Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 15
Ruégote que no pienses así; yo solo debo sufrir mis males, y si puede ser simple mi pena, no he de duplicarla. Lo que tú miras como horrible y afrentoso, caerá sobre mí si murieses por compartir mis trabajos. Por mí no te aflijas; no es mala mi suerte, que agobiado por tanto infortunio como los dioses me envían, me veré libre de la vida; tú eres feliz, tu familia está pura y contenta, y la mía es desdichada o impía. Cuando, ya en salvo, tengas hijos de la hermana que te di por esposa, durará mi nombre, y mi estirpe no se extinguirá. Vete, pues, y vive y habita el palacio de tu padre. Ruégote suplicante, por esta diestra, que cuando vayas a la Grecia y a la ecuestre Argos me consagres un sepulcro y un monumento, y que mi hermana ofrezca en mi túmulo su cabellera y sus lágrimas; anúnciale mi muerte a manos de cierta mujer argiva, inmolado en el ara. Ni la abandones nunca, recordando siempre que has contraído himeneo con la hija de Agamenón, y que tus nuevos parientes son huérfanos. Y adiós ya; tú has sido mi mayor y más leal amigo, tú me acompañabas en la caza, te educaste conmigo y has sufrido muchos trabajos por compartir mis desdichas. Apolo, dios adivino, nos engañó astutamente, nos ha alejado de la Grecia cuanto ha podido, avergonzado de sus anteriores vaticinios, y por dar crédito a sus palabras y obedecerlas di muerte a mi madre y ahora muero.
PÍLADES
Tendrás el sepulcro que deseas, y nunca abandonaré el lecho de tu hermana, ¡oh desventurado!; más te amaré muerto que vivo. Sin embargo, no puedes decir todavía que te ha perdido el oráculo del dios, aunque estés a la orilla de la tumba: muchas veces, sí, muchas veces gravísima calamidad produce grandes mudanzas si la fortuna lo dispone.
ORESTES
Calla, que inútiles son ahora los vaticinios de Febo; esa mujer sale ya del templo.
IFIGENIA (_a los que han quedado guardando a los cautivos_).
Apartaos, servidores, y preparad allá dentro lo necesario para los que presiden el sacrificio. (_Vase el Coro_). Aquí tenéis las cartas en múltiples rollos, ¡oh extranjeros! Escuchad además: como ninguno es constante en la desgracia, y cuando la confianza sucede al miedo, recelo que, de vuelta a su patria, no se acuerde de mis cartas y no las lleve a Argos.
ORESTES
¿Qué quieres, pues? ¿Qué te inquieta?
IFIGENIA
Ha de jurarme que llevará estas cartas y las entregará a mis amigos de Argos.
ORESTES
Y tú, ¿jurarás cumplir tu promesa?
IFIGENIA
Di, ¿qué he de decir?, ¿qué callar?
ORESTES
Que lo dejarás ir sano y salvo de esta tierra bárbara.
IFIGENIA
Es justo tu deseo. ¿Cómo, pues, de otra manera conseguiría lo que anhelo?
ORESTES
¿Y lo consentirá el tirano?
IFIGENIA
Yo me encargaré de esto y de dejarlo en la nave.
ORESTES
Jura, pues, y formula el piadoso juramento que ha de hacer él.
IFIGENIA
Que diga: «Yo entregaré estas cartas a tus amigos».
PÍLADES
«Entregaré estas cartas a tus amigos».
IFIGENIA
Y yo, en cambio, te facilitaré los medios de dejar las rocas Cianeas.
PÍLADES
¿Y a qué dios pones por testigo de tus juramentos?
IFIGENIA
A Artemisa, cuya sacerdotisa soy en este templo.
PÍLADES
Y yo al rey del cielo, al venerando Zeus.
IFIGENIA
¿Y si me faltas y no cumples tu juramento?
PÍLADES
Que no vuelva a mi patria. ¿Y tú, si no me salvas?
IFIGENIA
Que nunca vea la tierra de Argos.
PÍLADES
Oye ahora algo que pasamos por alto.
IFIGENIA
Seguramente no hay frases inoportunas si son útiles.
PÍLADES
Concédeme, sin embargo, que si sucede algún percance a la nave, y la mar borra tus cartas y se traga mis riquezas y yo solo me salvo, que no valga mi sagrada promesa.
IFIGENIA
¿Y sabes tú lo que haré? Cuanto mayor es nuestra prevención, más fácilmente realizamos nuestros deseos. Te diré lo que he escrito en las cartas, para que puedas referirlo a los amigos; así no hay temor alguno, y si las salvas, ellas dirán calladas lo que quiero; y si la mar las borra y tú te libras de la muerte, no lo olvidarás.
PÍLADES
Bien miras de este modo por mí y por los dioses. Indícame, pues, a quién debo entregarlas en Argos, y lo que he de decir de tu parte.
IFIGENIA
Anuncia a Orestes, hijo de Agamenón, «que estas cartas son de Ifigenia, viva, la sacrificada en Áulide, aunque crean lo contrario los que ven allí la luz».
ORESTES
¿Y en dónde está? ¿Resucitó acaso después de muerta?
IFIGENIA
Yo soy Ifigenia; no me interrumpas con tus preguntas. «Llévame a Argos, ¡oh hermano mío!, de esta tierra bárbara antes que muera, y líbrame de las víctimas de la diosa en cuyo honor sacrifico a los extranjeros...».
ORESTES
¿Qué te parece, Pílades? ¿En dónde estamos?
IFIGENIA
«O lanzaré, Orestes, imprecaciones contra tu familia». Repito dos veces su nombre para que no se te olvide.
ORESTES
¡Oh dioses!
IFIGENIA
¿Por qué invocas a los dioses, tratando solo de mis asuntos particulares?
ORESTES
Prosigue, no es nada; me había distraído. Preguntando después, averiguaré cosas increíbles.
IFIGENIA
Dile que Artemisa me salvó poniendo en mi lugar una cierva, a la cual mató mi padre creyendo que desenvainaba contra mí su espada, y después me trajo aquí. Tal es el contenido de mi carta.
PÍLADES
¡Oh, con qué juramento tan fácil de cumplir me obligaste, y cuán grata es la condición que fijaste al hacer el tuyo! No tardaré mucho en verme libre de ese sagrado lazo. He aquí cómo llevo tu carta y te la entrego, ¡oh Orestes!, de parte de tu hermana.
ORESTES
La acepto; dejaré, pues, a un lado las plegadas cartas, y gozaré de este placer, y no, en verdad, con meras palabras. ¡Oh hermana muy querida!; aunque mi sorpresa es grande, te estrecharé sin embargo en mis brazos. Increíble es lo que me pasa; disfrutaré de este puro goce oyendo milagros portentosos.
EL CORO
No profanes, extranjero, a la sacerdotisa de la diosa, abrazando su manto, que no debes tocar.
ORESTES
¡Oh hermana!, hija como yo de mi padre Agamenón; no me rechaces, ya que encuentras un hermano que nunca creíste ver más.
IFIGENIA
¿Eres tú mi hermano? ¿Te atreves a repetirlo? Él recorre ahora el campo argivo y la tierra de Nauplia.[292]
ORESTES
No es allí donde está tu hermano, ¡oh desdichada!
IFIGENIA
¿Pero te dio a luz la lacedemonia hija de Tindáreo?
ORESTES
Mi padre fue el nieto de Pélope.
IFIGENIA
¿Qué dices? ¿Puedes probármelo de alguna manera?
ORESTES
Sí; pregunta lo que quieras del palacio paterno.
IFIGENIA
Tú debes hablar y yo oír.
ORESTES
Te diré primero lo que me contó Electra. ¿Tienes tú noticia de la lucha fratricida de Atreo y Tiestes?
IFIGENIA
La oí; fue por la posesión del vellocino de oro.
ORESTES
¿Y sabes que la representaste en bellas telas, tejidas de tu mano?
IFIGENIA
¡Oh tú, el muy amado, ya tocas mi corazón!
ORESTES
¿Y el retroceso del sol, también figurado en ella?
IFIGENIA
Obra fue también de mis manos ese sutil tejido.
ORESTES
¿Te bañó tu madre en Áulide?
IFIGENIA
Sí; y un ilustre himeneo no logró impedirlo.[293]
ORESTES
¿Que dices a esto? ¿No cortaste tu cabellera para entregarla a tu madre?
IFIGENIA
Seguramente: como recuerdo mío, para depositarla en el sepulcro en vez de mi cuerpo.
ORESTES
Te daré otras pruebas. Yo mismo he visto en tu aposento virginal la antigua lanza de Pélope, que se conservaba en el palacio de mi padre, con la cual consiguió la mano de Hipodamía,[294] después de matar a Enómao.
IFIGENIA
¡Oh tú, el más querido Orestes, eres el muy amado Orestes; al fin te veo, tanto como te he deseado, y lejos del suelo patrio, muy lejos de Argos!
ORESTES
Y yo a ti, muerta en opinión de los hombres. Lágrimas de alegría, copioso llanto, con gozo derramado, humedecen tus ojos y los míos.
IFIGENIA
Entonces te dejé, entonces te dejé, tierno niño, en brazos de tu nodriza, en el palacio. ¡Oh fortuna feliz, más de lo que puede expresarse! ¿Qué podré decir? Más que milagro, superior a todo encarecimiento, es lo que nos sucede.
ORESTES
Que en adelante seamos dichosos, viviendo juntos.
IFIGENIA
Placer inagotable he recibido, ¡oh mis amigas!; ahora temo que mi hermano huya de mis brazos, volando por los aires. ¡Oh lares ciclópeos, oh patria, oh Micenas amada, a ti te debo la vida, a ti la educación de mi hermano, astro de mi linaje!
ORESTES
Afortunados fuimos por nuestro nacimiento; pero las desdichas, ¡oh hermana!, han hecho infeliz nuestra vida.
IFIGENIA
Bien lo supe yo cuando mi padre, víctima de su destino, acercó a mi cerviz la espada.
ORESTES
¡Ay de mí! Paréceme que allí te veo, aunque no lo presenciara.
IFIGENIA
Cuando bajo pretexto de casarme con Aquiles me llevaban al supuesto aposento nupcial, y en torno del ara solo había lágrimas y sollozos. ¡Ay de mí, ay de mí, qué agua lustral me aguardaba allí!
ORESTES
La audacia de mi padre me hizo llorar también.
IFIGENIA
¡Indigno, sí, indigno de un padre fue ese atentado! Pero los males se suceden unos a otros.
ORESTES
Ciertamente, hubiera sido horrible, ¡oh mísera hermana!, que hubieses sacrificado a tu hermano por decreto de algún dios.
IFIGENIA
Tan atroz crueldad habría puesto el colmo a mis desdichas. Espantoso, sí, espantoso sin duda fuera mi delito, ¡ay de mí, oh hermano! Con trabajo evitaste muerte impía de mi misma mano. Pero ¿cuál será ahora el fin de tantas calamidades? ¿Cuál mi suerte? ¿De qué medio me valdré para salvarte y conducirte a Argos desde esta región y desde el borde de la tumba, antes que la cuchilla derrame tu sangre? Probar debes, ¡oh alma mísera!, si por tierra (no en la nave) y con veloz carrera, puedes escaparte de este mortal peligro, atravesando naciones bárbaras y sendas intransitables. Larga es la ruta por la mar, y difícil el paso por el angosto escollo cianeo. ¡Mísera, mísera! ¿Qué dios, qué hombre, qué casualidad inesperada nos abrirá feliz camino, mostrando el término de tantos males a estos dos últimos Atridas?[295]
EL CORO
Yo misma acabo de presenciar uno de los sucesos más sorprendentes, superior a todo encarecimiento: me guardaré bien de publicarlo.
PÍLADES
Justo es, ¡oh Orestes!, que amigos que se encuentran se abracen mutuamente; pero ahora, y dejando ya de llorar, es preciso que salgamos de esta tierra bárbara, ya que nos hemos salvado con tanta gloria. Es de varones sabios no apartarse del rumbo que traza la fortuna, seducidos por deleites intempestivos.
ORESTES
Has dicho bien; creo que la suerte nos protege y, por tanto, si nos aprovechamos de ella pronto, será más eficaz su protección.
IFIGENIA
Nada me impide averiguar ahora, nada se opone a que me digas qué ha sido de Electra; mucho me alegraré de saberlo.
ORESTES
Con este vive, y es feliz.
IFIGENIA
¿De dónde es tu compañero? ¿Quién es su padre?
ORESTES
Su padre se llama Estrofio el focidio.
IFIGENIA
¿Es, pues, mi pariente, por su madre la hija de Atreo?[296]
ORESTES
Primo tuyo, sin duda, mi solo y único amigo.
IFIGENIA
Νo había, pues, nacido cuando me sacrificó mi padre.
ORESTES
No; algún tiempo estuvo Estrofio sin hijos.
IFIGENIA
Yo te saludo, esposo de mi hermana.
ORESTES
Y salvador mío, no solo pariente.
IFIGENIA
¿Y cómo osaste cometer tales atrocidades contra una madre?
ORESTES
No hablemos de ello: por vengar la muerte de mi padre.
IFIGENIA
¿Y por qué mató ella a su marido?
ORESTES
Te repito que no hablemos de mi madre; indecoroso es para tus oídos.
IFIGENIA
Callo. ¿Ahora Argos cifra en ti sus esperanzas?
ORESTES
Menelao manda en ella; yo estoy desterrado de mi patria.
IFIGENIA
¿Tu tío agrava, pues, las calamidades de su familia?
ORESTES
No; el terror que me infunden las Furias me aleja de mi patria.
IFIGENIA
A él aludían, sin duda, al decir que delirabas en la orilla del mar.
ORESTES
No es esa la vez primera que me han visto presa de esa desdicha.
IFIGENIA
Ya entiendo; te atormentaban las diosas vengadoras de tu madre.
ORESTES
Hasta un extremo indecible me subyugan con sangriento freno.
IFIGENIA
¿Y por qué has venido aquí?
ORESTES
Por obedecer un oráculo de Febo.
IFIGENIA
¿Y qué pensabas hacer? ¿Puedes decirlo, o debes callarlo?
ORESTES
Lo diré. Ese oráculo ha sido para mí causa de muchos disgustos. Después que castigué las faltas de mi madre, que omito, andaba desterrado, perseguido por los remordimientos de las Furias, y Febo me envió entonces a Atenas para aplacar a las diosas sin nombre. Hay allí un santo Tribunal fundado por Zeus en otro tiempo para juzgar a Ares, que había manchado sus manos.[297] Cuando llegué, nadie me quiso recibir en su casa, mirándome como a un ser detestado de los dioses; los más compasivos me dieron mesa hospitalaria, en donde yo solo me sentaba, aunque vivían bajo el mismo techo, y me acompañaron silenciosos, no queriendo que hablase con ellos ni gustase de sus bebidas y manjares; y con este objeto todos tenían vaso aparte e igual, y en él vertían el vino y lo saboreaban. Yo no osaba reconvenirlos, sino que callado lo sentía, y fingía no repararlo, y gemía mucho, acordándome del asesinato de mi madre. Me han dicho que en memoria de mis calamidades los atenienses han instituido solemne aniversario, y que el pueblo de Palas todavía guarda la costumbre de celebrar la fiesta de las copas que hacen un congio.[298] Después que llegué al túmulo de Ares y asistí al juicio, yo en un asiento y en el otro la mayor de las Furias, habló Apolo, y presenció los trámites seguidos para fallar mi parricidio, y me salvó, sirviéndome de testigo, y Palas contó por sí misma los sufragios iguales por ambas partes, y escapé vencedor de este peligro inminente. Resolvieron que se consagrase un templo cerca de la misma curia a las Euménides que se sometieron al fallo del Tribunal; pero las que no se conformaron con la sentencia, me atormentaban siempre con su incesante persecución, hasta que volví a la tierra santa de Febo, y prosternándome ante el vestíbulo de su templo y ayunando, juré que allí mismo me arrancaría la vida si el que me había perdido no me protegía. Entonces, haciendo oír su voz desde el dorado trípode, me mandó venir aquí y que robase la estatua que había caído del cielo y la llevase al país de los atenienses. Ayúdame tú, pues, a recobrar mi salud, como el dios ha prometido; porque si nos apoderamos de la estatua, me veré libre de mi locura, y llevándote en un bajel de muchos remos, verás segunda vez a Micenas. Así, hermana amada, salva a tu familia, salva a tu hermano; perecerá cuanto me pertenece y el linaje de los Pelópidas si no nos acompaña la estatua celestial de la diosa.
EL CORO
Grande fue la ira de los dioses contra el viejo Tántalo, y lo agobiaron con terribles desdichas.
IFIGENIA
Antes que vinieras deseaba ir a Argos y verte, ¡oh hermano! Lo que tú quiero; que libre de tus males yo sea la columna que ha de sostener el palacio afligido de mi padre, puesto que no soy su enemiga por haberme condenado a muerte. No ensangrentaré en ti mis manos, y salvaré tu linaje. Pero temo a la diosa, temo al rey cuando note la falta de la estatua en el templo de Artemisa. ¿Cómo entonces podré evitar la muerte? ¿Cuál será mi excusa? Si consiguiéramos robar la imagen de la diosa y huir en tu nave de bella popa, nos expondríamos a un peligro glorioso; pero separada de ella, pereceré sin duda, y tú, logrado tu objeto, volverás a tu patria. Pero nada rehuiré por salvarte, ni aun la muerte. Mucha falta hace a la familia el hombre que se muere; pero la mujer vale poco.
ORESTES
Nunca seré causa de tu ruina, como lo fui de la de mi madre; basta un asesinato; quiero vivir o morir contigo. Te llevaré a Argos si aquí no sucumbo, o nos guardará el mismo sepulcro. Pero oye mi parecer: si Artemisa fuese contraria a nuestros proyectos, ¿cómo había de mandar Apolo que trasladase su estatua a la ciudad de Palas y que yo te encontrase? Reflexionando, pues, en todo esto, espero volver.
IFIGENIA
¿Cómo es posible que no perezcamos y que realicemos nuestros deseos? Es la grave dificultad que se opone a nuestro regreso, que voluntad no nos falta.
ORESTES
¿Podríamos matar al tirano?
IFIGENIA
Cruel sería que quienes nos dan hospitalidad muriesen a manos de advenedizos.
ORESTES
Pero debemos intentarlo, si es el único medio de salvarnos.
IFIGENIA
Yo no podría hacerlo, aunque alabe tu decisión.
ORESTES
¿Y si me ocultas en el templo?
IFIGENIA
¿Para escaparnos, favorecidos de las tinieblas?
ORESTES
Sí; la noche protege a los ladrones y la luz es amiga de la verdad.
IFIGENIA
Hay en el templo guardianes que no engañaremos.
ORESTES
¡Ay de mí! Segura es nuestra muerte. ¿Cómo, pues, huiremos?
IFIGENIA
Se me ocurre una buena idea.
ORESTES
¿Cuál? Particípamela sin tardanza.
IFIGENIA
Tu misma desdicha servirá para engañarlos.
ORESTES
Ingeniosas son las mujeres en urdir intrigas.
IFIGENIA
Diré que has venido de Argos por haber asesinado a tu madre.
ORESTES
Utiliza mis males en provecho tuyo.
IFIGENIA
Diré que con esa mancha no es lícito sacrificarte a la diosa.
ORESTES
¿Y qué pretextarás? Algo sospecho.
IFIGENIA
Que es preciso lavar tu mancha y después darte muerte.
ORESTES
¿Y cómo de esta manera nos será más fácil apoderarnos de la estatua?
IFIGENIA
Diré que quiero purificarte en las ondas del mar.
ORESTES
Pero está dentro la estatua por la cual vine.
IFIGENIA
Y diré que quiero lavarla, porque tú la has profanado.
ORESTES
¿En dónde? ¿Dijiste que en las húmedas olas del mar?
IFIGENIA
En donde está sujeta tu nave con cables de lino.
ORESTES
¿Y llevarás tú la estatua, o algún otro?
IFIGENIA
Yo, solo yo puedo tocarla.
ORESTES
¿Y qué haremos de Pílades?
IFIGENIA
Diré que sus manos están manchadas como las tuyas.
ORESTES
¿Sabiéndolo el rey, o ignorándolo?
IFIGENIA
Yo lo persuadiré, pues aunque quisiera no podría ocultárselo.
ORESTES
Numerosos remeros hay en nuestra nave.
IFIGENIA
Tú cuidarás de lo demás.
ORESTES
Solo falta que estas mujeres guarden silencio. Ruégales, pues, con frases persuasivas, que la mujer, cuando quiere, sabe excitar la compasión.
IFIGENIA
¡Oh esclavas muy queridas! A vosotras me dirijo, y de vosotras depende que prosperen mis proyectos o que se desvanezcan como el humo, y me quede sin patria, sin mi hermano amado y sin una hermana adorada. Tal es el exordio de mi discurso; todas somos mujeres y nos amamos unas a otras, y nadie nos aventaja en callar lo que nos interesa. Silencio, pues, y ayudadnos en nuestra fuga. Joya preciosa es la discreción. Reflexionad en la suerte que aguarda a tres seres muy amados: o regresar a su patria, o morir todos a un tiempo. Salvándome yo, tú participarás de mi ventura, y conmigo volverás a Grecia. Por tu diestra, pues, te ruego, y a ti, y a ti, por tu rostro y tus rodillas, y por las caras prendas que dejasteis en vuestros hogares, por vuestra madre y vuestro pudre y por vuestros hijos, si los tenéis. ¿Qué decís? ¿Cuál de vosotras aprueba, cuál se opone a mis proyectos? Decidlo. Si no os conformáis con ellos, pereceremos yo y mi mísero hermano.
EL CORO
Confía en nosotras, dueña querida, y atiende solo a tu salvación, que yo callaré cuanto te interese. A Zeus pongo por testigo de que haré lo que me ruegas.
IFIGENIA
Premio tengan tan gratas palabras, y que seáis felices. Debéis entrar en el templo, que no tardará en venir el rey a averiguar si se ha celebrado el sacrificio de los extranjeros. ¡Oh tú, veneranda!, que en el seno de Áulide me libraste de las manos mortíferas de mi padre, sálvame también ahora, y conmigo a estos, o por tu causa los oráculos de Apolo no tendrán crédito entre los hombres. Que favorezcas tu huida de esta tierra bárbara a Atenas; no debes habitar aquí, sino en una tierra afortunada.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh alción!,[299] ave que en los peñascosos escollos del Ponto cantas tu triste destino con voz bien conocida de los prudentes, siempre llorando a tu marido; acompáñame en mi llanto, que yo, pájaro sin alas,[300] suspiro por las asambleas de los griegos, por Artemisa Lucina,[301] que habita junto al collado Cinto,[302] en donde ostenta la palma su delicada cabellera, el laurel sus ramos, su sagrado fruto el verde olivo, amado por Leto[303] en su parto, y la laguna que revuelve sus aguas en círculo, mientras el cisne canoro rinde homenaje a las musas.
_Antístrofa_ 1.ª — ¡Oh lágrimas abundantes, que corristeis por mis mejillas cuando derribadas las torres de mi patria subí a las naves, llenas de remeros y de lanzas! Vendida a gran precio de oro vine a esta tierra bárbara, para servir a la hija de Agamenón, sacerdotisa virgen de la diosa que mata a los ciervos, y en los altares en donde se sacrifican ovejas, alabando mi suerte perpetuamente miserable, porque las penas no afligen cuando desde la cuna nos rodean. Pero la felicidad es inconstante, y cuando la aflicción viene después de la dicha, la vida es intolerable al hombre.
_Estrofa 2.ª_ — Que la nave argiva, ¡oh señora!, armada de cincuenta remos, te lleve a tu patria, y que alivie el trabajo del remero el sonido de la flauta del rústico Pan, trabada con cera, y que el profeta Febo, cantando acompañado de la canora lira de siete cuerdas, te conduzcan sin contratiempo a la fértil Atenas. Déjame aquí, y que al compás de impetuosos remos las cuerdas extiendan las hinchadas velas en la extremidad de la quilla, mientras esta surca ligera las olas.
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que yo vuele al esplendido circo del aire, ruta que sigue el ardiente fuego del sol, y que cese el batir de mis alas al llegar a mi aposento nupcial, y asista a los coros de otro tiempo, cuando virgen digna de noble esposo rivalizaba en grupos bellos con mis compañeras en presencia de mi madre, dando sombra a mis mejillas mi velo, y mis rizos y mis cabellos, brillantemente exornados![304]
TOANTE
¿En dónde está la griega que guarda este templo? ¿Celebró ya el sacrificio de los extranjeros? ¿Arden sus cuerpos en el sagrado vestíbulo?
EL CORO
Aquí está, ¡oh rey!, quien te contestará como deseas.
TOANTE
Veamos, pues. ¿Por qué, ¡oh hija de Agamenón!, llevas en tus brazos la estatua de la diosa, que no debe moverse de su asiento?
IFIGENIA
¡Oh rey!, detente a la entrada del templo.
TOANTE
¿Qué hay de nuevo en él?
IFIGENIA
Se ha cometido un sacrilegio: tal es el nombre que da la religión a ese atentado.
TOANTE
¿Qué novedad me anuncias?
IFIGENIA
Impuras son las víctimas que me has traído, ¡oh rey!
TOANTE
¿Quién te lo ha dicho? ¿Es esa tu opinión?
IFIGENIA
Retrocedió la estatua de la diosa.
TOANTE
¿Por sí misma o por temblor de tierra?
IFIGENIA
Por sí misma, y cerró sus ojos.
TOANTE
¿Y cuál es la causa? ¿Acaso la profanación de los extranjeros?
IFIGENIA
Tal es, y no otra: cometieron abominaciones.
TOANTE
¿Mataron acaso algún bárbaro en la orilla del mar?
IFIGENIA
Vinieron aquí manchados con la sangre derramada en su patria.
TOANTE
¿En dónde? Yo deseo saberlo.
IFIGENIA
Hundieron sus espadas en el pecho de su madre.
TOANTE
¡Oh Apolo! Ni aun los bárbaros hubiesen cometido acción tan criminal.
IFIGENIA
Han sido desterrados de toda la Grecia.
TOANTE
¿Y por esto sacas la estatua del templo?
IFIGENIA
Sí, al aire santo, para alejarla del contacto de los asesinos.
TOANTE
¿Y cómo has averiguado el nefando crimen de los extranjeros?
IFIGENIA
Averigüelo cuando anduvo hacia atrás la estatua de la diosa.
TOANTE
Sabia te hizo la Grecia. ¡Qué bien lo has conocido!
IFIGENIA
Y ahora poco intentaron seducirme con dulces halagos.
TOANTE
¿Anunciándote alguna grata nueva de Argos?
IFIGENIA
Que mi hermano Orestes vivía.
TOANTE
Pero tú les replicarías con sensatez, alegando el sacerdocio que debes a la diosa.
IFIGENIA
Como quien detesta a toda la Grecia, que me perdió.
TOANTE
¿Y qué haremos, di, con los dos extranjeros?
IFIGENIA
Observar nuestra antigua ley.
TOANTE
¿Y por qué están ociosas la cuchilla y el agua lustral?
IFIGENIA
Quiero antes lavarlos, purificándolos, según ordena nuestra religión.
TOANTE
¿Con agua de fuente o de la mar?
IFIGENIA
El mar lava todos los crímenes.
TOANTE
Más santas serán las víctimas que han de sucumbir.
IFIGENIA
Y mejor conseguiré mi deseo.
TOANTE
¿No se estrellan las olas en el templo?
IFIGENIA