Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)

Part 13

Chapter 134,036 wordsPublic domain

Bastante es mi desdicha para llorar.

IFIGENIA

Déjame, no me intimides; aprueba mi resolución.

CLITEMNESTRA

Habla, hija, porque yo no seré contigo injusta.

IFIGENIA

Que no cortes los rizos de tu cabellera ni te cubran negros vestidos.

CLITEMNESTRA

¿Qué has dicho, hija? ¿Cuándo te perderé?

IFIGENIA

Tú a mí no; me he salvado; por mi causa será más ilustre tu nombre.

CLITEMNESTRA

¿Qué dices? ¿Por qué no he de llorar tu muerte?

IFIGENIA

De ninguna manera, porque no me elevarán túmulo alguno.

CLITEMNESTRA

Qué, ¿la muerte no es una sepultura?

IFIGENIA

El ara de la diosa, hija de Zeus, será mi sepulcro.

CLITEMNESTRA

Te obedeceré, pues, ¡oh hija!, porque eres generosa.

IFIGENIA

Como feliz que soy, y causa de bien para la Grecia.

CLITEMNESTRA

Pero ¿qué diré de tu parte a tus hermanas?

IFIGENIA

No las obligues a ponerse negros vestidos.

CLITEMNESTRA

¿Qué diré en tu nombre que sea grato a las vírgenes?

IFIGENIA

Que deseo su felicidad. A Orestes edúcamelo como conviene a un hombre de su calidad.

CLITEMNESTRA

Abrázalo, que no volverás a verlo.

IFIGENIA

¡Oh tú, el más amado, ayudásteme cuanto podías!

CLITEMNESTRA

¿Qué haré en Argos en tu obsequio?

IFIGENIA

No aborrecer a mi padre y a tu esposo.

CLITEMNESTRA

Terrible desastre le acarreará tu muerte.

IFIGENIA

Contra su voluntad me sacrifica por salvar a la Grecia.

CLITEMNESTRA

Pero con dolo, no cual cumple al linaje de Atreo.

IFIGENIA

¿Quién me llevará antes que me arrastren por los cabellos?

CLITEMNESTRA

Yo iré contigo...

IFIGENIA

De ninguna manera; no dices bien.

CLITEMNESTRA

Sin soltar tu vestido.

IFIGENIA

Obedéceme, madre, no te muevas, que así lo aconseja tu decoro y el mío. Alguno de estos servidores de mi padre me acompañará hasta el prado de Artemisa, en donde me han de sacrificar.

CLITEMNESTRA

¡Oh hija, te separas de mí!...

IFIGENIA

Y no volveré más.

CLITEMNESTRA

Y abandonas a tu madre.

IFIGENIA

Y, como ves, sin merecerlo.

CLITEMNESTRA

Detente, no me dejes.

IFIGENIA

No quiero que llores más. Vosotras, ¡oh doncellas!, cantad lúgubre himno en honor de Artemisa, hija de Zeus, y que felices presagios favorezcan a los griegos. Así, que se preparen los cestos y arda el fuego destinado a la salsamola; que mi padre toque el ara con su diestra, porque voy a dar a los griegos victoria salvadora. Llevadme al sacrificio, que triunfo de Troya y de los frigios. Traed las coronas que han de ceñir mis sienes, y dádmelas; ved mi cabellera, pronta a recibirlas, y el agua lustral dispuesta. Danzad vosotras alrededor del templo y del altar, alabad a Artemisa, a Artemisa, reina y bienaventurada, que, a costa de mi sangre y de mi vida, por ser necesario, cumpliré voluntaria el oráculo. ¡Oh madre mía veneranda, para ti son estas lágrimas que derramo, no lícitas en los sacrificios! ¡Oh doncellas, alabad conmigo a Artemisa, protectora de este lugar frontero a Calcis, en cuyo puerto estrecho de Áulide anclaron las naves griegas, y hará inmortal mi nombre! ¡Oh tierra mía natal, oh pelásgico Argos, oh Micenas, en donde me he criado!

EL CORO

¿Invocas a la ciudad fundada por Perseo,[274] obra de los cíclopes?

IFIGENIA

Eduqueme en su seno, y glorificará a Grecia, y no me apena la muerte.

EL CORO

Imperecedera será tu fama.

IFIGENIA

¡Oh día claro y luz de Zeus!, vivamos otra vida y sea otra nuestra suerte. ¡Adiós luz, para mí grata! (_Vase_).

EL CORO

Vedla, vedla cómo se encamina a regar con su sangre el ara de numen cruento, la vencedora de Troya y de los frigios, purificada con el agua lustral y coronada su cabeza, que se doblará en el sacrificio sobre su elegante cuello. Aguárdante las aguas lustrales paternales,[275] y los sagrados vasos, y el ejército griego, impaciente por llegar a Troya. Pero invoquemos a Artemisa, hija de Zeus, divina reina, para que favorezca al ejército. ¡Oh deidad augusta, a quien deleitan víctimas humanas, lleva al ejército griego al país de los frigios y a la pérfida Ilión, y concede a Agamenón llenar de gloria inmarcesible al ejército griego y ceñir sus sienes con aureola eterna!

EL MENSAJERO

¡Oh Clitemnestra, hija de Tindáreo, deja el palacio y óyeme!

CLITEMNESTRA

He venido al escuchar tu voz, temblando de miedo y temerosa de que me anuncies alguna nueva calamidad.

EL MENSAJERO

Al contrario, quiero contarte maravillas y portentos acerca de tu hija.

CLITEMNESTRA

No vaciles, pues; habla sin tardar.

EL MENSAJERO

Claramente lo sabrás todo, ¡oh cara dueña! Todo te lo contaré, desde el principio, a no ser que la emoción que siento trabe mi lengua. Después que llegamos con Ifigenia al prado florido de Artemisa, hija de Zeus, en donde estaba reunido el ejército de los griegos, acudió a verla inmensa muchedumbre. Cuando el rey Agamenón vio a la doncella que se encaminaba a la muerte, gimió y volvió hacia atrás su cabeza, y lloró ocultando los ojos bajo el manto. Al detenerse ella junto a su padre dijo así: «¡Oh padre, aquí me tienes, que de buen grado vengo a dar mi vida por mi patria y por la Grecia, para que me sacrifiquéis en el ara de la diosa, ya que así lo pide el oráculo! Mi único deseo es que seáis afortunados, y que alcancéis insigne victoria, y regreséis después a vuestra patria. Así, que ningún griego me toque; callada y animosa entregaré mi cerviz al hierro». Tales fueron sus palabras, sorprendiendo a cuantos las oyeron la grandeza de ánimo y el valor de la virgen. Taltibio, de pie en medio de todos, como heraldo del ejército, pidió a los dioses felices presagios, e impuso silencio. Y el adivino Calcas, desenvainando la afilada cuchilla, la depositó en el dorado cesto, y coronó a la doncella. Pero Aquiles entonces se acercó presuroso al ara, y apoderándose del cesto y del agua lustral, dijo: «¡Oh Artemisa!, hija de Zeus, que gozas matando fieras y mueves de noche tu luz brillante, acepta propicia esta víctima que te ofrecemos el ejército de los griegos y el rey Agamenón, sangre inmaculada de la bella cerviz de una virgen; concédenos favorable navegación y que conquistemos con nuestras armas la ciudadela de Troya». Y los Atridas y todo el ejército quedaron suspensos mirando a la tierra. El sacerdote empuñó la cuchilla, recitó sus preces y examinó el cuello antes de herirlo. Dolor no leve afligía mi corazón, y no separaba mis ojos de la tierra. Entonces ocurrió un milagro repentino: todos oyeron claramente el ruido del golpe al herir, pero ninguno vio en dónde se había ocultado la virgen. Clama el sacerdote, conclama todo el ejército, admirado de tal portento, obra sin duda de los dioses, y al cual, aun presenciándolo, no se daba crédito. En lugar de Ifigenia, yacía en tierra una cierva palpitante, muy grande y de maravillosa hermosura, inundando con su sangre el ara de la diosa. Imagínate, pues, con qué gozo pronunciaría Calcas estas palabras: «¡Oh capitanes del ejército griego!, ¿veis esta víctima, esta cierva de los montes, que la diosa ha traído al ara? Acéptala con preferencia a la doncella, para que tan noble sangre no mancille su altar. Y lo hace de buen grado, y nos concede favorable navegación y que conquistemos a Ilión. Cobren ánimo los marinos, y váyanse a las naves; hoy atravesaremos el mar Egeo, dejando las sinuosas ensenadas de Áulide». Después que la llama de Hefesto consumió a la víctima, pidió a los dioses que favoreciesen la vuelta del ejército. Agamenón me envió, pues, para anunciarte estas nuevas y el acuerdo de los dioses, y la gloria inmortal que ha alcanzado en Grecia. Yo que, presente, lo vi todo, te aseguro que Ifigenia ha volado al Olimpo. Que desaparezca, pues, tu dolor y se aplaque tu indignación contra tu esposo; inesperados sucesos ocurren a los mortales por mandato de los dioses, y así salvan a los que aman. Hoy he visto a tu hija viva y muerta.

EL CORO

¡Cuánta es mi alegría al oír estas nuevas! El Mensajero dice que tu hija vive entre los dioses.

CLITEMNESTRA

¡Oh hija! ¿Qué dios te ha arrebatado? ¿Cómo te invocaré? ¿Cómo hablarte? ¿Si habrá fingido este discurso para consolarme y para que cesen mis tristes lágrimas?

EL CORO

Mira al mismo rey Agamenón, que viene a repetirte sus palabras.

AGAMENÓN

Nada debemos temer por nuestra hija, ¡oh esposa! No dudes que se halla ahora con los dioses. Conviene que regreses a tu palacio, en compañía de este tierno novillejo, pues el ejército se prepara a darse a la vela. Adiós; largo tiempo ha de transcurrir antes que oigas mi voz y vuelva de Troya. Que la dicha te acompañe.

EL CORO

Que gozoso, ¡oh Atrida!, llegues a la Frigia, y que tornes contento, trayéndome de Troya bellísimos despojos.

IFIGENIA EN TÁURIDE

ARGUMENTO

Ifigenia, hija de Agamenón, que no ha muerto sacrificada en Áulide, siendo sustituida por obra de Artemisa por una cierva, vive en Táuride,[276] puerto del Quersoneso Táurico, y en un templo de la misma diosa en cuya ara son sacrificados todos los extranjeros que arriban a sus costas. Orestes, su hermano, con su amigo Pílades, desembarcan en Táuride con el propósito de robar la estatua de Artemisa, cuya sacerdotisa es Ifigenia, y son descubiertos y aprisionados por los indígenas, devotísimos de su deidad protectora. Ifigenia, antes de sacrificarlos, sabedora de que eran griegos y acordándose siempre de su patria, de su familia y de su rango, escribe una carta a su hermano Orestes, a quien no conocía, e intenta aprovechar la ocasión oportuna que se le presenta para servirse de uno de los dos extranjeros destinados al sacrificio, y salvarle la vida si acceden a su deseo. Al recibir Pílades la carta que ha de entregar a Orestes, la pone en los manos de su destinatario, llamándolo por su nombre, y se reconocen los dos hermanos, y puestos todos de acuerdo, roban la estatua y huyen; y cuando el rey Toante se prepara a perseguirlos y capturarlos, aparece Atenea, que lo aplaca y salva a los fugitivos, anunciándolo que así lo ha decretado el poder divino.

Esta tragedia, en su plan, en su traza, en los caracteres de sus personajes, en sus pasiones y hasta en sus menores detalles nos ofrece el tipo distintivo y propio de las obras de Eurípides, y es muy útil, por tanto, para ilustrarnos acerca de sus rasgos poéticos personales, de su importante papel en la literatura helénica y de la influencia que ha tenido y tiene en los pueblos modernos, siendo inferior a Sófocles y Esquilo, y justamente por serlo.

Comienza con su prólogo o soliloquio expositivo de hechos supuestos anteriores relativos a la acción, en cuanto son necesarios para comprender los que le suceden, e indicar el lugar en donde se ejecutan y desenvuelven después, en virtud de pasiones puramente humanas y de caracteres que también lo son, enredándose y complicándose con naturalidad y verosimilitud; y cuando el nudo o el conflicto alcanza su punto culminante, y su desate o resolución parecen difíciles o imposibles, interviene un poder sobrenatural que desvanece rápida y milagrosamente los obstáculos que lo impiden. Concédese al destino la parte tradicional y preponderante que le corresponde, pero no lo domina y absorbe todo, como en Esquilo, sino, al contrario, lo menos posible, y no tanto por la convicción del poeta, cuanto atendiendo a las exigencias y costumbre del público. Ese poder superior a dioses y hombres ha ordenado el hecho final, pero los últimos obran y se mueven dentro de su natural esfera, y exactamente como lo harían si aquel no existiese. El discípulo de Anaxágoras, que no comparte las creencias y las supersticiones populares, y las contradice y ataca por ser opuestas a la razón, se manifiesta sin rebozo siempre que la ocasión lo permite. Las flaquezas del bello sexo asedian al autor como perpetua pesadilla, quizás por considerarlo indigno de embargar con tanto imperio la atención de los hombres y apartarlos de más serias y útiles aficiones y pensamientos. Sobresale en la representación dramática de los afectos, como en el reconocimiento de los dos hermanos, justificando los elogios que Aristóteles le prodiga en su _Poética_, y por medios sencillos, verdaderos e interesantes. No olvida, sin embargo, congraciarse con sus compatriotas al hablar de la fiesta de las copas, del Areópago, del culto de la Artemisa ática en Braurón, opuesto al bárbaro táurico, y del oráculo de Delfos, distinto de la adivinación por los sueños. Su buen gusto se revela en la sobriedad y eficacia de sus recursos escénicos, y en el arte con que los reúne y los contrasta.

Despréndese de esto que el estudio de las obras de Eurípides, en las cuales desaparece sensiblemente el carácter religioso de la primitiva tragedia, acercándose más y más a la puramente humana que la ha sustituido y persiste en la actualidad, nos enseña la senda recorrida por esta parte de la poesía dramática desde sus orígenes hasta nuestros días, y las reformas radicales que ha sufrido hasta lograr su completa formación. De lo divino o religioso, que todo lo llena al principio, se va poco a poco separando lo puramente humano, que permanece luego independiente, perfeccionándose más y más hasta conseguir su esencia y su forma última y definitiva, más durable y constante. Lo mismo ha acontecido a los demás géneros poéticos, y casi pudiera decirse que a todas las instituciones humanas, incluyendo en ellas a las políticas. La religión ha sido la nodriza y el mentor de la humanidad, guiándola solicita y cariñosa en sus primeros pasos, y sin separarse de ella.

Eurípides, como trágico griego, es así el menos griego de ellos, si atendemos solo a la índole característica y hierática de la tragedia griega, y en este sentido es el peor de los tres trágicos conocidos, pero precisamente por esto es el eslabón que une a la tragedia antigua con la moderna. Nos convencemos fácilmente de esta verdad si suprimimos mentalmente la influencia del destino en cualquiera de las obras de este poeta, o, al contrario, si suponemos que el objeto o término final de otra cualquiera moderna ha sido decretado y preparado por el destino, en cuya hipótesis resultará que en lo sustancial del fondo y de la forma son ambas iguales. Las demás diferencias que las separan, sin afectar a lo sustancial, provienen de muchas causas diversas relacionadas con los distintos elementos sociales de las naciones antiguas y modernas, como la diferencia de religión, de gobierno, de hábitos y costumbres, de educación, de mayor o menor cultura y de influencias nacionales o locales más o menos poderosas en el auge o en la decadencia de esta clase de composiciones.

Y así se comprende y se explica también que, desde el renacimiento clásico literario hasta nuestros días, haya sido Eurípides el preferido para estudio y para modelo, y que continúe siéndolo ahora, no Sófocles, ni menos Esquilo. El _Edipo rey_ del primero, en nuestra modesta opinión, es la obra maestra e inimitable del teatro griego; no ha logrado adaptarse todavía al teatro moderno, ya por no haberlo intentado siquiera, ya por los resultados obtenidos por insignes poetas españoles y extranjeros que, habiéndolo intentado, encallaron en la empresa. Sin la creencia, y creencia firme y general en el destino, que no existe, la realización de ese deseo es de todo punto imposible. En cambio abundan las imitaciones de las tragedias de Eurípides, sobre todo en Francia, en donde ocupan lugar preferente en su literatura clásica.

En las obras impresas de Racine se conserva el plan de un primer acto de _Iphigénie en Tauride_, y ha sido imitada también por Guimond de la Touche, siempre al estilo francés, aunque no sea el de Racine. Goethe ha escrito otra _Ifigenia en Táuride_, que solo tiene el título de común con la griega.

De algunas alusiones muy embozadas que se han visto o creído ver en la tragedia de Eurípides, no por cierto muy convincentes, se ha supuesto que su representación hubo de hacerse en el año primero de la olimpiada 92, que corresponde al 412 de nuestra era.

PERSONAJES

IFIGENIA. ORESTES, _hermano de Ifigenia._ PÍLADES, _amigo de Orestes._ CORO DE MUJERES GRIEGAS. UN PASTOR. TOANTE. UN MENSAJERO. ATENEA.

El lugar de la acción es Táuride (Crimea).

Vese en la escena el templo dórico de Artemisa Táurica, en lo alto de una roca. El altar está salpicado de sangre, y alrededor se observan vestidos y armas, despojos de las víctimas sacrificadas. Empieza a amanecer.

IFIGENIA

Pélope, hijo de Tántalo, obtuvo en Pisa,[277] con sus ligeros caballos, la mano de la hija de Enómao, madre de Atreo, que engendró a Menelao y Agamenón, y de este y de la hija de Tindáreo nací yo, Ifigenia, víctima sacrificada, a juicio de mi padre, en el claro seno de Áulide, para recobrar a Helena, y cerca de los torbellinos que revuelve el Euripo cuando impetuosos vientos lo llevan a la mar. En Áulide juntó también el rey Agamenón un ejército en mil naves para conquistar a Ilión y ganar gloriosa corona, castigando a Helena, esposa infiel, por complacer a Menelao. Graves obstáculos se oponían a la navegación, porque no soplaban vientos favorables. Calcas entonces, observando las llamas, habló así: «¡Oh tú, Agamenón, que mandas este ejército griego!; tus naves no dejarán el puerto antes que Artemisa acepte el sacrificio de tu hija Ifigenia, pues prometiste consagrar a la diosa lucífera lo más hermoso que el año produjera. Tu esposa Clitemnestra dio a luz en tu palacio una hija (aludió a mí y me llamó muy bella), que has de inmolar». Y por arte del sagaz Odiseo me arrancaron del regazo de mi madre, pretextando que lo hacían para casarme con Aquiles. Y al llegar, desdichada, a Áulide, ya en lo alto de la pira, y a punto de herirme la cuchilla, sustrájome Artemisa, poniendo en mi lugar una cierva, y llevándome a través del resplandeciente éter a esta tierra de los tauros, en donde Toante impera, rey bárbaro de bárbaro país que corre como las aves con sus pies ligeros, de donde le vino su nombre. La hija de Leto hízome su sacerdotisa en este templo, entre cuyos ritos, gratos a ella, hay uno cuyo solo nombre es bueno; pero callaré, por respeto a mi señora. Yo inmolo aquí, según antigua costumbre, a los griegos que arriban a estas costas. Siempre doy principio a las ceremonias religiosas, y consuman el sacrificio los que habitan en la morada augusta de esta deidad nefanda. Sepan las auras, por si tienen remedio, las pavorosas visiones que me han perseguido esta noche. Pareciome en sueños que abandonaba este país y habitaba en Argos, y reposaba al lado de las vírgenes, mis compañeras, cuando tembló la tierra y hui de mi aposento, y se desplomó la cúspide del palacio, y toda la techumbre vino a tierra, hasta los más altos pilares. Solo quedaba en pie una columna del palacio paterno, de cuyo capitel pendía blonda cabellera que hablaba, y yo, lamentándome de mi triste ministerio de matar a los extranjeros, la rociaba con agua, como destinada a la muerte. He aquí la interpretación que doy a este sueño: no vive ya Orestes, porque lo purifiqué para su sacrificio. Son los hijos varones columnas de las familias, y los rociados con el agua de mis sagrados vasos están condenados a morir. Y, sin embargo, no puedo aplicar este sueño a otros amigos, porque Estrofio[278] no tenía hijos cuando me inmolaron. Quiero, pues, ahora celebrar los funerales de mi hermano ausente con las esclavas griegas que me dio para mi servicio el rey. Pero no sé qué causa les impide venir; entraré, pues, en el templo de la diosa, en donde habito. (_Vase_).

ORESTES

Mira, observa si hay gente en el camino.

PÍLADES

Miro, observo, y todo lo examino con mis ojos.

ORESTES

¿Crees, Pílades, que sea este el templo de la diosa, adónde hemos dirigido nuestra nave atravesando la mar desde Argos?

PÍLADES

A mí me lo parece; no basta, sin embargo, si tú no opinas lo mismo.

ORESTES

¿Y el ara empapada con sangre griega?

PÍLADES

Tiene, en efecto, coronas teñidas en sangre.

ORESTES

¿Ves, acaso, despojos suspendidos de sus muros?

PÍLADES

Restos de extranjeros sacrificados.

ORESTES

Pero conviene que lo escudriñes todo con diligencia. ¡Oh Febo! ¿Por qué tus oráculos me atraen a nuevas redes, después que me hiciste asesinar a mi madre para vengar a mi padre? Las Furias, siempre renovando sus persecuciones, atormentábanme en mi destierro, obligándome a vagar sin descanso. Y me acerqué a tu templo, y te pregunté cómo podría librarme de este furor que me agita, y de tantas penalidades como he sufrido en mi errante peregrinación por la Grecia. Tú me mandaste entonces que me encaminara a los confines de la Táuride, en donde es adorada tu hermana, y robase su estatua, que, según dicen estos habitantes, cayó del cielo en su templo, apoderándome de ella, ya por engaño, ya aprovechándome de alguna feliz casualidad, y que, arrostrando el peligro, la llevase al país de los atenienses; nada más me ordenaste, y si lo cumplo, pondré término a mis trabajos. He venido aquí obedeciéndote, a esta tierra desconocida e inhospitalaria. Ahora te pregunto, ¡oh Pílades!, ya que me ayudas en esta empresa, ¿qué hacemos? ¿Ves sus altos y fuertes muros? ¿Subiremos los peldaños del templo? ¿Cómo nos ocultaremos después en él? ¿Abriremos las puertas de bronce de este recinto que no conocemos? Si nos sorprenden cuando intentemos entrar, moriremos; así, antes que suceda esto, huyamos a la nave que nos trajo.

PÍLADES

No debemos huir, ni acostumbramos hacerlo, ni el oráculo del dios merece menosprecio. Alejémonos del templo y refugiémonos en las cavernas que lava el negro Ponto con sus aguas, lejos de la nave, no la descubra alguno, nos delate a los reyes y nos cautiven a la fuerza. Y cuando viniere la oscura noche osaremos con maña robar del templo la tersa estatua de la diosa. Mira si los triglifos dejan bastante espacio para albergarnos. Audaces en sus empresas son los esforzados, no así los cobardes, que para nada sirven. ¿Acaso después de andar tan largo camino a fuerza de remos retrocederemos al llegar a la meta?

ORESTES

Has dicho bien, y debo obedecerte. Ocultémonos, pues, en donde nos sea posible. Como el dios no ha de impedir el cumplimiento de su oráculo, osémoslo: para los jóvenes no hay trabajo excusable.

EL CORO

Silencio, habitantes del Ponto Euxino, que moráis en dos peñascos que se besan;[279] ¡oh Dictina[280] de las selvas, hija de Leto!, a tu palacio, a las doradas almenas de tu templo, de bellas columnas, acerco mi pie santo y virginal, siervo de la sacerdotisa que lleva la clava, y habiendo abandonado las torres de la ecuestre Grecia, las murallas y los campos umbrosos de la insigne Europa, en donde yace el hogar de mi padre. Ya he llegado. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué te inquieta? ¿Por qué me llamaste al templo, por qué me llamaste?, ¡oh hija de los ilustres Atridas que asediaron las torres de Troya con famosa armada de mil naves, llenas de innumerables soldados!

IFIGENIA

¡Oh siervas, cómo me abandono a tristes plegarias, canto lúgubre en elegíacos, no acompañados de la lira, ¡ay, ay de mí!, sino solo de fúnebre llanto! Tales son mis desdichas, llorando la muerte de mi hermano, cuya sombra se me ha aparecido en sueños en las tinieblas de esta noche oscura. Yo muero, yo muero; ya pereció el linaje de mi padre, ¡ay de mí! Mi familia ya no existe, ¡ay, ay!, víctima de los infortunios sufridos en Argos. ¡Ay, ay del destino que me arranca mi único hermano, llevándolo a los infiernos! A sus manos ofreceré las libaciones que contiene este vaso, derramándolo en el seno de la tierra, y abundante leche de las vacas de los montes, vino de Dioniso y miel de abejas de amarillentas alas que aplacan a los muertos. Pero dame el vaso de oro macizo y la infernal ofrenda. ¡Oh hijo de Agamenón que yaces bajo la tierra! Como si hubieses muerto te ofrezco este don; acéptalo, que en tu túmulo no depositaré mi blonda cabellera ni tampoco derramaré mis lágrimas. Lejos estoy de tu patria y de la mía, en donde creen que yo, mísera, he sido inmolada.

EL CORO