Obras dramáticas de Eurípides (1 de 3)

Part 15

Chapter 154,084 wordsPublic domain

Después que, dando espantosos gritos, derribamos con palancas los postes y las puertas de los aposentos en que estábamos encerrados, cada cual acudió al socorro desde distintos puntos, este con piedras, el otro con armas arrojadizas, estotro esgrimiendo en sus manos la espada. Contra nosotros se adelantó el invencible Pílades, cual el frigio Héctor o cual Áyax,[309] insigne por su casco de tres penachos, al que yo vi, sí, yo mismo vi a las puertas de Príamo, y comenzamos a pelear. Entonces, en verdad, probamos los frigios cuán inferiores somos a los griegos en la guerra: el uno huyó, el otro cayó muerto, este fue herido, aquel suplicaba pidiendo que le perdonasen la vida, pero las tinieblas nos salvaron a algunos. Parte exhalaban el alma, parte caían; otros, en fin, yacían heridos mortalmente. Hermíone, la desventurada, llegó al palacio cuando ya su madre no respiraba, su mísera madre, la que le dio la vida, y como tierna ciervecilla fue arrebatada por ellos, como ligeras bacantes sin tirsos, e hirieron otra vez a la hija de Zeus, que desapareció del lecho, ¡oh Zeus, y Tierra, y Luz, y Noche!, por encanto, o por arte mágica, o por obra de los dioses. Lo que después sucediera no lo sé, que fugitivo he salido del palacio. Menelao, víctima de tantas calamidades, ha recobrado inútilmente de los troyanos su esposa Helena.

EL CORO

Después de tan extraños sucesos algún otro ocurrirá, porque veo venir a Orestes hacia aquí con trémulo paso esgrimiendo su espada.

ORESTES[310]

¿En dónde está el que se escapó de mis manos en el palacio?

EL FRIGIO (_cayendo a sus pies_).

Yo te adoro, ¡oh rey!, prosternado a la usanza bárbara.

ORESTES

Aquí no estamos en Troya, sino en Argos.

EL FRIGIO

En todas partes creen los sabios que es más dulce la vida que la muerte.

ORESTES

¿No has llamado a Menelao para que te socorra?

EL FRIGIO

Al contrario, para que te diesen ayuda: tú vales más que él.

ORESTES

¿Ha sido justa la muerte de la hija de Tindáreo?

EL FRIGIO

La más justa, aunque tuviese tres gargantas para morir.

ORESTES

De miedo me alabas, aunque no digas lo que sientes.

EL FRIGIO

¿Cómo no, si nos ha perdido a todos, frigios y griegos?

ORESTES

Jura (porque si no, te mato) que no hablas así por congraciarte conmigo.

EL FRIGIO

Lo juro por mi alma, por la cual siempre he jurado santamente.

ORESTES

¿Tanto miedo tenían en Troya al acero todos los frigios?

EL FRIGIO

Separa de mí tu espada, que cerca vibra su resplandor cruelmente.

ORESTES

¿Temes convertirte en piedra, como si vieras la Gorgona?

EL FRIGIO

Morir es lo que temo: no he visto nunca la cabeza de la Gorgona.

ORESTES

Siendo esclavo, ¿odias la muerte, que te librará de tus males?

EL FRIGIO

Todos los hombres, aunque sean esclavos, gozan viendo la luz.

ORESTES

Dices bien; tu prudencia te salva, pero entra en el palacio.

EL FRIGIO

¿No me matarás?

ORESTES

Nada temas.

EL FRIGIO

Grata palabra has pronunciado.

ORESTES

Pero la retractaré.

EL FRIGIO

Estas no son gratas. (_Vase_).

ORESTES

Necio eres si piensas que tengo empeño en derramar tu sangre, porque ni naciste mujer, ni te puedo contar entre los hombres. Vengo del palacio para que no alborotes con tus gritos, que los argivos pronto acudirán si te oyen. No temo salir con mi espada al encuentro de Menelao, aunque venga ostentando sus blondos cabellos esparcidos por los hombros; pero si trae en su ayuda tropas argivas para vengar la muerte de Helena, y no me perdona la vida, ni a mi hermana, ni a Pílades, que ha sido en todo mi cómplice, verá dos cadáveres, el de su esposa y el de su hija virgen. (_Entra en el palacio_).

EL CORO

¡Ay, ay! ¡Nueva lucha, nueva y terrible lucha amenaza al linaje de los Atridas!

PRIMER SEMICORO

¿Qué hacemos? ¿Lo anunciamos a los ciudadanos? ¿Nos callamos?

SEGUNDO SEMICORO

Esto es lo más seguro, ¡oh amadas!

PRIMER SEMICORO

Mira cómo se eleva el humo por los aires delante del palacio, y anuncia algún nuevo suceso.

SEGUNDO SEMICORO

Encienden las antorchas como para abrasar la morada de Tántalo, y no desisten de su sanguinario proyecto.

EL CORO

Los dioses acaban con los hombres, sí, acaban con ellos cuando quieren. Su fuerza es incontrastable; un numen vengador ha derruido, ha derruido este palacio con sangrientos horrores, por haber precipitado a Mírtilo de su carro. Pero veo a Menelao, que se acerca a paso rápido, sabedor acaso de la desgracia que aquí ha ocurrido. Atridas, que dentro estáis, que las barras cierren pronto las puertas. Cruel es que el hombre, mimado por la fortuna, haga la guerra a quienes, como a ti ahora, ¡oh Orestes!, se muestra adversa.

MENELAO

Traénme las execrables maldades cometidas por dos leones osados, pues no los debo llamar hombres. Me han dicho que no ha muerto mi esposa, sino que ha desaparecido del palacio, según cuenta un vano rumor, hijo acaso del miedo del que me lo refirió; pero estas son maquinaciones matricidas y un horrible sarcasmo. Que abra alguno el palacio; mandaré a los esclavos que penetren en él a la fuerza para arrancar al menos a mi hija del poder de estos hombres manchados de sangre, y recobraré el cuerpo de mi desventurada esposa; si no, sus osados asesinos morirán como ella a mis manos.

(_Orestes, Pílades y Electra aparecen en lo alto del palacio. Orestes amenaza con su espada el cuello de Hermíone. Pílades y Electra agitan antorchas encendidas_).

ORESTES

¡Ay de ti si te acercas a estos aposentos!; a ti digo, ¡oh Menelao!, hinchado por la soberbia, que romperé tu cabeza con esta almena, destrozando tan antiguos techos, obra de ingenioso artífice: con barras están aseguradas las puertas, que te impedirán traer auxilio y entrar.

MENELAO

¡Hola! ¿Qué significa esto? Veo el resplandor de las llamas, y a los que aparecen en lo alto del palacio amenazando con su espada el cuello de mi hija.

ORESTES

¿Quieres preguntarme, oírme?

MENELAO

Ni una cosa ni otra; pero por lo visto es necesario escucharte.

ORESTES

Mataré a tu hija, si quieres saberlo.

MENELAO

Después de sacrificar a Helena, ¿intentas cometer otro asesinato?

ORESTES

Ojalá que así hubiera sido y no me engañaran los dioses.

MENELAO

¿Niegas que la has asesinado, y lo dices para insultarme?

ORESTES

Con tristeza lo niego: ojalá que hubiese logrado...

MENELAO

¿Qué hacer? Me vence el terror que me inspiras.

ORESTES

Lanzar al Orco a la furia de la Grecia.

MENELAO

Devuélveme el cadáver de mi esposa para depositarlo en su sepulcro.

ORESTES

Pídela a los dioses; pero mataré a tu hija.

MENELAO

El matricida comete un asesinato tras otro.

ORESTES

Vengador de mi padre, a quien tú vendiste para que muriese.

MENELAO

¿No te basta tu reciente matricidio?

ORESTES

No me cansaré nunca de matar mujeres perversas.

MENELAO

¿Tú también, ¡oh Pílades!, eres cómplice de este asesino?

ORESTES

Quien calla otorga; basta que yo hable.[311]

MENELAO

Pero no te alegrarás mucho tiempo si no tienes alas para huir.

ORESTES

No huiremos, que el fuego devorará al palacio.

MENELAO

¿Osarás destruirlo, siendo de tu padre?

ORESTES

Para que tú no lo poseas, y mataremos además a esta en medio de las llamas.

MENELAO

Mátala, que si lo haces, me lo pagarás todo.

ORESTES

Así será.

MENELAO

¡Ay, ay! ¡No, por los dioses!

ORESTES

Calla ya, y ten paciencia, sufriendo este mal merecido.

MENELAO

¿Y es justo que tú vivas?

ORESTES

Y que reine en este país.

MENELAO

¿En cuál?

ORESTES

En la pelásgica Argos.

MENELAO

¿Osarías tocar sin escrúpulos las libaciones?...

ORESTES

¿Por qué no?

MENELAO

¿Y tirar en tierra las víctimas antes de la pelea?[312]

ORESTES

¿Y tú puedes hacerlo sin obstáculo?

MENELAO

Porque están puras mis manos.

ORESTES

Pero no tu alma.

MENELAO

¿Quién te hablará?

ORESTES

Todo el que ame a su padre.

MENELAO

¿Y el que honre a su madre?

ORESTES

Es feliz.

MENELAO

No tú.

ORESTES

No me agradan las malvadas.

MENELAO

Aleja tu cuchilla de mi hija.

ORESTES

Te engañas.

MENELAO

¿Pero la matarás?

ORESTES

No lo dudarás mucho tiempo.

MENELAO

¡Ay de mí! ¿Qué haré?

ORESTES

Ve a Argos y persuade...

MENELAO

¿Qué?

ORESTES

A los ciudadanos que anulen nuestra sentencia de muerte.

MENELAO

¿O mataréis a mi hija?

ORESTES

Justamente.

MENELAO

¡Oh desventurada Helena![313]

ORESTES

Y mis desdichas, ¿nada son para ti?

MENELAO

Desde Troya te traje una víctima...

ORESTES

Ojalá que así hubiera sido.

MENELAO

Después de sufrir innumerables trabajos.

ORESTES

Solo que no han sido por mi causa.

MENELAO

Crueles fueron mis males.

ORESTES

Con razón: nada podías hacer entonces.

MENELAO

A ti me someto.

ORESTES

Tu misma maldad ha forjado tus cadenas. Pero tú, Electra, incendia este palacio, y tú, Pílades, el más leal de mis amigos, haz lo mismo con los techos sostenidos por estos muros.

MENELAO

¡Oh tierra de los dánaos y fundadores de la ecuestre Argos! ¿No acudís armados a mi socorro? Este devasta con violencia vuestra ciudad para salvar su vida, después de haber dado a su madre muerte abominable.

APOLO (_que aparece sobre el palacio_).[314]

Aplaca tu furia, ¡oh Menelao!, que yo, Febo, te lo digo, hijo de Leto, a quien ves delante de ti; y tú, Orestes, que con tus armas no te separas de esa virgen, oye mis palabras. Helena, a quien deseabas matar por vengarte de Menelao, no teme ya tu ira, y es esta que contemplas en los senos etéreos, salvada por mí, y no muerta a tus manos. Yo la liberté, yo la libré del filo de tu espada por mandato de Zeus, nuestro padre: basta que sea su hija para que viva inmortal con Cástor y Pólux y proteja a los navegantes desde los etéreos senos. Elige, pues, otra esposa, ya que los dioses, a causa de su belleza, hicieron combatir a griegos y frigios y consintieron esos horrores para purgar a la tierra de la soberbia de tantos mortales. Esto por lo que toca a Helena: tú, Orestes, después de atravesar los confines de este territorio, habitarás un año[315] en el suelo parrasio,[316] que en memoria de tu destierro se llamará Oresteo por los arcadios y azanes.[317] Desde allí irás a la ciudad de los atenienses, y darás cuenta a las tres Furias del asesinato de tu madre; pues los dioses, patronos de tu causa, te harán cumplida justicia en el Areópago, y tú vencerás. El destino manda, ¡oh Orestes!, que te cases con Hermíone, cuya cerviz amenazas ahora, pues nunca será esposa de Neoptólemo, a pesar de sus esperanzas. Una espada délfica lo inmolará cuando pida que yo sea castigado por la muerte de su padre Aquiles. Que el himeneo selle la unión de tu hermana con Pílades, a quien en otro tiempo la prometiste, y su vida será feliz en adelante. Tú, Menelao, deja a Orestes reinar en Argos, y regirás a Esparta, dote de tu esposa, causa para ti hasta ahora de incesantes trabajos. Yo arreglaré tus asuntos en aquella ciudad,[318] puesto que te obligué a matar a tu madre.

ORESTES

¡Oh profeta Apolo!, no nos engañaron tus oráculos, que has sido veraz, aunque temí haber oído la voz de algún otro numen, creyendo escuchar la tuya; pero todo se ha cumplido felizmente, y te obedeceré en cuanto mandan. Perdono a Hermíone la vida, y será mi esposa si lo aprueba su padre.

MENELAO

Salve, Helena, hija de Zeus: yo celebraré tu gloria, porque habitas en la afortunada mansión de los dioses. Ya que Febo lo ordena, te doy mi hija por esposa: noble eres tú, y noble ella y su linaje; que seas dichoso y yo también, que te la entrego.

APOLO

Obedecedme, y que acaben de una vez vuestras disensiones.

MENELAO

Obedezcamos.

ORESTES

Y yo también. Propicia como la tuya es ya mi fortuna, ¡oh Menelao!, y propicios son también tus oráculos, ¡oh Apolo!

APOLO

Andad, pues, y venerad a la Paz, la más bella de las diosas: yo, atravesando el polo, sembrado de espléndidos astros, llevaré a Helena al palacio de Zeus, en donde se sentará al lado de Hera y de Hebe,[319] la esposa de Heracles, y será diosa entre los hombres, y la honrarán con libaciones, juntamente con los Tindáridas, hijos de Zeus, que protegen en el mar a los navegantes.

EL CORO

¡Oh Victoria, digna de la mayor veneración!; favoréceme mientras viva, y nunca dejes de coronarme.

ALCESTIS

ARGUMENTO

Desterrado Apolo del cielo por la muerte de los cíclopes, forjadores de los rayos con que Zeus mató a su hijo Esculapio, se refugió en el palacio de Admeto, rey de la Tesalia, cuyos ganados guardó, siendo recompensado por él generosamente. Agradecido a sus beneficios le salvó una vez la vida engañando a las Parcas, y obtuvo después el consentimiento de Zeus para librarlo de la muerte, si encontraba algún otro que quisiese morir por él. La empresa no era nada fácil, y hasta los padres de Admeto, ya ancianos, rehusaron hacer por su hijo este sacrificio. Sin embargo, Alcestis, su esposa, no vaciló en dar por él su vida, aunque joven, bella y reina, y dejando dos hijos huérfanos.

La acción de la tragedia comienza poco antes de morir Alcestis, y Apolo y la Muerte discuten sobre este suceso inminente. Ambos esposos se despiden uno de otro con la mayor ternura, y ella muere después muy llorada de todos sus servidores, que la adoraban por su bondad. Admeto se dispone a celebrar sus funerales con gran pompa y aparato, cuando primero se presenta su padre, que trae dones mortuorios para la difunta, dando origen a un altercado nada edificante entre ambos, y después Heracles pidiendo hospitalidad, puesto que ignoraba la desdicha de su amigo el rey de los tesalios. El hijo de Alcmena, que ve impresas las señales del más acerbo dolor en el rostro de su huésped, le pregunta la causa con interés, y a pesar de su insistencia, nada averigua de positivo, porque Admeto desea hospedarlo, y si le descubre la verdad, se expone a que se ausente en busca de otro albergue. Sus réplicas anfibológicas inducen a Heracles a aceptar el hospedaje que se le ofrece, y en su consecuencia penetra en la hospedería aislada del palacio, y a fuer de buen gastrónomo se abandona por completo a los placeres de la mesa, y come y bebe de lo lindo, coronado de mirto y entonando escandalosos y báquicos cantares. El esclavo que le sirve, no pudiendo disimular su pena, excita las sospechas del héroe, que llega al fin a saberlo lodo. Apodérase entonces de sus armas, y escondiéndose junto al túmulo de Alcestis, sorprende a Hades cuando venía a gustar las fúnebres ofrendas, y le obliga a soltar su presa, devolviendo la vida a la difunta, y llevándola cubierta con un velo al palacio de su esposo. Empéñase en persuadir a este que la guarde hasta su vuelta, pretextando que la ha ganado legítimamente en unos juegos, en que se ofrecía por premio al vencedor, y tanto le importuna, que Admeto consiente en hacer este nuevo sacrificio por su amigo, quien le descubre al cabo que aquella mujer confiada a su custodia es su propia esposa.

Fácil es de ver que esta tragedia, así por la sencillez de su plan como por la moralidad que resulta de la acción, es una de las mejores de Eurípides, acercándose a las de Sófocles. Apolo, agradecido a los beneficios de Admeto, premia su virtud sin proponerse la satisfacción de ninguna pasión mezquina e indigna de los dioses; Admeto obtiene merecida recompensa por la generosa hospitalidad que dispensa a Apolo y a su amigo Heracles; Alcestis resucita en justo galardón del sacrificio que hace por su esposo; y Heracles, correspondiendo a la amistad de Admeto, paga con usura la hospitalidad que de él recibe. La diferente condición social de la mujer entre nosotros, comparada con la que tenía en Grecia, y el resto de sentimientos caballerescos que todavía conservamos, nos hacen mirar con desagrado la aquiescencia del rey de los tesalios al sacrificio de su esposa, y vituperar el egoísmo de un soberano que, por amor a la vida, consiente en perder la mejor de las mujeres; pero debemos advertir que las costumbres griegas eran muy diversas de las nuestras, y que, suponiendo su existencia, no aparece su acción tan baja como antes. Faltando Admeto, sus hijos quedan entregados a Alcestis en edad temprana, y expuestos a todas las violencias e iniquidades consiguientes al elevado rango que en su país ocupan, y a los amaños e intrigas de los ambiciosos que quieren reinar; la Tesalia pierde un rey piadoso, respetado y justo en la flor de sus años, y corre grave riesgo de sufrir los peligros de una larga minoría o del cambio de soberano; y Apolo, protector de Admeto y de los tesalios, o revela su impotencia en remediar estos males, o, en la imposibilidad de recompensar directamente a su bienhechor y amigo, ha de permitir que baje a los infiernos la dueña del palacio, en donde encontró un asilo en su desgracia. Verdad es que también nos repugna la escena en que se injurian gravemente Feres y Admeto, padre e hijo, ya porque no se conforma con nuestras ideas modernas, ya porque parecen contradecir las que tenemos formadas de los antiguos, los cuales, según dicen, hacían alarde de su respeto a la ancianidad. Téngase, no obstante, en cuenta que los dramáticos griegos, por regla general, no ofrecen caracteres como debieran ser, sino cómo son en realidad, y que sus personajes ceden siempre al sentimiento más espontáneo, natural y sencillo, aunque no sea el más moral, como sucede el _Áyax_, de Sófocles, que se suicida, ciego de vergüenza, al recobrar el juicio y reflexionar en el ridículo en que ha incurrido, y a Admeto, en esta tragedia que criticamos, airado contra sus padres por la pérdida de su amada esposa, y en situación poco a propósito para medir sus palabras y moderar sus pasiones. Lo mismo sucede con Alcestis, algo vana y presuntuosa a nuestro juicio, pero natural y sencilla a pesar de todo. La escena en que se despiden ambos esposos es bellísima, y no menos bella la en que Heracles presenta a Admeto su perdida compañera. Obsérvase también que Eurípides no altera la tradición mitológica, y que el desenlace y algunas escenas son más cómicas que trágicas.

Esta última circunstancia se comprende recordando que dicha tragedia era la cuarta de una tetralogía cuyas tres primeras fueron, por su orden, _Las Cretenses, Alcmeón en Psófide_ y _Télefo_, y que por consiguiente ocupaba el lugar del drama satírico, y tenía cierto carácter cómico. Se representó siendo arconte Glaucino, en la olimpiada 86, 2, ganando Sófocles el primer premio y Eurípides el segundo, según se desprende de las palabras del autor del argumento griego de esta tragedia, que dice así: τὸ δὲ δρᾶμα ἐποιήθη ιζ.’ ἐδιδάχθη ἐπὶ Γλαυκίνου ἄρχοντος πέ ὀλ. πρῶτος ἦν Σοφοκλῆς, δεύτερος Εὐριπίδης Κρήσσαις, Ἄλκμαίωονι τῷ διὰ Ψωφῖδος, Τηλέφῳ, Αλκήστιδι.

El argumento de _Las Cretenses_ era relativo al crimen de Atreo cuando sirvió a su hermano Tiestes sus propios hijos, y su título provenía del coro, compuesto de mujeres de Creta, servidoras de Aérope, la esposa de Atreo; el de _Alcmeón_ a las aventuras de este en Psófide, en donde se casó con Alfesibea y fue castigado por su suegro Fegeo por haber contraído segundas nupcias con Calírroe, hija del rey Aqueloo, viviendo su primera esposa; y por último el de _Télefo_ a la cura de la herida de este rey de la Misia, hecha por la lanza de Aquiles, que podía solo sanarla.

PERSONAJES

APOLO. LA MUERTE. CORO DE ANCIANOS DE FERES. UNA ESCLAVA DE ALCESTIS. ALCESTIS, _esposa de Admeto._ UN CRIADO DE ADMETO. ADMETO, _rey de Feres._ EUMELO, _hijo de Admeto y de Alcestis._ HERACLES. FERES, _padre de Admeto._

La acción es en Feres, en la Tesalia.

Vese en la escena el palacio de Admeto, del cual sale Apolo.

APOLO

¡Oh palacio de Admeto,[320] en donde, siendo dios, me senté a la mesa de los siervos! Porque Zeus dio muerte a mi hijo Esculapio,[321] lanzando la llama contra su pecho, y excitó mi ira hasta el punto de obligarme a matar a los cíclopes, que forjan los rayos de Zeus, y mi padre en castigo me forzó a servir a un mortal. Cuando vine, pues, a esta región, apacentaba los bueyes de mi huésped, y desde entonces he protegido siempre a su familia. Yo, piadoso, tropecé con un varón que también lo era, con el hijo de Feres,[322] a quien salvé de la muerte engañando a las Parcas; concediéronme estas librar a Admeto del duro trance que le amenazaba si en su lugar llevaba otro muerto a los infiernos. Exploré la voluntad de todos, importuné a sus amigos, a su padre, a la anciana madre que lo dio a luz, y ninguno quiso morir por él y dejar de ver el sol, excepto su esposa, la cual ahora, llevada en brazos ajenos, está próxima a expirar: hoy morirá fatalmente. Y yo, para no contaminarme[323] en este palacio, abandono sus techos muy queridos. Ya veo a la Muerte, sacerdotisa de Hades, que la llevará al Orco; oportunamente llega hoy, porque Alcestis ha de morir sin remedio.

LA MUERTE (_con negros vestidos, negras alas y armada de su guadaña_).

¡Ah, ah! ¿Qué haces junto a este palacio? ¿Por qué rondas, Febo? Segunda vez eres injusto, pues cercenas y usurpas honores debidos a los dioses infernales. ¿No te bastó impedir la muerte de Admeto, engañando dolosamente a las Parcas?[324] Ahora, armada tu diestra con el arco, parece que defiendes a la hija de Pelias, que ha prometido sacrificarse por su esposo.

APOLO

No te alarmes, que el derecho y razones sólidas están de mi parte.

LA MUERTE

¿Y para qué traes arco si tienes razón?

APOLO

Acostumbro llevarlo siempre.

LA MUERTE

¿Y te es lícito socorrer a los habitantes de este palacio?

APOLO

Me compadezco de las desdichas de un hombre querido.

LA MUERTE

¿Y me robarás también este muerto?

APOLO

Recuerda que no te arranqué el otro a la fuerza.

LA MUERTE

¿Cómo, pues, vive, y no está debajo de la tierra?

APOLO

Porque su esposa, por la cual vienes, se obligó a morir por él.

LA MUERTE

Y seguramente me la llevaré ahora a las mansiones subterráneas.

APOLO

Cuando te apoderes de ella, vete; no se si podré persuadirte...

LA MUERTE

¿Que mate a quien debo? Tal es mi deber.

APOLO

De ninguna manera, sino que te ensañes en trémulos ancianos.

LA MUERTE

Ya comprendo tu razón y tus deseos.

APOLO

¿Podrá Alcestis llegar a la vejez?

LA MUERTE

No; has de saber que también me agradan los honores que me tributan los mortales.

APOLO

Pero seguramente no te llevarás más de un alma.

LA MUERTE

Cuando mueren los jóvenes es mayor mi gloria.

APOLO

Y si muere anciana la enterrarán con pompa.

LA MUERTE

Estableces esta ley, ¡oh Febo!, en notoria ventaja de los ricos.

APOLO

¿Qué has dicho? ¿Eres acaso sofista, ignorándolo yo?

LA MUERTE

Los ricos, merced a sus riquezas, morirán entonces ancianos.

APOLO

¿No quieres concederme esta gracia?

LA MUERTE

No, seguramente; conoces mi carácter.

APOLO

Funesto a los hombres y odioso a los inmortales.

LA MUERTE

Nada conseguirás que no convenga.

APOLO

Te aplacarás, sin embargo, aunque tu crueldad es grande: vendrá al palacio de Feres un hombre que envía Euristeo para robar en la fría Tracia un carro tirado por caballos;[325] después de recibir hospitalidad en el palacio de Admeto, te arrebatará por fuerza esta mujer, y nada tendré que agradecerte, y harás, no obstante, lo que quiero, siéndome odiosa siempre.

LA MUERTE

Por más que hables, nada conseguirás. Esta mujer, por tanto, descenderá al palacio de Hades. En su busca voy para comenzar el sacrificio con mi guadaña, porque consagrado queda a los dioses infernales aquel de cuya cabeza corto un solo cabello.[326] (_Entra en el palacio, y se retira Apolo_).

(_El coro, dividido en dos semicoros, aparece en seguida_).

PRIMER SEMICORO

¿Por qué tan tranquilos los atrios? ¿Por qué este silencio en el palacio de Admeto?

SEGUNDO SEMICORO

No vemos aquí ningún amigo que nos diga si ya debemos llorar la muerte de la reina, o si Alcestis, la hija de Pelias,[327] para mí y para todos la mejor de las esposas, ve todavía la luz.

PRIMER SEMICORO

¿Oye alguno alaridos de dolor, golpes de manos dentro del palacio, o llanto como sí se hubiera consumado el sacrificio? Al contrario, ni un esclavo hay a la puerta. Ojalá, ¡oh Peán!, que te aparezcas y aplaques las olas de estos males.

SEGUNDO SEMICORO

No callarían, sin duda, si estuviese muerta.

PRIMER SEMICORO