo, rey de Egipto._ OTRO MENSAJERO. LOS DIOSCUROS (_Cástor y Pólux_), _hijos de Zeus y de Leda y hermanos de Helena._
La acción es en Egipto, en la isla de Faro, a la desembocadura del Nilo, cerca de la costa.
Se ve en el teatro el palacio del rey de Egipto, y delante, hacia uno de los lados, el sepulcro de Proteo, en el cual yace Helena suplicante.
HELENA