Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)
Part 18
Al contrario, la dejaré en tus manos.
ADMETO
No la tocaré; puede ir cuando quiera a mi palacio.
HERACLES
Solo a tu diestra la confío.
ADMETO
¡Oh rey!, me obligas contra mi voluntad.
HERACLES
Atrévete a extender la mano y a tocar a tu huéspeda.[375]
ADMETO (_volviendo hacia atrás el rostro_).
Ya la extiendo, volviendo mi cabeza como si hubiese de mirar el rostro de la Gorgona.
HERACLES
¿La estrechas ya?
ADMETO
Sí.
HERACLES
Está bien; guárdala, pues; algún día dirás que el hijo de Zeus es un noble huésped. (_Quítale el velo_). Mírala; quizá te parezca semejante a tu esposa; ya eres feliz, ya debe acabar tu dolor.
ADMETO
¡Oh dioses! ¿Qué diré? ¡Milagro inesperado! ¿Miro verdaderamente a mi esposa, o mi alegría es juguete de algún dios?
HERACLES
No es eso; la que ves es tu misma esposa.
ADMETO
¿Será acaso algún espectro infernal?
HERACLES
No vayas a creer que tu huésped es encantador.[376]
ADMETO
¿Pero es esta mi esposa, la que sepulté hace poco?
HERACLES
No tengas la menor duda, aunque no es extraño que desconfíes así de la fortuna.
ADMETO
¿La tocaré y hablaré como si fuese mi esposa?
HERACLES
Háblala; tienes cuanto podías desear.
ADMETO
¡Oh rostro y cuerpo de mi amada cónyuge!; poséote contra lo que esperaba, y cuando pensé que jamás te volvería a ver.
HERACLES
En tu poder está; cuidado no excites la envidia de los dioses.
ADMETO
¡Oh noble hijo de Zeus Máximo!; que seas dichoso, y que te conserve el padre que te engendró. Tú solo me has devuelto la vida. ¿Cómo desde los infiernos la trajiste a la luz?
HERACLES
Peleando con el dios de las tinieblas.
ADMETO
¿En dónde dices que has trabado batalla con Hades?
HERACLES
Junto al mismo túmulo, acechándolo, y sujetándolo con mis brazos.
ADMETO
¿Y por qué no habla esta mujer?
HERACLES
No te es lícito oír su voz antes de ofrecer la debida expiación a los dioses infernales, y hasta que no pasen tres días.[377] Pero llévala a tu palacio, y ya que eres justo, sigue, ¡oh Admeto!, siendo piadoso con tus huéspedes. Y adiós; yo voy a emprender el trabajo que me ha ordenado el rey, hijo de Esténelo.
ADMETO
Quédate conmigo, y acepta la hospitalidad que te ofrezco.
HERACLES
Otra vez será; ahora me urge dejarte sin dilación.
ADMETO
Pues que seas feliz, y vengas aquí a la vuelta. Mando a los ciudadanos de Feras y a toda la tetrarquía[378] que formen coros en celebridad de este fausto suceso, que sacrifiquen víctimas en las aras, y que el incienso acompañe a sus súplicas. Nuestra vida ahora es mejor que antes; no negaré que soy dichoso.
EL CORO
Muchas formas toman los sucesos que el cielo ordena, y muchas cosas hacen los dioses contra nuestras esperanzas, y lo que parecía que había de suceder no se verifica, y por obra del cielo termina felizmente lo que no se aguardaba. Así ha acontecido ahora.
MEDEA
ARGUMENTO
Medea, hija del rey de la Cólquida, con cuya poderosa ayuda pudieron los argonautas conquistar el vellocino de oro, se había desposado con Jasón, dando a luz dos hijos, siguiéndole a Grecia, y estableciéndose con él en Corinto. Jasón, sin embargo, en vez de corresponder a los sacrificios que había hecho en su obsequio, ya cediendo al amor que le inspirara la hija de Creonte, rey de Corinto, ya por motivos de conveniencia personal, pretendió la mano de esta, y logró el asentimiento de su padre para celebrar sus segundas nupcias; pero Creonte entonces, conociendo el carácter vindicativo y vehemente de Medea, ya famosa por su crueldad y sus mágicas artes, decretó su destierro inmediato con sus hijos, y solo a sus ruegos consintió en aplazarlo, señalándole un nuevo término. Medea aprovechó este descanso para fingir su reconciliación con su esposo, y llevó su aparente docilidad hasta el punto de regalar a la nueva desposada una corona de oro y un riquísimo peplo. Desgraciadamente ambos dones estaban envueltos en eficacísimo veneno, que estalló en el momento de ponérselos la hija del rey, devorándola juntamente con su padre. No contenta con esto, se vengó también de Jasón matando a sus hijos, y huyó impune a la corte de Egeo, rey de Atenas, atravesando los aires en un carro tirado por dragones.
Si sujetamos el análisis de esta tragedia a nuestro criterio moderno, no podemos menos de confesar que es una de las mejores de Eurípides, ya por la sencillez de su argumento, la sobriedad del plan y la perfección de sus detalles, como por el patético que en toda ella reina, y la maestría con que el poeta desenvuelve el carácter cruel y apasionado de su singular protagonista. Así comprendemos también que todavía se sostenga en nuestra escena, y la multitud de imitaciones que se han hecho de ella. Entre los griegos, Neofrón de Sición; Ennio, Pacuvio, Aecio, Ovidio y Séneca, entre los romanos; el italiano Ludovico Dolce; el inglés Glower; La Peruse, P. Corneille, Tomás Corneille, Longepierre, Pellegrin y Clément entre los franceses, han seguido las huellas de Eurípides y de Séneca, deslumbrados, sin duda, por la creación de esta mágica heroína, sin rival en la dramática antigua y moderna.
Los críticos que la han analizado no están de acuerdo en sus juicios, y tanto Aristóteles como Augusto Guillermo Schlegel, Lefranc y otros desaprueban algunas de sus partes, aunque a nuestro poco autorizado parecer no se fijen en su defecto capital, que es el sello puramente humano que la distingue, lo cual, desde el punto de vista helénico, es lo más importante. Jasón, en efecto, se casa con la hija de Creonte por razones de utilidad personal, y Medea se venga de él y de los príncipes de Corinto envenenándolos y asesinando a sus hijos, y huye impune después de cometer tales atentados. La moral de la fábula es, por tanto, incompleta, porque el principal delincuente, que es Medea, nada sufre en castigo de sus crímenes, al par que la pena de Jasón, de Creonte y de su hija es desproporcionada. El desenlace trágico no es el que debiera ser, porque estas luchas horribles, que trastornan el mundo moral, no se calman y apaciguan devolviéndole su anterior armonía, como sucede en las de Sófocles y Esquilo. En nuestra opinión, el mérito principal de esta tragedia consiste en el carácter y en la situación dramática de Medea, arquetipo de la mujer fuerte, de pasiones enérgicas, exagerada y vehemente en su amor y en su odio, herida como una leona en lo que más ama, rodeada de ingratos y de hombres inferiores en todo a ella, pero osada y terrible en sus iras y ardiente en su venganza, como el Sol, de quien desciende. Jasón, cual Teseo con Ariadna y Eneas con Dido, es un personaje que, bajo distintos nombres, aparece no una vez sola en la poesía pagana. Para comprender el valor dramático de esta tragedia, baste recordar que han transcurrido cerca de dos mil trescientos años desde su primera representación, y hoy no podemos asistir a ella sin sentirnos profundamente conmovidos, cuando casi ha desaparecido el pueblo que la produjo, y los imperios más vastos y poderosos han caído en tierra, y ha quedado desierto el Olimpo, y son distintas nuestras leyes, nuestras costumbres y nuestra cultura.
En cuanto a la fecha de su representación, parece indudable que se verificó antes de la guerra del Peloponeso, si valen algo tres datos de alguna importancia que existen referentes a este punto. El autor del argumento griego dice así:
Ἐδιδάχθη ἐπὶ Πυθοδώρου ἄρχοντος κατα τὴν ὀγδοηκοστὴν ἑβδόμην Ὀλυμπιάδα. πρῶτος Εὐφωρίων, δεύτερος Σοφοκλῆς, τρίτος Εὐριπίδης. Μήδεια, Φιλοκτήτης, Δίκτυς, Θερισταὶ σάτυροι. Οὐ σῴζεται.
Dedúcese, pues, de estas palabras que se representó en el arcontado de Pitodoro, el año primero de la olimpiada 87 (432 antes de Jesucristo), y que concurrieron a este certamen dramático Euforión, hijo de Esquilo, que ganó el primer premio, Sófocles el segundo, y Eurípides el tercero. Además, en la misma tragedia leemos estos versos, que pronuncia Medea:
χρὴ δ᾽ οὔποθ᾽ ὅστις ἀρτίφρων πέφυκ᾽ ἀνὴρ, παῖδας περισσῶς ἐκδιδάσκεσθαι σοφούς· Χωρὶς γὰρ ἄλλης ἧς ἔχουσιν ἀργίας φθόνον πρὸς ἀστῶν ἀλφάνουσι δυσμενῆ. Σκαιοῖσι μὲν γὰρ καινὰ προσφέρων σοφὰ δόξεις ἀχρεῖος κοὐ σοφὸς πεφυκέναι. κ. τ. λ.
en los cuales parece aludir Eurípides a las persecuciones que sufrieron los filósofos antes de la guerra del Peloponeso, según Plutarco, _Nic._, cap. XXIII, y de cuyas resultas se vio la célebre Aspasia en inminente peligro de muerte, salvándose solo a ruegos de Pericles. Por último, en los versos 825 y 26 llama el coro al Ática ἱερᾶς χώρας ἀπορθήτου τε, «región sagrada e inexpugnable», indicando, sin duda, que aún no había sufrido los tristes reveses que después experimentó en la guerra.
PERSONAJES
LA NODRIZA DE MEDEA. EL PEDAGOGO, _o ayo de los hijos de Medea._ ΜEDEA. CORO DE MUJERES CORINTIAS. CREONTE, _rey de Corinto._ JASÓN. EGEO, _rey de Atenas._ UN MENSAJERO. LOS HIJOS DE MEDEA.
La acción es en Corinto.
Vese en la escena el palacio de Creonte.
LA NODRIZA
¡Ojalá que la nave _Argo_[379] no volase a la Cólquida[380] y a las cerúleas Simplégadas,[381] y que nunca cayese en tierra el pino cortado en las selvas del Pelión,[382] ni la hubiesen armado de remos los héroes muy ilustres que fueron a conquistar el vellocino de oro de Pelias![383] No hubiera navegado mi dueña Medea hacia las torres del campo de Yolco,[384] enamorada de Jasón, ni las hijas de Pelias habrían dado muerte a su padre, ni habitaría en Corinto[385] con su esposo y sus hijos, muy querida de estos ciudadanos, a cuyo país vino fugitiva, y complaciendo sin tasa a Jasón; que el lazo más fuerte del matrimonio es la completa sumisión de la esposa al esposo. Pero hoy todo le es hostil, e indecibles sus sufrimientos. Jasón, faltando traidoramente a sus propios hijos y a mi dueña, contrae regias nupcias con la hija de Creonte,[386] rey de Corinto. La desdichada Medea, herida ignominiosamente en la fibra más sensible de su corazón, clama y jura, invoca la fidelidad que Jasón le prometió al darle su diestra, y pone a los dioses por testigos de su ingratitud. Yace sin tomar alimento, presa de intolerables dolores y siempre deshecha en lágrimas, desde que tuvo noticia de la injuria que su esposo le hacía; ni levanta sus ojos, ni los separa de la tierra, sino que, impasible como una piedra o como las olas del mar, oye los consejos de sus amigos, a no ser cuando inclina su muy blanco cuello y llora a su padre amado, a su patria y sus palacios, abandonados por acompañar a su esposo, que ahora la desprecia. La infortunada aprende a conocer sus penas a costa de lo que vale el suelo patrio. Odia a sus hijos y no se alegra al verlos. Y temo que maquine algo funesto, que es de carácter vehemente y no puede sufrir injurias. Yo, que lo sé, me estremezco al pensar que acaso atraviese sus entrañas con afilado acero, o que mate a la hija del rey y al que se casó con ella, y le sobrevengan después mayores desdichas. Repito que es de carácter vehemente y que ningún adversario triunfará de ella con facilidad. Pero he aquí a sus hijos, que vienen del gimnasio en donde corren los carros, sin pensar en su madre, porque en su edad juvenil no se suelen sentir los males.
EL PEDAGOGO (_con los hijos de Medea_).
Antigua esclava del palacio de mi dueña: ¿por qué estás sola a la puerta reflexionando en tu infortunio? ¿Cómo es que Medea no apetece tu compañía?
LA NODRIZA
Anciano ayo de los hijos de Jasón: los buenos esclavos comparten las desventuras de sus amos y padecen también. Tan grande es mi dolor, que vengo a contar a la tierra y al cielo los infortunios de mi señora.[387]
EL PEDAGOGO
¿No cesa de gemir la desdichada?
LA NODRIZA
¡Singular es tu candor! Ahora empieza; aún no ha llegado a la mitad del camino.
EL PEDAGOGO
¿Nada sabe la inocente, sí es lícito hablar así de nuestros señores, de sus males novísimos?
LA NODRIZA
¿Qué hay, ¡oh anciano!? Dímelo al instante.
EL PEDAGOGO
Nada; ya me arrepiento de haber hablado.
LA NODRIZA
Te ruego, por tu barba, que nada ocultes a tu consierva, que, si es necesario, guardará silencio.
EL PEDAGOGO
Oí a uno casualmente (fingiendo no escucharlo, y acercándome al juego de los dados,[388] junto a la fuente sagrada de Pirene,[389] en donde se reúnen muchos ancianos) que Creonte, señor de esta tierra, había decretado que los hijos y la madre la dejasen. No sé si ese rumor es o no cierto; yo quisiera que no lo fuese.
LA NODRIZA
¿Y consentirá Jasón que sufran tal pena sus hijos, aunque no ame a la madre?
EL PEDAGOGO
Los nuevos amores triunfan de los antiguos, y Creonte no es amigo de la familia de Medea.
LA NODRIZA
Perdidos somos si al mal antiguo se añade el que anuncias, cuando aún no hemos apurado el primero.
EL PEDAGOGO
Pero tranquilízate (porque no conviene que lo sepa nuestra dueña), y calla la noticia.
LA NODRIZA
¿Oís, hijos, cuán cariñoso es con vosotros vuestro padre? No deseo que muera, es mi señor; pero es criminal su conducta con prendas tan caras.
EL PEDAGOGO
Entrad en el palacio, que no será inútil, ¡oh hijos! Aléjalos tú cuanto puedas de su madre, y que no los vea airada. He observado el furor que expresaban sus ojos al mirarlos, como si algo tramara, y no se aplacará su ira, lo sé bien, como no la descargue en alguno. ¡Ojalá que la víctima sea algún enemigo, no un amigo!
MEDEA (_desde dentro_).
¡Ay de mí, desventurada y mísera! ¡Ay de mis penas! ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Cómo moriré al fin?
LA NODRIZA
Esto es lo que os decía, amados hijos; vuestra madre se agita, su bilis se remueve. Entrad pronto en el palacio, que no os vea; no os acerquéis a ella; guardaos de su índole cruel, y del ímpetu terrible de sus pasiones. Marchaos ya, entrad cuanto antes. Ya se levanta la nube; no tardará en estallar con mayor furia. ¿Qué hará en su rabiosa arrogancia, qué hará su ánimo implacable, aguijoneado por el infortunio?
MEDEA
¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Qué males sufro, mísera! ¡Qué males sufro tan deplorables! ¡Hijos malditos de funesta madre: que perezcáis con vuestro padre; que todo su linaje sea exterminado!
LA NODRIZA
¡Ay de mí, ay de mí, ay de mí, desventurada! ¿Por qué han de expiar tus hijos las faltas de su padre? ¡Ay de mí! ¡Pobres hijos! ¡Cuánta es mi angustia, cuánto mi deseo de que nada sufráis! Crueles son los tiranos, y como mandan mucho y obedecen poco, difícilmente se aplacan sus iras. Mejor es acostumbrarse a vivir modestamente. Que yo envejezca tranquila, no rodeada de magnificencia. El solo nombre de medianía es ya grato, su posesión el mayor beneficio de que disfrutan los mortales; nunca los excesos aprovechan a los hombres; al contrario, mayores son las calamidades que los dioses, cuando se enfurecen, lanzan contra las familias.
EL CORO
He oído las voces, he oído los clamores de la desdichada que nació en Colcos, y cuya ira no se ha mitigado todavía. Cuéntanos, ¡oh anciana!, lo que sucede; he oído lamentos en ese palacio de doble puerta,[390] y no me placen los infortunios de esa familia, ¡oh mujer!, a quien tengo afecto.
LA NODRIZA
Ya no existe; merced a estos sucesos ha desaparecido. Él duerme ahora en regio tálamo; la dueña se consume en su lecho, y no tiene amigos que la consuelen.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Que el fuego del cielo me abrase! ¿Qué gano yo con vivir? ¡Ay, ay! ¡Que la muerte me arrebate esta triste vida!
EL CORO
¿No habéis oído, Zeus, Tierra y Luz, las voces de la infeliz esposa? ¿No ves que tu insaciable deseo al verte sola en tu lecho, ¡oh insensata!, precipitará tu muerte? Vano será tu anhelo. Si tu marido descansa en nuevo tálamo, no te enfurezcas contra él, que Zeus te vengará. No te contristes más de lo justo llorando a tu compañero.
MEDEA
¡Oh magna Temis y reverenda Artemisa!; ¿veis lo que sufro a pesar de los sagrados juramentos que ligan a mi execrable esposo? Ojalá que lo vea con su esposa (ya que han osado ofenderme primero) bajo las ruinas de su palacio, ¡oh ciudad!, ¡oh padre!, a quienes abandoné torpemente después de matar a mi hermano.[391]
LA NODRIZA
Ya oís lo que dice, y cómo invoca a Temis y a Zeus,[392] a quienes los hombres miran como a defensores de los juramentos. No es posible que mi señora aplaque fácilmente sus iras.
EL CORO
Ojalá que Medea se presente y atienda mis ruegos, si se ha de mitigar su furiosa ira y los ímpetus de su rabia. Nunca faltaré yo a los deberes de la amistad. Ve, pues, y sácala de su palacio, y dile que la amamos; apresúrate, antes que descargue su furor en los que están dentro; las lágrimas corren aquí con furia.
LA NODRIZA
Así lo haré, aunque no tengo confianza en persuadir a mi señora; os complaceré, sin embargo, aunque se lanza contra sus servidores como leona recién parida, si alguno se acerca a hablarle. No errarás si llamas necios e imprudentes a los hombres de los pasados tiempos, que para regocijo de la vida inventaron los himnos en fiestas, banquetes y cenas, y ninguno intentó disiparla con la música o el canto, acompañado de muchas liras, y por eso los asesinatos y las más fatales desgracias arruinan a las familias. Ventajoso hubiera sido curar con el canto los males de los hombres; porque en un alegre festín, ¿a qué modular la voz agradablemente? Él solo, si es espléndido, deleita a los mortales.
EL CORO
He oído lúgubres clamores, he oído lamentos; quéjase amargamente del traidor a quien dio su mano, de su malvado esposo. Llena de ignominia invoca a Temis, hija de Zeus, defensora de los juramentos, que la arrastró a la Grecia enfrente de su patria,[393] atravesando de noche los mares hasta llegar a este salado y marino estrecho, de difícil paso.
MEDEA
Salgo de mi palacio, ¡oh mujeres corintias!, para que no me reconvengáis. Sé bien que algunos que viven en el extranjero, lejos de su patria, son orgullosos, y que otros, de costumbres apacibles y olvidadizos de ella, pasan tranquilamente la vida.[394] No mora la justicia en los ojos de los hombres, pues antes de conocer a fondo a los demás, odian a la simple vista, sin ser provocados a ello por injuria alguna. El que recibe hospitalidad debe adoptar las costumbres de la ciudad que se la da, pues no alabo al ciudadano, sea el que fuere, de arrogante índole que con su necedad molesta a sus conciudadanos. Este mal, que me ha sobrevenido cuando no lo esperaba, ha desgarrado mi corazón acabando conmigo, y como la vida no tiene ya atractivo para mí, deseo morir, ¡oh amigas! Mi esposo, el peor de los hombres, me ha abandonado, cuando en él tenía cifrada mi mayor dicha; de todos los seres que sienten y conocen, nosotras las mujeres somos las más desventuradas, porque necesitamos comprar primero un esposo a costa de grandes riquezas[395] y darle el señorío de nuestro cuerpo; y este mal es más grave que el otro, porque corremos el mayor riesgo, exponiéndonos a que sea bueno o malo. No es honesto el divorcio en las mujeres, ni posible repudiar al marido.[396] Habiendo de observar nuevas costumbres y nuevas leyes, como son las del matrimonio, es preciso ser adivino (no habiéndolas aprendido antes, como sucede, en efecto) para saber cómo nos hemos de conducir con nuestro esposo. Si congenia con nosotras (y es la mayor dicha) y sufre sin repugnancia el yugo, es envidiable la vida; si no, vale más morir. El hombre, cuando se halla mal en su casa, se sale de ella y se liberta del fastidio o en la del amigo, o en la de sus compañeros; mas la necesidad nos obliga a no poner nuestra esperanza más que en nosotras mismas. Verdad es que dicen que pasamos la vida en nuestro hogar libres de peligros, y que ellos pelean con la lanza; pero piensan mal, que más quisiera yo embrazar tres veces el escudo que parir una sola. Pero tu suerte es distinta de la mía, y contigo no rezan mis palabras; esta es tu patria, este tu hogar paterno, y aquí disfrutas de las comodidades de la vida y del trato de los amigos; yo sin ellos, desterrada, sufriendo afrentas de mi marido, que me robó de un país bárbaro, no tengo madre, ni hermano, ni parientes que me consuelen en esta calamidad. Solo, pues, desearía que me indicases algún medio de vengarme de estos males que mi esposo me causa, y del que le dio a su hija en matrimonio, y de ella, y que lo calles. Porque la mujer es siempre tímida, cobarde en la lucha, y sin ánimo para mirar tranquilamente el acero; pero cuando la injuria que recibe afecta a su tálamo conyugal, no hay nadie más cruel.[397]
EL CORO
Haré lo que dices; con razón debes vengarte de tu esposo, ¡oh Medea! No me admira que llores tu desgracia. Pero veo a Creonte, señor de esta tierra, que se acerca a anunciarte sin duda nuevas órdenes.
CREONTE
Mándote, Medea de torva mirada, llena de ira contra tu esposo, que salgas desterrada, llevándote tus dos hijos, y sin dilatarlo un instante; que soy aquí soberano, y no volveré a mi palacio antes de expulsarte de los confines de este país.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Completa es mi desventura! ¡Muerta soy! Ya mis enemigos largan todas las velas y no hay remedio contra estos males. Pero dime, ¡oh Creonte!, a pesar de tu odioso comportamiento: ¿por qué me destierras?
CREONTE
Temo (dejándome de circunloquios) que infieras a mi hija algún daño irreparable. Muchas son las causas de mi temor; eres astuta, maestra en artificios, y sientes que tu esposo haya abandonado tu lecho; sé que profieres amenazas, según dicen, y que no disimulas tu propósito de vengarte de mí por haber casado a mi hija, y del esposo y de la esposa. Cuidaré, pues, de que no suceda. Más quiero incurrir en tu odio, ¡oh mujer!, que arrepentirme inútilmente de mi condescendencia.
MEDEA
¡Ay, ay! No ahora solo, ¡oh Creonte!, sino muchas veces, me ha perjudicado mi mala reputación y me ha acarreado graves males. Nunca conviene que el hombre de recto juicio enseñe a sus hijos demasiada filosofía, porque además de ganar fama de holgazanes, concitan contra sí la envidia de sus conciudadanos. Si enseñas a los necios nuevas y profundas doctrinas, creerán que para nada sirves y que no eres sabio; y hasta aquellos que estiman lo que sabes, si te creen superior, te aborrecerán porque los molestas. Ofrézcote una prueba de lo que digo: por mi saber me envidian unos (estos me llaman ociosa, aquellos perversa), y para otros soy pesada carga, y sin embargo, no sé demasiado. Tú temes sufrir de mí algún daño injusto. No es ese mi pensamiento, ¡oh Creonte!; no receles que yo ofenda a tan ilustres personajes. ¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí casando a tu hija, atento solo a su inclinación? A quien detesto es a mi marido; pero según creo, has obrado con prudencia. Y ahora no llevo a mal que salga todo a medida de tu deseo: que se casen, que aquí reinen la felicidad y el bienestar; pero déjame vivir en Corinto; yo callaré a pesar de mi afrenta, y cederé a la fuerza.[398]
CREONTE
Agrádame oír lo que dices; pero temo que fragües alguna maldad, y ahora tengo en ti menos confianza que antes, porque la mujer de pronta cólera, lo mismo que el hombre, es menos temible que quien calla y solapadamente forma propósito de vengarse. Vete, pues, cuanto antes y no me hables más; así lo he mandado y no hallarás medio de quedarte entre nosotros, siendo mi enemiga.
MEDEA
¡Oh, no, por tus rodillas y por tu hija recién casada!
CREONTE
Hablas en balde; nunca lograrás persuadirme.
MEDEA
¿Y me expulsarás de aquí y desoirás mis súplicas?
CREONTE
No te prefiero a mi familia.
MEDEA
¡Cuánto, ¡oh patria!, me acuerdo de ti ahora!
CREONTE
Fuera de mis hijos, lo que más amo es mi ciudad.
MEDEA
¡Ay, ay! ¡Qué grave mal es el amor en los hombres!
CREONTE
En mi juicio, según sea su fortuna.[399]
MEDEA
¡Oh Zeus, no olvides al autor de estos males!
CREONTE
Vete, insensata, y líbrame de cuidados.
MEDEA
Bastante tengo con los míos; no necesito más.
CREONTE
Pronto te desterrarán a la fuerza los de mi séquito.
MEDEA
No lo hagas; yo te lo suplico, ¡oh Creonte!
CREONTE
No me precipites tú, como llevas trazos de hacerlo.
MEDEA
Huiré; no es eso lo que te pido.
CREONTE
¿A qué, pues, te opones y no te alejas?
MEDEA