Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 12
Rudo golpe sufre mi natural grandeza de ánimo; he aprendido a condolerme de ajenos males, y a gozar con moderación de los bienes. Los hombres de mi temple observan la regla segura de vivir esclavos de la prudencia. Ocasiones hay en que es agradable y útil seguir ciegamente sus consejos, y lo contrario otras. Yo, educado en el palacio de los dioses, aprendí de Quirón, hombre muy venerable, sencillas costumbres. Y me someteré a los Atridas, si gobiernan con justicia, pero si no, no los obedeceré; aquí y en Troya daré pruebas de mi libérrima índole, y me distinguiré en las batallas cuanto pueda. Mucha compasión me inspiras, sufriendo tales desdichas de los más amados, y te consolaré en cuanto puede un joven como yo; nunca será sacrificada por su padre la hija tuya, que se ha llamado esposa mía; no consentiré que Agamenón urda tan indignas tramas. Mi nombre solo, sin que yo levante el acero, podrá matar a tu hija; pero la verdadera causa es tu marido. Sin embargo, yo no sería inocente si bajo el pretexto de casarla conmigo muere una virgen, víctima de males atroces e intolerables y de las más extrañas e indignas afrentas. Sería el peor de los griegos, nada valdría, Menelao pasaría por hombre, y negarían que soy hijo de Peleo, creyendo que me engendró algún mal genio, si consintiese que bajo mi nombre cometiese tu esposo un asesinato. No, por Nereo, educado en las húmedas olas, y padre de Tetis, mi madre; por Nereo, no tocará a tu hija el rey Agamenón, ni aun con la punta de sus dedos llegará a su manto; de otro modo, Sípilo,[268] aldea bárbara de donde son oriundos esos Atridas, será una ciudad, y nadie pronunciará nunca con respeto el nombre de Ftía. Amarga será la salsamola[269] y el vaso de los sacrificios que consagre el adivino Calcas. ¿Qué es un adivino sino quien dice muchas mentiras y pocas verdades, si alguna vez acierta, y si yerra nadie se cuida de él? No hablo así pesaroso de perder a Ifigenia (que infinitas doncellas me pretenden), sino la injuria que nos ha hecho el rey Agamenón. Debía haberme anunciado que mi nombre serviría para tender el lazo que preparaba a su hija. Si por mi causa hubiese venido Clitemnestra para dármela en himeneo, no me hubiera contrariado, suponiendo que de esa suerte conseguíamos llegar a Troya; no rehusaré sin duda contribuir al buen éxito de mis compañeros de armas. Ahora nada valgo en el concepto de estos capitanes, y soy un miserable, ya obren bien o mal conmigo. Pronto hará conocimiento con esta espada (que mancharé con sangre antes de llegar a Troya) el que me arrebatare tu hija. Tranquilízate, pues; un dios grande te protege, pues si no lo soy, he de parecerlo.
EL CORO
Has hablado cual conviene al hijo de Peleo y de la veneranda deidad marina.
CLITEMNESTRA
¡Ay! ¿Cómo te alabaré ni más ni menos de lo que debo, ingrata a tu beneficio? Cuando celebramos a los buenos exageradamente, nos exponemos a incurrir en su odio. Me avergüenzo de hablarte solo para excitar tu compasión, sufriendo yo sola, ya que tú no puedes sentir mis males; pero es consolador espectáculo el que ofrece el hombre probo, aunque no sea nuestro deudo, al socorrer a los afligidos. Apiádate, pues, de mí, que lo merecen mis infortunios, ya que en un principio acaricié la vana esperanza de que serías mi yerno, y que la muerte de mi hija podrá ser de funesto agüero a tus próximas nupcias. Debes, por tanto, evitarlo. Hablaste bien al empezar, hablaste bien al concluir; mi hija se salvará si tú lo intentas. ¿Quieres que ella, suplicante, abrace tus rodillas? Verdad es que no conviene a una virgen, pero acudirá si te parece, y te mostrará su noble rostro, teñido de rubor. Ausente ella, ¿lo conseguiré de ti?
AQUILES
Que no venga; yo respeto su decoro.
CLITEMNESTRA
Pero solo hasta cierto punto debe respetarse.
AQUILES
¡Oh mujer!, no me traigas a tu hija para que yo la vea, ni cometamos esa falta. Un numeroso ejército, libre de cuidados domésticos, propende a acoger falsos y escandalosos rumores. Lo mismo conseguirás, sin duda, ya me supliques o no; porque estoy firmemente decidido a libraros de vuestros males. No olvides tan solo que yo no falto a mi palabra; y si no la cumplo y os engaño, que muera en castigo; evitaré la muerte si salvo a tu hija.
CLITEMNESTRA
Que seas feliz socorriendo siempre a los desdichados.
AQUILES
Oye, pues, para obrar como debo.
CLITEMNESTRA
¿Qué has dicho?, que sin duda me interesa.
AQUILES
Hablemos antes con tu esposo. Acaso la razón recobre en él su imperio.
CLITEMNESTRA
Es cobarde, y teme al ejército demasiado.
AQUILES
Pero hay ciertas razones más convincentes que otras.
CLITEMNESTRA
¡Triste esperanza! Di, no obstante, lo que he de hacer.
AQUILES
Primero le suplicarás que no sacrifique a tu hija, y si se resistiese, recurre a mí. Si lo persuades, como deseas, no hay necesidad de que yo intervenga en nada, que así se salvará tu hija, y él, que es mi amigo, me lo agradecerá, y el ejército no me culpará porque haya empleado la persuasión, no la fuerza. Y si consigues tu objeto, tú y los demás os congratularéis de que todo se haya acabado sin mi mediación.
CLITEMNESTRA
¡Cuán juiciosamente has hablado! Se hará como deseas. Y si no realizo mi propósito, ¿en dónde podré verte? ¿Adónde he de acudir en mi desventura, para encontrar tu mano, que ha de consolarme en mis males?
AQUILES
A mí cargo queda defenderte cuando sea menester, y yo cuidaré también de que nadie te vea atravesar consternada el ejército; que no deshonres tu linaje paterno, porque Tindáreo es famoso entre los griegos.
CLITEMNESTRA
Así será; manda y yo obedeceré. Si hay dioses, tú, que eres justo, serás premiado; si no, ¿para qué afligirnos?
EL CORO
_Estrofa._ — ¿Qué epitalamio resonó acompañado de la flauta líbica y de la cítara, que alegra a los coros, y de las flautas de leve caña, como cuando atravesaron el Pelión las piérides de hermosos cabellos, e hirieron la tierra con sus doradas sandalias, y vinieron a las nupcias de Peleo, y en las selvas peliacas, en los montes de los centauros, alabaron a Tetis, al hijo de Éaco, con sus voces melodiosas? El hijo de Dárdano, delicia de Zeus, el frigio Ganimedes, escanció el néctar en copas profundas de oro, y las cincuenta hijas de Nereo celebraron juntas las bodas, saltando en círculo sobre la blanca arena.
_Antístrofa._ — Con dardos de abeto y coronas de grama acudió la ecuestre muchedumbre de los centauros al festín de los dioses, y a gustar el licor de Dioniso. Tales fueron las aclamaciones de las hijas de Tesalia: «Brillante, brillante astro, ¡oh hija de Nereo!, anuncian el profeta Apolo y el centauro Quirón (discípulo de las musas y conocedor de las generaciones futuras) que vendrá al campo troyano con los mirmidones armados de lanzas, a arrasar con el fuego la tierra ínclita de Príamo, revestido de armas de oro fabricadas por Hefesto, y don de su madre, la diosa Tetis, que lo dio a luz en hora afortunada». Entonces celebraron los dioses el noble enlace de Peleo con la primera de las nereidas.
_Epodo._ — Pero los griegos, ¡oh Ifigenia!, coronarán tu apuesta cabellera, gala de tu cabeza, como si fueses ternerilla inmaculada y de manchada piel que viene de las peñascosas cavernas de los montes, y llenarán de mugre tu cerviz, sin haberte criado al son de la flauta ni de los cantos de los pastores, sino al lado de tu madre, que te destinaba para esposa de alguno de los hijos de Ínaco.[270] ¿Qué valdrán el pudor y la virtud en donde domina la impiedad, en donde los mortales desprecian lo bueno y la injusticia se sobrepone a las leyes, y no todos se afanan en huir de la cólera del cielo?
CLITEMNESTRA
Separada ha tiempo de mi esposo, salí del palacio a verlo. Y mi hija mísera yace anegada en lágrimas, y exhala tiernas quejas desde que sabe el inhumano proyecto de su padre. Pero he aquí a Agamenón, que se acerca al nombrarlo, y que no tardará en cometer contra sus hijos impíos atentados.
AGAMENÓN
A tiempo, ¡oh hija de Leda!, te encuentro fuera del palacio, para hablarte sin que la virgen nos escuche, que mis palabras no deben ser oídas de las que van a casarse.
CLITEMNESTRA
¿Qué quieres? ¿Tanto te interesa aprovechar esta oportuna ocasión de hablarme?
AGAMENÓN
Llama a tu hija del palacio, para que yo la acompañe; ya la aguarda el agua consagrada y la salsamola que consumirá el fuego lustral, y las ternerillas que se han de sacrificar a Artemisa antes de las bodas, derramando su negra sangre.
CLITEMNESTRA
Buenas son tus palabras, pero no sé cómo calificar tus obras. Sal, hija mía; tú sabes cuanto trama tu padre; debajo de tu manto trae también a tu hermano Orestes. Hela aquí obediente a tus órdenes; en su nombre y en el mío diré lo que debes oír.
AGAMENÓN
¿Por qué lloras, hija, y no me miras afable, sino que con tu manto cubres tu rostro, fijo en tierra?
CLITEMNESTRA
¡Ay de mí! ¿Cuál será el exordio de mis males? ¿Cuándo brotará todo mi discurso, así en su principio como en su medio y fin?
AGAMENÓN
¿Pero qué hay? ¿Por qué conspiráis todos contra mí, retratándose en vuestros semblantes la confusión y el miedo?
CLITEMNESTRA
Contesta ingenuamente a mis preguntas, ¡oh esposo!
AGAMENÓN
No necesitas rogármelo; yo deseo que me interrogues.
CLITEMNESTRA
¿Quieres matar a tu hija y a la mía?
AGAMENÓN
¿Cómo? ¡Horribles son tus palabras! Sospechas sin motivo.
CLITEMNESTRA
No te alteres, y replícame a mi primera pregunta.
AGAMENÓN
Si fuera sensata, lo sería también mi respuesta.
CLITEMNESTRA
Solo esto te pregunto; contéstame, pues, y no divagues.
AGAMENÓN
¡Oh fortuna veneranda! ¡Oh destino y genio maléfico que me persigues!
CLITEMNESTRA
Y a mí también y a mi hija; es uno mismo el de estos tres desventurados.
AGAMENÓN
¿Cuál es tu ofensa?
CLITEMNESTRA
¿Tienes valor de hablar así? Tu disimulo es algo necio.
AGAMENÓN
¡Muerto soy! ¡Descubriose mi secreto!
CLITEMNESTRA
Todo lo sé; informáronme bien de tus inicuos proyectos. Tu mismo silencio y tus repetidos sollozos equivalen a una confesión. No pierdas tiempo en negarlos.
AGAMENÓN
Mira cómo callo. ¿A qué agravar mis males fingiendo engañosa impudencia?
CLITEMNESTRA
Oye, pues; seré franca y no usaré de enigmas, ajenos a mi propósito. En primer lugar, y para que esta sea también mi primera reconvención, te casaste conmigo contra mi voluntad, y me robaste a la fuerza, matando a Tántalo,[271] mi primer esposo, y estrellaste en el suelo a mi tierno niño, arrancándolo violentamente de mis pechos. Y los hijos de Zeus, mis hermanos, apuestos caballeros, te hicieron la guerra, y te libró de ella a tu ruego Tindáreo, mi anciano padre, y entonces te di mi mano. Así me reconcilié contigo, y tú mismo podías atestiguar que he sido esposa fiel, digna de ti y de tu linaje, y casta, y económica, de suerte que cuando entrabas en tu palacio gozabas, y cuando salías de él eras feliz. Preciosa joya es para un hombre tal esposa, así como no es raro tenerla mala. Y además de tres hijas te di este hijo, y tú piensas arrebatarme bárbaramente una de ellas. Si alguno te pregunta por qué la matas, dime, ¿qué contestarás? ¿Debo yo hablar en tu nombre, para que Menelao recobre a Helena? Laudable costumbre, sin duda, que nuestros hijos paguen las culpas de una criminal mujer. Rescatamos lo más odioso a costa de lo que más amamos. Ea, pues; si vas a la guerra y me dejas abandonada en mi palacio largo tiempo, ¿cuáles serán mis pensamientos, viendo los solitarios aposentos que mi hija ocupaba, y solitaria también la morada de las vírgenes, y me halle sola llorando, y lamentándome siempre de este modo?: «Te ha perdido, hija mía, el padre que te engendró; él mismo te ha dado muerte, no otro, ni ajena mano; tal es el premio que da el traidor a su familia». Bastará entonces leve pretexto para que yo y las hijas que dejas te recibamos a tu vuelta como es justo. Por los dioses, no me obligues a faltarte ni tú me faltes. Pero supongamos que sacrificas a tu hija. ¿Qué preces recitarás en los altares? ¿Qué bien orarás dándole muerte? Seguramente será funesto tu regreso si así sales de tu palacio. Y yo, ¿qué podré pedir para ti? Creeríamos sin duda que son necios los dioses, si pidiésemos beneficios en pro de infanticidas. ¿Cómo abrazarás a tus hijos al tornar a Argos? No te será lícito. ¿Cuál de ellos podrá mirarte sin horror cuando deliberadamente has inmolado a uno de sus hermanos? ¿Reflexionaste en todo esto? ¿Solo anhelas llevar el cetro y mandar? En rigor, tal debía ser tu réplica a los griegos: «¿Queréis, ¡oh griegos!, navegar a la Frigia? Que decida la suerte cúya sea la hija que haya de morir». Esto sería equitativo; no que tú solo, entre todos, des a la tuya; o que Menelao, a quien más interesa, ofreciese a Hermíone por recobrar a su madre. Pero ahora me arrancan mi hija amada, cuando tan santamente cumplo mis deberes conyugales, y la que delinquió será feliz conservando a la suya en Esparta. Respóndeme si no tuviere razón en cuanto he dicho; pero si la tengo, no mates a Ifigenia, y serás prudente y justo.
EL CORO
Accede a sus ruegos, Agamenón, que honra a los padres conservar a sus hijos la vida, y ningún mortal osará contradecirlo.
IFIGENIA
Si yo tuviese la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre!, y las piedras me siguiesen cuando cantara, y mis palabras ablandasen los corazones, a ello apelaría. Pero lloraré ahora, que tal es mi única elocuencia y lo que puedo hacer. Y estrecho tu cuerpo, como rama de suplicantes, con este que dio a luz mi madre, no para que me sacrifiques prematuramente, ni me obligues a visitar las entrañas de la tierra. Yo la primera te llamé padre, y tú a mí hija; yo la primera, sentada en tus rodillas, te infundí dulce deleite y lo sentí a mi vez. Así hablabas tú: «¿Te veré feliz algún día, ¡oh hija!, al lado de tu esposo, llena de vida y de vigor, como mereces?». Y yo a mi vez te decía estas palabras, cerca de tus mejillas, que ahora tocan mis manos: «¿Y qué haré yo contigo? ¿Te recibiré anciano en mi palacio, ¡oh padre!, dándote grata hospitalidad en premio de las penalidades que sufriste al criarme?». Conservo el recuerdo de estas pláticas, pero tú las olvidaste y quieres matarme. ¿Por qué he de ser víctima de las nupcias de Alejandro y de Helena? ¿Por qué, ¡oh padre!, ha de ser su venida causa de mi perdición? Mírame, déjame tu rostro, y dame tierno ósculo, para que, a lo menos, al morir tenga esta memoria tuya, si no accedes a mi ruego. Tú, hermano, eres débil socorro a tus amigos, pero lloras sin embargo, y pides suplicante a tu padre que no muera tu hermana; hasta los niños que no hablan tienen cierto presentimiento de los males. Mira, padre, cómo te suplica callado; compadécete de mí y de mi vida. Sí, por tus rodillas te rogamos dos a quienes amas: este, que aún no habla, y yo, mísera jovencilla. Basten estas frases para refutar todos tus argumentos. Ver la luz es lo más grato a los mortales; los muertos nada son, y delira el que anhela perecer. Más vale penosa vida que gloriosa muerte.
EL CORO
¡Oh infausta Helena! Por ti y por tu himeneo aflige horrible lucha a los Atridas y a sus hijos.
AGAMENÓN
Conozco, sin duda, cuándo debo compadecerme y cuándo no, y amo a mis hijos, que de otro modo sería insensato. Mucho, ¡oh mujer!, me aflige realizar mí proyecto, mucho también no osarlo, pero es mi deber. Ya veis qué formidable escuadra está aquí reunida, y cuántos griegos armados de bronce, a quienes no es permitido acercarse a las torres de Ilión si no te sacrifico, como ha dicho el adivino Calcas, ni les es lícito arruinar a la famosa Troya. Cierto afán insano de navegar cuanto antes a la tierra de los bárbaros se ha enseñoreado del ejército, y de castigar el rapto de una esposa griega, y matarán en Argos a mis hijos, y a vosotras y a mí, si por mi culpa no se cumple el oráculo de Artemisa. No me arrastra Menelao, ¡oh hija!, ni me conformé con su opinión, sino Grecia me obliga, en cuyo provecho, ya quiera o no, he de inmolarte, porque somos más débiles. Conviene que sea libre en cuanto de ti y de mí dependa, ¡oh hija!, y que los bárbaros no roben a los griegos sus esposas. (_Vase_).
CLITEMNESTRA
¡Oh hija, oh extranjeras, cuán desventurada me hace tu inevitable pérdida! Tu padre huye, entregándote a Hades.
IFIGENIA
¡Ay de mí, madre, madre mía, un mismo canto de muerte conviene a nuestra común desgracia, que ya se acabó para mí la luz y este resplandor del sol! ¡Ay, ay de mí! Montes nevados de los frigios y selvas del Ida, en donde Príamo en otro tiempo expuso tierno niño[272] lejos de su madre, y condenó a Paris a funesta muerte, y se llamaba Ideo, sí, llamábanle Ideo en la ciudad de Dárdano. Ojalá que nunca se criase con sus toros el boyero Paris, por orden de Príamo, cerca de cristalinas aguas, en donde yacen las fuentes de las ninfas, y el verde prado de lozanas flores, y rosas y jacintos que habían de coger las diosas. Allí vino después Palas, y la dolosa Afrodita, y Hera, y Hermes, el mensajero de Zeus; Afrodita, envanecida con sus atractivos; Palas con su lanza, y Hera con su esposo el rey Zeus. Y acorrieron a juicio odioso y a disputar cuál era la más hermosa, y también a darme muerte, único medio de que logren fama los hijos de Dánao; tales son, ¡oh doncellas!, las princesas que Artemisa pide para favorecer la expedición contra Troya. Mas quien engendró a esta desventurada, ¡oh madre, madre mía!, huye y me abandona y me vende. ¡Ay de mí, mísera, que he visto a la funesta, a la funesta e infausta Helena sacrificarme, y perezco por orden impía de un padre, también impío! ¡Ojalá que no se refugiasen en Áulide las popas de mis naves con sus espolones de bronce, ni la armada que ha de llevar los griegos a Troya, ni que Zeus enviase al Euripo contrarios vientos, él, que a unos concede propicias auras, que llenan plácidamente sus velas, causa para otros de llanto; a estos para envolverlos el destino en sus redes, a aquellos para dejar puerto, a otros para recoger las velas, y a otros, en fin, para morir! Desdichado es, sin duda, sí, desdichado es el linaje humano, y fatal desgracia que los hombres se atraigan además nuevos infortunios. ¡Ay, ay de mí! Fuente de graves males, fuente de graves dolores es para los griegos la hija de Tindáreo.
EL CORO
Compadézcome de ti; triste es tu suerte, y ojalá que nunca te amenazase.
IFIGENIA
¡Oh madre, que me diste a luz, yo veo multitud de hombres que se acercan aquí!
CLITEMNESTRA
Y el hijo de la diosa, causa de tu venida.
IFIGENIA
Abrid, esclavas, las puertas, que voy a ocultarme.
CLITEMNESTRA
¿Por qué huyes, hija?
IFIGENIA
Me avergüenzo de ver a Aquiles.
CLITEMNESTRA
¿Por qué?
IFIGENIA
El malogrado éxito de mi himeneo tiñe de rubor mis mejillas.
CLITEMNESTRA
No es lisonjera tu derrota. No te muevas; tan grande es nuestro dolor, que ni aun lugar deja a la vergüenza.
AQUILES
¡Oh hija de Leda, mujer desventurada!
CLITEMNESTRA
No es falso lo que dices.
AQUILES
Óyense horribles clamores entre los argivos.
CLITEMNESTRA
¿Qué clamores son esos? Dímelo.
AQUILES
Acerca de tu hija.
CLITEMNESTRA
De mal agüero son tus primeras palabras, y nada bueno anuncian después.
AQUILES
Dicen que es menester sacrificarla.
CLITEMNESTRA
¿Nadie lo contradice?
AQUILES
Yo vengo, como ves, exponiéndome al peligro.
CLITEMNESTRA
¿A cuál, ¡oh extranjero!?
AQUILES
A morir apedreado.
CLITEMNESTRA
¿Porque deseas salvar a mi hija?
AQUILES
Ciertamente.
CLITEMNESTRA
¿Quién sería tan osado que se atreviera a tocarte?
AQUILES
Todos los griegos.
CLITEMNESTRA
¿Y no te defenderá el ejército de los mirmidones?
AQUILES
Son mis mayores enemigos.
CLITEMNESTRA
Sin duda perecemos, ¡oh hija!
AQUILES
Afirmaban que me había seducido Ifigenia.
CLITEMNESTRA
¿Y qué respondiste?
AQUILES
Que por los dioses no mataran a mi futura esposa.
CLITEMNESTRA
Bien dicho.
AQUILES
La que me prometió su padre.
CLITEMNESTRA
Llamada por él de Argos.
AQUILES
Pero sus clamores ahogaban los míos.
CLITEMNESTRA
Intolerable es la muchedumbre.
AQUILES
Te ayudaré, sin embargo.
CLITEMNESTRA
¿Y pelearás solo contra tantos?
AQUILES
¿No ves esos que vienen armados?
CLITEMNESTRA
Que los dioses premien tu nobleza.
AQUILES
Así lo harán.
CLITEMNESTRA
¿No morirá ya mi hija?
AQUILES
No, a lo menos con mi asentimiento.
CLITEMNESTRA
¿Llegará acaso alguno que me la arrebate?
AQUILES
Muchos, sin duda, y Odiseo a su frente.
CLITEMNESTRA
¿El nieto de Sísifo?[273]
AQUILES
El mismo.
CLITEMNESTRA
¿Espontáneamente, o en nombre del ejército?
AQUILES
Elegido por él y por su propia voluntad.
CLITEMNESTRA
Mala elección, de seguro, para mancharos de sangre.
AQUILES
Pero yo lo impediré.
CLITEMNESTRA
¿Y se la llevarán resistiéndose?
AQUILES
Arrastrándola de sus rubios cabellos.
CLITEMNESTRA
¿Y qué haré yo entonces?
AQUILES
No soltarla.
CLITEMNESTRA
Si de esto depende su salvación, no la matarán.
AQUILES
Pero vendrán sin tardanza.
IFIGENIA
Madre, escúchame: veo que te indignas en vano contra tu esposo, pretendiendo imposibles. Justo es que alabemos por su decisión a este extranjero; pero tú debes evitar las acusaciones del ejército, y que por nuestra resistencia sobrevenga a Aquiles alguna calamidad. Oye, madre, lo que pensando se me ha ocurrido: resuelta está mi muerte, y quiero que sea gloriosa, despojándome de toda innoble flaqueza. Vamos, madre, atiéndeme, aprueba mis razones: la Grecia entera tiene puestos en mí sus ojos, y en mi mano está que naveguen las naves y sea destruida la ciudad de los frigios, y que en adelante los bárbaros no osen robar mujer alguna de nuestra afortunada patria, si ahora expían el rapto de Helena por Paris. Todo lo remediará mi muerte, y mi gloria será inmaculada, por haber libertado a la Grecia. Ni debo amar demasiado la vida, que me diste para bien de todos, no solo para el tuyo. Muchos armados de escudos, muchos remeros vengadores de la ofensa hecha a su patria acometerán memorables hazañas contra sus enemigos, y morirán por ella. ¿Y yo sola he de oponerme? ¿Es acaso justo? ¿Podremos resistirlo? Pero vengamos a lo principal. No conviene que Aquiles pelee contra todos los griegos por una mujer, ni que por ella muera. Un solo hombre es más digno de ver la luz que infinitas mujeres. Y si Artemisa pide mi vida, ¿me opondré, simple mortal, a los deseos de una diosa? No puede ser. Doy, pues, mi vida en aras de la Grecia. Matadme, pues; devastad a Troya. He aquí el monumento que me recordará largo tiempo, esos mis hijos, esas mis bodas, esa toda mi gloria. Madre, los griegos han de dominar a los bárbaros, no los bárbaros a los griegos, que esclavos son unos, libres los otros.
EL CORO
Generosos sentimientos, ¡oh tierna joven!, víctima de tu adversa suerte y de Artemisa.
AQUILES
Algún dios, ¡oh hija de Agamenón!, me hubiese hecho feliz concediéndome tu mano. ¡Bienaventurada es la Grecia por tu causa, y tú por ella! No oponiéndote a una deidad más poderosa que tú, has pensado lo que es útil y necesario. Mayor es mi deseo de casarme contigo ahora que conozco tu noble índole y tu sin par grandeza. Escúchame, pues: quiero hacerte dichosa y llevarte a mi palacio, y sentiré, poniendo a Tetis por testigo, no salvarte y pelear contra toda la Grecia. Mira que la muerte es mal grave.
IFIGENIA
Hablo así sin acordarme de nadie. Baste a la hija de Tindáreo ser causa, por su hermosura, de batallas y muertes entre los hombres. Tú, ¡oh extranjero!, no mueras por mí, ni mates a nadie, sino déjame que si puedo, salve a la Grecia.
AQUILES
¡Oh criatura nobilísima! Nada te replicaré ya si así piensas. Generosos son tus sentimientos; ¿por qué no se ha de decir la verdad? Pero quizás te arrepientas de tu propósito. Para que comprendas bien mis intenciones, me colocaré junto al ara y apostaré allí estos soldados, no para asegurar, sino para impedir tu muerte, que acaso sigas luego mis consejos, al ver la cuchilla que amenaza a tu cuello. No te dejaré, pues, morir tan audaz y temerariamente, sino que iré acompañado de estos guerreros al templo de la diosa, y allí te esperaré. (_Vase_).
IFIGENIA
Madre, ¿por qué lloras en silencio?
CLITEMNESTRA