Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)
Part 7
Desdícete, ¡oh rey!, por los dioses, que después, mejor informado, te arrepentirás de tu falta; obedéceme.
TESEO
No es posible. Además, lo desterraré de aquí; uno de estos dos destinos ha de alcanzarle: o Poseidón lo enviará muerto al palacio de Hades, cumpliendo mis votos, o lejos de este territorio y vagando en tierra extraña, pasará triste vida.
EL CORO
Mira cuán oportunamente se presenta tu hijo Hipólito: aplaca, ¡oh rey Teseo!, tu injusta ira, y resuelve lo que más convenga a tu familia.
HIPÓLITO (_seguido de sus amigos y compañeros de caza_).
Al oír tus clamores, ¡oh padre!, he venido precipitadamente, y aunque no sé cual sea la causa que te hace gemir ahora, deseo oírla de tus labios. Vamos, ¿qué hay? Veo muerta a tu esposa, ¡oh padre!, con gran sorpresa mía, puesto que la dejé no ha mucho mirando esta misma luz. ¿Qué le ha sucedido? ¿Cómo ha muerto? Quiero, ¡oh padre!, oírlo de ti. ¿Callas? Cuando los males nos cercan no es ocasión de callar, porque nuestro corazón, deseoso de saberlo todo, quiere conocer también las desdichas. No es justo, ¡oh padre!, que a tus amigos, y a los que son algo más que esto, ocultes tus males.
TESEO (_que miraba fijamente a Hipólito mientras hablaba, y ahora separa de él la vista_).
Hombres que tanto y tan vanamente estudiáis, ¿a qué aprendéis innumerables artes, y sobre todo investigáis y pensáis, y la única que no sabéis ni podéis enseñar es la de hacer bueno al que no lo es?
HIPÓLITO
Has llamado sabio consumado a cualquiera que sea capaz de hacer buenos a los que no lo son. Pero como no me parece oportuno descender ahora a sutiles disputas, ¡oh padre!, temo que tu lengua, dejándose dominar del infortunio, no guarde moderación.
TESEO
¡Ay! Convenía que hubiese una señal cierta entre los hombres para conocer a los amigos, y distinguir el verdadero del falso, y debían tener también dos voces, una de ella veraz y otra no, fuese la que fuese, para que, al pensar cosas injustas, le arguyese la voz justa y no nos engañase.
HIPÓLITO
Acaso me ha calumniado alguno de tus amigos, deslizándose en tu oído, y me acusas sin culpa. Maravíllanme, sin duda, tus palabras, aberraciones de un sano juicio, que me ofenden.
TESEO
¡Oh pensamiento humano! ¿Hasta dónde llegarás? ¿Cuál será el término de tu temeridad y de tu audacia? Si con la edad crece la osadía, y a la larga ha de ser peor que antes, valiera más que los dioses creasen otra tierra para los perversos y criminales. (_Al coro_). Mirad a este que, siendo hijo mío, ha profanado mi lecho, convicto de su grave falta por declaración de una muerta. (_Volviéndose hacia Hipólito aterrado_). Deja ver tu rostro a tu padre, ya que en tal pena has incurrido. ¿Conversarás tú con los dioses, cual varón irreprochable? ¿Tú eres el casto y el no corrompido? Ya no me hará fuerza tu jactancia, pues equivaldría a pensar que los dioses ignoraban tu delito. Ya puedes vanagloriarte: engáñalos alimentándote de vegetales;[129] sigue las lecciones de Orfeo;[130] abandónate a tu estro; envanécete con tu vasta sabiduría, que te llena de humo; ya no puedes negar tu delito. A todos aconsejo que huyan de tales seres: seducen con palabras pomposas, y solo maquinan torpezas. Fedra ha muerto; pero ¿crees salvarte por eso? Al contrario, por lo mismo es más segura tu perdición. ¡Oh tú, el más malvado de los hombres! ¿Que juramento, qué razones tendrán más fuerza que su muerte? ¿Cómo podrás defenderte? ¿Dirás que ella te odiaba, y que los hijos bastardos son aborrecidos de los legítimos? En poco estimaba, sin duda, su vida si, siendo lo más grato, como dices, la ha perdido por la aversión que te tenía. Dirás acaso que la lujuria no es natural en nuestro sexo, sino innata en las mujeres; pero yo he conocido jóvenes iguales a ellas en esa parte, cuando Afrodita perturbaba su ánimo juvenil, aunque su misma virilidad les sirviese al fin de baluarte. ¿Pero a qué disputo así contigo, presente este cadáver, testigo el más irrecusable? Sal de aquí desterrado cuanto antes y no vuelvas a Atenas, edificada por los dioses,[131] ni a los últimos confines de la tierra que obedece a mi cetro. Si tú me vencieras, siendo tanta la justicia que me asiste, de nada serviría que el istmio Sinis[132] atestiguase a mi favor con su muerte (que más bien debiera envanecerte), ni que los peñascos del mar, amigos de Escirón,[133] confesaran que soy terrible azote de los malvados.
EL CORO
No puedo llamar dichoso a ningún mortal, cuando tales vueltas da la fortuna.
HIPÓLITO
Violenta es tu ira, ¡oh padre!, y la conmoción de tu alma; pero el asunto que da origen a un bello discurso, si se examina por el lado opuesto, no parece tan bueno. Yo, poco versado en hablar al vulgo, solo valgo en esta parte cuando lo hago a mis compañeros y amigos. Mas esto tiene también sus ventajas, porque los de ninguna valía entre los sabios son los más a propósito para arengar a la multitud. Sin embargo, necesario es que desate mi lengua, ya que soy víctima de tal desdicha; comenzaré al fin por donde me has atacado, como si no pudiera defenderme ni tampoco replicarte. ¿Ves esta luz y esta tierra? No hay ninguno en ella, aunque tú lo niegues, más casto que yo. Enseñáronme primero a adorar a los dioses y a tener amigos incapaces de faltar a la justicia, y que se avergonzarían de mandar nada vituperable, y de ayudar a otros en las torpezas que pudieran discurrir. No me burlo de mis familiares, ¡oh padre!, que lo mismo son para mí ausentes que presentes. De una sola mancha estoy libre, aunque pienses haberme convencido de lo contrario. Mi cuerpo, hasta hoy, está puro de todo trato con mujeres. Jamás las he conocido sino de oídas o por pinturas, y ni aun ver esto quisiera, por conservar mi alma virginal. Podrá suceder, no obstante, que mi pudor no te persuada, aunque tú debieras probar cómo me han pervertido. ¿Acaso superaba esta en belleza a todas las demás? ¿Esperé, quizá, que, manchando tu lecho paternal, sería después cabeza de esta familia? Vano hubiese sido mi propósito, y sin razón que lo abonara. ¿Quizá porque el reinar es grato a los castos? De ninguna manera, a no ser que el deseo de mandar corrompa las almas de aquellos a quienes agrada. Quisiera vencer en los juegos[134] a todos mis compatriotas, y ser el primero en ellos, y el segundo en la ciudad, y vivir feliz con mis mejores amigos. Así también podría gobernar, y, libre de riesgos, disfrutar mandando de mayor deleite. Fáltame exponer un argumento en mi favor, ya que sabes los demás: si tuviese un testigo como yo, y defendiese mi causa, viviendo esta, depurada la verdad, conocerías también entonces a los verdaderos criminales. Pero júrote por Zeus, que castiga a los perjuros, y por la Tierra, que jamás he tocado a tu esposa, que nunca lo deseé, que ni aun siquiera lo pensé jamás. Que, a no ser así, muera yo de muerte innoble e infame, desterrado de mi patria, sin hogar, fugitivo y errante; que el mar y la tierra rechacen mi cadáver si soy delincuente. No sé si por temor ha perdido la vida, ni es lícito decir más. En apariencia ha sido casta, aunque no lo fuese en realidad, y yo, que lo soy, sufro esta desdicha.[135]
EL CORO
Bastante has dicho en defensa del crimen que se te imputa, jurando por los dioses, prueba de no escaso valor.
TESEO
¿Es este mágico, o capaz de hacer milagros, cuando espera aplacarme con su dulzura después de llenar a su padre de ignominia?
HIPÓLITO
Y me maravilla, ¡oh padre!, porque si tú fueses mi hijo y yo tu padre, de cierto te matara; no solo te desterraría si osases tocar a mi esposa.
TESEO
¡Qué bien has hablado! No morirás fácilmente si te lo has propuesto, que una pronta muerte es lo más grato para el hombre infortunado, sino que, errante y lejos de tu patria, pasarás triste vida en tierra extraña, pues tal es la pena que merece el impío.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¿Qué haces? ¿No esperarás que el tiempo, maestro de verdades, aclare esta, sino que me desterrarás de aquí?
TESEO
Te lanzaría más allá del Océano y de las orillas del Atlántico,[136] si pudiese y atendiera al odio que me inspiras.
HIPÓLITO
¿Y sin apelar a los juramentos, sin examen de pruebas, sin oír a los adivinos, me desterrarás indefenso?
TESEO
Esta carta, sin necesidad de más adivinaciones, por sí sola, cual testigo fidedigno te condena, y vuelen cuanto quieran las aves que pasan por encima de mi cabeza.
HIPÓLITO
¿Por qué, ¡oh dioses!, no despliego mis labios, puesto que vosotros, a quienes doy culto, me perdéis? No, seguramente; no persuadiría a quienes quisiera, y violaría inútilmente mi juramento.[137]
TESEO
¡Ah! ¡Cómo me atormenta tu hipocresía! ¿No huirás cuanto antes de tu patria?
HIPÓLITO
¿Adónde me dirigiré? ¿En dónde pediré hospitalidad, desterrado por este delito?
TESEO
No faltan quienes reciban placer en darla a los seductores de mujeres, ni escasearán criminales, autores como tú de delitos domésticos.
HIPÓLITO
Hasta el corazón me traspasas, y estoy a punto de llorar, porque parezco criminal y soy infortunado.
TESEO
Debiste gemir y ser más precavido cuando pensabas deshonrar a la mujer de tu padre.
HIPÓLITO
¡Oh palacio! ¡Ojalá que hablases, y testificaras si yo era delincuente!
TESEO
¿A testigos mudos apelas? Esta carta, que no habla, claramente prueba tu culpa.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Ay, si pudiera mirarme frente a frente para llorar los males que sufro!
TESEO
Mucho más te has cuidado de ti mismo que de ser, como debías, piadoso con tus padres.
HIPÓLITO
¡Oh infelicísima madre! ¡Oh funesto día en que nací! Que ninguno de mis amigos sea jamás bastardo.
TESEO
¿No os lo llevaréis, esclavos? ¿No habéis oído hace ya tiempo que lo destierro?
HIPÓLITO
Llorará el que ose tocarme: si lo deseas, expúlsame tú de esta región.
TESEO
Así lo haré, si no obedeces mis órdenes; tu destierro no excita en mí la más ligera compasión.
HIPÓLITO
Decretado está, según parece. ¡Cuánta es mi desventura! Aunque sé lo que ha sucedido, no acierto, sin embargo, a declararlo. ¡Oh, hija de Leto, diosa la más amada, tú que vives conmigo en las selvas y eres mi compañera de caza! ¡Huiremos de la ínclita Atenas! Adiós, pues, ciudad y tierra de Erecteo; adiós, suelo de la Trecenia, que tantos solaces ofreces a la juventud; yo te saludo por última vez. Venid, ¡oh jóvenes amigos!, despedidme y llevadme de aquí; jamás veréis otro hombro más casto, aunque no lo crea mi padre. (_Retírase con su séquito. Teseo entra en su palacio_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Sin duda mi piedad para con los dioses me libra de los dolores que pueden aquejar mi ánimo; pero cuando más confío en la divina Providencia, desmayo contemplando la varia suerte y las acciones de los mortales. Todo cambia en este mundo, e inconstante es la vida humana, y sujeta a muchos errores.
_Antístrofa 1.ª_ — Que el cielo oiga mis súplicas y me dé fortuna próspera; que viva feliz, libre de penas; no sea mi fama insigne ni de mala ley, suaves mis costumbres, variables según la necesidad de cada día, y que ninguna duda turbe mi dicha.
_Estrofa 2.ª_ — Perdí la tranquilidad de mi alma; engañome mi esperanza desde que vi a la estrella más brillante de la Grecia lanzada a otras regiones por la ira paternal. ¡Oh arena de las riberas de mi país natal! ¡Oh selvas de los montes, en donde con tus ágiles perros matabas a las fieras, acompañado de la casta Dictina!
_Antístrofa 2.ª_ — No subirás más al carro[138] tirado de yeguas vénetas, refrenando en Limne con tu diestro pie a los dóciles caballos, y tu no interrumpido canto, que acompañado de la lira se oía antes, no resonará en el palacio paterno, y escasearán las guirnaldas en los santuarios en que habita la hija de Leto en la profunda selva, y con tu destierro se acabará la lucha que por obtener tu mano han entablado las doncellas.
_Epodo_. — Yo lloraré tu triste destino, y recordaré tu desdicha. ¡Oh mísera madre, en vano lo diste a luz! ¡Ay! Me indigno contra los dioses. ¿Cómo vosotras, Gracias fraternales, lanzáis de su palacio a tierra extraña a este infortunado, inocente de toda culpa? Pero veo al servidor de Hipólito, que triste y con paso rápido se dirige hacia aquí.
EL MENSAJERO
¿En dónde, ¡oh mujeres!, encontraré a Teseo, rey de este país? Si lo sabéis, decídmelo. ¿Está acaso en el palacio?
EL CORO
Míralo ya, que sale de él.
EL MENSAJERO
Triste mensaje, ¡oh Teseo!, traigo a ti y a los ciudadanos que habitan en la ciudad de los atenienses y en los confines de la Trecenia.
TESEO
¿Qué hay? ¿Alguna calamidad ha invadido acaso a las dos ciudades vecinas?
EL MENSAJERO
Para decírtelo en pocas palabras, Hipólito morirá, aunque todavía lo queden algunos momentos de vida.
TESEO
¿Cómo así? ¿Ha muerto quizá a manos de algún enemigo, cuya esposa violara, como la de su padre?
EL MENSAJERO
Su propio carro ha sido la causa de su muerte, y las imprecaciones que pronunciaste pidiendo su cumplimiento a tu padre, señor de los mares.
TESEO
¡Oh dioses, y tú, Poseidón! Seguramente eres mi padre, pues si no lo fueras, no hubieras oído mis imprecaciones. Di cómo ha muerto, cómo lo hirió la espada de la justicia por haberme deshonrado.
EL MENSAJERO
Peinábamos nosotros llorando las crines de sus caballos, junto a las riberas que el mar lava con sus olas, por haber venido cierto mensajero diciendo que Hipólito no pisaría más esta tierra, y que lo habías condenado a triste destierro. Él mismo llegó después confirmando tan lamentable nueva, y le seguían muchos de sus amigos y compañeros. Cuando sus llantos cesaron, dijo: «¿Por qué lloro? Es preciso obedecer las órdenes de mi padre. Esclavos, uncid los caballos al yugo de los carros; Atenas murió ya para mí». Todos, pues, nos apresuramos, y en un momento llevamos a nuestro dueño los caballos enjaezados. Fijó las riendas en el extremo delantero del carro, y aseguró sus pies en los borceguíes adheridos a él.[139] Primero suplicó a los dioses de esta manera, levantando al cielo las manos: «Si soy criminal, ¡oh Zeus!, que no viva más, y que mi padre conozca que ha sido injusto conmigo, ya después de mi muerte, ya mientras vea la luz». Y mientras tanto, cogió el látigo y aguijó los caballos; nosotros, sus servidores, seguíamos cerca del carro a nuestro dueño, que se encaminó en derechura a Argos y Epidauro. Poco después que entramos en lugares desiertos, más allá de esta tierra,[140] y llegamos a la orilla del mar Sarónico, se oyó cierto ruido horrible, como si fuera el de un trueno subterráneo de Zeus, que nos hizo temblar a todos; los caballos levantaron la cabeza y enderezaron las orejas; nosotros teníamos gran miedo, no sabiendo cuál fuese la causa que lo producía; pero habiendo mirado a la orilla del alborotado mar, vimos una espantosa ola que amenazaba al cielo, hasta el punto de ocultarnos la ribera Sarónica, y el istmo y el promontorio de Esculapio. Hinchándose más después, y derramando en torno mucha espuma, y bramando horriblemente, se estrelló en la orilla, en donde estaba la cuadriga, y del seno de la tempestad y de las agitadas olas salió un toro, monstruo fiero, con cuyos mugidos resonaba pavorosamente la tierra; a todos los que presenciamos este espectáculo parecía espantoso, y no podíamos mirarlo sin estremecernos. El miedo se apoderó de los caballos, y mi señor, muy diestro en manejarlos, cogió en sus manos las riendas y tiró hacia atrás, como el marinero hace con el remo, y con ellas ciñó su cuerpo; pero los caballos, tascando el bocado endurecido al fuego, arrancaron con ímpetu, sin cuidarse de la mano que los regía, ni e las riendas, ni de los carros bien labrados; siempre que en tierra llana, y sin soltar las riendas, cambiaba su carrera, aparecía el toro delante, como para acometer al carro, e infundía en los caballos invencible miedo; si con furia lo llevaban contra los peñascos, seguía acercándose en silencio, hasta que le embistió y volcó, rompiendo las ruedas contra una peña. Todo fue entonces confusión; los rayos de las ruedas y los clavos de los ejes saltaron en todas direcciones. El desventurado, sujeto por las riendas, se estrelló la cabeza contra los peñascos y se magulló el cuerpo, exclamando con la mayor amargura: «Deteneos, caballos alimentados en mis pesebres; no me matéis. ¡Oh, cruel maldición de mi padre! ¿Quién quiere socorrerme y salvar a un hombre bueno si los hay?». Muchos que lo deseábamos, con tardo paso le seguíamos de lejos. Al fin, desenredándose de las riendas, cayó no sé de qué modo, y le quedan pocos instantes de vida, y los caballos y el malhadado y milagroso toro se escondieron no sé en qué lugar montañoso. Yo soy, en verdad, un siervo de tu palacio, ¡oh rey!, pero jamás podré creer que tu hijo ha delinquido, aunque se ahorquen todas las mujeres y escriban tantas tablillas cuantas pueden hacerse de las selvas del Ida,[141] seguro como estoy de su inocencia.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! Consumáronse nuevos desastres, e inevitable es el destino.
TESEO
Gozo me infundieron tus palabras por el odio que tengo a la víctima de estos males; venerando ahora a los dioses, y recordando que es mi hijo, ni sus desdichas me placen ni me afligen.
EL MENSAJERO
¿Qué hacemos, pues? ¿Lo traemos aquí? ¿Cuáles son tus órdenes acerca de ese desventurado? ¿Cómo te agradaremos? Piénsalo bien, y si quieres seguir mi consejo, no seas cruel con tu infortunado hijo.
TESEO
Traedme para que vean mis ojos al que negó haber profanado mi lecho, y lo convenzan mis palabras, y la desgracia que le agobia, obra de los dioses.
EL CORO[142]
Tú, Afrodita, doblegas el ánimo inflexible de los hombres y de los dioses con ayuda de tu hijo, revestido de variado plumaje, que los cobija bajo sus alas velocísimas. Vuela por toda la tierra y por el salado mar, que profundamente resuena. Cupido ablanda los corazones y los asalta con su antorcha, resplandeciente como el oro, que inspira el furor, y a las fieras que viven en los montes, y a los peces del mar, y a cuanto alimenta la tierra, que el sol purifica con sus rayos: todos los hombres están sujetos a su imperio, y Afrodita sola manda en todos a un tiempo como reina.
ARTEMISA (_en un carro de nubes doradas_).[143]
Óyeme, que tal es mi voluntad, noble hijo de Egeo; yo soy Artemisa, hija de Leto, ¡oh Teseo! ¿Por qué, mísero mortal, te deleitan estos males, y has dado injusta muerte a tu hijo, creyendo lo que no es cierto, seducido por las falsas palabras de tu esposa? Manifiesta es la desdicha que te pierde. ¿Cómo no te precipitas con rubor en los abismos de la tierra, o evitas este daño volando? Ya no podrán contarte entre los justos. Entérate, Teseo, de sus desdichas, que esto, aunque de nada te sirva, te llenará al menos de dolor. No tiene otro objeto mi venida que probar la piedad de tu hijo, y su gloria al morir, y el furor de tu esposa, y hasta cierto punto su nobleza. Estimulada por la diosa más aborrecida de los que rendimos grato culto a la virginidad, se enamoró de Hipólito, intentó vencer su pasión, y murió inesperadamente por la imprudencia de su nodriza, que la descubrió a tu hijo mediante juramento. Él, como era honrado, no accedió a sus deseos ni fue impío, a pesar de tu enojo, violando después su juramento. Pero Fedra, temiendo que supieras su delito, escribió una carta falsa y te persuadió lo que quiso, y perdió con engaño a tu hijo.
TESEO
¡Ay, ay de mí!
ARTEMISA
¿Te afligen mis palabras? Tranquilízate, oye lo restante y llorarás más. ¿No sabías que tu padre[144] había de cumplir tres votos tuyos? Contra tu hijo, ¡oh tú, el más malvado de los hombres!, fulminaste uno de ellos, como si hubiese sido tu mayor enemigo. Tu marino padre, que bien te quiere, te concedió lo que debía, puesto que lo había prometido; pero tú has sido criminal con él y conmigo, y no esperaste que las pruebas te convencieran, ni oíste a los adivinos, ni nada averiguaste, ni aguardaste a que el tiempo descubriese la verdad, sino que más pronto de lo que convenía maldijiste a tu hijo y ocasionaste su muerte.
TESEO
Que yo muera, ¡oh diosa!
ARTEMISA
Cometiste atrocidades, pero aún puedes obtener el perdón. Afrodita ha sido causa de todo por saciar su ira: es ley entre los dioses que ninguno se oponga a los deseos del otro, y que todos cedan cuando es menester. Ten por cierto que, de otra manera, y a no temer a Zeus, no me deshonraría hasta el punto de consentir en la muerte del mortal que más amo. Tu ignorancia demuestra que has faltado sin malicia, y además tu esposa al morir destruyó las pruebas orales que te hubiesen convencido. Sobre ti principalmente descargan ahora estos males, aunque yo también los sienta. No agrada a los dioses la muerte de los piadosos, sino la ruina de los malvados, con sus hijos y su familia. (_Hácese invisible_).
EL CORO
Ya llega el infeliz, desgarrados horriblemente sus miembros juveniles y desaliñada su blonda cabellera. ¡Oh palacio infortunado! ¡Que doble calamidad[145] te agobia por mandato del cielo!
HIPÓLITO (_que llega en una camilla_).
¡Ay de mí! ¡Ay de mi! ¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desventura!, despedazado injustamente a causa de las imprecaciones[146] de un padre, también injusto. No tiene remedio mi desdicha; ¡ay de mí, mísero! ¡Ay, ay! Dolores intolerables atormentan mi cabeza, e incesantes espasmos acometen mi cerebro. Dejadme descansar, dejad que reciba algún consuelo mi fatigado cuerpo. (_Ponen en tierra la camilla_). ¡Ay, ay de mí! ¡Oh caballos odiosos que alimentó mi mano, me habéis perdido, me habéis dado la muerte! (_Mientras lo sientan sus servidores_). ¡Ay, ay, por los dioses! ¡Oh esclavos, tocad con cuidado mis doloridos miembros! ¿Quién está a mi derecha? Levantadme con amor, con suave movimiento, que mi desdicha es grande y mi padre me maldijo equivocado. Zeus, Zeus, ¿ves esto? Yo soy aquel varón casto que daba a los dioses culto, el que en la práctica de esta virtud superó a todos, y ahora pierdo la vida y me aguarda la muerte debajo de la tierra; en vano fui piadoso entre los hombres y sufrí grandes molestias, ¡ay, ay, ay, ay de mí!, y ahora el dolor, sí, el dolor me aflige de nuevo. Dejadme abandonado a mi desventura; no prolongad mi martirio, y que la muerte cure mis males. Matadme, matadme, que soy un desdichado; ojalá que me hiera una espada de dos filos y acabe de una vez conmigo. ¡Oh malhadada imprecación de mi padre! ¡Oh parientes manchados de sangre![147] Mi desdicha corona ahora sin vacilar las de mis viejos progenitores, y viene contra mí, que nada tengo que ver con ellas. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué diré? ¿Cómo me libertaré de este dolor cruel? Que la negra y nocturna Necesidad, que habita en el palacio de Hades, aletargue mis sentidos.
ARTEMISA (_invisible_).
¡Oh infeliz! ¡Qué calamidad te atormenta! La grandeza de tu alma ha sido causa de tu ruina.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Oh divino y embriagador perfume![148] Aun en medio de mis males te he percibido, y mi cuerpo siente consuelo. Aquí está la diosa Artemisa.
ARTEMISA
¡Oh mísero! A tu lado está la diosa que más te ama.
HIPÓLITO
¿Vesme, señora, en la desventura en que me hallo?
ARTEMISA
Te veo; pero no me es lícito derramar lágrimas de mis ojos.
HIPÓLITO
Ya no sobrevivirá a su desdicha tu cazador y sacerdote.
ARTEMISA
No, seguramente; pero mueres amado de mí.
HIPÓLITO
Ni el que guiaba tus caballos y guardaba tus estatuas.
ARTEMISA
Obra es de la engañosa Afrodita.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! Ya reconozco la deidad causa de mis males.
ARTEMISA
Enojada porque no la adorabas, se vengó de tu castidad.
HIPÓLITO
Ella sola, según veo, nos ha perdido a los tres.
ARTEMISA
A tu padre, a ti, y en tercer lugar a su esposa.
HIPÓLITO
También deploro los infortunios de mi padre.
ARTEMISA
Ha sido engañado por las sugestiones de la diosa.
HIPÓLITO
¡Oh padre infeliz! ¡Grande es tu desventura!
TESEO
Perecí, ¡oh hijo!; no me deleita ya la vida.
HIPÓLITO
Deploro tu suerte más que la mía, a causa de tu yerro.
TESEO
¡Ojalá, ¡oh hijo!, que yo hubiese muerto en tu lugar!
HIPÓLITO
¡Oh dones crueles de tu padre Poseidón!
TESEO
Quisiera no haberlo evocado nunca.
HIPÓLITO
¿Y por qué? Segura era siempre mi muerte, siendo tanta tu ira.
TESEO