Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 22

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[55] Como que tuvo cincuenta hijos. Así lo dice Príamo en Homero, _Ilíada_, XXIV, 495. «Cincuenta eran mis hijos cuando vinieron los griegos: diecinueve de unas mismas entrañas, el resto de las mujeres que encierra mi palacio». — Virgilio en la _Eneid._, II, 503, dice también: _Quinquaginta illi thalami, spes tanta nepotum_.

[56] _Simois_, río de la Tróade que nacía en el Ida, atravesaba la llanura de Troya y desaguaba en el Escamandro.

[57] _Eurotas_, hoy Iri o Vauli-potamo, río de la Laconia que bañaba los muros de Esparta y desembocaba en el golfo Lacónico. Era célebre por sus orillas, en las cuales, además de las cañas, crecían el mirto, la oliva y el laurel.

[58] Grande efecto debía causar en el público ateniense esta nueva desdicha de Hécuba. Acaso un poeta imperito, para hacer más impresión, hubiera ofrecido de repente a sus ojos el cadáver de su desdichado hijo; pero Eurípides no solo lo anuncia en el prólogo, φανήσομαι γὰρ, ὡς τάφου τλήμων τύχω, δούλης ποδῶν πάροιθεν ἐν κλυδωνίῳ, sino que la misma esclava lo indica ya claramente desde que comienza a hablar. Prepara, pues, el ánimo de los espectadores con ese delicado miramiento que observamos también en Sófocles y Esquilo.

[59] Como dice el escoliasta que Hécuba llama amado a Poliméstor irónicamente, κατ’ εἰρωνείαν λέγει τὸ φίλος ἡ Ἑκάτη, asegurando que el texto decía φίλος, no ξένος, hemos seguido esta versión por parecernos la más natural, y porque la palabra ξένος debió ser una glosa que se introdujo después para aclarar el sentido.

[60] La presencia de Agamenón, no llamado por Hécuba, se explica naturalmente recordando la proximidad de ambas tiendas, la distinción con que la trataba el general de los griegos, la resistencia que hizo al sacrificio de Políxena y su amor a Casandra, hija de la desdichada exreina de Troya.

[61] La expresión de despecho de Agamenón al ver que Hécuba no lo trata con la franqueza y la confianza que esperaba, es de lo más natural y sencillo, casi pueril, pero bello, sin embargo. Esto, encantadora cualidad de todo el teatro griego, más visible aún en Esquilo y Sófocles, es digna de imitación en nuestros tiempos, no solo porque agrada en todos, sino porque en ciertos periodos de la sociedad lo sencillo es al mismo tiempo lo más nuevo.

[62] Ya comienza a aparecer el carácter cruel y vengativo de Hécuba.

[63] M. Artaud, en sus _Tragédies d’Euripide_, 42, nota, recuerda muy oportunamente que este mismo pensamiento lo hallamos en Cic., _Tusc._, IV, 31, en un trozo de Trabeas que cita el famoso orador: _Fortunam ipsam anteibo fortunis meis_. También dice Plauto en la _Asin._, II, esc. 2, v. 1:

_Ubi ego nunc Libanum requiram, aut familiarem filium_ _Uti ego illos lubentiores faciam quam Lubentia est._

Por lo demás, podríamos amontonar innumerables citas como estas, porque ese pensamiento es de los más frecuentes.

[64] Ya antes de ahora (V. el Argumento de HÉCUBA) hemos censurado esta razón de Hécuba para mover a Agamenón. Como complemento de lo que allí dijimos, añadiremos que el destino de Casandra, condenada a compartir el lecho del generalísimo de los griegos, era ignominioso, no solo porque perdía su virginidad, y no en virtud de legítimo himeneo, sino porque su suerte era al fin la de una esclava. La única disculpa de Hécuba, o más bien dicho de Eurípides, es que aquella no lo alaba ni enaltece, llevada de su deseo inmoderado de venganza. Limítase a aceptar este hecho consumado, explotándolo en su beneficio.

[65] Dédalo, como es sabido, fue un artífice famoso que juega un papel nada lisonjero en la fábula de Pasífae y del Toro, autor del laberinto de Creta, de las primeras estatuas griegas y hasta del arte de volar, que costó la vida a su hijo Ícaro. Este personaje debió ser egipcio, ya por lo que sabemos de sus obras de arte, ya por la época en que vivió, en la cual hubo estrechas relaciones entre el Egipto y la Grecia. Algunos creen que es fabuloso, si bien no hay la menor duda de que su nombre simboliza el ingenio y la más fecunda inventiva.

[66] Esta debilidad de Agamenón no se explica de ninguna manera, atendido su tradicional carácter. El hombre ambicioso que sacrifica inhumanamente a su hija Ifigenia por ganar gloria y renombre, el héroe feroz y duro de aquellos tiempos, no es el Agamenón de Eurípides, que se expone a servir de ludibrio a todo el ejército si se descubre su condescendencia a los ruegos de Hécuba por amor a Casandra. Solo lo justificaría alguna pasión violenta, que no consta ni aparece en toda la tragedia.

[67] Dánao, padre de cincuenta hijas, las casó con los cincuenta hijos de su hermano Egipto, todos los cuales fueron asesinados por sus esposas en la noche de bodas, excepto Linceo, a quien salvó la danaide Hipermnestra, y fue el vengador de sus hermanos. (V. _Las Sup._ de Esquilo).

[68] Los de Lemnos robaron varias doncellas atenienses, de quienes tuvieron hijos que aborrecían de muerte a sus padres por el odio que les inspiraron sus madres. Habiendo intentado exterminarlos, todos ellos murieron a manos de sus esposas e hijos.

[69] El texto dice ἐῤῥυθμιζόμαν, de ῥυθμίζω, compongo, ordeno, arreglo. M. Artaud, I, 46, traduce _relever sur la tête_: Hartung, XI, 97, v. 890, _ich band mit der Rind empor_. Siempre es extraño que las troyanas se aliñasen el cabello antes de dormir, a no ser que el poeta aluda a la costumbre de las griegas, que hoy reina entre muchas que no lo son, o de sujetarlo con cintas para rizarlo al día siguiente, o solo para descansar mejor.

[70] Esto es, solo con la túnica, el vestido que inmediatamente cubría sus carnes.

[71] Las dóricas o lacedemonias usaban solo este sencillo traje, ordenado por Licurgo, ya para que se acostumbrasen a resistir a la intemperie, ya para mayor comodidad en sus luchas y ejercicios varoniles. Sabido es que ni la decencia ni la moral atormentaron mucho la imaginación de este legislador.

[72] Este movimiento de Hécuba es muy natural, ya porque se horrorizaba al mirar al asesino de su hijo, ya para disimular el odio que debía reflejarse en sus ojos.

[73] Este diálogo es uno de los mejores de Eurípides, tanto por la finísima ironía que reina en todo él, cuanto por la sobriedad y mesura con que lo desarrolla el poeta. Las preguntas que Hécuba hace a Poliméstor son intencionadas y malévolas, y este último contesta con la serenidad y pericia de un consumado criminal.

[74] Ocúrresele de pronto a Poliméstor, en medio de sus furiosos transportes, que si abandona los cadáveres de sus hijos, los expone a las iras de las troyanas, que podrán desgarrarlos y ofrecer sus ensangrentados restos a las fieras y a los perros. Sabido es el aprecio que hacían los paganos de la sepultura, de lo cual hallaremos claras pruebas en otras tragedias de Eurípides, análogas a la que observamos en el prólogo de esta, que recita la sombra de Polidoro.

[75] De la versificación del escoliasta se deduce que debe de haber leído así:

αἰθέρ ἀμπτάμενος οὐράνιον ὑψίπετὴς μέλαθρον, Ὠρίων ἢ Σείριος ἔνθα πυρὸς φλογέας ἀφίησιν ὄσσων αὐγάς; ἢ τὸν ἐς ἀΐδα μελανόχρωτα πορθμὸν ἁιξω τάλας.

ὑψίπετὴς se halla en dos códices, y es necesario para entender la frase: ἀναπτάσθαι, construido con acusativo sin preposición, se encuentra también en _Orestes_, 1343. Acaso venga de allí αἰθέρα, cuya autenticidad rechaza otro escolio. Ὠρίων ha sido borrado de un MS. (Flor., 25), y otro (Mosq., B) pone ὁ Σείριος por ἢ Σείριος, haciendo presumir que Ὠρίων ἢ es obra de algún interpolador. Eurípides menciona juntos de ordinario a Orión y a las Pléyades (_Ion._, 1153; _Hel._, 1394), porque así se ven en medio del cielo. Sirio es, al contrario, para él el Perro pequeño, _canicula_, próximo al polo Norte, como observamos en la _Ifig. en A._, v. 68. (N. de Hart.).

[76] Aquí comienza una de esas luchas forenses a que tan aficionado se muestra Eurípides, sin duda más indulgente en esta parte con el gusto del público que con los consejos de la razón literaria; y ya sea que la vanidad del poeta en un pueblo tan dado a los encantos de la palabra lo impulsase, ya que quisiese ofrecer al auditorio una imitación de las escenas a que asistía diariamente, ya, en fin, que respetase alguna costumbre dramática recién introducida, el hecho es que no deja pasar ocasión alguna favorable de lucir sus dotes oratorias. De aquí que tan estudiado fuera más tarde por los declamadores romanos.

[77] Edonia, región de Tracia, más tarde de la Macedonia, entre el Estrimón y el Nesto, célebre por sus tejidos.

[78] Broche o hebilla con que sujetaban sus vestidos. Edipo en Sófocles se ciega también con ellas, porque remataban en punta y era el instrumento que tenían más a mano.

[79] Extraño es, en verdad, este odio que Eurípides muestra a las mujeres. Parece imposible que asistiesen al teatro y oyesen tales injurias, falsas de ordinario y destituidas de fundamento, si no recordásemos las comedias de Aristófanes y viésemos probada en ellas la excesiva tolerancia de los atenienses en esta parte. Hoy, con nuestras ideas de igualdad cristiana y con los restos del espíritu caballeresco que conservamos, nos es difícil darnos cuenta de tamaño desacato; pero debemos decir también en defensa de Eurípides que, a nuestro juicio, las mujeres de su tiempo debieron ser peores que las del nuestro, porque su vida triste y retirada y su condición social poco envidiable, hubo de contribuir a su perversión.

[80] Entablada la acusación y oída la defensa, el juez, que es Agamenón, pronuncia la sentencia, fundándola, y Poliméstor la respeta y se somete a ella. Adviértase, sin embargo, que, prescindiendo de la forma de esos discursos artificiosos e impropios de los tiempos heroicos, nada es más natural y sencillo, ni más primitivo, que erigir en juez las partes a cualquier hombre respetable, exponer por sí mismas sus razones y sujetarse a su fallo. Así debió hacerse en un principio, ya fuese el juez un anciano o el padre de familia.

[81] El culto de Dioniso estaba muy extendido en la Tracia desde que, ayudado de las Ménades, triunfó de su rey Licurgo. Más tarde encontramos una prueba evidente en la afición que mostraron al vino los reyes macedonios Filipo y Alejandro. Su oráculo, según el escoliasta, estaba en el monte Pangeo o en el Hemo. Heródoto habla también (VII, 111) de otro entre los satras, pueblos belicosos de esta región.

[82] Lefranc, _Histoire de la littérature grecque_, página 152.

[83] Ponto Euxino, hoy mar Negro, al SE de Europa, que comunica con el Mediterráneo por el estrecho de Constantinopla, el mar de Mármara y los Dardanelos, y con el mar de Azov por el estrecho de Yenikaleh. Baña a la Europa al N y al O, y al Asia al S y al E. Llamose primero _Axenos_ o inhospitalario, y después _Euxenos_, hospitalario, como el cabo de Buena Esperanza se llamó primero de las Tormentas.

[84] Hipólito era hijo de Antíope, reina de las Amazonas y prisionera de Teseo en la guerra que sostuvo contra ellas.

[85] Piteo, abuelo de Teseo e hijo de Pélope y de Hipodamía, rey de Trecén, famoso por su sabiduría. Educó sucesivamente a su nieto Teseo y a su biznieto Hipólito.

[86] Trecén, hoy Damala, ciudad de la Argólida, cerca de la costa oriental.

[87] Hubo en Atenas dos reyes de este mismo nombre: el uno fue hijo y sucesor de Erictonio y padre de Erecteo, de Procne y Filomela; el otro padre de Egeo, y por consiguiente abuelo paterno de Teseo. Es probable que Eurípides se refiera a este último, y que llame campo de Pandión a las cercanías de Atenas, en donde estaba edificada Eleusis.

[88] Estos sagrados misterios son los de Eleusis, instituidos en honor de Deméter, de su hija Perséfone y de Triptólemo. Consistían en ciertas reminiscencias del culto cabírico o pelásgico, se celebraban todos los años y duraban nueve días. Menudeaban las procesiones, las abluciones, las carreras con antorchas y los juegos. El iniciado en el primer grado se denominaba _mysto_, y en el secundo, _epopto_ o _que veía_. Eleusis, según Pausanias, fue fundación de Ógiges, y estaba situada en el golfo Sarónico, a 17 kilómetros al NO de Atenas, entre el Pireo y Mégara. Pericles edificó allí a Deméter un templo suntuoso.

[89] La acrópolis de Atenas.

[90] Cécrope, egipcio fundador de Atenas, que instituyó el Areópago y el culto de Zeus y Atenea. Enseñó también la agricultura y ordenó los casamientos y las sepulturas.

[91] Los Palántidas eran los cincuenta hijos de Palante, hermano de Egeo, que intentaron arrebatarle el cetro de Atenas, y fueron vencidos por Teseo.

[92] Este coro secundario, distinto del principal y compuesto de cazadores, abandona pronto el teatro para dejar su puesto a las mujeres trecenias. El escoliasta cita otros dos ejemplos de coros de esta especie: el uno de la tragedia de _Paris_, hoy perdida, en la cual aparece este personaje rodeado de pastores, que se retiran, y el otro en el _Faetón_ del mismo poeta, en que el rey Mérope sale a la escena con otro coro secundario, semejante a estos.

[93] Generalmente se traduce este verso: «Puesto que solo a los dioses se puede llamar señores»; pero varias razones nos inclinan a traducirlo de otra manera. No es probable que un esclavo que osa hacer a su señor esta advertencia comience, para conciliarse sus buenas gracias, recordándole la distancia que lo separa de los dioses. Lo natural es lo contrario. Además la palabra ἄναξ (príncipe o rey) es más honorífica que la de δεσπότης, porque esta era aplicable a cuantos tenían esclavos, y la otra solo a los personajes del más elevado rango. El texto de Jenof., _Anab._, III, 2-8, que cita Valckenaer, nada prueba, porque allí se habla de griegos libres, aquí de un esclavo. Estas anfibologías, que a veces se encuentran en griego y en latín por la construcción de dos acusativos con un infinitivo, o por las licencias del hipérbaton, deben entenderse siempre con arreglo a lo que indique el buen sentido. Tradúzcase esta frase de Juvenal, _Sát._ 8, 20, _nobilitas sola est atque unica virtus_, y será incompresible, o se expresará lo contrario de lo que quiere decir el poeta, puesto que solo asegura que la virtud es la sola y única nobleza.

[94] Gran verdad, sin duda, que no supo o no quiso practicar Diógenes el Cínico y sus secuaces antiguos y modernos.

[95] Esto es, que cuanto los hombres poseen es don de los dioses, y la afabilidad uno de ellos.

[96] Ya se ha visto que su estatua estaba a la entrada del palacio.

[97] Lo que quiere decir este servidor de Hipólito es que su dueño, como joven, irreflexivo e inexperto, no es tan racionalmente religioso como él, ya anciano, y, en efecto, es lo que sucede de ordinario.

[98] Punto de reunión, sin duda, como sucede entre nosotros.

[99] Mirábase a Pan como al dios que inspiraba repentinos e infundados terrores; a Hécate como a la diosa de encantadores y mágicos, que enviaba a la tierra espectros y fantasmas, y a Cibeles como a la deidad que daba la locura. Loco estuvo, en efecto, Atis, pastor frigio, que la desdeñó. Los coribantes eran sacerdotes que danzaban y aullaban como furiosos para impedir que Cronos oyese los gritos de su hijo Zeus.

[100] Dictina, advocación de Artemisa, de δίκτυον, red, porque cazaba con ella.

[101] Fedra era hija de Minos, rey de Creta, y de su mujer Pasífae.

[102] Limnes, paraje inmediato a Trecén, de donde viene el sobrenombre de Artemisa. El escoliasta dice así: Λίμνη, τόπος Τροιζῆνος ἔνθεν Λιμνῆτες Ἄρτεμις καλεῖται. Allí mismo debía haber un gimnasio, pues también dice el escoliasta: Λίμνη γυμνάσιον ἐν Τροιζῆνι, ὡς καὶ ἐν τοῖς ἐζῆς φησὶ Λίμνης τροχόν.

[103] El escoliasta reprueba este anacronismo, puesto que hasta la olimpiada 89 no consiguió el premio en Olimpia el lacedemonio León con caballos vénetos, y en esta época, si damos crédito a Polemón, ni siquiera se conocían.

[104] Esta máxima, fundada en el egoísmo, es inmoral y absurda, y probablemente alude a ella Cic. cuando dice en su libro _De amicitia_, cap. XIII, lo siguiente:

_Nam quibusdam, quos audio sapientes habitos in Græcia, placuisse opinor mirabilia quædam, sed nihil est quod illi non persequantur argutius; partim fugiendas esse nimias amicitias, nec necesse sit nullum sollicitum esse pro pluribus: satis superque esse suarum cuique rerum: alienis nimis implicari molestum esse: commodissimum esse, quam laxissimas habenas habere amicitiæ, quas vel adducas, quum velis, vel remittas_;

cuya traducción, de don Fernando Casas, Cádiz, 1841, pág. 76, dice así:

«Rarísimas son en esto las opiniones de algunos que, según oigo, son tenidos en Grecia por sabios, los cuales nada hay que no trastornen con sus agudezas. Pretenden que hayan de huirse las muchas y muy estrechas amistades para no verse uno rodeado de graves atenciones, pues harto tiene cada cual, y le sobra, con el cuidado de sus propios negocios, sin necesidad de mezclarse en los ajenos. Por esto les parece que deben traerse muy flojas las riendas de la amistad, para apretarlas o aflojarlas todavía más si conviniere».

[105] Alude a los amores de su madre Pasífae con el toro de Creta, en los cuales tanto le sirvió el ingenioso Dédalo.

[106] Ariadna, que dio a Teseo el hilo para salir del laberinto y matar al Minotauro, y huyó después con él, siendo abandonada en Naxos, de donde se la llevó Dioniso.

[107] Porque viniendo del Ática hacia el Peloponeso era la primera ciudad de esta región que se encontraba.

[108] Este discurso filosófico de Fedra no está exento de algunos errores, aparte de su inoportunidad dramática. La sagrada Biblia, al hablarnos del pecado original, nos recuerda la imperfección humana y la necesidad de poseer el supremo bien a costa de infinitos esfuerzos. La diferencia que hay entre el bien moral y el intelectual, es que el primero no se oculta a la generalidad de los hombres; no así el segundo, por lo mismo que aquel es más esencial que este. La vida del hombre virtuoso es una constante lucha contra el vicio y las pasiones, época de peregrinación y de prueba, oscuro laberinto a cuya salida le espera el paraíso. Obsérvese que el poeta vacila muchas veces, y ya atribuye la pasión de Fedra a causas humanas, ya a la ira de Afrodita; que el cristiano no da a la vida esta importancia, ni se resuelve nunca a quitársela, ni alcanza así gloria alguna.

[109] Recuérdese la escasa consideración social de que disfrutaba la mujer en la sociedad antigua.

[110] Porque nació de la espuma del mar.

[111] La madre de Dioniso. Tan lejos fue su amor, que llegó a abrasarla.

[112] Céfalo, esposo de Procris, hermosísimo mortal, de quien se enamoró la Aurora. Como esta deidad deseaba alejarlo de su esposa, a quien amaba tiernamente, le persuadió que probase su fidelidad disfrazándose. Procris no salió bien de la prueba, y se separó de ella, aunque se reconcilió después. Por último la mató involuntariamente con un dardo, y, desesperado, se atravesó con él. La Aurora entonces lo llevó al Olimpo.

[113] Los filtros (en griego φίλτρον, de φιλεῖν, amar) eran de dos especies: unos trastornaban el juicio, y otros infundían o borraban el amor. Para componerlos valíanse de los más variados y repugnantes ingredientes, como del pescado llamado _rémora_, de ciertos cartílagos de rana, de la piedra astroides, del hippomanes, de sangre menstrual, de cortaduras de uñas, etc., etc. Preparado el filtro, según leemos en el idilio 2.º de Teócrito, se hacía a la claridad de la luna un sacrificio. Echábase harina en el fuego, que simbolizaba los huesos del hombre, y después hojas, cera y salvado, fleco o resto de su traje y zumo de hierbas. Si a su conclusión se oía ladrar algún perro, era señal indudable de que Hécate en persona venía a dar su aprobación y consentimiento.

[114] Esto es, Hipólito.

[115] Alfeo, río de la Élide que nacía en la Arcadia, cerca de Megalópolis, pasaba por Olimpia y Pisa, y desembocaba en el mar Jónico. Estas hecatombes de que habla el poeta se hacían en Olimpia en honor de Zeus, y en Delfos en honor de Apolo. El Amor, dios alegórico, no tuvo altares ni templos hasta más tarde.

[116] La Ecalia era una ciudad tesalia, próxima a la Etolia. Eurito, su rey, prometió dar la mano de su hija Yole al que lo venciera tirando el arco. Heracles lo venció, y no queriendo cumplir su promesa, fue tomada su ciudad y él pereció delante de su hija, que como furiosa bacante recorría el campamento enemigo. (V. las _Traquinias_, de Sófocles.)

[117] Teseo.

[118] Célebre frase, sutileza de Eurípides tan inmoral como sofística, que justamente ha levantado contra él a todos los críticos sensatos. Sin embargo, como el ingenio humano es siempre el mismo, y siempre hábil en buscar argucias para eludir sus deberes o paliar sus faltas, no han escaseado en épocas posteriores sectas heréticas y perniciosas que han aplicado este mismo principio falso, probablemente sin conocer las palabras de Eurípides.

[119] Esta larga y sangrienta sátira contra las mujeres, tan del gusto de Eurípides, es, sin embargo, en nuestro juicio, muy inferior a la celebérrima de Juvenal, imitada después por tantos otros, y entre ellos por nuestro Quevedo. Afortunadamente no escasean en ella las puerilidades, y en general es injusta y poco sólida. Shakespeare en su _Cymb._, acto II, última escena, se desata también contra el bello sexo en estos términos:

Could I find out The woman’s part in me! For there’s no motion That tends to vice in man, but I affirm It is the woman’s part: be it lying, note it, The woman’s; flattering, hers; deceiving, hers; Lust and rank thoughts, hers, hers; revenges, hers; Ambitions, covetings, change of prides, disdain, Nice longings, slanders, mutability, All faults that may be nam’d; nay, that hell knows Why, hers, in part, or all: but, rather, all; For even to vice They are not constant, but are changing still One vice, but of a minute old, for one Not half so old as that. I’ll irrite against them, Detest them, curse them. Yet ’t is greater skill In true hate, to pray they have their will: The very devils cannot plague them better.

[120] La castidad de Hipólito envolvía al mismo tiempo no leve ofensa a la diosa Afrodita, una de las más veneradas, y no dejaba de ser extraña en un pueblo que siempre dio grande importancia a los goces de los sentidos. Sin embargo, la venganza de Afrodita es inmoral, cruel y egoísta. Es seguro que ni en Sófocles ni en Esquilo encontraremos nunca dioses de esta índole, que si infunden temor, infunden también desprecio.

[121] Porque Minos, su padre, rey de Creta, era hijo de Zeus y de Europa.

[122] Conocida es generalmente la fábula de Faetón, hijo de Apolo y de Clímene, su disputa con Épafo, en que este sostenía que no era hijo del Sol, el juramento de su padre, y su desventurado ensayo al regir el carro paterno, siendo precipitado en el Erídano o Po, a cuyas orillas le lloraron tanto sus hermanas las Helíades, que fueron convertidas en álamos blancos y sus lágrimas en ámbar.

[123] Conocida también, como la anterior, es la fábula de las Hespérides Egle, Aretusa y Hesperetusa, hijas de Atlante y de Hespéride, y su jardín de manzanas de oro, y el dragón que las guardaba. Eurípides indica claramente que moraban al pie del Atlas, en la Mauritania. Otros dicen que habitaban en la Cirenaica, en donde había una ciudad llamada Hésperis, o en nuestra España, cerca de Cádiz, o en las Canarias o islas Afortunadas.