Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 17

Chapter 174,236 wordsPublic domain

Como tú siento tus males, ¡oh hijo!; has perdido (y nadie podrá contradecirlo) una esposa buena y casta. Pero es menester que te resignes, por insufrible que sea tu desdicha. Acepta estos dones, que cubrirá la tierra; debemos honrar este cuerpo, ya sin vida por salvar la tuya; no ha consentido que la muerte me robe mis hijos, ni que la tristeza consumiese mi vejez, privado de ti. Todas las mujeres deben alabarla eternamente por su valor en ejecutar tan gloriosa hazaña. Adiós tú, que salvaste a este, y nos diste la mano cuando caíamos; que plácida descanses en el palacio de Hades. Con tales esposas debían casarse los mortales y nada perderían, pues de otra manera no les conviene contraer himeneo.

ADMETO[353]

Ni yo te he llamado para que vengas a estos funerales, ni me es grata tu presencia. Y jamás le servirán tus dones, que nada tuyo necesita para ser enterrada. Debieras haber llorado cuando yo estaba amenazado de muerte; pero te alejaste, y consentiste que muriera otra más joven, siendo tú viejo, y ahora te lamentas de la suerte de esta. No verdaderamente has sido para mí un padre, ni la que dice que me dio a luz, y por eso la llaman mi madre, sino que, nacido de sangre de esclavo, allegáronme a escondidas a los pechos de tu esposa.[354] Viniendo ahora has probado quién eres, y no creo que puedas llamarme hijo tuyo. Cobarde apareces como ninguno, cuando en edad tan avanzada, y habiendo llegado al término de la vida, no quisiste ni osaste morir por tu hijo, sino que aprobaste el sacrificio de esta mujer extraña, a la cual, después de esto, miraré como si hubiese sido a un tiempo mi padre y mi madre. Y renunciaste voluntariamente a la lucha, gloriosa para ti, de dar por tu hijo una vida que de todas maneras habías de perder en breve; si lo hubieses hecho, esta y yo hubiésemos vivido tranquilos el resto de nuestros días, y no gemiría por estos males, privado de mi esposa. Sin embargo, disfrutaste de cuanto puede gozar un hombre feliz; reinaste joven, y me engendraste para heredar tu cetro, y te libraste de morir sin descendencia, y de dejar abandonado este palacio para servir a otros extraños. No dirás por eso que yo, menospreciando tu vejez, he merecido que me condenes a esa pena; siempre te honré como pocos, y en agradecimiento de esto tú y mi madre me correspondisteis de esa manera. Date, pues, trazas de tener pronto otros hijos que te alimenten ya viejo, te sepulten con pompa y celebren en tu obsequio suntuosos funerales. No seré yo quien lo haga, que he muerto ya para ti, si atendemos a tu probada voluntad; y si he encontrado otro salvador, y veo la luz, digo que seré su hijo, y cuidaré con ternura de su vejez. Vanamente los ancianos desean morir, maldiciendo la senectud y larga vida; si la muerte se acerca, ninguno la desea, y ya la vejez no les parece tan intolerable.[355]

EL CORO

Dejaos de eso ahora: bastante tiene con la calamidad presente, ¡oh Admeto!; no exasperes a tu padre.

FERES

¡Oh hijo! ¿A quién insultas con tales oprobios? ¿A algún esclavo tuyo lidio o frigio?[356] ¿Ignoras acaso que yo soy tesalio, y que lo era también mi padre, y hombre libre, según la ley? Con harta injuria me tratas, y ya que has lanzado contra nosotros esos dicterios juveniles, no te irás de aquí sin oír lo que mereces. Yo, que te engendré para mandar en este palacio, y te eduqué, no debo morir por ti, que ni mis padres ni los griegos me han enseñado que los padres han de morir por sus hijos. ¿Qué injusticia he cometido contigo? ¿De qué bien te he privado? No mueras tú por mí, ni yo tampoco por ti. Gozas viendo la luz; y ¿por qué has de creer que a tu padre no sucede lo mismo? He pensado que debe ser insoportable vivir en el infierno, y que, por corta que sea la vida, es, no obstante, dulce. Tú sí que temes la muerte sin decoro, y vives evitando tu funesto destino, y arrancando a esta la vida; y tú, el más pusilánime de todos, ¿me acusas de cobarde, vencido por una mujer que muere por ti, ¡oh bello jovencito!? ¡Sagazmente discurriste no perecer jamás, si persuades siempre a tu esposa que imite a Alcestis, y después afrentas a tus amigos que no han querido hacerlo, siendo tú tan tímido! Calla y piensa que, si tú amas tanto la vida, los demás también la aman; y si me maldices, yo te devolveré tu maldición, y no sin justicia.

EL CORO

Sobradas injurias se han oído ya y se oyeron antes. Deja, ¡oh anciano!, de maldecir a tu hijo.

ADMETO

Habla, que yo hablé ya; pero si te amarga la verdad, no debieras haber faltado en mi daño.

FERES

Pecara, sin duda, muriendo por ti.

ADMETO

¿Es lo mismo que perezca un hombre en la flor de sus años que un anciano?

FERES

Está dispuesto que vivamos una sola vez, no dos.

ADMETO

¡Así vivirás más que Zeus!

FERES

¿Conque insultas injustamente a tus padres?

ADMETO

Ya sé que no te desagrada una larga vida.

FERES

¿Pero no entierras en tu lugar este cadáver?

ADMETO

Prueba indubitable de tu timidez, ¡oh tú!, el más cobarde de los hombres.

FERES

Nadie afirmará que ha muerto por mi causa; no lo dirás tú, en verdad.

ADMETO

¡Ay de mí! ¡Ojalá que algún día me necesites!

FERES

Cásate muchas veces, y habrá más mujeres que mueran por ti.

ADMETO

Es para ti una afrenta: tú no quisiste dejar la vida.

FERES

Agrádame esta luz: es de Apolo, y pláceme sin duda.

ADMETO

Cobarde eres, no cual conviene a los hombres.

FERES

No te burlarás de mí enterrando el cadáver de un anciano.

ADMETO

Y morirás sin gloria cuando llegue tu última hora.

FERES

Después de muerto pueden decir de mí lo que quieran.

ADMETO

¡Ay, ay de mí! ¡Qué impudente vejez![357]

FERES

Alcestis no fue impudente, pero fue necia.

ADMETO

Vete, y déjame sepultar este cadáver.

FERES

Me iré y lo sepultarás, habiendo sido tú causa de su muerte; pero todavía pagarás lo que debes a sus parientes. No será hombre Acasto[358] si no venga a su hermana. (_Retírase_).

ADMETO

Que mueras tú y tu compañera; sobrevivid a vuestro hijo, vegetad como merecéis, que nunca habitaréis conmigo bajo el mismo techo. Si pudiera renegar de tu paternidad por medio de pregoneros, no vacilaría en hacerlo. Pero vamos (ya que es preciso sufrir el mal presente) a acompañar el cadáver a la pira.

EL CORO (_mientras el fúnebre cortejo abandona el teatro_).

¡Ay, ay de mí!, desventurada por tu osadía; adiós, noble y la mejor de las mujeres; que Hades y el infernal Hermes te acojan benévolos, y si allí hay premio para los buenos, que participes de él y te sientes junto a la esposa del rey de los infiernos. (_Acompaña al fúnebre cortejo_,[359] _que sale de palacio_).

UN ESCLAVO

Muchos huéspedes he visto en el palacio de Admeto de distinta procedencia, a quienes he servido a la mesa; pero jamás traspasó sus puertas ninguno como este. En primer lugar, aunque vio llorar a mi amo, entró en él sin miramiento; después no aceptó con modestia los presentes que se le hicieron, sabedor de nuestra desdicha, y si algo le faltaba, nos llamaba hasta que se lo llevábamos. Y tomando en su mano la copa de yedra, bebió el vino puro de negra uva hasta que sus ardientes vapores lo envolvieron, y coronó su cabeza de ramos de mirto, aullando y cantando desatinos.[360] Oíase una doble melodía: él entonaba sus canciones, sin cuidarse de los males que afligen al palacio de Admeto, y nosotros los siervos llorábamos a nuestra soberana, y, sin embargo, ocultábamos al huésped las lágrimas de nuestros ojos, como nos lo había mandado nuestro amo. Y yo ahora lo invito al banquete, cuando será quizá algún ratero redomado o algún salteador, mientras mi dueña deja su morada, y no la acompaño, ni levanto al cielo mis manos, ni la lloro, cuando era mi madre y de todos los esclavos, librándonos de innumerables males siempre que aplacaba con su dulzura las iras de su esposo. ¿No he de aborrecer a un huésped que en tan mala ocasión ha llegado?

HERACLES (_que viene coronado de mirto_).

¡Ay de ti! ¿Por qué me miras con esos ojos torvos e inquietos? No agradan a los huéspedes tristes servidores, sino que los traten con cortesía. Tú, al contrario, que ves delante de ti a un amigo de tu dueño, con tu semblante compungido y fruncidas cejas descubres a las claras la aflicción que te causan males ajenos. Acércate aquí, para que aprendas a ser más comedido. ¿Conoces la naturaleza humana? Yo creo que no; ¿y cómo había de ser? Óyeme, pues. Necesariamente han de morir todos los hombres, y no hay uno que pueda contar con el día de mañana. Todos ignoramos el camino que lleva la Fortuna, y ni puede adivinarse, ni hay arte que lo enseñe. Ya que has oído esta lección de mí, alégrate y bebe, mira como tuyos estos instantes, y de los demás no te acuerdes. Rinde culto a Afrodita, la diosa más grata a los mortales, y la más afable. De nada más te cuides, y sigue mi consejo si, como yo creo, te parece razonable. ¿No abandonarás tu excesiva tristeza, y beberás conmigo atravesando estas puertas coronado de guirnaldas? No dudes que el ruido de las copas te llevará a otra región más alegre, y disipará tu pena y tus cuidados. Como somos mortales, debemos saber lo que nos interesa, puesto que, a mi juicio, para los tristes y austeros la vida no es vida, sino una calamidad.[361]

EL ESCLAVO

Lo sabemos; pero no está ahora mi ánimo para tomar parte en banquetes y bromas.

HERACLES

La muerta es una mujer extranjera; no llores, pues, más de lo justo, que viven los dueños de este palacio.

EL ESCLAVO

¿Cómo que viven? ¿Ignoras la desgracia ocurrida en él?

HERACLES

Acaso me haya engañado tu dueño.

EL ESCLAVO

Excesiva es su bondad para con los huéspedes.

HERACLES

Y por celebrar los funerales de un extranjero, ¿no debía tratarme bien?

EL ESCLAVO

Sin duda los funerales son peregrinos en demasía.

HERACLES

Nada me ha dicho por ventura de alguna otra calamidad que le haya sobrevenido.

EL ESCLAVO

No te inquietes; las desdichas de nuestros dueños solo a nosotros afectan.

HERACLES

Tus palabras no aluden seguramente a males extraños.

EL ESCLAVO

A no ser así, de ningún modo debiera contristarte cuando piensas disfrutar de los placeres de la mesa.

HERACLES

¿Habré acaso sufrido grave injuria de los que me dan hospitalidad?

EL ESCLAVO

No has llegado al palacio en la mejor ocasión para que se te hospede; estamos de luto, y ya ves nuestra cabeza rasurada y nuestros negros vestidos.

HERACLES

Pero ¿quién es el muerto? ¿Alguno de los hijos de Admeto, o su anciano padre?[362]

EL ESCLAVO

Quien ha fallecido, ¡oh huésped!, es su esposa Alcestis.

HERACLES

¿Qué dices? ¿Y después me disteis hospitalidad?

EL ESCLAVO

Hubiese sentido que te rechazara este palacio.

HERACLES

¡Oh desventurado!, ¡qué mujer perdiste!

EL ESCLAVO

Todos perecemos, no ella sola.

HERACLES

Ya me lo figuré, sin embargo, al ver su semblante, sus ojos llorosos y su cabeza rasurada; pero me hizo creer lo contrario asegurándome que celebraba esos funerales en honor de un extranjero. Contra mi voluntad traspasé estas puertas, y he bebido en el palacio de un hombre hospitalario, víctima de tal desdicha. ¿Y en tan crítica aflicción me regalé coronando mi cabeza? ¿Tú, hombre, por qué no me dijiste que pesaba sobre esta familia tan grave infortunio? ¿En dónde la sepulta? ¿En dónde podré encontrarla?

EL ESCLAVO

Fuera de las murallas, y cerca del camino que lleva derecho a Larisa,[363] verás un elegante túmulo.[364]

HERACLES

¡Oh corazón, que tantas empresas osaste! ¡Oh alma mía, prueba que naciste de Zeus y de Alcmena la Tirintia, hija de Electrión! Ahora debo salvar a la mujer que ha muerto hace poco, devolver Alcestis a este palacio, y probar a Admeto mi gratitud. Iré, pues, al Orco a visitar al rey de los muertos, de negro manto vestido, y lo acecharé, y acaso lo encuentre junto al túmulo, bebiendo la sangre de las víctimas. Y si me oculto y salgo de repente, me apodero de él y lo ciñen mis brazos, no hay quien pueda arrancarme sus miembros magullados a no soltar esa mujer. Y si se me escapa esta presa y no viniera a saborear la ensangrentada torta,[365] descenderé al oscuro palacio de los infiernos, en donde habitan Hades y Perséfone, y les pediré a Alcestis, y espero traerla y entregarla al huésped que me da asilo en su palacio y no me rechaza a pesar de su grave desdicha; al contrario, la oculta por mi causa, llevado de su nobleza. ¿Qué pueblo será más hospitalario que el tesalio? ¿Qué griego más que Admeto? No dirá, pues, que ha sido benéfico con un ingrato, y que su generosidad no obtiene recompensa. (_Entra Heracles en el palacio, y poco después regresa Admeto con el coro_).

ADMETO

¡Ay, ay de mí!; ¡triste es para mí el acceso a este solitario palacio; triste su aspecto! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ah, ah! ¿Adónde iré? ¿En dónde me detendré? ¿Qué diré? ¿Qué no diré? ¡Ay si muriera! ¡Desventurado nací! ¡Dichosos los muertos, envidiable es su suerte; yo desearía habitar entre ellos! No me alegra la luz, ni que mis pies huellen la tierra. ¡Funesta prenda que me ha arrebatado la muerte para entregarla a Hades!

EL CORO

¡Sigue, sigue tu camino! Ocúltate en el ángulo más recóndito de tu palacio.

ADMETO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Lamentables son tus males.

ADMETO

¡Ah, ah!

EL CORO

Natural es tu dolor; bien lo sé.

ADMETO

¡Ay, ay!

EL CORO

Pero en nada puedes favorecer a la muerta.

ADMETO

¡Ay de mí!; ¡ay de mí!

EL CORO

Triste es no ver más el semblante de una esposa amada.

ADMETO

Me has recordado lo que contrista mi ánimo. ¿Qué desdicha mayor para un hombre que perder una esposa fiel? ¡Ojalá que nunca hubiese contraído himeneo, ni vivido con ella en este palacio! ¡Felices los célibes y los que no tienen descendencia! Un alma sola es la suya,[366] y sufrir con ella mediana carga; pero intolerable es contemplar los lechos nupciales devastados por la muerte, y las enfermedades de los hijos, dependiendo de nosotros vivir siempre libres de tales molestias.

EL CORO

El destino, el destino incontrastable lo dispuso.

ADMETO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Y no vencerás tus dolores...

ADMETO

¡Ah, ah!

EL CORO

Insufribles son en verdad; pero...

ADMETO

¡Ay, ay de mí!

EL CORO

Resígnate; no eres tú el primero que ha perdido...

ADMETO

¡Ay de mí!, ¡ay de mí!

EL CORO

...su esposa; otras desdichas agobian también a los demás hombres.

ADMETO

¡Oh luto y eterna aflicción por la muerte de la que amo, ahora debajo de la tierra! ¿Por qué me impediste arrojarme en su tumba, y con ella, con esa mujer, la mejor de todas, yacería yo también sin vida? Dos almas fidelísimas obedecerían a Hades en vez de una, y ambas habrían atravesado juntas el lago infernal.

EL CORO

Yo tuve un pariente, cuyo hijo único, digno de ser llorado, murió en su casa;[367] pero soportaba con moderación su desgracia, aun cuando quedó huérfano de edad ya provecta y blancos sus cabellos.

ADMETO

¡Qué triste aspecto tiene este palacio! ¿Cómo entraré en él? ¿Cómo habitaré en él, trocada mi fortuna? ¡Ay de mí! ¡Grande es mi desventura! Penetré en él en otro tiempo, cuando celebré en él mi himeneo a la luz de las antorchas del Pelión,[368] llevando de la mano a mi amada esposa; muchedumbre de amigos me acompañaba, ensordeciendo el aire con sus cantos y alabando mi ventura y la de ella, hoy muerta, porque nobles ambos y de noble estirpe, nos habíamos desposado; ahora se oyen lamentaciones que odia Himeneo, y envuelto, no en blancos, sino en negros vestidos, me encamino al aposento desierto en donde yace mi nupcial tálamo.

EL CORO

Sobrevínote esta pena cuando te sonreía la fortuna, y no conocías los males; pero no perdiste la vida. Murió la esposa, quedó su amor; ¿qué hay de nuevo en esto? La muerte de una compañera ha roto muchos lazos como el tuyo.

ADMETO

Mejor es el destino de mi esposa, ¡oh amigos!, que el mío, aunque no lo parezca. Ni sufrirá ya más dolores, ni padecerá molestias, de que se ha libertado con gloria; pero yo, que no debía existir, libre ya de la muerte, pasaré triste vida. Ahora, ahora lo conozco; ¿cómo entraré en mí palacio? ¿A quién llamaré y quién me llamará? ¿Cómo hollaré contento sus umbrales? ¿Adónde me dirigiré? Me rechazará la soledad que reina dentro cuando contemple vacío el aposento de mi esposa y las sillas en que se sentaba, y nada más que el suelo y el techo; sus hijos caerán a mis rodillas llorando a su madre, y otros gemirán por la dueña del alcázar, que han perdido. Esto en mi palacio; fuera no me dejarán sosegar los ruegos de los tesalios para que otra vez me case, y largo séquito de mujeres; yo no tengo valor para ver las compañeras de mi esposa. Todos mis enemigos hablarán así de mí: «Vedlo, vedlo deshonrado; no tuvo valor para morir, sino que, vendiendo cobardemente a su cónyuge, conservó la vida; y después de esto, ¿creerá que es hombre?, y aborrece a su padre cuando él no quiso perecer».[369] Así me infamarán para poner el colmo a mi desdicha. ¿Por qué, pues, he de desear la vida, ¡oh amigos!, si he de oír tales injurias, y tan hondamente afligido?

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — También frecuentaba yo el trato de las musas, y me remonté al empíreo, y después de profanos estudios nada encontré tan poderoso como la necesidad, ni hallé remedio alguno contra ella en las tablas tracias, que dictó la voz de Orfeo,[370] ni en los medicamentos innumerables que Febo enseñó a los descendientes[371] de Esculapio, manantial de salud para los míseros mortales.

_Antístrofa 1.ª_ — De nada sirve acudir a las aras de esta diosa, ni tampoco adorar su imagen; no hace caso de las víctimas. Que jamás en mi vida, ¡oh venerable deidad!, sea más infortunada de lo que he sido hasta ahora. Tú ejecutas cuanto Zeus ordena. Tú doblegas por la fuerza el hierro de los cálibes,[372] y no hay poder bastante para torcer tu voluntad.

_Estrofa 2.ª_ — Y te estrechó, ¡oh Admeto!, con sus lazos inevitables. Resígnate, pues por más que llores, nunca devolverás a la luz a los que murieron y yacen en los infiernos. Hasta a los hijos de los dioses se lleva la Muerte a las mansiones subterráneas. La amábamos cuando con nosotros vivía, la amamos después de muerta; noble como ninguna era la compañera de tu lecho.

_Antístrofa 2.ª_ — Que el túmulo de tu esposa no sea un montón de tierra como el de los demás difuntos, para que lo adoren los caminantes y le rindan culto, igual al de los dioses. Y alguno dirá, torciendo sus pasos: «Esta murió en otro tiempo por su esposo; ahora es diosa bienaventurada; salve, ¡oh mujer veneranda!, que nos concedas la felicidad». Tales voces la saludarán. Pero he aquí al hijo de Alcmena, ¡oh Admeto!, que se acerca a tu palacio.

HERACLES (_con una mujer cubierta con un velo_).

Con libertad, ¡oh Admeto!, debemos hablar a los amigos, y no callar, guardando en el pecho nuestras reconvenciones. Como yo llegué a tiempo para acompañarte en tus desdichas, creí que me las hubieses participado para poner a prueba mi amistad; pero me hospedaste en tu palacio como si solo te afligiera mal ajeno, cuando el cadáver de tu esposa yacía en su féretro. Y coroné mi cabeza, y ofrecí libaciones a los dioses en tu triste palacio. Y sin embargo, me quejo, me quejo de esto, aunque sienta agravar tus desdichas. Te diré la causa que me trae aquí de nuevo. Guárdame esta mujer que te entrego hasta que vuelva con los caballos de la Tracia, después de matar al tirano bistonio. Si la suerte no me es contraria, como deseo, tornaré, y mientras tanto te la doy para que sirva a tu familia. Con mucho trabajo llegó a mi poder: asistí a un certamen de atletas en que se proponía premio digno de esfuerzo, y en él lo he conseguido ganando la victoria. A los vencedores en más fácil combate se daba un caballo; ganados a los que lograban la palma en más grave contienda, como en la lucha y en el pugilato; después seguía esta mujer, y como me encontrase allí casualmente, pareciome vergonzoso despreciar tan gloriosa recompensa. Cuida, pues, de ella, como te he dicho; no la he robado, que la gané peleando, y acaso me lo agradecerás algún día.

ADMETO

No por menosprecio ni por enemistad te oculté la suerte sin ventura de mi esposa, sino porque, además de este dolor, hubiera sentido otro si en distinto albergue buscaras hospitalidad; bastábame deplorar aquella desdicha. En cuanto a esta mujer, te ruego, ¡oh rey!, que si me lo permites, la deposites en poder de otro cualquier tesalio, ya que entre los fereos cuentas muchos amigos, y así no me recordarás mis penas. No podría menos de llorar viéndola en mi palacio; no aumentes mi aflicción, que bastante tengo con la intolerable calamidad que ya conoces. ¿En qué parte del palacio se podrá educar tan tierna joven? Porque lo es, si algo significan su vestido y sus atavíos.[373] ¿Habitará, pues, bajo el mismo techo que los hombres? ¿Y cómo se conservará pura entre jóvenes? No es fácil refrenarlos, ¡oh Heracles!, y solo de lo que te interesa me curo ahora. ¿La llevaré acaso al ala del palacio, en donde se halla el tálamo de la difunta? ¿Y cómo la he de conceder su lecho? Temo dos clases de reconvenciones: una, de los ciudadanos, no sea que alguno me reprenda porque, faltando a una esposa adorable, duermo con otra doncella; y otra, de la muerta (digna de mi respeto) por el poco caso que de ella hago. Mas sabe tú, ¡oh mujer!, seas quien fueres, que tu figura es la misma que la de Alcestis, y tu cuerpo semejante al suyo. ¡Ay de mí! Por los dioses, quita esta mujer de mi presencia; no me asesines, que harta es mi desventura. Me parece que veo a mi esposa cuando la miro: túrbase mi corazón, y ríos de lágrimas brotan de mis ojos. ¡Oh desventurado de mí! Ahora comprendo la amargura de mi suerte.

EL CORO

Yo no puedo alegrarme de tu infortunio, pero sea cual fuere el don que los dioses te ofrezcan, debes aceptarlo.

HERACLES

¡Ojalá que fuese tanto mi poder, que de los infiernos trajese a la luz a tu esposa, y te probara así mi amistad![374]

ADMETO

Ya sé lo que deseas; pero ¿cómo lograrlo? No es posible que los muertos vuelvan a ver la luz.

HERACLES

No seas exagerado en tu dolor: súfrelo con moderación.

ADMETO

Es más fácil exhortarme a ello que tolerarlo.

HERACLES

¿Y qué ganarás gimiendo siempre?

ADMETO

Lo sé también; pero me arrebata el amor que me inspiraba.

HERACLES

Amar a un muerto fuente es de lágrimas.

ADMETO

Mi desgracia es superior a toda expresión.

HERACLES

Perdiste una buena esposa; ¿quién lo negará?

ADMETO

Hasta el punto de que la vida no tiene encantos para mí.

HERACLES

El tiempo mitigará tu pena, ahora en todo su vigor.

ADMETO

El tiempo, es verdad, si el tiempo es la muerte.

HERACLES

Te consolará una mujer, y desearás celebrar nuevas bodas.

ADMETO

Calla. ¿Qué has dicho? No lo esperaba de ti.

HERACLES

¿Cómo, pues? ¿No elegirás una compañera, y dejarás vacío tu lecho?

ADMETO

Ninguna dormirá a mi lado.

HERACLES

¿Y eso aprovechará algo a la difunta?

ADMETO

Esté donde estuviere, es menester honrarla.

HERACLES

Alabo, alabo tu propósito, pero no deja de ser una necedad.

ADMETO

Y haces bien, porque nunca me llamarás esposo de otra.

HERACLES

Lo alabo, porque eres fiel amante de Alcestis.

ADMETO

Moriré si le falto, aunque ya ella no exista.

HERACLES

Haz, sin embargo, lo posible por acoger dignamente en tu palacio a la que te presento.

ADMETO

No, por Zeus tu padre.

HERACLES

Y no obrarás bien si no lo haces.

ADMETO

Y si lo hago, el dolor desgarrará mi pecho.

HERACLES

Sigue mi consejo; quizá a trueque de este favor obtendrás proporcionada recompensa.

ADMETO

¡Ay de mí! ¡Ojalá que nunca hubieras vencido en la lucha!

HERACLES

Tú también venciste conmigo.

ADMETO

Bien has dicho, pero que esta mujer se vaya.

HERACLES

Se irá, si conviene; pero reflexiónalo primero.

ADMETO

Así ha de ser, si no quieres indisponerte conmigo.

HERACLES

Sé muy bien las razones que tengo para insistir tanto en mi propósito.

ADMETO

Tú triunfas, mas no me es grata tu acción.

HERACLES

Pero llegará tiempo en que me alabes; obedéceme siquiera ahora.

ADMETO (_a sus servidores_).

Lleváosla, pues, si la he de recibir en mi palacio.

HERACLES

No seré yo quien la entregue a tus servidores.

ADMETO

Guíala tú mismo, si quieres.

HERACLES