Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)
Part 16
Según creo, aún no han sacado el cadáver del palacio.
SEGUNDO SEMICORO
¿Por qué dices esto? Aún no me abandono a mi alegría. ¿Cuál es tu esperanza?
PRIMER SEMICORO
¿Cómo es posible que haga Admeto a su querida esposa ocultos funerales?
SEGUNDO SEMICORO
No veo delante de la puerta agua de fuente,[328] según se acostumbra cuando muere alguno, y ninguna cabellera aparece suspendida en el vestíbulo en señal de duelo, ni las jóvenes se golpean con sus manos.
PRIMER SEMICORO
Y este es el día... en que ha de bajar fatalmente al infierno.
SEGUNDO SEMICORO
¿Por qué dices esto? Me afliges y contristas mi corazón.
PRIMER SEMICORO
Conviene, cuando las calamidades agobian a los buenos, que sean llorados por todos aquellos que siempre los tuvieron por tales. (_Únense los semicoros_).
EL CORO
_Estrofa_. — No hay nave en parte alguna del orbe, aunque vaya a la Licia[329] o al árido domicilio de Amón, que pueda salvar la vida de esta desventurada: no tardará en cumplirse el cruel destino, y no veo junto a las aras sacerdote alguno a quien acercarme.
_Antístrofa_. — Solo el hijo de Febo,[330] si viese esta luz con sus ojos, podría arrancarla del tenebroso palacio y de las puertas de Hades: resucitaba los muertos antes que lo matase el dardo de fuego que Zeus vibra. Pero ahora, ¿qué esperanza puedo abrigar de que recobre la vida? Todo se ha hecho ya por la reina, y sangrientos sacrificios se han acumulado en las aras de los diversos dioses, y sin embargo, no hay remedio alguno contra estos males. Pero he aquí una sierva que sale llorando del palacio.¿Vendrá a decirme que se ha trocado la fortuna? Perdonable es llorar cuando sufren nuestros dueños, si bien lo que deseamos saber ahora es si aún vive esa mujer, o si ha muerto.
UNA ESCLAVA
Puedes asegurar que está a un tiempo viva y muerta.[331]
EL CORO
¿Y cómo ha de ser posible vivir y morir?
LA ESCLAVA
Cercano está ya su fin, mas todavía respira.
EL CORO
¡Oh desventurado! Siendo tú cual eres, ¡qué esposa pierdes![332]
LA ESCLAVA
No lo sabrá mi señor hasta que no fallezca.
EL CORO
¿No hay esperanza alguna de salvarle la vida?
LA ESCLAVA
Ya llegó el día fatal.
EL CORO
¿Se preparan en su honor las debidas exequias?
LA ESCLAVA
Preparadas tiene ya su marido las galas mortuorias que han de adornarla.
EL CORO
Sabed, pues, que muere con gloria, y que es la mejor de las esposas a quienes el sol alumbra.
LA ESCLAVA
¿Y cómo no lo sería? ¿Quién lo disputará? ¿Qué mujer habrá que la supere? ¿Cómo probará ninguna lo que ama a su esposo, sino muriendo por él voluntariamente? Y esto lo sabe toda la ciudad, y te admirarás de lo que ha hecho en el palacio. Cuando conoció que se acercaba el día funesto, lavó su cuerpo blanco con agua corriente, y sacando de sus arcas de cedro ropas y joyas, se vistió con elegancia, y delante del hogar oró así: «¡Oh señora mía!;[333] yo voy a los infiernos, y ya que por última vez te adoro, ruégote que protejas a los que dejo huérfanos, y des al uno esposa amada, a la otra noble esposo, y que ya que yo que soy su madre muero, no perezcan prematuramente mis hijos, sino que dichosos vivan en su patria bienaventurada». Llegose a todas las aras[334] que hay en el palacio de Admeto y las adornó, y oró, tejiendo una corona de ramos de mirto, sin dar gritos, sin gemir siquiera, y sin que su semblante se alterase un punto al aproximarse la hora funesta. Después entró en su tálamo, y allí lloró y dijo: «Adiós, lecho en donde hice homenaje de mi virginidad al hombre por quien muero; no te aborrezco, pero a mí sola me has perdido, que perezco por no hacerte traición, ni tampoco a mi esposo. Otra mujer te poseerá, si no más casta, acaso más afortunada». Volviose y lo besó, y regolo todo con lágrimas abundantes, que caían de sus ojos. Pero después que derramó copioso llanto, se alejó de él con los ojos bajos, y abandonó el aposento nupcial, y muchas veces dejó el tálamo y volvió a él, y muchas otras se recostó en el lecho y se levantó de nuevo. Los hijos lloraban sin soltar los vestidos de su madre, y ella los besaba, ya abrazando al uno, ya al otro, como la que ha de morir en breve. Y todos los criados lloraban también, compadecidos de su dueña, y ella a todos ofrecía su diestra, y a ninguno, por bajo que fuese su ministerio, dejó de hablar, y él a ella. Tales son las desdichas que ocurren en el palacio de Admeto: si él hubiese muerto nada sentiría, y librándose de este trance sufre tal dolor que jamás lo olvidará.
EL CORO
¿Y gime Admeto por estos males, forzado a perder tan incomparable esposa?
LA ESCLAVA
Llora teniendo en sus brazos a su amada compañera, y, queriendo imposibles, le ruega que no lo abandone: ella se consume y desfallece, aniquilada por su enfermedad, y pesa triste en su regazo. Sin embargo, aunque respira lentamente, desea ver la luz del sol. (Nunca más, y por la vez postrera, mirará sus rayos). Pero iré allá y anunciaré tu venida, porque no todos quieren bien a sus soberanos, y benévolos los consuelan en sus males; no así tú, que eres antiguo amigo de mis dueños. (_Entra en el palacio_).
PRIMER SEMICORO
¡Ay, Zeus!, ¿cuál será el término de estos males y el remedio del desastre que amenaza a mis reyes?
SEGUNDO SEMICORO
¿Sale alguien? ¿Cortaré mis cabellos y nos vestiremos ya negros ropajes?
PRIMER SEMICORO
Ya no hay duda, amigos, ya no hay duda alguna; pero roguemos a los dioses, cuyo poder es grande.
SEGUNDO SEMICORO
¡Oh rey Peán!,[335] que encuentres algún alivio a los males de Admeto; concédelo, concédelo, ya que antes de ahora lo hallaste, y la librarás de la muerte y ahuyentarás al mortífero Hades.
PRIMER SEMICORO
¡Hola, hola, oh, oh, hijo de Feres!; ¡qué desdicha es la tuya de perder a tu esposa!
SEGUNDO SEMICORO
¿No merece esto el suicidio, y aun algo más que suspender el cuello de elevado lazo?
PRIMER SEMICORO
No a una mujer querida, sino a la más querida verás muerta hoy.
SEGUNDO SEMICORO
Mira, mira cómo ella y su esposo salen del palacio. ¡Oh, clama!, ¡Oh, gime, tierra ferea, que la mejor de las esposas, devorada por la enfermedad, descenderá al infernal subterráneo de Hades!...
EL CORO
Nunca dejaré de negar que las nupcias traen más placer que dolor, y así lo infiero de lo que nos dice la tradición, y de esta desdicha del rey, quien, después de perder a su esposa, la mejor de todas, no podrá vivir una vida tolerable. (_Llega Alcestis, sostenida por sus esclavas, con Admeto y sus hijos_).
ALCESTIS
¡Sol y luz del día, aéreos torbellinos de ligeras nubes!
ADMETO
A ti y a mí nos ven; a dos desdichados que para morir en nada pecaron contra los dioses.
ALCESTIS
¡Oh tierra y techos de estos atrios, y nupciales tálamos de Yolco, mi patria!
ADMETO
Ten ánimo, ¡oh desventurada!; no me abandones, sino ruega a los dioses poderosos que de ti se apiaden.
ALCESTIS (_mirando fijamente, como fuera de sí_).
Veo, veo una lancha de dos remos; Caronte,[336] el barquero de los muertos, teniendo en sus manos el garfio, me llama ya. «¿Por qué vacilas? Date prisa; tú sola me detienes». Con estas palabras me insta.
ADMETO
¡Ay de mí!, ¡qué amarga navegación me has recordado! ¡Oh desventurada!, ¡qué horribles desdichas sufrimos!
ALCESTIS
Alguien, alguien me lleva (¿no lo ves?) a la mansión de los muertos. ¿Qué haces? ¡Suéltame! ¡Qué peregrinación emprendo, ay mísera!
ADMETO
Triste para los que te aman, y aún más triste para mí y para tus hijos, que te llorarán conmigo.
ALCESTIS (_volviendo en sí_).
Soltadme, soltadme; recostadme, que ya no puedo sostenerme. La muerte se acerca, y noche tenebrosa envuelve mis ojos. ¡Oh hijos, hijos, ya no, ya no tenéis madre! ¡Adiós, hijos, y que veáis esta luz! (_Se desmaya_).
ADMETO
¡Ay de mí! Oigo esta triste palabra, peor para mí que el último suplicio. No, por los dioses; no me abandones, no, por tus hijos, que dejarás huérfanos; levántate, reanímate; si tú mueres moriré también. Tú eres para mí todo, viva yo o no viva: solo a tu amor rindo culto. (_Cae a sus pies y apoya la cabeza en su regazo_).
ALCESTIS (_abriendo los ojos y fijándolos en Admeto_).
¡Oh Admeto!, (ves en qué estado me hallo), quiero hablarte antes de morir. Dejo la vida probándote mi respetuoso amor, y consiento en que veas esta luz al precio de ella, y cuando en vez de esto podría casarme con el tesalio que quisiera, y habitar en palacio de reyes, no deseo vivir sin ti con hijos huérfanos de padre, ni me apiadé de mí poseyendo gracias juveniles que me prometían largo deleite. Pero tu padre y tu madre te hicieron traición, aun cuando por su edad bien podían haber muerto con decoro, y salvado a su hijo y alcanzado gloria. Tú eras el único fruto de su himeneo, y faltando no tenían esperanza de engendrar otros. Y ambos hubiésemos vivido y no gemirías huérfano de tu esposa, ni educarías a hijos huérfanos también. Pero algún dios ha dispuesto que así suceda: sea, pues. Concédeme una gracia teniendo presente que yo nunca te pediré demasiado, si la vida vale tanto, y será justo lo que te suplique; tú mismo lo conocerás si eres prudente, como creo, y amas a estos hijos no menos que yo: sean ellos los señores en mi palacio y no les des madrastra, que, como ha de ser peor que yo, por celos maltratará a tus hijos y a los míos. Ruégote, pues, que no te cases segunda vez. La madrastra, que sucede a la esposa, es enemiga de los frutos del anterior matrimonio, y no más piadosa que una víbora. Y el varón tiene en su padre gran defensa (porque le habla y con él se entiende); pero tú, ¡oh hija mía!, ¿cómo te educarán mientras seas virgen para vivir honestamente, cual la esposa de tu padre? Torpe fama puede mancharte con su hálito, y en la flor de tu juventud desbaratar tus bodas. No será tu madre la que te lleve al altar del himeneo, ni te infundirá valor con su presencia en los dolores del parto, ¡oh hija!, porque nadie es tan cariñoso como una madre. Pero debo morir, y no mañana o el día tercero de este mes,[337] sino que dentro de muy poco me contarán entre los muertos. Reíd alegres, que tú, ¡oh esposo!, puedes vanagloriarte de haber poseído la mejor de las mujeres, y vosotros, hijos, la mejor de las madres.[338]
EL CORO
Ten confianza; no temo hablar por él; hará cuanto deseas si no pierde la razón.
ADMETO
Se hará, se hará lo que ruegas; no temas, que si yo te poseí viva, después que mueras tú sola serás llamada esposa mía, y ninguna otra tesalia ocupará tu lugar, que no hay quien te iguale ni en nobleza ni en belleza. A los dioses pido que me dejen gozar de la compañía de mis hijos, que de la tuya no he disfrutado como quería. No llevaré tu luto un año, sino mientras durare mi vida, ¡oh esposa!, y odiaré a mi madre y rechazaré a mi padre, que me amaban en apariencia, no en realidad; tú me has salvado dando tu existencia por la mía. ¿Y no he de gemir perdiendo tal compañera? Se acabarán los banquetes, no vendrán ya mis comensales, y desaparecerán para siempre las coronas y los cánticos que llenaban mi palacio; jamás tocaré la lira, ni cantaré al son de la flauta libia, que contigo se van todos mis placeres. Tu imagen, obra de hábil artista, será colocada en mi tálamo, y me prosternaré ante ella, y la ceñirán mis brazos invocando tu nombre muchas voces, y se me figurará, aunque no sea cierto, que estrecho a mi esposa amada; frío deleite según creo, pero suficiente, no obstante, para aliviar el peso que me oprime. En mis sueños te aparecerás y me llenarás de gozo, que es grato ver de noche a los que amamos en cualquier ocasión que se presenten. Si yo tuviese el estro y la voz de Orfeo para aplacar con mis versos a la hija de Deméter o a su esposo, descendería al infierno y te sacaría de él sin temer al perro de Hades, ni al barquero que, apoyado en sus remos, transporta a las almas, hasta que te restituyese a la luz. Espérame allí, pues, cuando muera, y prepara la morada en donde vivirás conmigo. Una misma caja de cedro nos encerrará a ambos, y uno junto a otro descansarán nuestros cuerpos, que ni muerto me separaré de ti, ya que tú sola me has sido fiel.
EL CORO
Y yo llevaré contigo triste luto, como un amigo por otro, por esta reina que tanto lo merece.
ALCESTIS
¡Oh hijos, ya habéis oído a vuestro padre, que me ha prometido no casarse jamás en daño vuestro, ni olvidarse de mí!
ADMETO
Y ahora lo ratifico, y así lo haré.
ALCESTIS
Bajo esta condición recibe mis hijos de mi mano. (_Pone en las de Admeto las mano de sus hijos_).
ADMETO
Los acepto, caro presente de una mano también cara.
ALCESTIS
Que seas tú en mi lugar la madre de estos niños.
ADMETO
Y mucho lo necesitan, huérfanos de ti.
ALCESTIS
¡Oh hijos! ¡Cuando convenía que yo viviera, desciendo a los infiernos!
ADMETO
¡Ay de mí! ¿Qué haré, pues, sin ti?
ALCESTIS
El tiempo mitigará tu pena: el muerto nada es.
ADMETO
Llévame contigo, por los dioses, llévame allá abajo.
ALCESTIS
Basta conmigo, que muero por ti.
ADMETO
¡Oh destino! ¡Qué esposa me arrebatas!
ALCESTIS
En tinieblas mis ojos ya me pesan.
ADMETO
Yo también muero si me dejas, ¡oh mujer!
ALCESTIS
Ya puedes decir que he muerto, y que nada soy.
ADMETO
Alza el rostro; no abandones a tus hijos.
ALCESTIS
Contra mi voluntad lo hago: adiós, hijos.
ADMETO
Míralos, míralos.
ALCESTIS
Nada soy ya.
ADMETO
¿Qué haces? ¿Nos abandonas?
ALCESTIS
Adiós.
ADMETO
Yo muero, desventurado de mí. (_Déjase caer Admeto en el seno de Alcestis_).
EL CORO
Ya expiró, ya no existe la esposa de Admeto.
EUMELO
¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desdicha! Ya mi madre bajó a los infiernos; ya no respira, ¡oh padre!, debajo del sol, sino que, abandonándome infortunada, me deja huérfano. Mira, mira sus párpados y sus manos inertes. Escucha, oye, madre, yo te lo ruego. Yo te llamo, yo, madre, tu tierno hijo; yo te llamo besando tus labios.
ADMETO
Ya ni oye ni ve: grave calamidad nos ha herido a todos.
EUMELO
Tan joven, ¡oh padre!, me veo abandonado, y me deja solo mi madre. ¡Oh qué tristes penas sufro! Y tú, mi tierna hermana...[339] también te afliges... ¡Oh padre!, en vano, en vano tomaste esposa, y no has llegado a la vejez en su compañía, que ha muerto antes: contigo, ¡oh madre!, perece también tu familia.
EL CORO
Preciso es, ¡oh Admeto!, que soportes con valor esta desventura: tú no eres ni el primero ni el último de los mortales que pierde una buena esposa; recuerda, pues, que necesariamente todos hemos de morir.
ADMETO
Lo sé, y este mal no ha sobrevenido de repente; pero por lo mismo que me era conocido, atormentábame hacía tiempo. Ea, pues, celebremos con pompa sus exequias: quedaos aquí, y relevándoos unos a otros, cantad lúgubre canción al cruel dios de los infiernos. Que todos mis súbditos de la Tesalia lleven luto por esta mujer, corten sus cabellos y vistan negras ropas; y vosotros, los que uncís los caballos a las cuadrigas, y cabalgáis en sendos corceles, cortad con el hierro sus crines. Que en la ciudad no se oiga el sonido de las flautas, ni los acordes de la lira, en doce lunas completas. Nunca daré sepultura a otro cadáver más amado, ni a quien más obligaciones deba: digna es de que yo la honre, ya que solo ha muerto por mí. (_Mientras canta el coro se llevan al palacio el cadáver de Alcestis, seguido de Admeto y de sus hijos_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh hija de Pelias!, que habites contenta en el palacio tenebroso de Hades, y que sepa el dios de negra cabellera,[340] y el anciano que con el remo y el timón transporta sentado a los muertos, que la mujer más buena, sí, la más buena, atravesará la laguna Aquerontia en la birreme barquilla.
_Antístrofa 1.ª_ — Mucho te celebrarán los poetas, y la rústica lira de siete cuerdas, y canciones no acompañadas de ella, cuando los años, en su curso, traigan en Esparta el aniversario del mes Carneo,[341] y se vea la luna en toda su plenitud y en la brillante y feliz Atenas. Inagotable materia dejas al morir a los que rinden culto a las Musas.
_Estrofa 2.ª_ — Ojalá que en mi mano estuviera, ojalá que me fuese posible devolverte a la luz desde el palacio de Hades y las ondas del Cocito,[342] con los remos del río infernal: que tú, la única, la mujer más querida, tú sola has consentido en rescatar de los infiernos a tu esposo al precio de tu vida. Leve sea la tierra que te cubra, ¡oh mujer! Si tu marido eligiere nuevo tálamo, muy odioso me será, sin duda, y también a tus hijos.
_Antístrofa 2.ª_ — Como ni su madre ni su anciano padre quisieran morir por Admeto, habiéndolo engendrado, ni consintieran en salvarlo, a pesar de sus blancos cabellos, tú, en la flor de tu juventud, te sacrificaste por tu esposo. Séame dado tener en mi lecho compañera tan leal, que es suerte rara en la vida; viviría conmigo siempre sin molestia.
HERACLES (_que llega desde lejos_).
Extranjeros que habitáis esta tierra de Feres, ¿podré encontrar a Admeto en su palacio?
EL CORO
En él está el hijo de Feres, ¡oh Heracles! Pero di: ¿qué asunto te trae a la región de los tesalios? ¿Cuál es la causa de tu venida a la ciudad ferea?
HERACLES
Dar remate a uno de los trabajos que me impone el tirinteo[343] Euristeo.
EL CORO
¿Y adónde vas? ¿Qué errante peregrinación te ha ordenado?
HERACLES
Robar el carro de cuatro caballos del tracio Diomedes.
EL CORO
¿Y cómo podrás conseguirlo? ¿No sabes acaso quién es ese extranjero?
HERACLES
No; nunca estuve en territorio bistonio.[344]
EL CORO
Sin pelear no te harás dueño de los caballos.
HERACLES
Pero tampoco podía oponerme a este trabajo.
EL CORO
Tendrás que matarlo para volver, o allí morirás.
HERACLES
No será, sin duda, mi primera lucha.
EL CORO
¿Y qué ganarás si lo vences?
HERACLES
Traer los caballos al rey de Tirinto.
EL CORO
No es fácil hacerles tascar el freno.
HERACLES
Lo tascarán, a no respirar fuego.
EL CORO
Pero despedazan en un momento a los hombres.
HERACLES
La carne humana es pasto de las fieras de los montes, no de caballos.[345]
EL CORO
Verás los pesebres teñidos de sangre.
HERACLES
¿Quién es padre del que se jacta de darlos tal alimento?
EL CORO
Ares[346] es el señor de los tracios armados de peltas, ricos en oro.
HERACLES
Tal es uno de los trabajos que el destino me ordena (siempre cruel y extremado conmigo), puesto que he de pelear con los hijos de Ares, primero con Licaón,[347] después con Cicno, y en tercer lugar con los caballos y con su dueño. Pero nadie podrá decir nunca que el hijo de Alcmena ha temido a ningún enemigo.
EL CORO
Mira a Admeto, nuestro soberano, que sale de su palacio.
ADMETO
Salve, hijo de Zeus, de la sangre de Perseo.[348]
HERACLES
Salve tú, Admeto, rey de los tesalios; que seas feliz.
ADMETO
Tal sería mi deseo; ya antes me has dado pruebas de tu benevolencia.
HERACLES
¿Qué significa esta lúgubre tonsura?
ADMETO
Hoy he de sepultar cierto cadáver.
HERACLES
Que los dioses libren de males a tus hijos.
ADMETO
Mis hijos viven en el palacio.
HERACLES
¿Quizá habrá muerto tu padre, ya de edad avanzada?
ADMETO
Vive, y mi madre también, ¡oh Heracles!
HERACLES
¿Ha muerto acaso tu mujer Alcestis?
ADMETO
De dos maneras distintas podría replicarte.
HERACLES
¿Y hablas de ella como si estuviese muerta, o como si viviese todavía?
ADMETO
Existe y no existe, y su recuerdo me llena de dolor.
HERACLES
Nada entiendo; pronuncias palabras incomprensibles.
ADMETO
¿Ignoras su destino?
HERACLES
Sé que se había obligado a morir por ti.
ADMETO
¿Cómo ha de existir, pues, si consintió en esto?
HERACLES
¡Ah! No llores a tu esposa antes de tiempo; espera que llegue su día.
ADMETO
El que había de morir ha muerto, y el muerto ya no existe.[349]
HERACLES
Diferencia hay; tal es la opinión común sobre el ser y el no ser.
ADMETO
Tú piensas así, Heracles, y yo de otra manera.
HERACLES
Y al fin, ¿por qué lloras? ¿Cuál de tus amigos es el difunto?
ADMETO
Una mujer; de ella hablé hace poco.
HERACLES
¿Extranjera, o pariente tuya?
ADMETO
Extranjera; aunque, por otra parte, era de mi familia.
HERACLES
¿Y cómo perdió la vida en tu palacio?
ADMETO
Muerto su padre, se educó en él como huérfana.
HERACLES
¡Ay de mí! ¡Ojalá, Admeto, que no te encontrara agobiado por ese dolor!
ADMETO
¿Y por qué hablas así?
HERACLES
Buscaré hospitalidad en otra parte.
ADMETO
No debes hacerlo, ¡oh rey!; mucho lo sentiría.
HERACLES
Molesta es a los que lloran la venida de un huésped.
ADMETO
Los muertos, muertos están; vente a mi palacio.
HERACLES
No parece bien sentarse a la mesa de amigos afligidos.
ADMETO
El aposento para los huéspedes, que te aguarda, está separado del palacio.
HERACLES
Déjame ir, que me harás singular favor.
ADMETO
No debes ausentarte en busca de otro albergue. Ve delante (_A uno de sus servidores_), abre los aposentos para los huéspedes que no comunican con mi morada,[350] y manda a los esclavos que los sirven que te den abundante alimento; cerrad por dentro la puerta que da al palacio, pues no está bien que quienes cenan oigan nuestros lamentos, ni que contristemos a los huéspedes. (_Vanse Heracles y el esclavo_).
EL CORO
¿Qué haces? Tú, víctima de tan intolerable calamidad, ¿te atreves a recibir huéspedes? ¿Deliras acaso?
ADMETO
¿Y me alabarías, por ventura, si rechazase de mi morada y de Feres al que me pide hospitalidad? No seguramente, que en nada se disminuiría mi mal, y me llamarían inhospitalario, y a mis desdichas domésticas se añadiría la de recibir mi palacio ese dictado odioso. Heracles es el mejor de mis huéspedes cuando voy al árido país de Argos.
EL CORO
¿Cómo, pues, ocultabas la calamidad presente a ese recién venido, tu amigo, según dices?
ADMETO
No hubiera entrado en mi palacio conociendo mis males. Y paréceme que, si acaso se los participo, no aprobará mi conducta, ni me alabará; pero mis atrios no están acostumbrados a rechazar ni a despreciar a los extranjeros. (_Entra en el palacio._)
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh palacio de varón liberal!, que a muchos has hospedado, al pitio Apolo, poderoso por su lira, su más digno habitante, que se rebajó hasta el punto de ser pastor de tus ovejas, cantando pastoriles epitalamios en las tendidas laderas con deleite de sus ganados.
_Antístrofa 1.ª_ — Y atraídos por sus cantos pastaban cerca de Apolo pintados linces,[351] y le acompañaba escuadrón de rojos leones, abandonando los bosques otrios,[352] y junto a tu cítara, ¡oh Febo!, saltaba el manchado cervatillo cruzando con pies ligeros entre los ásperos abetos, alegre y bullicioso con tus versos.
_Estrofa 2.ª_ — Por esto habita un palacio riquísimo en ovejas, cabe la laguna Bebia, de cristalina corriente, y por límites de sus campos y tierras aradas tiene el cielo de los Molosos, hacia donde el sol se pone, y domina en el mar Egeo hasta la costa escarpada del Pelión.
_Antístrofa 2.ª_ — Y ahora, húmedos sus párpados, abre las puertas de su palacio para dar hospitalidad, y llora en su regia mansión la reciente muerte de su muy amada esposa. Las almas nobles son naturalmente bondadosas, y los hombres de bien disfrutan de los dones de la sabiduría. Confianza abrigo en mi corazón que su piedad ha de contribuir a que le sea propicia la fortuna. (_Mientras canta el coro, traen a Alcestis en su féretro, rodeada de todos los esclavos, que forman el fúnebre cortejo_).
ADMETO
Benévolos habitantes de Feres, que estáis aquí presentes: ya los servidores llevan el cadáver, adornado con toda pompa, a la pira y al sepulcro; vosotros, como es costumbre, saludad a la difunta, que sale ahora a recorrer su último camino.
EL CORO
Veo a tu padre, que se acerca con trémulos pasos, seguido de sus servidores, quienes traen en sus manos tristes galas para ofrecerlas en los funerales de tu esposa.
FERES