Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)
Part 20
Suplícote, Jasón, que perdones mis anteriores palabras; justo es que disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado más tranquila, y me he dicho lo siguiente: ¿Por qué soy tan miserable que me enfurezco contra los que a mi bien atienden, y soy enemiga de los reyes de esta región, y de mi mismo esposo, que por nosotros hace lo que más nos conviene, casándose con la hija del rey para que mis hijos tengan hermanos? ¿No aplacaré al fin mi furor? ¿Cuánta no es mi locura rechazando estos bienes que los dioses me conceden? ¿No tengo hijos? ¿No sé que nos han desterrado de la Tesalia, y que carecemos de amigos? Después de resolver esto en mi ánimo, reconocí que era insensata en sufrir tan grandes males, y que sin razón me había encolerizado. Ahora te alabo, y me parece prudente que te cases en beneficio nuestro; y yo me tengo por insensata, porque debía haber aprobado tus proyectos, y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y servirla contenta. Pero somos mujeres, somos como somos (no diré más). No debo, pues, confundirte con los malvados, ni has de pagar las culpas de los necios. Cedemos y confesamos que hicimos mal entonces, y que ahora lo pienso con más prudencia. ¡Oh hijos, hijos míos!, venid aquí, dejad vuestra habitación, saludad y hablad a vuestro padre, y reconciliaos con él al mismo tiempo que vuestra madre, por el odio que antes tuvimos a los que nos amaban: la paz sea con nosotros, lejos la ira. Tomad su diestra. ¡Ay de mis males! ¡Cómo embarga mi ánimo el recuerdo de mis recientes extravíos![421] ¿Acaso, ¡oh hijos!, viviréis así mucho tiempo, y me ofreceréis vuestros brazos? ¡Ay, cuán mísera, cuán propensa al llanto, cuán tímida soy! Tarde se acaba el disgusto que tuve con vuestro padre. Las lágrimas surcan ahora mi rostro.
EL CORO
Una lágrima brota también de mis ojos, y ojalá que no deplore otro mal mayor.
JASÓN
Alabo tu conducta presente, ¡oh mujer!, y no puedo vituperar la pasada; es natural que las mujeres se enfurezcan contra su marido si se casa con otra. Pero tu corazón ha cambiado favorablemente, y al fin conociste que era el mejor mi proyecto. Así es como obran las prudentes. Vuestro padre, ¡oh hijos!, no ha vacilado, con ayuda de los dioses, en mirar por vuestra futura suerte, pues creo que con vuestros hermanos seréis algún día señores de Corinto. Lo demás, obra es de vuestro padre y del dios que os favorezca. Que yo os vea bien educados llegar al término de la pubertad, superiores a mis enemigos. Mas ¿por qué corre copioso llanto de tus hinchados ojos y no oyes con satisfacción mis palabras?
MEDEA
No es nada; pensaba en estos hijos míos.
JASÓN
Ten confianza en mí; yo miraré por ellos.
MEDEA
Así lo haré, y no desconfiaré de tus promesas; pero la mujer es sensible de suyo, y llorar su destino.[422]
JASÓN
¿Por qué, ¡oh desventurada!, sollozas por estos hijos?
MEDEA
Yo los di a luz, y cuando tú deseabas que vivieran, me compadecía de ellos, dudando si se realizaría o no tu deseo. Ya conoces en parte el motivo que te ha traído aquí, y yo te diré lo restante: ya que place a los reyes de esta ciudad desterrarme de ella, me parece mejor (bien lo conozco), para no servirte de impedimento, ni a los que aquí mandan (pues me miran como a enemiga de tu conyugal reposo), obedecer sus órdenes; pero a fin de que mis hijos se eduquen bajo tu vigilancia, ruega a Creonte que no compartan mi pena.
JASÓN
No sé si podré persuadirlo; probaremos, sin embargo.
MEDEA
Al menos rogarás a tu esposa que lo pida a su padre.
JASÓN
Sin duda alguna, y espero conseguirlo, si es una mujer como tantas otras.
MEDEA
También yo te ayudaré en esa empresa: le enviaré presentes que exceden en belleza a todos los humanos que he visto; a saber: un sutil vestido y una corona de oro, que llevarán mis hijos. Conviene, pues, que cuanto antes traiga aquí algún criado estas galas. Tu esposa será feliz e incomparable en su dicha, no solo porque se casa contigo, que tanto vales,[423] sino porque poseerá ese don que en otro tiempo hizo el Sol a mis ascendientes. Tomad en vuestras manos estos nupciales dones, ¡oh hijos!, y llevadlos a la afortunada esposa, a quien debéis obedecer. Tales regalos no deben despreciarse.
JASÓN
¿Por qué, ¡oh insensata!, te desprendes así de ellos? ¿Crees que faltarán vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro? Guárdalos, no los des. Mi esposa me estima; me preferirá, sin duda, a todas las riquezas.
MEDEA
No me digas eso; dícese que hasta los dioses se aplacan con dones;[424] el oro entre los hombres vale más que infinitos discursos; favorécele la fortuna, el cielo le es propicio; mi vida daría gustosa porque no fuesen desterrados mis hijos, no ya oro. Vosotros, ¡oh amados!, así que entréis en ese opulento palacio, rogad a la nueva esposa de vuestro padre, hoy mi señora; suplicadle que os libre de mi pena, y presentadle esos regalos: lo que más interesa es que los reciba en su mano. Id cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado lo que desea. (_Retírase Jasón con sus hijos_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Ya no tengo esperanza de que vivan sus hijos, ya no; ya caminan a la muerte. Daño recibirá la esposa de la diadema de oro; daño recibirá la desdichada. Ella con sus manos adornará con el letal presente su blonda cabellera.
_Antístrofa 1.ª_ — Su belleza y divino brillo la invitarán a ponerse el vestido y la artística corona de oro, y después acabará su tocado en los infiernos. En tal lazo caerá y tal muerte sufrirá la infortunada; no, no evitará el daño que le amenaza.
_Estrofa 2.ª_ — Y tú, ¡oh mísero, funesto esposo, yerno de reyes!; tú contribuyes también, sin saberlo, a la ruina de tus hijos y a la muerte deplorable de tu esposa. ¡Oh desdichado, qué distinta de lo que piensas será tu suerte!
_Antístrofa 2.ª_ — Pero también me hacen gemir tus dolores, ¡oh madre de hijos sin ventura!, que les darás muerte por vengar la injusta traición que se hace a tu lecho conyugal, y la infidelidad de tu esposo, que te deja por vivir con otra esposa.
EL PEDAGOGO (_con los hijos de Medea_).
Libres, ¡oh señora!, están ya tus hijos del destierro, y la regia consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya para tus hijos.
MEDEA
¡Ay de mí!
EL PEDAGOGO
¿A qué viene ahora tu tristeza, cuando la fortuna te es favorable? ¿A qué ocultas tu rostro y no me oyes con alegría?
MEDEA
¡Ay, ay de mí!
EL PEDAGOGO
No es así como debes recibir mi grata nueva.
MEDEA
¡Ay, ay de mí otra vez!
EL PEDAGOGO
¿Acaso, sin saberlo, he anunciado alguna desdicha, creyendo falsamente que era alegre mi mensaje?
MEDEA
Anunciaste lo que anunciaste; tú has hecho bien.
EL PEDAGOGO
¿Por qué bajas tus ojos y rompes en lágrimas?
MEDEA
Mucho lo necesito, ¡oh anciano!; yo extraviada, y los dioses conmigo han pensado así.
EL PEDAGOGO
Confíamelo: por mediación de tus hijos volverás más tarde.
MEDEA
Y antes yo, infeliz, me llevaré otros.[425]
EL PEDAGOGO
No eres tú la primera que se separa de sus hijos. Los mortales han de sufrir con paciencia las desdichas.
MEDEA
Así lo haré; pero entra en mi palacio, y cuida de mis hijos como todos los días. ¡Oh hijos, hijos!; ya tenéis ciudad y casa, en la cual viviréis siempre sin vuestra mísera madre; yo iré desterrada a otro país, antes de recoger los frutos que habéis de dar y de veros felices; antes de casaros y de engalanar yo misma a vuestra esposa, y el tálamo nupcial, y de llevar las antorchas.[426] ¡Oh, cuán desdichada me hace mi feroz orgullo! En vano os eduqué, ¡oh hijos!, en vano trabajé, y graves molestias me consumieron,[427] y sufrí los intolerables dolores del parto. Sin duda, infeliz, puse en vosotros en otro tiempo mi esperanza, y pensé que me sostendríais en la vejez, y que con vuestras manos cerraríais mis ojos, deseo tan natural en los mortales: ya se desvaneció ese dulce consuelo. Sin vosotros pasaré mi vida llena de tristeza y de amargura. Ya no veréis con vuestros ojos amados a vuestra madre, y viviréis en adelante de otra manera.[428] ¡Ay, ay de mí! ¿Por qué me miráis, ¡oh hijos!? ¿Por qué me miráis y os sonreís así, con sonrisa peor para mí que la muerte? ¡Ah, ah! ¿Qué haré? Desfallece mi ánimo, ¡oh mujeres!, cuando tropiezo con las alegres miradas de mis hijos. No podré... Pero valgan los proyectos anteriores; de la tierra arrancaré a mis hijos... ¿Qué necesidad tengo de afligir a su padre con estos males, de sufrirlos yo duplicados? No seré yo... Constancia en mis propósitos... Pero ¿qué sufro? ¿Serviré yo de risa, quedando impunes mis enemigos? ¡Audacia! ¡Cuánta es mi flaqueza, cuánta debilidad revelan estas frases afeminadas! Entrad en el palacio, ¡oh hijos!; de perpetuo tormento serviréis a ese hombre, que no debe asistir a mis sacrificios. ¡No se enervará mi mano! ¡Ah, ah! ¡No cometerás este crimen, ¡oh mujer!; déjalos, desventurada, perdona ya a tus hijos: viviendo, allá contigo serán tu encanto!... No, por los dioses, que moren en el Orco con los ministros de la venganza; jamás los abandonaré a los ultrajes de los que me odian. No hay más remedio; que mueran, y ya que es preciso, yo que les di la vida, yo se la quitaré. Resuelto está y se cumplirá. Y la corona orna ya las sienes de la regia esposa, y ya perece con su peplo. Ya, ya emprenderé mi funesta fuga, y les dejaré un legado aún más funesto... Quiero hablar a mis hijos. Dadme, dadme, ¡oh hijos míos!, vuestra diestra para que la bese. ¡Oh mano muy amada!, ¡oh labios queridos!, ¡oh noble rostro!, ¡oh talle gentil!; sed felices, pero allá; vuestro padre os arrebata la ventura que podríais disfrutar aquí. ¡Oh dulce abrazo!, ¡oh tez delicada!, ¡oh suavísimo hálito de mis hijos!; salid, salid; no puedo miraros más, que mis desdichas me agobian. Ya comprendo, ya conozco en toda su extensión la horrible maldad que voy a cometer; pero la ira es mi más poderosa consejera, causa entre los hombres de las mayores desventuras.[429] (_Medea permanece en el teatro, deseosa de saber el resultado de su funesto mensaje_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Ya más de una vez he hecho reflexiones más profundas y estudios más serios de lo que conviene a mi sexo, y también nos favorece una musa que, para hacernos más sabias, conversa con nosotras (no con todas, que acaso encontrarás pocas a quien esto ocurra), y el estro poético es don de las mujeres.
_Antístrofa 1.ª_ — Sostengo, pues, que los mortales que no conocen el himeneo ni las dulzuras de la paternidad, son más felices que los que tienen hijos. Como los célibes ignoran si aquellos sirven de placer o de pena a los hombres, se libran de muchas miserias.
_Estrofa 2.ª_ — Los que tienen dulce prole, llenos están de cuidados, como yo observo, primero para educarla bien y dejarle medios de subsistencia, y después porque no saben si sufren esos trabajos por quienes han de ser buenos o malos.
_Antístrofa 2.ª_ — Recordaré tan solo este mal, el más intolerable para todos los mortales: allegadas a veces abundantes riquezas, y ya hombres y buenos nuestros hijos, es tan grande nuestra desgracia que la muerte los arrebata de la tierra y los lleva al imperio de Hades. ¿Por qué los dioses, además de tantos otros, han de causar a los hombres este dolor, el más acerbo de todos?
MEDEA
Ya, amigas, gira veloz la rueda de la fortuna; ya veo claramente el término de todo esto. Paréceme desde aquí que se acerca un servidor de Jasón; diríase, por su aspecto, que viene conmovido, como a anunciar alguna desdicha.
EL MENSAJERO
¡Qué cruel y nefanda maldad has cometido, oh Medea! Huye, huye, ya en nave que como carro surque las ondas, ya en otro cualquier vehículo que huelle la tierra.
MEDEA
¿Qué ha sucedido digno de tal destierro?
EL MENSAJERO
Han muerto ahora poco la princesa real y Creonte, su padre, envenenados por ti.
MEDEA
Me anuncias gratísima nueva, y en adelante serás uno de mis bienhechores y amigos.
EL MENSAJERO
¿Qué dices? ¿Estás en tu cabal juicio? ¿No deliras, ¡oh mujer!? ¿Te alegras al saber la ruina del real palacio? ¿No temes las consecuencias?
MEDEA
Algo podría replicarte; pero no te exasperes demasiado, ¡oh amigo!, sino cuéntame cómo han perecido; doblado será nuestro deleite si fue su muerte la más horrible.
EL MENSAJERO
Cuando llegaron tus dos hijos con su padre y entraron en el palacio conyugal, nos alegramos todos los servidores, que deplorábamos tus desdichas; de uno en otro circuló de repente el rumor de que te habías reconciliado con tu esposo. El uno besaba la mano, el otro la blonda cabellera de tus hijos; y yo, lleno de alegría, los acompañé hasta el aposento de las mujeres. La dueña a quien ahora servimos en tu lugar, antes de venir tus dos hijos miraba a Jasón con amor;[430] después veló su rostro, y volvió a otro lado sus cándidas mejillas, mostrando su disgusto al entrar tus hijos. Pero tu esposo se esforzaba en aplacar el mal humor y la cólera de la doncella, diciéndole: «No seas enemiga de los que me aman; mitiga tu ira y vuelve hacia aquí tu cabeza, y ten por amigos a los que lo son de tu esposo; acepta estos presentes, y ruega a tu padre que por mí revoque el destierro de mis hijos».[431] Ella, al ver tu regalo, no persistió en su propósito, sino prometió a Jasón hacer cuanto deseaba, y antes que saliesen los tres del palacio, tomó en sus manos el gentil vestido y se lo puso, y adornó sus rizos con la corona de oro, sonriéndose al contemplar en el espejo su bella imagen. Y después, descendiendo del solio, se paseaba por el palacio y andaba lenta y majestuosamente, satisfecha de los dones, y mirándose y remirándose desde los pies a la cabeza. Al poco tiempo presenciamos un espectáculo horrible: alterósele el color, retrocedió vacilante, tembló todo su cuerpo, y apenas pudo llegar al solio, cayendo en seguida en tierra. Una de sus viejas servidoras, creyendo que le acometía el furor de Pan o de algún otro dios,[432] dio un grito cuando observó que arrojaba por la boca blanca espuma, y que se extraviaban sus ojos y la sangre desaparecía del cuerpo, y prorrumpió en terribles clamores. Una corrió en aquel momento al palacio de su padre, otra en busca de su esposo, a anunciarles esta desdicha; todo era confusión, voces y carreras. Un luchador ágil hubiese tocado con su carro a la meta recorriendo seis pletros[433] con paso rápido, mientras ella, con los ojos cerrados y sin vida, gemía con pena, despertando al fin presa de dos graves males. La corona de oro que llevaba en la cabeza despedía llamas sobrenaturales que todo lo devoraban, y los sutiles vestidos, presente de tus hijos, se cebaban en las blancas carnes de la desventurada. Huyó, por fin, levantándose del solio ardiendo, y sacudía sus cabellos a uno y otro lado, pugnando por arrojar la corona; pero el oro, firmemente adherido a ella, no cedía, y el fuego, después de agitar sus cabellos, estallaba con doble fuerza. Cayó, por último, en tierra, vencida por el mal y horriblemente desfigurada, hasta el punto de que solo su padre podía conocerla. No se distinguían bien sus ojos; su rostro había perdido toda su gracia; de su cabeza corría sangre mezclada con fuego, y la carne, como gotas de pez, se desprendía a pedazos de los huesos por la eficacia invisible del veneno, ofreciendo un espectáculo horrendo. Nadie osaba tocar el cadáver, temiendo participar de su desdicha. Pero su infortunado padre, que nada sabía de su mal, entró en el aposento de repente y se abalanzó a la muerta, y dio grandes alaridos, y abrazándola y besándola, decía: «¡Oh hija desventurada! ¿Qué dios te ha perdido tan miserablemente? ¿Quién acompañará a tu viejo padre a la pira, si tú mueres? ¡Ay de mí! ¡Perezca yo contigo, oh hija!». Después que cesaron sus gemidos y lágrimas y quiso levantarse, viose adherido al sutil traje, como la yedra a la ramas del laurel. Hubo una lucha horrible: pugnaba por alzar la rodilla, y los paños, firmemente unidos a ella, lo impedían, y cuando forcejeaba, sus viejas carnes se separaban de sus huesos. Al fin exhaló el alma el desdichado, rendido por el dolor. Yacen, pues, muertos los dos, la hija y su anciano padre, el uno junto al otro, calamidad que pide a voces lágrimas. Tú discurrirás el medio de salvarte, que yo nada puedo aconsejarte. Atormenta tu ingenio para evitar el castigo que te amenaza. No es ahora la vez primera que pienso que los proyectos de los mortales son solo humo, ni vacilo en afirmar que los que se tienen por sabios y se consagran a investigar la razón de las cosas, son los que más torpezas cometen. Nadie es feliz: si llega a poseer grandes riquezas, podrá serlo más que otro, pero nunca enteramente.[434]
EL CORO
No parece sino que un dios ha acumulado en este solo día merecidos males contra Jasón. ¡Oh hija desventurada de Creonte!, ¡cuánto deploramos tu desdicha, pues que, por casarte con Jasón, has bajado al palacio del dios de las tinieblas!
MEDEA
He resuelto, ¡oh amigas!, matar cuanto antes a mis hijos y huir de esta tierra, y no perderé el tiempo encomendando su muerte a manos más enemigas; sin remedio deben morir, y como es preciso, yo que los procreé, los mataré también. Ea, pues, ármate de valor. ¿Por qué titubeo en perpetrar males crueles, pero necesarios? Anda, mísera mano mía, empuña, empuña el acero, huella la triste meta de la vida, y no seas cobarde ni te acuerdes de tus hijos, a quien tanto amas porque los diste a luz; olvídate, en este breve día, de que los tienes y llora después, que, aunque los mates, siempre te fueron caros y siempre fuiste una mujer infeliz.
_Estrofa_. — Vitoreemos a la Tierra y a los rayos del Sol, que todo lo alumbran;[435] ved, contemplad aquella mujer desventurada antes que llene sus manos de sangre infanticida. De ti descienden sus hijos, Febo de cabellos de oro, y es horrible que la mano de los hombres derrame sangre de dioses. Refrénala, ¡oh luz divina!, detenla; arroja de este palacio a la sanguinaria y mísera Furia, inspirada por fatídicas deidades.
_Antístrofa_. — En vano los dio a luz con dolores, en vano fuiste tronco de amada prole, ¡oh tú, que atravesaste los escollos inhospitalarios de las cerúleas Simplégadas![436] ¡Oh infortunada! ¿Qué grave ira se ha apoderado de tu corazón, qué rabia fatal, sedienta de sangre, te ha trastornado? Funesta expiación amenaza a los mortales cuando riegan la tierra con sangre de su parientes, y para castigo de los parricidas el cielo envía a las familias calamidades proporcionadas a la pena que merecen.
PRIMER NIÑO (_desde dentro_).
¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Adónde huiré de mi madre?
SEGUNDO NIÑO
No lo sé, hermano muy querido; ¡vamos a morir!
EL CORO
¿Oyes, oyes el clamor de sus hijos? ¡Oh mísera e infeliz mujer! ¿Entraré en el palacio? Salvemos a sus hijos de la muerte. (_El coro se detiene viendo cerradas las puertas_).
LOS NIÑOS
¡Pero socorrednos, por los dioses! ¿Vendréis a tiempo? Ya el puñal nos amenaza de cerca.[437]
EL CORO
¿Eres, ¡oh miserable!, piedra o hierro, para segar con tu mano infanticida la vida de los hijos que diste a luz? Solo sé de una, solo sé de una mujer de los pasados tiempos que matase a sus hijos; solo sé de Ino,[438] furiosa por orden divina, cuando la esposa de Zeus la arrojó de su palacio y trastornó su juicio, y la miserable cayó en la mar por el impío asesinato de sus hijos, saltando desde la orilla y pereciendo al mismo tiempo que ellos. ¿Puede suceder nada más horrible? ¡Oh funestos casamientos, cuántos males habéis acarreado a los hombres!
JASÓN
Mujeres que rodeáis a ese palacio, ¿está en él esa Medea que ha cometido tantos horrores? Menester es que se esconda en los abismos de la tierra, o que, cual ave, se lance a las aéreas regiones, para que no pague la pena que merece por su delito contra la real familia. ¿Cree acaso, después de dar muerte a los soberanos de esta región, que podrá escaparse impune? Pero no tanto vengo por ella como por mis hijos; castíguenla los que han sufrido esos males. Mi objeto es salvar la vida de mis hijos, no se venguen en ellos los parientes de Creonte, en represalias de la nefanda maldad que ha cometido su madre.
EL CORO
¡Oh infeliz Jasón!, aún ignoras, sin duda, las desdichas que te aguardan; a no ser así, no hablaras como hablas.
JASÓN
¿Qué hay? ¿Quiere matarme también?
EL CORO
Tus hijos han muerto a manos de su madre.
JASÓN
¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¡Oh, mujer, cómo me has afligido!
EL CORO
No olvides que ya murieron tus hijos.
JASÓN
¿En dónde los ha asesinado? ¿Dentro o fuera del palacio?
EL CORO
Abre las puertas y los verás muertos.
JASÓN
Abrid cuanto antes las puertas, servidores; quitad las barras para que contemple dos males a un tiempo y vea a mis dos hijos muertos, y para que los vengue y muera también a mis manos.
MEDEA (_que aparece en un carro tirado por dragones con los cadáveres de sus hijos_).
¿Por qué sacudes y das golpes en las puertas buscando los cadáveres de tus hijos, y a mí, que los he asesinado? No te molestes. Si me necesitas, dime lo que quieres: jamás me tocarán tus manos, porque el Sol, padre de mi padre, me ha dado un carro que me protegerá contra mis enemigos.
JASÓN
¡Oh, rabia! ¡Mujer odiosa, mujer la más detestada de los dioses, de mí y de toda la especie humana, que has osado hundir el puñal en el corazón de tus propios hijos, en los mismos que diste a luz, y me dejas huérfano, y ves la tierra y el sol a pesar de tu impiedad maldita! ¡Ojalá que mueras! Ahora te conozco, no cuando de un palacio y de un país bárbaro te traje a la Grecia, a ti, que eres el más terrible azote, y has hecho traición a tu padre y a la tierra que te crió. Obra es de los dioses que me arrastrara tu fatal destino cuando asesinaste a tu hermano junto a los altares y te embarcaste en la nave _Argo_, de bella proa. Tales fueron tus primeras hazañas: te casaste conmigo, y después que diste a luz mis hijos, los mataste llevada de tu odio y de tu envidia a mi segunda esposa. Ninguna griega lo hubiese osado jamás; te preferí a ellas, y fuiste mi compañera; enlace fatal y pernicioso para mí, que eres leona, no mujer, de índole más fiera que la tirrena Escila.[439] Pero (vanamente te insultaría con millares de lenguas, siendo tan grande tu impudencia) ojalá que mueras, infame como ninguna, y además manchada con la sangre de tus hijos. Solo puedo ahora deplorar mi suerte, porque ni he disfrutado de mi segundo himeneo, ni podré ya hablar con los hijos que engendré y eduqué, habiéndolos perdido.
MEDEA
Largamente replicaría a cuanto acabas de decir si el padre Zeus no conociera los beneficios que de mí has recibido y tu negra ingratitud. El destino no podía permitir que, despreciándome, tú y tu real cónyuge vivierais felices, insultándome ambos, ni tampoco que Creonte, que te dio la mano de su hija, me desterrara de aquí impune. Si te agrada, llámame, pues, leona o Escila, que habita en la costa tirrena, pues te he herido en el corazón como merecías.
JASÓN
Tú también sufres, y participas de mis males.
MEDEA
Puedes estar seguro de ello; sin embargo, es dolor que me agrada porque no te ríes.
JASÓN
¡Oh hijos! ¡Que madre tan perversa os tocó en suerte!
MEDEA
¡Oh hijos! ¡Cómo habéis muerto por culpa de vuestro padre!
JASÓN
Pero seguramente no los mató mi diestra.
MEDEA
No tu diestra, pero sí tu injusticia y tu segundo matrimonio.
JASÓN
¿Y te resolviste a asesinarlos para vengarte de mi enlace?
MEDEA
¿Es acaso leve desdicha para una mujer?
JASÓN
Sí, si es modesta; pero para ti todo es grave.
MEDEA
Ya murieron; bastante será tu tormento.
JASÓN
Dioses hay vengadores que te castigarán.
MEDEA
Ellos saben a quién debe imputarse todo.
JASÓN
De seguro conocen a fondo tu abominable corazón.
MEDEA
Te odio, y me burlo de tus palabras amargas.
JASÓN
Y yo de las tuyas; fácil es nuestra separación.[440]
MEDEA
¿Conque eso dices? ¿Qué haré yo ahora? También lo deseo ardientemente.
JASÓN
Déjame sepultarlos y llorarlos.
MEDEA