Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 8

Chapter 84,140 wordsPublic domain

Los dioses habían perturbado mi juicio.

HIPÓLITO

¡Ay de mí! ¡Ojalá que los mortales pudiesen maldecir a los dioses![149]

ARTEMISA (_invisible_).

Déjame, que ni aun cuando vayas a las tinieblas que hay debajo de la tierra se ensañarán en ti impunemente las iras de Afrodita, acordes con su deseo, pues de ellas te libraron tu piedad y buenos pensamientos. Yo, con mi misma mano, y con mis inevitables saetas, te vengaré, dando muerte a uno de sus favoritos, al mortal que más ame.[150] Te concederé, ¡oh desventurado!, por tus graves desdichas los más grandes honores en la ciudad de Trecén; las doncellas, antes de casarse, cortarán en tu honor sus cabellos, y gozarás largo tiempo de sus lágrimas copiosas.[151] Siempre te honrará música de vírgenes, y se hará público el amor que inspiraste a Fedra. Y tú, hijo del viejo Egeo, toma en tus brazos a tu hijo, y oprímelo contra tu pecho. Involuntariamente lo has perdido, pero errar es natural en los hombres, consintiéndolo los dioses. Ruégote, ¡oh Hipólito!, que no odies a tu padre, que el destino ha sido causa de tu muerte. Adiós, que no me es lícito mirar los muertos ni empañar mis ojos con el aliento del moribundo, y veo que se aproxima ya tu última hora.

HIPÓLITO

Adiós, tú también, virgen bienaventurada; olvida sin pena mi trato cotidiano. Perdono a mi padre, accediendo a tus ruegos, como antes te obedecí siempre en todo. (_Retírase Artemisa_). ¡Ay, ay de mí! ¡Que las tinieblas envuelven ya mis ojos! Abrázame, padre, y levanta mi cuerpo.

TESEO

¡Ay de mí, hijo mío! ¿Cómo me abandonas así, sumido en la mayor desventura?

HIPÓLITO

Yo muero; ya veo las puertas de los infiernos.

TESEO

¿Y me dejas el alma mancillada?

HIPÓLITO

De ningún modo, puesto que no te imputo este desastre.

TESEO

¿Qué dices? ¿Me absuelves de haber derramado tu sangre?

HIPÓLITO

Por testigo pongo a Artemisa, la de las irresistibles saetas.

TESEO

¡Oh hijo el más amado! ¡Cuánta es tu generosidad para con tu padre!

HIPÓLITO

Adiós, tú también, ¡oh padre!; adiós muchas veces.

TESEO

¡Ay, cuán piadoso y bueno eres!

HIPÓLITO

Pide que así sean tus hijos legítimos.

TESEO

No me abandones, ¡oh hijo!; recobra tus fuerzas.

HIPÓLITO

Mis fuerzas se acaban; yo muero, ¡oh padre!; cubrid cuanto antes mi rostro con el peplo.[152]

TESEO

¡Oh maldita región de Atenas y de Palas! ¡Qué hombre has perdido! ¡Oh desventurado de mí! ¡Cuántas veces, ¡oh Afrodita!, recordaré los males que me causas!

EL CORO

A todos nos sorprende esta desgracia; ríos correrán de lágrimas, porque la memoria de los grandes hombres debe llorarse mucho tiempo.

LAS FENICIAS

ARGUMENTO

Si damos fe al escoliasta de Aristófanes (_Las Ranas_, v. 53) y a lo que nos dice J. A. Hartung (_Euripides restitutus_, tomo II, pág. 415 y siguientes), la tragedia titulada LAS FENICIAS es la tercera de una trilogía, cuya primera y segunda fueron, por su orden, _Antíope_ e _Hipsípile_. El argumento de la _Antíope_ era la fundación de Tebas, y el de _Hipsípile_ el asedio de esta ciudad por los siete capitanes mandados por Adrasto, antes de ocurrir la muerte de los hijos de Edipo.

La fábula de LAS FENICIAS (con algunas variantes si se compara con algunas tragedias griegas y tradiciones épicas pertenecientes como ella al ciclo tebano) cuenta la muerte de Eteocles y Polinices, nietos de Layo. El poeta supone que Polinices, desterrado de Tebas por su hermano Eteocles, no obstante el pacto celebrado entre ambos de reinar un año cada uno, se refugia en la corte de Adrasto, rey de Argos, con cuya hija se desposa, y con cuyo auxilio y el de otros famosos guerreros pone sitio a Tebas para obligar a su hermano a cederle parte del reino. Yocasta, madre y mujer de Edipo, y madre de ambos, obtiene de Eteocles que permita a Polinices la entrada en Tebas con el maternal objeto de reconciliarlos; pero no pudiendo conseguirlo a pesar de sus ruegos y exhortaciones, se da el asalto por los sitiadores, que son rechazados de las murallas y vencidos por los tebanos, después que Meneceo, hijo de Creonte, se sacrifica por su patria, obedeciendo al oráculo que revela el adivino Tiresias. Eteocles entonces, para evitar la efusión de sangre inútil, propone a ambos ejércitos la decisión de la fratricida contienda por medio de un combate singular entre él y Polinices, que se verifica, en efecto, sucumbiendo uno y otro. Al saberlo, su madre Yocasta se dirige al campamento con su hija Antígona, ansiosa de evitarlo, pero llega tarde; se precipita inconsolable sobre la espada de uno de los muertos, y perece también abrazada a ellos. Eteocles, antes de pelear con su hermano, encarga a Creonte, su tío, que no dé sepultura a Polinices si muere, y aquel intenta cumplir sus órdenes, no obstante la resistencia de la piadosa Antígona, que al fin acompaña a su padre, ciego, al destierro a que lo condena Creonte.

La acción de esta tragedia, como se deduce fácilmente de las líneas anteriores, es eminentemente trágica, no solo en el sentido que esta palabra tiene entre nosotros, sino también en el griego. El destino con su horrible influjo se muestra en toda ella, y recuerda a los mortales sus inflexibles decretos. Sin embargo, ni la escena en que el pedagogo enseña a Antígona los capitanes del ejército sitiador, ni la entrada de Polinices en Tebas, forman parte esencial de ella, a pesar de su belleza incomparable. Los dos caracteres de Eteocles y Polinices, que aparecen en primer término, están bien dibujados y sostenidos, y ambos se distinguen por su ambición y por su odio fratricida y por sus opuestos sentimientos.

En nuestro juicio, y no obstante los lunares mencionados, algunas máximas nada morales que contiene y las extrañas críticas literarias de Eurípides intercaladas en la tragedia, es una de las mejores que de él nos quedan. Tiene escenas inimitables, trozos felicísimos, y su versificación es en general muy superior a otras obras suyas. En una palabra: leyéndola despacio, y no una vez sola, se puede aprender mucho.

Séneca la ha imitado en su _Tebaida_, de la cual solo existen fragmentos, y Estacio en su poema heroico que lleva el mismo nombre; entre los franceses, Rotrou en su _Antígona_, y Racine en sus _Hermanos enemigos_, una de sus más débiles producciones.

En cuanto a la fecha de su representación, parece lo más probable, atendiendo al escolio citado al principio, que fuera en la olimpiada 93, 2 (407 antes de Jesucristo). En efecto, además de este dato del escoliasta, que no deja de tener fuerza, y que en todo caso es el único que poseemos, confírmalo también la observación que hace Hermann (_in Præfat. Phœn._, pág. XV) cuando dice: _Quum illa_ (Yocasta) _deinde cum Polinice coierit sermonem, ejus prior pars, qua singulatim exquirit cur grave sit patria carere, non est ita inserta, ut apareat qui hoc in mentem venerit Yocastæ. Quo fit ut ista aliena abs re videri debeant_. Chocan en verdad las preguntas que Yocasta hace a su hijo Polinices acerca de los males del destierro, y es de presumir que aluda el poeta a la vuelta de Alcibíades a su patria a principios de junio del año 407, en el arcontado de Euctemón, cuya fecha concuerda exactamente con la señalada por el escoliasta.

PERSONAJES

YOCASTA, _esposa de Edipo, antes de Layo._ EL PEDAGOGO. ANTÍGONA, _hija de Edipo y de Yocasta._ CORO DE VÍRGENES FENICIAS. POLINICES } y } _hijos de Edipo y de Yocasta._ ETEOCLES } CREONTE, _hermano de Yocasta._ MENECEO, _hijo de Creonte._ TIRESIAS, _adivino._ UN MENSAJERO. OTRO MENSAJERO. EDIPO, _hijo de Layo y esposo de Yocasta._

La acción es en Tebas.

La escena representa la plaza de Tebas, frente al Palacio Real.

YOCASTA

¡Oh sol, que en tu curso cortas los astros del cielo, sentado en carro de oro, y haces girar la llama con tus ligeros caballos! ¡Qué día tan infausto fue para Tebas[153] el que alumbraron tus rayos, cuando Cadmo[154] vino a esta tierra, dejando las riberas fenicias! Casose con Harmonía,[155] hija de Afrodita, y tuvo de ella a Polidoro, padre, según dicen, de Lábdaco,[156] y este de Layo. A mí me llaman la hija de Meneceo, y Creonte es mi hermano, e hijo de mi madre.[157] Yocasta es el nombre que me puso mi padre, y Layo fue mi esposo. Como no tuviese hijos después de muchos años de matrimonio, fue a consultar a Apolo y le pidió que le diese herederos varones. Respondiole así: «¡Oh tú, que imperas en los caballeros tebanos!, no siembres el sulco en donde nacerán tus hijos, que te son contrarios los dioses; te matará el que tengas, y tu palacio se llenará de sangre». Pero él, amigo del deleite, y excitado por el vino, engendró en mí un hijo, y confesando su yerro al recordar el oráculo del dios, lo entregó al nacer a los pastores para que lo expusiesen en el prado de Hera y en la cima del Citerón,[158] atravesados sus talones por férreas agujas, por lo cual lo llama Edipo[159] la Grecia. Pero los yegüerizos de Pólibo lo recogieron, y lo llevaron a su casa, y lo entregaron a su dueña. Ella amamantó con sus pechos al fruto de mis entrañas, e hizo creer a su marido que era suyo. Ya hombre, cuando la barba sombreaba su rostro, o por sus propias sospechas, o por consejo ajeno, quiso conocer a sus padres, y se encaminó al templo de Apolo al mismo tiempo que Layo, que deseaba averiguar si vivía o no su hijo expósito. Y los dos se juntaron en una encrucijada de la Fócide, y así dijo a Edipo el cochero de Layo: «Deja libre el paso a los tiranos, ¡oh peregrino!». Él iba callado, aunque lleno de arrogancia. Los caballos lo atropellaron y lo mancharon de sangre, y por esta causa (¿pero a qué referir antiguas desdichas?) el hijo mató al padre, y dio su carro a Pólibo, el que lo había criado. Después de la muerte de mi esposo, y cuando la Esfinge[160] devastaba a la ciudad con sus rapiñas, Creonte anunció por sus heraldos que daría mi mano al que adivinase los artificiosos enigmas de la virgen. Y mi hijo Edipo los explicó, y recibió el cetro en premio. El desdichado, sin saberlo, se casó conmigo, ignorando que su madre, que también lo ignoraba, había de ser la compañera de su tálamo. Tengo de él dos hijos varones, Eteocles y el esforzado Polinices, y dos hijas. Su padre llamó a la una Ismene; yo puse a la mayor el nombre de Antígona. Y cuando Edipo averiguó que su esposa era también su madre, él, que tantos males había sufrido, se cegó con rabia, hiriendo sus pupilas con los dorados broches.[161] Cuando la barba cubrió las mejillas de mis dos hijos, ocultaron a su padre en los aposentos interiores del palacio para que se olvidase este suceso, lo cual, en verdad, no era fácil empresa. Vivo está, pues, en el palacio, pero lleno de ira y quejoso de su suerte, y ha pronunciado contra ellos las más impías maldiciones, y ha pedido a los dioses que desgarren el seno de esta familia con el aguzado hierro. Temiendo ambos que se realizasen las imprecaciones paternales si vivían juntos, convinieron en que Polinices, que es el más joven, se desterrase de Tebas voluntariamente, y que Eteocles se quedase en ella, reinando un año cada uno. Pero después que se sentó Eteocles en el trono, no ha querido bajar de él, sino que ha expulsado de este reino a Polinices. Encaminose, pues, a Argos, en donde se casó con la hija de Adrasto, y ha reunido numeroso ejército de argivos, que acaudilla, y ha atacado las siete puertas de esta muralla, reclamando el cetro paterno y parte del territorio. Yo, para acabar la contienda, persuadí a mi hijo que le diese un salvoconducto para venir aquí antes de empuñar la lanza. El mensajero que se ha enviado dice que vendrá. Líbranos, pues, de estos males, ¡oh Zeus!, que habitas los esplendentes senos del cielo, y reconcilia a mis dos hijos; que si eres sabio, conviene que no hagas a los mortales perpetuamente desdichados. (_Entra en el palacio_).

EL PEDAGOGO[162] (_que aparece en el terrado y habla dirigiéndose hacia dentro_).

¡Oh noble Antígona, hija de ilustre padre! Ya que tu madre te ha dado licencia para dejar la compañía de las vírgenes y subir al terrado[163] del palacio, accediendo a tu deseo de ver el ejército argivo, detente para que yo explore las avenidas, por si aparece algún ciudadano y me reprenden y me avergüenzan como a siervo y a ti como reina; todo lo he examinado, y te diré cuanto he visto y oído de los argivos cuando fui a entregar a tu hermano el salvoconducto, primero de aquí para allá, y luego a mi vuelta. Pero ningún ciudadano se acerca al palacio; sube por estas viejas escaleras de cedro, y mira los campos y la corriente del Ismeno,[164] y la fuente Dircea,[165] y el numeroso ejército enemigo.

ANTÍGONA (_oculta todavía_).

Dame, dame tu arrugada mano desde los peldaños en que te hallas, para que pueda subir allá.

EL PEDAGOGO

Tómala, pues, ¡oh virgen! A tiempo has subido, que el ejército pelásgico se mueve y sus cohortes se separan unas de otras.

ANTÍGONA (_que aparece sobre el terrado_).

¡Oh Hécate, hija veneranda de Leto! Todo el campo broncíneo[166] resplandece.

EL PEDAGOGO

Seguramente no viene Polinices desprevenido, que le acompañan con estrépito muchos caballos e innumerables hoplitas.

ANTÍGONA

¿Están seguras las puertas del palacio y las barras de bronce que defienden los muros de piedra construidos por Anfión?[167]

EL PEDAGOGO

No tengas miedo; por dentro está la ciudad bien fortificada. Pero mira primero, si quieres saber lo que sucede.

ANTÍGONA

¿Quién es aquel del blanco penacho que va al frente del ejército, llevando en su brazo sin trabajo el pesado escudo de bronce?[168] ¡Es uno de los jefes! ¿Quién es? ¿En dónde ha nacido? Di, anciano, ¿cómo se llama?

EL PEDAGOGO

Dicen que ha nacido en Micenas, pero que ahora habita junto a la laguna de Lerna,[169] y se llama el rey Hipomedonte.[170]

ANTÍGONA

¡Ay, ay! ¡Qué soberbio! ¡Qué temible es su aspecto, como el de un gigante, hijo de la Tierra, con sus estrellas pintadas! No se asemeja a los demás hombres.

EL PEDAGOGO

¿Ves a aquel jefe que atraviesa las aguas de Dirce?

ANTÍGONA

Distintas, distintas son sus armas; pero ¿quién es?

EL PEDAGOGO

Es Tideo,[171] el hijo de Eneo, que lleva en su pecho el Ares etolio.

ANTÍGONA

¿Este es, ¡oh anciano!, el marido de la hermana de la mujer de Polinices? ¡Qué peregrino es el color de sus armas! ¡Es semibárbaro!

EL PEDAGOGO

Todos los etolios[172] llevan clípeos, y manejan bien la lanza.[173]

ANTÍGONA

¿Y cómo sabes esto, ¡oh anciano!?

EL PEDAGOGO

Observé las divisas de sus escudos cuando los vi al llevar a tu hermano el salvoconducto; y como me acuerdo bien de ellos, los conozco cuando los veo.

ANTÍGONA

¿Quién es ese que pasa ahora junto al monumento de Zeto,[174] de cabellos rizados, feroz mirada y juvenil aspecto? Parece un jefe, porque le rodea y sigue armada muchedumbre.

EL PEDAGOGO

Ese es Partenopeo,[175] el hijo de Atalanta.[176]

ANTÍGONA

¡Que Artemisa, que veloz corre las selvas con Atalanta, su madre, lo mate con sus dardos por haber venido a devastar mi ciudad!

EL PEDAGOGO

¡Ojalá que así suceda, oh hija! Con razón vinieron aquí, sin embargo, y temo que se la den los dioses.

ANTÍGONA

¿En dónde está el que nació de mi misma madre con destino funesto? Dime, anciano muy querido, ¿en dónde está Polinices?

EL PEDAGOGO

Cerca de Adrasto,[177] junto al sepulcro de las siete vírgenes, hijas de Níobe.[178] ¿Lo ves?

ANTÍGONA

No claramente; pero me parece que columbro su figura y como la traza de su pecho. Ojalá que, cual ligera nube, pudiese atravesar el aire con mis pies y llegar hasta mi hermano; con mis brazos, después de tanto tiempo, rodearía el muy amado cuello de este mísero desterrado. ¡Cómo se distingue de los demás por sus armas doradas, ¡oh anciano!, brillando como los matutinos rayos del sol!

EL PEDAGOGO

Vendrá a este palacio a llenarte de gozo, que ya ha recibido permiso para hacerlo.

ANTÍGONA

¿Quién es, ¡oh anciano!, ese que, sentado, rige un reluciente carro?

EL PEDAGOGO

Ese, ¡oh señora!, es el adivino Anfiarao,[179] y con él van víctimas que serán ofrecidas a la tierra, ávida de sangre.

ANTÍGONA

¡Oh luna!, hija del sol, que ciñes cinturón espléndido, bella luz en cerco de oro; ¡con cuánta modestia y serenidad aguija a los caballos de su carro! ¿En dónde está el que ha proferido contra esta ciudad tan atroces amenazas?

EL PEDAGOGO

Capaneo[180] examina ahora la entrada de las torres, y mide escrupulosamente los muros.

ANTÍGONA

¡Oh Némesis,[181] y tú, Zeus, de horrísonos truenos, y de rayos que disipan las tinieblas! Refrena su soberbia y castiga sus insolentes palabras. ¿Entregará las cautivas tebanas a los guerreros de Micenas y al tridente lerneo,[182] e impondrá el yugo de la esclavitud en las aguas de Amimone, consagradas a Poseidón? Nunca, nunca, ¡oh Artemisa veneranda!, hija de Zeus, de cabellos de oro, sufriré yo tal servidumbre.

EL PEDAGOGO

Entra en el palacio, ¡oh hija!, y no salgas de tu gineceo, ya que has tenido el gusto de ver lo que tanto deseabas. Una turba de mujeres se encamina al palacio de los reyes, alborotada la ciudad. Maligno es por naturaleza el sexo femenino, y por el más leve pretexto habla hasta la saciedad; cierto placer sienten las mujeres en murmurar unas de otras.

EL CORO (_que llega de la ciudad_).[183]

_Estrofa 1.ª_ — He venido desde la isla Fenicia, dejando el mar Tirio, ofrenda escogida de Febo, para servir en su templo en las gargantas del Parnaso, cubierto de nieves, atravesando en las naves el mar Jónico, mientras el céfiro agitaba el aire en los estériles campos que rodean a Sicilia, y resonaba armoniosamente.

_Antístrofa 1.ª_ — Don grato a Apolo, he venido desde mi ciudad predilecta a la tierra cadmea de los ínclitos Agenóridas,[184] y he llegado a las murallas de Layo, fundadas por mis ascendientes. Como a estatua dorada me han hecho sierva de Febo. Pero también es verdad que me esperan las aguas de la fuente Castalia para lavar en ellas mi cabellera, y gozar de estos virginales deleites al servicio de Apolo.

_Epodo_. — ¡Oh peñasco brillante!, que despides dos llamas en las báquicas cumbres consagradas a Dioniso, y tú, vid, que cada día haces germinar pesados racimos de lozanas uvas; gruta divina del dragón, rústicas cavernas de los dioses y sagrado monte, cubierto de nieve.[185] ¡Ojalá que danzando en los coros de los dioses inmortales pierda el miedo en los valles de Febo, en donde está el centro de la tierra, lejos de la fuente Dircea!

_Estrofa 2.ª_ — El fiero Ares me sale al encuentro delante de estas murallas, y promueve contra esta ciudad (ojalá que no sucedan) bélicas matanzas. Comunes son los dolores de los amigos, y si algo padece este país, fortificado con siete torres, también sufrirá la región fenicia. ¡Ay, ay! La sangre es la misma, hijos son también de la cornígera Ío,[186] y yo compartiré sus trabajos.

_Antístrofa 2.ª_ — Densa nube de escudos fulgura en torno de la ciudad, anunciando la sangrienta batalla que Ares dará a los hijos de Edipo, y la destrucción con que amenazan las Furias. ¡Oh pelásgico Argos! Tengo miedo al poder y a la venganza divina: el que armado pide su palacio, no ataca sin justicia.

POLINICES (_con la espada desenvainada, y mirando receloso a todas partes_).

Con facilidad me abrieron paso los guardas de las puertas y me dejaron entrar en la ciudad, y por lo mismo temo algún lazo, y que no pueda escaparme sin derramar mi sangre. Miraré, pues, a todas partes, no sea que me armen asechanzas. En la diestra traigo mi espada, y mi osadía me salvará. ¡Hola! ¿Quién es aquel? ¿Me asusta acaso el ruido? Todos son peligros para los que se atreven a pisar tierra enemiga. Confío ciertamente en mi madre, y desconfío de ella al mismo tiempo, por haberme persuadido que viniese aquí, fiado en su palabra. A mano está el socorro, que hay cerca altares, y un palacio no abandonado. Vamos, guardaré mi espada en la oscura vaina, y preguntaré a las que veo junto a la regia morada. Mujeres extranjeras, decidme: ¿de dónde habéis venido a este país griego?

EL CORO

La Fenicia es la patria que me crió. Los nietos de Agénor, como presente escogido del botín de su victoria, me enviaron al servicio de Febo, y cuando el ínclito hijo de Edipo deseaba que fuese a venerar el oráculo y a las aras de Apolo, atacaron a la ciudad los argivos. Dime tú ahora quién eres, y a qué vienes a las torres de las siete puertas de Tebas.

POLINICES

Mi padre es Edipo, el hijo de Layo; mi madre Yocasta, hija de Meneceo, y el pueblo tebano me llama Polinices.

EL CORO

¡Oh tú!, de la misma sangre que los hijos de Agénor, mis señores, que me han traído aquí. De rodillas te adoro, ¡oh rey!, según se acostumbra en mi patria. Largo tiempo has tardado en venir al lugar de tu nacimiento. Dueña veneranda, ven corriendo, abre las puertas. ¿Me oyes, madre que diste a luz a este? ¿Por qué tardas en salir de los altos atrios y abrazar a tu hijo?

YOCASTA

Al oír, ¡oh vírgenes!, estas voces fenicias[187] dentro del palacio, vengo arrastrando mis trémulos pasos. ¡Oh hijo!, al fin veo tu rostro después de largo tiempo, después de muchos días; que mis brazos maternales opriman tu pecho; déjame besar tus mejillas, y que tus rubios y rizados cabellos den sombra a mi cuello. Bendigamos, bendigamos a los dioses, que te traen a mis brazos contra toda esperanza. ¿Qué te diré? ¿Cómo, palpándote todo con mis manos y hablándote al mismo tiempo, podré en múltiple deleite recordar mis antiguas alegrías? ¡Oh hijo, hijo mío, que dejaste desierto el hogar paterno, y sin razón fuiste desterrado por tu hermano! ¡Cuánto te echan de menos tus amigos! ¡Cuánto la ciudad de Tebas! Desde entonces corto sollozando mis blancos cabellos en señal de duelo, y no me he puesto blancos vestidos, ¡oh hijo!, sino estos negros y tenebrosos paños. Pero el anciano ciego, víctima de su profunda pena, no viendo unidos a sus dos hijos como a dos novillos de una misma yunta, hoy separados, se precipita sobre su espada para darse la muerte, y prepara lazos en el techo, arrepentido de las maldiciones que ha fulminado contra vosotros, y siempre se oculta en las tinieblas dando gritos y sollozos. Ya sé, ¡oh hijo!, que te has casado y disfrutas de los placeres conyugales, teniendo en palacio extranjero parientes también extranjeros, motivo de tristeza y de disgusto para mí y para el linaje del viejo Layo. Ni yo encendí en tus bodas las nupciales antorchas, con arreglo a nuestras leyes, y como lo hubiese hecho una madre más afortunada, ni te lavaron las ondas del Ismeno, ni se celebró en Tebas con cantos la entrada de tu esposa. ¡Oh! Que todo esto se acabe, o por el hierro, o por la discordia, o por tu padre, también interesado en ello, o por el destino, que fijó su eterno asiento en el palacio de Edipo, que yo soy víctima de los tormentos que estos males producen.[188]

EL CORO

Doloroso es el parto de las mujeres, y sin embargo, todas aman a sus hijos.

POLINICES

Prudente he sido, e imprudente, ¡oh madre!, en venir adonde estaban mis enemigos; pero una fuerza irresistible nos obliga a todos a amar a nuestra patria; quien otra cosa dice habla por hablar, pero no lo siente. Miedo y temor tengo a un tiempo de que mi hermano me mate a traición, y por esto he atravesado la ciudad mirando a todas partes, y llevando en mi diestra la espada. Tranquilízanme, sin embargo, la tregua y tu palabra, que me facilitaron la entrada en las murallas paternas. Mucho he llorado al venir, viendo al cabo de tanto tiempo los templos y las aras de los dioses, y los gimnasios en que me eduqué, y la fuente Dircea, de todo lo cual fui despojado sin derecho, habitando desde entonces en una ciudad extranjera, convertidos mis ojos en fuentes de lágrimas. Ya te contemplo, ¡oh madre!, víctima de incesantes dolores, con la cabeza rapada y llevando negros vestidos. ¡Ay de mí y de mis males! ¿Qué desgracia es comparable al odio entre los que habitan bajo un mismo techo? Y ¿qué más difícil que su reconciliación, cuando llegan a aborrecerse? Y mi viejo padre, ¿qué hace en el palacio solo en las tinieblas? ¿Y mis dos hermanas? ¿Lloran mi mísero destierro?

YOCASTA