Obras dramáticas de Eurípides (2 de 3)
Part 10
No crea el lector, sin embargo, que el desarrollo y exposición detallada de esta tragedia nos afecte desagradablemente, como podrá pensarlo cualquiera si tiene solo en cuenta el argumento de ella, trazado en las líneas anteriores con la concisión que nos impone la naturaleza y objeto primordial de nuestra versión. Se desenvuelve con arte y maestría sin apelar a recursos dramáticos violentos ni inesperados más o menos verosímiles, y motivados en general los unos en absoluto, y desapercibidos los otros por el interés de la curiosidad y por las pasiones que nos mueven al leerla, y que debió ser mucho más poderoso para los espectadores que asistieron a su representación. A pesar de la extensión y de los defectos del primer coro, indicados en las notas; prescindiendo de los largos parlamentos de Agamenón y de Menelao, y aun haciendo el traductor caso omiso de las interpolaciones de este drama, que saltan a la vista, de la inexperiencia poética y escénica que se revelan en su autor o en sus autores, de sus innovaciones y faltas en la versificación, en los metros usados y hasta en la cantidad de las sílabas, y del escaso e imperfecto partido que saca, al parecer, el poeta de algunas partes de su composición; a pesar de todo esto, que no es poco, repetimos, está tan magistralmente trazada en su conjunto, ofrece situaciones y complicaciones de sus personajes tan dramáticas y trágicas como la de la llegada de Clitemnestra y de Ifigenia y su entrevista con Agamenón, de mérito extraordinario, y resplandece tal verdad y tanta ternura y naturalidad en su diálogo, y en las resoluciones varias y hasta contradictorias de Agamenón, de Menelao y de la misma Ifigenia, y se presentan tan bien la ambición característica de Aquiles, de Menelao y del mismo Agamenón, la nobleza, el amor filial y la resignación patriótica de Ifigenia, y un instinto poético tan recto, un gusto tan ático y seductor y un arte tan maravilloso e inesperado en la transición, que nos conduce sin sentirlo de los horrores y temores que nos asaltan en la entrevista de Agamenón con su esposa e hija, a la placidez y relativa dulzura del desenlace, que nos llena y encanta a su conclusión, y nos obliga a proclamar no solo que es su autor Eurípides, sino también que es esta tragedia, entre todas las suyas que conocemos, una de las más notables.
Racine la ha imitado con la alteración importante de transformar a Aquiles, el de _los pies ligeros_, discípulo del centauro Quirón, educado en las selvas y alcanzando a las ciervas en su carrera, y nada pulido, por tanto, en un galán almibarado, y a la estancia de la armada griega en Áulide en una sesión dramática del tiempo de Luis XIV.
La lectura y examen de esta tragedia y las manchas que la afean, juntamente con las noticias que dan acerca de ella el escoliasta de Aristófanes, Eliano y Hesiquio, su falta de prólogo y el uso de los anapestos en su principio, han inducido a los helenistas y eruditos a revisarla y disecarla de tal manera, con tanta desenvoltura y exceso de libertad y parsimonia de prudencia, que acaso si resucitara Eurípides le costaría harto trabajo y no poco dolor reconocerla como suya. La edición de Cambridge, una de las mejores, dice así hablando de la de Hermann, célebre helenista:
«Posible es que esa edición de la IFIGENIA se haya escrito más ligeramente de lo que convenía; posible es que los años de su autor hayan trocado su perspicacia anterior en sutileza; posible que su indiscutible superioridad en este género de literatura, y el respeto que merecen a sus compatriotas sus juicios críticos, hayan exagerado su confianza en sí mismo, estimulándolo a emplear su talento sin la debida prudencia. No me atrevo a decidir acerca de las causas probables del hecho; pero, en mi opinión, paréceme evidente que ha empeorado el texto en vez de mejorarlo». Y no decimos más, porque basta lo citado para los lectores y para nuestro propósito.
Se representó después de la muerte de Eurípides por el hijo del poeta, del mismo nombre que su padre, y formaba parte de una trilogía con _Las Bacantes_ y _Alcmeón_. Se ignora si le acompañaba o no drama satírico, y la fecha de su representación.
PERSONAJES
AGAMENÓN, _rey de Argos y de Micenas, general de los griegos en el sitio de Troya._ UN ANCIANO, _servidor de Agamenón._ CORO DE DONCELLAS DE CALCIS (_en la Eubea_). MENELAO, _hermano de Agamenón y esposo de Helena._ CLITEMNESTRA, _esposa de Agamenón, hija de Tindáreo y hermana de Helena._ IFIGENIA, _hija de Agamenón y de Clitemnestra._ AQUILES, _hijo de Peleo y de Tetis._ UN MENSAJERO.
La escena es en Áulide, junto al Euripo.[235]
Envuelta en las sombras de la noche se ve en el teatro una tienda suntuosa próxima al campamento griego. Agamenón sale de ella con una carta en la mano y como hablando consigo mismo, y pronuncia las palabras que siguen:
AGAMENÓN (_dirigiéndose a la tienda_).
Hola, anciano, sal de la tienda y ven acá.
EL ANCIANO
Aquí estoy. Aunque viejo, no duermo, ni son torpes mis ojos. ¿Qué nueva orden quieres darme, rey Agamenón?
AGAMENÓN
Ya la sabrás.
EL ANCIANO
Pronto, pues.
AGAMENÓN
¿Cuál es esa estrella que sigue su curso por el cielo?
EL ANCIANO
Sirio,[236] que guía junto a las siete Pléyades, todavía a la mitad de su carrera.
AGAMENÓN
Aún no se oye el canto de las aves, ni la mar, y vientos silenciosos se deslizan en el Euripo.
EL ANCIANO
Pero, ¿a qué sales de tu tienda, rey Agamenón? Todavía descansa Áulide, y no se mueven los centinelas de las murallas. Entremos.
AGAMENÓN
Feliz eres, anciano; feliz es cualquier mortal que pasa su vida sin fama y sin gloria, y menos felices los que disfrutan de honores.
EL ANCIANO
Y, sin embargo, son el encanto de los hombres.
AGAMENÓN
Pero ocasionados a peligros; y aun cuando agrade ser el primero, trae también sus penalidades: ya porque descuidamos el culto de los dioses y nos castiguen, ya porque nos atormentan los juicios humanos, varios y descontentadizos.
EL ANCIANO
No alabo tales palabras en boca de un príncipe. Atreo, ¡oh Agamenón!, no te engendró solo para gozar, sino para que sintieras placer y dolor, como mortal que eres. Y aunque no quieras, quiérenlo los dioses. Tú, a la luz de la lampara, has escrito esta carta, que todavía traes en tus manos, y borraste otra vez sus letras, y la sellaste, y la desataste y tiraste las tablillas por tierra, derramando abundantes lágrimas, y poco te faltaba para perder el seso. ¿Qué te aflige? ¿Qué te aflige? ¿Qué novedad ha ocurrido? ¿Qué novedad, rey? Vamos, habla conmigo, que soy bueno y leal, pues Tindáreo[237] me dio a tu cónyuge al casarte como prueba de su liberalidad, y he sido su fiel compañero.
AGAMENÓN
Tres vírgenes dio a luz Leda, hija de Testio:[238] Febe, Clitemnestra, mi esposa, y Helena, cuya mano pretendieron los mancebos más nobles y ricos de la Grecia. Atroces amenazas profería, abundante sangre se preparaba a derramar cualquiera de ellos que no la lograse. Tindáreo, su padre, dudaba, pues, si la daría o no a alguno, preocupándole cuál sería el partido más acertado. Y se le ocurrió entonces obligar a los pretendientes, con juramento, juntando sus diestras y ofreciendo libaciones mientras el fuego consumía a las víctimas y pronunciaban terribles imprecaciones, a socorrer al que se casase con su hija si alguno la robaba de su palacio, arrancándola del lecho de su dueño, y que pelearían con él y derribarían su ciudad a mano armada, ya fuese griega, ya bárbara. Después que así lo hicieron todos y que el astuto viejo ejecutó su sagaz proyecto, dejó en libertad a su hija de elegir uno de ellos, el más favorecido por Afrodita, y ella (ojalá que nunca la tomase por esposa) prefirió a Menelao. Cuando desde la Frigia vino a Lacedemonia este juez de diosas (según es fama entre los hombres) con sus brillantes vestidos, lleno de oro resplandeciente y con su bárbaro lujo, enamorado de Helena y ella de él, la llevó a los pastos de Ida, ausente Menelao en lejanos países. Su esposo, al volver, recorrió toda la Grecia y recordó el antiguo juramento que sus rivales prestaron a Tindáreo, con arreglo al cual debían ayudar al ofendido. Por esta causa resolvieron los griegos hacer la guerra; tomaron las armas, y vinieron al estrecho de Áulide con naves y clípeos, y con muchos caballos y carros, y me eligieron su capitán por deferencia a Menelao, mi hermano. ¡Ojalá que otro cualquiera obtuviese en mi lugar esta dignidad! Reunido el ejército, permanecemos en Áulide sin poder navegar. El adivino Calcas[239] contesta a nuestras preguntas y vacilaciones diciéndonos que sacrifiquemos a Ifigenia, mi hija, para honrar a Artemisa, que mora en este suelo, y que si así lo hacemos, seguiremos nuestro rumbo y destruiremos a los frigios; y que si no, nada lograremos. Cuando lo supe, ordené a Taltibio[240] que licenciase sin dilación todo el ejército, ya que nunca conseguirá de mí que dé muerte a mi hija; pero después mi hermano, estrechándome vivamente, me ha persuadido que consienta en tales atrocidades. Y he escrito a mi esposa que me envíe a Ifigenia como para casarla con Aquiles; le pondero la grandeza de este, y le digo que no quiere navegar con los aqueos a no tener en la Ftía esposa de nuestra sangre: he pensado convencer a Clitemnestra pretextando el falso matrimonio de su hija; pero la verdad, entre todos los griegos, solo la sabemos yo, Calcas, Odiseo y Menelao. Pero cuanto prometí entonces sin razón, lo borro ahora de estas tablillas mejor aconsejado, favorecido por las sombras de la noche; y habiéndolas desatado y sellado de nuevo, las entregaré a un anciano fiel a mi linaje y a mi esposa. Ahora llevarás a mi esposa la carta que me has visto abrir y sellar varias veces, diciéndote antes su contenido.
EL ANCIANO
Dímelo, decláramelo, para que, al hablar, mi lengua lo confirme.
AGAMENÓN
Además de mi carta anterior, te remito esta, ¡oh hija de Leda!, para que no venga tu hija al estrecho sinuoso de la Eubea, a Áulide, abrigada de las olas. El año próximo inmediato celebraremos su himeneo.
EL ANCIANO
Pero ¿cómo Aquiles, viéndose engañado, no se encolerizará, indignándose contra ti y contra tu esposa? Peligroso es esto. Dime lo que piensas.
AGAMENÓN
Aquiles solo es el pretexto, no la verdadera causa de su venida, y nada sabe de tales nupcias, ni de nuestros proyectos, ni que yo haya dado palabra de casarlo con mi hija, ni de entregársela.
EL ANCIANO
Grave es lo que meditas, rey Agamenón, pues en vez de casar a tu hija con el hijo de la diosa, piensas sacrificarla a los griegos.
AGAMENÓN
¡Ay de mí, he perdido el juicio! ¡Ay, ay de mí, me precipito en mi daño! Pero vete ligero y olvídate de tu edad.
EL ANCIANO
Ya corro, ¡oh rey!
AGAMENÓN
Que no te detengas en las fuentes umbrosas ni te dejes dominar por el dulce sueño.
EL ANCIANO
Ruégote que pronuncies palabras de buen agüero.
AGAMENÓN
Siempre que atravieses una encrucijada mira alrededor, cuidando de que no se te oculte ningún carro de veloces ruedas que traiga a mi hija a las naves de los hijos de Dánao. Y si encuentras a los que la conducen, hazlos volver, apodérate de las riendas y llévalos a las murallas de los cíclopes.
EL ANCIANO
Así lo haré.
AGAMENÓN
Pero anda, sal cuanto antes de esta plaza.
EL ANCIANO
Mas, dime, ¿cómo darán crédito a mis palabras tu esposa e hija?
AGAMENÓN
Guarda el sello que cubre esta carta. Vete. Ya brilla la aurora y palidece esta luz, y asoma el fuego de la cuadriga del sol. Sírveme en mis trabajos. Ningún mortal es dichoso hasta el fin; ninguno ha habido hasta ahora que no conozca el dolor. (_Vanse Agamenón y el anciano_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — He venido a la arenosa costa de la marítima Áulide navegando por las ondas de Euripo hasta el angosto estrecho, y dejando la Cálcide,[241] mi ciudad, bañada por la ínclita Aretusa,[242] que se precipita en la mar, para ver el ejército de los aqueos y las mil naves de belicosos guerreros que se dirigen a Troya, mandados por el blondo Menelao y por el noble Agamenón. Tratan, según cuentan nuestros esposos, de recobrar a Helena, robada del Eurotas, abundante en cañas, por el pastor Paris, don que le hizo Afrodita cuando, cerca de la oculta fuente, la declaró más bella que sus dos rivales Hera y Palas.
_Antístrofa 1.ª_ — Presurosa atravesé el bosque en donde se elevaba el humo de muchos sacrificios en honor de Artemisa, tiñendo mis mejillas juvenil rubor por contemplar las trincheras de los que llevan clípeos, las tiendas de campaña de los hijos de Dánao y los escuadrones de caballos. Y he visto a los dos Áyax, amigos, al hijo de Oileo y al de Telamón, gloria de Salamina, y a Protesilao, que con Palamedes, el nieto de Poseidón, juega con varias figurillas;[243] y a Diomedes, aficionado a lanzar el disco, y junto a él a Meriones,[244] de la raza de Ares, portento entre los hombres; y al hijo de Laertes, oriundo de insulares montes, y a Nireo,[245] el más hermoso de los griegos.
_Epodo._ — Y vi también a Aquiles, ligero como el viento, hijo de Tetis, discípulo de Quirón,[246] corriendo con sus armas por la arenosa ribera, disputando a pie la victoria a una cuadriga. Y gritaba el auriga Eumelo,[247] del linaje de Feres, aguijando los hermosísimos caballos de insignes frenos llenos de oro: los de en medio, junto al yugo, eran pintados de blanco, y los otros dos, los de más largas riendas, que se ayudaban mutuamente en su carrera, de pelo rojo, con manchas en las piernas, más arriba de su casco sólido; y junto a ellos, y cerca de la rueda y de sus rayos, corría armado el hijo de Peleo.
_Estrofa 2.ª_ — Vi también sus numerosas naves, espectáculo admirable y que satisfizo mi juvenil curiosidad, disfrutando de dulce deleite. Formaba el ala derecha de la armada la escuadra ftiota de los mirmidones, con cincuenta bajeles impetuosos. Doradas imágenes en su parte más alta representaban a las nereidas, distintivo de las naves que llevaban el ejército de Aquiles.[248]
_Antístrofa 2.ª_ — Cerca de ellas estaban los buques argivos, de igual número de remos, a cuyo frente iba el hijo de Mecisteo,[249] educado por su abuelo Tálao, y Esténelo, el hijo de Capaneo.[250] Seguían después las sesenta naves del Ática, mandadas por el hijo de Teseo,[251] llevando a Palas en ecuestre y alado carro, signo fausto a los navegantes.
_Estrofa 3.ª_ — Vi también la armada de los beocios, compuesta de cincuenta naves adornadas de símbolos, y entre ellos, y en la parte más elevada, a Cadmo,[252] teniendo en sus manos un dragón dorado; Leitos, el hijo de la Tierra, los mandaba. Vi también a los de la Fócida,[253] y a los locrenses, iguales en número, capitaneados por el hijo de Oileo,[254] que abandonó a la ilustre ciudad Troniada.
_Antístrofa 3.ª_ — El hijo de Atreo, de la ciclópea Micenas, iba al frente de cien naves, y con él su hermano, capitán también, como un amigo va con otro, para pedir en nombre de la Grecia estrecha cuenta a la que dejó su palacio para contraer, en las popas de las naves de Gerenio Néstor,[255] que vino de Pilos, bárbaras nupcias. Vi además una imagen con pies de toro, símbolo del Alfeo.
_Epodo._ — Doce eran los bajeles de los enianes que obedecían al rey Guneo, y junto a ellos los príncipes de la Élide,[256] llamados epeos por todo el pueblo, a las órdenes de Eurito. Las naves tafias, armadas de brillantes remos, las guiaba Meges, hijo de Fileo, habiendo dejado las islas Equínadas, inaccesibles a los marineros. Y Áyax, criado en Salamina, juntaba las últimas del ala derecha a la izquierda, en doce ligerísimos bajeles, apostado cerca de ellos, según observé al visitar la flota griega; y si algún buque bárbaro se atreve a atacarla, no podrá volver, según es de presumir de su formidable aspecto. Oiga lo que oyere, en mi patria conservaré eterna memoria de tan importante armada.[257]
EL ANCIANO
Menelao, ¿osas cometer atrocidades que no debías intentar?
MENELAO
Aparta; eres demasiado fiel a tus señores.
EL ANCIANO
Honrosa es la injuria que me haces.
MENELAO
Llorarás si no desistes de tu propósito.
EL ANCIANO
No debiste abrir la carta que yo llevaba.
MENELAO
Ni tú llevarla, si habías de perjudicar a toda la Grecia.
EL ANCIANO
Con otros puedes disputar; pero déjamela ahora.
MENELAO
No la soltaré.
EL ANCIANO
Ni yo tampoco.
MENELAO
Pronto con mi cetro llenaré de sangre tu cabeza.
EL ANCIANO
Pero es glorioso morir por sus señores.
MENELAO
Suelta, que para esclavo hablas demasiado.
EL ANCIANO
Injúriannos, señor: Menelao, ¡oh Agamenón!, me ha arrancado con violencia tu carta, y desoye la voz de la justicia.
AGAMENÓN
¿Cómo? ¿Qué tumulto es este? ¿Qué sucede en las puertas? ¿Qué significan estas palabras descomedidas?
MENELAO
Más vale que yo te hable, no este.
AGAMENÓN
Pero, ¿por qué, ¡oh Menelao!, disputas y violentas a este esclavo?
MENELAO
Mírame, para saber cómo he de hablarte.
AGAMENÓN
¿Me impedirá el miedo abrir los párpados, siendo hijo de Atreo?
MENELAO
¿Ves esta tablilla? ¿Conoces su odioso contenido?
AGAMENÓN
La veo, y lo primero que hay que hacer es soltarla.
MENELAO
No antes de enseñar a todos los griegos lo que hay escrito en ella.
AGAMENÓN
¿Sabes acaso, habiendo roto el sello, lo que debías ignorar?
MENELAO
Aflígete, que se han de descubrir tus ocultas maldades.
AGAMENÓN
¿Cómo te apoderaste de ella? ¡Oh dioses, cuánta es tu impudencia!
MENELAO
Esperando a tu hija de Argos, si ha de venir a reunirse con el ejército.
AGAMENÓN
¿Y por qué tanto interés por mis asuntos? ¿No es inaudito descaro?
MENELAO
Solo porque quería; yo no soy tu esclavo.
AGAMENÓN
¿Y dejará de ser un abuso? ¿No podré gobernar mi casa?
MENELAO
Fácilmente varías de parecer: ahora piensas así, antes de otra manera, después pensarás de otra distinta.
AGAMENÓN
Sagaz eres en demasía; perjudicial la lengua hábil en hacerse odiosa.
MENELAO
Los ánimos versátiles, no sinceros, son injustos con los amigos. Pero deseo convencerte, para que ni la ira te desfigure la verdad, ni digas que te hablo con desprecio. ¿Acuérdaste de cuando deseabas llevar a los griegos a Troya, no fingida, sino verdaderamente, cuán humilde eras y cómo estrechabas todas las diestras y dabas acceso en tu palacio a todo el pueblo, y audiencia aunque no quisieran, mostrándote afable con exceso, para que te confiasen el supremo mando? Y después, así que te lo concedieron, variaste de conducta, no fuiste ya amigo de tus amigos como antes, era difícil verte, y rara vez se te hallaba en tu palacio. El hombre probo que obtiene el mando, no debe ser tan inconstante, sino, al contrario, amar más a sus amigos, porque si la fortuna le sonríe, puede servirles mejor. Tales son tus primeras faltas. Después que llegaste a Áulide con todo el ejército, para nada servías, consternado con el contratiempo que te suscitaron los dioses, oponiéndose a nuestra navegación. Pero los griegos te pedían que disolvieras la armada, para no sufrir en Áulide inútilmente. ¡Qué triste era tu semblante y cuánta tu turbación si, capitán de cien naves, no llenabas con tus soldados los campos de Príamo! Y me mandabas llamar y me decías: «¿Qué haré? ¿Qué remedio pondré?». Y todo por temor de perder el mando y la preclara gloria que esperabas conseguir. Después, cuando Calcas sacrificó y te intimó que mataras a tu hija en honor de Artemisa, y que solo así podrían navegar los griegos, te llenó de gozo y prometiste hacerlo; y voluntariamente ordenaste a tu esposa, no obligado por la fuerza, como no te atreverás a sostener, que enviase aquí a tu hija con el pretexto de casarla con Aquiles. Luego cambias de parecer, y averiguamos que remites otras cartas y que no inmolarás a tu hija, lo cual, en verdad, no te favorece mucho. Así también se desprende de tus últimas palabras. Lo que a ti, sucede a muchos en la gestión de los negocios públicos: primero se afanan cuanto pueden, y a poco decaen vergonzosamente, ya por temor a necias hablillas, ya con razón, porque no pueden defender a la república. Duélome sobre todo de la mísera Grecia, que deseaba acometer gloriosa empresa y se ve forzada a dejar impunes a bárbaros que nada valen, y que se burlarán de ella por tu causa y por tu hija. A ninguno pondría yo al frente de un estado ni de un ejército por su interés personal; el que manda en una ciudad ha de ser prudente; así cualquiera puede gobernarla, con tal de que sea sensato.
EL CORO
Amargo espectáculo es el de hermanos que se querellan, disputan y dan voces.
AGAMENÓN
Quiero replicarte como mereces, aunque con dulzura y en pocas palabras, sin fruncir mi ceño con impudencia, sino con moderación, porque eres mi hermano. El hombre de bien suele ser con todos respetuoso. Dime, ¿a qué viene tu desagrado y esos ojos que respiran sangre? ¿Quién te injuria? ¿Qué necesitas? ¿Deseas rescatar tu buena esposa? Yo no puedo dártela; mal la educaste. Y yo, que en nada pequé, ¿expiaré tus faltas? ¿Te atormenta mi ambición? ¿O quieres estrechar en tus brazos a tu bella compañera, sin acordarte del honor ni de la justicia? Son vituperables deleites de hombre depravado. Y si yo, pensando mal primero, varié prudentemente de parecer, ¿estaré loco por eso? Más bien tú que, perdiendo una esposa culpable, gracias a algún dios que te favorecía, quieres recuperarla. Sus necios pretendientes, ansiosos de casarse con ella, prestaron a Tindáreo el consabido juramento. Pero la Esperanza es diosa, según creo, y contribuyó más a ello que tú y tu poder. Emprende, pues, con su ayuda la guerra, que, a mi juicio, no tardarás en arrepentirte de tu insensatez. No hay deidad sin inteligencia que no sepa distinguir el juramento informal y arrancado por la fuerza. Yo no mataré a mis hijos, ni será justo que tú logres tu deseo castigando a una mujer pésima, y me consuman las lágrimas noche y día si cometo iniquidades e injusticias contra los hijos que engendré. Pocas son mis palabras, pero claras, por lo cual, si no quieres moderarte, cuidaré de lo que me interesa.
EL CORO
Distintas son estas frases de las pronunciadas antes; pero aconsejan con razón que miremos por nuestros hijos.
MENELAO
¡Ay, ay de mí! ¡Que sea tanta mi desventura y me abandonen mis amigos!
AGAMENÓN
Sí, si no intentas perder los que tienes.
MENELAO
¿Cómo pruebas que eres también hijo de mi padre?
AGAMENÓN
Deseo ser contigo prudente, no enfurecerme.
MENELAO
Nuestros amigos deben participar de nuestras penas.
AGAMENÓN
Aconséjame haciéndome bien, no llenándome de amargura.
MENELAO
¿No piensas ya acabar con los griegos tu penosa empresa?
AGAMENÓN
La Grecia, sin duda por decreto de algún dios, delira como tú.
MENELAO
¡Envanécete, pues, con tu cetro, vendiendo a tu hermano! Apelaré a otros recursos y acudiré a otros amigos.
EL MENSAJERO
¡Oh Agamenón, rey de todos los griegos! Tráigote a tu hija, a la que llamaste Ifigenia en tu palacio. Acompáñanla su madre, tu esposa Clitemnestra, y tu hijo Orestes, para que goces al verlos tras dilatada ausencia. Como el camino ha sido largo, lavan sus delicados pies en una clara fuente, como yeguas sueltas en verde prado, para que saboreen agradable pasto.[258] Yo me adelanto para que te prepares, porque el ejército sabe (veloz fama ha corrido por él) que tu hija ha llegado. Presurosa muchedumbre acude a verla. ¡Bienaventurados los mortales que alcanzan preclara gloria! Mas dicen: «¿Qué nupcias son estas? ¿De qué se trata? ¿El rey Agamenón ha mandado llamar a su hija por regocijarse con su visita?». A otros hubieras oído estas palabras: «Van a iniciar a esa tierna doncella en los sacrificios de Artemisa, reina de Áulide. ¿Quién se casará con ella?». Pero date prisa en ofrecer los cestos sagrados,[259] y que tú y el rey Menelao coronéis vuestras cabezas; celebra con pompa el himeneo, y que en el palacio resuenen la flauta y las ruidosas danzas, que brilló para la doncella el día de su ventura.
AGAMENÓN