Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 11
Está bien; pero entra en mi morada, que si es propicia la fortuna, no nos abandonará en lo demás. (_Vase el Mensajero_). ¡Ay de mí! ¿Qué diré yo, desventurado? ¿Cómo empezaré? ¿En qué lazo fatal hemos caído? El destino me previene, y es más sagaz que todas mis intrigas. ¡Cuántas ventajas trae el nacer en humilde cuna! Licencia tiene el hombre oscuro para llorar cuanto quiera y decir lo que le plazca, y esto es indecoroso para los nobles; vanas apariencias gobiernan nuestra vida, y servimos a la plebe. Temo seguramente dar rienda suelta a mis lágrimas, y después, en mi desdicha, siento no llorar, víctima de tantas calamidades. Veamos. ¿Qué diré a mi esposa? ¿Cómo recibirla? ¿Con qué ojos mirarla? Y ha venido sin ser llamada, añadiendo este nuevo mal a los que ya sufría. Sin embargo, con razón ha seguido a su hija para celebrar sus bodas y entregarla a su esposo, ya que tanto la ama, y solo encontrará aquí hombres pérfidos. A la desdichada virgen (¿pero a qué la llamo virgen? Hades, según creo, la tomará en breve por esposa) ¡cuánto la compadezco! Paréceme oírla, diciéndome suplicante: «¿Por qué me matas, padre? ¡Que nupcias como estas celebres tú y todos los que ames!». Orestes gritará junto a ella no sabiendo lo que sucede, pues todavía es niño. ¡Ay, ay, cómo me ha perdido Paris, el hijo de Príamo, causa de todos mis males, por casarse con Helena!
EL CORO
Compasión me mueve, y, mujer peregrina, gimo, como debo, por la desdicha de mis príncipes.
MENELAO
Hermano, déjame tocar tu diestra.[260]
AGAMENÓN
Sea así; tuya es la victoria, mía la derrota.
MENELAO
Juro por Pélope, el que se llamaba padre del tuyo y del mío, y por Atreo, que me engendró, que te hablaré con franqueza y sin artificio ni disimulo. Cuando te vi llorar me compadecí de ti y lloré también, y abandono ahora mi anterior propósito, por no ser cruel contigo; pienso, pues, como tú, y te ruego que no mates a tu hija, ni solo atiendas a mi conveniencia. No es justo que tú gimas y yo goce, que los tuyos mueran y los míos vean la luz. ¿Qué pretendo? ¿No podré celebrar otras nupcias gloriosas si las deseo? Y perdiendo a mi hermano, lo cual es indigno para mí, ¿recibiré a Helena, o lo malo por lo bueno? Como aturdido joven discurría, hasta que reflexionando un poco he llegado a comprender que es un verdadero crimen matar a nuestros hijos. Duélome también de esta infeliz doncella, pensando en los lazos de la sangre que a ella me unen, y en su sacrificio en aras de mi himeneo. ¿Qué relación hay entre tu hija y Helena? Acábese la expedición en Áulide. Tú, hermano, no llenes tus ojos de lágrimas y no me fuerces a llorar. Y si te inquieta el vaticinio sobre tu hija, a mí no; cédote todo mi derecho. Repruebo ahora mi cruel propósito, como debo; varié de parecer por afecto al hijo de mi padre. Costumbre es del hombre de bien elegir siempre lo mejor.
EL CORO
Has hablado con grandeza, digna de Tántalo, hijo de Zeus: no deshonras a tus mayores.
AGAMENÓN
Alábote, Menelao, porque, contra lo que esperaba, has pronunciado palabras razonables, tales cuales debías. Causas de discordia ha de ser entre hermanos el amor y el deseo de enriquecer su familia: maldigo tal parentesco, amargo para ellos. Pero la necesidad me obliga a consumar el sangriento asesinato de mi hija.
MENELAO
¿Cómo? ¿Quién podrá obligarte a matar a tu hija?
AGAMENÓN
Todo el ejército aqueo aquí reunido.
MENELAO
No, si ordenas a Ifigenia que se vuelva a Argos.
AGAMENÓN
En esta parte podría engañarlos, pero no en la otra.
MENELAO
¿Y cuál es la otra? Nunca conviene demostrar demasiado temor a la muchedumbre.
AGAMENÓN
Calcas declarará los oráculos al ejército de los griegos.
MENELAO
No si lo previenes, lo cual es fácil.
AGAMENÓN
El linaje entero de los adivinos es ávido de males.
MENELAO
Ni provechoso, ni útil en nada en que interviene.
AGAMENÓN
¿Pero no te infunde recelo la idea que me ocurre?
MENELAO
¿Cómo adivinarla?
AGAMENÓN
El hijo de Sísifo lo sabe todo.
MENELAO
Ni a ti ni a mí puede Odiseo dañarnos.
AGAMENÓN
Es siempre astuto y defensor del pueblo.
MENELAO
Domínalo la ambición, mal grave.
AGAMENÓN
No dudes, pues, que asistirá a la asamblea de los griegos, declarará los oráculos de Calcas y hablará del sacrificio que he prometido; añadirá que intento engañar a Artemisa, faltando a mi palabra, y arrastrará al ejército, y matándonos a ti y a mí, mandará a los griegos que maten también a mi hija. Y si huyo a Argos, me seguirán y arruinarán las murallas ciclópeas y a mí con ellas, y devastarán mi reino. Tales son mis desdichas. ¡Oh, cuánta es mi desventura! ¡A qué angustia me reducen los dioses! Cuida solo, ¡oh Menelao!, atravesando el campamento, de que nada sepa Clitemnestra antes de inmolar a mi hija y de entregarla a Hades, para que, ya que soy infortunado, derrame las menos lágrimas posibles. Y vosotras, extranjeras, guardad silencio.
EL CORO
_Estrofa._ — Felices los morigerados y castos que disfrutan del tálamo de Afrodita y de sus pacíficos goces libres de rabiosos ardores, cuando el Amor de cabellos de oro tiende contra nosotros sus dos arcos: el uno que da venturosa y duradera suerte, y el otro desordenada vida. Bellísima Afrodita, aparta este último de nuestro lecho: contenta con modesta hermosura que sean puros mis amores, que yo participe de tus placeres sin abusar de ellos.
_Antístrofa._ — Diversos son los caracteres de los mortales, diversas las costumbres, pero las buenas, dicha segura. Una educación escogida es de gran importancia para alcanzar la virtud. La vergüenza es sabiduría y da gracia que consuela, haciéndonos elegir lo que nos conviene, y en opinión de todos nos da inmarcesible gloria. Afanarse por el cumplimiento de nuestro deber es digno de alabanza; eviten, pues, las mujeres los amores ilícitos, y sean los hombres modestos sin afectación, que así servirán mucho a su patria.
_Epodo._ — Tú viniste, ¡oh Paris!, desde donde te educabas, apacentando los blancos novillos del Ida, al son de tus cantos bárbaros y modulando con la flauta frigia imitaciones de Olimpo;[261] gozosas pacían la hierba las vacas, abundantes en leche, cuando te hicieron su juez las diosas, y de aquí tu embajada a los ebúrneos palacios de la Grecia, y el amor que al verte sintió Helena, y la herida que tú recibiste. De aquí también que la discordia, sí, que la discordia guiase a los griegos con sus lanzas y sus naves contra la Troya de Pérgamo. (_Ven llegar el carro de Clitemnestra_). ¡Viva! ¡Viva! Grandes son las felicidades de los poderosos: ved a mi reina Ifigenia, hija del rey, y a Clitemnestra, hija de Tindáreo, ambas de ilustre prosapia, y que han logrado afortunada suerte. Mucho pueden los dioses que conceden las riquezas a los mortales no desventurados. Detengámonos, ¡oh doncellas de Calcis!, ayudemos a la reina a descender de su carro y depositémosla en tierra con pie firme, extendiendo suavemente nuestras manos y con benévola sonrisa, para no afligir a la ínclita hija de Agamenón, que acaba de llegar a este país. Nosotras, extranjeras, no debemos infundir sobresalto ni terror a estas argivas, también extranjeras.
CLITEMNESTRA (_desde su carro_).
De buen agüero es para nosotras tu bondadosa acogida y corteses palabras, y abrigo cierta esperanza de que la desposada que me acompaña contraerá feliz himeneo. Saca del carro los presentes nupciales que traigo para la virgen, y llévalos con diligencia al palacio. Tú, hija, baja también, poniendo en tierra tu pie tierno y poco seguro. Vosotras, jóvenes de Calcis, recibidla en vuestros brazos y ayudadle a descender, y a mí también, para apearme cómodamente; y otros sujeten a los caballos (que son asustadizos y no obedecen a la voz), y tomad a Orestes, hijo de Agamenón, que todavía no habla. ¿Duermes, hijo, arrullado por el movimiento del carro? Despierta, afortunado, y asistirás a la nupcias de tu hermana, que, siendo tú noble, vas a contraer ilustre parentesco con el nieto de Nereo, igual a los dioses. Ifigenia, hija mía, ven cerca de mí, cerca de tu madre, y prueba a estos extranjeros mi dicha, y saluda ya a tu amado padre. ¡Oh rey Agamenón!, para mí el más venerable de los hombres, ya hemos llegado, obedeciendo sin tardanza tus mandatos.
IFIGENIA
¡Oh madre! (_Saliéndole presurosa al encuentro_), (y no te enojes conmigo), estrecharé contra mi pecho a mi padre. Quiero abrazarle corriendo. ¡Oh padre!, al cabo de tanto tiempo, deseo gozar mirándote; no te enfades.
CLITEMNESTRA
Abandónate a tan puro placer, ¡oh hija!, que quisiste siempre a tu padre más que todos tus hermanos.
IFIGENIA
¡Oh padre! Con cuánta alegría te veo tras ausencia tan larga.
AGAMENÓN
Y yo a ti; tú sientes lo que yo.
IFIGENIA
Salve, padre. Alabo tu propósito de hacerme venir junto a ti.
AGAMENÓN
No sé, ¡oh hija!, si afirmarlo o negarlo.
IFIGENIA
¡Ay de mí! Poco halagüeño es ahora tu semblante, tan plácido ha poco al verme.
AGAMENÓN
Muchos son los cuidados de un rey y de un general.
IFIGENIA
Piensa solo en mí, y olvídate de lo demás.
AGAMENÓN
Y contigo estoy en cuerpo y alma, y no en otra parte.
IFIGENIA
Desarruga, pues, tu ceño y mírame con ternura.
AGAMENÓN
Ya me alegro; siempre me alegro al verte, ¡oh hija mía!
IFIGENIA
¿Y sin embargo derramas lágrimas de tus ojos?
AGAMENÓN
Larga será después nuestra ausencia.
IFIGENIA
No sé lo que dices; no sé lo que dices, padre muy querido.
AGAMENÓN
Cuanto más sensatas son tus palabras, más me mueves a lástima.
IFIGENIA
Diré, pues, sandeces, si así te complazco.
AGAMENÓN
¡Válganme los dioses! No puedo callar; alábote, sin embargo.
IFIGENIA
Quédate en tu palacio, ¡oh padre!, al lado de tus hijos.
AGAMENÓN
Lo deseo en verdad, y siento no poderlo hacer.
IFIGENIA
Perezcan los guerreros con Menelao, origen de nuestros males.
AGAMENÓN
Que a otros harán desdichados, como a mí me hicieron.
IFIGENIA
¡Cuánto ha durado tu ausencia, detenido en Áulide!
AGAMENÓN
Y algún obstáculo me impide también ahora proseguir mi rumbo con el ejército.
IFIGENIA
¿En dónde dicen que habitan los frigios, padre?
AGAMENÓN
En donde ojalá que nunca habitara Paris, hijo de Príamo.
IFIGENIA
Lejos navegas, padre, abandonándome.
AGAMENÓN
Igual es tu suerte, ¡oh hija!, a la de tu padre.
IFIGENIA
¡Oh! ¡Ojalá que fuese lícito a ambos que yo te acompañara!
AGAMENÓN
Y tú has de navegar ahora adonde te acordarás de tu padre.
IFIGENIA
¿Navegaré sola o con mi madre?
AGAMENÓN
Sola, separada de tu padre y de tu madre.
IFIGENIA
¿Me llevarás a otro palacio, padre?
AGAMENÓN
Hablemos de otra cosa; las doncellas no deben saber esto.
IFIGENIA
Que de la Frigia vuelvas pronto a mi lado, después de realizar tus proyectos, ¡oh padre!
AGAMENÓN
Antes he de hacer aquí cierto sacrificio.
IFIGENIA
Pero conviene que lo prepares aconsejado por los sacerdotes.
AGAMENÓN
Ya lo verás, porque has de estar cerca del vaso sagrado.
IFIGENIA
¿Danzaremos en coros alrededor del ara, padre?
AGAMENÓN
Más dichosa eres que yo, no sabiendo nada. Pero irás al palacio, para que te vean las doncellas, después de darme tu diestra y un ósculo amargo, ya que por largo tiempo te separarás de tu padre. ¡Oh pecho y mejillas, oh rubios cabellos, cuánto dolor nos ha causado Helena y la ciudad de los frigios! Pero callemos. Lágrimas incesantes corren de mis ojos cuando te abrazo. Vete al palacio. A ti ruego, ¡oh hija de Leda!, que te compadezcas de mí, pues voy a casar mi hija con Aquiles. Afortunada es esta separación, pero sensible para un padre llevar a palacio ajeno a los hijos que educó con trabajo.
CLITEMNESTRA
No soy tan necia como crees. Advierte también que mi pena será igual a la tuya cuando lleve a la doncella al altar del himeneo, sin que te molestes en avisármelo; pero la necesidad y el tiempo mitigarán a una ese dolor. Sé el nombre del que desposaste con mi hija; pero deseo conocer su linaje y patria.
AGAMENÓN
Egina[262] fue hija de Asopo.
CLITEMNESTRA
¿Qué mortal o qué dios es su esposo?
AGAMENÓN
Zeus, que engendró a Éaco, príncipe de los enones.
CLITEMNESTRA
¿Pero cuál de los hijos de Éaco empuñó el cetro?
AGAMENÓN
Peleo, cónyuge de la hija de Nereo.
CLITEMNESTRA
¿Pero la recibió por esposa consintiéndolo el dios, o contra la voluntad divina?
AGAMENÓN
Zeus la desposó: se la dio quien tenía derecho de dársela.
CLITEMNESTRA
¿En dónde celebró sus nupcias? ¿En las olas del mar?
AGAMENÓN
En la estrecha morada del Pelión,[263] en donde Quirón habita.
CLITEMNESTRA
¿En donde dicen que habita también el linaje de los centauros?
AGAMENÓN
Allí celebraron los dioses con banquetes las bodas de Peleo.
CLITEMNESTRA
¿Y fue Tetis la que educó a Aquiles, o su padre?
AGAMENÓN
Fue Quirón, para que no aprendiese las pervertidas costumbres de los hombres.
CLITEMNESTRA
¡Bien! Sabio maestro, y más sabio aún el que le confió a su sabiduría.
AGAMENÓN
He aquí el esposo de tu hija.
CLITEMNESTRA
Seguramente no es despreciable. ¿Pero en qué ciudad de la Grecia reside?
AGAMENÓN
A orillas del Apídano,[264] en los confines de la Ftía.
CLITEMNESTRA
¿Y allá ha de llevar a nuestra hija virgen?
AGAMENÓN
Él, que ha de poseerla, lo decidirá.
CLITEMNESTRA
Que sean, pues, felices. ¿Qué día se celebrará el himeneo?
AGAMENÓN
Cuando en favorable auspicio la luna llegue a su plenitud.[265]
CLITEMNESTRA
¿Sacrificaste ya a la diosa víctimas propiciatorias por el casamiento de nuestra hija?
AGAMENÓN
Lo haré; tal es ahora mi propósito.
CLITEMNESTRA
¿Y habrá después festín nupcial?
AGAMENÓN
Cuando inmole las víctimas que he de sacrificar a los dioses.
CLITEMNESTRA
¿Y en dónde celebraremos nosotras el banquete de las mujeres?
AGAMENÓN
Aquí, junto a las naves de los griegos, engalanadas sus popas.
CLITEMNESTRA
Pláceme, y necesario es en verdad. En fin, que todo sea para bien.
AGAMENÓN
¿Sabes, ¡oh esposa!, lo que has de hacer? Obedéceme.
CLITEMNESTRA
¿Qué dices? Siempre acostumbro a obedecerte.
AGAMENÓN
Nosotros, allí en donde está el esposo...
CLITEMNESTRA
¿Cómo haréis sin la madre de la desposada lo que solo a ella incumbe?
AGAMENÓN
Llevaremos a tu hija en medio de los dánaos.
CLITEMNESTRA
Y mientras, ¿en dónde estaré yo?
AGAMENÓN
Vete a Argos, y educa a las vírgenes que allí quedan.
CLITEMNESTRA
¿Dejando a mi hija? ¿Quién llevará la antorcha?
AGAMENÓN
Yo llevaré la que ha de alumbrar a los esposos.
CLITEMNESTRA
No es esa la costumbre, aunque sea para ti poco importante.
AGAMENÓN
Indecoroso parece que fuera de aquí te cerque innumerable soldadesca.
CLITEMNESTRA
Pero no que como madre intervenga en las bodas de mis hijos.
AGAMENÓN
Ni las doncellas han de estar solas en el palacio.
CLITEMNESTRA
Bien las guardan seguros gineceos.
AGAMENÓN
Obedéceme.
CLITEMNESTRA
No, por la diosa, reina de los argivos. Atiende a tus negocios y deja a mi cargo los domésticos, y, entre ellos, el de casar a mis hijas. (_Vase_).
AGAMENÓN
¡Ay de mí! Infructuosos han sido mis esfuerzos desvaneciose la esperanza de alejar a mi esposa para que no presencie el espectáculo que se prepara. Engaño y tiendo asechanzas a los que más amo, y soy vencido. Consultaré, no obstante, al adivino Calcas lo que puede ser grato a la diosa y a mí fatal, y pesada carga para Grecia. Conviene que el hombre sensato alimente en su casa a una mujer buena y complaciente o que no tenga ninguna. (_Vase_).
EL CORO
_Estrofa._ — Vendrá al Simois y a sus argentados remolinos numeroso ejército de griegos armados y en sus naves, y llegarán a Ilión, en la febea[266] tierra troyana, en donde dicen que Casandra esparce al aire sus rubios cabellos y se ciñe corona de verde laurel cuando la abrasa el fuego fatídico del dios.
_Antístrofa._ — Aguardarán los troyanos alrededor de las murallas y en la ciudadela de Pérgamo hasta que Ares, con su escudo de bronce y atravesando el mar en naves de afiladas popas, a fuerza de remos, se acerque al álveo del Simois, para arrancar del palacio de Príamo a Helena, hermana de los Dioscuros que están en el cielo, y llevarla a Grecia, y sean vencidos al empuje de las belicosas lanzas y de los clípeos griegos.
_Epodo._ — Y Pérgamo, ciudad de los frigios, después de presenciar sangrientos combates ante sus torres de piedra, y de ver separada de la cerviz la cabeza de sus hijos, será arrasada en sus cimientos, y hará derramar abundantes lágrimas a las hijas vírgenes y a la esposa de Príamo. Y Helena, hija de Zeus, llorará mucho al abandonar a su marido. Que ni yo ni los hijos de mis hijos vean nunca a las ricas lidias y a las esposas de los frigios hablando así unas con otras, mientras trabajan en sus labores: «¿Quién me arrancará de mi patria arruinada, arrastrando por lagrimoso surco mis cabellos bien peinados solo por tu causa, hija del cisne, orgulloso con su esbelto cuello? ¿Será cierto que Leda te concibió de ave voladora, transformándose en ella Zeus, o que las piérides contaron a los hombres estas fábulas tan inoportunas como temerarias?».
AQUILES
¿Dó yace el capitán de los griegos? ¿Cuál de sus servidores podrá decirle que lo busca Aquiles, el hijo de Peleo? No es igual la suerte de cuantos permanecieron junto al Euripo, porque algunos célibes, lejos de sus hogares, se hallan detenidos en estas riberas, y otros dejaron en ellos mujer e hijos. ¡Tanto ardor (no sin intención de los dioses) mostró la Grecia en esta empresa! Conviene que yo defienda mi derecho; que otros, si les parece, defenderán el suyo. He abandonado la Farsalia y a Peleo, y se oponen a mi navegación estos vientos suaves que soplan en el Euripo, y con trabajo contengo a los mirmidones, que a cada instante me dicen: «¿Qué esperamos, Aquiles? ¿Por cuánto tiempo se ha de dilatar todavía nuestra partida a Troya? Vamos, pues, si ha de ser, o que el ejército vuelva a su patria; no te cuides de las vacilaciones de los Atridas».
CLITEMNESTRA
¡Oh hijo de la diosa nereida! Al oírte desde el palacio he salido a tu encuentro.
AQUILES
¡Oh pudor venerable! ¿Quién es esta mujer que veo, de tan apuesta belleza?
CLITEMNESTRA
No es de admirar que no conozcas a quien no has visto antes; alabo, no obstante, tu homenaje al pudor.
AQUILES
Pero ¿quién eres? ¿Por qué tú, siendo mujer, has venido al ejército griego en busca de hombres armados de escudos?
CLITEMNESTRA
Soy hija de Leda, me llamo Clitemnestra y es mi esposo el rey Agamenón.
AQUILES
En pocas palabras has dicho muy bien cuanto debías; pero no es decoroso que yo hable con mujeres.
CLITEMNESTRA
Detente. ¿A qué huyes? Que tu diestra toque la mía, prenda feliz del futuro himeneo.
AQUILES
¿Qué dices? ¿Yo darte mi diestra? Respetemos a Agamenón no tocando lo que no es nuestro.
CLITEMNESTRA
Puedo hacerlo porque te unes a mi hija, tú que naciste de la marina diosa nereida.
AQUILES
¿De qué nupcias hablas? Admirado me dejas, ¡oh mujer!, a no ser que equivocada pronuncies tan extrañas frases.
CLITEMNESTRA
Natural es que cualquiera se avergüence al ver a sus sinceros amigos que le hablan de su himeneo.
AQUILES
Nunca, ¡oh mujer!, pretendí la mano de tu hija, y jamás los Atridas me hablaron de mi himeneo.
CLITEMNESTRA
¿Qué habrá, pues, sucedido? Si mis palabras te sorprenden, no me maravillan poco las tuyas.
AQUILES
Averígualo tú, que a ambos nos interesa; quizás nos habrán engañado.
CLITEMNESTRA
¿Acaso tramarán contra mí alguna maldad? Concierto bodas que, según parece, no han de celebrarse. Avergüénzome de ello.
AQUILES
Alguno acaso se ha burlado de ambos; pero no te aflijas y llévalo con paciencia.
CLITEMNESTRA
Adiós; ya no puedo mirarte cara a cara, después de haber dicho una mentira y de sufrir tal sonrojo.
AQUILES
Sucédeme lo mismo; voy, pues, a buscar a tu marido en este palacio.
EL ANCIANO
¡Detente, extranjero, hijo de Éaco, detente, que te lo pido, ¡oh hijo de una diosa!, y tú también, hija de Leda!
AQUILES
¿Quién me llama así, entreabriendo las puertas? ¡Cuán conmovido parece!
EL ANCIANO
Un esclavo, aunque no insolente, pues soy muy desdichado.
AQUILES
¿Cúyo eres? No mío, que mis bienes y los de Agamenón yacen separados.
EL ANCIANO
De la que está delante del palacio; diome a ella Tindáreo, su padre.
AQUILES
Henos aquí; di, si te place, por qué me llamas.
EL ANCIANO
¿Estáis solos?
CLITEMNESTRA
Puedes hablar como si lo estuviéramos; pero sal de la regia morada.
EL ANCIANO
¡Oh fortuna, oh providencia, salva a los que deseo salvar!
AQUILES
Tales voces indican ansiedad y cierto temor.
CLITEMNESTRA
Por mi diestra no vaciles,[267] si intentas decirme algo.
EL ANCIANO
Sabes quién soy, y has experimentado mi fidelidad contigo y con tus hijos.
CLITEMNESTRA
Sé que eres un antiguo servidor de mi familia.
EL ANCIANO
Y que fui a poder del rey Agamenón como parte de tu dote.
CLITEMNESTRA
Conmigo viniste a Argos, y fuiste siempre mío.
EL ANCIANO
Así es; y a ti te quiero bien, más que a tu esposo.
CLITEMNESTRA
Acaba, pues, de decirnos lo que deseas.
EL ANCIANO
El padre que engendró a tu hija ha decretado su muerte...
CLITEMNESTRA
Horrorízanme, ¡oh anciano!, tus palabras; a la fuerza has perdido el juicio.
EL ANCIANO
Hiriendo con la cuchilla la blanca cerviz de la desventurada.
CLITEMNESTRA
¡Oh, mísera yo! ¿Delira acaso mi esposo?
EL ANCIANO
Está en su acuerdo, excepto en lo que a ti y a tu hija atañe, que en esta parte es insensato.
CLITEMNESTRA
¿Por qué? ¿Qué genio maléfico le instiga?
EL ANCIANO
Los oráculos, como dice Calcas, para que los dioses favorezcan la navegación del ejército.
CLITEMNESTRA
¿Adónde? ¡Cuánta es mi desventura y la de esa desdichada que ha de morir a manos de su padre!
EL ANCIANO
A la tierra de Dárdano, para que Menelao recobre a Helena.
CLITEMNESTRA
¿Acaso ha decretado el destino que Helena vuelva con daño de Ifigenia?
EL ANCIANO
Así es. El padre inmolará a tu hija en el ara de Artemisa.
CLITEMNESTRA
Pero entonces, ¿a qué me llamó de mi palacio bajo el pretexto de casarla?
EL ANCIANO
Para que de buen grado la trajeses, como si hubiese de enlazarla con Aquiles.
CLITEMNESTRA
¡Oh hija, a morir has venido, y tu madre contigo!
EL ANCIANO
Desdicha grande es la vuestra, y crueldad inaudita la de Agamenón.
CLITEMNESTRA
Yo, infortunada, muero; ya mis ojos no pueden contener las lágrimas.
EL ANCIANO
Seguramente que es amargo llorar por la pérdida de nuestros hijos.
CLITEMNESTRA
¿Pero cómo lo has averiguado, ¡oh anciano!?
EL ANCIANO
Encargome que te llevara otra carta distinta de la primera.
CLITEMNESTRA
¿Prohibiéndome, o exhortándome a traer a mi hija a morir?
EL ANCIANO
Prohibiéndotelo; al fin pensó tu esposo cuerdamente.
CLITEMNESTRA
Pero ¿cómo habiendo llevado después esa carta no me la entregaste?
EL ANCIANO
Arrebatómela Menelao, autor de estos males.
CLITEMNESTRA
¿Lo oyes, hijo de la nereida, lo oyes, hijo de Peleo?
AQUILES
He comprendido tu desdicha, aunque no deja también de afectarme.
CLITEMNESTRA
Matarán a mi hija, engañándonos con el pretexto de casarla.
AQUILES
Muéveme también a ira tu marido, y no lo sufro con paciencia.
CLITEMNESTRA
No me avergonzaré de caer a tus rodillas, que soy mortal, y tú has nacido de una diosa. ¿De qué me serviría ya mi orgullo? ¿Qué podrá interesarme más que mi hija? Socórreme en mi infortunio, ¡oh hijo de una deidad!, y a la que llamaron tu esposa, vanamente, es verdad, pero socórrela, no obstante. Coronada de flores la traje para casarla contigo, y ahora la llevo a morir; será para ti una afrenta que no la auxilies. Aun cuando no os haya unido el himeneo, te han llamado caro esposo de virgen desventurada. Ruégotelo por tu barba, por tu diestra, por tu madre; tu nombre es causa de mi infortunio, y debes ayudarme. No tengo otra ara en donde refugiarme que tus pies, ni cerca amigo alguno, y ya conoces el proyecto cruel y bárbaro de Agamenón. Yo, siendo mujer, he venido a la armada, a una armada feroz y desenfrenada para el mal, pero que puede serme útil si quiere. Si tú te atreves a extender tu mano protectora, nos hemos salvado; si no, morimos.
EL CORO
Grave es tener hijos, e inspiran grande amor, y todos padecen por los suyos.
AQUILES