Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 10

Chapter 104,180 wordsPublic domain

Llévame más allá, ¡oh hija!, porque tú diriges mis ciegos pasos, como la estrella a los marineros; ve delante, y llévame por terreno llano para que no tropecemos, que tu padre es débil. Y guarda en tus manos virginales las tablas adivinatorias que contienen los augurios de las aves, hechos por mí en el santo templo en que profetizo.[207] Dime, ¡oh Meneceo!, hijo de Creonte, si tengo que andar mucho por la ciudad para llegar al palacio de tu padre, porque mis rodillas están fatigadas y sufro cuando acelero el paso.

CREONTE

Anímate; has venido, ¡oh Tiresias!, a ver a tus amigos; sostenlo tú, hijo, porque el niño pequeñuelo y los pies del anciano suelen recibir alivio de manos ajenas.

TIRESIAS (_que se sienta ayudado por Meneceo_).

Bueno, ya estamos aquí; ¿para qué me llamas con tanta precipitación, ¡oh Creonte!?

CREONTE

Aún no nos hemos olvidado de ello; pero recobra tus fuerzas y reanímate, descansando de la fatiga del camino.

TIRESIAS

Cansado estoy, porque llegué ayer de la tierra de Erecteo,[208] que allá también había cierta guerra contra Eumolpo,[209] y por mi causa han conseguido los Cecrópidas gloriosa victoria; y, como ves, traigo esta corona de oro, primicias de los despojos de los enemigos.

CREONTE

Buen presagio es para mí tu corona victoriosa. La tempestad que ha promovido la guerra contra los argivos, nos azota, como tú sabes, y grande agitación reina en Tebas. Ya el rey Eteocles, revestido de sus armas, fue a pelear con los de Argos, y me ha ordenado que te pregunte lo que hemos de hacer para salvar a la ciudad.

TIRESIAS

Eteocles me obligaría a cerrar mis labios y a no declarar los oráculos; pero te los descubriré, ya que quieres conocerlos. Este país sufre, ¡oh Creonte!, desde que Layo tuvo hijos contra la voluntad de los dioses y engendró al mísero Edipo, esposo de su madre. La sangrienta mutilación de sus ojos obra es de los dioses y enseñanza para la Grecia. Neciamente erraron los hijos de Edipo queriendo ocultar esta desgracia, como si hubiesen de eludir los decretos divinos: ni honraron a su padre, ni lo dejaron libre, y lo exasperaron en su desdicha, y contra ellos profirió terribles imprecaciones, aquejado de grave dolencia y lleno de ignominia. Y por decir todo esto, a pesar de mis esfuerzos, a pesar de mis ruegos, incurrí en el odio de los hijos de Edipo. Cercana está ya su muerte, ¡oh Creonte!, obra de sus manos fratricidas, y muchos otros caerán exánimes a su lado, y se confundirán los dardos argivos y los tebanos, y habrá en Tebas mucho duelo. Y tú, ciudad sin ventura, tú serás también arruinada si no sigues mis consejos. Porque sería mejor que ninguno de los hijos de Edipo fuese aquí ciudadano ni rey, que las Furias los hacen delirar y han de destruirlo todo,[210] y ya que el mal es más poderoso que el bien, queda solo un medio de salvarla. Mas si lo digo, me expongo a no pocos peligros; y como es fatal la muerte que amenaza a algunos, y el único remedio, me voy; adiós, pues, que yo solo, entre tantos, sufriré lo que haya de sobrevenir; ¿qué he de hacer?

CREONTE

No te vayas, anciano.

TIRESIAS

No me lo impidas.

CREONTE

No te vayas. ¿Por qué huyes de mí?

TIRESIAS

La fortuna es la que huye, no yo.

CREONTE

Di cómo han de salvarse la ciudad y sus habitantes.

TIRESIAS

Ahora quieres eso, y luego no lo querrás.

CREONTE

¿Cómo no he de querer que se salve mi patria?

TIRESIAS

¿Quieres oír demasiado? ¿Lo deseas?

CREONTE

¿Y qué otra cosa mejor podía yo desear?

TIRESIAS

Ya oirás mis oráculos. Lo primero que has de decirme es en dónde está Meneceo, que me ha traído aquí.

CREONTE

No está lejos, sino cerca de ti.

TIRESIAS

Que se vaya, pues, y que no oiga mis oráculos.

CREONTE

Mi hijo callará lo que deba.

TIRESIAS

¿Quieres que te hable en su presencia?

CREONTE

Se alegrará de saber el medio de salvarnos.

TIRESIAS

Oye, pues, mis oráculos, cumpliendo los cuales salvaréis a la ciudad de Cadmo. Es menester que sacrifiques a tu hijo Meneceo por tu patria, ya que tanto anhelas salvarla.

CREONTE

¿Qué dices? ¿Qué palabras has pronunciado, ¡oh anciano!?

TIRESIAS

Lo que el destino ha dispuesto es lo que debes hacer.

CREONTE

¡Cuántos males has anunciado en tan poco tiempo!

TIRESIAS

Para ti, es verdad; pero para la patria, grandes remedios.

CREONTE

Ni he oído ni comprendido nada; sea de la ciudad lo que quiera.[211]

TIRESIAS

Ya no eres el mismo; ya reniegas.

CREONTE

Vete en paz; para nada necesito tus oráculos.

TIRESIAS

¿Dejarán de ser ciertos, aunque tú seas desgraciado?

CREONTE

Por estas rodillas y por tus blancos cabellos te ruego...

TIRESIAS

¿A qué me suplicas? Conjuras males inevitables.

CREONTE

Que calles, y que no digas nada a los ciudadanos.

TIRESIAS

¿Quieres que yo cometa iniquidades? No me callaré.

CREONTE

¿Qué harás, pues? ¿Matarás a mi hijo?

TIRESIAS

Otros cuidarán de eso; a mí me basta decirlo.

CREONTE

¿Por qué hemos de sufrir esta desdicha yo y mi hijo?

TIRESIAS

Con razón me preguntas, y podremos entendernos. Es menester que muera en la gruta en que estuvo el dragón, hijo de la Tierra, guardián de las aguas dirceas, y que se ofrezcan libaciones con su sangre para aplacar la ira inveterada de Ares contra Cadmo, que ansía vengar la muerte del dragón, hijo de la Tierra.[212] Y si lo hacéis, Ares os auxiliará. Si recibe fruto por fruto y sangre humana por su sangre, os será propicia la tierra, que produjo en otro tiempo para vuestro bien la cosecha de los Espartos, de dorados cascos; es preciso que muera alguno del linaje que nació de la quijada del dragón. Tú y tus hijos sois ya los únicos descendientes por ambas líneas de estos hombres sembrados. Verdad es que las próximas nupcias de Hemón son un obstáculo a que se le sacrifique, porque no es virgen; pero si este joven se consagra a la ciudad y muere, salvará a su patria y hará fatal la vuelta de Adrasto y de los demás argivos, triste su destino y grande la gloria de Tebas. Decídete por uno de estos dos extremos: o salvas a tu hijo, o a la ciudad. Ya sabes cuanto podía decirte; llévame a mi casa, ¡oh hija! Todo el que se dedica a la adivinación es un necio, porque si es odioso lo que declara, es aborrecido por aquellos en cuyo daño profetiza; y cuando por lástima dice falsedades a los que lo consultan, comete un sacrilegio. Solo Febo, que a nadie teme, debía anunciar oráculos a los hombres.

EL CORO

¿Por qué callas, Creonte, sofocando tu voz en silencio? No es menor mi sorpresa que la tuya.

CREONTE

¿Qué podrá decir nadie? Claras son mis palabras. Jamás llegaré a la deplorable extremidad de consentir en el sacrificio de Meneceo por salvar a Tebas. Todos los hombres aman la vida de sus hijos, y ninguno los ha entregado jamás a la muerte.[213] Que no me alaben por la suya. Por salvar a mi patria, ya en la edad madura, estoy dispuesto a morir. Pero tú, hijo mío, antes que lo sepa toda la ciudad, y sin hacer caso de odiosos oráculos, huye cuanto antes de esta tierra. Lo dirá a todos los próceres y capitanes, y se dirigirá a las siete puertas y lo repetirá a los siete jefes que las defienden; si nos adelantamos a él, te salvas; si tardas, somos perdidos y morirás.

MENECEO

¿Adónde he de huir? ¿A qué ciudad? ¿En dónde me darán hospitalidad?

CREONTE

Vete de aquí lo más lejos que puedas.

MENECEO

Di tú adónde, y yo te obedeceré.

CREONTE

Pasando por Delfos...

MENECEO

¿Adónde me he de encaminar, ¡oh padre!?

CREONTE

Al país de los etolios...

MENECEO

¿Y de allí adónde he de ir?

CREONTE

Al país de los tesprotas.[214]

MENECEO

¿Al sagrado bosque de Dodona?[215]

CREONTE

Justamente; me has entendido.

MENECEO

¿De qué me servirá?

CREONTE

El dios te protegerá.

MENECEO

¿Y cómo hallaré el sustento?

CREONTE

Yo te daré oro.

MENECEO

Dices bien, padre; vete pues, que yo veré a Yocasta, tu hermana, cuyo seno me alimentó primero cuando perdí a mi madre y quedé huérfano, y me despediré de ella y salvaré mi vida. Vete, pues, para que no me sirvas de obstáculo. (_Retírase Creonte_).

¡Oh mujeres! ¡Cómo he desvanecido los temores de mi padre, engañándolo para conseguir lo que anhelo! Él desea que yo me aleje, y privar a Tebas de su bien y prostituirme en aras de su cobardía. Pero es preciso perdonarlo, porque es anciano; yo sí que no merezco perdón si soy traidor a la patria que me engendró. Sabed, pues, que iré y salvaré a la ciudad, y al morir exhalaré por ella el alma. Vergonzoso sería, ¿por qué no?, que aquellos a quienes no aluden los oráculos ni obliga la fuerza divina del destino, embrazaran los escudos y no vacilaran en morir peleando por su patria delante de las torres, y que yo fuese traidor a mi padre y a mi hermano y a mi ciudad, y me alejara de aquí como un cobarde. ¡En dondequiera que viva seré siempre un villano! No, por Zeus, que mora entre los astros, y por el sanguinario Ares, que dio el cetro de esta región a los Espartos, nacidos de la tierra. Yo iré adonde mi deber me llama, y desde las altas almenas de las murallas me mataré, y arrojándome a la oscura gruta del dragón, como ha ordenado el adivino, salvaré a Tebas. Tal es mí propósito. Voy, pues, a cumplirlo, y con mi muerte haré a mis conciudadanos no despreciable beneficio. Yo libraré de mal a esta región. Si todos a medida de sus fuerzas hiciesen con perseverancia todo el bien que pueden en aras de su país, menores males sufrirían las ciudades, y serían después felices.

EL CORO

_Estrofa_. — Viniste, viniste, ¡oh alabada e híbrida virgen, hija de la Tierra y de la infernal Equidna,[216] azote de los hijos de Cadmo, fuente de lágrimas para muchos y de daño para otros, monstruo cruel de alas formidables y desgarradoras uñas, y desde la fuente Dircea te llevabas a los niños con tristes lamentos y pernicioso estrago, y a Tebas, sí, a Tebas causabas terribles dolores! Sanguinario fue el dios que tales cosas hizo. El llanto de las madres, el llanto de las vírgenes resonaba en las casas, lúgubre voz, lúgubre voz, y triste, triste lamento; todos gemían en la ciudad. Sollozos y clamores semejantes al trueno oíanse por doquier siempre que la virgen alada arrebataba a alguno de la ciudad.

_Antístrofa_. — Al fin vino por orden de Apolo a esta tierra tebana el mísero Edipo, primero causa de alegría y después de dolor. Con su madre celebró himeneo infausto, vencedor de la virgen de los enigmas; profanó la ciudad y la llenó de sangre, arrastrando con sus maldiciones a execrable lucha a sus propios hijos. Admiremos, admiremos al que caminó a la muerte por salvar a su patria, dejando a Creonte anegado en lágrimas, pero dando también preclara victoria a esta ciudad de las siete torres. ¡Ojalá que nosotras seamos madres, ojalá que lo seamos de hijos tan ilustres, ¡oh Palas amada!, que con piedras mataste al dragón, alentando a Cadmo a dar cima a esta empresa, desde cuyo tiempo daños infernales han azotado a estos campos!

EL MENSAJERO

¡Hola! ¿Quién está a la puerta del palacio? Abrid, que salga Yocasta. ¡Hola otra vez! Tarde, en verdad, pero al fin saliste, ínclita esposa de Edipo: óyeme, y cesen tus llantos y tu dolor.

YOCASTA

¿Vienes acaso, ¡oh tú el muy amado!, a anunciar alguna desgracia? ¿Ha muerto Eteocles, junto a cuyo escudo siempre te hallas para librarlo de los dardos enemigos? ¿Qué nueva vienes a anunciarme? ¿Vive mi hijo, o ha muerto? Dímelo.

EL MENSAJERO

Vive; nada temas; no te inquietes por eso.

YOCASTA

¿Qué hay, pues? ¿Qué ha sucedido en el recinto de las siete torres?

EL MENSAJERO

Resiste incontrastable, y la ciudad no ha sido tomada.

YOCASTA

¿Probaron ya el empuje de las lanzas argivas?

EL MENSAJERO

Vinieron ya a las manos; pero el Ares de los cadmeos ha vencido a las lanzas de Micenas.

YOCASTA

Dime solo si sabes algo de Polinices, cuya vida me interesa.

EL MENSAJERO

Hasta ahora viven tus dos hijos.

YOCASTA

Que seas feliz. ¿Cómo peleando desde las torres rechazasteis de las puertas a las tropas argivas? Dilo para que me regocije y vaya al palacio en busca del anciano ciego, y le diga que Tebas se ha salvado.

EL MENSAJERO

Después que el hijo de Creonte (muerto por la patria) se atravesó el pecho con su reluciente espada en lo alto de las torres y salvó a la ciudad, tu hijo dispuso que siete cohortes y otros tantos capitanes defendiesen a las siete puertas de los ataques del ejército argivo, y distribuyó la caballería que había de hacer frente a la enemiga y los infantes que habían de resistir a los armados de escudo, para que en todos los lugares más peligrosos de las murallas hubiese fuerzas suficientes. Desde lo más elevado del alcázar[217] vimos hacia el Teumeso[218] al ejército argivo, que brillaba con sus fulgurantes escudos, y ya cerca del foso asaltar a la carrera a la ciudad de Cadmo, sonando a un tiempo el Peán[219] y las trompetas mientras nosotros les respondíamos desde las murallas. Partenopeo, el primero, hijo de la cazadora, embistió a la puerta Neista con una cohorte erizada de clípeos, llevando en el centro del suyo a Atalanta, que con su arco de largo alcance mataba al jabalí etolio. El vate Anfiarao se dirigía contra la puerta Prétida, llevando víctimas en su carro, sin soberbios emblemas, con armas modestas. El rey Hipomedonte atacó la puerta Ogigia, y por divisa llevaba en su clípeo a Argos mirando con sus varios ojos: con unos a los astros que nacen, con otros a los que se ocultan, según pudimos ver después de muerto. Tocó a Tideo la puerta Homoloide, y llevaba cubierto su clípeo con una piel de león de hórrida melena; en la diestra, como el gigante Prometeo, agitaba una antorcha para incendiar la ciudad. Tu hijo Polinices acometió a la puerta Crenea; destacábanse de su clípeo las ligeras yeguas Potniades,[220] que saltaban tremebundas, moviéndose sin duda por un resorte interior junto al manubrio, obra de ingenio, y de suerte que parecían estar furiosas. No menos valor que Ares respiraba Capaneo capitaneando su hueste hacia la puerta Electra; un gigante de la Tierra, de férrea forma, aparecía en su clípeo y sostenía en sus hombros una ciudad entera arrancada de raíz, emblema de la suerte que aguardaba a Tebas. En la séptima puerta estaba Adrasto, que ostentaba en su brazo izquierdo un clípeo con una hidra de cien pintadas víboras, alarde de la jactancia argiva, puesto que los dragones arrebataban en sus fauces de las murallas a los hijos de Tebas. Todo esto vi minuciosamente al llevar la seña a los capitanes de las cohortes. Primero peleamos con arcos y dardos, con hondas de largo alcance y con peñascos. Como llevábamos la mejor parte de la batalla, tu hijo y Tideo exclamaron de repente: «¿Vaciláis, hijos de Dánao, antes que nos ofendan las armas arrojadizas en acometer todos a las puertas, así los armados a la ligera como los caballeros y los que rigen los carros?». Todos al oírlo arremetieron con vigor; muchos caían con la cabeza ensangrentada; muchos de los nuestros caían también precipitados desde las murallas, y regaban la seca tierra con ríos de sangre. Aquel arcadio, hijo de Atalanta, no argivo,[221] atacó la puerta como un torbellino, y pidió fuego y hachas como si hubiese de derribar la ciudad; pero lo contuvo en su furia Periclímeno, el hijo del dios marino, lanzando a su cabeza un peñasco capaz de llenar un carro, puesto que era una almena de la muralla; descompuso su rubia cabellera, y rompió la juntura de sus huesos, y llenó sus mejillas de sangre, y su madre la Menalia,[222] ilustre por su arco, no volverá a verlo. Cuando tu hijo, a quien yo seguía, vio segura esta puerta, se encaminó a otra. Entonces vi a Tideo y a sus numerosos satélites lanzando contra las altas torres sus dardos etolios para que huyesen los nuestros y abandonaran las murallas; pero tu hijo los reunió otra vez como un cazador, y los apostó de nuevo en las torres. Así que reparábamos el daño de una puerta, nos encaminábamos a hacer lo mismo en otra. ¿Cómo describiré los furores de Capaneo? En su mano traía una larga escala, y decía con arrogancia que ni el fuego sagrado de Zeus le impediría derribar las altas murallas de la ciudad; y mientras así hablaba y las piedras se estrellaban contra su cuerpo, se resguardaba bajo su escudo y subía sus pulimentados peldaños; mas el rayo de Zeus lo hirió cuando estaba a punto de pasar las almenas; resonó horriblemente la tierra, y todos se estremecieron, y sus miembros, como lanzados por una honda, caían de lo alto de la escala separados unos de otros, y al cielo entregó su alma y a la tierra su cuerpo, y dando vueltas sus pies y sus manos, como en la rueda de Ixión,[223] al fin quedó en el suelo su cadáver calcinado. Cuando observó Adrasto que Zeus se mostraba contrario a sus armas, formó al ejército argivo fuera del foso; pero los nuestros, animados con el signo favorable de Zeus, carros, caballeros e infantes rompen en tropel las huestes argivas. Todos los males se desencadenaron a un tiempo: morían, caían de los carros, saltaban las ruedas, los ejes se amontonaban sobre los ejes, y los cadáveres sobre los cadáveres. Por hoy hemos evitado que las torres vengan a tierra, pero a los dioses toca decidir si en lo sucesivo ha de ser o no afortunada esta ciudad; algún numen benéfico la ha salvado también ahora.[224]

EL CORO

Grata es la victoria; pero si otra cosa hubiesen ordenado los dioses, sería yo feliz.

YOCASTA

Los dioses y la fortuna nos son propicios, y mis hijos viven, y la ciudad se ha salvado. Paréceme que el infeliz Creonte expía mis malhadadas nupcias con Edipo, perdiendo a su hijo en bien de la patria, aunque con dolor suyo. Pero prosigue: después de esto, ¿qué hicieron mis hijos?[225]

EL MENSAJERO

No me preguntes más; hasta aquí eres afortunada.

YOCASTA

Tus palabras excitan mis sospechas; no calles.

EL MENSAJERO

¿Qué puedes desear sino que tus hijos vivan?

YOCASTA

Quiero saber si en todo ha sido igual mi ventura.

EL MENSAJERO

Déjame; a tu hijo Eteocles hace falta su escudero.

YOCASTA

Algo siniestro me ocultas y lo envuelves en tinieblas.

EL MENSAJERO

Después de tan gratas nuevas, no las daré infaustas.

YOCASTA

No será así, a no escaparte por los aires.

EL MENSAJERO

¡Ay, ay! ¿Por qué no me has dejado alejarme, oído este alegre mensaje, y me obligas a participarte su triste conclusión? Tus hijos maquinan una maldad de las más negras, y quieren pelear en singular combate, separados de sus ejércitos. En público, y ante argivos y tebanos, han dicho lo que nunca debieron decir. Eteocles el primero, desde una elevada torre, impuso silencio a los soldados y exclamó: «Oh capitanes griegos y nobles argivos que habéis venido aquí, y vosotros, hijos de Cadmo, no deis vuestras vidas por Polinices ni por mí: yo solo, tomando sobre mí todo riesgo, pelearé en singular certamen con mi hermano, y si lo mato, gobernaré mi palacio; si soy vencido, le entregaré la ciudad. Y vosotros, sin pelear más, volveréis al territorio argivo, y no dejaréis aquí la vida». Al concluir salió de las filas tu hijo Polinices, y alabó su propósito. Todos los argivos y el pueblo de Cadmo lo aprobaron con favorables murmullos, estimándolo justo. Celebrose una tregua bajo estas condiciones, y a igual distancia de ambos ejércitos los capitanes juraron su observancia. Entonces los dos hijos del viejo Edipo se revistieron sus armaduras[226] de bronce, ayudando al rey de esta tierra los príncipes tebanos, y al otro los próceres argivos. Resplandecientes estaban ambos y serenos, y no se alteraron los colores de sus rostros, y ambos furiosos se arrojaron mutuamente sus lanzas. Acercáronse los amigos de uno y otro, y excitábanlos a la pelea con estas palabras: «En tu mano está, ¡oh Polinices!, erigir a Zeus una estatua como trofeo de tu victoria y alcanzar gran fama, que redundará en gloria de Argos». Decían también a Eteocles: «Ahora peleas por tu patria; ahora que la victoria te corona, poseerás solo el cetro». Así los animaban al combate. Los adivinos sacrificaban ovejas y examinaban las entrañas de las víctimas, y los líquidos que de ellas corrían, y la extremidad de las llamas, que contiene dos signos, el de la victoria y el de la derrota. Si conoces algún remedio para sanar estos males, si tu elocuencia es bastante poderosa, o si puedes preparar eficaces encantos, ve e impide la lucha cruel de tus dos hijos, que grande es el peligro.

YOCASTA

Sal, ¡oh hija Antígona!, del palacio; tu adversa fortuna no te deja ya asistir a los coros y vivir con tus vírgenes compañeras; con tu madre debes oponerte a que tus dos hermanos, varones esforzados, caminen a la muerte y sucumban en lucha fratricida.

ANTÍGONA

¿Qué nuevo horror, ¡oh madre que me concebiste!, anuncias a tus amigas delante de este palacio?

YOCASTA

¡Oh hija!, tus hermanos mueren.

ANTÍGONA

¿Qué dices?

YOCASTA

Han resuelto pelear en singular combate.

ANTÍGONA

¡Ay de mí! ¿Qué oigo, madre?

YOCASTA

Nueva nada grata; pero sígueme.

ANTÍGONA

¿Adónde? ¿Abandonaré mi tálamo virginal?

YOCASTA

Al ejército.

ANTÍGONA

Me avergüenzo de presentarme delante de tantos guerreros.[227]

YOCASTA

Tu propio interés exige que no te avergüences ahora.

ANTÍGONA

¿Y qué he de hacer, pues?

YOCASTA

Poner término a la enemistad de tus hermanos.

ANTÍGONA

¿Y de qué manera, ¡oh madre!?

YOCASTA

Prosternándote conmigo en tierra.

ANTÍGONA

Precédeme al atravesar las filas, que no es ocasión de vacilar.

YOCASTA

Pronto, pronto, hija mía; porque si llegamos a tiempo, antes que mis hijos comiencen el combate, podré vivir; si ya han muerto, moriré también con ellos.

EL CORO

_Estrofa_. — ¡Ay, ay, ay! Trémulo de horror, trémulo está mi pecho; mi compasión, mi compasión por esta desdichada madre me hace estremecer. ¿Cuál de sus dos hijos llenará al otro de sangre? ¡Ay de mis sufrimientos! ¡Oh Zeus! ¡Oh tierra! La muerte, atravesando sus escudos, separará de sus cuerpos dos cuellos fraternales, dos almas de hermanos. ¡Cuán desdichada, cuán desdichada soy! ¿A cuál de los dos lloraré cuando muera?

_Antístrofa_. — ¡Oh tierra, tierra! Dos fieras, dos almas sedientas de sangre decidirán con la lanza de su suerte; después, como enemigos, sí, como enemigos, regarán la tierra. ¡Desventurados, que nunca debieran pelear frente a frente! Prorrumpiendo en bárbaros clamores, y llorosa, gemiré como a los muertos agrada. Pronto se decidirá el duelo; este día verá su término. ¡Nefanda, nefanda muerte, obra de las Furias! Pero veo a Creonte, que se acerca triste a este palacio; enjugaré mis lágrimas.

CREONTE

¡Ay de mí! ¿Qué he de hacer? ¿Lloraré mi desgracia, o lloraré la de la ciudad, envuelta por todas partes en negra nube, como para ser sumergida en el Aqueronte?[228] Mi hijo ha muerto por la patria y ha conseguido inmortal renombre, pero debo deplorarlo; lo recogí en la gruta del dragón, muerto por su mano, y, desventurado, lo traje yo mismo y llené todo el palacio con mis clamores. Yo, anciano, vengo a buscar a mi hermana Yocasta, también anciana, para que lave y tribute los últimos deberes a mi hijo difunto, pues conviene que el que vive honre a los muertos y adore piadosamente al dios de los infiernos.

EL CORO

Tu hermana ha salido del palacio, ¡oh Creonte!, y con ella su hija Antígona.

CREONTE

¿Adónde y para qué? Dímelo.

EL CORO

Supo que sus hijos decidirían en singular combate cuál de los dos había de mandar en este real palacio.

CREONTE

¿Qué dices? Yo, que solo me cuido del cadáver de mi hijo, no he venido a saber esto.

EL CORO

Ya hace tiempo que se fue tu hermana; yo creo, ¡oh Creonte!, que los hijos de Edipo terminaron ya su duelo a muerte.

CREONTE

¡Ay de mí! Señal de esto será lo que veo; un mensajero de semblante y ojos tristes, que anunciará la conclusión de todo.

EL MENSAJERO

¡Desdichado de mí! ¿Qué diré? ¿Cómo me lamentaré?

CREONTE

¡Ay de nosotros! Tu exordio no promete nada bueno.

EL MENSAJERO

¡Ay de mí!, vuelvo a exclamar otra vez; anuncio tristes males.

CREONTE

¿Tienes que añadir alguno a los que ya han sucedido?

EL MENSAJERO

Los hijos de tu hermana no ven ya la luz, ¡oh Creonte!

CREONTE

¡Ay, ay! Gran daño me anuncias, y también a esta ciudad. ¡Oh palacio de Edipo!

EL CORO

Lloraría si pudiese.

CREONTE