Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 11

Chapter 113,901 wordsPublic domain

¡Oh calamidad sin ejemplo! ¡Cuántos son mis males! ¡Cuánta mi desdicha! ¡Cuán grande mi infortunio![229]

EL MENSAJERO

¡Si supieses lo que ha ocurrido después!...

CREONTE

¿Alguna otra desgracia más grave?

EL MENSAJERO

Tu hermana ha muerto con sus dos hijos.

EL CORO

Llorad, llorad, y con las blancas manos golpead vuestra cabeza.

CREONTE

¡Oh mísera Yocasta! ¡Cuál ha sido el fin de su vida y de sus nupcias, desde que la Esfinge vio adivinados sus enigmas! ¿Cómo se han dado la muerte los dos hijos de Edipo? ¿En qué pararon las maldiciones de este? Cuéntamelo.

EL MENSAJERO

Ya sabes cómo nos favoreció la fortuna en las murallas; no está tan lejos su recinto para que ignores lo sucedido en ellas. Después que los jóvenes hijos del viejo Edipo se vistieron las armaduras de bronce (los dos capitanes, generales los dos),[230] se adelantaron con firmeza en medio de las filas para decidir la suerte de la guerra en singular combate. Mirando hacia Argos, Polinices profirió esta súplica: «Tuyo soy, ¡oh Hera veneranda!,[231] desde que me casé con la hija de Adrasto y habito en su territorio; concédeme que mate a mi hermano y que llene con su sangre mi diestra victoriosa. Pido nefanda corona: matar a mi hermano». Muchos lloraron al pensar en su desdicha, y se miraban unos a otros con tristes miradas. Eteocles, dirigiéndose al templo de Palas, la del escudo de oro, habló así: «Concédeme, ¡oh hija de Zeus!, que mi brazo y mi mano hundan en el pecho de Polinices mi lanza vencedora, y que lo mate por haber venido a destruir su patria». Después que sonó la trompeta tirrénica, clara como la luz de una antorcha,[232] señal del sangriento combate, en veloz carrera se embistieron uno y otro, y como jabalíes que aguzan sus crueles colmillos, despidiendo relámpagos sus ojos y revolviéndolos en todos sentidos, trabaron la pelea, llenos sus labios de espuma. Primero comenzaron el duelo con las lanzas, pero evitaban los golpes bajo sus escudos circulares y no los alcanzaba el hierro. Si el uno veía los ojos del otro por encima de su clípeo, dirigía la lanza contra su rostro, ansioso de herirlo antes; mas siempre se resguardaban con cautela debajo de sus escudos para que no los ofendiese el arma mortífera. Más sudor corría por los cuerpos de los amigos de entrambos, llenos de temor, que por los de los mismos combatientes; pero Eteocles, tropezando en una piedra, ofreció a su adversario un blanco; entonces lo acometió Polinices y le atravesó la pierna con el asta argiva, y todo su ejército lo alentó con un grito unánime. El que primero fue herido, al ver descubierto el hombro de su hermano Polinices, reuniendo sus fuerzas quiso alcanzarlo con la lanza, y reanimó las esperanzas de los descendientes de Cadmo; pero se le rompió al mismo tiempo, y se encontró desarmado. Retrocedió, y tirándole una piedra partió a su vez la de su contrario por el centro; ya era igual la lucha, puesto que los dos carecían de lanzas. Empuñaron entonces las espadas y pelearon de cerca; juntando sus escudos hacían gran ruido, envolviendo el uno al otro. Eteocles se acordó en este instante de un ejercicio tesalio que había aprendido en ese país; cesando en sus ataques cuerpo a cuerpo, echó atrás el pie izquierdo, resguardando sus entrañas, y adelantando el derecho le hundió en el vientre la espada y se la clavó hasta las costillas. El desdichado Polinices, sin fuerzas para sostenerse, cayó en tierra anegado en sangre. Y el vencedor, poniendo a un lado su espada, lo despojaba de sus armas sin acordarse de otra cosa. Esto lo perdió, porque Polinices, que había caído primero, conservando la suya en su deplorable caída, aunque ya con escaso vigor, la introdujo, sin embargo, en el hígado de Eteocles. Los dos mordieron la tierra y juntos cayeron, y quedo indecisa la victoria.

EL CORO

¡Ay, ay, Edipo, cuántos son sus males! ¡Cómo me hacen llorar! Los dioses han realizado tus imprecaciones.

EL MENSAJERO

Oye las desgracias que acaecieron, a más de las dichas. Mientras los hijos exhalaban en tierra el alma, llegó su mísera madre. Viéndolos heridos de muerte, gimió así: «Tarde, ¡oh hijos!, vengo a socorreros». Abrazaba ya al uno, ya al otro, y lloraba, y de sus ojos corrían dos ríos de lágrimas, y acompañábale en sus sollozos Antígona, la hermana de los muertos, y decía: «¡Oh báculos de mi vieja madre! ¡Oh hermanos muy amados, que impedís con vuestra discordia mi himeneo!».[233] El rey Eteocles, revolviendo en su pecho un horrible suspiro, oyó a su madre y la presentó su mano trémula, pero no habló, sino la saludó con lágrimas de sus ojos, significándole su amor. El otro respiraba aún, y mirando a su hermana y a su anciana madre, dijo así: «Morimos, ¡oh madre!; me compadezco de ti y de esta hermana mía, y de mi hermano muerto; nació para amarme, fue mi enemigo y lo amé, sin embargo. Sepultadme, ¡oh madre y hermana!, en mi país natal, y aplacad a la ciudad irritada; que al menos posea ese pedazo de tierra suyo, ya que perdí mi palacio. Con tu mano, ¡oh madre!, cierra mis ojos (y él mismo la llevó a ellos), y sed felices; ya las tinieblas me cercan». Los dos exhalaron el alma a un mismo tiempo. Pero la madre, así que presenció estos horrores, vencida por el dolor, arrancó del cadáver la espada y ejecutó una acción atroz: con el acero se atravesó el cuello, y yace muerta entre sus dos hijos muy amados, abrazada a ambos. Gran alboroto se promovió en los dos ejércitos; nosotros decíamos que había vencido nuestro rey, ellos que Polinices; los capitanes también disputaban, y mientras los argivos sostenían que Polinices había herido el primero con su lanza, los cadmeos afirmaban que, muertos los dos, ninguno había alcanzado la victoria. Corrimos a las armas; nosotros, los cadmeos, por una inspiración providencial, no habíamos abandonado nuestros escudos, y como los argivos no estaban ya defendidos por sus carros, los atacamos de repente, y no resistieron el choque; los fugitivos llenaban los campos, y ríos de sangre corrían de los cadáveres, heridos por las lanzas. Como ganamos la batalla, unos en trofeo ofrecieron a Zeus una estatua, otros los escudos de los argivos muertos, y, ricos con sus despojos, entramos en la ciudad. Algunos, con Antígona, traen aquí los cadáveres para que los lloren sus amigos. Esta batalla ha sido en parte muy afortunada para Tebas, en parte fecunda en desdichas.

EL CORO

Nuestros oídos no serán solo los que conozcan los males del real linaje: nuestros ojos verán los tres cadáveres delante de los atrios, y sus almas yacen en el reino de las tinieblas, y han muerto los tres a un tiempo.

(_Mientras pronuncia el coro estos versos, llegan los conductores de los tres cadáveres y hacen alto en la timele. Antígona viene también con ellos y entona este canto_):

ANTÍGONA

No vengo velando mis tiernas mejillas cubiertas de rizos, ni ocultando su purpúreo carmín con el rubor que tiñe mi rostro virginal, sino como una infernal bacante sin sujetar con la redecilla mis cabellos[234] y desatada la estola,[235] color de azafrán, para llorar a los muertos y presidir sus funerales. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡Oh Polinices, no has desmentido tu nombre! ¡Ay de mí! ¡Ay de Tebas! Tu querella, mal digo tu querella, tantas muertes horribles, acumuladas unas sobre otras, han perdido al linaje de Edipo y lo han envuelto en sangre cruel, en triste sangre. ¿A qué cantor, a qué poeta llamaré para que llore, ¡oh palacio!, ¡oh palacio!, cuando traigo estos tres cuerpos ensangrentados, unidos por los lazos del parentesco, una madre y sus hijos, delicias de Erinis?[236] Sí, Erinis resolvió acabar con el linaje de Edipo desde que adivinó, sagaz, los oscuros enigmas de la Esfinge, pérfida poetisa, y la hizo morir. ¡Ay de mí, oh padre! ¿Qué griego o bárbaro, o qué otro noble mortal de los pasados tiempos sufrió tantos males ni derramó tantas lágrimas como yo? ¿Qué ave posada en el ramaje del abeto o de la encina igualará en sus lamentos a los míos, huérfana de madre? Ayes y sollozos expresarán mi dolor; yo viviré solitaria, derramando siempre perenne llanto. ¿A quién lloraré? ¿A quién ofreceré primero las primicias de mis cabellos? ¿A los pechos de mi madre que me alimentaron con su leche, o a las funestas heridas de mis dos hermanos? ¡Ay, ay! Deja, ¡oh padre anciano!, tu palacio; acude con tus ojos que no ven; que todos, ¡oh Edipo!, contemplen tu triste vejez, la penosa vida que arrastras en tu morada después que tú mismo te cegaste. ¿Me oyes tú, que vagas por el palacio y arrastras tus trémulos pasos por el aposento en que duermes?

EDIPO

¿A qué quieres, ¡oh hija!, traerme a la luz con mis vacilantes pasos y sacarme con tus misérrimas lágrimas del tenebroso tálamo en que siempre vegeto, para ofrecer a las gentes esta blanca[237] y vana imagen del éter, sombra infernal o fugitivo fantasma?

ANTÍGONA

Oye la fatal nueva que voy a anunciarte, ¡oh padre!: no verán ya la luz tus hijos ni tu esposa, que junto a tu báculo cuidaba siempre de dirigir tus pasos trémulos. ¡Oh padre, ay de mí!

EDIPO

¡Ay de mí! ¡Ay de mis males! Solo me es dado gemir así, clamar de esta manera. Di, ¡oh hija!: ¿cómo murieron? ¿Cómo estas tres almas abandonaron la luz?

ANTÍGONA

No para escarnecerte ni insultarte, sino con dolor mío lo digo: tu genio infausto, armado del acero y del fuego, y ávido de crueles combates, acometió también a tus hijos. ¡Ay de mí, oh padre!

EDIPO

¡Ay, ay de mí!

ANTÍGONA

¿Por qué gimes así?

EDIPO

¡Oh hijos!

ANTÍGONA

Mayor sería tu pena si vieses la cuadriga del sol y contemplares estos cuerpos exánimes al esplendor de sus rayos.

EDIPO

Los males de mis hijos a todos son manifiestos; pero ¿cómo ha muerto mi mísera esposa, ¡oh hija!?

ANTÍGONA

Derramando en presencia de todos lúgubres lágrimas, mostraba a sus hijos su pecho; sí, lo mostraba como dolorida suplicante. Encontrolos junto a la puerta Electra, en el prado en que crece el loto, peleando con sus lanzas en lucha fratricida como leones de una misma cueva, llenos de sangrientas heridas, y ofreciendo ya libaciones de su sangre helada al infernal Hades, aunque eran obra de Ares. Arrancó de los muertos la espada de bronce, y la introdujo en su cuerpo, y cayó con dolor al lado de sus hijos. Sea cual fuere el dios autor de las calamidades de nuestra familia, hoy, ¡oh padre!, se ha desencadenado como nunca.

EL CORO

Fuente de muchos males para el linaje de Edipo ha sido este día. ¡Ojalá que su vida sea más feliz en adelante!

CREONTE

Acábese el llanto, que ya es tiempo de acordarnos de los funerales. Oye, ¡oh Edipo!, estas palabras: tu hijo Eteocles me ha instituido heredero de su imperio, como dote de Hemón[238] cuando celebre sus nupcias con Antígona. Yo no consentiré que tú vivas en Tebas: claramente dijo Tiresias que nunca será afortunada esta ciudad mientras residas en ella. Vete, pues; y no te lo digo por escarnecerte, ni como enemigo, sino a causa de las furias que te atormentan, y temiendo los males que podrá sufrir este país.

EDIPO

¡Oh destino! Desgraciado como pocos he sido desde que me engendraste. Antes que mi madre me diese a luz, cuando aún no me había concebido, Apolo profetizó a Layo que yo lo mataría. ¡Oh desventurado de mí! Y después que nací, mi padre decretó mi muerte, mirándome ya como a enemigo, pues que fatalmente había de perecer a mis manos, y como presa que les era debida me arrojó a las fieras cuando solo deseaba mamar, y así me salvé. ¡Ojalá que el Citerón se hubiese sumergido en los profundos abismos del Tártaro! Y después que, infortunado, maté a mi padre, subí al lecho de mi mísera madre, y engendré hijos que eran también mis hermanos, y los he perdido, profiriendo contra ellos las imprecaciones que Layo pronunciara contra mí. No soy tan insensato que, sin la influencia de algún dios, hubiese hecho contra la vida de mis hijos y contra mis ojos lo que ya sabéis. Pero así y todo, ¿qué partido tomaré ahora? ¿Quién me acompañará y guiará mis trémulos pasos? ¿Será esta, ya muerta? De cierto sé que lo haría si viviera. ¿Serán mis hijos? ¡Ay, bienaventurada yunta! Ya no existen. ¿Soy yo joven bastante para proporcionarme el sustento? ¿De dónde? ¿Por qué, ¡oh Creonte!, me anonadas así de un solo golpe? Me matarás, sin duda, si de aquí me expulsas. No me rebajaré abrazando tus rodillas; no desmereceré de mi antigua nobleza por adversa que me sea la fortuna.

CREONTE

Bien has pensado en no estrechar mis rodillas, que yo no he de consentir por eso que estés aquí más tiempo. Menester es que se lleven ya estos muertos al palacio; arrojad sin sepultura, fuera de los límites de este país, el cadáver de Polinices, que vino con otros enemigos a arruinar su patria. Hágase saber a todos los tebanos que, cualquiera que fuere aprehendido coronándolo o cubriéndolo con tierra, pagará con la vida su delito. Tú, Antígona, enjuga ya las lágrimas que derramas por estos tres cadáveres, y vuélvete al palacio, y vive como las vírgenes, esperando el día en que dormirás en el lecho de Hemón.

ANTÍGONA

¡Oh padre, cuántos son nuestros males! Más mereces tú que te llore que los muertos: los infortunios que te agobian, ¡oh padre!, no son graves ni leves, sino que eres horriblemente desdichado. A ti pregunto yo ahora, ¡oh nuevo tirano!: ¿por qué condenas a un muerto inofensivo?

CREONTE

Es orden de Eteocles, no mía.

ANTÍGONA

Necia, sin embargo, y necio tú también que la obedeces.

CREONTE

¿Cómo? ¿No es justo obedecer lo que se manda?

ANTÍGONA

No, si es injusto e impío.

CREONTE

¿Cómo, pues? ¿No será justo abandonar a los perros el cadáver de Polinices?

ANTÍGONA

La pena que le impones no es legítima.

CREONTE

Ha sido enemigo de su patria, cuando por su nacimiento no debía serlo.

ANTÍGONA

¿Con su muerte no ha expiado su delito?[239]

CREONTE

Pero que además lo expíe careciendo de sepultura.[240]

ANTÍGONA

¿Por qué crimen, si reclamaba la parte de reino que le pertenecía?

CREONTE

Ten entendido que este hombre no será enterrado.

ANTÍGONA

Yo lo sepultaré aunque lo prohíba la ciudad.

CREONTE

Te sepultarás con él.

ANTÍGONA

Glorioso es, sin duda, que dos que se aman yazgan juntos en un mismo sepulcro.

CREONTE

Prendedla y llevadla al palacio.

ANTÍGONA (_abrazando el cadáver_).

De ningún modo; no soltaré este cadáver.

CREONTE

Lo ha decretado así un dios, ¡oh virgen!, no quien tú sospechas.

ANTÍGONA

Y decretado está también que no se insulte a los muertos.

CREONTE

Que nadie cubra este cuerpo con deleznable polvo.

ANTÍGONA

¡Suplícote por mi madre Yocasta, que ves aquí!

CREONTE

Vana es tu súplica; no lo conseguirás.

ANTÍGONA

Déjame al menos que lo lave.

CREONTE

También lo han prohibido los ciudadanos.

ANTÍGONA

Siquiera vendaré sus mortales heridas.

CREONTE

De ninguna manera honrarás a este muerto.

ANTÍGONA (_abrazando de nuevo el cadáver_).

Te besaré el rostro tan solo, ¡oh hermano!, el más amado.

CREONTE

No llorarás por este, estando tan próximo tu himeneo.

ANTÍGONA

¿Crees acaso que, mientras viva, me casaré con tu hijo?

CREONTE

Mucho lo necesitas; ¿cómo, pues, osarás rehuirlo?

ANTÍGONA

Se repetirá aquella noche de boda de las Danaides.

CREONTE

¿Oís la criminal amenaza que me hace?

ANTÍGONA

Sea testigo este acero: esta espada responderá de lo que digo.

CREONTE

¿Por qué intentas oponerte a este himeneo?

ANTÍGONA

Acompañaré en su destierro al más desdichado de los padres.

CREONTE

Noble es tu propósito, pero poco prudente.

ANTÍGONA

Y también moriré con él, para que lo sepas todo.

CREONTE

Vete; no matarás a mi hijo;[241] deja este país. (_Retírase Creonte_).

EDIPO

Alabo, ¡oh hija!, tu decidida abnegación.

ANTÍGONA

Y si yo me caso, ¿vivirás solo, padre mío?

EDIPO

Sé aquí dichosa; yo sufriré mis males con paciencia.

ANTÍGONA

¿Quién te cuidará ciego, ¡oh padre!?

EDIPO

Cuando el destino me haga sucumbir, yaceré en tierra.

ANTÍGONA

¿Qué fue de aquel Edipo y de sus preclaros enigmas?

EDIPO

Murió: un día me hizo feliz, otro me perdió.

ANTÍGONA

Luego yo debo compartir tus desdichas.

EDIPO

Vergonzoso es para una hija ser desterrada con su ciego padre.

ANTÍGONA

No, que es honroso para la hija modesta, ¡oh padre!

EDIPO

Guíame para que palpe el cuerpo de tu madre.

ANTÍGONA

Hela aquí; toca a esta anciana muy querida.

EDIPO

¡Oh madre! ¡Oh esposa muy amada!

ANTÍGONA

¡Vedla en tierra, moviendo a compasión, víctima de todos los males!

EDIPO

¿En donde están los cadáveres de Eteocles y de Polinices?

ANTÍGONA

Aquí yacen, uno junto a otro.

EDIPO

Pon mi mano ciega en sus infortunados rostros.

ANTÍGONA

Helos aquí; toca con ella a tus hijos exánimes.

EDIPO

¡Oh cadáveres queridos, desdichados hijos de un padre también desdichado!

ANTÍGONA

¡Oh Polinices, nombre muy amado!

EDIPO

Ahora, ¡oh hija!, se cumple el oráculo de Apolo.

ANTÍGONA

¿Cómo, pues? ¿Anuncias nuevos males?

EDIPO

Que moriré en Atenas desterrado.

ANTÍGONA

¿En dónde? ¿Qué torre del Ática te servirá de asilo?

EDIPO

La sagrada Colono[242] y el templo del dios ecuestre. Pero vamos, guía mis ciegos pasos, ya que deseas acompañarme al destierro.

ANTÍGONA

_Estrofa 1.ª_[243] — Anda, emprende tu mísera peregrinación; dame la mano querida, ¡oh padre anciano! Yo te llevaré como el viento lleva a las naves.

Aquí, aquí, anda hacia mí; aquí, aquí, pon tus pies, padre, que tus fuerzas son de vano fantasma.

EDIPO

_Estrofa 2.ª_ — Ya me voy, ¡oh hija! Guía mis pasos, desdichada.

ANTÍGONA

_Antístrofa 1.ª_ — Yo soy, yo soy la más mísera de las vírgenes tebanas.

_Antístrofa 2.ª_ — A mis compañeras amadas dejo mis lágrimas para memoria, y me ausento errante de mi país natal, no como acostumbran las vírgenes. ¡Ay de mí! Famosa seré en el mundo por mis piadosos sentimientos, pues intento consolar a un padre desventurado.

EDIPO

_Estrofa 3.ª_ — Destierro infausto es el de un anciano a quien expulsan de su patria. La justicia castiga los delitos de los mortales, pero horrible, horrible es mi desgracia.

ANTÍGONA

_Antístrofa 3.ª_ — Mísera yo, que sufre afrenta mi hermano; yacerá insepulto lejos del palacio de sus padres; mísero él, a quien yo debo enterrar ocultamente, aunque muera.

EDIPO

_Estrofa 4.ª_ — ¿En dónde asiento mi trémulo pie? Dame el báculo, ¡oh hija! Yo soy el que adivinó los enigmas de la vencedora poetisa, y la precipitó en el abismo.

ANTÍGONA

_Antístrofa 4.ª_ — ¿Recuerdas ahora la gloria que alcanzaste triunfando de la Esfinge? ¡Olvida, olvida tu pasada dicha! Aguárdante horribles sufrimientos, ¡oh padre!, y morir lejos de tu patria en cualquier parte.

ORESTES

ARGUMENTO

Orestes, después de asesinar a su madre Clitemnestra con ayuda de su hermana Electra y de su amigo Pílades, se ve acometido de las Furias, vengadoras del parricidio, y postrado en su lecho, en donde espera que los ciudadanos de Argos conozcan de su delito y lo condonen o lo absuelvan. Llega entonces de Troya Menelao, hermano de su padre Agamenón y rey de Esparta, juntamente con su esposa Helena, hija de Tindáreo y hermana de Clitemnestra. Helena desembarca primero de noche, y se refugia en el palacio de Agamenón, en donde estaban también sus dos sobrinos, hijos de aquel. Estos, viendo que todos sus esfuerzos para persuadir a Menelao que los defienda en la asamblea de los ciudadanos es inútil, puesto que se les condena a morir apedreados, forman el proyecto de salvarse, o de morir y vengarse de él, apoderándose de Helena y de su hija Hermíone y dándoles muerte en presencia de su esposo y de su padre, e incendiar al mismo tiempo el palacio de Agamenón, ayudados de Pílades, su inseparable compañero. Helena muere, en efecto, a sus manos, aunque desaparece sobrenaturalmente; y cuando están a punto de matar a Hermíone, interviene Apolo que salva a todos la vida, casando a Orestes con ella y a Pílades con Electra, después de declarar que Helena tendrá un asiento en el cielo al lado de Cástor y Pólux.

El asunto de esta tragedia es el mismo que el de _Las Euménides_, de Esquilo, aunque muy inferior a ella en trágica grandeza. El proyecto de los hijos de Agamenón y de Pílades de matar a Helena y a Hermíone para vengarse de Menelao, no aparece como obra del destino, sino como el resultado de móviles puramente humanos, comprensibles para todos. La acción, además de esto, no se desenlaza con naturalidad y verosimilitud, sino que el poeta, después de embrollarla con un fin mas o menos dramático, sale de su apuro por la intervención de un dios, que de una manera inesperada termina el conflicto. Los caracteres, excepto el de Pílades, modelo fiel de amistad, no valen gran cosa, ni pertenecen a los tiempos heroicos en que se supone ocurrir la acción. Orestes y Electra son dos vengativos criminales dominados de aviesas pasiones que no retroceden ante ningún delito por satisfacerlas; Menelao es un esposo enamorado lastimosamente de su esposa, cobarde, ambicioso y bajo; Helena una mujer vana y coqueta, que solo piensa en su hermosura y en agradar a los hombres. A pesar de estos defectos capitales, tiene bellezas de primer orden. La escena primera entre Electra y Orestes es de lo más perfecto que se encuentra en el teatro antiguo, y eminentemente dramática, como lo es también la conclusión, antes de intervenir Apolo. Esta tragedia es curiosa bajo otro concepto, porque nos inicia en los misterios de la ágora de Atenas por medio del heraldo Taltibio, que describe el juicio de Orestes en la asamblea de los ciudadanos, y por las alusiones que hace a los demagogos y a un orador desconocido, que se asemeja mucho al Catón de Salustio. La narración del frigio y el desenlace por los casamientos indicados son más bien cómicos que trágicos, y los discursos de Tindáreo y Orestes más propios de un tribunal que de un teatro. Abunda, sin embargo, en pensamientos felicísimos, en rasgos brillantes, y toda ella descubre, a pesar de sus lunares, que es obra de un ingenio eminente y compuesta para un pueblo artístico, civilizado y dramático.

Para fijar la época en que se representó por primera vez, no tenemos otro dato que el que nos suministra el escoliasta al verso 371, cuando dice: πρὸ Διοκλέους, ἐφ’ οὗ τὸν Ὀρέστην ἐδίδαξε, etc. Debió ser, por tanto, en la olimpiada 92, 4 (409 antes de J. C.), en cuyo año fue arconte Diocles. Así lo hace presumir también el examen de esta tragedia, puesto que, como observamos más arriba, tiene ya mucho de comedia, lo cual debió suceder en los últimos años de la vida de Eurípides.

PERSONAJES

ELECTRA, _hija de Agamenón y de Clitemnestra._ HELENA, _esposa de Menelao._ HERMÍONE, _su hija._ CORO DE MUJERES ARGIVAS, _amigas de Electra._ ORESTES, _hijo de Agamenón y de Clitemnestra._ MENELAO, _rey de Esparta y hermano de Agamenón._ TINDÁREO, _padre de Helena y de Clitemnestra._ PÍLADES, _hijo de Estrofio el focense, cómplice y amigo de Orestes._ APOLO, _dios que profetiza en Delfos._ UN FRIGIO.

La acción es en Argos.

Se ve en el teatro el palacio de Agamenón, y en el hueco de la puerta principal el lecho de Orestes, que yace en él enfermo y duerme un sueño inquieto. Delante está sentada Electra, que se levanta al caer el telón.

ELECTRA