Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)
Part 9
Algún numen maléfico se ensaña en el linaje de Edipo desde que yo tuve hijos contra la voluntad divina, y tu padre se casó, y tú naciste. Pero ¿de qué sirven estos recuerdos? Suframos nuestro destino. Temo y deseo a un tiempo preguntarte por no afligir tu ánimo.
POLINICES
Pregunta sin cuidado cuanto quieras; tu voluntad, ¡oh madre!, es también la mía.
YOCASTA
Te preguntaré primero esto: ¿qué es el destierro? ¿Es un mal grave?
POLINICES
El mayor, y tan grave, en realidad, que las palabras no pueden expresarlo.
YOCASTA
¿Cómo así? ¿Qué clase de mal es?
POLINICES
El mayor de todos: no poder hablar con libertad.
YOCASTA
De esclavo es lo que acabas de decir, si no se puede expresar lo que se siente.
POLINICES
Es necesario sufrir las impertinencias de los poderosos.
YOCASTA
Amargo es compartir la insensatez ajena.
POLINICES
Y por nuestro bien, y contra lo que dicta la naturaleza, es preciso hacerse esclavos.
YOCASTA
Pero, según cuentan, la esperanza infunde aliento a los desterrados.
POLINICES
Es verdad que los mira con blandos ojos, pero tarda en cumplirse.
YOCASTA
¿Te ha probado el tiempo que son vanas las tuyas?
POLINICES
En medio de los males ofrecen cierto suave deleite.
YOCASTA
¿Cómo vivías y buscabas el sustento antes de casarte?
POLINICES
Unos días lo encontraba, otros no.
YOCASTA
¿Y los amigos de tu padre, y los que disfrutaron de su hospitalidad, no te socorrían?
POLINICES
Que seas siempre afortunada; en la desgracia de nada te sirven los amigos.
YOCASTA
¿Ni la nobleza de tu alcurnia te sirvió?
POLINICES
Malo es carecer de todo, que la nobleza no da de comer.
YOCASTA
La patria, según parece, es muy amada por los mortales.
POLINICES
No puedes figurarte cuán amada sea.
YOCASTA
¿Cómo fuiste a Argos? ¿Con qué objeto?
POLINICES
No lo sé; alguna deidad lo dispuso.[189]
YOCASTA
Sabios son los dioses; pero ¿cómo te casaste?
POLINICES
Apolo pronunció cierto oráculo a ruego de Adrasto.
YOCASTA
¿Cuál? ¿Qué has dicho? No lo entiendo.
POLINICES
Le ordenó dar la mano de sus hijas a un león y a un jabalí.
YOCASTA
¿Pero qué tenías tú de común con esas fieras, hijo?
POLINICES
Era de noche cuando llegué al palacio de Adrasto.
YOCASTA
¿En demanda de un albergue, o como errante desterrado?
POLINICES
Así era, y después llegó también otro desterrado.
YOCASTA
¿Quién era? Seguramente tan mísero como tú.
POLINICES
Tideo, el que llaman hijo de Eneo.
YOCASTA
¿Por qué os comparó Adrasto con las fieras?
POLINICES
Porque vinimos a las manos y reñimos por nuestros lechos.
YOCASTA
¿Entonces comprendió la profecía el hijo de Tálao?[190]
POLINICES
Sí, y nos dio en matrimonio sus dos hijas.
YOCASTA
¿Y eres feliz con tu esposa, o desventurado?
POLINICES
Hasta hoy no tengo motivos para arrepentirme.
YOCASTA
¿Y cómo conseguiste que te acompañara aquí el ejército?
POLINICES
Adrasto juró a sus dos yernos que volverían a su patria, y yo el primero. Auxílianme muchos príncipes dánaos y de Micenas; por mí cumplen este triste, pero necesario deber, y traigo ese ejército contra mi patria. A los dioses pongo por testigos de que contra mi voluntad hago la guerra a mis parientes muy amados; pero tú puedes disipar estos males que nos amenazan, ¡oh madre!, y hacer que se reconcilien dos hermanos, y librarme de esos trabajos, y a ti misma y a la ciudad. Muy celebrado es este antiguo proverbio, pero lo diré, sin embargo: mucho valen entre los hombres las riquezas, y su poder es sin igual en las cosas humanas. Por ellas vengo aquí seguido de innumerables lanzas, porque el noble que es pobre, nada vale.
EL CORO
He aquí a Eteocles, que acude a reconciliarse con su hermano. Deber tuyo es, ¡oh Yocasta su madre!, hablarle de manera que se acabe la enemistad de tus hijos.
ETEOCLES
A tu lado me ves, ¡oh madre!, que he venido por complacerte. ¿Qué he de hacer ahora? Que alguno empiece a hablar, porque he abandonado las centurias,[191] que en doble fila defienden las murallas, para oír otra vez tu fallo, relativo a nuestra contienda, y por cuya causa ha venido este sin peligro. Solo por tus ruegos he consentido en recibirlo dentro de los muros.
YOCASTA
Poco a poco; nunca la precipitación es compañera de la justicia; al contrario, pláticas pacíficas dan mejor resultado. Déjate de lanzar miradas sombrías, y despójate del orgullo que te domina, que no estás mirando la cabeza de la Gorgona separada de las fauces, sino a tu hermano. Tú también, Polinices, vuelve el rostro hacia Eteocles, porque así hablarás mejor y lo oirás mejor también. Quiero amonestaros y haceros una advertencia prudente: cuando un amigo se ha enemistado con otro y se junta con él, y sus ojos se encuentran, debe atender solo al objeto de su entrevista, sin acordarse de sus anteriores agravios. Así tú hablarás primero, ¡oh Polinices!, que vienes con ese ejército de argivos, por habérsete hecho injusticia, según dices; ¡que algún dios sea juez y reparador de estos males!
POLINICES
Sencillos son los discursos verdaderos, y las palabras justas no necesitan de intérpretes,[192] y pesan por sí mismas: las causas injustas, enfermas de suyo, exigen medicamentos sofísticos. Yo he reflexionado en cuanto puede interesar a mi padre, y a mí y a este; queriendo evitar las maldiciones que Edipo profirió hace algún tiempo contra nosotros, me alejé de aquí voluntariamente, y pacté con este que reinase él en Tebas un año, y yo después otro, a fin de no enemistarme con él, ni venir a las manos y no sufrir ni hacer mal, como sucede de ordinario. Convino en ello y juró observarlo ante los dioses, y no cumplió ninguna de sus promesas, sino que solo empuña el cetro y posee el palacio de mi padre. Y ahora estoy dispuesto, si recupero lo que me pertenece, a alejar el ejército de esta tierra y a gobernar a mi vez a Tebas, permitiéndole que reine igual tiempo cuando le toque, y a no devastar la región tebana, ni arrimar las escalas a los muros para asaltar las torres, todo lo cual intentaré si no me hace justicia. A los dioses pongo por testigos de la sinceridad de mis palabras, y de que en todo he procedido sin falsía, y de que me han despojado de mis derechos inicuamente. Verdades tan sencillas, expresadas sin artificio, componen el fondo de mi discurso, ¡oh madre!, y a mi parecer son de igual fuerza para los sabios que para los ignorantes.
EL CORO
A nosotras, aunque no educadas en Grecia, parécenos también prudente lo que dices.
ETEOCLES
Si las frases elegantes y sensatas valiesen lo mismo para todos, no habría disensiones y dudas entre los hombres; pero nada hay entre ellos igual ni semejante, excepto los nombres, no las cosas.[193] Hablaré sin disfrazar mis sentimientos, ¡oh madre!: yo iría adonde nacen los astros del cielo y debajo de la tierra por conseguir la soberanía, deidad la más poderosa de todas. Quiero reservar para mí este bien tan grande, ¡oh madre!, no concederlo a otro, que es bajeza recibir lo que menos vale por lo que más precio tiene. Además, me avergüenza que Polinices logre lo que pretende viniendo armado a devastar este país, que será desdoro para Tebas entregar por miedo a los de Micenas el cetro que yo empuño. Armado como está, no cabe reconciliación, ¡oh madre!; porque si los discursos todo lo vencen, también vence el hierro enemigo. Si con otras condiciones quiere habitar aquí, puede hacerlo; pero no dejaré voluntariamente el reino; pudiendo mandar, no obedecerlo. Venga, pues, el fuego, venga el acero; uncid vuestros caballos a los carros, llenad con ellos los campos: no te cederé mi imperio. Si alguna vez se puede hollar el derecho, nunca mejor que por reinar: en lo demás, si se quiere, se puede atender a la piedad.[194]
EL CORO
No se debía hablar bien si no es justo lo que se dice, y en verdad que no lo es lo que he oído, sino contrario a la justicia.
YOCASTA
No todos son males en la vejez, ¡oh Eteocles!, que la experiencia nos hace más sabios que a los jóvenes. ¿Por qué tributas a la ambición tan ardiente culto, ¡oh hijo!, cuando es la peor de las divinidades? No lo hagas así, que es diosa injusta y ha perjudicado no poco a muchas familias y ciudades, antes felices, con daño de los mismos ambiciosos, y tú deliras, arrastrado por ella. Es mejor, ¡oh hijo!, adorar a la igualdad, lazo de amigos, vínculo de estados, prenda de unión entre aliados: la ley y el derecho solo son estables entre los hombres, y, lo que es más, sin él es enemigo el que menos vale, y lo obliga a pensar en el día de la venganza. La igualdad entre los mortales es el origen de las medidas y de los pesos, y ha inventado los números, y la oscura noche y la luz del sol dividen el año en iguales partes, y ninguno usurpa lo que al otro corresponde. Así sirven a los nombres uno y otra: ¿y tú no consentirás en partir igualmente este palacio, y dejar la mitad a tu hermano? ¿En dónde está, pues, el derecho? ¿Por qué tributas ese honor inmoderado a la tiranía, espléndida injusticia, y das tanta importancia o que te vean lleno de honores? Solo vanidad es esto. ¿Ambicionas los trabajos, teniendo tantos en tu palacio? ¿Qué es la abundancia, sino un vano nombre, si los modestos se contentan con lo necesario? Los mortales no poseen riquezas propias; solo administran las que los dioses les conceden, y cuando quieren se las quitan. Ea, contesta a estas dos proposiciones que voy a hacerte: ¿quieres más bien reinar, o salvar la ciudad? ¿Dices que quieres reinar? Pero si Polinices te vence, y las lanzas argivas derrotan al ejército de los hijos de Cadmo, verás bajo su dominio esta ciudad de los tebanos, verás muchas vírgenes cautivas, las verás robadas por los enemigos. Amargo para Tebas será el poder que anhelas, y funesto para ti. Y esto también se lo digo a Polinices, y esto te declaro: triste es el favor que te hace Adrasto, e insensato eres tú en venir a atacar tu patria. Si no, dado el caso de que tomes esta ciudad (que no lo permitan los dioses), ¿cómo erigirás los trofeos de la victoria? ¿Te será favorable la inspección de las víctimas, dueño de Tebas, tu patria, por la fuerza de las armas? ¿Cómo escribirás sobre los despojos junto a la corriente del Ínaco: POLINICES CONSAGRÓ A LOS DIOSES ESTOS ESCUDOS SUSPENDIDOS DESPUÉS DE INCENDIAR A TEBAS? Que jamás, ¡oh hijo!, alcances esta gloria con daño de los griegos. Si, al contrario, eres vencido y Eteocles queda victorioso, ¿cómo volverás a Argos, dejando aquí innumerables muertos? Alguno dirá entonces con verdad: ¡Desdichadas fueron las nupcias que celebraste, ¡oh Adrasto!, que perecimos por casar una de tus hijas! Dos males te amenazan, ¡oh hijo!: malograrse tu propósito, o sucumbir por conseguirlo. No seáis tan ambiciosos, no seáis ambos insensatos, que cuando estos defectos se reúnen en un hombre, es su muerte la más desventurada.
EL CORO
Alejad, ¡oh dioses!, estos males: que transijan los hijos de Edipo.
ETEOCLES
Si hablamos más, ¡oh madre!, perderemos el tiempo; tus esfuerzos serán vanos, y tu deseo no podrá alterar lo que ya se ha hecho; no hay transacción posible sino bajo las condiciones que he propuesto, a no conservar yo el cetro y gobernar esta región; déjate ya de largos discursos, y tú, Polinices, sal de esté recinto murado, o morirás.
POLINICES
¿Por mano de quién? ¿Quién es tan invulnerable que si se desenvainan las mortíferas espadas no pueda morir también?
ETEOCLES
Cerca, no lejos está: ¿ves mis manos?
POLINICES
Las veo; el rico es cobarde, y el malvado amante de la vida.
ETEOCLES
¿Y cómo te acompañan tantos contra el que no sirve para la pelea?
POLINICES
El capitán prudente vale más que el temerario.
ETEOCLES
Soberbio eres, confiado en la tregua que te libra de la muerte.
POLINICES
Y vuelvo a pedir otra vez el cetro y parte del territorio.
ETEOCLES
Como si no me lo pidieras; yo habitaré en mi palacio.
POLINICES
Poseyendo más de lo que te corresponde.
ETEOCLES
Sí; pero vete de aquí.
POLINICES
¡Oh altares de los dioses de mis padres!...
ETEOCLES
Que tú vienes a derribar.
POLINICES
Oídme...
ETEOCLES
¿Quién te ha de oír haciendo la guerra a tu patria?
POLINICES
Y palacio de los dioses que cabalgan en blancos caballos...[195]
ETEOCLES
Que te aborrecen...
POLINICES
Me expulsan de mi patria...
ETEOCLES
Tú has venido a desterrarme.
POLINICES
Injustamente, ¡oh dioses!
ETEOCLES
Invócalos en Micenas, no aquí.
POLINICES
Eres un impío...
ETEOCLES
Pero no enemigo de mi patria, como tú.
POLINICES
Que me despojas de lo mío y me destierras.
ETEOCLES
Y además te mataré.
POLINICES
¡Oh padre! ¿Ves lo que sufro?
ETEOCLES
Y también lo que haces.
POLINICES
¿Y tú, madre?
ETEOCLES
No te es lícito nombrarla.
POLINICES
¡Oh ciudad!
ETEOCLES
Ve a Argos e invoca a las aguas de Lerna.
POLINICES
Me iré para dejarte sin cuidados. Alábote, ¡oh madre!
ETEOCLES
Sal de aquí.
POLINICES
Ya salgo; pero déjame ver a mi padre.
ETEOCLES
No lo conseguirás.
POLINICES
Al menos a mis hermanas vírgenes.
ETEOCLES
Tampoco las verás nunca.
POLINICES
¡Oh hermanas!
ETEOCLES
¿A qué las llamas tú, su mayor enemigo?
POLINICES
Que la dicha te acompañe, ¡oh madre!
YOCASTA
No hay duda que todo esto es para dármela, ¡oh hijo!
POLINICES
Ya no soy tu hijo.[196]
YOCASTA
¡Cuántas desdichas me agobian!
POLINICES
Ese me injuria.
ETEOCLES
Y yo a mi vez soy injuriado.
POLINICES
¿Delante de qué torre te apostarás?
ETEOCLES
¿Para qué me lo preguntas?
POLINICES
Para combatir contigo y matarte.
ETEOCLES
Tal es también mi anhelo.
YOCASTA
¡Cuánta es mi desventura! ¿Qué hacéis, ¡oh hijos!?
POLINICES
Lo que suceda lo dirá.
YOCASTA
¿No evitaréis las maldiciones de vuestro padre?
ETEOCLES
Perezca todo mi linaje.
POLINICES
Pronto se llenará de sangre mi espada y no estará ociosa. Sírvanme los dioses de testigos y la tierra que me crió, y recuerden los males que sufro, dignos de lástima, desterrado de mi patria como un esclavo y como si Edipo no fuera también mi padre. Si algún mal te sobreviene, ¡oh ciudad!, no me acuses, sino a este: contra mi voluntad vengo, contra mi voluntad me expulsan de tu seno. Tú, Febo, que proteges estas calles de Tebas;[197] vosotros, mis compañeros, y vosotras, estatuas de los dioses, que aceptáis las víctimas que os sacrifican, ya no sé si podré invocaros después. Mis esperanzas, que no duermen, y los dioses, en quienes confío, dícenme que, muerto este, me apoderaré del territorio tebano.
ETEOCLES
Vete de aquí; con razón te puso la divina Providencia el nombre de Polinices, sinónimo de lucha.[198] (_Retíranse en opuestas direcciones Eteocles y Polinices, y Yocasta entra en el palacio_).
EL CORO
_Estrofa_. — Cuando vino a esta región el tirio Cadmo, una ternerilla[199] postró en tierra su indómito cuello, confirmando el oráculo, y ordenó la profecía que cultivasen estos campos y trajesen trigo de la Aonia,[200] y aquí mismo la fuente Dircea, de cristalina corriente, riega los prados floridos y los profundos sulcos. Aquí, de su himeneo con Zeus, parió Sémele a Dioniso,[201] y la flexible yedra que lo rodeaba lo protegió mientras fue niño con sus verdes hojas, y dio origen a los cantos de los báquicos coros de las vírgenes tebanas y de las bacantes.
_Antístrofa_. — Aquí estaba el sanguinolento dragón de Ares, cruel guardián que con el brillo de sus ojos, que todo lo veían, celaba las corrientes fructíferas y los valles resplandecientes de verdura; y cuando Cadmo vino a purificarse en sus aguas,[202] lo mató de una pedrada, hiriendo con su robusto brazo la sanguinosa cabeza del monstruo por consejo de Palas, hija sin madre de Zeus, y sembró sus dientes en los hondos sulcos de los campos, y se convirtieron en hombres armados hasta en los últimos límites del suelo, que volvieron a la tierra, de donde habían salido, matándose unos a otros, y la regaron con su sangre después que fueron expuestos a los abrasadores vientos y a la intemperie.
_Epodo_. — ¡Oh Épafo, hijo de Zeus y de Ío, nuestra abuela! Yo te invoco, yo te invoco en mi lenguaje bárbaro y mis bárbaras súplicas; ven, ven a esta tierra que poblaron tus descendientes, en donde habitaron las diosas Perséfone y Deméter y la reina de todas, la Tierra, que a todos alimenta; manda que las deidades que traen las antorchas socorran a esta región, pues todo es fácil a los dioses.
ETEOCLES (_que vuelve y se dirige a su servidor_).
Ve tú, y que te acompañe Creonte, hijo de Meneceo y hermano de Yocasta, y dile que quiero celebrar con él consejo para resolver lo que me interese y convenga a la salud del Estado antes de presentar la batalla. Pero ya no te molestes, que lo veo venir hacia mi palacio.
CREONTE
En muchas partes he estado buscándote, ¡oh rey Eteocles!, y siguiendo tus pasos he recorrido todas las puertas de los hijos de Cadmo y todas las guardias.
ETEOCLES
Y yo también deseaba verte, ¡oh Creonte! La reconciliación ha sido imposible, y de nada ha servido mi entrevista con Polinices.
CREONTE
Me han dicho que sus pretensiones orgullosas eran intolerables para los tebanos, confiado en su parentesco con Adrasto y en su ejército. Pero he venido a participarte lo que más urge en este momento.
ETEOCLES
¿Qué es? No lo sé.
CREONTE
Ha venido un tránsfuga de los argivos.
ETEOCLES
¿Y dice algo de lo que allí sucede?
CREONTE
Que el ejército de los argivos cercará en breve a Tebas por todas partes con sus apiñadas cohortes.
ETEOCLES
Menester es, por tanto, que los hijos de Cadmo saquen al campo las suyas.
CREONTE
¿En dónde? ¿Acaso tu juventud te impide ver lo que debes?[203]
ETEOCLES
Más allá de esos fosos, como para pelear al instante.
CREONTE
Escasa es nuestra gente y la suya innumerable.
ETEOCLES
Sé que son valientes fanfarrones.
CREONTE
Argos tiene alguna fama entre los griegos.
ETEOCLES
Ten ánimo; pronto sembraré su campo de cadáveres.
CREONTE
Así quisiera yo; pero veo que costará mucho trabajo.
ETEOCLES
Me será imposible contener las tropas dentro de las murallas.
CREONTE
Pero la victoria es el resultado de la prudencia.
ETEOCLES
¿Quieres acaso que varíe de parecer?
CREONTE
Sí, siempre que no lo aventures todo en una jugada.
ETEOCLES
¿Y si los acometemos de noche de repente?
CREONTE
Sí, en verdad, suponiendo que salgas bien de tu empresa y puedas volver aquí salvo.
ETEOCLES
La noche ofrece a todos ventajas, y mayores a los osados.
CREONTE
Si la suerte no te ayuda, las tinieblas de la noche pueden ser fatales.
ETEOCLES
¿Y si los ataco mientras cenan?
CREONTE
Acaso los amedrentes; pero lo que interesa es vencerlos.
ETEOCLES
Profundas son las aguas dirceas para dar libre paso a los fugitivos.
CREONTE
Lo peor es no precaverlo todo.
ETEOCLES
¿Y qué sucederá si embestimos con nuestros caballos al ejército argivo?
CREONTE
Todo él está cercado de carros.
ETEOCLES
¿Pues qué hacer? ¿Entregaré la ciudad a los enemigos?
CREONTE
De ningún modo; pero si eres prudente, delibera.
ETEOCLES
¿Qué será lo más acertado?
CREONTE
Según he oído, dícese que siete capitanes...
ETEOCLES
¿Nada más? Pocos son siete hombres.
CREONTE
Están al frente de las tropas que han de acometer a las siete puertas.
ETEOCLES
¿Qué hacemos? Porque no aguardaré hasta el último extremo.
CREONTE
Elige tú otros siete capitanes que los hagan frente.
ETEOCLES
¿Para mandar las tropas, o solo con sus lanzas?
CREONTE
Para mandar las tropas; prefiere los más valerosos.
ETEOCLES
Ya comprendo; para que rechacen el asalto.
CREONTE
Y agrégales auxiliares; que uno solo no puede preverlo todo.
ETEOCLES
Para la elección, ¿tendré en cuenta el valor, o la prudencia?
CREONTE
Ambas prendas, porque la una nada vale sin la otra.
ETEOCLES
Sea, pues; iré a recorrer las murallas de las siete torres, y encargaré a capitanes esforzados la defensa de cada puerta, como tú dices, para que haga frente a su adversario. Prolijo sería citar sus nombres, estando los enemigos cerca de los muros.[204] Pero iré allá para no estar ocioso. Ojalá que sea mi hermano mi adversario, y que, peleando con él, lo venza y mate, porque viene a devastar su patria. Conviene que tú cuides, si la fortuna nos es adversa, de celebrar las bodas de mi hermana Antígona y de tu hijo Hemón; ahora al salir renuevo mi antigua promesa. Eres hermano de mi madre; ¿a que decir más? Que la trates como merece por ti y por mí. Mi padre cometió la necedad de cegarse: no lo alabo mucho, y nos perderá si el destino ensalza sus maldiciones. Solo nos falta saber si Tiresias pronunciará algún oráculo. Que tu hijo Meneceo, ¡oh Creonte!, que lleva el mismo nombre que tu padre, nos traiga aquí a Tiresias; de buen grado hablará contigo; que yo me burlé en sus barbas del arte adivinatoria, y se indigna al verme. A ti, ¡oh Creonte!, y a los ciudadanos encargo especialmente que si mi causa sale victoriosa, jamás se sepulte en territorio de Tebas el cadáver de Polinices, y que muera el que lo haga, aunque sea alguno de mis amigos. Esto es lo que tengo que decirte: que traigan mis servidores las armas y todos los bélicos arreos, para que cuanto antes, y protegidos por la justicia vencedora, vayamos al combate. Y rogaremos a la Precaución, la más útil de las diosas, que salve a esta ciudad.
(_Mientras canta el coro, Eteocles se pone la armadura, y marcha al combate. Creonte se queda en el teatro_).
EL CORO
_Estrofa_. — ¡Oh aflictivo Ares! ¿Por qué te deleitan tanto la sangre y la muerte, y tan poco las fiestas de Dioniso? No entre las bellas guirnaldas que ciñe en los coros la juventud florida, ostentando sus rizados cabellos, te place cantar al son de la flauta y en compañía de las Gracias que danzan, sino solo con guerreros, incitando al ejército de los argivos contra los hijos de Tebas, y presidiendo un coro que detesta las flautas; ni saltas con el tirso del dios que inspira el delirio,[205] formando círculos con las pieles de ciervos, sino que haces girar con las riendas al solípedo caballo de las cuadrigas, y llevado por ellas junto a las corrientes del Ismeno, gozas con los ejercicios ecuestres, animando a los argivos contra los hijos de los Espartos,[206] coro armado que lleva escudos para su defensa, enemigos de las murallas de piedra. Atroz es la Discordia, que ha suscitado estos males contra los Labdácidas, hijos de la desdicha, reyes de esta tierra.
_Antístrofa_. — ¡Oh selva de maravillosas hojas, muy abundante en fieras! ¡Oh Citerón nevado, delicia de Artemisa! Nunca debiste proteger a Edipo, hijo de Yocasta, destinado a la muerte desde que lo expulsaron de su palacio con la señal de los dorados broches, ni tampoco debió venir la Esfinge, virgen alada y salvaje monstruo, azote de esta región, con sus tristísimos versos, que se acercaba a las murallas y se llevaba en sus garras a los senos inaccesibles del Éter a la cadmea prole, enviada contra Tebas por el infernal Hades. Otra funesta querella nació entre los hijos de Edipo en el palacio y en la ciudad. Lo que no es bueno nunca puede serlo, y nunca lo serán los hijos que han de expiar las faltas de su padre, y que dio a la luz su madre contra todo lo lícito, y fueron concebidos por ella en lecho incestuoso.
_Epodo_. — ¡Oh tierra! que engendraste, que engendraste en cierto tiempo, como dice bárbaro rumor, como oí también en el palacio, al dragón de roja cresta, a los hijos de sus dientes, perla bellísima de Tebas. Los habitantes del Olimpo vinieron aquí también a celebrar las bodas de Harmonía, y al son de la cítara se construyeron las murallas tebanas, y con la lira de Anfión se levantaron sus torres, cerca de las dos corrientes de la fuente Dircea, que, adelantándose al Ismeno, riega el verde campo. Ío, mi cornígera abuela, engendró a los reyes de los cadmeos, y, colmándolos de bienes, logró que esta ciudad fuese digna de adorar a Ares en elevados templos.
TIRESIAS (_que aparece guiado por su hija y en compañía de Meneceo_).