Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)

Part 14

Chapter 143,981 wordsPublic domain

Cantos que respondan a los tuyos, e himno asiático en bárbaro lenguaje haré oír, ¡oh señora!, musa lúgubre, grata a los muertos, tristes versos que a Hades deleitan. ¡Ay de mí! Desapareció el astro que iluminaba el augusto palacio de los Atridas, ¡ay de mí!, tu hogar paterno. ¿Quién, pues, ahora empuñará el cetro de los reyes famosos de Argos? Una pena sucede a otra desde que, torciendo las riendas de sus veloces caballos, el Sol se alejó, y apartó, indignado de tus progenitores, su sagrado y brillante rostro.[281] Un dolor sucede a otro en su palacio, a causa del vellocino de oro; un asesinato a otro, a un llanto otro llanto, y de aquí que el funesto destino asentara su planta en la mansión de los Tantálidas, que ya perecieron, y con triste ímpetu te haya acometido numen nefando.

IFIGENIA

Desde el principio, y desde el himeneo de mi madre, ha sido adversa mi suerte, y desde la noche aquella en que las Parcas, que presiden al nacimiento, decretaron que yo viviera vida amarga, primogénita de la infortunada hija de Leda, que me concibió en mal hora en su tálamo, y me dio a luz y me educó para ser víctima de la debilidad de mi padre, quien me había de sacrificar cruelmente, y llevándome, en cumplimiento de su voto, a las arenas de Áulide en su carro ecuestre, como prometida, ¡ay!, como infeliz esposa del nieto de Nereo. Extranjera ahora en el inhospitalario Ponto, habito lúgubre mansión, sin esposo ni hijos, sin patria, sin amigos, cuando tantos amigos solicitaban mi mano; no cantando himnos a la argiva Hera, ni tejiendo con la lanzadera en finas telas la imagen de Palas Ática y de los Titanes,[282] sino manchando las aras de Artemisa con sangre, después de dar a los extranjeros deplorable muerte, y oyendo sus clamores, que mueven a lástima, y contemplando las lágrimas tristes que derraman. Y ahora me olvido de estos males, y lloro a un hermano, muerto en Argos, que dejé tierno infante, todavía en la lactancia, cara prenda en los brazos y en el seno de su madre, Orestes, en fin, que en Argos debía empuñar el cetro.

EL CORO

Desde la orilla del mar viene hacia aquí un pastor, quizá a anunciar alguna nueva importante.

EL PASTOR

Hija de Agamenón y de Clitemnestra, oye la noticia que voy a darte.

IFIGENIA

¿Quién osa interrumpirme en este momento?

EL PASTOR

Dos jóvenes fugitivos han arribado a esta región, a las Cianeas Simplégades, sacrificio y víctimas agradables a Artemisa. Prepara, pues, desde luego el agua lustral y las ofrendas.

IFIGENIA

¿De qué país? ¿Cómo se llama la patria de esos extranjeros?

EL PASTOR

Son griegos; solo sé esto y nada más.

IFIGENIA

¿Dices que ignoras sus nombres?

EL PASTOR

Uno llamaba Pílades al otro.

IFIGENIA

¿Y cuál era el nombre de su compañero?

EL PASTOR

No lo sé; no lo hemos oído.

IFIGENIA

¿Cómo los descubristeis y los cautivasteis?

EL PASTOR

En la extrema orilla del inhospitalario estrecho.

IFIGENIA

Pero vosotros los pastores, ¿qué hacíais en la mar?

EL PASTOR

Fuimos a lavar en sus olas los bueyes.

IFIGENIA

Dejemos eso, y dime ahora, para satisfacer mi curiosidad, de qué manera los cautivasteis. Largo tiempo hacía que no llegaban los griegos para regar el ara de la diosa con torrentes de sangre.

EL PASTOR

Cuando llevábamos a los bueyes selvícolas al mar que baña las Simplégades, llegamos a cierta caverna, abierta por el continuo embate de las olas, abrigo de pescadores de púrpura. Aquí vio a los dos jóvenes uno de nuestros compañeros, y retrocedió, desandando el camino con la punta de los pies, y dijo: «¿No veis? Ahí habitan ciertas deidades». Otro, el más religioso, alzó las manos y los adoró así al verlos: «¡Oh Palemón soberano,[283] hijo de la marina Leucótoe, patrono de los navegantes!, muéstratenos propicio, ya sean los Dioscuros quienes yacen en la ribera, ya los hijos amados de Nereo,[284] padre del noble coro de las cincuenta nereidas». Pero otro, vano, audaz e impío, se burló de sus plegarias, y dijo que los de la gruta eran náufragos, y que allí se ocultaban, sabedores de la costumbre observada entre nosotros de sacrificar extranjeros. Casi todos creíamos que tenía razón, y que debíamos apoderarnos de estas víctimas y traerlas, como siempre, a la diosa. Mientras tanto, uno de los peregrinos dejó la roca, se detuvo un poco, movió la cabeza a un lado y a otro, gimió y se estremeció su cuerpo como presa del delirio, clamando a modo de cazador: «¿La ves, Pílades? ¿No ves este dragón del Orco que intenta matarme, armado de horrendas víboras? ¿Y esta que espira fuego y muerte y sacude las alas que se destacan de su ropaje, llevando a mi madre en sus brazos, y quiere lanzarme este peñasco? ¡Ay de mí! ¡Me matará! ¿Adónde huiré?». Sin embargo, nada se veía, confundiendo él el mugido de los novillos y el ladrar de los perros con los aullidos semejantes que, según se dice, dan las Furias. Nosotros, entretanto, aterrados y suspensos, permanecíamos quietos y en silencio. Pero él, desenvainando la espada, arremetió como un león a los novillos, los hirió en el vientre con su acero, atravesoles los costados, creyendo espantar a las Furias, hasta el extremo de llegar la sangre al mar. Todos entonces se armaron, viendo el estrago que hacía en los rebaños, y tocamos los caracoles, llamando en nuestra ayuda a los indígenas, pues contra peregrinos robustos y llenos de vida podrían poco débiles pastores. Muchos, en efecto, nos reunimos en breve. El extranjero cayó al fin víctima de su locura, arrojando espuma por la boca. Cuando lo vimos en tierra en sazón tan oportuna, todos nos pusimos a la obra, y juntamos piedras, tirámoslas, y lo herimos; el otro extranjero lo cuidaba y atendía, protegiéndolo la tela bien urdida de su vestido, y examinaba solícito sus heridas, y le prodigaba los tiernos desvelos de un leal amigo. Recobrando luego el juicio, se levantó del suelo, observó la muchedumbre de enemigos que les acometía, y presintiendo la calamidad que les amenazaba, gimió. Mas nosotros no cesamos de tirarle piedras a porfía. Entonces oímos esta exhortación atroz: «Moriremos, Pílades, pero con el honor posible; sígueme, esgrimiendo en tu diestra la espada». Cuando se adelantaron hacia nosotros vibrando sus armas, huimos y nos refugiamos en las frondosas selvas. Pero si alguno se intimidaba, los demás, amenazándole de cerca, le obligaban a la fuerza a volver, y si unos eran rechazados, los de reserva volvían a la carga con nuevas pedradas. Increíble parece que, siendo nosotros tantos, ninguno pudiese herir mortalmente a las víctimas de la diosa. Con trabajo, al cabo, y faltándonos valor, los cautivamos, y cercándolos a pedradas, hicimos caer las espadas de las manos, obligándolos por el cansancio a arrodillarse en tierra. Llevámoslos, pues, a la presencia del rey, los vio y te los envió inmediatamente para que los purifiques e inmoles. Debes desear, ¡oh virgen!, que se repitan estos sacrificios, porque si das muerte a tales extranjeros, la Grecia pagará la que quiso darte, y expiará la pena del crimen cometido en Áulide.

EL CORO

Maravilloso es lo que has contado del extranjero, sea quien fuere, venido de la Grecia al inhospitalario Ponto.

IFIGENIA

Bien está; vete y trae a los extranjeros; yo cuidaré de lo demás. ¡Oh corazón desdichado, antes afable y misericordioso con las víctimas! Solías derramar lágrimas por tus compatriotas siempre que caían en tus manos; pero como ahora, y en vista de los sueños que me han asustado, creo que Orestes no ve ya la luz del sol, no os miraré con benevolencia, cualquiera que seáis. Es una verdad, y yo la he experimentado, ¡oh amigas!, que los infelices no quieren bien a los venturosos. Mas ni llegó nunca a esta costa inhospitalaria el viento de Zeus,[285] ni nave que, atravesando los escollos de las Simplégades, trajese a Menelao ni a Helena, que me perdieron, para vengarme de ellos, y que encontrasen aquí otra Áulide en vez de aquella en donde me sacrificaron los hijos de Dánao como a cautiva ternerilla, sacrificándome el mismo padre que me engendró. ¡Ay de mí! No olvido aquellos males y las veces que mis manos tocaron su rostro, y que me abracé a las rodillas de mi padre, diciéndole: «¡Oh padre!, hicísteme contraer vergonzoso himeneo, y mientras tú me matas, mi madre y las argivas celebran mis bodas,[286] y en todo el palacio resuenan la flauta y los cánticos, y tú me sacrificas sin piedad. Hades era, pues, Aquiles, no el hijo de Peleo, el esposo que me habías anunciado; en carro me trajiste por engaño a sangrientas bodas». Y yo, al ponerme el sutil velo, no tomé en mis brazos a mi hermano, el que pereció hace poco, ni de vergüenza besé a mi hermana, creyendo encaminarme al palacio de Peleo; y no me despedí de muchas, pensando en mi pronto regreso a la ciudad de Argos. ¡Oh mísero Orestes, si has muerto, perdiste envidiable suerte y la herencia afortunada de tu padre! No alabo el siniestro placer de una diosa que aleja de su ara a cualquier mortal, considerándolo impuro, ya haya derramado sangre, ya sufrido los dolores del parto, o tocado algún cadáver con sus manos, y, sin embargo, se deleita con víctimas humanas. De ningún modo Leto, esposa de Zeus, ha dado a luz tan necia deidad. Increíble, en verdad, me parece el festín que dio Tántalo a los dioses, y que ellos disfrutaran comiendo un niño, y más bien creo que los moradores de esta región, para excusar sus homicidios, atribuyen a una divinidad su delito. A mi juicio, ningún dios es malo.[287] (_Ifigenia se calla, esperando a los extranjeros_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Cerúleas, cerúleas olas del mar, en donde Ío,[288] abrasada por el delirante estro, voló desde Argos al estrecho Euxino, y lo pasó, viniendo al Asia desde Europa, ¿quiénes son los que dejando el caudaloso Eurotas,[289] de verdes cañas, o las aguas sagradas de Dirce, arribaron, arribaron a una tierra insociable, en donde divina doncella riega con sangre humana las aras y los templos cercados de columnas?

_Antístrofa 1.ª_ — ¿Navegaron acaso a fuerza de impetuosos remos de abeto, que resonaban a compás a los dos costados de la nave, llenando el viento las velas, ávidos de riquezas, para llevar la abundancia a sus hogares? La dulce esperanza se torna insaciable en los hombres, en daño suyo, cuando traen la carga de sus tesoros, después de andar errantes por las olas y recorriendo bárbaras ciudades con vanas ilusiones. Vehementes son unos con su avaricia, y otros más moderados.

_Estrofa 2.ª_ — ¿Cómo atravesaron los peñascos que se juntan,[290] cómo los escollos Fineos, nunca tranquilos, navegando cerca de la orilla en las revueltas olas de Anfitrite, en donde los coros de las cincuenta doncellas nereidas danzan a la redonda, mientras llenaba el viento las velas y rechinaba el timón que gobierna en la popa, ya impelida por las auras del Noto, o por los soplos del Céfiro, para arribar a una región abundante en aves, a la isla de Leuca, célebre estadio de las carreras de Aquiles en el Ponto Euxino?

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que se realizasen los deseos de mi señora querida, y por alguna casualidad viniese aquí Helena, hija amada de Leda, dejando la ciudad troyana para rociar su cabello con el agua lustral, precursora de la muerte, y que mis manos la degollaran, sufriendo las penas que debe! Dulcísima nueva sería para nosotras que de la Grecia llegase algún navegante a poner término a mis trabajos y a mi desdichada servidumbre. Que en sueños siquiera me vea yo en la casa mía y en mi patria, para oír suave canto, deleite de los afortunados.

_Epodo._ — Pero he aquí a los extranjeros, atadas sus manos con dobles lazos, nuevas víctimas para la diosa. Callad, amigas. Ya mis compatriotas se acercan al templo, confirmando los anuncios del pastor. ¡Oh numen venerando!, si te es grata tal ofrenda, acepta las víctimas que te presentamos en observancia de nuestras costumbres, aun cuando no sean para los griegos hijas de la piedad.

IFIGENIA (_a los que traen a los cautivos_).

Vamos, pues; mi primer cuidado es que nada falte al culto de la diosa. Desatad las manos de los extranjeros, que, consagrados, ya no han de estar así. Entrad en el templo, preparad lo que sea necesario para esta ceremonia, y lo que el ritual ordena. (_Vanse_). ¡Hola! ¿Qué madre os dio a luz en otro tiempo? ¿Cuál es vuestro padre?, ¿cuál vuestra hermana, si acaso la tenéis? ¡Qué dos jóvenes hermanos va a perder! ¡De qué hermanos quedará huérfana! ¿Quién está seguro de los golpes de la fortuna? ¿Quién sabe lo que le aguarda? Impenetrables son los decretos del destino; todos ignoran sus desdichas futuras, y la ciega deidad nos arrastra a desconocido abismo. ¿De dónde venís, extranjeros desventurados? ¡Qué larga navegación habéis traído para arribar a este país, y cuán eternamente estaréis ausentes de vuestra casa, sepultados en los infiernos!

ORESTES

¿A qué te lamentas así, ¡oh mujer!, seas quien fueres, y agravas nuestros próximos males? No es sabio, a mi juicio, el que ha de morir y disimula su miedo, excitando la piedad, ni el que deplora su fin cercano, sin esperanza de salvación: de un solo mal hace dos; de necio es su conducta, y muere no obstante. Sea libre la fortuna. No te compadezcas más de nosotros, que conocemos los sacrificios que se celebran aquí.

IFIGENIA

¿Cuál de vosotros se llama Pílades? Es lo que primero deseo saber.

ORESTES

Este, si tal es tu placer.

IFIGENIA

¿En qué ciudad de la Grecia has nacido?

ORESTES

¿Qué ganarás con saberlo, ¡oh mujer!?

IFIGENIA

¿Sois hermanos, hijos de la misma madre?

ORESTES

Somos hermanos por la amistad, no como dices.

IFIGENIA

Y a ti, ¿qué nombre te puso tu padre?

ORESTES

El nombre que me cuadra es el de infortunado.

IFIGENIA

No es esa mi pregunta: es obra de tu desgracia.

ORESTES

Si muero y no se sabe mi nombre, no serviré a nadie de ludibrio.

IFIGENIA

¿Por qué te opones a mi ruego? ¿Tan grande es tu soberbia?

ORESTES

Matarás mi cuerpo, no mi nombre.

IFIGENIA

¿Ni dirás tampoco la ciudad en donde moras?

ORESTES

Si he de morir, a nada conducen tus preguntas.

IFIGENIA

¿Pero por qué no me has de complacer en esto?

ORESTES

Me envanezco de tener por patria a la ínclita Argos.

IFIGENIA

Por los dioses, ¿eres de allí verdaderamente, o extranjero?

ORESTES

De Micenas, venturosa en otro tiempo.[291]

IFIGENIA

¿Saliste desterrado de tu patria, o huyendo de alguna otra desdicha?

ORESTES

En cierto modo, soy desterrado contra mi voluntad y voluntariamente.

IFIGENIA

¿Me dirás lo que deseo saber?

ORESTES

Sí, que no debo dar a esto importancia, cuando tan grande es mi infortunio.

IFIGENIA

Yo he deseado mucho que viniese alguno de Argos.

ORESTES

No yo; si te sucede lo contrario, sabrás por qué.

IFIGENIA

¿Has oído hablar de Troya, tan famosa en todas partes?

ORESTES

¡Ojalá que nunca oyese su nombre, ni siquiera en sueños!

IFIGENIA

Dicen que ya no existe, arrasada por la guerra.

ORESTES

Así es; no te engañaron al contártelo.

IFIGENIA

¿Y volvió Helena al palacio de Menelao?

ORESTES

Volvió, y su vuelta fue fatal a alguno de los míos.

IFIGENIA

¿En dónde está? Algo me debe también por cierta desgracia de que fue causa.

ORESTES

Habita en Esparta con su primer esposo.

IFIGENIA

Objeto de horror para toda la Grecia, no para mí sola.

ORESTES

Amargo fruto recogí yo también de sus nupcias.

IFIGENIA

¿Volvieron acaso los griegos, como pregona la fama?

ORESTES

¿Tantas preguntas me haces en una sola?

IFIGENIA

Antes que mueras quiero disfrutar de este placer.

ORESTES

Interrógame, pues, si lo deseas; yo te responderé.

IFIGENIA

Cierto adivino Calcas, ¿regresó de Troya?

ORESTES

Murió, según decían en Micenas.

IFIGENIA

Cuán justamente, ¡oh deidad veneranda! ¿Y el hijo de Laertes?

ORESTES

Aun no ha llegado a su patria, pero se cree que viva.

IFIGENIA

Que muera y nunca torne a ella.

ORESTES

No le desees mal, que su suerte no es envidiable.

IFIGENIA

¿Vive todavía el hijo de la nereida Tetis?

ORESTES

No; en vano celebró su himeneo en Áulide.

IFIGENIA

Era más bien un engañoso lazo, según aseguran los desdichados que deben saberlo.

ORESTES

¿Quién eres tú? ¿Con qué interés te informas del estado de la Grecia?

IFIGENIA

Soy también griega; cuando era jovencita, perecí.

ORESTES

Con razón, pues, ¡oh mujer!, te cuidas de averiguar lo que en ella sucede.

IFIGENIA

¿Y qué ha sido del capitán cuya dicha publica la fama?

ORESTES

¿Cuál? El que yo conozco, al menos, no es de ese número.

IFIGENIA

Cierto hijo de Atreo, que se llamaba el rey Agamenón.

ORESTES

No sé de quién hablas; dejemos esto, ¡oh mujer!

IFIGENIA

De ninguna manera, por los dioses; al contrario, contéstame, ¡oh extranjero!, para complacerme.

ORESTES

Murió el desdichado, y además arrastró consigo a la muerte a algún otro.

IFIGENIA

¿Murió? ¿Cómo? ¡Ay de mí, desventurada!

ORESTES

¿Por qué has gemido así? ¿Te unía a él algún lazo?

IFIGENIA

Gimo recordando su pasada dicha.

ORESTES

Murió miserablemente, asesinado por una mujer.

IFIGENIA

¡Oh! ¡Cuán deplorable es la suerte de la criminal y de su víctima!

ORESTES

Déjame ya; no me preguntes más.

IFIGENIA

Solo quiero saber si vive todavía la esposa de ese desdichado.

ORESTES

No vive; pereció a manos de su mismo hijo.

IFIGENIA

¡Oh palacio arruinado! ¿Y con qué objeto?

ORESTES

Por vengar el asesinato de su padre.

IFIGENIA

¡Ay de mí! ¡Instrumento deplorable de castigo merecido!

ORESTES

Sin embargo, los dioses no le favorecen, a pesar de su justicia.

IFIGENIA

¿Ha dejado Agamenón en el palacio algún otro hijo?

ORESTES

Electra, su única hija.

IFIGENIA

¿Se dice algo de la otra que mataron?

ORESTES

Nada, sino que, muerta, no ve la luz.

IFIGENIA

¡Desventurada, y desventurado también el padre que la sacrificó!

ORESTES

Pereció inicuamente por una mujer malvada.

IFIGENIA

¿Sobrevive en Argos algún hijo a su padre?

ORESTES

Sí, desdichado en verdad; en ninguna parte existe, y en todas a un tiempo.

IFIGENIA

Adiós, falsos sueños; nada erais, pues.

ORESTES

Ni los dioses, que se llaman sabios, son menos engañosos que los leves sueños. Grande confusión reina en las cosas divinas y humanas; solo me duele que, por obedecer a adivinos, perezca quien no carece de prudencia; bien lo saben algunos.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¿Quién se acordará de nosotras y de nuestros padres? ¿Viven acaso? ¿No viven? ¿Quién podrá decirlo?

IFIGENIA

Oíd: ya he tomado mi resolución, ¡oh extranjeros!, que puede seros útil y a mí también. Lo mejor será, sin duda, que nos convengamos todos. ¿Quieres acaso, si te salvo, llevar un mensaje mío a mis amigos de Argos, y cartas que me escribió cierto cautivo, compadecido de mi suerte, juzgando que no era homicida mi mano, sino que moría en virtud de una ley justa en concepto de la diosa? Hasta ahora no he encontrado ninguno que regrese a mi patria, y que, salvándose, entregase mis cartas a alguno de mis amigos. Tú, pues, que según parece no eres villano, y que has visto a Micenas y conoces a aquellos a quienes me dirijo, no morirás, alcanzando por obedecerme recompensa no despreciable. Pero el otro, ya que la ciudad me obliga a ello, será separado de ti y sacrificado a la diosa.

ORESTES

Apruebo cuanto has dicho, ¡oh extranjera!, excepto una cosa, porque la muerte de mi compañero me afligiría mucho. Yo soy el piloto que lo ha traído a este mar calamitoso, y navegó conmigo para compartir mis trabajos. No es, pues, justo que me salve y te sirva a costa de su vida. Más vale hacerlo así: tú le entregas las cartas que te interesa mandar a Argos, y a mí me matará quien quiera. Es lo más infame arrastrar a la desgracia a los amigos y evitarla nosotros. Este lo es mío, y quiero que vea la luz no menos que yo.

IFIGENIA

¡Oh corazón generoso! ¡Cómo se conoce que es noble tu estirpe y que eres verdadero amigo de tus amigos! Que así sea el único pariente que me queda; yo también, ¡oh extranjeros!, tengo un hermano, aunque no le veo. Pero ya que tal es tu voluntad, enviemos a este que lleve las cartas; tú morirás, víctima de tu estrecha amistad.

ORESTES

¿Pero quién ha de sacrificarme? ¿Quién osará cometer tan bárbaro crimen?

IFIGENIA

Tal es mi deber en honor de la diosa.

ORESTES

No envidiable, sin duda, ¡oh virgen!, ni tampoco grato.

IFIGENIA

Oblígame la necesidad, numen incontrastable.

ORESTES

¿Tú, siendo mujer, matas a los hombres con la espada?

IFIGENIA

No, pero rociaré con agua lustral tu cabellera.

ORESTES

Pero ¿quién es sacrificador, si me es lícito preguntarlo?

IFIGENIA

Los encargados de este ministerio habitan en el templo.

ORESTES

¿Y qué sepulcro me recibirá cuando muera?

IFIGENIA

Dentro arde el fuego sagrado, y en la roca han abierto vasta sima.

ORESTES

¡Ay de mí! ¡Ojalá que mi hermana me tributase los últimos deberes!

IFIGENIA

Vano es tu deseo, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, que yace lejos de ti y de esta tierra bárbara. Pero basta que seas argivo para que te honre como pueda. Yo adornaré tu sepulcro, y mi mano untará tu cuerpo frío de amarillento aceite, y derramaré sobre tu pira la miel que liba de las flores la roja abeja. Pero voy a traer las cartas del templo de la diosa; no me odies por eso. Custodiadlos, servidores, sin ataduras, que acaso envíe cartas a alguno de mis amigos de Argos, que no las espera, y a quien amo mucho, participándole, con gran gozo suyo, que viven algunos que cree muertos.

EL CORO

Deploro tu destino: pronto serás sacrificado con las sangrientas gotas del agua lustral.

ORESTES

En vez de lamentarlo, ¡oh extranjeras!, debéis regocijaros.

EL CORO

Feliz eres, ¡oh joven!, y afortunada tu suerte, porque vuelves a tu patria.

PÍLADES

Nunca desea un amigo que su amigo muera.

EL CORO

¡Oh peregrinación infausta! ¡Ay, ay, tú morirás! ¡Ay, ay de mí! ¿Cuál de los dos ha de perecer? Duda mi alma, y no sabe si llorar y gemir por ti primero o acaso por ti.

ORESTES

Di, Pílades, por los dioses, ¿estás tan conmovido como yo?

PÍLADES

No lo sé; me preguntas cuando no puedo responderte.

ORESTES

¿Quién es esa doncella? Como si fuese griega se ha informado de los trabajos sufridos en Troya, y de la vuelta del ejército, y de Calcas, sabio adivino, y de Aquiles; y se apiadó mucho del desventurado Agamenón, y me preguntaba con interés por su esposa y por sus hijos. Esa extranjera debe ser alguna argiva que ha llegado hasta aquí, pues no de otro modo enviaría esas cartas ni se interesaría por todo esto, como si hubiese de participar de la ventura de mi patria.

PÍLADES

Has prevenido mi juicio, y has dicho primero cuanto yo pienso, excepto que las desdichas de los reyes son conocidas de todos los que se cuidan de los asuntos humanos. Pero indicó también otra cosa.

ORESTES

¿Cuál? Mejor la entenderás participándomela.

PÍLADES

Que es vergonzoso que muerto tú vea yo la luz; si navegué contigo, contigo debo morir. Afrentosa reputación de tímido y de cobarde tendré en los valles de Argos y de la Fócida, y creerá la multitud, ya que abundan los malos, que habiéndote hecho traición vuelvo a mi patria sano y salvo, o que te he dado muerte por reinar, cuando a tu familia afligían tantas calamidades, y por casarme con tu hermana, que ha de heredarte. Tal es mi temor, tal mi vergüenza, y estoy resuelto a rendir contigo el alma y a que me degüellen al mismo tiempo que a ti, y conviertan en ceniza mi cuerpo; basta que sea tu amigo, y mi horror al vituperio.

ORESTES